Part 11
Los deditos ensortijados de Alicia se cruzaron con un doble gesto de interés y de horror.
--¿Y no te has curado?--gritó--, ¿no llamaste á ningún médico?
--No; no quise... porque si alguien me hubiese visto así hubiera sospechado... Y he preferido morir á que me quitasen el collar que robé para ti...
Y como sintiese que sus energías se agotaban, añadió con un gesto:
--Ahí está, sobre la cómoda. Levanta esos libros.
Era una escena tristísima, de un romanticismo punzante y melodramático. Al fin, los párpados de la pecadora se humedecieron.
--¡Niño, niño!...--sollozó--, ¿qué has hecho?
Darlés repitió:
--Búscalo... sobre la cómoda...
No quería morir sin ver su regalo entre las manos, nácar y nieve, de la Deseada.
Ella hizo lo que el estudiante ordenaba, y bajo unos periódicos, sus dedos hallaron un collar de perlas negras.
--¡Qué hermoso!--exclamó absorta.
Sin abrir los ojos, como quien habla en sueños, Darlés repuso:
--No es el que tú querías... ya lo sé... Luego lo he visto... Pero en aquel momento, todas las piedras me parecían verdes...
Era éste un episodio más, un capricho más de la amarga y eternal ironía de las cosas. ¡Dar la vida por un collar de esmeraldas, y equivocarse de collar!... El estudiante balbuceó:
--Adiós...
Por sus miembros corrió un largo estremecimiento, y bruscamente la agonía dió á sus facciones varonil severidad. Torcióse la línea de sus labios. Candelas, puesta de hinojos, lloraba y rezaba. Alicia Pardo, más violenta, cogió al estudiante por los hombros.
--¡Enrique... Enrique!...
Y le miraba con una de esas expresiones trágicas, todo pasión, que explican el sacrificio de una vida.
El estudiante aún pudo murmurar:
--Acuérdate...
No dijo más. Cerró los párpados. Moría tranquilamente, sin sangre. Por su rostro deslizóse una sombra blanca. Alicia exclamó:
--Enrique... ¿me oyes?... ¡Enrique!
Le palpó la frente y las manos. Estaba frío.
--Ha muerto--dijo.
Aquello, á su modo, era bonito. Hubo una pausa. Candelas se había levantado y las dos amigas se consultaron con los ojos. Acababa de herirlas la misma idea, el mismo temor. La muerte de Enrique las comprometía; la justicia realizaría pesquisas y no era difícil que las llamasen á declarar. El instinto de conservación alejaba de ellas el recuerdo del muerto.
--Estamos perdidas--dijo Alicia--; tú tienes la culpa, yo no quería venir.
Candelas repuso colérica:
--La culpa es tuya.
--¿Mía?
--¡Claro es! ¿Quién, sino tú, le obligó á robar?
--¡Yo... yo!...
--Tú, sí, estúpida...
Y en su voz ardía ese rencor envidioso que sienten todas las mujeres hacia la manceba por quien un hombre se ha perdido. Luego, para tranquilizarse, agregó:
--Afortunadamente, la portera no nos ha visto subir.
Alicia Pardo examinaba el collar; su alma ególatra prendada del lujo, su almita «de presa», tornó á olvidarse del estudiante para sólo pensar en la belleza de la joya. De pie, ante el espejo, se ciñó el collar y comenzó á mover la cabeza á uno y otro lado, complaciéndose en el contraste que formaba la negrura de las perlas sobre el armiño de la garganta. Y un momento sus ojos ardieron con el vigor insolente de la dicha. Lo sucedido no la inspiraba remordimientos. ¿Por qué? ¿Tenía ella la culpa de que Enrique hubiese tomado en serio lo que ella pidió en broma? Y pensó filosóficamente que en la historia de todas las grandes cortesanas siempre hay, por lo menos, un capítulo trágico. Después su espíritu experimentó un matiz de ironía. ¡Pobre Enrique! El infeliz fué uno de esos desdichados que, ni aun cuando se sacrifican, aciertan del todo... Al fin, obedeciendo más que á un sentimiento de ternura á una delicadeza de artista, se acercó al cadáver para despedirse de él en una mirada. Desde la puerta, Candelas la llamó.
--Vámonos...
