La Casa de los Cuervos

Part 5

Chapter 54,135 wordsPublic domain

--Vamos,--contestó José Golondrina sin volver la cara.

Y quedaron los hombres allí, mandados por Moor, que era el tercero, no obstante su juventud, en la jerarquía establecida por Insúa.

Y el fuego chisporroteaba alegremente, devorando las secas ramillas de los aromitos, y haciendo brasas grandes y rojas con la madera fuerte de los algarrobos.

Tres pavas de hierro, negras de hollín, empezaban a cantar la alegre canción del agua dispuesta para el mate, confortante y engañador para los estómagos vacíos, y mientras eso ocurría, aquel muchachón que sondeaba en la lancha la profundidad del río, y que era a la vez el despensero, distribuía "los vicios"--azúcar y yerba--entre los que habían de cebar el mate.

Un pichel de ginebra, tasado por Alarcón, circulaba en la rueda, despertando a su paso las conversaciones, chispeantes como la hoguera.

Juan Alarcón marchaba al lado del indio chafando con su paso firme los camalotes que cubrían la tierra en las hondonadas, señalando los sitios hasta donde había llegado el agua de las crecientes.

Era un mozo de treinta años, vestido con esmero, chambergo de alas rectas y anchas, botas amarillas y cuidadas, tirador guarnecido de monedas de plata y largo facón que le cruzaba la espalda, a más del revólver que brillaba al alcance de la mano.

Difícilmente se habría hallado un tipo de criollo más hermoso. Era nativo de San José del Rincón, donde una mezcla ignorada de sangres, ha producido una casta absolutamente especial de morenos de ojos azules y facciones caucásicas.

Alarcón era en los rodeos el más fuerte entre toda la peonada, y sus brazos firmes como un palenque, y sus manos sólidas, como un torno, bastaban para sujetar un novillo arisco, cogiéndolo por los cuernos y clavándolo en la tierra sobre las cuatro pezuñas rígidas.

Insúa que no toleraba superioridad en nadie, porque él también poseía suma destreza para los trabajos del campo, y su vigor se comentaba aun en los sitios donde no se le conocía sino por el relato de sus hazañas, había concluído por resignarse a ser menos fuerte que aquel hermoso gaucho de tez ligeramente tostada y de ojos profundamente azules.

Se habían conocido de niños, en las andanzas de Insúa por el Rincón, como años después Alarcón anduviera rodando de estancia en estancia, buscando un patrón que supiera apreciar su trabajo en lo que valía, el joven caudillo lo llevó a su lado y lo hizo su capataz en el establecimiento y su teniente en las campañas revolucionarias.

José Golondrina no podía olvidar que Alarcón le había privado a él de esos mismos cargos, y tenía, para agravar sus enconos, motivos especiales que venían de muy lejos.

El padre de Insúa poseía una gran estancia en los quebrachales de Calchaquí.

Allí había nacido José Golondrina, hijo de una india criada al amparo de las casas.

Contábase que un cacique poderoso, jefe de una de las tribus más grandes que hubo en aquellas regiones, perseguido por el ejército de línea, se refugió en la estancia de Insúa, y al huir de nuevo cuando la tropa se acercaba, dejó entre otras mujeres, a su hija, que encomendó al amo, diciéndole que alguna vez volvería a buscarla de su Chaco misterioso, donde criaría hermosos caballos para él.

La indiecita llegó a ser una hermosa muchacha y no faltó quien dijera que el niño que un día nació de ella, el indio José, mayor que Francisco Insúa algunos años, era el hijo primogénito del dueño de la estancia, y habría sido el heredero de toda aquella riqueza a no cruzarse en su destino el niño blanco, de casta noble.

Fuese que Insúa creyera realmente en aquel parentesco, que se había hecho una leyenda, fuese que se hubiese acostumbrado a los servicios de José Golondrina, éste permanecía siempre con él, mas no en la estancia de Calchaquí, a donde no le había enviado desde niño, sino en la de la costa, donde estaba el centro de sus recursos, y que era generalmente el punto de cita de los revolucionarios en la campaña.

