La Casa de los Cuervos

Part 7

Chapter 74,209 wordsPublic domain

--No se mueva o lo mato--y añadió con dulzura, sin dejar de apuntarle,--quiero que viva para su novia.

El joven teniente sintió la penetrante ironía de aquella compasión.

--¡Cobarde!--gritó--¡A él lo has muerto a traición y yo lo voy a vengar!--y volvió a cargar con su espada sobre la blanca pechera que atraía sus furiosas estocadas, que el revolucionario esquivaba con ágiles movimientos.

En un salto que dió Borja, asentó el pie sobre el revólver de Jarque, y antes que Insúa previniera su acción, arrojó la espada y alzó el arma del suelo.

Insúa no pestañeó y de un balazo en el pecho lo echó por tierra.

--¡Oh, Dios!--exclamó Borja, abriendo los brazos y cayendo de espaldas. La capa, como una gran ala rota, quedó abierta debajo de su cuerpo. Era de paño azul, pero por su forro de terciopelo rojo, parecía una gran mancha de sangre, tiñendo el pasto verde que alfombraba la planicie.

Alarcón y sus hombres llegaron en ese momento. Insúa con tristeza les señaló el cuadro y les dijo:

--No quería matarlo, pero él se empeñó.

Cogió su revólver sin prisa, como si todo peligro hubiera pasado, y fué a recoger su capa negra, echada como un manto fúnebre sobre el cuerpo aún tibio de Jarque. La sacudió y se envolvió en ella.

Dió sus órdenes precisas; la gente debía marcharse enseguida y atacar el Cabildo. Un piquete debía al mismo tiempo invadir la casa de Montarón, adonde él habría llegado ya, para ayudar a sus amigos.

Y con esas palabras separáronse dejando sobre el campo verde los dos cuerpos inmóviles que la luna envolvía en su luz impasible.

Por la acera sombría de la calleja que trepaba la barranca, se adelantó Insúa casi corriendo.

Tan rápida fué la escena, que no le parecía verdad que en unos minutos hubiera suprimido el mayor de los obstáculos con que tropezaban los planes revolucionarios, aquella implacable vigilancia de Jarque, que estuvo a punto de desbaratar todo el complot.

Llegó a la esquina de la calle del Cabildo.

Era menor el número de los curiosos agolpados a la entrada de la casa de Montarón. El sueño y el frío de la noche, habían ahuyentado a muchos, y los que aún quedaban, yacían dormidos contra los pilares o en los rincones del zaguán, esperando que la fiesta concluyera, para acompañar, algunos a sus amos, otros a quien quisiera aceptar sus servicios, alumbrándoles el camino con un farolillo de aceite.

Los dos vigilantes apostados en la entrada, cabeceaban rendidos de cansancio y no vieron pasar a Insúa, que subió tranquilamente hasta la sala de baile, llena de la enervante armonía de una vieja mazurca.

En la galería de cristales, donde estaban los músicos, se despojó de su capa, y fué a entrar al salón, cuando una mano vigorosa lo detuvo por el brazo.

No era un gesto afectuoso, ni era violento u hostil; mas Insúa se volvió con ira para ver quién era.

Hallóse con Iriondo, a cuyo lado debió pasar, pero a quien no había visto.

Mirábalo con aquella serena mirada que se imponía aun sobre los que por primera vez se encontraban con él, y podían ignorar su prestigio y su poder.

Le soltó el brazo y le tomó de la mano que Insúa no se atrevió a retirar, para no comprometer sus planes con alguna intempestiva brusquedad.

--Hay allí--le dijo Iriondo en voz baja, señalando el salón--una niña que pregunta por su novio, que salió con usted.

La mayor parte de los farolillos chinescos que iluminaban el patio y la escalera se habían consumido, y aquel lugar en que estaban los dos hombres, quedaba en la penumbra, fuera del cuadro luminoso de la puerta.

Pero Insúa alcanzó a discernir en el gesto y en la mirada de Iriondo una sagaz intención, y respondió exagerando la calma que empezaba a perder:

--Yo no he salido con ningún novio, doctor Iriondo.

--¿Ha salido solo?

--Solo.

