La Casa de los Cuervos

Part 6

Chapter 64,200 wordsPublic domain

No era ya la actitud algo bravía de Insúa, lo que atraía las miradas: era su manera superior de presentarse, natural y elegante, tranquilo y serio, correspondiendo todos sus ademanes, a motivos exteriores, sin que tuviera que sonreír ni saludar, para imponerse a los que lo rodeaban.

Más de un año hacía que Insúa no se encontraba con él, y al verle así, tan dueño de sí mismo, adelantándose a saludarlo, a él que si no podía vencerle estaba resuelto a matarlo, sintió conmovida la confianza que hasta ese momento lo animaba.

Montarón, inquieto y movedizo, exageraba visiblemente sus atenciones descuidando a los otros visitantes y provocando, sin duda, mayores sospechas en el jefe de policía, que se había vuelto a sentar en un rincón solitario, después de saludar a Iriondo.

Cullen, acostumbrado a aquellas emociones, disimulaba perfectamente y en sus ademanes no se transparentaba nada que no fuese su finura de hombre culto, capaz de alternar sin esfuerzo con sus propios adversarios.

Bayo parecía ignorarlo todo, atendiendo solamente lo que Pizarro le relataba con animada mímica.

Ocupaban los dos un pequeño sofá de nogal acolchado de damasco, y sobre ellos caía la luz de un candelabro lleno de bujías, puesto a sus espaldas sobre una consola.

Tenían al frente, sobre otra consola igual, un gran espejo que les permitía mirar todo el salón sin volver la cabeza.

Iriondo con algunos amigos, se refugió en uno de los saloncitos, y su ausencia calmó un tanto los nervios de Insúa, que volvió a mezclarse en las danzas, con una ardiente fiebre de placer, como si la lucha cercana en que podía morir, no le preocupase, o redoblara su entusiasmo por gozar de aquellos fugitivos minutos.

Montarón salió hasta la galería, por esquivar las pupilas de Jarque, cuyos ojos semicerrados nadie sabía dónde miraban, aunque él en todo momento sentía la impresión de que estudiaban cada uno de los gestos que él hacía.

La hora en que habían convenido que Insúa saliera, estaba próxima y no se veía cómo podría abandonar el salón sin hacer notar su ausencia.

El banquero empezaba a ponerse nervioso; desde la penumbra de la galería vió a Cullen, en apariencia tranquilo, conversando con algunas señoras, pero puesta la mano sobre el reloj, como si él también sintiera la ansiedad de los minutos que volaban.

Montarón vió pasar a su hija, radiante, del brazo del joven militar, y empezó a torturarle un remordimiento, que durante el día lo acosara, y que ahora despertaba de nuevo en su corazón angustiado.

Habían convenido los revolucionarios que en gracia de aquel amor, cuya fiesta servía a sus planes, pondrían empeño especial en ahorrar la vida de Carmelo Borja, pero aun así comprendíase el gran peligro que debía correr.

Por encima de todas sus ambiciones, Montarón miraba a su hija, como el motivo de todas ellas. Y ahora que la suerte estaba echada, y pronunciada quizás, la sentencia de muerte de muchos de aquellos brillantes militares que llenaban el salón, presentía el rencor de la joven, perdurable y sangriento, cayendo sobre la cabeza de aquel que atentara contra la vida de su novio.

Conocía su temperamento ardoroso, capaz de madurar en silencio una venganza y comprendía que él mismo no escaparía al encono de esa alma apasionada, si por obra de él se desgarraban las ilusiones de aquella hermosa noche de fiesta.

Por un momento con el corazón oprimido, deseó el fracaso del complot.

Se sintió viejo por el amor de su hija, a quien había vuelto a tener a su lado, después de muchos años de ausencia, y estimó la paz de su vida cerca de ella, en mucho más que sus inquietas ambiciones políticas.

Miró el reloj y vió que sólo faltaban algunos minutos para las once.

Iba a entrar al salón, cuando desde el lugar en que estaba oyó la voz de Jarque, hablando a su hija.

--Si usted canta "El Ciprés", yo le acompaño en el piano.

