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Part 13

Chapter 133,816 wordsPublic domain

--¡No, señor, no... eso no se hace!--repetían.

Tranquilamente, Amadeo Zureda repuso:

--¿Qué he hecho yo?

--Tirar esta carta, el cinco de bastos--repuso Berlanga--, y coger un rey, que necesitabas. Ni más ni menos... ¡Y eso es robar!...

Al furioso insulto del platero apresurose el maquinista á replicar con una bofetada; engarfiñáronse como gatos los dos hombres, y la mesa y las sillas rodaron por el suelo. Acudió diligente el señor Tomás, y entre él y los otros jugadores lograron separarles. Al salir á la calle, y aprovechando el tumulto de los curiosos que el fragor de la lucha había reunido como por ensalmo, delante de la taberna, Amadeo murmuró al oído de su compadre:

--Te espero frente á San Antonio de la Florida.

--Está bien.

Momentos después, y en el sitio indicado, volvieron á reunirse.

--Vámonos adonde nadie nos vea--dijo el maquinista.

--Vamos adonde gustes--repuso Berlanga--; tú guías.

Cruzaron el río y llegaron á los campillos de la Fuente de la Teja. Allí, bajo los árboles, las sombras del crepúsculo eran más densas. En un lugar que juzgaron propicio, los dos hombres se detuvieron. Zureda miró á su alrededor, y sus ojos, acostumbrados á registrar el horizonte de los caminos, parecieron tranquilizarse. Estaban solos.

--Te he traído tan lejos--empezó diciendo el maquinista--para matarte ó para que me mates tú.

Berlanga, que había bebido mucho y tenía el vino bravo, miraba á su interlocutor de hito en hito, las manos metidas en los bolsillos de su pelliza, fruncido el ceño, el mento levantado y retador. Acababa de adivinar lo que iban á preguntarle, y la idea de ser sometido á un interrogatorio sublevó su orgullo.

--Me parece--exclamó jaquetón--que vamos á tener que hablar poco.

Y seguidamente, cual si leyese en la frente de Zureda, agregó:

--A ti te han dicho que yo tengo relaciones con Rafaela... y quieres saber la verdad.

--Sí--repuso Amadeo.

--Pues no te han engañado; ¿á qué andar con mentiras?... Es verdad.

Calló y observó á Zureda, cuyos ojos en aquel momento, de grandes y negros que eran, habíanse tornado, por milagro de la ira, en pequeños y rojos. Ninguno de los dos hombres habló más, ni hacía falta, pues que las palabras que iban á precipitar al uno contra el otro estaban dichas. Zureda retrocedió algunos pasos y desnudó su cuchillo; el platero desdobló una navaja. Se acometieron; fué una lucha ancestral, un cuerpo á cuerpo bárbaro, silencioso, en el que Manuel Berlanga quedó muerto. Cayó de espaldas, lívido el rostro, la boca torcida por una mueca inolvidable de odio y de dolor.

El maquinista se alejó á buen paso, y ya repasaba el puente, cuando una mujer que iba siguiéndole á corta distancia empezó á gritar.

--¡Prender á ése, prender á ése, que ha matado á un hombre!

Una pareja de guardias civiles estacionada allí, á la puerta de un ventorro, detuvo á Zureda, que se dejó coger y atar sin resistencia.

Rafaela fué á verle á la cárcel, y el maquinista, por amor á ella y á su hijo, la recibió cariñosamente, asegurándola que había reñido con Berlanga por una cuestión de juego. Catorce ó quince meses después, ante el tribunal, declaró lo mismo: estaban jugando al mus y él, por embromar á sus amigos, tiró una de las cartas que tenía en la mano y cogió otra; reprochóle Berlanga la suciedad de su acción, trabáronse de palabras y quedaron desafiados para después...

Así habló Amadeo Zureda, en su caballeresco empeño de no echar sobre la reputación de la mujer que adoraba ni aún la más leve sombra. ¿Quién hubiera podido comportarse más noblemente que él lo hizo?... El fiscal pronunció un informe abrumador, implacable. El Jurado condenó á Amadeo Zureda á veinte años de presidio.