--Yo ando siempre así--observó el jefe de los gubernistas, abandonando la mano de su adversario--sobre todo cuando me dicen que hay peligro en andar solo.

Pasó un breve momento de silencio.

Insúa no encontraba respuesta que dar, temiendo siempre delatarse y echaba de menos la serenidad con que pensaba y ordenaba sus ideas en medio de una batalla. ¿Por qué, pues, no lograba dominar la impresión que aquel hombre le causaba con sus frases intencionadas?

Para librarse de la presencia de Iriondo que lo desconcertaba, fué a entrar al salón, pero él lo detuvo de nuevo, con el mismo gesto sin violencia, que no podía rechazar.

--¿Va a entrar así? ¿No ve cómo está manchada su pechera?

Insúa miró la alba pechera de su camisa y se puso pálido.

Una gran mancha roja ocupaba toda la parte baja, donde se abotonaba el chaleco.

Se volvió bruscamente, evitando la luz, y dijo sacando del bolsillo un pañuelo de seda color escarlata:

--Llevaba aquí el pañuelo y al lavarme seguramente lo he mojado y se ha desteñido...

Había perdido completamente su calma y la voz le temblaba.

Con ansia esperaba que sonara el primer tiro frente al Cabildo para arrojarse contra aquel hombre más temible por su serenidad que por su fuerza.

Iriondo sonreía.

En este momento apareció en la puerta del salón, por donde se veía el cuadro brillante del baile, la magnífica figura de Syra.

--¡Ah, Insúa!--exclamó al verle, acercándosele con un apasionado interés, mientras él se acomodaba con mano trémula, el pañuelo rojo sobre su manchada pechera.--¿No salió el teniente Borja con usted?

Insúa se estremeció. Una inmensa angustia se pintaba en aquella hermosa cara, y la voz temblaba como una imploración.

Dominó violentamente sus nervios, se acercó a la joven que esperaba su respuesta con una indescriptible ansiedad, y le ofreció el brazo, que ella no aceptó, volviendo a preguntarle:

--¿No salió con usted, capitán? ¿Verdad que no salió con usted?

El estampido de una descarga apagó brutalmente la armonía de la orquesta.

Se produjo un remolino en la concurrencia del salón. Sin preocuparse de su compañera que se había erguido al rumor de la lucha, y le increpaba preguntándole por su novio, Insúa corrió a la galería para arrojarse sobre Iriondo, mas éste previó su ataque, cerrándole el paso, y en un ademán siempre mesurado y amistoso, con el brazo izquierdo lo tomó por la cintura, lo llevó hacia afuera y tranquilamente le dijo:

--Explíqueme qué es eso.

Y como Insúa quisiera librarse de aquel abrazo, Iriondo con mucha calma alzó su mano derecha en que tenía un revólver, se lo puso a dos pulgadas de la frente, y le volvió a hablar con su palabra serena e imperiosa:

--Si se mueve, lo mato.

A la primera descarga, sucedió un vivo tiroteo, y la calle oscura se iluminó con la luz de los fogonazos, llenándose a la vez con el humo acre de la pólvora.

El tropel y la gritería de los que invadieron la casa, y el estrepitoso tumulto que se alzó en el salón, cuyas puertas se cerraron con violencia, dejando en la sombra la galería de cristales, de donde los músicos huyeron, permitió a Insúa alejar de un manotón el revólver que le amenazaba.

Salió el tiro sin herirle y él con su gran fuerza, se zafó del terrible brazo de Iriondo, mas al echarse atrás buscando su propio revólver en momentos en que volaban hechos trizas los cristales de la galería, invadida por una ola de gentes, revolucionarios y gubernistas, mezclados con los soldados de Jarque que no distinguían a unos de otros, constató que Iriondo se lo había sustraído al pasarle la mano por la cintura.

--¡Ah, traidor!--exclamó con impotente rabia, sintiéndose desarmado, y como a una orden del jefe de los gubernistas, cuya alta figura dominaba a todos, los soldados se echaron sobre Insúa, éste dió un empellón a los que le cerraban el paso, y no pudiendo bajar por la escalera, atropelló la puerta del salón, que se abrió con estrépito, cruzó el recinto que era una colosal batahola de hombres que luchaban y damas que parecían muertas sobre la alfombra, salió al balcón y encaramándose hasta la balaustrada saltó hacia el tejado de la casa vecina, buscando un sitio por donde echarse a tierra para tomar su puesto en el combate contra el Cabildo.

