Part 5
--Hay que dejar a los pobres--decía a sus ayudantes--que gocen de algunas comodidades, aunque sólo sea por unas cuantas horas. Es criminal y egoísta el reservarse para uno solo las ventajas que le produce su posición social.
Y con cierta coquetería de bienhechor satisfecho de sus actos, atendía al embellecimiento de aquellos salones, por los que desfilaba todo el Madrid miserable, sin fijarse en que este capricho le costaba mucho dinero.
Las respetuosas indicaciones de sus criados merecían siempre idéntica contestación.
--Señor, la alfombra del salón número uno está ya muy ajada. La compró el señor este mismo año y, sin embargo, está quemada y rota.
--Avisa al tapicero y que ponga otra.
--Si me lo permite el señor, le indicaré que hay unas alfombras de fieltro más baratas y más fuertes. Así me lo ha dicho el tapicero.
--Haz lo que te digo, y que la alfombra sea de igual clase que la rota.
Y a este tenor eran todas las conversaciones entre Zarzoso y sus criados. La seda de los sillones habían de cambiarla cada tres meses, a causa de los desahogos naturales de los niños y del pringue que en ella dejaban las faldas de las madres; y no todo era suciedad de la miseria, pues también el irritante abuso y la costumbre del delito pasaban por allí dejando sus huellas, sin tener en cuenta la misión sagrada y santa que en aquella casa se cumplía.
Las flores de las doradas jardineras, las estatuillas puestas encima de las chimeneas y los _bibelots_ que adornaban los rincones, eran hurtados diestramente, a pesar de la vigilancia de la servidumbre.
Había entre aquella gente desharrapada muchos seres que, por costumbre o por manía, sentían removerse en su interior el instinto del robo a la vista de tales preciosidades; y, a pesar de que esto era una confirmación práctica de las teorías que sustentaba el viejo doctor Zarzoso, éste juraba como un condenado cada vez que desaparecía un objeto, y afirmaba que cualquier día iba a ponerle una carta al gobernador pidiendo que considerara aquellos salones como vía pública y estableciera en ellos un retén de Policía.
La benévola calma del joven doctor era inalterable, y en vez de ofenderse por unos robos que tanta ingratitud denotaban, aún se esforzaba en excusar a los autores, fundándose en su escasa educación, en el ambiente en que vivían, etc.
--Señor, los libros y los álbumes artísticos que puso usted en los veladores de los salones han desaparecido en su mayor parte, y los que quedan están faltos de hojas y les han arrancado las mejores láminas.
--Está bien--contestaba sonriendo--; me gusta la noticia. Eso demuestra que esa pobre gente siente el afán de ilustrarse, y para aprender a salir de la ignorancia apela hasta al robo. Mañana pondremos más libros.
Y de este modo aquel joven bienhechor que se esforzaba en servir a sus semejantes sin hacer ostentación de su virtud y sin fijarse casi en sus actos, seguía acogiendo pacientemente, todos los días, a aquella turba de desgraciados, atento únicamente a hacer bien y sin fijarse en los desmanes que pudieran cometer en su propia casa.
Era rico; los niños nacidos en elegantes alcobas y criados entre los esplendores del lujo, se encargaban de proporcionarle con sus dolencias hereditarias, cuanto dinero necesitaba para sus filantrópicos despilfarros, y bien podía el darse el gusto de derrochar miles de duros auxiliando a la clase obrera y desheredada, siendo el protector de aquellos otros niños que, no solo carecían de comodidades, sino que muchas veces su enfermedad procedía de la falta de nutrición.
Su clientela pobre y el estudio de los últimos adelantos científicos constituían sus únicos placeres, y, a pesar de la riqueza y el lujo que le rodeaban, hacia una vida casi austera que alarmaba a su tío, a pesar de que este, entregado de lleno a la ciencia, no había gustado gran cosa de los placeres de la vida.
El viejo doctor tenía a veces ideas muy originales, según afirmaba su sobrino. Cada vez que se enfurecía con los desacatos de aquella clientela pobre, terminaba sus recriminaciones siempre con la misma pregunta:
--Oye, Juan: ¿por qué no te casas? la presencia de una mujer aquí pondría orden y haría que acabasen todos esos abusos que me irritan.