Pero el indio conservaba en la memoria la impresión indeleble de los paisajes de Calchaquí, y el recuerdo de aquel hermoso campo, cubierto de bosques de veinte leguas cuadradas, donde podría albergarse toda su tribu, que ahora vagaba errante por el Chaco, lo perseguía con implacable tenacidad.

Un día, siendo él niño, muerta ya su madre, una india vieja, de las que quedaron en la estancia cuando el cacique huyó y que pasaba por hechicera entre las gentes simples de aquellos lugares, le contó su historia y le enseñó a malquerer al hijo del amo, a Francisco Insúa, a quien allí no conocían aún, pero de cuya existencia en la ciudad lejana se hablaba entre los peones.

"Todos estos campos eran de la tribu antes de venir los cristianos--le dijo la india, abarcando con un gesto el vasto quebrachal, donde tenía su rancho, lejos de las otras casas.--El abuelo de tu abuelo, era el cacique más poderoso del Chaco, y una vez puso, en contra de los blancos, mil lanzas y ganó la batalla.

"Y yo he visto en las estrellas, que este monte será otra vez de la tribu, cuando muera ese niño que ha nacido en Santa Fe, y vuelva a ser amo nuestro un hombre que sea hijo de los hijos del último cacique."

En el espíritu taciturno de José Golondrina, aquella predicción engendró una llama que le consumía.

Callado, sumiso, bravo en todos los trabajos, se preparaba pacientemente para los días que habían de venir.

Lo que hubiera en él de sangre blanca estaba anegado en la ola ancestral de sangre orgullosa de cacique, que le hacía sentirse indio hasta la médula de los huesos, y encendía en su corazón la silenciosa esperanza de ser algún día el redentor de su tribu.

Insúa recelando quizás aquella ambición, nunca lo mandó a su estancia de Calchaquí y como el volver a los campos donde pasó su sombría niñez, era la secreta obsesión de José Golondrina, nunca quiso él, por su parte, alejarse de la otra estancia, donde se fraguaban las revoluciones que alguna vez podían servir a sus planes.

Y así vió prepararse aquélla, en cuya aventura se encontraban lanzados ya, y fué desde el primer momento el más activo de los colaboradores del capitán sin lograr con ello deshacer totalmente las prevenciones de Alarcón.

Caminaba ahorra al lado de éste, hacia la Casa de los Cuervos, royendo sus pensamientos, cuando el otro que marchaba en silencio, como si le costara cambiar palabras con el indio, le dijo de pronto:

--Me has dicho que conocías al capataz.

--Sí, señor.

--Yo soy de estos lugares, y sin embargo no lo conozco.

--No es raro; murió ya el dueño; se vendió la estancia y cambiaron el personal.

--¿No era el finado Liborio Borja?

--Sí, señor.

--Y hoy, ¿quién es el dueño?

--Será su viuda, que vive en la estancia...

Se calló un momento, como si hubiera deseado no hablar más, pero Alarcón lo interrogó:

--¿No es de la viuda ya?

--No, señor, la vendieron.

--¿Sabés a quién la vendieron?

El indio vaciló un momento.

--A don Braulio Jarque--respondió luego.

--Jarque... ¿Quién es Jarque?--preguntó Alarcón deteniéndose en medio del campo, a tiempo que hacia el Este se dibujaban las copas sombrías de unos grandes eucaliptus.

José Golondrina agachó la cabeza y dijo no saber quién era Jarque, aparte de lo dicho, y Alarcón volvió a ponerse en marcha, repitiendo aquel nombre, seguro de haberlo oído en alguna parte.

La Casa de los Cuervos estaba sobre una altura adonde no llegaban las más altas crecientes, sobre la margen misma del arroyo de Leyes, caudaloso y profundo, comunicándose con el Paraná, como un brazo de él que era.

La construcción era buena y antigua, dos alas de piezas bajas techadas con firmes totoras, formando una escuadra con anchas galerías a uno y otro lado, pintada toda de rosa, con puertas y ventanas verdes, y poblado de naranjos el patio anchuroso, y todo el cuadro envuelto en un bosque de eucaliptus, a través de cuyo espeso follaje apenas se veía la casa como una mancha clara.

