Part 3
Sin otras reflexiones ni más cautelosos atisbos, Villarroya llegóse al dormitorio de la paciente. Eran las seis de la tarde; una lamparilla eléctrica ardía junto á la cabecera del lecho dentro de una piña de cristal azul, y su luz esparcía por el estuco un suave verdor amarillento.
Ricardo se aproximó á la enferma, frotándose las manos con esa ufanía característica de los hombres saludables.
--Hola, «Chulita», ¿cómo estás?
Levantó ella pausadamente la cabeza y su dolor y la alegría de verle dieron á sus ojos una expresión húmeda. El día lo había pasado bastante mal; á ratos imaginaba que sus fémures se partían, y bien echaba de ver que la Naturaleza es peritísima hechicera en el arte de torturar y que nadie como ella sabe oprimir los tornillos del suplicio, y dar duración á las ansias. Agregó:
--Pasado un ratito me aplicaré una inyección de morfina; de otro modo no podría dormir.
Villarroya escuchaba haciendo gestos de disgusto y conmiseración.
--¿Por lo visto, no has experimentado mejoría ninguna?
--No.
--¡Voto á...!
Se detuvo, rascándose la barba nerviosamente.
--Y estas contrariedades ocurren--prosiguió--cuando más hay que hacer y más tranquilidad de espíritu necesito.
--¿Tienes algún asunto pendiente?
--¡Figúrate!... Venía á decirte que mañana, probablemente, no dormiré aquí... ni aquí ni en ninguna parte...
--¿Cómo?
Por el semblante de la joven pasó un gran susto; era el temor de que á su marido le amenazase algún peligro; un desafío, tal vez... Hubo en su carilla carnosa, enmarcada por un abundante desbordamiento de negros cabellos, una emoción de perplegidad.
El novelista repuso:
--Tengo ensayo general después de la función...
--¿Cómo? ¿Pero vas á estrenar?
Villarroya sintió flaquear su aplomo.
--¡Bah! Es una obrilla sin importancia, una quisicosa que he hilvanado, por compromiso, en tres ó cuatro horas...
Hubo un corto silencio. La esposa preguntó:
--¿Cómo se titula?
Su acento fué irónico. Luego, viendo que Villarroya tardaba en responder, sonrió. Ricardo lanzó una carcajada y, repentinamente, lleno de ternura y de amor hacia su compañera, la abrazó. Ella exclamó sin enfadarse, con esa grandeza maternal de espíritu que las mujeres vulgares y celosas--celosas porque son vulgares--no comprenden:
--Para decirme que deseabas pasar una noche fuera de casa no necesitabas mentir...
Cuando Villarroya salió á la calle iba incomodado consigo mismo; realmente, lo que acababa de hacer era una infamia; su pobre «Chulita», tan resignada, tan indulgente, no merecía ser tratada así. Después pensó en Fuensanta. Pero, poco á poco, estos remordimientos fueron disipándose según el porvenir tornaba á convencerle de que lo desconocido es lo mejor...
Desde su casa corrió Ricardo á la de su editor, á quien halló en uno de esos momentos de pesimismo que hacen inabordables á los mercaderes. Villarroya le pidió mil pesetas á cuenta de su último libro; su acento era de angustia. El editor lo comprendió así; por otra parte, conocía el desequilibrado vivir del novelista, y aprovechó la ocasión que se le ofrecía de realizar, á cambio de un pequeño anticipo, un buen negocio. Sus astutas negativas triunfaron; Villarroya vendió la propiedad absoluta de su obra por ochocientas pesetas.
Los dos hombres se despidieron sonrientes y alegres. Inmediatamente Villarroya penetró en un estanco, pidió recado de escribir y á vuela pluma trazó estos renglones concisos, expresivos, de letras violentas, como escritos por una mano de veinte años:
«La espero á usted mañana en la calle de..., número..., á las diez y media de la noche. Vaya usted tranquila.»
