Part 12
Ella replicó ruborizándose, como ofendida por aquella distancia siempre un tantico hostil, como de deudor á acreedor, que parecía fijar entre ambos el dinero.
--¿Qué me da usted aquí?
--¡Anda!... ¿Qué ha de ser? ¿No pago por semanas? Pues, eso; mi semana:¡ siete días, á cinco pesetas, treinta y cinco pesetas cabales; ¡como éstas!...
Entre sus dedos ágiles, acostumbrados á manejar los naipes, las monedas resbalaban tintineantes. Agregó:
--Hoy es sábado, con que... la cuenta se arregla en seguida; me quedan tres pesetas para gastos extraordinarios: tabaco, tranvías... ¡Voy á divertirme!
Con gesto señoril, protector y amable, Rafaela devolvió á Berlanga su dinero.
--La semana próxima--dijo--me pagará usted. Yo, afortunadamente, si no me sobran ahora cinco duros tampoco me faltan.
El platero reiteró su ofrecimiento, aunque flojamente y sólo en aquella comedida proporción que juzgó necesaria para quedar bien. Levantóse después de la mesa, y mientras se pasaba las manos á lo largo de las piernas, para suavizar la fea convexidad de las rodilleras, y ante el espejo se estiraba el chaleco y ponía en su sitio el lazo de la corbata, exclamó jaquetón:
--¿Sabe usted lo que estoy pensando?
--Usted dirá.
--No me atrevo.
--¿Cómo?
--¿Y si se enfada usted?
--O no...
--¿Me lo promete usted?
--Palabra de honor; usted, diga lo que quiera, no puede molestarme.
--¿Y eso?
--Yo me entiendo.
--¡Ah, vamos!... Porque no me hace usted caso; ¿eh?... Me tiene usted en poco...
--Al contrario; le tengo á usted en mucho...
Mirábale provocativa y ufana, removida hasta en sus entrañas más hondas por un capricho tan porfiado, tan envolvente, que casi parecía un amor.
El platero repuso, orondo:
--Entonces, pues tenemos dinero y estamos solos, ¿por qué no nos vamos al baile esta noche?
Todo el cuerpo goyesco, genuinamente madrileño, de la joven, vibró de júbilo. Hacía mucho tiempo que no se divertía así; desde que se casó, Zureda, formalote y poco inclinado á fiestas, no había querido llevarla á ningún baile, ni aun á los de máscaras. Un recio tropel de visiones alegres invadió su memoria. ¡Ah, sus buenos domingos de soltera!... Los sábados por la noche, á la salida del taller, ella y sus compañeras de obrador se citaban para el día siguiente: unas veces, en los merenderos de la Bombilla; otras, en los de Cuatro Caminos, ó en las clásicas Ventas del Espíritu Santo... Y, una vez allí, qué risas, qué alegría, qué extraña emoción de curiosidad y de miedo sentían junto al deseo del hombre que se acercaba á bailarlas...
Agil, flexible, transfigurada, Rafaela se irguió.
--No sería usted tan capaz de llevarme como yo de ir.
--¿Que no?--replicó el platero--; ¡ahora mismo!... Vamos á la Bombilla y no salimos de allí hasta no gastarnos la última peseta.
De un brinco la joven huyó del comedor, se puso á la cabeza un pañuelo de seda, se echó garbosamente sobre los hombros un mantón alfombrado. Reapareció en seguida. Al andar, sobre sus botas de charol, levantadas de tacón y de agudísima punta, sus enaguas, reciamente almidonadas y muy blancas, revolaban crujientes. Se acercó á Berlanga y, cogiéndole familiarmente por un brazo, dijo:
--Le advierto á usted que la mitad del gasto lo pago yo.
El platero titubeó la cabeza de izquierda á derecha, negando. Ella agregó categórica:
--Con esa condición salgo de casa. ¿No vamos á divertirnos los dos? Pues justo es que la fiesta la paguemos los dos por igual.
Aceptó Berlanga aquel trato amistoso y, ya en la calle, subieron á un coche. En la Bombilla, donde cenaron abundantemente y bailaron mucho, estuvieron hasta la madrugada. El regreso lo emprendieron á pie, lentamente y cogidos del brazo. Con frecuencia, Rafaela, que había bebido más de lo justo, necesitaba detenerse y, aturdida, apoyaba su cabeza sobre el pecho del platero. Manuel Berlanga, fuera de sí y un poco borracho, se la comía con los ojos.
