Part 10
Habló tristemente y ella se echó á reir.
--Y bien, qué, ¿piensa usted regalármelo?
--¡Quién sabe!...
Una cólera repentina había dado á sus facciones tirantez viril y agresiva. Palidecieron su frente y sus labios. Candelas, que era bondadosa, trató de aliviar su tormento.
--Déjese usted de mujeres--exclamó--; somos muy malas. Créame usted á mí: la mejor, la más santa de nosotras, no vale un sacrificio.
Alicia interrumpió á su amiga.
--¡Qué bobita eres! Estamos hablando en broma. ¿Tú piensas que Enrique puede hacer una locura por mí?... ¡Qué disparate!
Fieramente el estudiante repitió:
--¡Quién sabe!
Y luego, tras una pausa:
--Ignoro por qué habla usted así. Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo.
Dos meses antes, las frases un poco burlescas y las sonrisas de las dos jóvenes le hubiesen desconcertado. Pero ahora hallábase transfigurado y poseído de un nuevo y vigoroso ardimiento. Ya no dudaba; invadíale un extraordinario y avasallador concepto de sí mismo, y esta convicción de su juventud y de su audacia, de su fuerza, en fin le enajenaba como una ola de alcohol. Un instante había bastado para que el niño creciera y fuese hombre.
Alicia le observó de hito en hito; sus labios tornáronse graves; bajo la doble crencha de sus cabellos rojos, partidos simétricamente sobre la frente, los ojos tuvieron una expresión pensativa. Ella ignoraba cómo los hombres primitivos cazaban el reno, pero sabía de conocer caracteres y de atizar pasiones, y si ojeó pocos libros, leyó de corrido en muchas conciencias, lo que es mejor. Su instinto agudo, que no solía equivocarse, adivinó en el gesto y la voz del estudiante algo dominador y desesperado. Prefirió cortar la conversación.
--Adiós, Enrique. ¡Ah! Manolo ha preguntado por usted varias veces.
--Muchas gracias. Dele usted mis recuerdos.
--¿Cuándo irá usted por casa?
Siempre sombrío, Darlés repuso:
--No lo sé, Alicia; pero esté usted cierta de que iré tan pronto como deba ir.
Y hubo en esta alusión á lo que él llamaba «su deber» un trémolo indefinible de soberbia y de amargura.
Al quedarse solo el estudiante tuvo una explosión de cólera que, á falta de palabras, se deshizo en lágrimas. Tenía la convicción de que sus respuestas, un poco misteriosas, impresionaron á Alicia; habían sido bellas. Ahora, y para no perder lo ganado, necesitaba que su conducta corroborase lo dicho. Embozadamente habíase comprometido á algo muy grave. De no cumplir lo ofrecido, quedaría en ridículo. Era, pues, indispensable llegar al fin.
--Seré ladrón--pensó.
Después dirigióse á su taberna, donde cenó tranquilamente y se acostó temprano. Durmió bien, con esa paz profunda que dejan en los espíritus largo tiempo agitados las resoluciones irrevocables. Era mediodía cuando despertó. Inmediatamente se levantó, vistióse de limpio y escribió á su padre una carta tranquila, en la que sólo hablaba de sus estudios. Luego metió en un pañuelo todos sus libros de texto y salió á la calle. Iba á venderlos. «Si me prenden--reflexionaba--ese dinero puede hacerme falta; y si logro huir y todo queda en el misterio, tiempo tengo de recobrarlos.»
Realizada la venta se dirigió á un _restaurant_ de lujo, donde almorzó con ciertos refinamientos. En todos estos detalles menudos, tan contrarios al orden y sencillez de su vida habitual, un observador hubiese descubierto cierta melancolía de despedida. Luego estuvo bebiendo café en la _terrasse_ del _Lyon d'Or_, y reconoció que muchas de las mujeres que pasaban eran bonitas. Acerca de lo que iba á realizar no había pensado nada concreto. Prefería abandonarse á lo imprevisto. Los grandes conflictos se resuelven mejor sobre la marcha, de sopetón, ante la inminencia del peligro.