--Y usted, ¿por qué no se ha casado, tío?--decía el joven, eludiendo la respuesta.
--Porque nunca he tenido tiempo para pensar en eso y porque no había a mi lado una persona que me lo recordase. Pero tú que me tienes a mí, debes seguir mi consejo, y si te decides a casarte, yo me encargo de buscar una mujer, que a más de las condiciones de su sexo, tenga la salud necesaria y un gran equilibrio orgánico, para que vuestros hijos no sean micos, como la mayor parte de los productos de la generación actual. Vamos, sobrino, decídete; me gustaría eso de tener nietos sin haber sido padre.
Pero el joven no se dejaba convencer por las palabras de su tío, a las que respondía siempre con una enigmática sonrisa.
El ya estaba casado. Había contraído matrimonio con toda la pobreza de Madrid, y le sería fiel mientras viviese.
Esta resolución le resultaba muy extraña al tío, quien llegó a creer en ciertos momentos que su sobrino tenía amores ocultos; alguna querida a quien visitaba en secreto; pero no tardó en convencerse de la falsedad de tales suposiciones.
La ciencia y el bien de sus semejantes eran las únicas pasiones del joven doctor.
Una mañana en que caía uno de esos terribles aguaceros que convierten las calles en arroyos y dispersan rápidamente a los transeúntes que se guarecen en los portales temiendo por la integridad de sus paraguas, Zarzoso abrió su Clínica, como de costumbre, a las once.
Era poca la gente que esperaba, en proporción a la de otros días, pues sólo en uno de los salones se agrupaban algunas mujeres con sus niños.
La lluvia había acobardado, indudablemente, a muchos de los que asistían diariamente a la Clínica.
Fueron desfilando por la puerta del gabinete aquellos grupos de desgraciados, dejando sobre las ricas alfombras sucias manchas con sus embarrados pies, y cuando ya no quedaban esperando más que dos o tres familias, entró apresuradamente en el primer salón de espera un hombre moreno, fornido y con patillas a la inglesa, que vestía una lujosa librea.
Preguntó apresuradamente por el doctor a uno de los criados, que le trataba con gran atención, ateniéndose a que aquel servidor, por su traje y por sus maneras, debía pertenecer a una gran casa.
Quería ver al doctor inmediatamente, y cuando el criado de éste le dijo que su señor no estaría libre hasta que terminase la consulta, el recién llegado manifestó gran alarma.
--Es un caso de urgencia--decía en voz alta, sin fijarse en la curiosidad con que le oían las gentes que aún estaban en el salón de espera--. El señorito se muere y la señora condesa espera al doctor como si esperase a Dios. Vaya, amigo--continuó dirigiéndose al criado--; haga, por Dios, el favor de decirle al señor Zarzoso que me deje entrar en su gabinete, para rogarle que venga en seguida.
El criado entró en la habitación donde estaba su señor y momentos después volvió a salir, dejando franca la puerta al recién llegado.
Este, cuando se halló en presencia de Zarzoso y sus ayudantes, le rogó, con entrecortadas frases, que le siguiera sin pérdida de tiempo.
--Tengo abajo el carruaje, señor doctor. Venga usted cuanto antes, pues la señora condesa está muy asustada en vista de la enfermedad de su hijo.
Zarzoso estaba muy acostumbrado a aquella clase de entradas rápidas e inesperadas, en las cuales se pintaba la zozobra y la alarma, y por esto preguntó con el tono frío e indiferente del que cumple un acto de su profesión:
--¿Dónde vive la señora de usted?
--En el paseo de la Castellana. Mi señora es la condesa de Baselga.
Zarzoso, a pesar de su carácter frío e impasible, y del gran dominio que tenía sobre sus nervios, no pudo evitar un instintivo movimiento que aquel criado tomó por una negativa.
--¡Qué! ¿No quiere el señor venir?
Zarzoso parecía dudar y, por fin, contestó:
--Iré después, cuando termine la consulta.