V

Empujada por la miseria, que llegó pronto, Rafaela hubo de trasladarse á un pueblecito de Castilla, donde tenía parientes. Eran gentes pobres, que laboraban la tierra y defendían la vida trabajosamente. La joven, para justificar su llegada, inventó una historia: dijo que Amadeo, á consecuencia de un disgusto que tuvo con sus jefes, fué despedido de la estación y había emigrado á la Argentina, porque le aseguraron que allí los maquinistas ganaban buenos sueldos. Ella, entonces, determinó salir de Madrid, donde las casas y los alimentos eran muy costosos. Concluyó juiciosamente:

--Cuando Amadeo me escriba diciéndome que está colocado, iré á reunirme con él.

Sus deudos la creyeron y apiadados la buscaron trabajo. Diariamente, con las primeras claridades mañaneras, Rafaela iba á lavar al río, distante medio kilómetro del pueblecito. Así, lavando y planchando, unas veces, y otras recogiendo en el campo leña que luego vendía, á fuerza de tesón llegó Rafaela á obtener un jornal de cuatro á cinco reales.

Transcurrieron dos años. Los vecinos del lugar habían sabido por el peatón, encargado de repartir la correspondencia, que los sobres de todas las cartas que Rafaela recibía iban escritos por la misma mano y llevaban el sello de la administración de Correos de Ceuta. Esta noticia alarmó al vecindario y suscitó habladurías, que la joven cortó discretamente confesando la verdad: Amadeo Zureda estaba en presidio, le había llevado allí una cuestión de juego. Y al hablar así adoptaba la actitud resignada, humilde, de la mujer modelo que, no obstante haber sufrido mucho, perdona al hombre adorado cuanto daño la hizo. Era una desventurada; el pueblo, chismoso y compasivo, la perdonó.

Combatida por el tiempo y los disgustos, la antigua belleza, picante y menuda, de Rafaela fué marchitándose rápidamente: el sol quemó su piel; el polvo de los caminos ensució sus cabellos, antes tan limpios y undosos; el trabajo deformó y endureció sus manos, en otro tiempo mejor ociosas y pulidas. Había perdido la costumbre de llevar corsé, y esto aceleró la ruina de su cuerpo. Lentamente los senos se desmayaban, el vientre crecía, el talle adquiría redondeces pesadas. También sus trajes, uno á uno, fueron rompiéndose; las enaguas, las medias, los majos zapatitos de charol, comprados en días de bonanza, desaparecieron en triste desfile; Rafaela, que había perdido el prurito de coquetear, se abandonaba á la miseria y llegó á ir por las calles del villorrio con los pies desnudos.

Esta desorientación de la voluntad coincidía con una grave flaqueza ó emborronamiento de memoria. La pobre mujer iba olvidándose de todo, y los recuerdos que aún guardaba hallábanse tan deshilvanados y sin relieve, que no bastaban á sugerirla ninguna emoción punzadora. Ella no había querido nunca á Berlanga; tuvo por él, al conocerle, un capricho, una pasioncilla irrazonada; pero esta divagación amorosa declinó en seguida, y si continuó en ella fué debido á ociosidad espiritual y por miedo al platero, que era celoso y la golpeaba mucho. Así, su trágica muerte, lejos de causarla dolor, la produjo una sorpresa agradable, sedante, de liberación y descanso. El calvario de Zureda y su reclusión entre paredes de presidio, si la hirió hondamente, no fué en su distraído amor al maquinista, sino en el ritmo confortable y orondo de su vida; porque el destierro de Amadeo representó para ella la miseria, el derrumbamiento irreparable del porvenir. Al otro lado de aquella crisis que deshizo su hogar, Rafaela, sin advertirlo, estaba vieja, desmemoriada, abúlica; los intensos sacudimientos dramáticos que sufrió en poco tiempo habían aniquilado su espíritu vulgar; no sufría remordimientos, no tenía noción exacta de si su conducta pretérita fué mala ó buena, cual si su conciencia se hubiese desleído en un estupor imbécil. Unicamente persistía en ella el instinto maternal de vivir y trabajar para que Manolín viviese también.

Algunos días, sin embargo, la infeliz experimentaba un hondo y aheleado revertimiento de recuerdos, una epifanía ponzoñosa de negras memorias, que trepaban sofocadoras á su garganta. Ello ocurría generalmente á orillas del río, mientras lavaba, en el recogimiento espiritual de un trabajo monótono, puramente mecánico. Sus ojos entonces llenábanse de lágrimas, que rodaban lentas por sus mejillas, y caían sobre sus manos, enrojecidas por el duro trajín de la faena y la caricia fría del agua. A su alrededor, otras lavanderas, que observaban su pena, cuchicheaban.