--¡Qué bonita es usted!--murmuraba.
--¿De veras?...
--Que me quede ciego si digo mentira. Bonita, no, que es poco; bonitísima, sí; preciosa... más preciosa que todas las mujeres juntas.
Y ella, astutamente, para demostrarle que no le había oído, balbuceaba:
--¡Qué mareada estoy!...
De súbito, Berlanga exclamó:
--Si no fuera porque Zureda y yo somos amigos...
Hubo un silencio. Animándose el platero, añadió:
--Rafaela... sea usted franca: ¿no es verdad que Amadeo nos estorba?
Ella le miró de hito en hito, y luego, por toda respuesta, se llevó su pañuelo á los ojos. No sucedió más.
Poco á poco, en el transcurso uniforme de varios días, fué cerciorándose Manuel Berlanga de que Rafaela tenía los ojos grandes y expresivos, y los pies menudos y de fino tarso, y el andar muy gracioso, y los senos bien sembrados y crecidos; y hasta creyó adivinar en ella el deseo, tentador con exceso, de parecerle bonita. El platero acabó por leer claro en su conciencia, lo que á un mismo tiempo hubo de producirle alegría y miedo.
--¡Me he lucido!--pensó--¡me he lucido! ¿Pues no estoy enamorado de esa mujer como una bestia?...
Al cabo, la pasión mal encadenada desbocóse arrolladora. Aquella noche llegaba Zureda. Apenas salió del taller Manolo Berlanga se dirigió presuroso á su casa. Desde el recibimiento, el platero, que no podía con la carga de sus malos pensamientos, preguntó:
--¿Y Amadeo, ha venido?
Rafaela repuso:
--No tardará ni quince minutos; son las nueve. El tren llegó ya; lo he oído silbar...
Berlanga entró en el comedor y vió que la joven estaba arreglándole su cama. Se acercó ella:
--¿Quiere usted ayuda?
--Muchas gracias...
Súbitamente, sin saber lo que hacía, la cogió por el talle. Ella trató de defenderse volviéndose de espaldas y empujándole con las caderas. El murmuró, besándola ansioso:
--Anda, pronto... anda... antes de que llegue..
Y luego, tras un breve momento de lucha silenciosa:
--Mi alma... ¿te convences?... ¡Si ello había de ser!...
Verdaderamente, la esposa de Zureda resistió muy poco.
Un año después Rafaela dió á luz un niño, á quien Manolo Berlanga apadrinó, y que por voluntad unánime de sus progenitores había de llamarse Manuel Amadeo Zureda. El bautizo fué espléndido; más de dos mil reales se gastaron en él. ¡Qué alegre, qué sonrosado, qué bonito estaba Manolín!... El maquinista, al que todos felicitaban, lloraba de gozo.
III
Manolín iba á cumplir tres años; era monísimo, charlador, simpático. En su carita carnosilla y blanca, más blanca por su contraste con el negro entero de los cabellos, fraternizaban rasgos fisonómicos de distintas personas: la traviesa nariz y la línea pícara de los labios pertenecían á su madre; de su padre, sin duda, heredó el frontal pensativo y la recia anatomía de los maxilares; y también recordaba á su padrino en la complexión ágil del cuerpo y en el modo que, al andar, tenía de echar los pies. Como si el astuto chiquillo, para granjearse en seguida el cariño de todos, hubiera puesto voluntad en parecerse á cuantas personas estuvieron más cerca de él en la pila bautismal.
Zureda adoraba en Manolín, reía todas sus gracias, pasaba horas echado sobre las losas del pasillo, jugando con él; Manolín le tiraba de la corbata y del bigote, le aporreaba, le rompía el cristal del reloj; el maquinista no se enfadada, al contrario, le quería más, cual si toda su alma ruda y noble se deshiciese en amor. Una tarde Rafaela fué á despedir á Amadeo, que salía en el expreso de las siete y cinco; llevaba al niño en brazos. Desde el tándem, Pedro, el fogonero, hacía reir á la madre y al niño con estrafalarios visajes.
--¡La cara del dolor de muelas!... ¡La cara del dolor de estómago!...--decía.
Vibraron una campana y el silbato tremolante del jefe de estación.
--¡Dame á Manolo!--gritó Zureda.
Quería besarle. El chiquillo extendió hacia su padre los bracitos.
--¡Llévame, llévame!...--tartamudeaba su lengüecilla débil, llena de mimo y de gracia.
