Part 4
--¿Por qué una carta sin firma ejerce sobre tu voluntad esa fascinación inexorable, y en virtud de qué miraje has de imaginar joven y discreta, y no vieja y ridícula, á la mujer que te propone una cita extravagante? ¡Ah! Tú no sabes qué quieres... ni lo que tienes... Tú eres un pobre hombre vano, inconsciente, desposeído de criterio, que todo cuanto rechaza ó apetece lo lleva dentro de sí mismo.
Él permanecía callado; no obstante, las lágrimas, fatigándole, habíanle producido alivio bienhechor; laxitud suave iba poseyéndole.
Fuensanta Godoy concluyó de abrocharse su abrigo.
--Adiós--dijo--. Ya sé que siempre cualquiera mujer desconocida ha de inspirarte más cariño que yo. ¡Pobre Ricardo! Andar... andar... tu maldición es esa.
Contemplóle breves instantes y salió de la alcoba; transcurrió un momento; una puerta se cerró con estrépito. Luego, en el silencio, vibraron las pisadas de la actriz, que bajaba la escalera; y el eco aquel, cada vez más mortecino, tenía el ritmo solemne y conciso de lo que se va...
Ricardo Villaroya no se movió; estaba fatigadísimo; á las inquietudes febriles de la víspera había sucedido una gran calma. Dentro de su espíritu, perdido en ese enorme silencio que sigue á las grandes catástrofes, una voz herida musitaba: «No quieras, no busques, porque todo es igual á todo, y lo pasado, como lo futuro, son aspectos del mismo Desengaño...» Y la conciencia desolada comprendía que aquella voz cobarde tenía razón. ¿Para qué desear? La ilusión es una mala hembra indócil que, bajo el techo de los artistas, sólo duerme una noche...
Madrid.--Noviembre, 1906.
RICK
«Si te cuentan que han visto volar un caballo y que era alazán, créelo.»--_(Proverbio árabe.)_
I
Todo el mundo aristocrático que frecuenta las tribunas de los grandes hipódromos europeos, conocía la pasión idolátrica que el jockey Juan Thom profesaba á su caballo _Rick_. Durante cuatro años consecutivos, _Rick_ fué invencible: su agilidad y su vigor derrotaron las reputaciones más sólidas; los laureles tan codiciados que se adjudican en los _turf_ de París y de Londres, fueron para él; ningún corredor igualó su ímpetu; era infatigable y enorme como _Eclipse_, y ardiente en la primera acometida como _Vermouth_. Muchos veterinarios curiosos le examinaron creyendo que sus clavículas ofrecerían una disposición especial.
El pasado de Juan Francisco era obscuro y sencillo. No conoció á sus padres, y salió del Hospicio á los doce años para colocarse en el picadero de un viejo, antiguo desbravador de las caballerizas reales, que tenía coches y caballos de alquiler.
En el amplio picadero que poseía cerca del Hipódromo aquel hombre grueso y bajito, á quien Juan Francisco recordaba haber visto en el Hospicio muchas tardes, fué donde el niño cobró inclinación hacia el arte que luego había de ocupar su vida; pues el medio es algo que modifica y se pega al carácter, como se agarran á los vestidos los perfumes. Así, lentamente, el aspecto de las cuadras, grandes, claras, con su olor á estiércol, sus suelos asfaltados, sus arrendaderos brillando al sol y sus frisos de blancos azulejos, iban conquistando la voluntad del futuro jockey y produciéndole íntimo y fresco contentamiento. Todas las mañanas, al despertar, el pequeño boy tenía un pensamiento que se resolvía en una sonrisa.
--Seré jockey...--decía.
Y esta ambición era confortadora, porque daba á su vida, á su pobre vida naciente, un impulso, un rumbo y un fin.