--¿Ves cómo llora?

--¡Pobre mujer!

--¿Pobre?... Sí, sí... Ella lo quiso... Y el destino, que es justo siempre, le da á cada cual lo que merece. ¿Por qué no miró mejor con quién se casaba?

De cuando en cuando, al fondo del valle, que cerraba por aquella parte una línea ondulante de montañas azules, pasaba un tren y su silbido estridente, agrandado y repetido aquí y allá por los ecos, rompía el silencio de la llanura. Algunas lavanderas, las más jóvenes, se incorporaban y sentadas sobre sus talones seguían con los ojos la marcha rauda del convoy, y en sus pupilas había una melancolía de ensueño, una visión de ciudades lejanas no vistas. Pero Rafaela nunca levantó la cabeza para mirar aquellos trenes, cuyo grito desgarraba sus oídos con el timbre de una voz familiar, y proseguía lavando, mientras sus ojos, bañados en lágrimas, devoraban el misterio de olvido de las aguas filantes.

A pesar de la gran postración física y moral de la pobre mujer, no faltó quien pusiera en ella su pensamiento. Se atrevió á tanto un individuo, de oficio zapatero, llamado Benjamín. Pasaba ya de los cincuenta años, era viudo y tenía dos hijos al servicio del rey.

Los negocios del señor Benjamín marchaban medianamente; que ni todos los vecinos del pueblo iban calzados, ni los que usaban zapatos sentían mucha necesidad de llevarlos nuevos y bonitos. Rafaela le lavaba y repasaba la ropa, y le planchaba una camisa para los días disantos. De estos pequeños servicios, modestamente, pero también puntualmente pagados, nació la amistad de entrambos. Y este afecto, apacible y desinteresado al principio, fué creciendo hasta quemar el corazón del zapatero con fuego de amor.

--Si usted quisiera--solía decir á Rafaela el señor Benjamín--podíamos llegar á un acuerdo. Usted está sola, yo también... ¿por qué no unirnos?

Ella sonreía, con ese desencanto de las almas que la vida, poco á poco, desnudó de ilusiones.

--Usted está loco, señor Benjamín.

--¿Por qué?

--Porque sí...

--A ver, explíquese usted: ¿por qué estoy yo loco?...

Rafaela, que no quería enojarle, porque de hacerlo era un parroquiano que perdía, contestaba evasivamente:

--Yo estoy ya muy vieja.

--Para mí, no.

--Soy fea.

--Eso es cuestión de gustos. A mí, por ejemplo, me agrada usted mucho.

--Gracias. Además, ¿qué diría el pueblo cuando lo supiese? ¿Y nuestros hijos, señor Benjamín, qué pensarían de nosotros?...

--Es que hay mil medios de cubrir las apariencias; usted quiérame, que yo me ocupo de lo demás.

Rafaela prometió meditar el asunto, y todas las tardes, cuando volvía del trabajo, el señor Benjamín la preguntaba chancero, desde su portal.

--¿Y eso, vecina?

--Con ello estoy--contestaba riendo.

--Parece que la cuestión es dificililla...

--¡Y tanto!

--Pero ¿se arregla?

--¡Qué sé yo, señor Benjamín! Unas veces parece que sí... otras parece que no... ¡Al tiempo!...

Pero el alma de Rafaela estaba muerta; nada reverdecería sus ilusiones. El zapatero, tras muchos esfuerzos, hubo de renunciar á ella, y cuando la veía pasar suspiraba, grotesco y romántico.

Todos los días primeros de mes, Rafaela escribía á Zureda una carta de cuatro carillas, donde le refería los pequeños incidentes de su vivir manso y aburrido. Por estas cartas, escritas en hojas de papel comercial, conocía el presidiario los rápidos progresos físicos de Manolín, que á la sazón contaba doce años: era pendenciero, rebelde, desaplicado, hasta el extremo de andar todavía en palotes. De su afición á las pedreas no había que hablar; un día, por haber descalabrado gravemente á otro muchacho de su edad, la guardia civil puso mano en él, y á faltar la diligente y paternal intervención del cura, duerme en la cárcel. La madre terminaba siempre los párrafos en que describía las ariscas bisoñadas de Manolín con esta frase: «Te aseguro que no puedo domarle...» Era una afirmación de cansancio que parecía embozar una amenaza y una profecía.