¡Pobre Zureda! En aquel momento la idea de separarse del niño le partía el corazón; no podía dejarle, no podía... Inconscientemente, mientras con una mano apretujaba contra su pecho á Manolín, con la otra oprimió la manivela de marcha y partió el tren. Rafaela, asustada, corría por el andén, gritando:
--¡Dámele, dámele!...
Pero ya, aunque Zureda hubiese querido devolvérselo, no hubiera podido. Rafaela corrió hasta el límite del andén; allí se detuvo. Desde la negrura del coche-carbonera, Pedro reía y gesticulaba diciéndola adiós.
La joven volvió á su casa llorando. Manolo Berlanga acababa de llegar; había bebido y estaba de mal humor.
--¿Qué sucede?--dijo.
Hipando, sin consuelo, Rafaela refirió lo ocurrido.
--¿Y eso es todo?--interrumpió el platero--; ¡pareces idiota!... Si se han ido, tanto mejor; así nos dejarán en paz un poco; ¡mira si no volviesen!...
Pidió la cena imperativo.
--Bueno--dijo--, haz el favor de no moquear más y de darme de comer, que tengo prisa.
Rafaela se puso á encender el fuego; entretanto, no cesaba de llorar ni de hablar; su pena y su rabia se derretían en un monólogo interminable.
--Hijo de mi alma, ¿á usted le parece?... ¿Llevárle por ahí, para que el angelito coja una pulmonía?... ¡Pero qué hombre tan estúpido, pero qué estúpido, qué estúpido!... Luego dicen: si cuando las mujeres somos como somos no es sin motivo. ¡Hijo de mi alma! Si no quiero acordarme del frío que el pobrecito va á pasar esta noche... ¡Hijo mío, sangre mía, corazón de su madre, corazón chiquito de su madre!...
Sus manos coléricas tropezaron la botella del aceite, que cayó del fogón al suelo, saltando en pedazos; con lo cual la furia de Rafaela llegó al paroxismo.
--¡Maldita sea mi alma, que no sé lo que hago!... Ese tío, ese lechón de marido... el demonio quiera que no vuelva á verle... ¿Y ahora cómo voy á guisar?... Tendré que ir á la tienda. Mira si mi madre no me hubiese parido, qué bien estaríamos todos... ¡pero qué bien!...
Cansado de oirla, el platero entró en la cocina, el paso lento, los puños apretados dentro de los bolsillos de la pelliza, la cara fosca:
--¿Es que piensas pasarte la noche hablando?--dijo.
--La pasaré como me dé la gana; ¿qué te ha parecido?
--Que ya estás callando--gritó Berlanga--ó te rompo la boca.
No pudo reprimir su cólera, y uniendo la villana acción á la torpe amenaza, descargó varios puñetazos sobre la cabeza de su querida. Rafaela dejó de llorar y por entre sus dientes apretados los insultos más groseros pasaron sibilantes.
--¡Chulo... cabrón... con mujeres te atreverás tú!... ¡Cobarde... marica... si no tienes de hombre mas que la figura!
Y él barbotaba:
--Toma... toma, cochina...
La repugnante escena duró largo rato; Rafaela, acobardada y con la nariz y los labios bañados en sangre, cesó de hablar; en el silencio de la cocina resonaban confusamente los puntapiés desatentados con que el platero magullaba á su víctima contra un rincón. Realizada su triste hazaña, Manuel Berlanga se marchó y no volvió hasta la madrugada. Entró en su cuarto y se acostó á obscuras, pesaroso de su mala acción. Trató de consolarse: al cabo, la culpa de lo ocurrido no era completamente suya; las intemperancias de Rafaela y el vino hicieron más de la mitad; los hombres, cuando beben, se convierten en brutos...
La joven se había retirado á su dormitorio; á intervalos Berlanga la oía suspirar, con esos suspiros largos y entrecortados que tiene el sueño de los niños que se durmieron llorando.
El platero gritó:
--Rafaela...
A su voz respondió el silencio; transcurrieron algunos minutos. El platero repitió su llamamiento, y aquel nombre, entre sus labios, parecía un mandato:
--¡Rafaela!
Aún hubo de llamarla otras dos veces. Al fin, como en un gruñido, la joven respondió:
--¿Qué quieres?...
El platero sonrió ufano; aquella pregunta equivalía á un perdón; el momento dulce de la reconciliación estaba cerca.
--Ven--dijo.
Hubo otra pausa, durante la cual las voluntades de los dos amantes debieron de tropezarse y batallar, con extraños magnetismos, en la quietud de la casa obscura.