En los últimos tiempos, la estancia había cambiado varias veces de dueño, quedando siempre en la familia, y a la muerte de Liborio Borja, ocurrida un año atrás, su viuda, para redimir las deudas que pesaban sobre ella la vendió a Braulio Jarque, el marido de su hija Gabriela, la cual vivía con ella.

Como el nuevo propietario no manifestara afición a la vida campera, encargóse doña Carmen de Borja de administrarla junto con la hacienda, que pastaba en esos campos, y que era ahora toda su fortuna.

Al llegar a la calle de eucaliptus, que se abría en dos hileras a un costado de la casa y conducía hasta su entrada principal, Alarcón, preocupado siempre por el nombre de Jarque, que alguna vez había oído, se acordó de quién era.

José Golondrina calmaba a los perros, que habían salido a ladrar a los visitantes, y que se acallaron súbitamente al sentir su voz.

Alarcón tuvo la sospecha de que el indio había querido adelantársele, para hacer llevar a Jarque en la ciudad con algunos de los peones de la estancia, la noticia de la expedición.

Había salido el capataz y Alarcón miró a José, mas no advirtió que parecieran reconocerse.

El indio se hizo a un lado, sin hablar palabra, y el capataz saludó a Alarcón que le pidió una ternera para carnear y dar de comer a su gente, colonos y leñeros que iban a la ciudad a surtirse de víveres diversos.

Así habló, y agregó para evitar toda suspicacia en aquel paisano reservado, que le atendía frunciendo el ceño:

--Compraría una ternera, si no me pide caro.

El capataz entró en las casas a consultar con el ama, cuya silueta se vió aparecer un momento en la galería, y volvió con el permiso de arrear el primer animal gordo que hallaran en el potrero.

Montó a caballo y los guió hasta el sitio en que a esa hora debía hallarse la mayor parte de la hacienda.

Alarcón y su compañero caminaban a pie, detrás de él, que iba enumerando las buenas condiciones de los campos aquellos, cuya tierra negra daba unos pastos de engorde superior.

Cuando encontraron lo que necesitaban, una vaquilla mansa, que se dejó echar el lazo en los cuernos pulidos y negros, Alarcón pagó sin regatear los quince pesos que le pidieron por ella y se juzgó afortunado viendo que el capataz no insistía en acompañarles hasta la costa.

--Tengo que encerrar los terneros de las lecheras--dijo--y se despidió allí mismo.

Marcharon los dos, José tirando del lazo, arrastrando a veces al animal que empezaba a rebelarse, y atrás Alarcón arreándolo con una varilla y pensando que si el capataz hubiera llegado hasta la costa no habría dejado de recelar de tanta gente reunida allí.

Y aquella imprudencia que le había hecho cometer el indio, no le pareció que fuera involuntaria.

Mientras marchaban por un senderito en el tupido pastizal verde, que alfombraba la altura desprovista allí de monte, vieron venir una majada de ovejas que parecía vagar sin pastor y sin perros.

José Golondrina mostró las ovejas a Alarcón.

--La cuidan los cuervos--le dijo--y por eso es el nombre de la estancia.

Y era así en efecto.

Desde muchos años atrás en la propiedad de los Borja, dos cuervos criados en las casas cuidaban la majada, con un maravilloso instinto, que rayaba en leyenda.

Por la mañana al salir el sol, en verano, y en invierno a la hora en que el frío amenguaba, los dos cuervos, que dormían sobre un algarrobo seco, frente a una de las ventanas de la casa, volaban hasta el corral de las ovejas, y a aletazos y a picotones las hacían salir, las conducían a través de los campos, en las lomas donde el pasto era tierno y la tierra seca y al caer la tarde las obligaban a volver.

Los tímidos animales, acostumbrados ya, obedecían a los cuervos como habrían obedecido a un pastor, y de tal manera los dos pajarracos se habían vinculado a la vida de la estancia, que ésta tomó su nombre de ellos, y se rodeó de una fama misteriosa.

--Son eternos--dijo el indio José--y cuentan los viejos que ellos saben y anuncian las cosas tristes que han de ocurrir.