X

La noche trágica de Syra

A la primera descarga, Syra, intensamente pálida, con los ojos dilatados por el terror, se llevó la mano al corazón, sintiendo una gran angustia y se abatió sobre un sillón, llorando como un niño castigado. ¡No había ya remedio!...

Las demás mujeres, sorprendidas por la revolución, se agruparon en la sala del ambigú, para escapar de las balas que empezaban a entrar por las maderas del balcón, destrozando los cristales. Algunos hombres las atendían, pocos, porque casi todos habían bajado al patio donde el tumulto era indescriptible.

En el salón, con sus muebles revueltos y sus puertas cerradas por Montarón, sólo quedaban Cullen y Bayo, sentado éste, pálido y ceñudo, comprendiéndolo todo, pero sin hacer un gesto que pudiera provocar una violencia, y el otro de pie, a su lado, atento a los movimientos de su prisionero.

Por un resto de cortesía, Montarón no se acercaba a su huésped traicionado. Iba hasta el grupo de las mujeres enloquecidas, preguntaba por doña Celia, desmayada, miraba a su hija llorando, con la cara escondida y volvía a la puerta que de afuera golpeaban de cuando en cuando, sin lograr abrirla.

Pensaba en la suerte de Iriondo, apresado seguramente por Insúa en la galería de cristales.

En la plaza, frente al Cabildo se batían los revolucionarios contra los policianos que respondían con un vivo tiroteo. Una bala dió en la araña del centro del salón y desprendió un manojo de caireles hechos trizas.

Montarón miró a su hija, que al sentir el ruido de los cristales rotos se puso de pie, y muda, dominando una desesperación que hacía dar gritos a las otras mujeres, corrió a la puerta de la galería, en donde resonaban de nuevo furiosos golpes.

Su padre abrió los brazos para contenerla, pero ella lo rechazó con un solo ademán que a él le heló la sangre en el corazón.

--¡Hija mía!--exclamó él, y ella bruscamente como si aquel grito le volviera el sentido y la esperanza, sintiendo una inmensa necesidad de consuelo, se volvió a él y se echó llorando sobre su pecho.

Él no habló, porque le acosaba el remordimiento de aquel dolor silencioso en que había anegado a su hija.

Nada sabía aún de lo que le habría pasado, mas tenía el presentimiento de que la desgracia de ella iba a ser su desgracia.

Fué en ese momento cuando se oyó que en la galería crecía el bullicio, y se sintió desembocar una oleada de gente que Montarón creyó amigos por lo que abrió la puerta del salón, apartando suavemente a su hija.

Y esa maniobra salvó a Insúa, el cual, acosado por Iriondo, que había sabido prevenir su asalto, y vencido por el número, cruzó como un relámpago hacia el balcón, a donde Syra lo siguió mezclada entre los hombres que le perseguían y segura de que él podría decirle dónde estaba su novio.

Pero al verle saltar la balaustrada y disparar por los tejados vecinos hacia la plaza, iluminada por el fogonazo de las descargas quiso seguirle, como si su esperanza huyera con él, mas alguien la contuvo y entonces echó a correr, a través del salón, buscando la escalera del patio sin detenerse a ver lo que ocurría a su padre y a Cullen rodeados ya por gentes de la policía, que Iriondo mandaba con voz serena y ademanes precisos.

Un poco más pálido, el cabello más revuelto, la mirada más brillante, eso era todo lo que en él se podía notar de extraordinario. Bayo a su lado, puesto de pie ya, sin decir palabra, apoyaba esas órdenes con sus gestos.

Despeñándose casi por la escalera sembrada de flores desprendidas de las guirnaldas, llegó Syra al zaguán, y como a nadie viera, salió a la calle y corrió hacia la plaza, donde era la lucha.

Veía las cosas nubladas por el humo acre de la pólvora que se le agarraba a la garganta, y los fogonazos, que brillaban como entre una neblina, apenas servían para guiarla, con su luz despiadada. Al llegar a la esquina estuvo a punto de ser envuelta por un pelotón de hombres que desfilaban a lo largo de las paredes guareciéndose de los tiros que llovían de todas partes.