En una carta decía el presidiario:

«El último indulto, del que no sé si tendrás noticia por los periódicos, ha liberado á muchos compañeros. Yo no he tenido tanta suerte. De todos modos, me han perdonado cinco años. Así, pues, ya no son más que seis los años que nos separan.»

Periódicamente las cartas de Rafaela y las del prisionero en Ceuta iban y venían. Finaron otros dos años.

Pero la fatalidad aún no se había cansado de patear sobre los hombros honrados de Amadeo Zureda.

«Perdona, Rafaela querida--escribía el recluso--, el nuevo disgusto que voy á causarte; mas por la vida de nuestro hijo te juro que no he podido evitar la desgracia que, inopinadamente, y nadie sabe por cuánto tiempo, va á prolongar nuestra separación.

»Como supondrás, entre la gentuza que, procedente de todas las cárceles de España, llega aquí, vienen pocos santos. Yo, aunque obligado á vivir entre ellos, comprendo que no son mis iguales, y por lo mismo procuro mantenerme aislado y no intervenir ni en sus chacotas ni en sus pendencias. Es el caso que, á fines de la pasada semana, vino aquí un guapo de oficio, andaluz, condenado á doce años de trena por haber matado á un hombre y herido malamente á otro. El tal, apenas me vió, pensó que yo era un manso con quien podía lucirse, y no perdía ocasión de embromarme. Yo callaba y, para no chocar con él, le volvía la espalda.

»Ayer, á la hora del rancho, empezó á buscarme camorra; otros reclusos, le animaban con sus risas.

--»Oye, Amadeo--me dijo--, ¿por qué te han traído aquí?

»Yo repuse, mirándole bien á los ojos:

--»Por haber matado á un hombre.

--»¿Y por qué le mataste?--insistió.

»No le contesté, y él entonces agregó algo muy feo, muy grosero, que no quiero repetir. Bástete saber que en lo que dijo iba envuelto tu nombre. Y, por ser así, fué lo último que sus labios dijeron. Saqué mi cuchillo--ya sabes que, á pesar de lo mucho que nos vigilan y registran, todos vamos armados--y le grité:

--»Defiéndete, porque voy á matarte.

»Reñimos, en efecto, y reñimos bien, porque el mozo era bravo; pero de nada le sirvió su bravura, y allí dejó la vida.

»Perdóname, Rafaela de mi alma, y haz que nuestro hijo me perdone también. Esto empeora mi situación, pues ahora volverán á juzgarme é ignoro el castigo que me impondrán. Reconozco que matando á ese hombre hice mal, pero de no hacerlo me hubiese matado él á mí, lo que habría sido para todos nosotros mucho peor.»

Meses después escribía Zureda:

«En estos días se ha visto mi causa. Afortunadamente, todos los testigos declararon en favor mío, lo que, unido al buen concepto que mis jefes tienen de mí, ha mejorado mucho mi situación. El informe fiscal fué terrible, pero de eso no hay que hacer caso. Mañana conoceré la sentencia.»

Todas las cartas de Amadeo Zureda eran así: nobles, tranquilas, como dictadas por la más estoica resignación. Nunca deslizó en ellas nada que recordase á Rafaela su delito; en aquellas páginas, repletas de una escritura igual y vigorosa, no había reproches, ni abatimientos, ni impaciencias desesperadas. Eran el reflejo admirable de una voluntad férrea á quien la desgracia, madre excelentísima de todo saber, enseñó el difícil secreto de esperar.

VI

El mismo día en que Amadeo Zureda salió del penal, el correo le trajo una carta de Rafaela, que empezaba así:

«Ayer Manolín cumplió veinte años...»

El antiguo maquinista desembarcó en Valencia, pasó la noche en una posada inmediata á la estación del ferrocarril, y al otro día temprano subió al tren que había de llevarle á Equis. Tras tantos años de reclusión, el viejo presidiario sentía el desasosiego nervioso, la desconfianza en sí mismo, el miedo cruel á la suerte, que suelen experimentar los inadaptados siempre que la vida les ofrece una fase nueva. La derrota les acobarda y vuelve pesimistas. Rememoran lo que sufrieron y la inutilidad de sus luchas, y piensan: «Esto, que ahora empieza, será malo también para mí...»