III
El refugio elegido por el novelista para la cita era una de esas casas tolerantes, misteriosas como capillas consagradas á algún rito exótico, sobre las cuales las mujeres que viven en virtud lanzan furtivas miradas de curiosidad. Algo silencioso las rodea, y su fachada dice recuerdos á la experiencia de los hombres, y promesas de fuertes y procelosas alegrías al candor de las vírgenes. Bajo su techo, los amantes, los adúlteros, todos cuantos el vicio, la miseria ó la pasión, ponen fuera de la ley, se encuentran, y el murmullo feliz de sus risas sube al espacio como una evaporación de carne rosada. De día, esos asilos, con sus ventanas entornadas, á donde nadie se asoma, parecen muertos; pero por las noches, en la obscuridad de la calle y junto á los portales virtuosos, honradamente impasibles al frío de los desheredados sin albergue, su zaguán hospitalario, siempre abierto, pinta un rectángulo blanco, ante el cual la moral ceñuda pasa sin mirar.
Ricardo Villarroya había retenido dos habitaciones, ricamente decoradas, que pondrían á su aventura marco digno. Cuando llegó, todavía faltaban minutos para las diez y media. Una mujer huesuda y alta salió á recibirle; una de esas viejas dueñas en cuyos ademanes la costumbre que tuvieron cuando jóvenes de agradar dejó un ritmo elegante. El novelista saludó:
--Buenas noches, Concha.
Ella correspondió al saludo con una sonrisa y se estrecharon las manos apretadamente, largamente, con la efusión de la complicidad.
--¿Ha venido?--dijo él.
--No.
Y añadió maquinalmente, por el hábito que tenía de serenar las impaciencias de los hombres:
--Aun es temprano.
Le condujo á las habitaciones que Villarroya había elegido. Allí se sentaron. El miraba á todas partes atentamente, fijando en su memoria la situación de los muebles y de las puertas, para luego no tropezar en la obscuridad. También buscó el botoncillo de la luz. Ella comprendió:
--Lo tienes ahí--dijo--, á la derecha de ese espejo.
Ricardo hizo un signo afirmativo. Hubo un silencio. Concha exclamó:
--Cuenta, cuenta... ¿Qué haces ahora? ¿Cuál es tu vida después de tanto tiempo?... Ya vi tu última comedia; muy hermosa...
Animada por un movimiento de sincero interés amistoso, preguntóle por sus hijos, sin advertir que estos recuerdos le producían cierto malestar. La conversación giró hacia el asunto que les había reunido.
--Ahora puedes explicármelo bien--dijo Concha--, porque esta tarde, como viniste tan de prisa, apenas me enteré.
Ricardo leyó en alta voz la última carta de su admiradora. Ella le inspeccionaba atentamente, con sus ojos astutos habituados á las emboscadas de la vida y capaces de reflejar todas las emociones menos la del asombro.
Poseído de pueril ufanía, Villarroya exclamó:
--Dí, Concha, tú que tantas cosas viste; ¿no es cierto que mi aventura es extraordinaria?
--Efectivamente.
--¿Y no crees también que tengo motivos para dar brincos de alegría?
Ella no respondió, y su silencio puso en los oídos del galán la frialdad de una negativa. Ricardo consultó su reloj; faltaban veinte minutos para las once; la repentina sospecha de que la tan Esperada no viniese extendió por sus nervios un sacudimiento de dolor. Recordó que ella no acudió á la primera cita y que esta desilusión podía repetirse.
Concha había encendido un cigarrillo y miraba al suelo pensativa. De pronto, exclamó:
--¿Tú no sospechas quién pueda ser la autora de esas cartas?
--No.
--¿Conociste durante estos últimos meses alguna mujer que, más ó menos explícitamente, se haya manifestado enamorada de ti?
--No recuerdo... De ella sólo sé que habita en una calle por donde yo paso con frecuencia, pues en su primera carta lo declara así. Mas eso poco ó nada explica; ¡recorre uno tantas calles al cabo del día!...
Se detuvo, rebuscando aún entre sus recuerdos. Concha lanzó una carcajada malévola.
--¿Y estás seguro de que todo ello no sea una broma?
--Las mejillas de Ricardo Villarroya, de coloradas que estaban, se tornaron lívidas; un momento su corazón impresionable cesó de latir; al través de la multitud de ideas que le agitaban, su espíritu realizó una cabriola funambulesca, enorme.
--¡Una broma!--repitió--; ¡imposible! ¿Quién iba á hacerse eso?...
--¡Toma, cualquiera!... Un amigo que ha querido reir á costa tuya y que á estas horas quizá esté refiriéndolo en la mesa del café.
