La Casa de los Cuervos

Part 13

Chapter 134,152 wordsPublic domain

Un día estuvo a punto de penetrar el enigma de su alma inocente.

Fué cuando se recibió en la ciudad la noticia de la muerte de Insúa. ¡Cómo lloró su niña! Al alba del día siguiente, la vió salir enlutada, en dirección a la iglesia de los jesuítas, donde, según le contaron, pasó una hora rezando ante el altar de la Virgen de los Milagros.

Cuando volvió, ella le dijo:

--Tata, no ha muerto; no es verdad que haya muerto.

--¿Quién te lo ha dicho?

--Nadie; lo sé yo, que no creeré en su muerte mientras no vea su cuerpo.

Su padre movió la cabeza.

--Todos lo dicen, sin embargo,--murmuró tristemente, deseoso de no desengañarla ni de halagar su ilusión.

Por escasa experiencia que tuviera del mundo, sospechó que su hija estaba enamorada, y se llenó de pena, porque era justamente ese amor el ideal que venía cultivando en el secreto de su corazón, como el único medio de asegurar el porvenir de su hija.

Y ahora lo veía hundirse, sin que él hubiera tenido tiempo ni resolución de confiarlo a nadie.

Diez días pasaron así, bajo la angustiosa incertidumbre. La convicción de su hija le llegó a contagiar, y también él dudó de la muerte de su sobrino, hasta que un día, un mensaje de él, con todo misterio, les mostró que, en verdad, el corazón de Rosarito no había mentido.

Más tarde se divulgó en la ciudad, por otros conductos, lo que ellos sabían, que Insúa no había muerto.

Hacia fines de Junio, salía una vez del Café del Plata, después de su lección, cuando en la calle, de noche ya, por la brevedad de los días de invierno, al arrebozarse en la capa, a fin de librarse del áspero viento del Sur, alguien le tomó del brazo y le arrastró en dirección opuesta a la de su casa.

Lleno de sorpresa, no distinguió en un principio más que una alta figura negra, pero conoció quién era en cuanto le habló, después de alejarse un trecho del cuadro de luz que pintaba en la vereda el mezquino farol del café.

--¡Ilustrísimo doctor Zavalla!

--No me ponga motes, don Serafín, no soy obispo.

--¡Señor Canónigo!

--¡No soy canónigo!

--¡Señor...!

Alto, gallardo, envuelto en un manteo con forro de seda, caminaba a prisa, llevando del brazo al endeble maestro que se deshacía en cortesías ante la inesperada muestra de afecto de uno de los hombres más poderosos de la situación.

Habían recrudecido extraordinariamente las alarmas revolucionarias, y los hombres del gobierno comprendían que vivían sobre un volcán.

Casi a diario llegaban al Cabildo denuncias de que se preparaba un vasto complot. Don Patricio Cullen había abandonado repentinamente la ciudad, dábasele como residente en su estancia "Los Algarrobos", donde en medio de las colonias extranjeras, de reciente fundación, estaba el foco de las fuerzas con que podía contar para todo movimiento.

El gobierno sabía esto; mas lo desazonaba el absoluto misterio que rodeaba el paradero de Insúa, el más bravo y audaz de los jefes revolucionarios.

Señalábase su presencia en su estancia del Norte, y cuando el gobierno que lo perseguía para enjuiciarlo por la revolución de Marzo, destacaba una partida en su busca, sabíase que había pasado como una exhalación a Entre Ríos o rondaba cerca de Santa Fe, al habla con los opositores.

Hacía un mes, sin embargo, que se le había perdido la pista. No se tenía el más leve indicio de su paso. Ignorábase si estaba cerca o lejos, lo cual preocupaba extraordinariamente a los gubernistas. Podía, y eran sospechas vehementes de la policía, estar oculto en la misma ciudad, en cuyo caso debía vivir con el arma al brazo, considerando inminente la revolución.

Todas las noches los consejeros del gobierno celebraban su reunión; en la casa de Iriondo frente a la plaza, algunas veces, o en la casa del gobernador Bayo, a la vuelta del Cabildo, y allí, con todo misterio, se discutían y se pesaban las informaciones que llevaba el jefe de policía, don Manuel Echagüe.