--¡Ven, niña!--repitió el platero suavizando la voz.
Y pasado un momento:
--¿No quieres venir?...
Transcurrió otro minuto; que todas las mujeres, aun las más indoctas y sencillas, poseen á la perfección el secreto hechicero de saber hacerse esperar. Después Berlanga oyó los pies desnudos de Rafaela deslizarse á lo largo del tránsito. La joven llegó á la alcoba del platero, y en las tinieblas sus manos exploradoras tropezaron con las que Manuel extendía para recibirla.
--¿Qué necesitas?--preguntó rencorosa y humilde.
--Acuéstate.
Ella obedeció. Sonaron muchos besos, dados por él, y luego la voz de Berlanga que preguntaba dominador y mimoso:
--¿Vas á ser buena?...
Amadeo Zureda regresó dos días después; venía satisfechísimo; Manolín, durante el viaje, habíase portado como un hombrecito; no lloró, comió cuanto le dieron y durmió con sueño de marmota sobre los carbones del tándem. Al besar á su mujer, el maquinista advirtió que ésta tenía en la frente una mancha violácea.
--Esto es un golpe--dijo--; ¿has reñido con alguien?
Ella vaciló.
--No, hombre; ¿con quién iba á reñir... y menos á pegarme?... Es que la misma noche en que te fuiste, la botella del aceite, que estaba en un vasar, se cayó al ir yo á cogerla y me dió aquí.
--¿Y este arañazo?
--¿Cuál?... ¡Ah, sí, el del labio!... Me lo hice con un alfiler.
--¡Qué atrocidad! ¡Chiquilla, ten cuidado!...
El maquinista no vió cómo Manolo Berlanga, allí presente, se mordía el bigote para disimular una risa infame; el pobre hombre no sospechó nada, estaba ciego; aunque no hubiese querido á Rafaela, su amor á Manolín bastaba á taparle los ojos.
IV
Pero la verdad tiene mucha fuerza. Amadeo Zureda llegó á notar que algo extraño ocurría en torno suyo; lentamente y sin saber por qué, hallábase un poco distanciado de sus compañeros, que le miraban y trataban como nunca lo hicieron; diríase que exigiesen de su rostro la confesión de un secreto cómico que él sin duda llevaba muy oculto y tapado, pero que todos conocían; era una compleja emoción de silencio y de curiosidad que le aislaba de ellos y parecía nimbarle de una inexplicable ridiculez. Concluyó por preocuparse de aquel fenómeno.
--¿Habré cambiado? ¿Estaré enfermo de gravedad... ó estaré muy feo y nadie se atreve á decírmelo?...
En las inmediaciones de la estación, y cerca del Manzanares, había un merendero donde acostumbraban á reunirse los mozos del andén y algunos maquinistas y fogoneros. El ventorro pertenecía al señor Tomás, que fué torero en sus mocedades y conservaba de aquel oficio de valor y gallardía el carácter aplomado y rudo y la nobleza de corazón. El señor Tomás hablaba poco, y para los que le conocían íntimamente, sus palabras tenían la autoridad de lo escrito. Era un viejo alto, de espaldas y manos atléticas, que vestía calzones de pana y chaquetillas andaluzas de paño negro, y llevaba sobre la faja, con que se abrigaba el crecido vientre, un ancho cinturón de cuero con hebilla de plata.
Aquella tarde el señor Tomás disfrutaba del sol á la puerta del ventorro, cuando pasó Zureda.
El tabernero llamó al maquinista con un gesto, y cuando éste se hubo acercado, exclamó mirándole fijamente á los ojos:
--Tenemos que hablar.
Zureda se inmutó; por sus entrañas, semejante á un viento frío, acababa de pasar la vibración helada, sigilosa, de un mal presentimiento. Recobrándose, contestó:
--Cuando usted quiera.
Subintraron en la taberna, donde á la sazón no había parroquianos. Un alto zócalo de madera pintado de rojo y coronado de botellas, rodeaba la sala; de la pared pendía la cabeza disecada del toro de quien el señor Tomás recibió la tremenda cornada que, desgarrándole una pierna, le obligó á desceñirse para siempre el traje de luces; al fondo, tras el mostrador bruñido, sobre el que cantaba perpetuamente un chorrillo de agua, el medidor se había dormido.
Los dos hombres se sentaron ante un velador: el tabernero batió palmas.
--¡Eh, tú, chico!--exclamó.
