La Casa de los Cuervos

Part 14

Chapter 144,041 wordsPublic domain

--Es de "Los Algarrobos"--contestó simplemente Alarcón, haciendo el elogio, porque don Patricio Cullen tenía en su estancia una cría de caballos muy acreditada.

--Castigá entonces--díjole Insúa que montaba su famoso tostado.

Y los dos, agachados sobre el cuello de sus cabalgaduras, empezaron una carrera frenética que había de durar mientras los otros no cejaran en su persecución.

El montecito de chañares les salvó del tiroteo que los perseguidores pudieron dirigirles al sorprenderlos a menos de medio tiro de rémington; y cuando, más allá, el obstáculo desapareció, la distancia había aumentado sensiblemente, dificultando la puntería.

Pronto sintieron el silbido de las balas.

Insúa se echó a reír, espoleando su caballo.

--No está fundida la que me ha de matar--dijo repitiendo las palabras que había dicho a Rosarito.

Tenía fe en su estrella. Alarcón, sin embargo, serio y triste, le respondió:

--Toda la noche he sentido graznar a los cuervos. Dicen que eso anuncia desgracia.

Pronto dos de los perseguidores, mal montados, fueron quedándose atrás. Se detuvieron, abandonando la partida, echaron pie a tierra y hubieran comenzado el fuego en condiciones mejores, si sus propios compañeros que corrían sobre la misma línea del camino, detrás de los dos revolucionarios que huían a quinientos metros de distancia, no los hubieran defendido cubriéndolos con sus cuerpos.

--¡Que Dios los ayude!--dijo uno, dejando el fusil y poniéndose a arreglar el apero de su caballo, que humeaba sudoroso.--Van bien montados y no los alcanzaremos.

La persecución duró algunos minutos más. Sobre el camino blanco brillaba al sol una prolongada nube de polvo, que señalaba el paso de los hombres. No había viento y quedaba flotando extenso rato a lo largo de los pajales verdes.

El jefe de la partida, sintiendo que su mismo caballo empezaba a aflojar, y viendo cada vez más distantes a los dos fugitivos, soltó una maldición y se detuvo.

--¡Alto!--dijo--¡a esos no los alcanzan ni las balas! Llevan caballos de la marca de Cullen.

--O de la de Insúa--respondió uno de los soldados--el tostado del capitán es de su estancia del norte. Yo lo conozco; tiene fama de ser el mejor parejero de estos pagos...

Durante algunos minutos, parados en el camino, siguieron con la vista el pequeño grupo de los revolucionarios, que se iba achicando, hasta que desapareció entre el polvo del camino y los pajales.

--Los cuervos han mentido--dijo Insúa a Alarcón, conteniendo su caballo, al notar que sus perseguidores habían renunciado a alcanzarlos.

--Falta mucho para que se entre el sol--observó Alarcón.--Además, lo que no sucede hoy, sucede mañana.

--¿Estás con miedo?

--No, mi capitán.

--No hablés entonces de cosas tristes.

Siguieron al tranco, refrenando sus corceles enardecidos por aquella media hora de fuga frenética.

Insúa pensaba que la partida que lo había sorprendido no debía ser la única apostada en el camino de "Los Algarrobos", y que siguiéndolo corrían el riesgo de tropezar con alguna otra de la cual no pudieran evadirse con tanta fortuna.

Los caballos hacia el mediodía necesitaban descansar.

Estaban a la altura de Mocoretá, lugar aislado, entre el Saladillo y los bañados de la costa del río San Javier. Llegándose hasta allí podrían tomar un camino menos peligroso, a través del Campo del Medio, tierra de amigos, que confinaba con la colonia Helvecia, donde Insúa contaba con el mejor núcleo de gente para la revolución, los colonos suizos, tiradores eximios, comprometidos a levantarse y a seguir a Insúa, cuando don Patricio Cullen les diera la señal que aguardaban hacía tiempo.

Insúa y su compañero seguían a lo largo del Saladillo tortuoso, cuya margen escarpada en aquella altura, estaba poblada de bosques enmarañados, de algarrobos y ñandubays. Galopaban buscando "los limpios", y en el profundo silencio que bajo la comba de los árboles reinaba como un tácito gesto del invierno, no se oía, aparte de las sordas pisadas de los caballos, más que el crujido de alguna rama demasiado seca, desgajándose sobre la tierra cubierta de musgo.