El jefe de policía era apasionado por la música, y sus gustos, en armonía con los de la época, le hacían preferir las canciones románticas y tristes, que se cantaban como salmodias desgarradoras.

Tocaba regularmente el piano, y entre todos los versos que había oído cantar a Syra, con su espléndida voz, llena de sentimiento, escogía siempre esa endecha lacrimosa del Ciprés, en cuya sombra se transformaba el alma vengativa del amante muerto y olvidado.

Syra recordó el pedido que esa tarde le hiciera su novio; eran hermosos los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..." pero gustábanle más los del "Ciprés", y esa noche sentíase llevada por fuerzas misteriosas, a cantar su invencible tristeza.

Montarón asistiendo a la escena, comprendió que si Jarque iba al piano, Insúa aprovecharía su descuido para salir sin ser visto, y los sucesos que un instante había deseado que no ocurrieran, sólo dependerían ya de la mano de Dios.

Vió levantarse al jefe y cruzar el salón con su desairada figura, y por una reacción de su temperamento versátil, pensó que era mejor que sucedieran las cosas que con tanta audacia habían preparado, para derrocar el gobierno que execraban.

Después de todo Borja era militar y sabría defenderse, y él mismo en su casa, hallaría manera de salvarlo.

Por encima del frac tocó disimuladamente su revólver.

Estaba dispuesto a jugarse la vida para que la parte del programa confiada a él, que era apresar a Bayo, se ejecutara con toda perfección.

Allí cerca, en el patio sombreado por los naranjos, ocho o diez paisanos, llegados la noche anterior, e introducidos por él mismo en la casa sin que nadie los viera, aguardaban su señal, mezclados entre el grupo denso de curiosos que había invadido el zaguán, y se derramaba ya por las galerías.

En cuanto sonaron las cuerdas del piano bajo los dedos de Jarque, Insúa salió del salón.

Envuelto en su capa, a fin de ocultar el frac, con un chambergo en lugar del sombrero de copa, escurrióse hasta la huerta para salir por la escuela de don Serafín, de modo que los policianos de Jarque, de guardia frente a la casa de Montarón, no pudieron notar su escapada.

Syra había empezado a cantar con una voz extraordinariamente conmovida:

Si por mi tumba pasas un día y amante evocas el alma mía, verás un ave sobre un ciprés; habla con ella, que mi alma es.

De pie, al lado de Jarque, su admirable figura de blanco, con pequeño escote, y al cuello un collar de perlas que parecían desgranar sobre el hermoso pecho su oriente sedoso y viviente, Syra hacía temblar el corazón de su novio.

Y si aquella alma encarnada en el ave del ciprés no fuera la de ella sino la de él, ¿cuál sería el destino de la hermosa joven que lo amaba?

Si él moría, pensaba Borja, ella algún día, cuando lo hubiera olvidado sería de otro.

La idea de la muerte que evocaba en su canto se le hizo cruel como nunca. Pensó que podían ser verdad los oscuros presentimientos de Syra. Miró a su alrededor buscando a los jefes de la oposición, para ver si alguien faltaba, y notó inmediatamente la ausencia de Insúa.

Vió a Iriondo y a Bayo, en un grupo, conversando de cosas que parecían absorber toda su atención, porque se habían retirado al fondo de uno de los saloncitos.

Syra seguía cantando y era tal la sugestión de su voz, que los concurrentes se acercaban poco a poco al piano para no perder una nota de la triste canción:

Si tú me nombras, si tú me llamas, Si allí repites que aún me amas,...

Borja se imaginó a Insúa corriendo por las oscuras calles para reunir a su gente.

Aguzaba el oído y parecíale sentir el rumor de pasos de una patrulla, ahogado por doliente música, en que temblaba el alma de su novia.

Aproximóse a Jarque arrebatado por el espíritu romántico de los fúnebres versos, y le tocó en el hombro.

Jarque lo miró con mirada abstraída y sin pensamiento y siguió haciendo correr sus dedos sobre el armonioso teclado.

Por no alarmar a Syra, no se atrevió a insistir y aguardó angustiado el final de la canción.

Cuando la niña, con los ojos llenos de lágrimas se volvió hacia él, después del último verso, el joven teniente le dijo:

--Ahora, algo menos triste, los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..."

