La Casa de los Cuervos

Part 12

Chapter 124,174 wordsPublic domain

Hablaba despacio, con voz monótona, pero se adivinaba en sus ojos chispeantes, a pesar de la calma de sus facciones, la sagacidad del paisano, que lee las intenciones en la cara más impasible.

Un momento Insúa había tenido la intención de quedarse en la Casa de los Cuervos para ganar mejor aquella alma que se venía a él, y averiguar si doña Carmen de Borja, huraña con él, se negaría a darle su hija. Mas al oír hablar al ovejero comprendió que el gobierno estaba sobre su pista, y que José Golondrina servía sus planes. Tenían, sin duda, la consigna de llevarle vivo o muerto, y aunque habría sido su gusto pelear contra la patrulla que sin duda acompañaba al indio, cedió al pedido de Gabriela que mandaba ya en él, y resolvió huir, dejando la promesa de volver y llevando la gran esperanza que ella había encendido en su corazón.

Y así, cuando estuvieron ensillados los caballos, besó la mano que Gabriela le tendía, y con el capataz que había de guiarles hasta el vado, en donde estaba la canoa para pasar el río, crecido aún, partieron al galope, haciendo resonar en la noche la tierra endurecida por la helada.

Gabriela siguió con la mirada ansiosa las siluetas que pronto se perdieron en la sombra.

Estaba próxima el alba y ya los cuervos revoloteaban desde su árbol al corral de las ovejas, que empezaban a balar, por el frío de la madrugada, y al entrar en la galería, sintió Gabriela el susurro de las alas de uno de ellos que pasaba rozando el muro.

VI

Sobre las huellas de Insúa

A pie, cruzando por los atajos del monte, en la niebla precursora del alba, llegó ñor Basilio, el ovejero, al rancho en que vivía solo, desde hacía veinte años.

De lejos vió la llama del hogar, encendido por su huésped de esa noche. Cuando entró, hallólo sentado sobre la osamenta de una cabeza de vaca, atizando el fuego que ardía sobre el suelo de tierra en medio del rancho. En una "pava" de hierro, ennegrecida por el hollín, empezaba a calentarse el agua para el mate.

--¡Buenos días!--se dijeron sin mucha efusión.

Ñor Basilio sacó de un rincón una especie de morral de cuero, donde guardaba la yerba y el azúcar, tomó el mate, vaciado de la yerba vieja, y empezó a cebar, tasando con escrúpulo, los ingredientes del rico desayuno. Era sumamente pobre, cuidaba de la majada a un tanto por ciento en las crías, y sólo cuando vendía la lana de la esquila, hacíase de algún dinerillo para yerba y azúcar. Tabaco no compraba; cultivábalo él mismo en un cuadrito rodeado de ramillas para librarlo de algunas gallinas que a esa hora empezaban a esponjarse, ante el día que llegaba, en una ramadita a la vera del rancho.

José Golondrina, silencioso, sentado en la osamenta, miraba ir y venir al ovejero que preparaba el mate. Lo vió ponerse en cluquillas al lado del fuego, y coger la pava, que borbotaba con el hervor del agua, y brindarle enseguida el primer mate.

--¡Sírvase!

El indio, callado siempre, sorbió el contenido del mate, y al devolver la pequeña vasija, lustrada por los años de uso, dijo a ñor Basilio con una leve intención:

--Yo soy madrugador, pero usté me gana.

--Así parece,--contestó el otro.

--Esa sendita que se ve entre las pajas, ¿va a la Casa de los Cuervos?--y señalaba una raya clara trazada en el pastizal.

--¿Tiene viaje para allá?--interrogó el viejo.

El indio movió la cabeza sin decir nada.

--Si quiere lo acompaño para que no se pierda en el monte.

--No he de perderme--respondió José Golondrina.--Yo soy baqueano de estos campos, aunque hace años no vengo.

--Nunca lo vide por aquí--observó el ovejero, dándole otro mate.

El indio se puso de pie y salió del rancho. Afuera ya el alba iluminaba el paisaje con su luz cenicienta.

Una bandada de patos "siririses", pasó silbando por encima del rancho, y José Golondrina se estremeció, porque era un buen cazador al vuelo.