De pronto gritó una lechuza, y Alarcón, que sabía interpretar los mil indicios del monte, se detuvo y dijo en voz baja:

--Debe de haber algún rancho por aquí.

Insúa asintió y comenzaron a marchar al tranco, prestando oído a cuanto rumor sospechoso llegaba hasta ellos.

La lechuza gritó de nuevo, y Alarcón echó pie a tierra, se acostó y miró en la dirección de su grito por debajo de los árboles.

--Hay un rancho--dijo--como a dos cuadras de aquí.

Volvió a montar. El rancho quedaba entre ellos y el río. Si habían de cruzar éste para llegar a Mocoretá, les era menester seguir la costa, buscando un vado.

Aquella habitación humana, que no conocían, se les hizo sospechosa.

--Debe de ser de no ha mucho--murmuró Alarcón.

Caminaron un trecho callados, y luego oyeron ladrar a los perros que los habían sentido.

--Pasemos de largo y al galope--dijo Insúa.

Castigaron los caballos y cruzaron a cierta distancia del rancho, que daba sobre la barranca, a breve trecho del río. En un corralito de ramas vieron algunos caballos, pero ni una sola persona se asomó a la puerta, por más que los perros les ladraron hasta que se perdieron de nuevo entre el monte.

--Es raro--pensaba Insúa--allí había alguien. ¿Por qué no ha salido?

Un momento tuvo intención de volverse, sospechando que el rancho pudiera servir de refugio a algún espía del gobierno, puesto allí en el vado, por donde pasaban los que iban a Helvecia, a través del Campo del Medio.

Desechó tal idea, que le habría demorado, y se acercó a la costa, buscando un paso, que les permitiera cruzar el cauce del riacho, sin desensillar y montados.

No fué difícil hallarlo. Vieron huellas de hacienda que había pasado, y enderezaron por allí. Los caballos olían el agua resoplando; la corriente era fuerte, pero escasa la profundidad, y así, minutos después galopaban sobre la otra margen, tierras bajas, anegadas por el río y por las lluvias y cubiertas de tacuruces, pequeños montículos de tierra en que anidaban las hormigas, por temor al agua, y de ásperos espartillos, en que el viento se arrastraba gimiendo.

No había arboleda. La pradera desnuda, color de pizarra, se dilataba hacia el Este en una vasta zona, en que la vista no hallaba lindes. Hacia el Norte se divisaba una faja obscura y lejana; eran los montes de Mocoretá, algarrobos enormes, con uno que otro fresco ñandubay, abierto como un paraguas sobre un tronco recto y de ruda corteza.

Faltaba mucho aún para que se entrara el sol, cuando llegaron a las primeras filas de árboles. De allí el Campo del Medio no distaba más de cuatro leguas, y habrían podido alcanzarlo antes de la noche. Pero los caballos estaban cansados por el largo galope y convenía hacerlos reposar algunas horas, a fin de tenerlos bien y llegar en la madrugada, disponiendo de todo un día para hablar a la gente de esos contornos.

Insúa conocía a un cuidador de haciendas, que tenía un "puesto" por aquellos lugares de Mocoretá, y se dirigieron a su rancho.

Ellos mismos, en ayunas aún, sentían ansia de tomar algunos mates, lo que les sería suficiente, si no había otra cosa, pues en más de una ocasión habían soportado largas abstinencias, sin otro alimento que los cimarrones que les brindaban en las miserables chozas de aquellos campos semidesiertos donde hallaban amigos o conocidos.

Sobre lo más alto de la suave lomada, en que crecía el monte frondoso y virgen, en un trozo de campo, limpiado con el hacha, estaba el "puesto" del paisano cuidador de las haciendas de Mocoretá.

Vivía con su corta familia, dos o tres personas, más aisladas del mundo que él mismo, porque siquiera él, en los días de fiesta solía llegarse a caballo hasta la colonia, donde había carreras o jugadas de taba.

Un grimillón de perros, que le ayudaban a rejuntar las vacas, cuando paraba rodeo, salieron al encuentro de los dos viajeros, y a sus ladridos apareció el paisano en el patio de tierra dura, y luego su mujer en el umbral de la puerta, con un chicuelo en brazos.