Alicia Pardo dió media vuelta: nada, en efecto, tenía que hacer allí. El ambiente de aquel cuarto, con su aire denso y su suelo de ladrillo salpicado de manchas bermejas, tornó á sofocarla. En la calle respiraría bien, y recordó que aquella noche, en la platea del Real, las perlas de su collar llamarían la atención. No estaba triste. Al pasar por delante del espejo se miró de reojo.
--Es bonito--pensó.
Y luego, con cierta melancolía:
--Sin embargo, el collar de esmeraldas me gustaba más...
Madrid.--Enero, 1908.
EL HIJO
I
A los treinta años, aburrido de vivir solo y sin afectos, Amadeo Zureda se casó. Era un hombre de mediana estatura y robustas espaldas, que tenía la color cetrina, el mirar reflexivo, el ademán lento y seguro. Toda el alma de su rostro, cortado por un bigote negro y bronco, más que en la reciedumbre de sus pómulos y de sus mandíbulas cuadradas ó en la dureza de su nariz, radicaba en la energía taciturna del entrecejo hirsuto, sombrío como un mal recuerdo. Borráranse uno tras otro los rasgos todos de aquel semblante, y mientras la línea peluda de las cejas subsistiera intacta, la expresión de Amadeo Zureda no habría cambiado; que entero su espíritu, reservado y ardiente, estaba allí.
A Rafaela, su mujer, el matrimonio la redimió de la esclavitud del obrador. Acababa de cumplir diez y ocho años, y era una morenucha de ojos negros, apicarados y muy grandes, y de labios fragantes y rojos; el talle flexible, las traviesas caderas turgentes y movedizas, el seno bien soplado, el caminar vivo, desembarazado y aventurero. A su donaire bravío, un poco canallesco, de hija del pueblo, iba unida cierta distinción de gestos y de aficiones que aderezaba su belleza y la mejoraba; tenía las manos menudas y pulidas, y gustaba de ir finamente calzada y con enaguas bien limpias y crujientes. Y como su cuerpo era su espíritu, ágil, inquieto, incapaz de guardar durante mucho tiempo la misma actitud; mientras hablaba, sus ojos pícaros rebrillaban de contento, y en su boca grande, de dientes blanquísimos, ardía perenne, como lámpara santa, la luz de una risa. Amadeo adoraba en ella; cuando por las tardes, al volver del trabajo, Rafaela acudía á recibirle con jubilosas alharacas y luego se instalaba zalamera sobre sus rodillas, Zureda, poseído de inefable contento, quedábase boquiabierto y como en éxtasis, y hasta aquella cicatriz pensativa de su entrecejo parecía dulzurarse en la grave serenidad de la frente cobriza.
El matrimonio se había instalado en el piso quinto de una casa vecina de la Estación del Norte. La finca era nueva, y el cuarto de los Zureda, muy alegre y soleado, con habitaciones espaciosas, claras, y dos balcones, que las manos hacendosas y artistas de Rafaela habían colmado de flores.
Amadeo era maquinista del ferrocarril; sus jefes estaban contentísimos de él; dos años hacía que trabajaba en la línea de Madrid á Bilbao, y nunca cometió faltas merecedoras de castigo; era inteligente, activo, duro en la faena; después de una jornada de quince horas, sus ojos negros dotados de extraordinario poder visual, miraban sin cansancio; dentro de su traje de pana, aquel hombre musculoso, impasible y cetrino, parecía de bronce.
Zureda amaba su oficio; lo aprendió en los Estados Unidos, el país donde corren más los trenes, y habiéndose quedado huérfano en edad temprana, á su profesión dedicó íntegra la abundante savia afectiva de sus años solteros. El camino de Madrid á Bilbao lo conocía en sus menores detalles, palmo á palmo, y hubiera sido capaz de andar por él á ciegas, y tan seguro como por su propia casa. Había grupos de árboles, barrancos, ríos, cerros y alquerías que tenían para él la elocuencia terminante de un plano topográfico ó de un reloj. «Al llegar á tal sitio--pensaba--hay que dar freno, porque inmediatamente después viene una cuesta abajo.» O bien: «Ahí está el puente; debe ser tal hora...» Y la apreciación de estas nociones de espacio y de tiempo era siempre precisa, infalible. Zureda sabía que aquellos objetos inanimados, escalonados á lo largo de la vía, eran á modo de amigos fieles, que no habían de engañarle.
