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Part 5

Chapter 53,884 wordsPublic domain

A los cinco años _Rick_ tenía nueve dedos sobre la marca. Era alazán, de un alazán tostado y brillante. El sangriento color del ollar y la mirada ardiente de los ojos negrísimos, daban á la cabeza expresión poderosa y temible. Era muy abierto de pecho, redondo de grupa y acopado de cascos; el dorso ondulante, la boca asegurada y fresca. Sus remos, flacos y largos, ignoraban el cansancio y abarcaban un tranco enorme; al caminar, todo su cuerpo vibrante temblaba, siguiendo al cuello erguido y robusto, que parecía arrastrarlo tras sí, hacia el horizonte. Era gigantesco como _Eclipse_, ágil como _Vermouth_, voluntarioso y arrebatado como _Monarque_. Celoso de su poder, no consentía la vecindad de ninguna sombra; el menor ruido le sobresaltaba; sus orejas levantadas, más que pasmo, revelaban cólera; siempre parecía fugitivo, y sin cesar sus ojos iban de una parte á otra, mirándose las ancas, como asustado de sí mismo. Su figura imponente amedrentaba á sus competidores; en las cuadras del conde Narciso había un caballo que cuando se hallaba en algún _canter_ con _Rick_ se abocinaba y cubría de sudor.

Los días de carrera, por la mañana, Juan Thom entraba en la caballeriza á saludar á _Rick_.

--Hoy hay lucha, _Rick_--decía--; es preciso portarse bien.

El noble animal miraba al jockey, luego resoplaba, y su belfo descubría los dientes descarnados y amarillentos, ensayando una sonrisa ufana. Thom, entonces, le daba nalgadas sonoras, le acariciaba la crín, le besaba el ollar y le decía al oído palabras de amor. El bruto, agradecido, amorraba la cabeza y entornaba los ojos...

Sobre la pista del hipódromo, Juan Thom y _Rick_, al formar un cuerpo gobernado por una sola y omnipotente voluntad, resucitaban la fábula del centauro. Impetuoso en la acometida, é infatigable y tenacísimo en la carrera, _Rick_ tenía algo del poder de los elementos cósmicos. Su arranque era terrible siempre, casi decisivo; pero en la lucha, su voluntad ardiente y dura, como hecha de fuego y de diamante, no encontraba rival. Su impulso, además, era consciente: Thom podía dejarle las riendas sobre el cuello, seguro de que _Rick_ no desaprovecharía ninguna ocasión para vencer.

No satisfecho con esta perfecta alianza, Juan Thom había enseñado á su caballo un grito gutural que, á modo de conjuro, poseía la virtud de enajenarle y desbocarle.

--¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...

Era un alarido ronco, breve, de una modulación suigéneris, clarineante y salvaje, que el astuto jockey sólo lanzaba en los trances de peligro extremado; una voz cabalística que acaso hería los centros cerebrales del animal y le trastornaba. Este recurso nadie, ni aun el mismo conde Narciso, lo conocía; pero, aunque alguien lo hubiese sabido, no hubiera podido utilizarlo. La virtud de esas palabras que penetran hasta el fondo de ciertas almas, depende, más que de su significación escueta, del modo como son pronunciadas y de la simpatía que medie entre quien habla y quien escucha. Una mujer oye decir: «te amo», á un hombre que la es indiferente, y permanece fría; pero se lo dice el galán que ella quiere, y se vuelve loca.

Juan Thom sabía esto, y la fuerza de fascinación que tenía sobre su caballo dábale la seguridad de ser invencible. Varias veces probó la capacidad empujadora del grito aquel.

--¡Gruiiii!...

Y siempre llegó el primero á la meta. Al oirlo, _Rick_ poníase fuera de sí: instantáneamente bebíase la brida, estiraba el cuello, sus cuatro remos formaban con su vientre una línea horizontal, y botaba, cual si algo eléctrico estallase en su interior. Piedra disparada por honda parecía; su velocidad era la velocidad silbante de la flecha. Volaba. Las multitudes, atónitas, saludaban con un rumor de pasmo aquel correr inaudito.