Desde muy temprano Juan trabajaba activamente barriendo lo sucio, abrillantando los arneses, quitando el barro á los coches, transportando cubos de agua de un lado á otro. Era menudito de cuerpo, descolorido y flacucho de rostro, con ojos pequeñines y azules, rodeados de pestañas bermejas. Caminaba lentamente y abriendo mucho las piernas, como jinete que acaba de recorrer una jornada larga y está muy fatigado. El ruido de sus zuecos, rellenos de paja, inquietaba á los caballos, que volvían la cabeza para mirarle, amusgaban las orejas y fijaban en él sus ojos brillantes. Unos resoplaban impacientes, otros atabaleaban el suelo, y el estrépito metálico de sus herraduras llenaba la soleada quietud de la cuadra. Al principio aquella curiosidad un poco hostil asustaba al _boy_; pero luego, con la costumbre, sus temores se disiparon: los caballos, á su vez, reconociéndole ya como á bienhechor, relinchaban de gozo al verle, y él concluyó por abordarles sin miedo, dándoles terroncitos de azúcar y bulliciosas palmadas sobre las ancas, lucias, brillantes y redondas.
Todas las mañanas, alrededor de las diez, el amo del picadero aparecía. Se llamaba don Pedro del Real, y los que le conocieron mozo le atribuían una historia amorosa larga y pintoresca. Pero si don Pedro fué, como decían, caballista infatigable, derribador temerario de toros y conquistador dichoso de voluntades femeninas, de aquel pasado galante ya nada, ó casi nada, quedaba en él. El tiempo artero habíale mudado la condición, sin duda, quitándole la alegría según fué robándole la guapeza. Don Pedro hablaba poco; era un espíritu reconcentrado, hermético, sobre cuyo entrecejo la vida había dejado un pliegue vertical de dolor. A pesar de esto, Juan Francisco le amaba; nunca le tuvo miedo; apenas le columbraba acudía á recibirle, y el regocijo del saludo le arrebolaba las mejillas; era como un grito de su sangre. Fué aquella una emoción en la que Juan Francisco, ya hombre, meditó muchas veces y que siempre, sin saber por qué, le dejaba triste...
Cierta mañana don Pedro, contra su costumbre, mostróse comunicativo y de buen humor. Aquel día nada tuvo que decir de la siempre discutida calidad de los piensos, ni de la limpieza bruñida de las pesebreras; todo, según lo examinaba, iba hallándolo bien: los arreos espejeaban al sol, como debe ser; los coches, recién lavados, trozos enormes parecían de pulido azabache; el rojo barniz de las ruedas ardía gayamente en la vastísima amplitud blanca de la cuadra.
Juan Francisco, en mangas de camisa y con un chaleco colorado de hombre que le llegaba á la altura de las rodillas, seguía á don Pedro, sorprendido de verle tan contento. El amo, de pronto, pareció reparar en él; miróle de hito en hito, y como las mejillas escuálidas del muchacho enrojeciesen de alegría, don Pedro del Real sonrió paternal; después le trabó por los sobacos, levantóle en alto, bajándole y subiéndole varias veces y con rapidez, como para apreciar bien su peso, y luego le soltó. Juan Francisco cayó de pie, y sus zuecos chocaron contra el suelo crepitando en el vacío sonante del salón. Varios cocheros y mozos de cuadra contemplaban la escena sonriendo. Don Pedro examinaba al _boy_; sus piernecillas flacuchas y estevadas, su tórax angosto, la delgadez esquelética, pero vigorosa, de sus brazos, el prognatismo de su mandíbula, la nerviosidad de su pestorejo acanalado... y toda aquella fealdad simiesca, parecían encantarle.
--¿Te gustan los caballos?--preguntó.
--Sí, señor, mucho--contestó Juan Francisco.
--¿Y ya no te dan miedo?
--No, señor.
--Bueno, pues entonces...
Y el antiguo caballista, que sin duda amaba apasionadamente su oficio, se interrumpía para observar al muchacho, que acaso realizaba el tipo soñado por él del perfecto jockey, ingrave y fibroso. Continuó:
--¿Tú quieres ser jockey?
Por la bocaza faunesca de Juan Francisco resbaló una sonrisa blanca, idiota, con esa idiotez del estupor que produce en los hombres la felicidad. Tardó en responder:
--Sí, señor... ¡Ya lo creo que quiero!
--Conformes; pues yo te enseñaré á montar.