Este amor fetichista al paisaje lo compartía el que le inspiraban sus máquinas. Generalmente trabajaba con las mismas: la número 187 y la número 1.082. A la primera Amadeo la llamaba «la Negra»; á la segunda, «la Dulce». Aquélla era indócil, violenta y se gobernaba mal; cuando iba venciendo alguna cuesta parecía trepidar de dolor, y en su panza de hierro había ululeos extraños de amenaza; en las pendientes patinaba, y era difícil contenerla; diríase que en su interior agitábase un espíritu díscolo, eternamente rebelde á todo mandato; estaba quieta y no quería andar; si andaba, costaba trabajo detenerla; al penetrar bajo el arco tenebroso de los túneles, su silbido de alarma vibraba desgarrador, semejante á un grito humano. «La Dulce», por el contrario, era mansa, obediente, recia y voluntariosa en los momentos de subida, prudente y reservona en las cuestas abajo, cuando convenía reprimir el descenso temerario del convoy.
Siempre que Amadeo iba de viaje, lo que ocurría dos veces por semana, su mujer le preguntaba:
--¿Qué máquina llevas hoy?
Y si era «la Dulce» se quedaba tranquila.
--Con ésa--decía--no hay cuidado. La otra, en cambio, me da miedo: tiene «mala sombra...»
A Zureda, sin embargo, le gustaba bregar con las dos, y hasta sentía inclinación por una ó por otra, según el estado de sus nervios. Cuando se hallaba de buen humor, prefería «la Dulce», que no le daba trabajo. Esto sucedía durante los días apacibles, bajo el enorme beso ardiente del sol. Pedro, el fogonero que acompañaba á Zureda, era andaluz y sabía canciones picantes y sabrosos cuentos. Amadeo le escuchaba complacido, mientras sus ojos vigilantes se abismaban en el horizonte, riente y azul; los rieles que iban devanándose ante los topes de la locomotora, brillaban á la luz y parecían de plata; el aire era tibio y cargado venía de fragancias campestres; bajo sus pies el maquinista sentía retemblar la máquina, diligente, sumisa, sin bruscos sacudimientos ni lamentos insólitos, y murmuraba, ufano y cariñoso, como animándola:
--Anda, cordera...
Pero otras veces su cuerpo sanguíneo padecía cóleras recónditas, irritaciones caprichosas, desequilibrios insanos de humor, que le quitaban las ganas de hablar y ahondaban la cicatriz torva de su entrecejo. Y entonces prefería llevar consigo á «la Negra», siempre amenazadora y arisca, que contradecía todas sus órdenes; y esta lucha, en la que palpitaba constantemente un peligro, servía de sedante á sus nervios y le pacificaba. Entonces Pedro, el andaluz de los cuentos atrevidos y de las canciones pícaras, enmudecía cohibido por el agrio humor del maquinista. A lo largo del camino, y como rimado por las ráfagas musicales del viento y el fragor trepidante de la locomotora, un largo diálogo de rencores se entablaba entre el hombre y la máquina. Apretando los dientes, Zureda murmuraba:
--Anda, perra... la pendiente es dura, pero has de subirla. ¡Anda con ella!...
Y abría la boca del horno, ardiente y roja como pozo infernal, y por su propia mano, sañudamente, arrojaba dentro del hogar ocho ó diez paletadas de carbón. Como respondiendo al castigo, la máquina se estremecía; bramidos iracundos restallaban en su interior, y por sus lomos humeantes parecía correr una ondulación de odio.
De estos viajes Amadeo Zureda siempre volvía trayendo para su mujer algún regalo: un corsé, un cuello de piel, una caja de medias... Rafaela, que sabía exactamente la hora de llegada del expreso, atisbaba su paso desde un balcón. Zureda, además, desde muy lejos la avisaba con un largo silbido.
Ella, si aún estaba acostada, saltaba del lecho, vestíase precipitadamente y corría al balcón; y sobre el verde alféizar de las macetas, su rostro cobrizo sonreía al paisaje. Un momento después, por entre las arboledas frondosas de la Moncloa, el tren aparecía crepitante, fragoroso, devanando su cuerpo negro y ondulante á lo largo de los rieles, bruñidos. Desde el tándem, el maquinista, alborozado, saludaba á la joven con un pañuelo; y solamente entonces su entrecejo, hasta donde jamás subía el regocijo de una risa, se desarrugaba y parecía contento.