Montado sobre el lomo temblequeante y enorme de _Rick_, el diminuto Juan Thom, cuyas espuelas apenas alcanzaban al vientre de su cabalgadura, parecía un mono con dolor de estómago. Y, no obstante, para Thom, el vencedor de todas las carreras, eran los aplausos y los apretones de manos y las sonrisas, á veces voluptuosamente prometedoras, de las mujeres elegantes que llenaban las tribunas. Con su gorrilla de visera, su chaquetilla de seda roja, su ceñido pantalón blanco y sus chambergas de charol, Juan Thom era, sobre el verde tapete de los hipódromos, grande como un rey. Su busto exiguo permanecía rígido, insensible al incienso; su boca fina, desdeñosa, casi imperceptible como la herida de un bisturí, no sonreía; sus ojos pequeños y buídos miraban al espacio inquietos, devorando la distancia. A lomos de _Rick_, Thom era la encarnación del dios Exito: las victorias del célebre caballo, haciendo oscilar millones de francos, tenían la importancia de una gran jugada de Bolsa. Un crítico, refiriendo el último triunfo de Juan Thom, dijo que con los billetes de Banco que _Rick_ había ganado podría alfombrarse el Campo de Marte.

Los cuidados idolátricos de que Thom rodeaba á su caballo, el ahinco suicida que ponía en afilarse y disminuir para pesar sobre _Rick_ lo menos posible, las zozobras de vanidad y de interés que nublaban su ánimo, la semana de inquietudes febriles que precedía á los grandes torneos hípicos, los peligros de la lucha, y, más tarde, los aplausos cobrados en aquella incesante y apretada colaboración, habían robustecido los vínculos del amor casi paternal que el jockey profesaba á su caballo.

Repasando sus recuerdos volvía con frecuencia á la memoria de Juan la impresión del despacho donde, muchos años antes, vió por primera vez al conde Narciso. El aspecto de aquella habitación persistía en su espíritu con detalles minuciosos: los muebles de gutapercha, los armarios abarrotados de volúmenes, sobre cuyos tejuelos rielaba la luz mañanera, los retratos de jockeys y de caballos célebres diseminados por la uniformidad gris de los muros. Y también revivía el anhelo ambicioso que la severidad del despacho aquel suscitó en su ánimo: «¡Si yo llegase á ser un jockey de prestigio mundial! Si yo alcanzase la fortuna de tener un caballo que pasase á la posteridad como _Eclipse_ y _Monarque_!...» Ahora reconocía que la vida no fué mala para él: había triunfado, todos sus deseos estaban cumplidos, y ello le producía una ecuanimidad dulce y honda.

Al revés de lo que suele ocurrir en el teatro, donde no es raro que el primer galán, aunque esté enamorado de la primera actriz, se muestre mortificado y celoso de los aplausos tributados á su compañera, la celebridad cosmopolita de _Rick_ no era mas que la corroboración ó complemento de la celebridad de Juan Thom. La popularidad les acariciaba igualmente: el color de las blusas sedeñas del pequeño Thom dirigía la moda en las temporadas de primavera y de otoño; un zapatero parisino puso á la venta unas botas chambergas idénticas á las usadas por él y que llevaban su nombre; las cabezas del jockey invencible y de _Rick_ aparecieron juntas muchas veces sobre la primera página de las revistas ilustradas.

Juan iba hacia la inmortalidad, y le llevaba _Rick_, que era su obra maestra, casi su hijo. Así, jamás con mayor razón que entonces pudo decirse de ningún artista que caminaba hacia el triunfo montado sobre su historia.

IV

Todas las tardes en que había carreras, al salir de Longchamps, Juan Thom vaciaba una botella de vino en la taberna de un bordelés que había viajado mucho por España, y cuya conversación pintoresca era para el jockey desterrado como un rayo del alegre sol de la patria.