--¡Por Dios!, señor doctor. Ese retardo sería fatal; el señorito está muy enfermo y su madre, la condesa, es capaz de morirse de desesperación si usted tarda en presentarse.
--¿Es el hijo de la condesa el enfermo?
--Sí, señor doctor; su hijo, su hijo único; un niño que siempre está enfermo. La señora condesa tiene en usted gran confianza y me ha encargado que no volviera sin que usted viniese conmigo. El señor doctor comprenderá que cuando la condesa se decide a llamarle el caso debe ser muy urgente.
A Zarzoso le pareció que el criado decía estas últimas palabras con cierta intención, y hasta creyó ver en sus ojos una expresión maliciosa que subrayaba lo anteriormente dicho.
¿Llamarle a él María? ¿Pedirle que fuese a su casa para que salvase a su hijo; a aquel fruto de una unión que tanto le atormentaba? ¡Qué cosas tan extrañas ofrece la vida!
Aquella frialdad de carácter, aquel tenaz empeño de olvidar el pasado, aquella vida ascética que había caído como una losa sobre sus recuerdos, permitiéndole vivir tranquilo durante cinco años, todo se desvaneció rápidamente, y los antiguos sentimientos volvieron a reaparecer.
Zarzoso creyó sentir sobre su rostro la caricia del pasado y que un ambiente de nueva juventud le rodeaba, y hasta se creyó igual, momentáneamente, a aquellos tiempos en que, todavía estudiante, iba a la calle de Atocha a esperar una ocasión favorable para ver un instante a María asomada tras los vidrios de un balcón.
--Vamos allá--fué todo lo que dijo al criado; y pidiendo a uno de su servidumbre el sombrero y el gabán, salió por entre aquella clientela que miraba hostilmente al hombretón que había venido a arrebatarles su médico.
Los ayudantes de Zarzoso quedaron encargados de la clínica, como era costumbre cuando éste tenía que ausentarse.
Frente a la puerta de la casa, estaba parada una elegante berlina con soberbio tronco, cuyos cocheros aguantaban, impávidos e inmóviles, el diluvio que les caía encima.
El médico y el criado atravesaron rápidamente la acera bajo aquel torbellino de agua, y Zarzoso tomó asiento en el interior de la berlina, mientras su acompañante gritaba: "¡A casa!", y se colocaba después frente al doctor.
El carruaje emprendió una desesperada carrera por las calles casi solitarias, arrastrado por aquel par de fogosas bestias, a quienes cegaba la lluvia que el viento empujaba hacia sus ojos.
En el interior de la berlina, el criado, con su galoneada gorra en la mano, pues no quería cubrirse en presencia del doctor, miraba a éste con sonriente fijeza.
Su voz vino a sacar de pronto al doctor de las reflexiones en que parecía sumido, mientras miraba distraídamente las gotas de lluvia que se deslizaban por los vidrios de las portezuelas.
--Creo, señor doctor, que usted no me ha conocido.
Zarzoso le miró por algunos momentos, y después hizo un gesto negativo.
--Sin embargo--continuó el criado--, hace ya mucho tiempo que nos conocemos, sólo que este traje que ahora visto y los modales propios de la profesión, desfiguran mucho al hombre. Míreme usted bien. ¿De veras que no me conoce?
Zarzoso volvió a hacer otro ademán negativo, y entonces el criado dijo alegremente y con expresión de confianza:
--Pues bien, don Juan; yo soy Pedro Martínez, el antiguo asistente de don Esteban Alvarez, aquel Perico que usted conoció allá, en París, en la calle del Sena.
II
¡La familia está completa!
Aquella mañana era de sorpresas para el doctor Zarzoso. Le llamaba la mujer a quien tanto había amado, y después reconocía a un antiguo amigo en el criado que había ido a avisarle.
No le cupo duda alguna al joven doctor de que aquel hombre era el antiguo y fiel compañero de don Esteban Alvarez. Era verdad que la librea le desfiguraba mucho, pero, a pesar de esto, su rostro, aunque algo modificado por el tiempo, tenía aún aquellas facciones rudas y enérgicas que, según el mismo interesado, eran el distintivo de todos los brutos que habían tenido la honra de nacer en la parroquia de San Pablo, de Zaragoza.