La majada pasó cerca de los dos hombres que llevaban la vaca.

Sobre una de las ovejas de adelante, prendidas sus garras sobre el vellón iba uno de los cuervos y de igual modo el otro se dejaba llevar por la que iba atrás de todas.

Era risueño el caso, y no obstante Alarcón no sintió ganas de reír, cuando los ojuelos de uno de los cuervos, como dos pequeños brillantes negros se posaron sobre él.

Atardecía rápidamente, y debieron apretar el paso para no extraviarse en el sauzal, si los tomaba la noche antes de haber alcanzado las barcas.

En aquellos terrenos bajos no era fácil hallar los senderos, por donde podían pasar sin hundirse en las aguas muertas de los bañados.

Debían a más carnear la vaca y asar la carne en una hoguera y esa operación preocupaba a Alarcón porque el fuego en la noche podía atraer sobre ellos algunas de las partidas de policianos que solían recorrer la laguna Setúbal y llegar hasta el arroyo de Leyes, a caballo unas veces por la costa y otras en un vaporcito del puerto siguiendo el curso del río.

La noche caía rápidamente, porque en esa estación los días eran cortos.

Llegaron al sauzal con las últimas luces del crepúsculo.

Estaba silencioso y sólo se oía el ruido de los pájaros asustados que levantaban el vuelo, atropellando las ramas.

--Es raro--dijo Alarcón.--¿Nos habremos perdido?

El indio lo miró y los ojos le brillaron en la sombra.

Alarcón echó a correr hacia la orilla del río. No se veía a nadie. Saltaba sobre los camalotes que cedían como un colchón bajo sus pies. Extrañaba el silencio, porque estaba seguro de haber dejado a su gente en esa dirección, y de no verla, por lo menos debía oír el ruido de las hachas cortando la leña.

Cuando llegó al borde de la isla, que lamía el riacho curvo y lento, al sitio mismo donde fondearon las chalanas, lo que se conocía por estar las carrizas pisoteadas y sembrada la tierra de varas de sauce cortadas, soltó una maldición.

Las lanchas habían desaparecido y sobre el agua, tersa como un cristal negro, a esa hora, no se divisaba hacia ningún rumbo la mancha más obscura, que en la noche,--que envolvía ya todas las cosas,--le hubiera indicado la presencia de sus embarcaciones.

VIII

El baile de Montarón

Temprano, en la noche del baile, se encendieron las guirnaldas de faroles que corrían a lo largo de las cornisas, llenando la calle de luz.

En la casa de Montarón, el piso bajo estaba destinado a la familia. Se subía a los salones del baile, situados arriba, por una ancha escalera de caracol, adornada esa vez con flores y cubierta por un camino rojo de tripe, hasta una galería interior cerrada con una mampara de cristales.

Allí se abrían las tres anchas puertas del deslumbrante salón, que ocupaba todo el frente de la casa, y se doblaba en dos alas, a cada extremo, constituídas por varios saloncitos suntuosos, dispuestos para el ambigú los de la derecha, y los otros para la tertulia de las señoras mayores o de los hombres que no gustaban de la danza.

Las ventanas del corredor de la calle estaban cerradas, mas alcanzaba a oírse la algazara de los curiosos agolpados abajo, en el pórtico, sirvientes del barrio en su mayoría, que daban las buenas noches a cada pareja que entraba.

Poco a poco, a medida que se animaba la escena, fueron estrechando el cerco, hasta bloquear totalmente la puerta del zaguán, con zócalo de mármol blanco, que reflejaba la luz de un gran farol de bronce, pendiente del techo.

Hacia las nueve de la noche habían comenzado a llegar los invitados.

Era lo más distinguido de la sociedad de Santa Fe.

Las damas en cabeza, para lucir mejor los altos peinados; y con amplios y crujientes vestidos de seda; escotadas las jóvenes y aun algunas que habían dejado de serlo; y los hombres de frac y chistera, envueltos en sus capas.

Con una nerviosa solicitud, hacía Montarón los honores de la casa.