Acudió el medidor.
--¿Mandaban ustedes?
--Trae unas aceitunas y dos copas de vino.
Hubo una larga pausa. El señor Tomás atizó con voraces chupadas el fuego del cigarro puro que humeaba entre sus labios; una torva preocupación endurecía su rostro afeitado, cetrino y carnoso, bajo los cabellos blancos, peinados y rizados majamente sobre la frente.
--A mí--empezó diciendo el tabernero--no me gusta que dos hombres riñan, porque entre gentes de corazón no hay riña que no sea grave; pero tampoco puedo consentir que un hombre honrado y que lleva el valor en su sitio sirva á nadie de hazmerreir. ¿Tú me comprendes?...
Amadeo Zureda se puso lívido, rojo después. Sí, comprendía; habíanle llamado para comunicarle un misterio terrible; sintió que aquella emoción de vacío que desde algún tiempo atrás le acompañaba, iba á ser explicada y tembló; sobre su cabeza se cernía algo negro y enorme; una de esas verdades trágicas capaces de partir en dos una vida.
--Yo, ni sé hablar, ni me gusta hablar--prosiguió su interlocutor--; por eso no me meto en divagaciones, sino que llamo á las cosas por su nombre; porque todo en este mundo, Amadeo, fíjate bien, tiene su nombre.
--Así es, señor Tomás...
--Bueno; y yo soy de los que se van á la verdad como antes se iba al toro: por lo más derecho, que es lo mejor porque es lo más corto.
--Eso es...
--Bueno; yo te quiero bien; sé que eres trabajador, sé que eres de los buenos que para ganarse su pan no son capaces de echarse por ningún camino feo; sé también, porque eso se lleva escrito en la frente, cómo eres un hombre que sabe cerrar el puño para reñir y ponerse el alma á la bandolera cuando hace falta. Todo eso me consta. Por lo mismo, no permito que nadie se burle de ti.
--Gracias, señor Tomás...
--Bueno; aquí, en mi casa, óyelo bien, aquí en mi casa se ha dicho que tu mujer tiene relaciones con Manuel Berlanga.
Las miradas del tabernero y del maquinista se encontraron, y clavadas la una en la otra estuvieron un instante; después los ojos de Zureda se dilataron, desorbitándose. De repente se levantó y las uñas cuadradas de sus dedos se hincaron en la madera de la mesa. Sus labios blancos, cubiertos de saliva espumosa, murmuraron entrecortadamente, como en un espasmo de rencor:
--Eso es mentira, señor Tomás, mentira... y á usted... y á la madre de Dios que baje á decírmelo, le parto el corazón. ¡Eso es mentira!
Muy dueño de sí, sin una mueca en el rostro, el tabernero repuso:
--Bueno; tú entérate de lo que haya de cierto ó de falso en este asunto, pues ya sabes que tan importante es la verdad como la mentira que se cuenta. Y si te conviene decir que todo ello lo supiste por mí, dílo, que yo aquí y en todos terrenos sostengo mis palabras.
Calló el tabernero, y Amadeo Zureda, de codos sobre la mesa, permanecía inmóvil, idiotizado, la boca entreabierta.
Transcurridos algunos momentos sus ideas comenzaron á serenarse, y según se aquietaban y coordinaban, una irresistible curiosidad malsana de saber, de atormentarse inquiriendo detalles, le invadía.
--¿Y de eso--preguntó--se ha hablado aquí?
--Aquí mismo.
--¿Cuándo?
--Más de una vez y más de veinte; y han dicho algo peor: han dicho que Berlanga le pegaba á tu mujer, que tú lo sabías, que estabas enterado de todo desde el primer momento, y que si lo aguantabas era por conveniencia, porque ese Berlanga te ayudaba á pagar la casa.
La llegada de dos mozos de andén, interrumpió la conversación. El señor Tomás concluyó:
--Conque... ¡ya lo sabes todo!
El primer impulso de Zureda al salir del ventorro fué dirigirse á su casa, interrogar á Rafaela, y por buenas ó á golpes arrancarla la verdad de sus relaciones con Berlanga. Pero se arrepintió; asuntos como aquel no debían atropellarse; mejor era proceder cautamente, esperar, informarse despacio y por sí mismo. Cuando llegó á la estación eran las seis; en el andén encontró á Pedro.
--¿Qué máquina tenemos hoy?--preguntó Amadeo.
--«La Negra»--repuso el fogonero.