A las seis en punto se levantó, y cruzando la calle de Sevilla dirigióse por la carrera de San Jerónimo hacia la Puerta del Sol. Todavía las luces del alumbrado público y de los comercios estaban apagadas. Era una tarde de Abril; barría las calles un remusgo fresco y húmedo; en el espacio límpido, teñido de rosa, Venus vertía la serenidad de su luz milenaria. Darlés avanzaba tranquilamente, con un sosiego de movimientos que parecía responder á una ecuanimidad perfecta. Al llegar á la acera del Ministerio de la Gobernación detúvose á observar los tranvías, los coches, el gentío que pululaba á su alrededor. La idea de que pronto le prenderían, renació en su espíritu.
--Mañana--pensó--no veré nada de esto.
Y sus ojos tuvieron una melancolía de «adiós». Sin embargo, ya no podía torcer su resolución de robar.
El fondo de esta locura lo constituía, más que un anhelo carnal, un prurito romántico, casi coquetón, de «quedar bien». La concupiscencia de los primeros momentos había evolucionado hasta convertirse en el sentimiento elegante, puramente artístico, de un «bello gesto». En último término, adueñarse de Alicia era lo de menos: lo importante, por no decir lo único, era tener ante ella la hermosura de un heroísmo; que para los grandes criminales, como para los artistas ilustres, como para los multimillonarios que se arruinan en una noche, como para todos los que rompen los moldes vulgares, guarda el alma aventurera de la mujer una admiración. Y el estudiante, considerando que Alicia Pardo se acordaría siempre de que hubo un hombre honrado que fué á presidio por ella, se juzgaba pagado y feliz.
Absorto en estas quimeras, llegó Enrique Darlés á la joyería de la calle Mayor, cuyas luces, recién encendidas, volcaban sobre la acera un generoso resplandor. Detúvose el mozo ante el escaparate, lleno de refulgencias cegadoras. En el centro de la vidriera y ciñendo el cuello de un medio busto de terciopelo blanco, estaba el collar, el terrible collar de esmeraldas. Darlés lo contempló largamente, y al principio experimentó esa sensación de miedo y de frío que inspiran las armas de fuego. Después esta emoción desapareció; la luz verde de las esmeraldas le enajenaba; era una especie de atracción telúrica, invencible como el principio de gravedad. No obstante, todavía vacilaba, todavía comprendía que en aquel medio metro que le separaba del escaparate flotaba un abismo. De pronto, pensó:
--¿Y si Alicia me viese ahora aquí?...
Esta idea derrotó sus últimos temores y abrió la puerta del establecimiento con mano segura. En seguida avanzó hacia el mostrador; su paso era firme y suelto. Un dependiente alto y elegante, con largos bigotes rubios, salió á recibirle.
--¿Qué deseaba usted?
Con un aplomo del que segundos antes no se hubiese creído capaz, Enrique contestó:
--Quisiera ver ese collar de esmeraldas que hay en la vidriera.
--Sí, señor.
Darlés miró á su alrededor y notó que, al fondo de la tienda, un caballero barbiblanco, el dueño sin duda, le observaba atento. El tenía ya un plan: se apoderaría de la joya y huiría hacia la puerta que, para este fin, dejó entornada.
El dependiente volvía con el collar, que depositó sobre el pañete verde musgo del mostrador. Enrique Darlés apenas se atrevía á tocarlo.
--¿Cuánto vale?
--Quince mil pesetas.
El estudiante chasqueó la lengua, como hacen los bebedores para celebrar el buen gusto y calidad de un vino. Su interlocutor agregó:
--Tengo la seguridad de que habrá usted visto pocas esmeraldas como éstas.
El caballero peliblanco se había acercado sin hablar, las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y su continente era grave y perplejo. Diríase que su espíritu desconfiado de comerciante venteaba un peligro. Darlés le miró de reojo: aún era honrado, aún podía arrepentirse...
El dependiente había traído varios estuches, de los que fué sacando collares diferentes. En el modo de cogerlos, de acariciarlos entre sus dedos de uñas cuidadas y de extenderlos sobre el pañete del mostrador, ponía aquel hombre un cariño. Los había de brillantes, de turquesas, de zafiros, de topacios...
El estudiante vacilaba; latía en aquella proximidad del crimen una voluptuosidad mareante y terrible, á la vez dulce y acre. Siguió preguntando:
--¿Qué vale este collar?
--Muy poco: dos mil doscientas pesetas.
--¿Y éste de rubíes?
--Cuatro mil quinientas.
Darlés los cogía, los miraba detenidamente, volvía á dejarlos. De pronto experimentó la sensación de que por sus mejillas acababa de extenderse una gran palidez. Para reponerse dijo:
--Este de perlas negras es muy hermoso.