Como Villarroya no respondiese, agregó:
--Sí, hombre, eso debe de ser, porque lo otro raya en lo novelesco, no lo dudes; ¡lo que parece imposible es que un hombre como tú, corrido, no adivine ciertas cosas!
Ricardo permaneció callado, no sabiendo qué razones oponer á las de aquella trujamán desilusionada que hacía del «mal pensar» un criterio infalible. En su interior voces proféticas le aseguraban que la desconocida existía, que se acercaba pensando en él...
Tornó á ojear su reloj; eran las once menos cinco; silencio absoluto llenaba la casa adonde nadie, por coincidencia rarísima, había llegado pidiendo alojamiento. Villarroya tembló; acababa de sentir pasar por la habitación ese gran frío magnético de las citas frustradas. Temores infantiles agitaron su conciencia; recordó que durante aquellos meses últimos su buen humor, contristado tal vez por la presencia umbrosa de la actriz, había declinado, y que la víspera Fuensanta Godoy, mística y supersticiosa, le dijo al despedirle: «Yo he rogado á Dios que nadie te quiera...» ¿Qué virtualidad podían tener aquellas palabras? ¿Sería cierta esa terrible «influencia á distancia» de que los hechiceros medioevales se decían investidos?... El novelista creyóse juguete de alguna mujer irónica ó coqueta, que le citaba para desesperarle y aumentar con aquellas fintas sus ya furiosos deseos de conocerla, y tuvo miedo; miedo de hallarse solo otra vez consigo mismo, expuesto á las torturas de una nueva carta, que ignoraba si tardaría muchos días en llegar á él, ó si no vendría nunca...
Sus ojos interrogaron automáticamente el viejo reloj de bronce que adornaba la chimenea; uno de esos relojes inútiles y vistosos que parecen presidir la vida de los dormitorios, y están siempre parados, como temerosos de separar á los que se quieren. Concha observó aquel movimiento.
--Son--dijo--más de las once.
Fuera, en el vano rumoroso de un patio, resonaba la canción de la lluvia. Concha, que sentía frío y sueño, arrebujóse mejor en su mantón y encendió otro cigarrillo. La voluntad de Ricardo experimentó una depresión: acababa de reconocerse un tanto ridículo rindiéndose así, tan prematuramente, al contento de una cita en la que no tenía motivos para confiar, y comprendió que el ruido del aguacero le consolaba, porque parecía dar á su chasco cierta disculpa. Lentamente, las ilusiones voraces que allí le arrastraron iban declinando; una modorra invasora y sutil le penetraba; sus labios, cansados, bostezaron entre el rojo bosque de la barba. Todavía, sin embargo, su esperanza impuso á su impaciencia un nuevo plazo. Esperaría otro cuarto de hora, nada más que un cuarto de hora, y después... Aguardó, sin embargo, veinticinco minutos. A las once y cuarenta se levantó, sin cuidarse de enmascarar su rabioso humor.
--Me voy--dijo.
Se dirigió hacia la puerta. Concha caminó tras él, murmurando:
--¿Por qué no aguardas un poco más?
--Lo considero inútil; esto va picando en juego de chiquillos.
Aún tuvo un momento de flaqueza.
--Si ella, por una casualidad, viniese--dijo--, convéncela de que no deje transcurrir el día de mañana sin escribirme.
Cuando llegaron al recibimiento, se detuvieron mirándose sorprendidos y alegres; acababan de llamar; al otro lado de la puerta se percibía un _frufruteo_ liviano de faldas. Concha hizo á Villarroya un guiño expresivo para que se ocultase; rápidamente el novelista desapareció tras una cortina. Sin prisa, la vieja dueña abrió la puerta. Desde fuera una voz femenina preguntó:
--¿Don Ricardo Villarroya?
--Sí, señora; aquí es.
En la penumbra del recibimiento que Concha acababa de dejar á obscuras, perfilóse vagamente el cuerpo de una mujer, alta y garrida, vestida de negro, el rostro cubierto por un antifaz. Concha añadió, cogiéndola suavemente por una mano:
--Venga usted...
Guióla algunos pasos por entre las tinieblas del corredor; en seguida retrocedió; Ricardo Villarroya había salido de su escondite y preguntaba con gestos el sitio donde la desconocida esperaba. Concha bulbuceó:
--Ahí la tienes, en el pasillo. Yo me voy al piso de arriba.