Cuando el señor Gustavo trajinaba en el comedor sirviendo á los parroquianos que llegaban boquisecos y con ganas de cerveza y de broma, el pequeño Thom iba á sentarse en la _terrasse_ del establecimiento, ante el cual el bosque de Bolonia dilataba su inmensidad verde. Los crepúsculos de aquellas tibias tardes primaverales eran muy dulces: el cielo azul, donde la luz solar iba amortiguándose en una gama de palideces incontables, se cubría lentamente de nubecillas blancas y de cirrus rosáceos de una delicadísima transparencia ambarina; la muchedumbre que regresaba á París dejaba tras sí un silencio, un gran silencio hierático, que se oía; á lo largo de las Avenidas, el ruido de los coches y el alarido crepitante de las bocinas de los automóviles disminuía, se emborronaba, en la distancia; la nube de polvo, semejante á un halo de muchos kilómetros, que levantó la multitud al pasar, descendía de nuevo á la tierra y la atmósfera recobraba su limpidez, y en la diafanidad luminosa del espacio, las frondas del bosque recortaban una línea ondulante y cerúlea. Y según el estrépito efímero de los hombres cesaba, la Naturaleza reaparecía solemne, avasallante, en su doble gesto magnífico de silencio absoluto y de eternal quietud.

De la lejanía llegaban piar de pajarillos adormilados y murmurios de arroyos, que hasta entonces parecieron callados, y que traían deseos de paz al alma de Juan Thom. Horas antes, los pulmones del pequeño jockey se habían congestionado en la angustia de la carrera, y cuando, como siempre, llegó el primero á la meta, sus mejillas tenían la palidez de la carne muerta. Ahora descansaba; sus labios exangües se abrían con deleite á las brisas, y en el círculo bermejo de las pestañas, los ojillos azules que hundió la fatiga recobraban su vivacidad. Su alma sencilla se desperezaba en este bienestar físico.

--¿Hasta cuándo viviré así?--pensaba--; esto no puede durar siempre; es preciso concluir...

Y sin ser filósofo ni entender un ápice de problemas trascendentes, el diminuto Thom, que era un hombrecillo perfectamente vulgar, se interrogaba con desaliento:

--¿Para qué defiendo tanto una vida en la que no he conseguido ser dichoso?...

El hilo de estas meditaciones melancólicas solía romperlo el señor Gustavo, siempre con delantal y en mangas de camisa, rojo, hercúleo, lleno de salud y de risas sobre sus zapatones claveteados y sonantes.

--¡Hola, señor Thom!--gritaba el bordelés--; ¿en qué se piensa?

El jockey se estremecía, aturdido por la pregunta inesperada, y tardaba un poco en contestar. Luego decía:

--¡Qué sé yo!... estaba aburrido...

--¿Cuándo volvemos por España?

--No sé; pero crea usted que cualquier día me voy.

--Es natural. ¡Qué diablos! Yo también tengo ganas de marcharme á Burdeos. ¡Aquel cielo... no hay otro!... Además, yo creo que los hombres, después de correr el mundo, deben irse á morir al sitio en donde nacieron.

Se sentaba y, familiarmente, con liberalidad meridional, de la botella que había pedido el jockey, se servía un generoso vaso de vino.

--¡A su salud!--exclamaba.

Y, levantándolo en alto, lo vaciaba de un trago, Juan Thom le contemplaba sonriendo, y se reconocía más insignificante y desmedrado que nunca, ante la mole atlética del tabernero carcajeante y sanguíneo que olvidaba su viudez abrazando estrechamente á las criadas de la vecindad, y que al hablar descargaba puñetazos terribles sobre las mesas.

El señor Gustavo tenía una hija, Marta, con quien Juan Thom echaba largos párrafos. Era una muchacha morena, un poco triste, de ojos juiciosos y honrados, que sugerían dulcemente la idea de formarse un hogar. El jockey solía hablarla de España, y aunque sus relatos eran verídicos y nada extraordinario ponía en ellos, la joven le escuchaba atentamente, atraída por esa leyenda de amores y de sangre que rodea á los países favoritos del sol. Un día en que su conversación fué más íntima, Marta le interrogó:

--¿Tiene usted padre?

--No.

--¿Y madre?

--Tampoco.

--¿Y hermanos?

--Tampoco tengo hermanos. Soy solo en el mundo. En España nadie me espera. No conservo allí ni siquiera un amigo...

--¡Es raro!

--Sí... ¡muy raro!... Es decir...

Y ella, sin saber por qué, quedóse triste, y por primera vez advirtió que Juan Thom era muy feo y que tenía los cabellos grises. Sorprendido de verla tan callada, el jockey preguntó:

--¿En qué piensa usted?

--En nada; en eso...