Hacia la casa de Bayo, donde era la tertulia de esa noche, marchaba presuroso don Manuel María Zavalla, embozado en su lujoso manteo, debajo de cuyos pliegues elegantes no habría nadie extrañado que apareciera la contera de una espada.

Al cruzar la plaza, obscura y temerosa, mas no para un hombre de sus arrestos, tuvo la inspiración de torcer su camino a fin de pasar por la vereda misma del Café del Plata, llevado por la curiosidad de atisbar algo y aun atraído por el peligro de algún incidente con cualquiera de sus adversarios.

Estaban la plaza y la calle solitarias, alumbradas por los cuatro faroles de las esquinas, que parecían más bien espesar la obscuridad de una noche sin estrellas.

Al enfrentar al café, en cuyo interior sentíase el pacífico chasquido de las bolas de billar, vió salir a don Serafín Aldabas, cuyo parentesco y amistad con Insúa recordó al momento, haciéndole interesante el inofensivo personaje.

Lo tomó del brazo y le habló como si de tiempo atrás hubiera estado buscando la ocasión de encontrarle.

--Dicen las malas lenguas que es usted opositor, don Serafín.

El maestro alzó los brazos, clamando al cielo.

Su capa batida por el viento se arrancó de sus hombros y cayó hacia abajo. Zavalla se echó a reír, porque le vino a la mente el recuerdo de Friné, convenciendo a sus jueces de que era una calumnia la acusación que le enrostraban.

Ayudóle a arrebozarse de nuevo y siguió caminando a prisa, agarrado a su brazo.

--Si es mentira eso, como lo he creído siempre, y si no tiene apuro, véngase conmigo por un minuto hasta lo del gobernador. Yo tengo que hablarle del subsidio de su escuela...

--¡Oh, señor don Manuel María!

--Y de su hija Rosarito... ¿no es mi ahijada?

--En efecto, señor don Manuel...

Llegaban al ancho portal de la casa de Bayo. Subieron los tres escalones de piedra, y Zavalla, guiando al maestro, entró sin llamar a una de las piezas laterales del ancho zaguán, iluminado apenas por un gran farol de hierro, pendiente del techo.

La pieza estaba desierta. Zavalla se sentó en el sofá, arreglándose los pliegues de su traje talar, y atrajo al maestro, cuidadosamente arrebujado.

Sobre una mesa redonda de mármol, con rojo pie de caoba, que estaba en el centro, ardían cuatro velas de esperma en un candelabro de plata.

En la pieza contigua sentíanse voces de hombre. Alguien que hablaba acaloradamente con voz timbrada y varonil que parecía que pudiera oírse desde la calle a través de las gruesas maderas de las puertas, al notar la presencia del recién llegado se calló y se asomó hasta donde acababan de buscar asiento Zavalla y don Serafín.

Era el doctor Pizarro, el ministro de Bayo.

Saludó muy sorprendido al nuevo visitante, y como Zavalla le hiciese una seña para que los dejara solos, se volvió, mientras don Serafín de pie formulaba sus salutaciones y sus excusas. Sintióse de nuevo su voz, más discreta. Escuchábasele con profunda atención, pues siendo varios los que allí estaban, sólo hablaba él, mas sus palabras no se percibían desde el rincón donde el maestro dedicaba toda su atención a lo que le iba diciendo Zavalla.

--¿Andan bien sus negocios, don Serafín? Con seguridad que el gobierno le adeuda algunos meses...

--¡Doce!...--suspiró el pedagogo.

Zavalla hizo un gesto de desaprobación.

--No está bien eso; pero ya me lo explico: se dicen tan graves cosas de usted...

Hizo una pausa llena de intención, mirando en las pupilas a su interlocutor, que maquinalmente sacó su reloj y se puso a darle cuerda.

--¡Son calumnias, señor don Manuel!--exclamó con un hilo de voz.--Si no fueran esas lecciones que doy en el Café del Plata, me habría muerto de hambre ya.

--Bueno, lo creo. Lo esencial es que esté vivo hasta ahora. Yo mismo hablaré hoy con el gobernador, para que le paguen el atraso, y le aumenten la subvención.

Don Serafín se acordó de Jarque, y sonrió con amargura. Con que se la pagaran sería bastante...

--¿Me espera un minuto?--díjole de pronto Zavalla, como si acabara de tener una inspiración.