Marchóse, cerrando la puerta. La obscuridad del recibimiento fué impenetrable. San Román avanzó mesuradamente, los brazos extendidos, hasta que sus dedos, abiertos por la ansiedad de la rebusca, tropezaron con una mano pequeña y enguantada. Allí estaba la desconocida aguardándole, inmóvil. Ricardo preguntó:
--¿Es usted, verdad?
Ella repuso suspirando, más que articulando, las palabras:
--Sí; yo soy...
--Sígame usted.
Caminaron sin soltar él aquella manecita, un poco temblorosa, que difundía por su brazo calor febril, y penetraron en una habitación cuya puerta el galán cerró cuidadoso. Un tintineo casi imperceptible de pulseras y el sérico crujir de la falda decían que la tapada temblaba bajo sus vestidos.
--No tenga usted miedo--observó Ricardo--; estamos completamente solos.
La condujo sin tropezar por entre los muebles que invadían el perímetro de la estancia, y cuya disposición veía con los ojos de la memoria, y fué á sentarla en un sillón, de espaldas al dormitorio: él colocóse á su lado, sobre un diván. Hallábase agitadísimo, tanto, que apenas sabía empezar el diálogo. Por decir algo exclamó:
--¿Está usted ya más tranquila?
Ella murmuró, con acento andaluz muy marcado:
--Hable usted bajo.
--¿Por qué?... Nadie nos oye; la casa nos pertenece, al menos, durante el espacio de esta noche.
Hubo una pausa; la desconocida parecía meditar su respuesta.
--No importa--dijo--; yo, que quiero satisfacer abundantemente su afición á lo raro, echaré sobre esta primera cita toda clase de secretos: el enigma de la obscuridad que nos aisla, y también el misterio de las conversaciones musitadas, que nublan el verdadero timbre de la voz que nos habla y parecen venir de muy lejos.
Contestación tan peregrina enardeció á Villarroya.
--Es usted admirable--exclamó--; yo sabré escribir libros y comedias, pero usted me enseña el arte supremo de embellecer y refinar la vida; es usted, por consiguiente, más artista que yo.
Emprendieron una conversación movida, heterogénea, llena de preguntas, como si en aquel seguido hablar de asuntos diversos mutuamente quisieran arrancarse algún secreto.
--Cuando usted llegó--decía Villarroya--iba yo á marcharme.
--¿Se aburría usted?
--Muchísimo; estaba desesperado; creí que usted no vendría.
--No pude llegar antes.
--Yo, en cambio, estoy aquí desde la diez.
--No le creía á usted tan libre, ¿Acaso no tiene usted, fuera de su casa, ninguna mujer que le aguarde?
La imagen pálida, enlutada, trágicamente triste, de Fuensanta Godoy, extremeció la memoria del novelista; recordó su nariz afilada por el dolor, sus labios sin sangre, sus ojos de ébano hinchados de llorar... Pero espantó bravamente aquella visión acusadora, y repuso:
--Yo no quiero á nadie, á pesar de los esfuerzos que una vez y otra hice para sentir amor. ¡Créame usted; no puedo! De los seres buenos, pero uniformes y borrosos, que me circundan, se desprende un vaho odioso, sedante y enervador de vulgaridad.
Ella tardó segundos en responder:
--Y yo, ¿cómo soy?
--A mis ojos, sublime: había usted de ser fea y perversa, y yo la adoraría. ¡Ah! Usted no se parece á las demás mujeres; usted es divina...
--¿Divina?... ¿Por qué?
--Porque es usted rara. Ser rara es tener personalidad; ¿y sabe usted lo difícil, lo imposible casi, que es en esta sociedad, donde la imbecilidad ambiente nos reduce y penetra, quedarnos en nosotros mismos, no parecernos á los demás?
Continuó hablando, siempre en voz baja para complacerla, y gradualmente su imaginación iba exaltándose y readquiriendo aquel verbo seductor y ardiente tantas veces aplaudido en las asambleas. Oleadas de sangre invadían su cabeza.