Thom cerró los ojos y su memoria buceó inútilmente en las tinieblas del Hospicio. Allí estaba su niñez, sus recuerdos arrancaban de allí... Pero, ¿y antes?... Y de pronto tuvo deseos de llorar, porque sintió que la vida no había tenido besos para él.

A la tarde siguiente, Juan Thom no pudo hablar con Marta. Era domingo y la taberna estaba llena de parroquianos sedientos, que reían y charlaban á gritos; las luces palidecían en el humo de las pipas. Thom, desde la _terrasse_, miraba al interior del establecimiento. El señor Gustavo, en pie, detrás del mostrador, al aire los antebrazos, peludos como los de un fauno, parecía presidir la reunión. Marta iba de una mesa á otra, solícita y grave á la vez, y al inclinarse hacia adelante para servir un bock de cerveza ó recoger unos vasos, sus pechos vibrantes y eréctiles se dibujaban audaces bajo la fina tela del corpiño.

Thom observaba á la joven, y una melancolía, que era casi una angustia, iba apoderándose de él; también advirtió que varios bebedores, que ya empezaban á mostrarse borrachos, la miraban con avidez.

¿Por qué de todas las perfecciones femeninas el seno es lo que más despierta y alborota la lascivia del hombre; y por qué á las mujeres, especialmente á las muy predispuestas á la maternidad, es allí, justamente, donde más gustan de ser acariciadas? ¿No hay en todo ese poderío lujuriante de los senos, que alimentan la vida del recién nacido, como «una voz de la especie»...?

En esto pensaba Juan Thom, y al mismo tiempo sentía un desasosiego extraño y doloroso, que era como una amenaza, como el presentimiento de un peligro que iba acercándose. Empezó á monologuear:

«Si Marta fuese novia mía y cualquiera de estos barbarotes la faltase al respeto de obra ó de palabra, ¿qué iba á hacer yo?...»

Y al sentirse obligado á responder á esta pregunta, la idea de que era pequeñuco, raquítico y débil, le hirió en su dignidad de hombre y de amante como un cuchillo.

El jockey acababa de vaciar su botella, cuando el peligro esperado llegó. Un parroquiano, que había pedido un bock de cerveza, trabó conversación con Marta: era un individuo barbirrubio, vestido con traje de pana, que reía groseramente. La joven quiso marcharse, pero su interlocutor la retenía por el delantal, y los ojos de los amigachos que trasegaban con él ardían en deseos. De pronto, aprovechando un momento en que el señor Gustavo se hallaba vuelto de espaldas al salón, el individuo del traje de pana extendió un brazo y su mano torpe, hambrienta cual una garra, se crispó gozosa sobre el seno de Marta. La moza dió un grito, y Juan Thom, fuera de sí, penetró en la taberna. Con la agilidad de un gato se lanzó sobre el insolente.

--¡Canalla!--gritó.

Al sentirse agredido, el borracho se puso de pie, esperó á que el jockey repitiese su acometida y luego, de un solo puñetazo, le tiró al suelo, hecho un ovillo, á los pies de Marta. Afortunadamente para Thom, el señor Gustavo acudía á su defensa: adivinaba lo ocurrido.

--¡Trueno de Dios!...

Las sílabas del juramento favorito del buen pueblo francés pasaron silbando por entre sus dientes, que crispaba la cólera. El borracho trató de defenderse, pero su resistencia fué vana: el tabernero le cogió por las solapas con una mano, para asegurar bien el golpe que iba á darle con la otra, y en seguida, de un puñetazo recto y seguro le lanzó hasta la _terrasse_ con la cara rota y bañada en sangre.

Aquella noche Juan Thom cenó con el señor Gustavo; Marta comía con ellos, pero á cada momento se levantaba para servirles. Los dos hombres comentaron el lance, machacando pesadamente sobre los mismos detalles: Juan Thom acababa de vaciar su botella y se hallaba en la _terrasse_, de cara á la taberna y mirando á Marta; el señor Gustavo estaba detrás del mostrador y dando la espalda al salón; en aquel momento...

--Pues si no acude usted tan á tiempo--declaró el jockey con llaneza simpática--, ese tagarote da fin de mí.

--¡Vaya!... Pero conmigo la criada le salió respondona. ¿Eh?... ¡Tengo los puños muy sólidos! Al que yo le trabe por el cuello, ya puede despedirse de su familia...