Zarzoso había perdido de vista al fiel Perico poco después de la muerte de su señor. Sin despedirse de otra persona que de Agramunt, desapareció de París, sin decir adónde iba, y ahora se lo encontraba Zarzoso convertido en criado de una gran casa y siendo, sin duda, el servidor de confianza de María.
El joven doctor estrechó la mano que le tendía su antiguo y rudo amigo, el cual, comprendiendo que Zarzoso deseaba conocer la causa de aquel cambio, habló así:
--Apenas me vi solo en París, me propuse cumplir, sin pérdida de tiempo, el ruego que mi difunto señor, el buen don Esteban, me había hecho poco antes de su muerte. Prometí yo pasar el resto de mi vida al lado de su hija doña María, velando por ella y dispuesto a toda clase de sacrificios si se encontraba en un peligro, y pocos meses después de la muerte de mi señor me vine a Madrid con la intención de cumplir lo prometido. La condesa de Baselga había vuelto ya de su viaje de novios, y su marido, que es un antiguo calavera, y que aquí entre los dos lo considero como un pillete, capaz, si lo dejaran, de comerse en cuatro días la fortuna de su mujer, se estaba ocupando entonces en montar su casa al estilo más moderno y elegante. El palacio de la calle de Atocha, con ser hermosísimo y estar dispuesto con las mayores comodidades, no le parecía bien al señor, por resultar, según él decía, anticuado y sombrío, y no paró hasta convencer a su esposa y a la tía, de que dicha finca debía venderse, comprando con el producto de esta venta un magnifico hotel con jardín en el paseo de la Castellana.
Así se hizo, y al mismo tiempo que mudaron de domicilio, reemplazaron la servidumbre; y todos aquellos criados de la baronesa, que tenían aire de mandaderos de monjas, fueron despedidos y reemplazados por nuevos domésticos.
Entonces entré yo en la casa sin encontrar obstáculo alguno, pues bastó presentar mis certificados acreditando que había servido mucho tiempo en París y demostrar que conocía con alguna perfección el francés, para que inmediatamente me admitiesen, pues la gente aristocrática, con su habitual extravagancia, prefiere siempre los criados extranjeros a los del país. Hace ya mucho tiempo que estoy en la casa, y todo va en ella con bastante regularidad. La señora, a pesar de que ignora la sagrada misión que me he impuesto de velar por ella, me trata con gran amabilidad, y soy, de todos los criados, el que mejor merece su confianza. Parece que lea en mis ojos el interés que me inspira. Yo soy el hombre a quien ella acude en todos sus momentos de tribulación, y aunque nunca olvida su rango y me habla siempre con cierta altivez natural, no por eso ha dejado, en algunas ocasiones, de escapársele ciertas palabras que demuestran su situación y el poco afecto que existe entre ella y su esposo.
--¿Cuál es la conducta de Ordóñez?--preguntó Zarzoso con marcado interés.
--El señor sigue siendo tan calavera como antes de su matrimonio. En los primeros meses se contuvo y mostraba cierto empeño en agradar a su esposa; pero desde que tuvieron el hijo y la señora estuvo muy enferma, volvió a sus antiguas costumbres y creo que desde entonces se ocupa en derrochar las rentas de la colosal fortuna de su mujer. Como sus calaveradas en Madrid son inmediatamente del dominio público y hacen que, tanto la baronesa como su inseparable consejero, el padre Tomás, le citen a capítulo y le endilguen severas reflexiones, él ha encontrado ahora el medio de ponerse a salvo de tales censuras, emprendiendo continuos viajes, con excusa de su afición a las carreras de caballos ahora está en Londres por un asunto de _sport_, y como también la baronesa se halla ausente por haber ido a ciertos famosos ejercicios en un convento que los jesuítas tienen en el Norte, de aquí que la señora, al verse sola en casa y con el niño enfermo de tanta gravedad, haya perdido la cabeza hasta el punto de llamarle a usted. Crea, señor doctor, que para la condesa supone un inmenso sacrificio eso de llamarle a usted a su casa. Se conoce que le quiere a usted muy mal. Como yo sabía sus antiguas relaciones, varias veces en la conversación he procurado sacar a plaza el nombre de usted, con la idea de ver que efecto le producía saber la fama y la justa popularidad que usted goza en Madrid por sus beneficios; pero siempre ha puesto mal gesto, y con acento enojado ha procurado desviar la conversación.