La luna saldría tarde esa noche, e Insúa pasó las horas tomando mates amargos que le cebaba Alarcón, esperando su salida, para marchar de nuevo, mientras los caballos pastaban atados a un largo lazo, el pasto fino, aún verde, que los árboles frondosos habían librado de las heladas.

El puestero tenía carne abundante de un novillo sacrificado días antes, y así pudieron "churrasquear" al amor del fuego, encendido en mitad de aquel rancho de paja.

La noche llegó pronto, profunda, sin estrellas y ventosa, del lado del Sur. Hacía frío, y se estaba bien en el interior de la choza, alumbrada por un pábilo que ardía en un plato lleno de pellas de sebo. Mas cuando contaban con un rato aún de reposo, sintieron ladrar los perros, señal de que alguien llegaba, y poco después el rumor de algunos jinetes que invadieron al galope el pequeño patio frente a la puerta cerrada.

Oyóse ruido de armas.

Insúa y Alarcón se miraron. El caudillo revolucionario vió que su compañero, rápido y silencioso calzaba la puerta por dentro con un mortero de algarrobo, y con el filoso facón, que le servía para cortar la carne, se ponía a abrir un boquete cortando la paja atada en "quinchos" con guascas, que formaban la pared del rancho, en el lado opuesto a la entrada.

El puestero contestaba en tanto a los que de afuera le hablaban.

--¡Abra, amigo!

--¿Quiénes son?

--Hombres de bien; abra y no tema.

Sentíase rumor de sables que se golpeaban.

--Me ha pillado dormido--decía el paisano entretanto, comprendiendo que un minuto que lograra detenerlos en la parte de afuera, sería bastante para que sus dos huéspedes se escaparan.

Después ya sabría él cómo arreglarse con los soldados.

La mujer temblorosa permanecía en un rincón. Insúa ayudaba a Alarcón que cortaba sin ruido los quinchos de paja.

De afuera sacudieron la puerta, y se oyó una voz, más baja y melosa, que decía:

--Abra no más y no salga que hace frío.

--José Golondrina--murmuró Alarcón al oído de su jefe.

Y era él en efecto. Dos días antes había salido de Santa Fe con una partida a la que servía de baqueano para batir las rutas y llevar noticias de lo que pudieran observar. Habían pernoctado en el rancho, construido expresamente sobre el vado, donde vivía un isleño que era un espía, y se disponían a seguir por la margen del Saladillo hacia el norte, cuando esa tarde vieron pasar a Insúa y a su ayudante.

José Golondrina dijo al jefe de la partida:

--Yo conozco estos pagos. Hay un "puesto" en Mocoretá, y allí han de parar hasta que descansen los caballos que van sudados. La luna sale tarde y no se han de ir antes que salga.

Y el jefe, que conocía la astucia del indio, los dejó pasar sin mostrarse y se preparó para caer sobre ellos cuando estuvieran "mateando" en el rancho.

Y ocurrió como lo habían previsto.

Agolpados todos cerca de la puerta, aguardaron que el dueño les abriese, seguros de coger a Insúa y a Alarcón en aquella ratonera.

Mas la tardanza en ejecutar la operación tan simple de quitar la tranca, disgustó al jefe de la partida, el cual sospechó algo.

--¡Abra, canejo!--gritó impaciente; y sin esperar más, volvió su caballo, poniéndolo de ancas contra la puerta, le pegó un sofrenón brusco, y el animal dolorido dió tan formidable empellón, que las maderas crujieron y la puerta cayó con marco y todo.

Los cuatro hombres de la partida, se precipitaron al interior del rancho, menos José el indio, que se quedó fuera mirando hacia el monte, que en la densa obscuridad aparecía como una mancha de tinta.

Vió cruzar dos hombres, y gritó:

--No pierda tiempo, mi jefe; ya no están ahí; ¡allá van corriendo, para ganar el monte!

Un coro de maldiciones respondió, y un grito de dolor rasgó la noche.

El jefe acababa de ver el ancho boquete abierto en los quinchos de la pared, que el puestero había querido en vano disimular, arrojando un apero.