Se levantó, dejando sentado al maestro, y fué hacia la pieza vecina, cuya puerta habían cerrado.

Don Serafín miró su magnífico reloj.

--¡Las siete! ¿qué dirá Rosarito de mi tardanza?

Era tan medida la existencia de Don Serafín, que cinco minutos de retraso en volver a su casa, alarmaban a la niña, la que sospechaba toda clase de peligros pendientes sobre aquel hombre bueno y tímido como un niño.

Pasado un rato, Zavalla volvió agitando un papel, cuya escritura fresca temía borronear.

--Con esto, mañana, podrá cobrar sus doce meses atrasados.

Don Serafín dió un salto.

--¡Los doce meses!--exclamó, calculando que al día siguiente sería poderoso, con aquellos atrasos cobrados de un golpe.

--Sí, los doce... ¿Me he engañado? era difícil, porque el erario anda flojo, pero hice valer un supremo argumento.

El maestro enarcó las cejas, poniéndose de pie al lado de su interlocutor que se agachó, murmurándole al oído:

--Le dije que necesitaba plata para el casamiento.

--¿El casamiento? ¿Qué casamiento?

Zavalla lo miró con una benévola sonrisa.

--¿A mí, que soy su padrino, me lo oculta?

--¡No comprendo!--balbuceó don Serafín, echando mano al reloj, como en todas sus sorpresas.

--Pero, don Serafín, si ya hay muchos que lo saben, que Rosarito se casa..

--¿Que Rosarito se casa?--interrogó en el colmo de la estupefacción el maestro.--¿Con quién dicen que se casa?

--Con Insúa, con Francisco Insúa, que ha venido a eso, a casarse...

El maestro sonrió con tristeza, deshecha su ilusión.

--No es verdad--dijo sacudiendo la cabeza.--Francisco no ha venido.

Y entonces Zavalla, simulando una gran sorpresa, exclamó:

--¿Que no ha venido Francisco? ¿Y entonces dónde está?

Don Serafín recapacitó un segundo, bajo la mirada inquisidora de Zavalla.

--En lo de doña Carmen de Borja, respondió.

--¿En la Casa de los Cuervos? Allí estuvo, pero ahora...

--Ahora, ahora está allí.

Cuando don Serafín, exultante de alegría, llegó un rato después a su casa, donde Rosarito le aguardaba con angustia, y le contó la escena, y le enseñó el papel que al día siguiente se trocaría en dinero y le refirió lo del comentado noviazgo, ella que lo escuchaba pálida, sospechando alguna intriga, juntó las manos:

--¡Oh, tata! ¿por qué le dijo dónde estaba Francisco?

Y sólo entonces comprendió el mísero don Serafín que había caído en una hábil celada, revelando el secreto de que en ese momento dependía la suerte de la revolución.

Insúa, en verdad, había vuelto y hacía un mes que se mantenía oculto en la Casa de los Cuervos. Eran contados y fieles los que sabían su paradero, y como aquel sitio fuera registrado vanamente dos veces, el gobernador, atendiendo a la protesta de su prima doña Carmen de Borja, había resuelto que no se la molestase más, ya que era inútil.

El caudillo, desde allí, al habla con los dos o tres que tenían los hilos del complot, en Santa Fe, preparaba el estallido, que debía producirse no bien don Patricio Cullen bajara del Norte, con sus montoneros.

Rosarito comprendió todo el alcance de la indiscreción de su padre. Ella conocía la Casa de los Cuervos, pues el año antes, en las vacaciones, Jarque los había llevado a los dos, por una breve temporada.

Sentóse junto a la mesa, sobre la cual ardía un humoso velón, cuya vacilante luz dejaba en densa tiniebla los extremos de aquella pieza, que aparecía más grande con la pobreza de sus muebles, y daba de lleno sobre su rostro inteligente.

Su padre la miraba arrepentido y ansioso, esperando la solución que ella le sugiriera.

--Tata--le dijo--si no se le avisa antes de mañana, lo habrán puesto preso. Lo buscan para enjuiciarlo; además quieren tenerlo en seguro para impedir la revolución.

Don Serafín asintió con la cabeza y continuó callado.

--Esta noche mismo yo me iré a la Casa de los Cuervos, y le avisaré para que huya.