Aquella misma mañana recibió Juan Francisco la primera lección de equitación, y á partir de tal momento, todos los domingos y días disantos, maestro y discípulo salían á galopar por la carretera de El Pardo. Eran excursiones terribles, de las que Juan Francisco, encogido y raquítico sobre el lomo sudoroso de su cabalgadura, regresaba lívido como un muerto.
Rápidamente el muchacho iba agilizándose, robusteciéndose, dentro de su delgadez caricaturesca, y adquiriendo esa complexión, á la vez ligera y hercúlea, de los buenos jinetes. Poseía además, y esto echólo de ver en seguida don Pedro, lo que no se aprende, lo que puede llamarse «el instinto» del oficio: un _tic_ especial, inexplicable, personalísimo, que convierte la profesión, vulgar al parecer, de caballista, en un verdadero arte. Reglas hay para lo que, en la jerga de los picaderos, se dice «apurar al caballo»: para afirmarle la cabeza, para asegurarle la boca, para abrirle y darle vistosidad y gallardía, para tenerse bien sobre la silla... Todo ello constituye lo adjetivo, lo que puede imitarse de un buen maestro. Pero ninguna de estas habilidades adquiridas bastó á hacer verdaderamente famoso el nombre de un jockey. Los grandes jockeys de prestigio mundial tuvieron, además de esa sangre fría que les permitió aprovecharse de todos los descuidos de sus rivales, la «intuición» del caballo, una especie de adivinación ó de doble vista que les indicaba cómo necesitaban llevar las riendas y cuanto, en un determinado momento, debían hacer. Apropósito de esta parte esencial ó substantiva de su oficio, nada puede reglamentarse, como nada, en cuestiones de amor, debe prescribirse acerca del modo de interesar el corazón de una mujer. ¿Quién sabría decir cuál será la mirada, el gesto, la inflexión de voz, que en el «cuarto de hora» nupcial de la conquista han de darle á «Don Juan» la victoria? Así el jockey, para quien un espolazo oportuno ó un simple temblor de rodillas pueden constituir su triunfo ó su derrota en el último desesperado arranque de la carrera. Como «Tenorio», Fordham no se forma: nace.
Juan Francisco poseía este don maravilloso en grado tal, que sorprendió al mismo don Pedro. Sin saber por qué, pues su experiencia en asuntos hípicos era nula, bastábale un simple ojeo para conocer la condición del caballo que iba á montar. Pocas veces se equivocó. Diríase que desde el primer momento surgía entre él y su cabalgadura una corriente magnética que les apretaba y unía en el milagro de una sola voluntad.
Al mismo tiempo que Juan Francisco aprendía á tenerse bien sobre la silla y á ser un sagacísimo, cabal y esforzado jinete, capaz de gobernar á los potros de más torcida y alborotada condición con sólo el imperio de las rodillas, don Pedro iba enseñándole á corroborar y seleccionar sus preexcelentes disposiciones físicas de jockey.
--Un buen jockey--afirmaba el viejo caballista--debe reunir, á una gran fuerza muscular, el menor peso y el menor volumen posibles. Quiero decir: que necesita ser una especie de hércules enano.
Para conseguir lo primero, Juan iba dos ó tres horas diarias al gimnasio; para lo segundo, su maestro le trazó un plan alimenticio, le impuso masajes especiales y le obligó á dar largos paseos á pie y á tomar baños de sudor. Estos tratamientos durísimos, que ni aun los mismos jockeys ingleses pueden soportar, Juan Francisco los resistía perfectamente y sin mengua de su vigor muscular. De mes en mes el diminuto _boy_ iba quedándose más descolorido y enjuto, y hasta diríase que su estatura había menguado: no obstante, ni su agilidad ni su fuerza decrecían. Pronto su peso disminuyó á cincuenta kilogramos. Don Pedro del Real le examinaba, le pulsaba, y un guiño admirativo iluminaba su grueso rostro, habitualmente impasible.
--Has nacido para jockey, muchacho--decía--, y te aseguro que harás carrera; yo entiendo mucho de eso; yo no me engaño.
No se equivocó, en efecto. Cuatro años después Juan Francisco se presentaba por primera vez como jockey ante el público de Madrid y obtenía un segundo premio.
II
Cuando don Pedro del Real murió, Juan Francisco entró al servicio del conde Narciso, que tenía caballerizas en París y era dueño de la yegua _Turia_, que el año anterior ganó los cien mil francos del «Jockey-Club».