--Qué tiro se ha perdido--dijo; mas no oyó que ñor Basilio le contestara nada. De cuando en cuando se miraban los dos, como si el uno desconfiara del otro. Cuando se encontraba con los pequeños ojuelos interrogadores del dueño del rancho, bajaba la cabeza, como si algo se le hubiera caído.

--Voy a ensillar--dijo, concluyendo el tercer mate, que tomó arrimado a la puerta.

En ese momento, sobre la nítida raya del horizonte, sobre la infinita llanura de la isla de enfrente, apareció el disco rojo del sol, y el inmenso paisaje pareció vibrar herido por su luz.

El gallo cantó batiendo ruidosamente las alas, y escarbando la tierra dura como una arcilla quemada, frente a la puerta del rancho.

Ñor Basilio salió con el mate en la mano, para espiar las andanzas de su huésped. Por lo que había oído esa noche, el personaje no era de mucha confianza.

Lo vió cruzar el pajonal, que ondulaba al sol, con reflejos plateados. A lo lejos, a un tiro de fusil, en la orilla del monte, se veía el caballo que dejara el indio, maneado y sin freno, para que paciera a su gusto en la noche, alerta, relinchando al dueño que se le acercaba.

José Golondrina lo enfrenó, quitóle la manea, y montó en pelo, para ir hasta el rancho, en busca de su apero, que le sirvió de cama. Antes, sin embargo, se internó en el monte, obscuro aún con la sombra alargada de los árboles.

--Va a avisar a los compañeros--pensó el viejo.--Este hombre anda en malas andanzas. Que Dios lo ayude.

Y se metió de nuevo en el rancho, satisfecho de haber llegado a constatar que el indio no andaba solo.

Media hora después, cuatro hombres a caballo, cruzaban el tupido algarrobal, siguiendo un sendero abierto entre la hierba profusa, por el paso de hacienda, en dirección a la Casa de los Cuervos.

Uno de ellos, José Golondrina, marchaba adelante de los otros, sirviéndoles de guía.

Eran dos soldados, sin otro distintivo que la gorra, el sable y carabina, y un alférez, jovencito y rubio, como un extranjero, embozado en una capa de paño azul, con forro de bayeta roja, por debajo de cuyos bordes aparecía la extremidad de la espada.

--Dicen que es bonita la viuda de Jarque--díjole sonriendo uno de los hombres que marchaba a su lado.

El alférez, que venía pensando en ello, alzó la voz dirigiéndose a José Golondrina, que apenas se volvió:

--¿Quién la conoce? ¿Vos, indio?

--No, mi alférez.

--Es lástima; podrías darme datos.

Siguieron al trote, distinguiéndose del ruido sordo de los cascos en la hierba ennegrecida por la helada de la noche, el ruido de los sables que se golpeaban.

José Golondrina revolvía sus viejas memorias. Pensaba en su tribu, en su obscuro destino, en su fortuna, si aquel hombre, que iban a buscar moría.

Había hablado con el gobernador Bayo en la ciudad, y sin confiarle el motivo de su odio, habíase hecho el eje de la persecución del gobierno contra Insúa, de cuya existencia tenían ya indicios seguros.

En la noche de la revolución, él, que hiciera fuego sobre su jefe, debió huir y refugiarse en la primera casa, cuyas tapias pudo saltar, para escapar a la saña de los milicianos vencedores, que pasaban sableando a los revolucionarios fugitivos.

Aquella casa era de los parientes que dieron hospedaje a doña Carmen de Borja, cuando llegó de la estancia para enterrar a su hijo, que allí se veló.

En el tumulto de la gente que acudió el primer día, pasó el indio inadvertido, pero después lo apresaron, y entonces aprovechando la circunstancia de conocer el secreto de la muerte de Carmelo Borja, por lo que oyera la noche de la revolución, logró hablar con su madre, y revelóselo, y en cambio de aquella revelación que había de ser la pesadilla de la infeliz mujer, le pidió que hablara a Bayo en su nombre, para que le dejaran libre.

Cuatro días pasó en un calabozo, con las piernas en la barra de grillos, solo, temblando de frío, cuando una mañana, el gobernador en persona, llegó hasta su prisión deseoso de hablarle.