Se paró, y su rostro quedó en la sombra, donde lucían sus ojos, como si estuvieran iluminados por la sola luz de su alma.

--¿Vas a ir?--gimió el maestro, que jamás se había separado de su hija.

--Sí, tata. Tenemos que salvarlo, y sólo yo puedo ir hoy mismo. Algún canoero me llevará. Antes del alba; saliendo ahora habré pasado la laguna, y en dos o tres horas más estaremos en la Casa de los Cuervos. Ningún piquete que no salga enseguida, podría adelantárseme. Si Dios me ayuda así lo salvaremos.

Don Serafín agachó la cabeza resignado. La niña se envolvió en su manto y se fué a la barraca de Fosco donde podrían informarle sobre un canoero de confianza.

Al pasar frente a Santo Domingo, sonaba el toque de ánimas, y aquellas campanadas lúgubres vibraron como si tocaran en su corazón, anunciándole próximas desgracias.

Se estremeció de terror, y para vencer su miedo, se santiguó y echó a correr.

II

El aviso

La tarde cayó como un velo ceniciento sobre el campo, cubierto de pajas sobre el río dormido, sin una arruga entre las inmóviles carrizas, sobre el alma de la niña, que se llenó de tristeza, viendo morir el último día en que aún pudo guardar su ilusión.

Esa mañana, al rayar el alba, había llegado, en efecto, a la Casa de los Cuervos, rendida, porque para abreviar la jornada y llegar antes que nadie, tuvo que ayudar al canoero.

La travesía de la laguna habíanla hecho, siguiendo la costa, con un buen viento que hinchaba alegremente la vela.

De cuando en cuando el canoero, sentado en el taco de popa, daba un golpe de pala para rectificar el rumbo de la embarcación. Ésta a veces tocaba el fondo gredoso, porque no siempre el agua era profunda; a veces la pala se hundía toda entera, y el canoero se quedaba tranquilo por un rato.

Rosarito al pie del mástil, arrebozada en un manto obscuro, temblando de frío y de ansiedad, miraba la costa, como una faja negra, y la vasta napa de agua agitada por el viento de la noche, que arrojaba sus olas negras contra las bordas de la canoa.

Cuando entraron en el arroyo de Leyes, la vela se desinfló. El viento calmaba, y allí apenas se sentía, resguardado el lugar por los tupidos sauzales de las orillas.

El canoero dejó la pala y tomó el botador.

--Usté, niña, si puede, ayúdeme con la pala, de proa.

Fueron las primeras palabras que pronunció. Parecía haber hecho dormido el viaje hasta entonces. Rosarito obedeció, sin darse cuenta de cuál podía ser el servicio que prestaran sus fuerzas. Pero remó con brío, desentumeciéndose con el ejercicio, sintiéndose luego jadeante, pero decidida a remar hasta que hubiera llegado, para que aquel hombre no se descorazonara en la extraña aventura.

No le había preguntado por qué viajaba de noche y sola. En aquellos tiempos de revoluciones, los hombres discretos no pretendían informarse de las cosas que no les atañían, por raras que le pareciesen.

Le pagaban bien y aunque era ruda la jornada, no tenía derecho de quejarse, cuando aquella niña se mostraba infatigable y valiente.

Bogaban cerca de la margen. Las altas hierbas acuáticas rozaban la borda, con un ruido de papeles ajados, y llegaban a poner su caricia húmeda y fría, por el rocío, en la mano de Rosarito, que se estremecía a su contacto.

La barca deslizábase dejando una estela en que se quebraba la luz de las estrellas, que empezaban a dormirse en el cielo, ante la cercanía del alba. El agua chapoteaba contra la costa gredosa, y aquel ruido monótono, mezclado al concierto nocturno de los grillos y de los camalotes podridos en el barro, iba anegando en somnolencia el pensamiento de la niña.

Dejó la pala y se sentó sobre el taco de proa. El manto que le cubría la espalda, caía fuera de la borda, mojándose una punta.

--Estoy cansada--dijo, como una disculpa.

--Ya me parecía que así había de ser--contestó el canoero dando un empellón más fuerte, como para mostrar que la canoa marchaba por él y no por ella.

Rosarito se adormeció temblando de frío, al dejar el violento ejercicio.