Eran revolucionarios y marchaban sobre la casa de Montarón en auxilio de los amigos.

Uno de ellos se detuvo al ver a Syra. Fué un segundo no más, por mirarle la cara.

--¿El teniente Borja?--le preguntó ella juntando las manos.

Y el revolucionario, que un rato antes había asistido a la rápida escena que tuvo lugar a pocos pasos de la barraca de Fosco, le contestó con una torpe sonrisa:

--¡Allá quedó, niña! junto al río.

Syra no vió el ademán en que le indicaba el Sur y echó a correr hacia el Oeste buscando el río, a cuya orilla había ido por ese lado alguna vez.

Pasó de nuevo frente a su casa que los revolucionarios invadían, oyó tiros y corrió con ansias, sin detenerse, hasta que dejó de sentir el siniestro silbido de las balas, que había ido persiguiéndola en su carrera como una pesadilla.

Se detuvo un momento para organizar sus ideas.

Parecíale, hundiendo los pies en el colchón de polvo de la calle que marchaba en sueños, y que ella misma, vestida de blanco con la negra cabellera desprendida y flotante, no era más que un fantasma.

Oíanse las descargas en la plaza, y volviendo la cara podía ver el relámpago que precedía a cada estampido. El silencio de la noche agrandaba los lejanos rumores de la lucha. Y Syra sentía confusamente al pasar, que puertas y ventanas se abrían y cerraban con cautela.

Por aquella parte las casas eran más raras y las calles más estrechas se dilataban hacia el Salado, bordeadas de pencales impenetrables, por sus temibles espinas.

Los canes alborotados por los tiros, aullaban con furia, y al rumor de los pasos de Syra que volvía a correr se arrojaban contra ella sin salir, no obstante, del cercado de pencas, medrosos también ellos en aquella siniestra noche.

La luna serena y majestuosa, prendida como un broche de oro en el límpido cielo azul, alumbraba con indiferencia la ciudad poblada de ruidos, y en la calleja estrecha, por donde Syra corría, sus rayos prolongaban las sombras temerosas de las plantas que se extendían como garras sobre la acongojada criatura.

Había al final de la calle un gran ombú que cerraba el paso. Las lluvias agrietaban allí el terreno y el árbol frondoso mostraba sus gruesas raíces descarnadas y blancas, que a la luz de la luna parecían brazos y piernas de muertos ya rígidos.

Syra se detuvo mirando extraviada aquellas extrañas figuras. Pensó en su novio:--"¡Allá quedó!"--le habían dicho--"junto al río".

--¿Qué río? ¿Había un río por ese lado? ¿Cuándo llegaría? Si estaba muerto tenía todo el tiempo que quisiera para esperarla. Si estaba vivo y deseaba decirle algo, y si era posible curarle, restañar su sangre y vendar sus heridas... ¡oh, Dios! ¿cuándo llegaría?

Se apretó la cabeza con las manos, sintiendo como martillazos en las sienes, el latido de sus arterias.

Comenzaba a desvariar. A ratos pensaba que todo era un sueño, tan brutal hallaba el cambio de escena. El salón brillante, la luz, la alegría, la música, el amor; y luego la noche, con sus sombras y rumores terribles, y aquella frase que sin duda había soñado: "¡Allá quedó!"

¿Qué significaba eso? ¿Era acaso una consigna dada al joven militar? ¿Estaba de guardia junto al río? ¿Y dónde era el río?

Trepó la barranca. A la sombra del ombú crecían tupidas enredaderas, entre cuyo matorral brillaban las luciérnagas. Las anchas ramas cerraban el horizonte, pero subida ya sobre el borde, Syra vió el campo, extendido como una tela limpia y tersa, hacia el río Salado, cuyas aguas no alcanzaban a verse desde allí, pero que en las grandes crecientes lo inundaban.

De ese lado no había casas; algunas vacas rumiaban echadas en el pasto.

Syra se puso a correr de nuevo, con más miedo al hallarse sola, pareciéndole que detrás de ella corría la muerte, para llegar antes a donde estaba su novio o para avisarle que era tarde ya y que en vano se fatigaba.