Sabíase de la muerte de Insúa, mas no se había dado aún con su cadáver, por lo cual, José Golondrina, que era desconfiado y astuto, tuvo la sospecha de que había escapado vivo de sus perseguidores, para quienes la noticia de que habían logrado concluir con el temido caudillo fué ocasión de un premio.

--No debe haber muerto--dijo el indio al Gobernador, que le escuchaba de pie, junto a la barra de grillos.--Si el señor quiere, yo daré con él.

--Si está vivo--contestó Bayo.--¿Y si está muerto?

--Daré lo mismo con su cuerpo.

El aire sombrío e inteligente del preso, interesó a Bayo, que lo mandó poner en libertad, y le encargó de la pesquisa.

Con una patrulla recorrió José Golondrina el río, la laguna, los sauzales de las islas, y llegó hasta la Casa de los Cuervos, cuando Insúa estaba allí, luchando aún con la muerte.

Doña Carmen de Borja habló con el indio, disipando su sospecha, y él la creyó porque nunca habría imaginado que aquella mujer que tenía los ojos enrojecidos de llorar a su hijo, escondiera en su misma casa al matador.

Algunos días después José Golondrina, de quien el gobernador Bayo no estaba muy satisfecho, entró en la casa de Montarón, como peón para los servicios pesados, partir leña, traer agua del río, cuidar la huerta. Nadie sabía allí de dónde venía: contó una historia y le creyeron.

Era sumiso y callado e inspiraba confianza, y él, poco a poco, atisbando con astucia, se enteraba de algunos importantes secretos que a nadie confiaba, mientras no llegara la hora.

Don Patricio Cullen iba con escasa frecuencia, mas conocíase que la relación era estrecha y cultivada entre Montarón y él. José Golondrina más de una vez llevó mensajes de éste, que ahorraban una visita.

A ninguno de los dos les había desengañado el fracaso. Por el contrario, su pasión política se exacerbó ante la derrota, y aprovechando las nuevas circunstancias, en que la muerte de Jarque dejaba las cosas, no bien recibieron noticias de que Insúa vivía, empezaron a tramar una nueva revolución.

José Golondrina seguía de cerca la conjuración. Así tuvo noticias de Insúa, aunque no llegó a saber cuál era su paradero.

Y fué entonces cuando la astucia del indio le procuró el más eficaz de sus colaboradores, para aquella empresa de odio que tramaba.

Syra permanecía en casa de sus padres, aunque en los primeros días huyera de ella. Mas no tenía trato con nadie. Aislada, voluntariamente, en su cuarto, dejaba correr su vida en una sombría tristeza, llena de rencor y guardando en su alma apasionada la memoria del muerto, cuya sangre, en su traje de baile, que solía ponerse a solas, le pedía venganza.

El indio se enteró de la historia de la joven, y vió que podría hacerla servir admirablemente sus planes, sin que lo advirtiera, y empezó a rondar en su cercanía para que le tomara apego.

Así estaban las cosas, cuando un día, Cullen en una visita a Montarón, dejó escapar el nombre de la Casa de los Cuervos, en momentos en que se acercaba el indio, que les servía el mate. Por el tono de la voz, por la alarma que pareció causarles el que alguien hubiera oído aquello, comprendió José Golondrina que doña Carmen de Borja le había engañado cuando él fué a la Casa de los Cuervos en busca del capitán.

Y resolvió ir otra vez. Salió esa noche de la casa de Montarón, sin ser visto, y fué a ver a Bayo, y le prometió de nuevo dar con el paradero del perseguido caudillo, el único de los jefes de la revolución contra el cual podía hacerse un proceso que cortara para siempre en él la vocación revolucionaria.

Bayo, que vivía intranquilo, rodeado de enemigos, contra los cuales no tenía pruebas, aceptó la propuesta del indio, y mandó con él aquellos tres hombres que pasaron la noche en las cercanías del rancho de ñor Basilio.

El sendero que seguían por entre el monte llegó pronto al bañado, que se extendía a mitad del camino entre el rancho del ovejero y la Casa de los Cuervos. Cuando llegaron allí, se lanzaron al galope, el alférez y sus dos hombres adelante, el indio José detrás, mirando con ojo experto los campos y las haciendas que hallaban al paso.