Jarque se había levantado, porque Syra iba a cantar acompañándose ella misma.

Cuando la vió sentarse en el pequeño taburete del piano, Borja aprovechó la ocasión para hacer notar al jefe la ausencia de Insúa, indicio grave, sin duda.

Rápidamente Jarque resolvió lo que debían hacer.

--Te vienes tú conmigo, sin decir palabra.

Y así, mientras Syra comparaba sus miradas con la fuerza misteriosa de la luna que mueve las aguas del mar, Jarque y su secretario, salían del salón, se envolvían en sus capas y se echaban a la calle.

En la esquina del Cabildo se acercó Jarque a dos de sus agentes de policía, encargados de vigilar la casa de Montarón: estaban alerta y fumaban para matar el tiempo.

--¿No habéis visto a nadie?

--No, señor jefe.

--¿Nadie ha salido del baile?

--Nadie, señor.

--Sin embargo, hay una persona que no está allí. Os habréis dormido.

Los serenos guardaron silencio. Uno de ellos dijo luego:

--Por la puerta no ha salido nadie. Si alguien falta puede haberse escondido en la casa misma o haber salido por los fondos.

Borja que oía sin decir palabra, mirando hacia la plaza en cuya esquina estaban, agarró de pronto el brazo de Jarque y le mostró un bulto que cruzaba furtivamente por el lado opuesto, y que se destacaba entre los troncos de los paraísos, sobre el fondo claro de una casa recién blanqueada.

Echaron a correr los dos, con la sospecha de que les interesaba detener a aquel transeúnte trasnochador.

Jarque sereno y valiente, sacó su revólver para llevarlo presto. Borja a quien el espadín colgante al cinto le estorbaba al andar, lo desprendió tomándolo en la mano, pronto a desnudarlo.

De reojo observaba a Jarque, el cual marchaba ágilmente a su lado, cojeando mucho, pero sin ruido, como si anduviera en puntas de pie. Fruncía el ceño para ver mejor y estiraba el pescuezo, con una ansiedad de lebrel que persigue su presa.

Su instinto, más seguro que su vista, le hacía comprender que era Insúa el bulto que al llegar ellos al centro de la plaza desapareció como si lo hubiera tragado la tierra.

Y era Insúa, en verdad, que había penetrado en la casa de don Serafín Aldabas, salvando las tapias de la huerta por el mismo camino que solía hacer Montarón.

Ágil y fuerte como era, saltaba los obstáculos apoyándose en los puños, sin mancharse apenas el frac.

Tenía empeño en volver intacto a la sala del baile, para encargarse él mismo de apresar a Iriondo, y era necesario que ninguna huella sospechosa de aquella correría quedara en su traje.

Al llegar al jardín de la escuela, en la sombra de la galería del Sur, divisó la silueta gentil de Rosarito, que velaba a esa hora, sentada en la silla hamaca de su padre, pensando o rezando.

--¿Sos vos, Francisco?--le dijo la niña acercándosele;--habría tenido miedo, si en estos días no me hubieras acostumbrado a tus misterios.

La dulzura de aquella frase en que la niña se asociaba secretamente a sus empresas, penetró en el corazón turbulento del revolucionario, que se sintió inundado por una ola de afecto hacia la compañera de su niñez.

Ésta volvía a hablar. Él le tomó una mano, fría por la emoción, entre las dos suyas ardientes como si tuviera fiebre.

--¿Ha concluído ya el baile?

--No; si hubieras ido...

--Esas cosas no son para mí--observó ella, y agregó, deseosa de entrar en el secreto de aquella vida que amaba--¿por qué has salido?

Insúa queriendo llevarse como un talismán que le diera suerte los votos de la niña, le contestó al oído:

--¡La revolución! Dentro de media hora, seremos dueños del Cabildo. Piensa en nosotros, Rosarito...

Ella, que sospechaba la existencia de la conspiración tembló, sin embargo, como una copa de cristal sobre la que estalla un trueno.

--¡Dios mío!--exclamó apretando con sus manos las del joven revolucionario--¡Francisco, Francisco! ¿y si no volvieras más?

--Volveré--respondió él, que tenía fe en su estrella.