El campo desenvolvía ante ella el terciopelo de su suave y fresco pastizal, sin una ondulación, pero sus ojos nada veían de lo que buscaban. Y seguía corriendo, sin noción de los rumbos, torciendo su camino hacia el Sur.

De vez en cuando sentía que el suelo cedía bajo sus pies como una húmeda esponja, y el frío le volvía un instante la sensación de la realidad; se acercaba a los varillales, que crecían a la margen del río, y donde, según los cuentos de su niñez, se guarecían los yacarés en las horas de sol.

Se apartaba horrorizada de aquellos lugares, y volvía a correr sobre el paño verde del bañado, sintiendo el cansancio que parecía romperle los muslos.

¿A dónde iba? ¿Por qué la habían engañado haciéndola ir por aquel desierto buscando su amor?

Ya no se oían los tiros. La ciudad, cuyas casas blancas se dibujaban a lo lejos entre las sombras de las calles, se había vuelto a dormir sin duda; y ella estaba allí, perdida en medio del campo, sin más compañía que la fría luz de la luna, que empezaba a nublarse y los estridentes ladridos de los perros, que se enfurecían al verla correr como un blanco fantasma.

En su memoria fatigada se perdían los detalles de las cosas. Sólo sabía que buscaba a su novio y debía hallarle muerto o vivo. Cuando caminaba despacio, el zumbido suave de la brisa anunciadora del alba, le daba la impresión pavorosa de un lamento, y por no oírlo y por llegar más pronto a donde él estaba, llamándola sin duda, con la esperanza de que llegara antes que la muerte, echaba a correr de nuevo.

--Allá quedó, junto al río--le habían dicho riendo.

Por fin el río que buscaba le cerró el paso. Era allí estrecho y encajonado por una barranca no muy alta, vestida de césped húmedo bajo el rocío de la noche.

Era el arroyo del Quillá, que media legua más al Oeste se junta con el Salado.

A corta distancia, hacia la ciudad, se veía como un escalón una segunda barranca, más alta y desnuda, donde se encaramaban las primeras habitaciones, algunos ranchos, y más allá la masa oscura de la barraca de Fosco, ceñida por sus tapias cubiertas de musgo, y por el bosque sombrío de quietos naranjos y quejumbrosos eucaliptus.

Syra vió pasar por delante de ella un grupo de hombres en marcha precipitada hacia el río. No supo quiénes eran; habría deseado preguntarles dónde se hallaba, pero antes que los alcanzara, ellos habían saltado en una lancha y huían rumbo a la isla, que no tocaron, sin embargo, siguiendo su costa corriente arriba.

La niña se quedó un rato mirando la embarcación, que ya no era más que una pincelada negra sobre el agua turbia que la corriente llenaba de arrugas; la noche se tornó negra como un antro, nublada la luna por algunas nubes tormentosas.

A algunos pasos de allí vió una casucha de barro, por cuya puerta apenas entornada se escapaba un hilo de luz.

Fué una esperanza para la infeliz que empezaba a sentirse ganada por el descorazonamiento. Llamó a la puerta, y como no le contestaran entró de golpe.

Un candil de sebo, puesto sobre el ángulo de una mesa alumbraba un cuadro siniestro.

Sobre una mísera cama yacía un hombre, rígido, con los ojos cerrados y la boca crispada en un gesto de dolor, y el pecho desnudo y manchado de sangre, que parecía negra como la tinta.

Syra dió un grito. Una mujer que lloraba arrodillada a la cabecera de la cama, alzó la cara y viéndola dijo con una voz dulce y doliente:

--Me lo han muerto, niña. Era soldado y estaba de guardia en la plaza; los revolucionarios lo han herido y ha tenido tiempo de llegar hasta su rancho para morir junto a mí y a sus hijitos. ¿Por qué me lo han muerto, niña?

Una chiquela de cuatro años, silenciosa, con los ojos dilatados por el miedo, sentada a los pies de la cama, miraba sin comprender la terrible escena de su padre asesinando y semejante a una madre pequeña, acallaba al hermanito que estaba sobre sus rodillas, gimiendo de rato en rato, como si hasta él llegara la ola del dolor.

Syra llorando se arrodilló junto a la viuda.