Hablando así, el tabernero reía á carcajadas, con una violencia tonante que hacía vibrar la cristalería de los armarios. Bruscamente, reconociendo al jockey humillado, se interrumpió para decir:

--¡Caramba! ¡Pero usted es valiente!

Juan Thom, modestamente, bajó los ojos. El señor Gustavo repitió:

--¡Ya lo creo! Es usted un bravo... Porque hay que considerar que usted no tiene fuerza... que á usted, de un estornudo, se le tira al suelo...

Y como el jockey no contestase, Marta repuso:

--Sí; el pobre no ha podido hacer más... ¡Pero, como es tan pequeño!...

Thom miró á la joven y su mirada fué una lágrima. Marta, que era más alta que él, le compadecía. Nunca se sintió el infeliz más insignificante que entonces.

Después entraron dos parroquianos, y el señor Gustavo, que ya había cenado, fué á servirles. Juan Thom bebió solo su café. De cuando en cuando suspiraba y miraba al espacio fumando su pipa. De pronto experimentó cierto dulce alivio. Acababa de sorprender á Marta observándole desde detrás del mostrador, por encima del periódico que aparentaba leer atentamente.

V

Una mañana, al despertar, Juan Thom se preguntó:

--¿Por qué estoy tan triste?

Era, efectivamente, la suya una melancolía antigua y de honda raigambre que le había mordido reiteradas veces, pero sin que él supiese que aquello tan profundo, tan frío, que le robaba todo voluntario impulso y le explicaba la voluptuosidad de morir, se llamaba así: tristeza.

Mientras se vestía, el pequeño Thom volvió á interrogar á su conciencia á propósito de aquel malestar que iba invadiéndole poco á poco como una ola amarga; y al hacerlo fué en alta voz, cual si alguien que no fuera él mismo hubiese de responder á su pregunta:

--¿Por qué estoy tan triste?

No era la nostalgia de hallarse expatriado, ni la de ser feo, ni la de vivir pobremente, á pesar de lo mucho que llevaba trabajado: era algo más, otra cosa... ¿Qué podría ser?... Hasta que su desasosiego innominado tuvo un semblante y un nombre. Aquella revelación fue inesperada y deslumbrante, como obra de embaucamiento ó de hechizo.

--Estoy enamorado de Marta...--pensó con estupor Juan Thom.

Y era así: en las almas los movimientos se generan y hállanse sometidos á las leyes mecánicas que gobiernan el dinamismo de las máquinas. En éstas, por ejemplo, el impulso que hace resbalar unos sobre otros los engranajes de tres ó cuatro ruedas pequeñas, se comunica á lo largo de las correas de transmisión á otros engranajes más grandes, y de éstos á otros mayores aún, y al cabo á un volante gigantesco y de tremendo vigor que, al alimentar con su trabajo la vida de la fábrica, reasume y expresa las energías que todas las ruedas, árboles, émbolos, engranajes, distributores y correas, desarrollaron antes que él. Lo mismo ocurre en las almas, donde no es raro que todo cuanto en ellas dejó la herencia, el temperamento, la educación, el ejemplo y demás factores que cooperan á la formación de los caracteres, bruscamente se aúne, y los sentimientos que antes parecían antagónicos, luego se fundan para correr por el mismo cauce y componer una solitaria y todopoderosa corriente.

Esta transformación sorprendente y maravillosa como mutación de comedia de magia fué la que, en el curso rapidísimo de una noche, varió el alma sencilla de Juan Thom. El, poco acostumbrado á la meditación, había vivido ignorante de sí mismo y alejado de su propia conciencia: él, que nació inclusero, experimentaba, por atavismo sin duda y sin saberlo, la nostalgia de la madre y del padre que no conoció; él, inadvertidamente, acaso padecía también la melancolía de envejecer lejos de su patria, la ausencia total de afectos entrañables, la inanidad desesperante de la gloria, el aterido cansancio de una existencia que ya declinaba y aún no tenía rumbo, el espanto de tumba de las almas que caminan solas. Y repentinamente, estas desilusiones secretas, que correspondían á otros tantos deseos, se fundieron en un brusco anhelo; impulso único, despótico, rectilíneo.