Amadeo Zureda había cambiado mucho; sobre el rostro, curtido por el sol de Africa, el bigote blanco resaltaba tristemente; agrandaba el sereno mirar de sus ojos negros la expresión de un inmenso dolor; el pliegue vertical de su entrecejo se había ahondado tanto, que parecía una cicatriz; su cuerpo cenceño, antes engallado y carnoso, se encorvaba un poco al andar.

El traqueteo sonante del vagón y la sucesión de panoramas trajeron á la memoria de Zureda las alegrías, harto emborronadas en la distancia de los años pretéritos, de sus buenos tiempos de maquinista. Se acordó de Pedro, el fogonero andaluz, y de aquellas dos locomotoras, «la Dulce» y «la Negra», sobre las cuales tanto había trabajado. Y una voz interior le preguntaba: «¿Que habrá sido de todo eso?»

También pensó en su casa, y al recomponer la fachada y ver los balcones, evocó el aspecto de cada habitación. Jamás su memoria, enturbiada por la vida torva y embrutecedora del penal, había buceado tan hondo en el pasado, ni desempolvado y reconstituído tan limpiamente los viejos recuerdos. Pensó en su hijo, en Rafaela y en Manolo Berlanga, viéndoles con sus caras y sus trajes de entonces, y se sorprendió de que la figura del platero no le produjese ningún dolor: en aquellos momentos, y á despecho del daño irreparable que le hizo, no sentía animosidad contra él: todos los rencores que hasta allí le agitaron se apaciguaban en una desconocida é inefable emoción de olvido y misericordia. El pobre presidiario tornó á registrarse la conciencia y volvió á maravillarse de no descubrir en ella ningún odio. Y es que, sin duda, la libertad moraliza á los hombres.

En Játiva subió al vagón un individuo, ya viejo, en cuya fisonomía el exmaquinista creyó hallar rasgos de un semblante amigo. Por su parte, el recién llegado también miraba á Zureda, como recordando. De este modo los dos, poco á poco iban acercándose en silencio. Concluyeron por examinarse afectuosamente, seguros ya de conocerse. Amadeo Zureda fué quien primero habló:

--Yo creo--dijo--que nos hemos visto en alguna parte... hace años...

--En eso--repuso el interpelado--vengo yo cavilando.

--El caso es--prosiguió el maquinista--que yo estoy cierto de que hemos hablado muchas veces.

--Sí, sí...

--De que hemos sido amigos.

--Probablemente...

Continuaron mirándose, atados al mismo pensamiento.

--¿Usted ha vivido en Madrid?

--Sí; diez ó doce años.

--¿Dónde?

--Cerca de la Estación del Norte, donde estaba empleado.

--Pues no diga usted más--exclamó Zureda--, porque yo he pertenecido también á esa Compañía. Era maquinista...

--¿En qué línea?

--Últimamente, en la de Bilbao.

Pausados, silenciosos, los recuerdos iban surgiendo y asociándose en la enorme negrura de olvido de aquellos veinte años. Amadeo Zureda sacó su petaca y brindó tabaco á su interlocutor; y lo que hasta entonces no lograron ni el aspecto ni la voz del desconocido, lo realizó instantáneamente y como por ensalmo su modo de coger la picadura, de preparar el cigarrillo, de encenderlo y colocárselo después en la comisura izquierda de los labios. La memoria del ex presidiario se llenó de luz.

--¡Acabáramos!--exclamó--,¡usted es don Adolfo Moreno!...

--Yo mismo; eso es...

--Usted era ambulante de la línea de Asturias cuando yo trabajaba en la de Bilbao. ¿No se acuerda usted? Zureda... Amadeo Zureda,..

--¡Ah, sí!...

Los dos hombres se abrazaron.

--¡Si yo te tuteaba!--gritó don Adolfo.

--Sí, señor; y puede usted seguir haciéndolo. ¡No faltaba más!... Que por algo el tiempo ha corrido igualmente para ambos.

Apagado el regocijo de los primeros instantes, el antiguo ambulante y el anciano maquinista se entristecieron recordando las muchas amarguras que les trajo la vida.

--Ya supe tu desgracia--dijo don Adolfo--y la sentí. Son locuras de juventud que duran un instante y cuestan luego todo el porvenir. ¿Por qué fué?...

Aplomadamente, Zureda repuso:

--Una cuestión de juego.

--¡Es verdad!... Me lo dijeron.