--Para arrostrar sin flaqueza los rudos combates del arte--decía--, necesitamos sentir á nuestro lado la presencia confortadora de un ideal muy alto. Lo de menos son las ganancias y los elogios, pocas veces leales, de la crítica. Lo más puro, lo exquisito, es tener un rincón, sea cual fuere, donde una mujer inteligente, enamorada de nosotros, exclame al echarnos los brazos al cuello: «¡Qué bonito es tu artículo de anoche!» Entonces una alegría indescriptible nos invade, nuestras fuerzas se duplican y sufrimos el mordiente anhelo de escribir mejor, ¡siempre mejor!, para que ella nos lea. Nuestro espíritu, que su imagen mejora, á ella vuelve: queremos distraerla, agasajarla, protegerla contra los feos recuerdos, y si de noche sonríe dormida, pensamos que sobre su frente revuela nuestra última canción.
Peroraba aupado al cenit radiante del más fogoso lirismo por una exaltación á cuyo génesis su carne y su espíritu cooperaban indistintamente. Aquel continuo hablar á media voz y la obscuridad que le envolvía, llegaron á producirle cierto malestar físico. Dos ó tres veces se detuvo, pareciéndole que soñaba y que sus palabras caían al vacío. Para dominar su turbación á cada momento preguntaba:
--¿Me oye usted?
Ella respondía brevemente:
--Sí.
Y el silencio volvía á rodearles. Hubo momentos en que Ricardo Villarroya sintió su cabeza enloquecida por la presión de las tinieblas. Además, lo impersonal de aquel diálogo, semejante á un monólogo, ya que su interlocutora apenas le respondía lo preciso para comprometerle á seguir hablando, contribuyó á aturdirle.
--¡Todavía nada sé de usted--exclamó--; ni siquiera su nombre! ¡Dígamelo usted!
Su acento fué de angustia y de súplica. Ella contestó:
--Llámeme usted como guste; por ahora estamos así mejor; mi nombre lo sabrá usted luego.
Mas por mucho cuidado que Ricardo puso en dominarse, la atolondrada exaltación de sus nervios volvía.
Siempre es molesto hablar á obscuras, pues falta la visión directa del sujeto á quien nos dirigimos; la fantasía, sin embargo, suele cumplir gallardamente su misión evocadora y ofrecérnosle pulcramente reflejado sobre los espejos misteriosos del recuerdo, de modo que su imagen rivalice en nitidez y precisión con la sensación misma. Mas ni siquiera á este postrer recurso podía encomendarse el enamorado Villarroya; él ignoraba las facciones de su interlocutora. ¿Era joven? ¿Era bonita? ¿Qué color tenían sus ojos y sus cabellos? Y lo que le parecía más alarmante: mientras él hablaba, ¿cuál era la expresión de su rostro? Le escucharía con atención recogida? ¿Se burlaría de él?... Al principio, estas preguntas deambularon por su cerebro sin concretarse; le bastaba saber que á su lado alguien le escuchaba. Después, según su magín fué inflamándose, las ideas se embrollaron hasta adquirir monstruosos perfiles; unas veces pensaba que sus palabras caían en la nada; otras imaginaba que su interlocutora era algo quimérico, una bruja, tal vez, de semblante aciago, con boca canallesca y ojos nunca vistos y horribles.
Para recobrarse de aquel naciente laberinto oprimió fuertemente un brazo de la desconocida, y su mano gozó el contacto de una carne dura y vibrante. Luego, según fue adelantando sus pesquisas, recibió la impresión bondadosa de unos hombros redondos y de un talle esbelto y mimbreante erguido sobre la ampulosidad de las caderas. Instantáneamente Villarroya hallóse serenado; el tacto suplía á la vista; el hilo de relaciones entre el sujeto y el objeto, que rompió la obscuridad, se había anudado.
--Al fin te tengo--exclamó presa de enternecimiento repentino--; ya no nos separaremos nunca, ¿verdad?... ¡Nunca!... Viviré para ti, escribiré para ti, tuyos serán mis triunfos... Tú... tú eres la mujer que perseguí en tantas mujeres; tu espíritu, aquel que yo atisbaba bajo tantos cuerpos como la casualidad ó el capricho hizo míos. Alma siniestra, alma extravagante, alma de enigma, ¿por qué tardaste tanto en venir á mí?