Atravesaba pausadamente, con una dama del brazo, el vestíbulo iluminado por los faroles chinescos colgados de las ramas de los naranjos, en el patio inmenso como una huerta; subía la escalera, y después de cambiar algunas palabras corteses arriba, en el gran salón, bajaba, saltando de dos en dos los escalones.

Su fisonomía habitualmente regocijada, tenía esa noche un sello visible de preocupación, y el mismo empeño que ponía en disimular, había chocado a Syra, la cual seguía a su padre, en todos sus movimientos, con ojos angustiados.

Rasurado prolijamente, pequeño, y rosado como un jovencito, su fisonomía no era ciertamente la de un conspirador, y el mismo Jarque, observándolo esa noche, no estaba seguro de que al rededor de aquella movediza personilla pudiera tejerse una revolución.

El jefe de policía llegó temprano, con su secretario, el teniente Borja.

Montarón, que se sentía espiado por su hija, para desorientar sus sospechas se puso a hablar con Jarque, mientras ella más tranquila junto a su novio, paseaba de su brazo por el salón.

La luz de las arañas de caireles, doraba su negra cabellera, recogida en un peinado bajo y prendida sobre la nuca, con dos o tres alfileres de brillantes.

La inquietud de esa tarde, manteníala aún aturdida y apasionada, fulgurantes los magníficos ojos, que habrían querido penetrar en las almas para ver qué nefastos designios se ocultaban en ellas, que pudieran hacer peligrar la vida del hombre que amaba, en cuyo brazo firme se apoyaba su mano trémula.

Borja sabía, que por falta de nuevos indicios, los recelos de Jarque habían disminuído, y confiado en su sagacidad sólo pensaba en la gloria de esa fiesta, en que Syra mostraba su amor a los ojos de todos los que pudieran haber dudado.

Festejábase su compromiso, y las amables visiones con que se llenaba su espíritu, no daban lugar a las sombrías sospechas que su novia le sugiriera esa tarde.

Conocíanse todos los hombres que podían entrar en la revolución, por lo cual, a cada nuevo concurrente que llegaba al salón, Borja, habituado a su oficio, indagaba si era de los sospechosos, sin interrumpir, no obstante su charla con Syra.

Don Servando Bayo entró de los primeros con el doctor Pizarro, su ministro.

Llegó de rigurosa etiqueta, correcto y tranquilo, y Syra viéndolo se sintió aliviada.

Un momento después llegó Cullen, a quien seguía la mirada cautelosa de Jarque, situado afuera del salón, en la galería de cristales, conversando con Montarón, mas sin perder un solo gesto de los hombres que le interesaba vigilar.

La fisonomía despreocupada de Cullen, sus maneras afables, distinguidas, su palabra suave, superficial y amena con las damas, desorientaban toda sospecha.

Acercóse a los novios y al cumplimentarlos su voz fué tan natural que Borja sintió desvanecerse sus últimos recelos, y al apartarse de él, buscando el refugio discreto de uno de los salones de las alas, donde podía hacer sus confidencias a la niña, le dijo, aludiendo por primera vez en el baile, a las alarmas que ella le confiara esa tarde:

--Ya ves, Syra; si Cullen está aquí, siendo el jefe de los opositores, es porque nada se prepara. ¿Estaría así, tan afable y tranquilo si hubiera el peligro de una revolución?

La mano de Syra temblaba. Alta, maravillosamente esbelta, vestida de blanco, pálida por una emoción que, a pesar de esas buenas razones no podía dominar, permanecía de pie al lado de él, que se había sentado en un sillón invitándola.

Él no pudo ver quién era el que entraba al salón, haciendo cesar el rumor de las conversaciones, de tal modo que sólo se oía la música de la orquesta en la galería de cristal; pero ella, atenta a los detalles de la fiesta, sintió como un golpe en el corazón, pues lo que faltaba para confirmar sus sospechas, era la presencia en la ciudad del capitán Insúa, y era él, precisamente, el que acababa de entrar.

Borja, a quien Jarque le había confiado el encuentro de la noche anterior a la puerta de la escuela, se alzó del sillón, calmoso y tranquilo, cuando Syra, con los labios apretados por la nueva emoción, le dijo:

--¡Insúa! ¡Allí está Insúa! ¡Oh, Dios mío!