El conde Narciso gozaba fama de ser uno de los más inteligentes y expertos caballistas de Europa. En sus cuadras poseía yeguas magníficas del Irak y sementales soberbios procedentes de las antiguas y gloriosas caballerizas del conde de Lagrange, el primer francés que arrancó á los ingleses el codiciado premio Derby. De estos cruces, sabiamente calculados, había nacido una raza de caballos admirables por su tamaño, su acabada traza y su ardimiento, con los cuales su dueño había ganado en los _turf_ de Londres y de París muchos millares de francos. Sobre los caballos del conde, que pagaba las montas con extraordinaria largueza, habían pasado los mejores jockeys de Europa, pero muy pocos lograron merecer su simpatía y menos su confianza.
Era el conde Narciso un hombre como de cincuenta años, elegante y correcto, un poco frío, que siempre vestía trajes de color gris hechos en Londres, y estrenaba diariamente un par de guantes blancos. A los jockeys les recibía de pie, les examinaba rápidamente y luego les despedía con un gesto desdeñoso, inapelable, de rey.
--Por ahora--decía--no me conviene usted...
Y les volvía la espalda. Así, el favor del conde Narciso fue considerado en la profesión de jockey como un doctorado.
Juan Francisco fue á visitarle provisto de buenas cartas de recomendación; no obstante, iba medroso y balbuciente, como estudiante que va á examinarse de una asignatura mal aprendida. Acababa de cumplir veinte años: era un hombrecillo minúsculo, cenceño, flexible y vibrante, cual si su carne acerada careciese de armazón ósea. Con el tiempo, aquel raquitismo caricaturesco que tanto entusiasmaba al veterano don Pedro del Real, habíase exagerado hasta lo inverosímil. Un copioso plantel de cabellos rojos cortados á rape cubría su cráneo dolicocéfalo, chato y largo; tenía la frente breve y deprimida, cortada transversalmente por dos hondas arrugas paralelas; los ojos pequeños, redondos y azules; la corva nariz avanzaba, atrevida y tajante, como una arista; el prognatismo enfermizo de su mandíbula inferior hundía las mejillas y afilaba el semblante exangüe y pecoso: era una verdadera mandíbula de jockey, que salía al tropiezo del horizonte y parecía hecha para cortar el aire.
Un criado condujo á Juan Francisco al despacho del conde.
--Tenga usted la bondad de esperar--le dijo--; el señor conde está bañándose.
El joven jockey permaneció de pie, inmóvil sobre sus piernecillas abiertas, lleno de zozobra dentro de su amplio gabán color café. La habitación donde se hallaba tenía dos ventanas á un jardín, y era espaciosa y clara. Cubrían las paredes largos armarios repletos de libros lindamente encuadernados, sobre cuyos tejuelos de diversos colores la luz se reflejaba alegre. Aquí y allá, en estudiado desorden, aparecían escenas hípicas y retratos de jockeys y de caballos famosos. Sobre la chimenea, y como en lugar preferente, estaba la fotografía de Grimshaw, que ganó montando al caballo francés _Gladiateur_ el premio Derby; y á su lado la del jockey Fordham, campeón invencible de las carreras largas. En artísticos marcos forrados de felpa, cuyo lozano color verde traía el recuerdo de los hipódromos, aparecían varias cabezas de corredores célebres: la de _Monarque_, padre de _Gladiateur_ y de toda una generación de terribles corredores; la de _Liouba_, su yegua favorita; la de _Vermouth_; la de _Eclipse_, el mejor caballo del siglo XVIII, vencedor de _Bucéfalo_, y uno de cuyos cascos, metido en un hermoso objeto de arte, fue regalado como premio en una carrera de la «Copa de Ascot». En la entreventana, ocupando también lugar ostentoso y preferente, había un retrato del famoso Baucher...
Contemplando aquella exposición de celebridades hípicas, Juan Francisco pensaba:
--¡Si yo mereciese algún día el honor de figurar aquí!...