Rosarito se sintió ganada por la misma confianza que a él lo animaba, pero pensó que su vida brillante se alejaría más, con el triunfo, de la humilde existencia de ella.

Feliz, no obstante, con las cosas que a él le regocijaban, le deseó la victoria y como él sintiera en su mano la caricia tibia de una lágrima de ella, que lloraba en la sombra, sin que pudiera ver sus ojos azules anegados en llanto, saboreó de nuevo aquella ola de misteriosa dulzura que lo acercaba a ella.

Y para templar mejor su espíritu la tomó en los brazos, la apretó contra su pecho vigoroso, y la besó en los labios, que sonrieron a través de las lágrimas, sonrisa que tampoco él vió, y que fué en el alma solitaria de la niña, como una estrella que se levanta.

IX

El pañuelo rojo

La puerta de la escuela se cerró sin ruido tras aquel bulto negro, que se perdió inmediatamente entre los paraísos de la plaza.

La gente de Insúa aguardaba la señal del ataque en la barraca de Fosco.

Las chalanas que mandaba Alarcón se habían atrasado, y un día entero se las esperó con temor de que no llegaran a tiempo.

Fosco veía en aquella tardanza maniobras de José Golondrina, cuya lealtad desconfiaba; pero la verdad era otra.

Cuando Alarcón y el indio José llegaron, arreando la vaca, a la orilla del arroyo de Leyes, encontraron que las chalanas y la gente habían desaparecido.

Era de noche ya y las pesquisas para averiguar el rumbo que hubieran tomado, se hacían imposibles en el tupido sauzal que les cerraba el horizonte por todos lados.

Alarcón, sin decir palabra, intentó treparse en uno de los sauces más altos, para escudriñar el río, que de una gran anchura allí, y lleno de curvas y de isletas montuosas, aparecía en la obscuridad como un charco de agua quieta y negra.

Lo detuvo la voz tranquila del indio que decía:

--Aquí está el gringo Moor.

De un salto Alarcón se echó al suelo, y el joven le informó en voz baja como si temiera ser oído, lo que ocurrió durante su ausencia.

Deseoso de arponear algunos sábalos, esa tarde para asarlos en la hoguera encendida en el montecito de algarrobos, él con un compañero conocedor de aquellos lugares, cruzaron el río en una de las canoas de las chalanas, buscando un sitio donde el bañado de la otra orilla era abundante en pescados.

Llevaba la fija, arpón terrible con su hierro dentado y su mango de caña tacuara, que Moor empezó a manejar, no bien llegaron al lado opuesto, ensartando de un golpe recio los sábalos de estrecho lomo que nadaban a flor de agua entre las altas hierbas acuáticas.

Al cortar así las aguas playas del bañado, avanzaron de nuevo hasta el río, curvo como una herradura, y a los rayos del sol que caía, vió Moor a breve distancia, una lancha blanca fondeada contra el sauzal.

Dióle un vuelco el corazón, y se aplanó sobre la canoa para no ser visto, quedando oculto a medias entre las pajas que cubrían el bañado.

La embarcación a la vista tenía una chimenea, y por ella conoció que era la lancha a vapor con que el gobierno vigilaba el puerto y la laguna y que a esa sazón remontaba los riachos para prevenir toda intentona por allí.

Por el humo que arrojaba la chimenea sospechó el joven suizo que estaba lista para marchar, río arriba sin duda, y no esperó más para volver adonde había dejado las chalanas.

A impulso de las palas, que movían echados en el fondo de la canoa, cruzó el bañado refulgente como una placa de oro a los rayos del sol poniente.

En pocos minutos llegó, y ordenó a su gente que se embarcara, y con los largos botadores empezaron a contornear la costa de la isleta de la Casa de los Cuervos, cuyos sauzales podían ofrecerle un refugio en alguno de los profundos ramblones que se internaban en ella, como una bahía.

Y así fué; cuando la lancha del gobierno pasó siguiendo el cauce del arroyo de Leyes frente al lugar en que habían estado fondeadas las dos chalanas de los revolucionarios, ya éstos se hallaban escondidos en un brazo del riacho, donde no podía entrar el vaporcito, por su mayor calado, y como el crepúsculo empezaba a difuminar el paisaje, ninguno de sus tripulantes advirtió la presencia de las embarcaciones.