De pronto dió un grito. En el bañado, entre la caballada que pacía las hierbas altas y frescas, nacidas en aquel suelo empapado, divisó el caballo de Insúa, el mismo en que huyó la noche de la revolución, un tostado magnífico, de largas clinas, descarnado y musculoso, que su dueño al partir esa noche había dejado en la estancia a fin de tenerlo cerca de la ciudad, para la próxima campaña.

Creyó que era eso señal evidente de que el capitán estaba allí, y como los hombres que galopaban adelante no se hubieran dado cuenta de su exclamación, no dijo nada, y llegaron así a la Casa de los Cuervos.

La irrupción de aquellos cuatro hombres armados en el patio de los eucaliptus, provocó grande alarma. Ladraron violentamente los perros, los sirvientes corrieron adentro, en busca del ama, que salió al rato, cuando ya el alférez había echado pie a tierra ahuyentando los canes a rebencazos, como dueño y señor de la morada.

El gesto severo de doña Carmen de Borja le impuso mayor respeto. Habló, no obstante, con altanería:

--Veníamos en busca de Francisco Insúa.

--Aquí no está--respondió secamente la dama.

--El gobierno sabe que aquí se esconde.

--Se equivoca el gobierno.

--Tiene denuncias, señora.

--Lo han engañado.

Apareció Gabriela en ese momento, al lado de su madre, asustada ante aquella violencia, por la suerte del hombre que amaba, y a quien podían aún perseguir y alcanzar en el campo.

--¡Mama! que registren, que pierdan tiempo--dijo hablando al oído a doña Carmen.

El alférez, al ver a Gabriela, había cambiado de actitud y se aproximaba almibarado y lleno de disculpas:

--Quizás sea así, señora; pero esas denuncias lo obligan a proceder en esta forma, y yo no podría evitarlo.

Había llegado hasta la galería, donde estaban ambas mujeres, de pie, cuando José Golondrina, que estudiaba ávidamente la cara ansiosa de Gabriela, se acercó bruscamente, y dijo con sonrisa maligna:

--Mi alférez, diga usted que hemos visto el caballo del capitán comiendo en el bañado.

La joven juntó las manos llena de angustia, creyendo que Insúa se hubiera detenido en el monte con algún propósito que no sospechaba, y hubiera soltado su caballo.

Pero el indio explicó, mirándola siempre con una mirada que le entraba en el alma como una hoja fría:

--El tostado malacara; lo acabo de ver yo, que lo conozco bien.

El indio vió animarse las facciones de Gabriela, y pensó que aquella hermosa mujer habría sido una reina digna para su tribu, si algún día se cumplía la palabra de la adivina.

--Mama, que registren--dijo Gabriela.

--Vos, José Golondrina--observó duramente doña Carmen--ya has venido a mi casa en busca de lo mismo: ¿qué hallaste?

--Su merced disculpe--respondió el indio, bajando al suelo sus ojos obscuros y maliciosos;--yo era mandado entonces y ahora. Me dicen que busque y busco.

Echó pie a tierra, sonándole el sable y las espuelas de anchas rodajas de plata. Un poncho de lana gruesa le cubría, arrastrando los flecos.

El alférez habría deseado quedar bien con aquella familia por merecer de Gabriela una buena palabra que algún día le sirviera para tornar a la casa. Pero aquel indio, mal dispuesto, podía perderle, y se resolvió a ordenar el registro.

--Es un nuevo agravio que se me hace--protestó doña Carmen de Borja--y yo me quejaré a mi primo el Gobernador.

--Él lo ha ordenado--observó el indio.

--¡Miserable!--contestóle ella en secreto, de modo que sólo él la oyera--yo te salvé de la barra, y es la segunda vez que asaltan mi casa, por denuncias tuyas.

El indio sonrió y pasó la puerta que le abrían para comenzar el registro.

En el cuarto, frente al árbol de los cuervos donde hasta el día antes estuviera Insúa, halló a Gabriela, que huía del alférez cuyas insinuantes miradas le sublevaban.

--No lo hallarán--dijo la joven con ira--porque no está aquí.

José Golondrina que registraba los rincones, se volvió a ella, y le dijo espiando su actitud:

--¡Mejor para él!

--¿Por qué? Yo no lo conozco, pero sé que sabría defenderse, porque es un hombre valiente.

--Peor para él, entonces, porque tendríamos que matarle.

Gabriela se inmutó.