Amadeo Zureda no deseaba nada. Su oficio era ingrato, pero aquellas dos noches que, entre viaje y viaje, pasaba en Madrid, bastaban á darle la felicidad. Toda su alma honrada y brusca se remozaba allí, bajo el techo del hogar tranquilo, en medio de los muebles modestos, comprados uno á uno. Aquel era su premio. Entre los brazos amantes de la compañera, el frío que recogieron sus huesos á la intemperie, en la extensión de los caminos, disipábase poco á poco, y su alma adormecíase en el calor de un dulce bienestar sensual.
II
Dos años de matrimonio bastan para envejecer á un hombre dócil; ó lo que es igual: para infundirle esas ideas trascendentes de previsión, quietud y economía, que siembra en las voluntades pacíficas el miedo al mañana.
Cierta noche, hallándose convaleciente todavía de un enfriamiento que le tuvo encamado varias semanas, Amadeo Zureda habló seriamente á Rafaela del porvenir. Sobre la limpieza de las almohadas reposaba su cabeza bronceña, de pómulos angulosos y enérgico perfil, y en la grave serenidad de la frente, el surco vertical de la reflexión parecía más hondo. Su mujer, sentada al borde del lecho, le escuchaba atenta, una pierna sobre otra, y sujetando la rodilla cabalgadora entre sus manos cruzadas. El discurso del maquinista iba devanándose lentamente: la vida vale muy poco, pues la desgracia nos cerca y sabe herirnos de infinitos modos; hoy es una ráfaga de aire frío, mañana una congestión, ó una angina, ó un cáncer, los que la muerte utiliza como vehículos para llegar á nosotros; la tierra en donde todos, tarde ó temprano, iremos á dar, se abre á nuestro alrededor como una enorme fauce, y en esta fiera y rapidísima hecatombe universal nadie puede asegurar que asistirá al orto y al ocaso del mismo día...
--A mí no me asusta el trabajo, ya lo sabes--prosiguió Zureda--; pero las máquinas son de hierro y al cabo se usan y fatigan de andar; así los hombres... y cuando eso me suceda á mí, que ha de sucederme, ¿qué será de nosotros?...
Rafaela movía la cabeza con sosiego; ella no participaba de los temores de su marido; á Amadeo, su enfermedad le volvía pesimista y medroso.
--Creo que exageras--dijo--; la vejez está muy lejos; además, lo probable es que no tengamos hijos.
Zureda hizo un gesto negativo.
--No importa--replicó--; los hijos podrán no venir, pero ¿y si viniesen?... En cuanto á que la vejez tarde en llegar, te equivocas; hoy mismo, ¿crees que yo tengo la agilidad, el vigor y aquella misma alegría con que á los veinticinco años iba al trabajo?... ¡Quia! La vejez se acerca, y aprisa. Por eso repito que es necesario ahorrar. Así, transcurrido algún tiempo, cuando yo no pueda gobernar las máquinas, abriré un taller de mecánica; y si muriese de pronto, pero dejándote quince ó veinte mil pesetillas, fácil te será establecer en sitio céntrico un buen obrador de lavado y planchado, que es de lo que entiendes.
Aún añadió Zureda á lo expuesto otras varias razones, todas bien aplomadas y discretas, con las cuales la joven se dió por convencida. Al hablar así el maquinista, ya tenía trazado un plan. Entre las personas que durante su enfermedad fueron á visitarle estaba Manolo Berlanga, unido á él por lazos de amistad fraternal. Berlanga trabajaba en una platería del Paseo de San Vicente; no tenía parientes y ganaba bastante. Reiteradas veces el platero había manifestado á Zureda sus deseos de hallar una casa honrada donde vivir recogidamente y en familia mediante un pupilaje de cuatro ó cinco pesetas.
--Supongamos--continuó Amadeo--que Manolo nos diese cinco pesetas; son treinta duros mensuales; es así que la casa cuesta ocho, pues nos quedan veintidós duros, con los cuales, y algunos más que yo ponga, podemos comer todos perfectamente.
Rafaela asintió, interesada por las emociones que aparejaría aquel nuevo vivir. El platero era un boquiverde joven y simpático, que charlaba mucho y tocaba la guitarra muy bien.