Alarcón apretó cordialmente la mano del bravo mocetón que los había salvado de aquella sorpresa, aunque en el encuentro, defendiéndose con sus hombres, habría podido vencer a los otros.

Pero era arriesgar el éxito de la revolución, y valía más eludir todo incidente, que pudiera anunciar su paso, antes de que estuviera sobre la ciudad.

El día estaba perdido, sin embargo; no era prudente echarse a navegar teniendo próxima la rápida embarcación, que no tardaría en regresar, porque una legua más arriba, no hallaría agua bastante para su calado.

Era así preferible aguardar hasta la noche siguiente, en que con mucha probabilidad habría cesado la infructuosa vigilancia del río, para entrar en la ciudad una o dos horas antes del momento fijado para la revolución.

Y fué ese el motivo que dilató un día entero la llegada de las fuerzas de Alarcón. A eso de las ocho de la noche, casi a la hora del baile, fondeaban ambas chalanas en el extremo Sur de la calle de la Matriz doblando, como se llamaba entonces a la calle de San Gerónimo.

En la barraca de Fosco, adonde con infinitas precauciones fueron refugiándose uno a uno los revolucionarios, se reunieron más de cien, y aunque no todos bien armados, la aventura parecía tan bien dispuesta que ninguno dudaba del triunfo.

A las once de la noche debía Insúa ir en su busca, para dirigir el ataque, pero la sospecha de que el complot no era ya un misterio para los de la policía, hizo variar un tanto aquel plan.

Insúa se limitaría a dar breves instrucciones a su gente reunida en la barraca de Fosco; encargaría a Alarcón la dirección del ataque, y él regresaría a la sala del baile, para ayudar a sus amigos a apresar a Iriondo y a Bayo en cuanto sonaran los primeros tiros.

Su presencia en la fiesta, mantendría a Jarque en la duda, sobre aquellos sucesos que presentía.

No todo ocurrió, sin embargo, como él lo pensara.

Su breve demora en el patio de la escuela, despidiéndose de Rosarito, dió tiempo a Jarque y a Borja para llegar a la plaza al mismo tiempo que él.

Alcanzó a ver, en la noche clara, la silueta de aquellos dos hombres que aparecían en la calle de la esquina de Montarón, y para despistarlos, si acaso tenían intenciones de seguirle, corrió por el costado de la plaza, que daba sobre la casa de Iriondo, y dobló hacia el norte por la calle del Comercio.

Allí dió vuelta a la manzana, y siguió corriendo como una sombra impalpable y silenciosa, unas cuantas cuadras hacia el poniente.

De trecho en trecho se refugiaba en el hueco de algún portal o detrás de alguna de esas ventanas salientes, en las casas de las gentes acomodadas y miraba si alguien le seguía.

Todo era silencio en la ciudad tenebrosa, dormida bajo el manto límpido de un cielo sin estrellas.

Un viento suave del Sur traía dispersas armonías de la sala del baile. Volvió a correr, y cuando las casas de las aceras empezaban a ser más raras y pobres, y comenzaban los yuyales y los cercos de ramas de los suburbios, dobló hacia el Sur, siguiendo la franja sombría de un pencal.

Los perros, que abundaban allí, ladraban a la luna que salía, destiñendo el azul intenso del horizonte.

Debían de ser las once y media, y en la barraca de Fosco seguramente le aguardaban impacientes y listos para el combate.

Fué a echar a correr, a la sombra de los tunales, cuando le pareció sentir un ruido metálico, como de una espada que se golpea.

Calle derecha, hacia el norte, alcanzó a ver de nuevo las mismas dos siluetas de la plaza, y comprendió que eran vigilantes que lo perseguían y habían dado ya con su pista.

Como no podía correr sin exponerse a ser visto, se metió por entre el pencal, defendiéndose con su capa de las espinas y aguardó que llegaran.

Marchaban rápidamente, corriendo a trechos, y pasaron tan cerca del sitio en que Insúa se había escondido, que los pudo conocer, al uno porque rengaba al correr, y al otro, porque vió la contera de una espada asomar por debajo de la capa.