Ya no tenía miedo, ni del hombre que le acompañaba, ni de la noche que le envolvía, ni de las hierbas húmedas que le besaban la mano al pasar, con el contacto viscoso de una víbora o de un sapo. Una gran ilusión se levantaba en su corazón, como el lucero que en ese momento anunciaba el alba...

Cuando ella fuera hasta "él" y le dijera que había hecho aquel viaje descabellado, sin pensar en peligro ninguno, por anunciarle que debía huir, él, sin que ella hablara más, comprendería su amor y adivinaría el temple de su carácter, que la hacía digna de ser la mujer de un caudillo.

¿Pero en verdad, comprendería él que ella lo amaba, que lo había amado siempre?

Sintió en los labios el beso de aquella noche triste, en que oyendo las descargas de los soldados que se batían en la plaza, ella creyó morir. ¿Por qué la había besado antes de ir al combate si no era para decirle que también él la amaba?

Su ensueño duró hasta que llegaron a la Casa de los Cuervos, cuando la ceniza de la escarcha brillaba sobre los campos a la luz de la aurora.

El canoero, que conocía el lugar, dijo:

--Aquí es.

Y Rosarito se levantó de golpe, pensando que podía hallar a Insúa al saltar a tierra.

Todo el campo aparecía como sembrado de sal, y más que en el frío, mostrábase el invierno en la ausencia de los pájaros, y en el gran silencio que reinaba sobre la tierra despierta ya.

Sólo en las casas sentíase el ruido que hacía un peón, martillando un freno, que se había doblado; y en la isla de enfrente la algarabía áspera de las gallinetas y de los chajás, que saludaban al nuevo sol que empezaba a salir.

Llegó el capataz, al oír ladrar los perros, y Rosarito preguntó por Insúa, y tuvo que explicarle de qué se trataba, para que el desconfiado campesino los hiciera pasar hasta el patio de los naranjos, donde ella vió los cuervos, que daban nombre a la estancia. Los dos pajarracos, posados en el suelo, devoraban su ración de la mañana, antes de salir al campo de las ovejas. Al pasar Rosarito se levantaron, y ella sintió el viento y el tufo que arrojaban sus alas.

No pensó en nada triste, porque allí estaba Insúa, que la habló, inmensamente sorprendido de verla.

--¿Qué hay?

Y ella le contó. Y él quiso ver entonces la canoa en que había venido, y fueron los dos hasta la orilla del río, y bajaron la barranca. Ya no estaba el canoero, que había ido hasta las casas con el capataz, pero la pequeña embarcación, con la proa en tierra, parecía reposar de su larga jornada, junto al bote de Gabriela que se balanceaba en el agua.

Insúa comprendió la suma de valor y de destreza que había gastado la niña en su aventura. Se volvió a ella, que estaba a su lado, estremecida, esperando aquella palabra con que había venido soñando.

Mas no la dijo. Le apretó la mano.

--Gracias, Rosarito. Voy a salir enseguida, porque ellos no tardarán.

Subieron hasta las casas, juntos los dos. Rosarito silenciosa y desencantada; él contándole a grandes rasgos lo que podía decirse de la revolución que preparaban, y que estaba fijada para algunos días después.

Recibida con afecto en la Casa de los Cuervos, la hija del maestro empezó a comprender qué sortilegio había apresado aquella alma errante, que ella perseguía con amor hacía tantos años.

En pocos minutos se hicieron los preparativos de la fuga. Alarcón ensilló los caballos y cuando todo estaba listo, Rosarito vió a Insúa apartarse con Gabriela, siguiendo la calle de los eucaliptus, sombría a pesar de los rayos oblicuos del sol que se filtraba por entre sus troncos; y sus ojos se abrieron a la triste verdad.

No pudo esconder sus lágrimas, cuando los vió venir. Pensó que él la habría besado, como en aquella noche inolvidable en que él le robó un beso para que le sirviera de talismán en la batalla.

--¿Por qué lloras, Rosarito?--le preguntó él, subiendo a caballo.--No hay peligro para mí; no se ha fundido la bala que ha de matarme...

--¡Que Dios te bendiga!--le dijo, como una madre o como una hermana.

Él partió al galope seguido de Alarcón. Gabriela se había entrado. La silueta severa de doña Carmen de Borja, que un momento se pintara en la galería, bañada de sol, desapareció como una sombra.