--Esa es la orden--dijo el indio observando aquella impresión.

--¡Oh!--exclamó la joven intensamente pálida:--¿Es posible que se den esas órdenes?

José Golondrina sonrió y Gabriela comprendió, por la malevolencia de su sonrisa, que había adivinado el secreto de su alma. Se quedaron silenciosos un instante: ella sentía crecer la angustia de su corazón, ante la mirada penetrante de aquel hombre, mas no se atrevía a alejarse, por miedo de provocar su encono. Habría deseado, por el contrario, hallar una palabra que aplacara su odio contra el hombre que ella amaba.

--¿Por qué lo persiguen?--se animó a decir.

El indio no respondió, siguió sonriendo, con amarga ironía.

--¿Le ha hecho a usted algún mal?--insistió la joven.

Él contestó que no, moviendo la cabeza, y sonriendo siempre.

--Entonces, ¿por qué lo odia y quiere matarle?

El indio habló despacio, con indefinible tristeza en la voz:

--¿Por qué si no lo conoce lo defiende? ¿No comprende que los hombres que la sigan y la vean como yo, van a odiarlo a él, sólo porque usted parece enamorada?

Gabriela tembló. ¿Lo amaba tanto en verdad que ya hasta los ojos extraños adivinaban su amor?

José Golondrina se acercó a ella:

--¿No ve, niña, que quien la vea la ha de querer y se ha de poner celoso de que usted lo defienda?

Había desaparecido de sus torvas facciones el gesto que hacía desconfiar de él, y sólo se notaba la emoción con que decía algo que era como una confesión de amor.

Gabriela, que temía al indio, por Insúa más que por ella, aún aterrorizada por aquella palabra, no quiso alejarse, y oyó al indio que le dijo:

--Es la tercera ocasión que me llego a esta casa, y no es la primera vez que la veo. ¿No sabe, niña, que un hombre puede llegar a querer con sólo una vez que encuentre a una mujer?

--No hable así--respondióle Gabriela acercándose a la puerta;--le diré al alférez que usted ha venido no a buscar a un revolucionario sino a conquistar a una mujer.

José Golondrina volvió a sonreír.

--También él hubiera hecho lo mismo si la hubiera visto como yo pidiendo perdón por un hombre que no es su marido...

--¡Yo no he pedido perdón!

--Ni su hermano...

--Yo no he pedido perdón para él que es valiente--protestó Gabriela, temiendo que el indio aludiendo a su marido y a su hermano, quisiera hacerle saber que conocía quién les había dado muerte. Se sintieron pasos en la pieza vecina.

El indio se le acercó; ella fué a abrir la puerta; pero él con un gesto la detuvo y le dijo:

--No tenga miedo de mí.

--No, no tengo,--respondió ella con orgullo--¡no tengo miedo de nadie!

--Ni por usted ni por él...

Oyó apenas la palabra, mas se inflamó la esperanza de que si ganaba el corazón de aquel hombre, pudiera proteger mejor la vida de Insúa en peligro.

--Ni por él--repitió el indio mirándola fijamente, como si con la respuesta que ella iba a dar con su palabra o con sus acciones, pendiera toda su suerte.

Y cuando ella, sin hablar, mostró en sus ojos cuánto le complacía la seguridad que él le brindaba, y cuánto amaba al caudillo revolucionario, el indio se echó a reír con amargura, como si al adueñarse del secreto de ella, se esfumara su propia esperanza. Alargó la mano obscura y nerviosa y la cogió con fuerza de un brazo.

Ella gritó. Él cerró con violencia la puerta que ella abriera, y le dijo al oído, quemándola con su aliento:

--¡Está enamorada, enamorada de él! ¡Qué miseria! ¿No sabe que él...?

Llena de miedo y de horror Gabriela se echó atrás a tiempo que se abría la puerta y entraba don Julián, el cura, como un ventarrón atraído por el grito de ella.

Sonaron dos bofetadas.

--¡Miserable!--rugió el cura.

El indio, doblegado por aquel brazo hercúleo que se abatía sobre él, soltó a Gabriela, y se incorporó, con el odio pintado en el rostro cárdeno como un verdugón.