--¡El novio de Syra!--pensó el revolucionario, recordando con qué empeño Montarón les rogó que ahorraran su vida, si acaso entraba él en la lucha.

Ese pensamiento le hizo vacilar, ante el proyecto que como un rayo de luz se le presentaba en ese instante. Debía seguirles, sin dejarse ver, y cuando estuvieran cerca de la barranca, saltar sobre ellos y matarlos, privando así al gobierno de sus mejores servidores.

No quiso pensar más, para evitar la compasión que podía nacer en su alma, recordando la súplica de Montarón. Empuñó su revólver y cruzó de nuevo por debajo de los espinosos cactus y salió a la calle.

Las dos siluetas se perdían ya a lo lejos, entre las sombras de los matorrales de la acera, donde crecían algunos corpulentos paraísos.

Jarque y Borja, maravillados de la repentina desaparición de Insúa, se habían echado a correr, cuando al desembocar una calleja apareció la mole oscura y chata de la antigua barraca de Fosco.

Jarque se detuvo y por primera vez se le ocurrió que ése podía ser el escondrijo de los revolucionarios.

¿Cómo no lo habían pensado antes, sabiendo que el ex-colono de Helvecia vivía en un impenetrable misterio que les había hecho creer que era alguna inofensiva manía del hombre viejo?

Se detuvo, agitado por la carrera, a unos cien pasos de la entrada del vetusto caserón.

--¡Que me lleve el diablo si no se ha metido aquí!--dijo con fastidio y entre dientes.

Vaciló un momento entre avanzar o volverse, para traer un piquete con que rodear la vasta construcción, que se veía allí, reposando plácidamente bajo los rayos dorados de la luna que ascendía.

Borja a su lado escudriñaba el caserío, por si algún indicio les revelaba lo que querían saber.

De pronto un terrible empellón lo tumbó en tierra, y sonó un tiro. El fogonazo lo deslumbró, y cayó enredado en su larga capa, y el revólver que empuñaba en la mano izquierda saltó a varios pasos de allí. Tenía la espada en la derecha, y quiso incorporarse, a tiempo que Jarque, el cual no parecía herido, gritaba haciendo fuego contra Insúa, que se echaba sobre él.

--¡Ah! ¡misera...!--exclamó, y la palabra se rompió entre sus dientes apretados, y cayó herido en la frente por otro balazo cuyo estampido ensordeció a Borja, quien, ciego de furor, arremetió con su espada.

Insúa vió el relámpago del acero y saltó como un jaguar; pero la punta penetró en el flotante paño de su capa, que se desprendió de sus hombros y cayó cubriendo al cuerpo palpitante de Jarque.

--Ríndase, no quiero matarlo--dijo con su voz breve y tranquila apuntando a Borja, que arrancó su espada con violencia y se echó de nuevo sobre su adversario.

A la luz de la luna bañando la extensa planicie, en cuyo centro se desarrollaba la sangrienta escena, veíase a Insúa de frac, la blanca pechera, señalando el sitio en que debían herirle, y lleno de elegancia el gesto de su mano que empuñaba el revólver apuntando al joven teniente, que un momento se quedó paralizado ante aquella serenidad, que parecía atarle los brazos.

En la cercana barraca de Fosco, el rumor de la lucha en la hora señalada para que estallara la revolución, despertó una extraordinaria inquietud.

Los cien hombres allí encerrados corrieron a sus armas; los jinetes montaron en sus caballos asustados por el ruido y el movimiento y Alarcón y Fosco fueron hasta el portón de madera de la entrada, que tenía roído el borde de abajo, por donde el perro guardián sacaba el hocico y ladraba.

Abrieron cautelosamente y como a cien pasos alcanzaron a ver el fulgor de la espada cortando el humo del segundo disparo.

Alarcón reconoció a Insúa, comprendió que se batía y corrió, seguido de un grupo de hombres.

Oyó el jefe revolucionario el tropel de su gente que corría, llenando la noche con el metálico rumor de las armas, y dijo a Borja, que había saltado por sobre el cuerpo de Jarque para coger su revólver que brillaba en tierra a dos pasos de allí.