--Como haber sitio para él, sí que lo hay--repuso--; ¿qué habitación le daríamos?
--La alcobita del comedor.
--En ella pensaba yo ahora mismo; pero es muy pequeña y no tiene luz...
Zureda se encogió de hombros.
--¡Para dormir--exclamó--buena es!... Si se tratase de una mujer, el asunto varía, pero los hombres en cualquiera parte nos acomodamos.
Al día siguiente, y por encargo del maquinista, Rafaela escribió á Berlanga rogándole fuera á verle. El platero acudió á la cita puntual. Representaba veintiocho años: vestía limpio pantalón de pana muy ceñido de caderas y bien abotinado, y pelliza de color obscuro con cuello y bocamangas de astracán. Era de mediana estatura y sobrio de carnes; tenía el semblante pálido, el ademán inquieto, la conversación jacaresca y abundante. Rafaela buscó un pretexto para marcharse de la habitación, y los dos hombres pudieron charlar libremente y ponerse de acuerdo.
--Tratándose de vosotros--dijo Berlanga--, yo doy cinco pesetas muy á gusto por mi hospedaje, y más, si es preciso.
--Gracias--repuso Zureda--; no se trata de comerciar contigo; sí de que todos nos ayudemos mutuamente como buenos hermanos.
Aquella noche, después de cenar, Rafaela sacó de la alcobita del comedor los muebles inútiles que allí había, y la barrió y fregó cuidadosamente. Al día siguiente madrugó para comprar en una prendería vecina una cama de hierro con su somier y un colchón de lana, que luego armó y equipó esmeradamente, hasta dejarla muy mullida y pomposa. Completaron el mobiliario de la habitación dos sillas, un lavamanos de hierro y una mesita enmajada por un tapetillo de bayeta verde. Seguidamente la joven se vistió y peinó para recibir al huésped, quien llegó á media tarde con su equipaje: consistía éste en un maletín donde el platero guardaba las herramientas de su oficio, un baúl y un barrilito lleno de cierto vinillo añejo que, según declaró Berlanga después de cenar, entre el regocijo expansivo del café y del cigarro puro con que Zureda le obsequió, se lo había regalado una tabernera amiga suya...
Transcurrieron varios días, que fueron para el maquinista y su mujer de desusado regocijo, pues el platero era hombre de alegres iniciativas y muy aficionado á levantar su vaso, con lo cual su conversación, habitualmente fértil, adquiría colorido hiperbólico y andaluzas exuberancias. De sobremesa, todos los donaires chulescos de Berlanga suscitaban en Amadeo sonoras explosiones de hilaridad; al reir, Zureda apoyaba su dorso macizo contra el respaldo de su silla, y á intervalos, como para subrayar los borbollones de su risa, descargaba sobre la mesa recios puñetazos. Después emitía su opinión lentamente, y si necesitaba aconsejar á Berlanga lo hacía por estilo paternal, bonachón y paciente.
Ya completamente restablecido, Amadeo volvió al trabajo. Aquella mañana, al despedirse de su mujer, ésta le preguntó:
--¿Que máquina llevas?
--«La Negra».
--¡Qué casualidad!... Veremos si te sucede algo malo.
--¡Bah! ¿Por qué? La conozco bien.
Abrazó á Rafaela, oprimiéndola cariñosamente contra su pechazo bravo y noble. De pronto una ocurrencia insana, cruelmente grotesca, azotó su espíritu: aquella noche él la pasaría despierto y á la intemperie, sobre el tándem del tren, mientras allá en Madrid, bajo el mismo techo que su mujer, iba á dormir otro hombre. Pero esta desconfianza bastarda duró un segundo apenas; el maquinista pensó que Berlanga, aunque bullanguero y disipado, era, en el fondo, un amigo fraternal incapaz de acometer tan fea traición. Rafaela acompañó á su marido hasta la escalera y allí tornaron á enfervorizarse recíprocamente con los calientes besuqueos y apretujones de la despedida. Al recomendarle que se abrigara bien y se acordase de ella mucho, los ojos negros de la muchacha arrasáronse en lágrimas.
--¡Qué buena es!--murmuró Zureda.
Y en su ingenua nobleza, acordándose del venenoso pensamiento que momentos antes le acometiera, tuvo vergüenza de sí mismo.