La puerta del despacho acababa de ser abierta lentamente, y bajo los pesados cortinajes de color musgo que la cubrían apareció la figura correcta y simpática del conde Narciso. Su calva noble y tranquila de hombre mundano brillaba á la luz; cubría sus mejillas, bronceadas ligeramente por el aire libre y el sol, una bien cuidada barba, corta y blanca. Vestía, según costumbre, un traje gris claro; el ancho pantalón caía aplomo, conforme á los severos cánones de la elegancia inglesa, sobre las botas de charol reluciente.
Juan Francisco se inclinó respetuoso, los pies juntos, los brazos rígidos á lo largo del busto. Ante aquel hombrecillo grotesco que volvía á la memoria el recuerdo de las teorías darwinianas, el conde pareció satisfecho. El jockey esperaba que su interlocutor le dirigiese algunas preguntas, pero se equivocó: el conde Narciso limitóse á observarle, desnudándole y sospesándole cuidadosamente con la mirada: vió su frente estrecha, su barbilla tajante, llena de voluntad, su tórax angosto que apenas opondría resistencia al aire; y al mismo tiempo sus ojos inteligentes apreciaron la terrible fuerza nerviosa de aquel cuerpecillo enano.
--¿Cuánto pesa usted?--preguntó.
--Cuarenta y ocho kilogramos.
--Está bien.
--Pero aún espero llegar á los cuarenta y cinco.
Por las cejas, poco inclinadas á la sorpresa, del conde Narciso, pasó un ligero temblor admirativo. Parecía encantado. Juan Francisco acababa de conquistarle, más que con su aspecto, por aquellas contestaciones breves y seguras donde latía, como un fanatismo, ese «amor al caballo» que llena el alma de los jockeys de raza.
--¿Cuánto deseaba usted ganar?--preguntó el conde.
--¡Oh!... de eso, si al señor le parece, hablaremos más adelante, cuando el señor vea de cerca lo que yo valgo.
--Perfectamente. Entonces, á partir de este momento, queda usted á mi servicio, y mañana mismo saldrá usted para París.
--Como el señor disponga.
--Pero necesito, y esto es indispensable, que antes cambie usted de nombre: procúrese usted un apellido exótico y monosilábico, que impresione fácilmente el oído.
Juan se inclinó ceremoniosamente y salió. Desde aquel día, el obscuro hospiciano que siempre había firmado Juan Francisco, comenzó á llamarse «Juan Thom».
El triunfo que el joven jockey lograba poco después sobre la pista de Longchamps, le valía un puesto de honor entre los corredores más famosos de allende el Estrecho.
Juan montaba aquella tarde el caballo _Abril_, un alazán de cinco años, nuevo en los hipódromos, y del cual, no obstante, los inteligentes hablaban mucho; lo que los ingleses llaman un _dark-horse_.
La víspera, el conde Narciso había cambiado algunas palabras con Juan Thom; él no quería decirle nada acerca de cómo debía llevar á _Abril_; prefería dejarle todas las iniciativas y con ello adjudicarle todas las responsabilidades. Como si hablase de un viejo amigo, el jockey repuso tranquilo:
--No pase zozobra el señor conde; _Abril_ y yo nos llevamos muy bien.
Iba á empezar la carrera; el juez de salida dió la señal y los caballos partieron. Durante los primeros momentos todos los concurrentes avanzaron en grupo; pero muy pronto _Abril_ dirigió la carrera y alcanzaba una ventaja de varios metros. Junto á él corría _Prometeo II_, vencedor del premio Oaks y campeón de los hipódromos británicos, con quien los ingleses esperaban llevarse aquel año los cien mil francos del «Gran Premio». Un instante las manos de _Abril_ flaquearon, y _Prometeo II_, brincando elástico bajo la fusta de su jinete, ocupó el primer puesto. Fué aquel un momento de indescriptible emoción. El actual rey de Inglaterra, entonces príncipe de Gales, que estaba en las tribunas, tremoló sobre su cabeza un pañuelo en señal de victoria, y un _¡hurra!_ gutural y áspero, lanzado por millares de gargantas sajonas, cruzó el espacio.