Según las arterias recogen toda la sangre de los vasos capilares, ó como un río cosecha las aguas todas de la cuenca hidrográfica donde nace, así las ilusiones, las desesperanzas, los arrebatos, los recuerdos, cuanto el espíritu de Juan Thom había vivido y esperaba vivir aún, se sintetizó y mezcló en un gesto que tenía un nombre de mujer: Marta. Y ya no pensó mas que en aquello: era indispensable acercarse á ella, conquistarla: allí estaba el norte seguro de sus alegrías, el remedio inefable de todos sus despechos.

Y Juan Thom, mientras terminaba de anudarse la corbata delante del espejo, afirmó decidido:

--Sí, por eso estoy triste; porque estoy enamorado de Marta y yo no lo sabía...

La tarde en que el jockey se resolvió á declarar su cariño á la joven, ésta le oyó sin inmutarse, con esa frialdad que inspiran las confesiones poco deseadas y que se han visto llegar lentamente.

--Por mí--dijo--no hay inconveniente; usted me parece un hombre bueno... eso es lo principal. Pero necesito saber la opinión de mi padre: yo no hago nada sin su consentimiento.

--En tal caso--repuso Juan--, hablaré con él...

--Como usted guste.

La conversación de Juan Thom con el señor Gustavo se redujo á una cuestión de números: la dote de Marta no llegaba á quince mil francos. Juan, por lo visto, no tenía mucho más, y con treinta mil francos nadie se establece decorosamente. Tímidamente Juan insinuó sus deseos, cada día más notorios, de retirarse al campo. El tabernero le interrumpió: Marta, acostumbrada al bullicio alegre de París, no querría vivir en un pueblo, y menos separada de su padre.

--Yo no la he interrogado acerca de esto--terminó--; pero la conozco y creo que no accederá...

Ante el señor Gustavo, saludable, hercúleo, casi rico, con el crédito que le daba un negocio boyante y la obediencia de la mujer amada, el pequeño Thom se sentía anonadado y minúsculo, ¡Y si él hubiera podido oponer á las exigencias, un tanto impertinentes, de su presunto suegro, la afirmación de que Marta le quería!... Pero la joven se lo había dicho bien claramente: «Yo no hago nada sin consentimiento de mi padre». No tenía, por tanto, armas con qué luchar y debía someterse á lo que la parte enemiga decidiera.

--Y, más tarde--prosiguió el tabernero triunfante--, cuando vengan los hijos, ¿qué harían ustedes?

El jockey, sin levantar los ojos del suelo, movía la cabeza reconociendo con aquel signo afirmativo que el señor Gustavo tenía razón.

--Trabaje usted algunos años más--concluyó el tabernero--, y ya veremos. Mi hija todavía no necesita casarse. ¿Sabe usted qué edad tiene?...

--Tendrá... ¿veinte años?

--Diez y nueve nada más. Es demasiado joven.

--Sí, ella es joven--repuso Thom suspirando--; ella puede esperar... ¡ya lo creo!... Pero yo, no; yo voy siendo viejo...

A pesar del resultado negativo de aquella primera gestión, Juan Thom continuó yendo á la taberna casi todas las tardes. Una veces cenaba allí y luego, mientras bebía su café y fumaba dos ó tres pipas, se abismaba en la lectura de un periódico; otras, en que tenía prisa, tomaba un bock y se iba. Marta, en pie delante de él, las manos metidas en los bolsillos de su delantalito blanco festoneado de encajes, le despedía con una sonrisita amable.

--Buenas noches, señorita Marta.

--Buenas noches, señor Thom; hasta mañana.

Esta despedida trivial en que había como un deseo de volver á verle, consolaba al jockey.

--Si no volviese--se decía--creerían que me consideraba ofendido y hablarían mal de mí.

Los lunes, que eran días de poco trabajo, el señor Gustavo y su hija cenaban con él. El tabernero era muy aficionado á las carreras de caballos, en las que todos los domingos arriesgaba tres ó cuatro luises. La amistad del pequeño Thom le había sido muy útil; gracias á él llevaba ganados en aquellos dos últimos meses más de seiscientos francos, y esto le inspiraba un fuerte agradecimiento hacia el jockey.

--¿Cómo se las arregla usted--decía--para conocer tan perfectamente la condición de cada caballo? Si yo poseyese tal habilidad, le aseguro á usted que, antes de llegar á viejo, era millonario.