--¡Maldita!... ¡«La Negra» había de ser!
Fué aquel, efectivamente, un viaje terrible, erizado de combates interiores y de luchas con la locomotora rebelde; viaje diabólico del que Amadeo Zureda había de acordarse toda su vida.
Con arreglo al plan de prudencia que se había trazado, el maquinista aplicóse á observar el modo que Rafaela y Manolo Berlanga tenían de hablarse, y tras mucho torturarse la atención no halló en la franca cordialidad de sus relaciones nada que rebasara los límites de una buena amistad. Desde que Berlanga apadrinó á Manolín, el platero y Rafaela, cediendo á requerimientos del mismo Amadeo, habían acordado tutearse; pero aquel tuteo fraternal, justificado por los tres años que llevaban unidos, no parecía envolver ningún secreto pecaminoso. No obstante, los celos de Zureda iban en aumento, agarrándose á todos los pretextos, sirviéndose hasta de lo más nimio para medrar y embeber vampirescos todos los pensamientos del maquinista. Era un sentimiento que crecía en Zureda por la obsesión que le causaba la visión constante de la afrenta sospechada, como por obsesión nació en Manolo Berlanga su amor á Rafaela.
Convencióse al cabo Amadeo de que sus facultades de espía eran muy cortas; faltábanle la astucia, el disimulo, y ese instinto de adivinación, especie de doble vista, que permite llegar rápida y derechamente al fondo de las cosas. Dado su caracter rudo, refractario á toda suerte de taimerías diplomáticas, mejor era abordar la cuestión cara á cara. Una vez adoptada esta resolución, sintió encalmarse sus inquietudes y derramarse por su interior una emoción sedante de paz. El maquinista pasó el día leyendo tranquilamente, aguardando á que la noche llegase. Rafaela cosía en el comedor, con Manolín dormido sobre el regazo. Media hora antes de cenar, Zureda llegóse de puntillas á la alcoba, y de la mesita de noche sacó el recio cuchillo de monte, con mango de asta, que llevaba consigo en todos sus viajes. Después calóse una boina, enlazóse al cuello una bufanda porque hacía frío, y en la oquedad del corredor, sus recias pisadas, que en aquel momento parecían llevar consigo algo fatal, resonaron seguras.
Un poco sorprendida, Rafaela preguntó:
--¿No cenas aquí?...
--Sí--repuso él--; voy á estirar un poco las piernas; vuelvo enseguida.
Besó á su mujer, besó á Manolín, despidiéndose de ellos mentalmente, y salió.
En la taberna del señor Tomás halló á Manolo Berlanga jugando al tute con varios amigos. El platero estaba borracho, y su voz, de timbre impertinente y desafiador, se imponía á las demás. Lentamente, con aire descuidado y taciturno, el maquinista se acercó al grupo.
--Señores, salud.
Al pronto nadie le contestó, que todos pendientes andaban del travieso ir y venir de los naipes. Acabada la partida, uno de los jugadores exclamó:
--¡Hola, Amadeo... no te había visto!... A los que vi ayer fueron á tu mujer y á tu chico; el muchacho muy hermoso está, y su madre muy guapa, ¡vaya!... No lo digo porque estés delante. ¡Bien se echa de ver que ganas mucho y que en tu mujer lo gastas!
--Y si no lo hiciera así--interrumpió Berlanga, ofreciendo á su compadre un vaso de vino--no faltaría quien lo hiciese; ¿verdad, tú, Amadeo...?
Zureda, impasible, apuró el vaso de un trago. Después pidió, para los allí reunidos, un frasco de vino.
--Te desafío--exclamó dirigiéndose á Berlanga--á una partida de mus. Antolín será mi compañero.
El platero aceptó.
--Vamos allá.
Los cuatro hombres se instalaron alrededor de la mesa, y la partida empezó.
--Envido.
--Paso...
--Tengo.
--No.
--Yo, sí.
--Envido también.
--No quiero...
De cuando en cuando los jugadores interrumpían su faena para beber, y algunas jugadas atrevidas eran festejadas con grandes risas.
--¿Quien da?...
--Yo.
De repente Amadeo Zureda, que buscaba un pretexto para reñir con su compadre, hizo una trampa que le permitía ganar un envite. Manolo Berlanga sorprendió la operación, y muy excitado tiró los naipes al suelo.
--¡Eso no se hace!--gritó--, y por muy parientes que seamos no te lo consiento.
Todos los jugadores apoyaron airados la actitud del platero.