--También es más caro: diez mil pesetas.
Bruscamente el señor barbiblanco, que hasta entonces no había desplegado los labios, exclamó con acritud:
--Bien; creo que ya han hablado ustedes bastante.
Y, dirigiéndose al dependiente:
--Guarde usted esos estuches.
Enrique Darlés levantó la cabeza y le miró á los ojos fieramente, con la altivez del hombre que todavía no ha delinquido.
--¿A qué viene eso?--gritó.
--No me gusta perder el tiempo--repuso el joyero--; á usted no debe sobrarle el dinero; yo no me equivoco.
Y volviéndose á su empleado, que presenciaba la escena atónito, repitió secamente:
--Le he dicho que recoja esos estuches.
Tal vez el estudiante no estaba aún totalmente decidido á robar; todavía, quizás, quedaba en su conciencia algo bueno, sano, que, en el momento supremo, se hubiese impuesto á la fatal tentación. Pero las palabras destempladas del comerciante, exasperándole, le obligaron á delinquir; buscó un desquite y pecó. El caso no es nuevo; muchas, muchísimas veces, un crimen sólo es la represalia lógica de una injusticia.
Fuera de sí, Enrique alargó rápidamente un brazo hacia el sitio donde estaba el collar de esmeraldas; sus dedos se crisparon, convulsos; giró sobre sí mismo y, de un salto, ganó la puerta.
En aquel momento, uno tras otro, sonaron dos tiros.
Darlés emprendió una carrera vertiginosa, delirante, hacia el Viaducto. Al principio oyó una voz que gritaba á su espalda:
--¡A ése, á ése! ¡Al ladrón!...
Una voz terrible, de pesadilla, y luego percibió el estrépito, semejante á un trueno, de la gente que le perseguía. Ante él los transeuntes se apartaban, y había en sus rostros miedo y asombro. Al llegar á la calle de Bordadores, un hombre que esgrimía un bastón, trató de cerrarle el paso y, entonces, Darlés torció á la izquierda, venciendo con velocidad de liebre la cuesta de la calle Siete de Julio. De un portal le tiraron una silla, que apenas le rozó, y donde acaso tropezaron los que de más cerca le acosaban. Cuando la humana jauría, jadeante y furiosa, pasaba bajo los arcos de la Plaza Mayor, su griterío amenazador retumbó con más fuerza:
--¡A ése!... ¡A ése!...
El estudiante, alocado, corriendo siempre en línea recta, llegó á la barandilla que cierra el jardín y la franqueó de un salto. Esto le salvó. La poca luz que allí había y las sombras de los árboles desdibujaron su figura. El, sin embargo, continuó corriendo y, al encontrarse de nuevo con la barandilla, volvió á saltar. Al caer, sus rodillas, fatigadas, se doblaron y á poco da de bruces contra el suelo. Pero en el acto se levantó y siguió corriendo. Ahora las voces de sus acosadores retumbaban lejos, bajo las bóvedas sonantes de la plaza.
Darlés continuó huyendo por la calle de Toledo, y advirtió que muchos transeuntes le miraban con inquietud. Una mujer exclamó:
--¡Va herido!...
Al llegar á Puerta Cerrada, el estudiante se acercó á la famosa cruz que da nombre á la plaza. No podía más; las piernas se le rompían de cansancio; su corazón estallaba; la lengua se le escapaba de la boca. Varias mujeres le rodearon asustadas.
--¡Está usted herido!--decían--. ¿Qué es eso?... ¡Le han herido á usted!
Pero en sus exclamaciones no había rencor, sino piedad ingénua. El estudiante se sintió más tranquilo. Una de aquellas mujeres llevaba un cántaro.
--¡Un buche de agua!--balbuceó Enrique--. Agua... ¡Me muero de sed!...
Acercó sus labios á la boca de la vasija y bebió á largos sorbos.
Ellas repetían:
--Está usted herido... ¡Pobre hombre!... ¡Vaya usted en seguida á la Casa de Socorro!...
Para no suscitar sospechas, Darlés repuso:
--Sí, ahora voy...
Después trasegó algunas buchadas más, y siguió huyendo hacia la calle de Segovia. Corrió mucho, mucho, hasta que sus fuerzas se agotaron totalmente. Detúvose y se reconoció; sus ropas mojadas se adherían á su carne, produciéndole una desagradable sensación de frío; tenía las manos rojas: lo que él creyó sudor, era sangre.