Le temblaron los labios, descoloridos: no pudo hablar, y sólo cuando salió de la pieza, logró dominar su cólera salvaje, y dijo sordamente volviéndose al cura, que atendía a Gabriela, desmayada en el suelo:

--¡Ah, la mala mujer! Yo seré la venganza de ellos, y ella será mi esclava... Nadie le oyó; por toda la casa circulaban los soldados registrando minuciosamente los últimos rincones para dar con el caudillo.

En el patio, doña Carmen de Borja contestaba con dureza las preguntas del alférez.

Un instante le azotó el alma el recuerdo de su hijo muerto por el hombre sobre cuyos pasos podía ella poner a la justicia que lo perseguía. Pero fué un aletazo negro, como el que en la noche siniestra de la revolución, le anunció su desgracia.

Cuando los soldados partieron desengañados, después de registrar la casa, la silueta severa de la dama quedó un rato en el mismo sitio, mirándolos alejarse.

--¡Dios mío, qué horror!--exclamó entrándose.--¡Yo lo perdono y ella lo ama!

TERCERA PARTE

I

En la casa de Bayo

Jarque se había llevado a la tumba el peligroso secreto de don Serafín Aldabas, en cuya escuela se reunían, los conjurados, para la revolución de Marzo. Y a esa discreción, impuesta por la muerte, debió sin duda el maestro, el que no se suprimiera la modesta pensión del gobierno, que le hacía vivir.

Pero los apuros del erario provincial agraváronse hacia mediados del año 77, y de nuevo empezaron a acumularse los meses impagos, y a ver el mísero don Serafín crecer su deuda en el boliche del catalán.

Menos mal que a la vuelta de la escuela, en el Café del Plata, frente a la plaza 25 de Mayo, tenía dos alumnas, a quienes daba lecciones a domicilio: y si bien sus ganancias no eran gran cosa, su situación de maestro otorgábale crédito en el negocio, lo que le permitía sacar al fiado algunos comestibles, en los momentos de apuro, cuando su Rosarito le sonreía, advirtiéndole que estaban obligados a vivir de "mazamorra" hasta que Dios quisiera.

Ocurría, sin embargo, un fenómeno, causa de hondas preocupaciones para el inocente maestro de escuela.

El Café del Plata era el nidal de los opositores.

En el buen tiempo, su patio encuadrado por la galería de tejas, sombreado por hermosos naranjos, que le daban más carácter nacional que los malos cromos de la batalla de Caseros, con que su dueño había adornado las paredes, congregaba a los enemigos del gobierno, que buscaban en aquellas tertulias una ocasión de hablar mal contra los hombres del Cabildo.

La oposición al gobierno de don Servando Bayo, detrás del cual se notaba la mano de hierro, enguantada de seda, del doctor Iriondo, había agrupado a las familias más distinguidas de Santa Fe, en torno de don Patricio Cullen, y aunque en el grupo figuraran muchos hombres de convicciones católicas, predominaba una tendencia contraria, que justificaba el nombre de "liberales", adoptado por ellos, en la lucha política.

El gobierno, por su parte, gozaba de grandes prestigios ante el pueblo, donde se imponía la figura de Iriondo, seductora y enérgica.

Don Serafín había observado que cuando sus angustias crecían, porque no le pagaban la pensión, aumentaba su crédito en el Café del Plata. Más, parecíale haber observado, también, que se agravaron grandemente las dificultades que experimentaba para cobrar del gobierno, con su entrada a la casa, aunque era notorio que no iba como conspirador.

De donde para el maestro surgía un formidable problema: ¿aquéllos no me pagan, porque éstos me ayudan, o me ayudan éstos porque aquéllos no me pagan?

Cada tarde al entrar al café, por la sala de la calle que cruzaba con paso blando y presuroso, como para que si había algún espía comprendiera que él no era un conspirador, proponíase el mismo problema, miraba el reloj, buscando la respuesta, y volvía a guardarlo, resignado a su confusión.

Anclado así de proa y de popa, seguía viviendo mísera y apaciblemente, sin otro horizonte que su escuela ni más ilusiones que sonreír a Rosarito, cuyos ojos profundos y dulces jamás desmentían sus sonrisas.

¡Ah, su hija! cómo había sabido acolchar su miseria para hacérsela amable. Por ella vivía y para ella quería vivir, sin saber bien qué podía hacer él para hacerla feliz.