Cumplida su misión Rosarito pensó volverse, mas no la dejaron, haciéndola ver que si la gente del gobierno, que sin duda vigilaba el río, la veía pasar en canoa, adivinaría que ella había sido la mensajera, y expondría a su padre a persecuciones o venganzas.

Haría mejor en aguardar dos o tres días antes de partir, y entonces se iría en volanta, lo cual se prestaría a menos sospechas.

Accedió, y esa tarde fué sola hasta la barranca, a despedir el canoero que se volvía, y cuando él partió, ella se quedó mirando cómo se entraba aquel sol que esa mañana vió salir, con una extrema ilusión.

A lo lejos el monte quieto, iba espesando su faja sombría. El grito de una lechuza, a la puerta de su cueva, rompía el gran silencio, apenas turbado por el melancólico rumor del río.

Sobre las nubes cobrizas de Occidente, el sol parecía un enorme sello de lacre, que teñía el cielo con un reflejo cárdeno.

Callaba el viento, que durante todo el día había silbado en los duros espartillos del campo, pero a ratos la brisa del río, con un frío aletazo, hacía temblar a la niña, que miraba las cosas, poniendo en cada una un poco de su tristeza.

Se echó a llorar, sentada en el bote de Gabriela, que parecía una gaviota dormida.

No sintió correr el tiempo. Cuando la fueron a llamar era de noche, y en el árbol seco dormían ya los cuervos.

III

El incendio del garzal

Aquella zona de la costa, que el río inunda cuando crece o que las lluvias anegan, transformándola en un lago inmenso, de escasa profundidad, debía ser el pasaje de las montoneras revolucionarias, y el gobierno continuamente destacaba piquetes que la vigilaran.

La tarea no era fácil. Saliéndose del camino de Helvecia, que cruzaba por allí, el terreno era liso como un plato, sin monte, sino a lo lejos, pero cubierto de pajales, tupidos y altos, donde se guarecía la hacienda matrera, y donde podía esconderse perfectamente un hombre a caballo.

Acercarse a aquellas isletas sospechosas, con aire de ir a explorarlas, era exponerse a recibir una bala de un enemigo invisible.

A fines de Junio del año 77, los lugares que se inundaron por las lluvias estaban secos, pues hacía tres meses que no llovía y se habían transformado en un escondrijo admirable para el gauchaje alzado, que merodeaba por aquellos lugares viviendo de rapiñas y pernoctando en los pajales misteriosos, llenos de extraños rumores en los días de viento.

Los mismos soldados del gobierno, en ciertas ocasiones aprovechaban el fácil escondrijo, ya para hacer noche, ya para observar sin ser vistos, a los viajeros que podían pasar por el camino.

Y así fué como Insúa y Alarcón, que vadearon el río buscando el mejor camino para la estancia de "Los Algarrobos", donde esperaban reunirse con Cullen, estuvieron a punto de caer en poder de uno de los piquetes que vigilaban las costas.

Cuando la partida gubernista los vió pasar por el camino limpio, de lejos reconoció al caudillo revolucionario, cuyo poncho blanco de vicuña flotaba a sus espaldas como un albornoz.

--¡Son ellos!--dijo el jefe.--¡Vamos, muchachos!

Crujieron las pajas, tronchadas por los cascos de las cabalgaduras y surgió sobre el camino la figura salvaje de los seis hombres que componían la partida, vestidos a medias de militares y a medias de gauchos.

Insúa y su compañero, que se alejaban al trote, resguardados por un pequeño monte de chañares, que en aquel sitio obligaba al camino a hacer un recodo, sintieron el ruido a sus espaldas, y a través de los árboles vieron la avalancha de hombres que se lanzaba sobre ellos.

El pensamiento de echar pie a tierra y contener a balazos a los seis policianos, fué el primer recurso que se le ofreció al revolucionario. Pero sólo Alarcón tenía su carabina. Él llevaba su revólver, ineficaz a esa distancia para un blanco tan movible como el que presentaban sus adversarios, lanzados al galope.

Además, todos ellos, armados de carabinas, habrían podido con más éxito contestar su agresión.

--¿Es bueno tu caballo?--preguntó a su compañero que montaba un zaino obscuro.