--¡Estoy herido!--murmuró.
Y entonces comprendió lo que las mujeres de Puerta Cerrada le habían dicho. En aquel momento acometióle un ligero mareo y necesitó apoyarse contra la pared. Después abrió los ojos y examinó el sitio donde se hallaba. Era un callejón pendiente y solitario, abierto entre casas modestas. Muy cerca, sobre la inmensidad negra del cielo, aparecía la mole imponente del Viaducto, esa atalaya siniestra y magnífica desde la cual tantos tristes se despidieron de la vida en una reverencia mortal.
Enrique Darlés volvió á pensar:
--Estoy herido...
Sus ideas iban coordinándose: Alicia, su cuartito de la calle de la Ballesta... Palpóse los bolsillos, y sus dedos hallaron el collar, «¡su collar!...»
El estudiante sonrió; una alegría inefable esponjaba su cuitado corazón. Suspiró; se enjugó dos lágrimas. Alicia sería suya. La novela de su vida acababa de ser escrita.
V
Candelas y Alicia Pardo regresaban en landó de las carreras. La tarde había pecado de frescachona, pero el sol no se ocultó ni un momento, y los jockeys lucharon bien. Alicia sonreía; estaba contenta; había ganado ochocientas pesetas, y en sus ojos persistía aún la visión de los jinetes huyendo con rapidez fantasmagórica sobre el fondo del paisaje abrileño. Y, de pronto, en el segundo tercio de la carrera, de aquel grupo multicolor, compuesto de blusas rojas, azules y amarillas, y de calzones blancos, un caballo se destacó para tomar la cuerda, y ella había ganado...
En esta victoria hallaba algo personal, que mimaba su orgullo.
--Ese jockey que ahora tiene tu conde--exclamó--monta como un centauro. ¿Es inglés?
Candelas contestó:
--No, belga.
A Alicia, que no recordaba con exactitud hacia dónde quedaban los Países Bajos, no le satisfizo la respuesta. Pero era igual; bastábala con saber que el jockey triunfador venía de uno de esos pueblos septentrionales donde todos los hombres son correctos y rubios.
Candelas comenzó á explicar la ciega confianza que el conde, su amigo, tenía en aquel caballista extraordinario. En pocas palabras trazó un brillante programa de diversiones y de viajes. A primeros de Mayo irían á Londres, y en Junio, á París, donde el conde pensaba llevarse el «Gran Premio», de Longchamps. La otoñada la pasarían en Niza.
Alicia Pardo repuso:
--En Septiembre el marquesito y yo vamos á Monte-Carlo. Es preciso que nos veamos; con los hombres, ¿verdad?..., nos divertimos poco. No saben hacernos reir.
Cuando el landó llegaba á la plaza de Castelar, Alicia preguntó á su amiga:
--¿Tienes algo que hacer esta noche?
--No.
--Pues vente al Real conmigo. La noche pertenece á Bizet, el divino. Representan Carmen, y trabajan la Nasí y Pacteschi. ¡Sin comentarios!
Candelas accedió.
--Ahora--dijo Alicia--quiero ir á mi casa, por si he recibido algún recado urgente. Luego te llevo á la tuya, cambias de traje y buscamos á Manolo para que nos invite á comer.
El coche se detuvo ante el portal de Alicia, y Teodora, que estaba en el balcón, bajó á la calle en seguida. Traía una carta.
--Esto ha venido para usted.
--¿De parte de quién?
--De parte del señorito Enrique.
Alicia repitió, sorprendida:
--¡De Enrique!
Rasgó el sobre con gesto febril, y leyó:
«Ven á mi casa, te lo ruego. Necesito verte hoy mismo.»
Y firmaba: «_E. D._»
Alicia pareció reflexionar. Luego miró á su amiga.
--¿Tú entiendes esto?... Es de Enrique Darlés... ¿Te acuerdas?... Un muchacho, amigo de Manolo...
Y, dirigiéndose á Teodora:
--¿Quién trajo esta carta?
--Una vieja.
--¿Qué facha tenía?
--No sé... así..., parecía portera...
Alicia permanecía indecisa; la concisión autoritaria de aquellos renglones impresionaba. Era una carta de hombre; los niños no saben hablar así. En el sobre una mano impaciente, acaso desesperada, había escrito, con letras de trazos vigorosos, la palabra «urgente».
--¿Qué hacemos?--preguntó.