Pero Juan Thom no aceptaba aún la derrota. Su alma latina, invencible en el impulso temerario de la primera impresión, tuvo una resolución heroica, y desviando con lentitud hábil á su caballo de la línea recta, lo echó disimuladamente sobre el competidor que le arrancaba el triunfo. Las rodillas de Thom y del otro jockey chocaron, permaneciendo algunos segundos estrechamente cosidas y superpuestas; crujieron los huesos; de pronto Juan Thom, que no perdía la serenidad, sintió en su corva la presión de la rodilla enemiga; aquella ventaja de tres ó cuatro pulgadas que acababa de obtener, decidió la lucha en su favor. _Prometeo II_, desconcertado por la maniobra artera de su rival, que le cortaba el camino, perdió terreno, y _Abril_ llegaba el primero ante las tribunas, bajo una lluvia crepitante de aplausos.
Sin familia, sin amigos y dotado de un carácter callado y juicioso, Juan Thom no tenía, fuera de su oficio, nada que le sobresaltase ni distrajese. Pasaba las tardes en las cuadras del conde Narciso, examinando los arreos, modificando la forma de las sillas para aligerarlas, estudiando la calidad de los piensos, preocupado siempre por el temor de que los caballos engordasen. Y él mismo andaba sometido á masajes crueles y á ejercicios gimnásticos que daban á su enjuta musculatura la sequedad y la dureza del hierro. Refinando mucho sus alimentos, llegó á comer muy poco: uno de sus grandes empeños estaba cifrado en tener la cintura de un niño; según Juan Thom, el jockey ideal debe carecer de estómago.
Así, la confianza que el conde Narciso tenía en la pericia de su primer jockey era ilimitada. Thom ordenaba los cruces que debían mejorar la raza de los corredores, y maravillaba la penetración suprema con que buscaba en los padres las condiciones de agilidad, de voluntad y de fortaleza, que más tarde habían de resplandecer en el hijo.
Del cruce de la yegua _Rocío_ con un garañón inglés, por el que dió el conde Narciso ochocientos mil francos, nació _Rick_; aquel terrible _Rick_, jamás vencido bajo las rodillas de Thom, que varios veterinarios reconocieron buscando en la anatomía de sus clavículas una complexión especial.
III
Juan Thom, que ya llegaba á los cuarenta años, adoró en _Rick_, en quien su asotilado instinto de viejo jockey adivinaba cualidades extraordinarias de agilidad, vigor y coraje.
En cierto modo, esta pasión fué la resultante del ambiente que le circundaba. El buen Thom, raquítico y feo hasta lo bufo, con sus piernecillas estevadas, sus brazos largos y nudosos y su cabeza de simio, no había sabido formarse una familia. Además, le asustaba vivir siempre bajo los cielos, un poco tristes, de París ó de Londres. Realmente, Juan Thom, que guardaba algunos ahorros y empezaba á saberse viejo, sentía recónditos y callados deseos de volver á España. Aquella desilusión de su vida actual era en él como un atavismo; la necesidad melancólica que todos los hombres que habitaron constantemente en grandes urbes experimentan de regresar al campo, cual si repentinamente vibrase en sus entrañas el amor á la Naturaleza, á los arroyos murmurantes, á las selvas umbrosas, á la tierra madre, bienhechora y munífica, que adoraron con culto panteísta sus progenitores, los remotos aborígenes, salvajes y desnudos. Juan Thom soñaba con su vieja Castilla, seca y llana: se establecería en un pueblo, compraría una casita, cuidaría una huerta y luego, cuando la casualidad le deparase una mujer buena y guardadora de su hacienda, se casaría y tendría hijos, y moriría olvidado y tranquilo, lejos del estruendo fragoroso de los hipódromos.
La aparición de _Rick_ vino á quebrar momentáneamente estos cristianos propósitos de serenidad y alejamiento. Juan Thom lo vió nacer, él presidió su vida, él, á fuerza de tesón, quitóle toda mala estirpe de resabios y defensas, ejercitó su inteligencia, infundió á su condición voluntariosa arrestos temerarios, nutrió sus músculos, dió á sus miembros, con ayuda de sabios ejercicios, aquellas proporciones agigantadas que ningún otro caballo había de igualar después, y puso en su instinto ese ramalazo de fiero orgullo que decide de la victoria en todos los combates.