--¡También a mí, también a mí!--decía en un sollozo que la sacudía entera, y no podía concluir la frase.--Hace horas que lo busco, muerto o vivo: "quedó junto al río", me han dicho riéndose y he corrido por la orilla del río, buscándolo sin encontrarlo.

La mujer se paró, tomó de la mano a Syra, salió hasta la puerta y le dijo señalándole en el campo un punto más oscuro que las sombras.

--¡Allá, allá! ¡Yo he visto dos hombres! Deben estar muertos a estas horas. Allá fueron los primeros tiros...

Y Syra corrió, mientras ella volvía adentro a seguir llorando su prematura viudez.

Por una desgarradura de las nubes, apareció el disco dorado de la luna que bañó de claridad el campo verde, en el preciso momento en que Syra llegaba hasta los cadáveres de Borja y de Jarque...

Las gentes que moraban en las casuchas de barro y de paja de aquellos barrios apartados, en aquella noche sangrienta no oyeron nada más pavoroso que el alarido de horror de Syra, rasgando el silencio en que había quedado la ciudad.

Las mujeres se taparon la cara y los hombres se estremecieron, como si la muerte misma les hubiera llamado por sus nombres, a la puerta de sus casas.

En la barraca de Fosco, de donde éste había huído en las chalanas de los revolucionarios, que volvían derrotados, las dos mujeres que quedaron solas temblaron toda la noche, oyendo, cerca de allí, el lamento de Syra sobre el cuerpo rígido y yerto de su novio.

Y cuando el alba fría se derramó sobre el pueblo disipando las angustias de la noche, los que andaban en busca de la hija de Montarón, dieron con ella, sentada, como si aún esperase algo, junto al cadáver del teniente Borja.

Los primeros rayos del sol iluminaban el cuadro.

Syra al ver llegar aquella gente se incorporó, alta y hermosa, vestida de blanco, el negro cabello suelto a la espalda, como una onda de dolor.

--¡Allí está el que buscan!--les dijo señalando a Jarque, tendido de costado, y como dormido entre los pliegues de su capa--¡éste es mío y yo soy de él! ¡Ni lo toquen ni me toquen!

Los que la buscaban, impresionados por el aire de tragedia que había en todos sus gestos, se quedaron inmóviles, y ella al ver su estupor, se echó a reír con una risa desgarradora.

--¿Me creen loca? No, estoy cuerda y quiero vivir, por su memoria, para vengarle y vengarme... no sólo del asesino, sino de los que pagaron al asesino...

XI

La derrota

Fué un salto magnífico. De la balaustrada de la galería que daba a la calle, en la casa de Montarón, Insúa se arrojó sobre el tejado vecino.

Sintió que una teja cedía bajo sus pies, pero era ágil como un jaguar y salvó el obstáculo. El techo, a dos aguas, caía de una parte sobre la calle, de la otra, sobre un patio interior, y cubierto de musgo como estaba, e impregnado de rocío, hacía peligroso el andar.

Los que corrieron detrás del revolucionario, detuviéronse sorprendidos. Uno de ellos tenía una carabina y le apuntó. La distancia era corta y la noche clara, por lo cual el tiro no podía errarse; pero Insúa había previsto que le harían fuego, y salvando la cumbrera del techo, se puso a correr hacia la esquina, guareciéndose en el alero inclinado que daba hacia el patio.

Ante aquella maniobra que imposibilitaba el tirarle, el hombre de la carabina trepó a la balaustrada y desde ella saltó sobre el tejado, para cazar el fugitivo como a un gato, persiguiéndolo por las azoteas. Pero fuese que le estorbara el arma o que no tuviese la agilidad de Insúa, resbaló sobre las tejas mojadas por el relente de la noche, y soltando una maldición se estrelló en la calle.

El revolucionario alcanzó a verlo y seguro de que se limitarían ya a aguardarlo en la vereda del costado de la plaza, para atraparle cuando quisiera bajarse por allí, buscó manera de escurrirse hasta el patio de la casa en cuyo techo andaba.

Era un boliche, cuya pieza principal daba a la esquina, con dos puertas en ángulo recto, que se abrían una sobre la calle de la plaza, otra sobre la calle del Cabildo, separadas por un parante de algarrobo labrado.