--Creo--repuso Candelas--que debemos ir á verle.
--¿Para qué?
--Cuando él te llama, algo muy grave debe ocurrirle. Ve...
Alicia consultó su reloj: eran las seis; aun podía, sin turbar el programa de aquella noche, otorgarse el lujo de una condescendencia. Y ordenó al cochero:
--¡Ballesta, número...! ¡A escape!...
Un momento las dos jóvenes estuvieron calladas. Candelas, de repente, exclamó:
--¿Has leído lo que dicen los periódicos del robo que hubo anoche en la calle Mayor?
--No... ¿Qué dicen?
--Que han robado una joyería.
--¡Una joyería!--repitió Alicia.
Su rostro tuvo una expresión inenarrable de ansiedad y de espanto. Se acordó de aquel collar de esmeraldas, en el que tantas veces había pensado, y de la tarde en que ella y Candelas sorprendieron á Enrique Darlés inmóvil ante el escaparate de la tienda. Inopinadamente, la dolorida figura del estudiante parecía ponerse de pie en su memoria. Escuchaba sus últimas palabras: «Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo». Y estas frases, á las que nunca concedió valor, ahora repercutían en sus oídos con un «tic» profético.
--¿Qué han robado?--preguntó.
--No puedo decírtelo, porque leí el periódico muy á la ligera.
--¿Y quién es el ladrón?
--No se sabe.
--¿No le prendieron?
--No. Fué más listo que los que le perseguían...
--¿Y escapó?
--Sí.
El misterio que envolvía al delincuente aumentó la inquietud de Alicia. Era una emoción bonita, novelesca, que la producía cierto engreimiento. «¡Si hubiese robado por mí!», pensaba. Emoción orgullosa y malsana, semejante á la que experimenta ante sus amigos el hombre por quien una mujer se ha suicidado.
Candelas, que seguía los pensamientos de Alicia, exclamó:
--¡Sería notable que el autor del atentado fuese Enrique Darlés!
--No lo creo.
--Pues mira, yo dudo...
--Hubiera hecho muy mal.
--Evidentemente.
--Y si lo hizo, me tiene sin cuidado. Que se fastidie, por imbécil. Yo, nada le he pedido; y, en último término, ¡qué diablos!, más delito tiene el que otorga que el que pide...
El coche se detuvo, y Alicia y Candelas echaron pie á tierra y penetraron en un portal de apariencia mezquina. Candelas llamó.
--¡Portera, portera!
A sus voces nadie contestó.
--Sígueme--dijo Alicia--, conozco el camino.
Echó á andar, recogiéndose pulcramente su falda color perla é imprimiendo á la larga amazona roja de su sombrero un gracioso vaivén. Atravesaron un patio sórdido y húmedo, luego otro, y comenzaron á subir una empinada escalera. El fru-frú sedeño de sus enaguas y el tintineo de sus pulseras llenaba el silencio. Llegaron al tercer piso y detuviéronse ante una puerta entornada. Alicia llamó con los nudillos. Nadie contestó. Volvió á llamar. Desde dentro, una voz, la voz de Enrique, repuso débilmente:
--Adelante...
La joven y Candelas se hallaron en una habitación obscura que apestaba á sangre. Alicia Pardo no pudo reprimir una exclamación grosera de disgusto:
--¡Qué asco! ¡Puf!... ¿A qué huele aquí?
Desde el fondo de la estancia, donde se insinuaba la silueta de un lecho, Enrique Darlés balbuceó:
--Ahí, sobre esa mesita, hay fósforos... Enciende el quinqué...
Candelas se mantuvo inmóvil, junto á la puerta, temerosa de tropezar. Cuando hubo luz, las dos amigas lanzaron á su alrededor una mirada rápida. Componían el moblaje una mesa de escribir, una cómoda sobre la que había un espejo, y á la hila de las paredes encaladas media docena de sillas de enea. El estudiante estaba acostado y vestido en su lecho; sobre la albura de la almohada, su cabeza, de crespos y negrísimos cabellos, yacía inerte. Un momento abrió los ojos, y luego, pausadamente, tornó á cerrarlos. Por su rostro lampiño, que la lividez de los labios entristecía, divagaba la blancura etérea y luminosa del último dolor.
Las dos jóvenes se aproximaron al estudiante. Alicia exclamó:
--¡Enrique!... ¡Enrique!...