Amadeo respiró; el ambulante no sabía nada y era verosímil que todos estuviesen tan ignorantes como él acerca del verdadero motivo que ocasionó la muerte de Manuel Berlanga. Don Adolfo preguntó:

--¿Dónde has estado?

--En Ceuta.

--¿Mucho tiempo?

--Veinte años y meses.

--¡Caramba!... ¿Vienes ahora de allí?

--Sí, señor.

--Tú, evidentemente--continuó don Adolfo--, has sufrido más que yo; pero no creas que yo he sido muy afortunado. La vida es una fiera que para cuantos se acercan á ella... ¡y cuidado si nace gente!... tiene un zarpazo. Soy viudo; pronto hará quince años que mi pobrecita mujer pudre tierra; de mis tres hijas, la mayor se casó, las otras dos murieron. Ahora estoy jubilado, y vivo en Equis, con una cuñada, viuda de mi hermano Juan, de quien no sé si recordarás...

Poco á poco, y á vuelta de muchos circunloquios, porque la confianza es una virtud tímida que emigra pronto de las almas muy castigadas por la desgracia, Amadeo Zureda expuso sus proyectos. El pensaba establecerse en Equis, con su mujer; del presidio traía ahorradas cerca de dos mil pesetas, con las cuales esperaba poder comprar una casita y media fanega de buena tierra.

--Yo, de agricultura no entiendo palote--agregó--; pero eso es como todo; en queriendo aprender, se aprende. Además, mi hijo, que es mozo y se ha criado en el pueblo, puede ayudarme mucho.

Don Adolfo había arrugado el entrecejo con un gesto reflexivo y grave, de hombre que recuerda.

--Por lo que dices--exclamó--caigo en quien sea tu mujer.

Un poco avergonzado, porque la imagen siempre ensangrentada de su desgracia no se borraba un punto de su memoria, el antiguo maquinista repuso:

--Sin duda; el pueblo será pequeño...

--Muy pequeño. ¿Cómo se llama tu mujer?

--Rafaela.

--¡Sí, hombre!...--replicó don Adolfo--; Rafaela, la lavandera...

--Eso es.

--La conozco mucho; y á Manolo, su hijo, también le conozco. ¡Valiente mocito!...

Amadeo Zureda se estremeció; tuvo miedo, frío; unos instantes permaneció callado, sin saber qué decir. Don Adolfo prosiguió, con ruda franqueza:

--Mala cabeza tiene el tal Manolo, y buenos disgustos le da á su pobre madre, que es una santa. ¡Yo creo que hasta la pega!... ¡No te digo más!...

Lívido, tembloroso, reprimiendo unos grandes deseos de llorar que acababan de asaltarle, Amadeo preguntó:

--¿Es posible?... ¿Tan malo es?

--De oro es el mozo--repuso don Adolfo--; había de morirse, y el Diablo, para cargar con él, necesitaría pensarlo mucho: borracho, jugador, mujeriego, camorrista... ¡de todo es el indino!

Y afirmó:

--No parece hijo tuyo.

Amadeo Zureda no respondió, y acercando la cabeza á la ventanilla fingió distraerse con el paisaje. Las declaraciones del antiguo ambulante le aterraron; él se hallaba ignorante de todo; Rafaela, en sus cartas, nada le había dicho; y se admiró de ver cómo la fatalidad le asediaba y negaba ese descanso á que todos los hombres trabajadores, aún los más miserables, tienen derecho. Retrocediendo por el odioso camino de sus recuerdos, llegó al origen de su desgracia. Veinte años antes, el señor Tomás, al notificarle las relaciones de Rafaela con Manuel Berlanga, había declarado:

«Dicen que la pega.»

Y ahora, don Adolfo, refiriéndose á Manolín, repetía las mismas palabras:

«Yo creo que la pega.»

¿Qué misteriosa conexión habría entre estas afirmaciones que parecían poner un nexo de oprobio entre el hijo y el amante muerto?... Y las palabras del viejo ambulante volvieron á sonar en los oídos de Zureda y se agarraron fatídicas á su alma:

«Manolo no parece hijo tuyo.»

Sin haber leído á Darwin, Amadeo Zureda, instintivamente, buscaba en las leyes de la herencia una explicación y un consuelo al tósigo que le mordía. El nunca, ni aun de mozo, fué aficionado á beber, ni á los naipes, ni faldero, ni menos entrometido y bravucón. ¿Quién, por tanto, pudo deslizar en la sangre de su hijo tantas depravaciones?...