A Zarzoso producíale un efecto fatal el saber que María le odiaba, guardándole aún rencor por aquella traidora caída que ocultos enemigos le habían hecho sufrir en París, y mientras él reflexionaba sobre sus antiguos y desgraciados amores, el sencillo Pedro añadió:
--Y, sin embargo, la condesa hubiese sido muy feliz casándose con usted, que de seguro no la haría sufrir como el granuja de su marido. Pero todas las mujeres son ciegas cuando se trata de su porvenir, y más aún las pertenecientes a la familia Baselga, gente altiva y orgullos, que por escrúpulos de nacimiento, abandonan siempre a los hombres que las quieren, para casarse después con verdaderos perdidos.
La veloz berlina, pasando como un rayo la calle de Alcalá, había entrado en el paseo de la Castellana, y atravesando una magnífica verja con remates dorados, rodó por la enarenada avenida, hasta detenerse bajo una gran marquesina de cristales, en la que caía la lluvia con incesante murmullo.
El doctor y el criado saltaron a tierra y entraron en un elegante hotel construído con arreglo al arte francés del pasado siglo, sin ninguna originalidad y con esa monotonía de los edificios de moda, que parecen producto de una arquitectura de pacotilla.
En el primer piso Zarzoso se encontró frente a frente con María.
Esperaba el doctor que aquel reconocimiento tras cinco años de ausencia, iba a ser terrible y que engañó por completo.
Después de su regreso de París, Zarzoso, para conservar su tranquilidad estoica había procurado evitar un encuentro con María, y por esto huyo de todos aquellos puntos donde asistía el mundo elegante.
Creía el doctor que aquel encuentro con su antigua novia, en circunstancias tan especiales, le produciría una impresión profunda que vendría a reavivar el ya muerto amor; pero la entrevista sólo despertó en él una viva curiosidad, no exenta de lástima.
María estaba desconocida. El dolor y la zozobra que le causaba el estado de su hijo, producía algún desorden en su rostro; pero, además de esto, Zarzoso notó en ella algo que forzosamente debía llamar la atención del golpe de vista de un buen médico.
Había perdido la joven aquel aspecto de salud y frescura que tanto la hermoseaba antes. Aún era bella, y sus ojos, que parecían haberse agrandado, brillaban con mayor fuego; pero, en cambio, había adelgazado, perdiendo la vigorosa robustez que tan atractiva la hacía antes; su piel, que había adquirido un color densamente pálido, caía desmayada sobre el hueso, marcando rudamente todas las sinuosidades del cráneo, y la nariz, muy afilada, destacábase mucho sobre su rostro.
Zarzoso, al encontrarla tan cambiada, no pensó en su antigua pasión. Su carácter de médico se sobrepuso al amor, y lo único que se le ocurrió pensar al verla, fué que María estaba muy enferma, y que él tenía el deber de combatir aquella dolencia, aún desconocida, que indudablemente se ocultaba en el interior de la joven y que poco a poco iba minando su organismo.
Fué realmente frío el encuentro de los dos antiguos novios.
María, por su parte, preocupada por el estado de su hijo, sólo tuvo para él una mirada de curiosidad. Le vió casi igual al último día en que entre suspiros y lágrimas se había despedido de él en el Retiro; los años transcurridos habían aumentado su aspecto de hombre grave y estudioso, y María, al verle así, dudó un momento de que aquel joven de aspecto sesudo y frío hubiese sido en París un calvera sin conciencia, que se entregaba a todas las locuras de Crápula.