Comprendió que lo habían burlado.

Era un paisano flaco, pequeño, con ojos crueles.

Miró al puestero que temblaba de miedo, y rápido, como un gato del monte cayó sobre él, y le enterró el facón en el vientre.

La mujer dió un grito, y el pobre hombre cayó como un buey fulminado, mientras la gente de la partida corría hacia el monte, donde se habían refugiado ya Insúa y Alarcón.

Éste llevaba su carabina, mas no convenía hacer frente. En la obscuridad de la noche, no habría podido apuntar; lo mejor era buscar los caballos que pastaban por allí, cortar los lazos y saltar sobre ellos, que estaban ensillados, con las riendas al pescuezo.

Cuando penetraron en la sombra del monte, oyeron el grito del indio José, y luego sintieron el tropel de los soldados que corrían.

Pero en pocos segundos habían saltado sobre sus caballos, y huían, como dos centauros, tendidos sobre el cuello, a través del bosque, sufriendo a cada instante el chicotazo de las ramas espinosas que no podían esquivar.

Detrás, como una avalancha, partieron sus cinco perseguidores.

El monte, de grandes algarrobos seculares, era limpio de zarzas, y podían huir sin grandes tropiezos. De cuando en cuando les disparaban algún tiro cuya bala se perdía silbando, lejos de ellos.

Y así corrieron, aumentando la distancia, por entre la densa arboleda, sin riesgo de que pudieran rodearles, hasta que llegaron a un terreno bajo, donde no había árboles, y que se extendía en un solo pastizal, ilimitado, suave y fresco.

La luna salía, llenando de luz el bañado, sobre el cual se dibujaban nítidamente las siluetas de los dos fugitivos.

Insúa temió que viéndoles les hicieran fuego, mas no ocurrió eso; sus perseguidores, llegados a la vasta planicie, abriéronse en dos alas, para rodearlos.

--¡Maldición!--dijo Insúa, sintiendo que su caballo cansado, por la carrera de todo el día, empezaba a aflojar.

--¡No importa, mi capitán!--respondióle su compañero, que empezaba también a quedarse atrás--si ganamos el garzal, no nos agarrarán en toda la noche.

Al frente, en la línea que seguían, a la luz de la luna, divisábase el garzal, un inmenso pajonal, en cuyo centro, en una isleta casi inaccesible de totoras, hierbas altas y fuertes como cañas, anidaban millares de garzas, tuyangos y ocós, toda la fauna acuática de aquellas regiones, con la seguridad de que hasta allí el hombre no era capaz de llegar.

Veíase que la intención de sus perseguidores era impedirles alcanzar este refugio, porque las alas empezaban a cerrarse, y como iban bien montados, con caballos frescos, no hubiera sido imposible que lograran su intento, si los caballos de los dos revolucionarios no hubieran hecho un supremo esfuerzo, ya en el linde del garzal, donde penetraron a saltos, quebrando las altas totoras, resecas por el invierno.

Alarcón marchaba adelante; Insúa le seguía, por la brecha que él formaba aplastando las cañas. De cuando en cuando torcía bruscamente el rumbo, de manera que no pudieran verlos desde afuera. La tupida cortina de totoras se alzaba como un murallón. Ni aun de día habrían podido seguirles con facilidad sus perseguidores, y a esa hora la tarea resultaba imposible y expuesta, porque Alarcón, que conservaba su carabina e Insúa su revólver, los habrían fusilado a mansalva, antes que ellos pudieran verles.

Por eso, cuando minutos después llegaron los soldados hasta el garzal, detuviéronse indecisos. Había huellas que podían guiarles, pero ya entre las cañas, altas de cuatro metros, tronchadas en diversas direcciones por las haciendas que sabían refugiarse allí, no era posible en la noche, hallar las verdaderas señales del paso de Insúa.

--Hay que cuidar la parte del Este--dijo el indio José.--Por ese lado han de salir, buscando el camino de Helvecia, a través del Campo del Medio.

Toda la partida, en efecto, continuó al galope, por la costa del inmenso garzal, que parecía un mar de plata, a los rayos de la luna que fundían todos los perfiles.