Hacía más de un año que Insúa no venía a la ciudad, y no obstante su vida de hombre de campo, era en los salones un perfecto caballero que llevaba con fácil elegancia el traje de etiqueta y dominaba todos los secretos de la cortesía.

Jarque al verle llegar sintió que se derrumbaba el laborioso edificio de sus conjeturas, porque si Insúa estaba allí, vestido de frac; si tenía a su lado a Montarón, que le contaba prolijamente cómo se injertaban los rosales; si Cullen se pajeaba en el salón atendiendo a las damas, todos con la más natural despreocupación, era porque el temido complot sólo existía en su imaginación.

Para no prolongar su actitud de vigilante, con un poco de despecho, abandonó su sitio junto a la puerta de la galería y entró al salón.

La orquesta, cuyos principales elementos había hecho venir Montarón de Buenos Aires, empezaba a animar el ambiente con sus piezas de baile.

Tocó lanceros y se formaron las parejas para sus elegantes y armoniosas figuras.

Syra y su novio ocuparon un sitio frente a Insúa, que parecía absorto en decir gentilezas a su compañera en la danza.

--Si debiéramos temer algo--murmuró Borja al oído de la hija de Montarón--Insúa no estaría aquí. Es el brazo derecho de Cullen y el verdadero jefe de todos los ataques de caballería.

Syra tranquilizada por aquellas razones, miraba al arrogante caudillo, que en las combinaciones de la danza, le daba la mano para acompañarla en algunas figuras.

Habría deseado saber, si ya no era para esa noche, para cuándo serían los siniestros designios que se ocultaban en aquella altiva cabeza juvenil y enérgica, que los saludaba con tanta gracia, al pasar por su lado, a ella y a su novio.

Insúa, desde que entró en el salón, comprendió que algunos ojos lo vigilaban.

En un rincón, Jarque sentado, parecía dormitar, pues según su costumbre, entornaba los párpados. Insúa, no obstante esa disimulada apariencia, sentía sobre él la mirada del jefe de policía.

En otro lugar, Bayo, con Cullen y Montarón, atendía algunas damas indiferentes al baile.

Insúa miraba de cuando en cuando ese grupo. Iriondo no había llegado aún, y su tardanza le tenía inquieto, pues podrían verse obligados a modificar sus planes, si todas las cosas no pasaban como estaban previstas.

Su misma presencia en la fiesta, no era lo que habría convenido, mas debió ir para despistar a Jarque, el cual, sin duda alguna, lo había conocido la noche anterior cuando entró él a la escuela, de regreso de la barraca de Fosco.

Estando en la ciudad, más extraño habría sido no ir, que ir a casa de Montarón, al que lo ligaba una antigua amistad.

De acuerdo los tres principales conjurados, se fijó la hora de la revolución.

Insúa saldría del baile a las once, procurando no ser visto, y se reuniría con su gente en la orilla del río, y desde allí invadiría la ciudad, marchando sobre la policía.

Antes de atacar, Insúa volvería a la sala de baile, para ayudar a sus amigos a caer sobre Iriondo y Bayo, y los hombres del gobierno, no bien sonaran los primeros tiros. Alarcón mandaría el asalto, y echaría un pelotón de hombres sobre la casa de Montarón, para ayudarles.

La trama del complot era simple; y a Insúa sólo le preocupaba la ausencia de Iriondo, que por ser la verdadera cabeza del gobierno, podía hacer abortar los planes no concurriendo a la fiesta.

Pero terminados los primeros lanceros, a cosa de las diez, cuando los caballeros agradecían a sus damas y las llevaban del brazo hasta los sillones colocados a lo largo de las paredes, se produjo un repentino silencio por la entrada de alguien.

Era Iriondo; venía solo, circunstancia que no escapó a los revolucionarios, pues era ese un gesto habitual de él, cuando sospechaba que había peligro, y a fin de mostrar su valor personal o su presencia de espíritu; Montarón, más solícito que nunca le salió al encuentro, deshaciéndose en cumplimientos, que Iriondo acogía con una reservada cortesía, gustando la impresión que causaba con su presencia.