Hubo un instante en que, contemplando a aquel hombre que había sido dueño de su corazón, el recuerdo de la antigua dicha surgió en ella con todos sus risueños atractivos; pero inmediatamente sobrevino en su memoria la burla que de ella habían hecho en París y el pensamiento de que su hijo estaba a pocos pasos de allí, delirando con la fiebre, y esto fué suficiente para que se repusiera, y con marcada frialdad, como si se tratara de un extraño recién llegado, dijera a Zarzoso:
--Pase usted adelante, doctor. Mi hijo está muy enfermo, y toda mi esperanza la pongo en usted, que tanta fama tiene.
Zarzoso encontró al hijo de Ordóñez y de su antigua novia agitándose en su camita, víctima de una fiebre espantosa y balbuceando con la incoherencia propia del delirio.
A la vista de aquel pobre niño que tanto sufría, Zarzoso olvidó su anterior preocupación, que le hacía mirar con odio al hijo de Ordóñez, y no pensó más que en ser médico y cumplir su santa misión.
En cuanto a la pobre madre, todo lo olvidó: su antigua pasión, la presencia de aquel médico a quien tanto había amado, y los comentarios maliciosos que la visita podía suscitar en las personas enteradas del pasado. Comenzó a llorar silenciosamente, y pugnando por ahogar sus sollozos, como si pudiera oírla aquel pobre niño enloquecido por la fiebre, y olvidada de todo, con esa suprema desesperación de la madre, capaz de las mayores locuras cuando ve próximo a perecer el pedazo de sus entrañas, sin darse cuenta exacta de lo que hacía, puso su mano en un hombro de Zarzoso, y con el mismo misterio que cuando le hablaba de amor, murmuró junto a su oído:
--¡Por Dios, Juan, sálvale! Tú sabes mucho, tú lo puedes todo; se cuentan de ti cosas milagrosas. Olvídate del pasado y piensa únicamente en mi hijo; piensa en mí, que moriré de pena si mi hijo llega a perecer.
Y poco después añadió, como si hubiese leído en el pensamiento del doctor:
--Olvida quién es su padre. Piensa, únicamente en que yo soy su madre y quiero que viva. ¿Lo oyes bien, Juan? Quiero que viva; soy yo quien te lo ordeno.
Zarzoso estaba habituado a los lamentos de las madres y a sus accesos de desesperación, así es que, a pesar del tuteamiento de María y de sus súplicas ardientes, en aquel momento supremo no perdió la serenidad, y procedió inmediatamente al examen del enfermito.
No necesitó hacer numerosas preguntas a la madre ni mirar mucho tiempo al hijo para convencerse de la clase de enfermedad de éste.
La hinchazón desmesurada de aquella cabeza que asomaba entre las sábanas, la terrible fiebre que consumía al raquítico cuerpecillo y un sello especial en aquellas facciones infantiles, le reveló inmediatamente la existencia de una meningitis aguda, que había de combatir inmediatamente, pues la inflamación de las envolturas del cerebro amenazaban con un desenlace mortal.
Aquel descubrimiento sirvió a Zarzoso para ir encadenando una serie de observaciones hasta llegar a una conclusión fatal.
Miró a la madre, que ya al entrar le había parecido muy enferma, aunque se mantenía firme por un vigor nervioso; y haciendo un esfuerzo de imaginación, recordó el tipo físico de Ordóñez, a quien había visto varias veces en la calle: ésto, unido al conocimiento de su vida de depravado, vino a convencerle de que la terrible tuberculosis se había apoderado de la familia.
El placer desordenado, los brutales excesos y la lepra del vicio, habían hecho nacer el terrible germen en el organismo del padre, donde, por un capricho de la Naturaleza, tenía un carácter benigno, que prometía largos años de lento desarrollo. Valiéndose del beso de amor, la tuberculosis habíase trasmitido a la madre, donde se desarrollaba con mayor rapidez, como en un campo virgen, dispuesto a acoger todos los cultivos y a desarrollarlos con inmensa fuerza, y de esta unión de seres emponzoñados por la enfermedad, había nacido aquel pobre niño, organismo contagiado en el mismo vientre de su madre y que venía al mundo con el único destino de luchar algunos años contra una dolencia que, al fin, había de acabar con él.