La vida de Manuel Berlanga era harto desigual; le gustaban las mujeres y el vino, y muchas noches, allá de madrugada, volvía á su casa en estado de completa embriaguez. Esto ocurrió siempre durante las ausencias de Zureda. A la mañana siguiente el platero se despertaba despejado y acudía contrito á la cocina, donde Rafaela preparaba el desayuno.
--¿Está usted enfadada conmigo?
Ella le reconvenía maternalmente y le aconsejaba formalidad; él tomaba el lance á risa.
--¡Déjeme usted en paz!--decía--; no me gusta la formalidad; es una de tantas antipatías que echa sobre nosotros el matrimonio. ¿No tiene usted bastante seriedad con la de Amadeo?
En los hombres, el amor no es muchas veces más que la obsesión carnal que les produce la visión reiterada y constante de una misma mujer. En cada risa, en cada actitud de la mujer que anda á su alrededor, hay una gracia que al principio resbala inadvertida, y luego, en virtud de un fenómeno que pudiera denominarse de «acumulación», se acentúa y afirma hasta surgir inopinadamente envolvente y conquistadora.
Una mañana Manolo Berlanga se hallaba en el comedor desayunándose para marcharse á su taller; Rafaela, de espaldas á él, fregaba el suelo del pasillo.
--¡Cómo se trabaja, comadre!--exclamó el platero festivamente.
Ella respondió á la observación con una carcajada argentina y prosiguió su faena; unas veces recogida sobre sí misma, casi sentada sobre los talones, otras con el busto extendido hacia adelante, en una actitud violenta que deprimía la fragilidad anillada de la cintura y soplaba la turgencia de las posaderas movedizas. En aquella escena, muchas veces repetida, el platero no había reparado hasta entonces; pero apenas experimentó su poder sensual cuando alumbró en él la llama de un deseo.
--¡Es guapa!--pensó.
Y continuó mirándola, repasando en su viciosa imaginación las perfecciones de aquella flor de carne, vibrante y mollar. Su ensimismamiento se prolongaba. De pronto, con la brusquedad de un mal humor, se levantó.
--Hasta luego--dijo.
En la escalera saludó á un vecino y encendió un cigarro. Al llegar al portal ya no se acordaba de Rafaela. Pero su deseo reapareció más tarde, á la hora de almorzar, mientras observaba disimuladamente los antebrazos desnudos de la joven. Eran éstos robustos y bien torneados, y la carne se apelotonaba exuberante bajo la tela de las mangas recogidas sobre el codo.
--Hoy no se ha peinado usted--dijo Berlanga.
Ella repuso riendo con esa franqueza voluptuosa de las mujeres que poseen una dentadura bonita:
--Tiene usted razón; en todo ha de reparar usted; es que no he tenido tiempo.
--No la importe--contestó el platero galante--; así, despeinadas y al aire los brazos, es como las mujeres guapas están mejor.
--¿Habla usted con franqueza?
--Con absoluta franqueza.
--Entonces tiene usted temperamento ó madera de hombre casado.
--¿Yo?
--Sí.
--¿Por qué?
Volvió á reir, gozosa y coqueta.
--Porque ya sabe usted que, generalmente, y para descrédito del matrimonio, las mujeres casadas, tratándose de sus maridos, se preocupan poco de mostrarse bonitas.
Continuaron charlando, y á través de la conversación intencionada y picaresca asomaba la recíproca simpatía que sigilosamente iba arrobándoles la voluntad. Ella detuvo los ojos en el reloj, colocado sobre el aparador.
--Las ocho; ¿qué hará ahora Amadeo?
--Según--repuso Berlanga--; ¿cuándo llegó á Bilbao?
--Hoy, por la mañana.
--Entonces habrá pasado el día durmiendo, y ahora estará metido en algún café jugando al dominó. Nosotros, entretanto, aquí...
--¿Está usted mal?
--¿Yo?...
Y agregó lentamente y mirando á Rafaela con fijeza expresiva:
--¡Bastante mejor que él!
Después, mientras bebía su taza de café, el platero vació sobre la mesa su jornal de aquella semana.
Empezó á contar:
--Dos y dos, cuatro... nueve, once... ¡treinta y ocho pesetas! ¡Mala semana! Puedo decir que no he ganado ni para vino.
Reunió siete duros, que, apilados, formando una columna minúscula de plata, entregó á Rafaela.
--Tome usted.