El entreabrió los párpados, y sus pupilas turbias fijaron en «Tacita de oro» una mirada de gratitud. Ella repitió:
--Enrique... ¿Me oyes?
--Sí.
--Te han herido, ¿verdad?
--Sí.
--¿Tú fuiste quien cometió anoche el robo de la calle Mayor?
--Sí...
Alicia Pardo miró ufanamente á Candelas, como invitándola á fijarse bien en su hazaña y poniendo en su ademán aquella petulancia con que se exhibe una obra de arte. Acababa de obtener un gran triunfo, porque únicamente por las mujeres capaces de inspirar pasiones locas se atreven los hombres á tanto. Después adelantó la cabeza para ver de más cerca las ropas del estudiante, y al encontrarlas tintas en sangre, experimentó un nuevo acceso de asco. El contraste del aire cálido y nauseabundo de aquella habitación, largo tiempo cerrada, con el ambiente saludable de la calle, era demasiado brusco.
--¿Abro la ventana?--dijo.
--No... no--murmuró Enrique--; estoy muy débil; el frío me mataría.
Alicia, sentada sobre el lecho, aquel pobre lecho que su cuerpo una noche perfumó á violetas, le observaba en silencio. Un ancho sombrero carmesí, adornado por una magnífica amazona blanca, cubría su semblante pálido, donde los ojos verdes brillaban lascivos en el gran nimbo cárdeno de las ojeras; y la gracia libertina de los ademanes, la brevedad pueril del talle, el entono robusto de las caderas y del seno, y aquel desasosiego con que los piececitos impacientes y bailarines herían el suelo cual si deseasen escapar, contrastaban fuertemente con la fealdad del aposento desamueblado, oliendo á agonía.
Candelas parecía conmovida. Pero Alicia se ahogaba; una sensación terrible de asco iba dominándola. Repetidas veces llevóse á su nariz gozadora, bañada aquella tarde en la brisa suelta y oxigenada del Hipódromo, su pañuelo de encajes. El invasor malestar se sobreponía á su aflicción. No podía llorar. Además, ¿para qué?... Y con tal de escapar pronto de allí, no la hubiese importado que Enrique viviese algunas horas menos. En su ingratitud, Alicia Pardo llegó á maravillarse de que hubiese mujeres amantes capaces de besar un cadáver...
De súbito, deseosa de concluir, preguntó:
--Pero... ¿cómo te hirieron?
Nuevamente Enrique abrió los ojos, luego los labios.
--Vas á saberlo.
A pesar de la enorme hemorragia que había sufrido, aún le restaban algunas fuerzas, las últimas, y pudo hablar.
--He robado por ti, porque la tarde en que me echaste de tu casa me dijiste: Nos veremos... «cuando me traigas el collar que te he pedido».
Alicia exclamó:
--No me acuerdo.
--Yo, sí; me lo dijiste. Yo me acuerdo de todo.
La joven encogióse de hombros y sus ojos sádicos, de color de ajenjo, permanecieron secos. Candelas, en cambio, más humana, más mujer que su amiga, tenía anegados en llanto los suyos. Enrique siguió hablando. Su gesto era grave. Repentinamente, el niño se había hecho hombre.
--Decidido a recobrarte, quise ofrecerte lo que tanto deseabas. Anoche, cuando penetré en la joyería, aún no estaba seguro de lo que iba á hacer. Me acerqué, sin embargo, al mostrador, y dije que deseaba examinar el collar de esmeraldas que había en el escaparate. Cuando me lo trajeron, juntamente con otros, apoderóse de mí un vértigo que echó sobre mis ojos una tiniebla inmensa y terrible. Rápidamente extendí una mano, cogí uno de los collares, no sé cuál, porque todos me parecían verdes... y escapé. Pero el dueño, que sin duda había ido espiando todos mis movimientos, sacó un revólver y disparó. Su puntería fué certera. Yo, en aquel minuto trágico, nada sentí y continué corriendo. A mi espalda, voces acusadoras repetían: «¡Á ése, á ése!...» Y me parecía ver manos vengativas que, con el ansia de cogerme, se abrían y cerraban como garras detrás de mí. Cuando volví de mi terror me hallé en un callejón solitario; mis perseguidores no habían podido alcanzarme. Entonces advertí que mis ropas estaban empapadas en sangre y que mis piernas flaqueaban. ¿Qué hacer? Poco á poco, amparado por las sombras de la noche, regresé aquí... y te mandé llamar...