De vez en cuando sentíase el vigilante grito de los chajás, que adivinaban la presencia de los hombres. Algunas brujas, grandes aves nocturnas, revoloteaban, manchando con sus sombras el cielo azul, inundado de luz.

Insúa y Alarcón avanzaban siempre hacia el centro del garzal. Cuando llegaron a los escondidos lugares donde las aves acuáticas tenían sus refugios, a cada paso que daban, encabritábanseles los caballos, asustados, porque de entre sus patas se alzaban gritando los ocós y las garzas, que dormían en sus nidos de cañas dobladas, cimentadas con barro, a breve distancia del suelo.

Un lodo pegajoso, indicio de que durante el verano y el otoño todo el terreno estaba anegado, hacía más fatigosa la marcha. Los caballos rendidos, se paraban. Dábanles un resuello, y con las espuelas ensangrentadas ya, los obligaban a marchar, resoplando, medrosos, ante aquellas sombras que surgían del suelo bruscamente, y aquel perpetuo crujido de las cañas que estallaban al quebrarse.

Así llegaron al centro, donde había una laguna, en que los patos dormían en bandadas inmensas, que se alzaron con un ruido de granizo, al sentir a los dos hombres.

El sitio era limpio, alejado casi media legua de la orilla. No había totoras, y la tierra cubierta de verdes canutillos, parecía un fresco tapiz, mas los caballos se negaban a entrar, conociendo que debajo de los pastos había un metro de agua.

Entre las totoras de la orilla, donde el suelo era firme, aunque barroso y húmedo, se quedaron los dos fugitivos, y echaron pie a tierra para dejar descansar sus caballos.

--Por esta noche no hay peligro--dijo Insúa, desensillando su caballo, para soltarlo atado con el lazo que llevaba arrollado.

Del lomo sudoroso de los animales se alzaba un vaho denso. El frío era penetrante y parecía caer como una lluvia impalpable y helada, del cielo limpio, barrido por el viento.

--Se van a pasmar--dijo Alarcón, cortando un puñado de paja seca y friccionando rudamente la piel humeante de su caballo.

Insúa, silencioso, pensaba en cosas lejanas. La vida tenía ahora para él más precio, y aún envuelto en la emoción de la lucha, sentía las ligaduras que ataban su corazón a la Casa de los Cuervos.

--¡Oh! ¡Gabriela, Gabriela!--pensó--¡qué profundamente has entrado en mi alma!

Alarcón dejó los caballos y se puso a construir una ancha cama, a la manera de los nidos de las garzas, de totoras entretejidas y dobladas. No bien estuvo dispuesta una, Insúa se tendió sobre ella con el aire de un hombre rendido, y se envolvió en su blanco poncho de vicuña.

Su compañero sonrió adivinando en qué pensaba el caudillo.

--Yo haré la guardia, mi capitán--le dijo.

--Hasta la media noche--respondió Insúa--a esa hora yo te relevaré. Partiremos antes del alba.

Pero antes de la hora, en el viento que empezaba a soplar con fuerza del lado Sur, llegó una obscura cortina de humo, cálido y acre.

--¡Mi capitán, mi capitán!--gritó Alarcón.

Insúa saltó de su lecho de totoras.

--Han incendiado el garzal.

Los caballos empezaban a asustarse. Hacia el Sur sentíanse ya los gritos de las aves sorprendidas por el fuego, pero aún no llegaba hasta ellos el chisporroteo de la llama.

La columna de humo envolvía el garzal, sin levantarse mucho, porque arriba el viento la desgarraba, y sus blancas volutas, iluminadas por la luna, se enredaban como banderas entre los haces de totoras.

En un minuto estuvieron ensillados los dos caballos, que amujaban las orejas y cavaban la tierra con sus cascos impacientes.

Cuando Insúa iba a saltar, Alarcón dijo:

--Mi capitán, no monte en el suyo, monte en el mío, y deme su poncho. Así nos confundirán, y podremos escapar con facilidad.

Insúa que fiaba en la sagacidad de su compañero, aceptó el cambio, y subió en el otro caballo, mientras Alarcón saltaba sobre el tostado famoso del caudillo.

Entre las rachas de humo que se hacían más espesas, contornearon la laguna del garzal, sobre la cual revoloteaban millares de aves, graznando, encandiladas por el incendio, y entraron entre los totorales de la opuesta orilla, azuzando a sus caballos, más acostumbrados ya a romper las cañas con el pecho.

De pronto dijo Insúa, deteniéndose:

--Si han incendiado el garzal por la parte del Sur, deben cuidar el Norte.

--Así ha de ser--contestó Alarcón.

--Entonces es preferible buscar camino al naciente.

--Yo creo, mi capitán, que debemos separarnos. Usted hacia el Norte, yo hacia el naciente, aunque ellos vigilen por allí. Si han incendiado el Sur, el viento que es pampero, ha de haber hecho correr el fuego por todo el poniente.

Y así se apartaron, citándose para el camino de Helvecia. Al despedirse, Alarcón estiró la mano a su jefe.

--Adiós, mi capitán. Aunque me maten, no se olvide de mí.

En la noche, entre el humo y el reflejo del incendio que llegaba ya, el valiente revolucionario, con el poncho blanco flameando a sus espaldas, agitado por el viento, parecía un caballero de leyenda.

Insúa tuvo miedo al verle, tan fantástica era su figura en el cuadro aquel, y tembló recordando sus presentimientos de esa mañana.

Le apretó la mano con extraordinaria efusión y se separaron los dos, Insúa hacia el Norte, Alarcón hacia el Este, donde quedaba el camino del Campo del Medio.

El jefe sentía el incendio a su izquierda, como si el viento, remolineando, sin dirección fija, hubiera hecho correr la llama por el contorno de esa parte del garzal, cuyas totoras resecas eran un admirable pasto para el fuego.

Corría más la llama que él, y eran como dos brazos de oro fundido que le perseguían para estrecharlo antes de que saliera de entre los totorales.

Llegó a pensar que habría sido mejor buscar una salida hacia el naciente, aun defendiéndose a tiros, porque por allí el incendio no debía haber llegado todavía.

El caballo espoleado con crueldad avanzaba dando botes. A veces caía, resbalándose sobre las totoras, enredadas al rededor de un nido, en que algunos polluelos estiraban sus largos pescuezos ansiosos.

Insúa lo hostigaba, sintiendo en la espalda el aire abrasado, y el pobre animal, lleno de pavor más que de bríos, soplaba con furia y se alzaba temblando, para marchar rompiendo siempre aquella inmensa malla de pajas crepitantes y lustrosas.

Cuando llegó al borde del garzal, cerca ya del bañado, una racha de viento desgarró la cortina de humo, que lo envolvía todo, y él pudo ver hacia el naciente el incendio más pavoroso como si le hubieran dado contrafuego.

Tembló por su compañero. Fué a volver, en su auxilio, por la brecha que él mismo había abierto, pero una inmensa columna de humo se alzó de pronto, a un centenar de pasos, de donde él estaba, entre las totoras que acababa de cruzar, anunciándole que todo aquello no era más que un solo brasero.

El cielo que se había cubierto de nubes, se enrojecía con vívidos lamparones, que desgarraban la negrura de la noche con reflejos sanguinolentos. Altas, muy altas, veíanse cruzar las garzas encandiladas, y graznaban las gaviotas que habían acudido al espectáculo.

En el horizonte hacia el Este, pintábase ya la barra limpia, color de oro, anunciadora de la mañana.

Un minuto que perdiera, sería su muerte, pensó el revolucionario, sintiendo los gritos de uno de los hombres, que de lejos a su izquierda, le había visto a la luz del incendio, y se echaba a correr sobre él.

Espoleó su caballo, y empezó a cruzar el bañado, seco en ese tiempo, pero difícil por la aspereza de la tierra que la hacienda había hollado y cubierto de infinitas madejas de camalotes resistentes como pequeños cordeles.

Marchaba con honda pena, preocupado por la suerte de Alarcón, que podía haberse visto envuelto en las llamas, sin camino de regreso hacia la laguna del garzal, donde habría podido librarse del incendio.

La luz se hizo, cuando llegó al linde del bañado con el monte, y los cascos del caballo tocaron la anhelada tierra firme.

Su perseguidor de la izquierda, lo saludó con un tiro cuya bala sintió silbar, y vió entonces a la derecha el grupo de los soldados que se echaban sobre él, a todo lo que daban sus caballos.