Acercóse á ella y aspiró el peligro de un perfume exótico y violento; sus dedos resbalaron suavemente por la cabeza de la Deseada, apreciando el contorno gracioso de la nuca, las orejas menudas y sin pendientes, el terciopelo del antifaz...
Y Ricardo volvió á estremecerse, pensando en aquellos ojos vigilantes que le buscaban por entre la doble noche de las tinieblas y de la máscara.
El seductor tuvo un arrebato de impaciencia.
--¿Quieres luz?
Iba á levantarse; ella le detuvo.
--No.
--¿Por qué?
--Porque... no es preciso.
Y agregó filosófica:
--Imitemos el ejemplo que nos da la vida. Por ella nunca vamos mejor que cuando caminamos á obscuras.
Ricardo no contestó; sus dientes se apretaron; la sangre hormigueó caliente en sus dedos abiertos por el ansia de dominación; en la obscuridad, su cabeza bermeja y rapada adquirió la expresión de los antiguos conquistadores, violadores y sanguinarios, cuando entraban á saco. Rápidamente rememoró la disposición de los muebles, la situación exacta de la puerta que conducía al dormitorio...
--Te amo--murmuró--, te adoro... ¡Daría por ti la vida!...
Ella no se defendía, ni siquiera hablaba; él la besó la frente y los cabellos; sus brazos avaros rodearon su cintura; levantóla del suelo y á través de la tiniebla sus dos sombras caminaron enlazadas...
De pronto resonó la voz de Fuensanta Godoy; aquella voz imperiosa, vibrante, orquestal, con que la actriz tiranizó en otro tiempo á las muchedumbres.
--¡Eres un miserable!--decía--. ¡Me repugnas; déjame!...
Villarroya lanzó un grito; sudor frío y copioso inundó su frente. La joven repitió, poniéndole ambas manos sobre el pecho y rechazándole:
--¡Eres un miserable!...
Ella misma buscó por la pared, junto á la mesilla de noche, el botón de la luz eléctrica; la habitación se iluminó. Los amantes aparecieron de pie, el uno enfrente del otro; su actitud era hostil; los dos estaban lívidos.
Fuensanta habló primero; sus palabras, más que de violento reproche, fueron de inacabable tristeza y abatimiento.
--Me has roto el alma--dijo--; ya no puedo quererte; vamos á dejarnos. ¡Es horrible, horrible!... Después de lo ocurrido, todo entre nosotros debe concluir.
El callaba; se había dejado caer sobre una silla; tenía deseos de llorar y recatábase el rostro entre las manos. Ella continuó:
--Nunca me hablaste con la elocuencia ardiente que te inspiraba esa mujer á quien creías rendir esta noche por primera vez. ¡Ah, Ricardo! ¿Qué clase de hombre eres? ¿Qué misterio inexplicable hay en ti y cómo pudiste dedicar tanta ilusión á lo que no conocías?
Suspiró y hubo en su lamento un latido secreto de mujer humillada y celosa. Villarroya, reconociéndose completamente derrotado y ridículo, no contestó.
--He querido descender al fondo de tu carácter--prosiguió Fuensanta--, y vi que en tu alma, componedora de comedias y de libros, sólo hay traición, antojo y superchería. No eres un hombre, Ricardo, eres un artista... ¡nada más que un artista!... y quien dijo artista dijo absurdo, egoísmo y quimera. Paso á paso, durante estos diez ó doce días últimos, fui observándote y ninguno de tus sentimientos quedó para mí inadvertido. Como te conozco muy bien, quise exacerbar tu ilusión para traerte á esta cita completamente ciego, de modo que imposible te fuera adivinarme. Por eso no acudí á tu primer llamamiento, por eso tardé tanto en responder á tus cartas... y las angustias de la espera fueron para ti como polvo que la impaciencia te echaba á los ojos. Te he visto caer. Hoy mismo tuve miedo de oir lo que habías de decir aquí, y me fingí enferma y llorando te rogué que pasases esta noche á mi lado. ¡Imposible! El impulso que mis anónimos levantaron en ti era demasiado grande; nada podría contenerte, ¡nada! Segura estoy de que la vida de tus propios hijos la habrías arriesgado por acudir á esta cita maldita.
Maltratado en su amor propio, no sabiendo cómo defenderse y quebrantado por tantas contradictorias emociones, Ricardo Villaroya rompió á llorar.
La actriz continuó: