La araña negra, t. 9/9

Part 4

Chapter 44,032 wordsPublic domain

María le comprendió inmediatamente. Sí, allí estaba la venganza, allí la satisfacción del amor propio herido.

Guardó apresuradamente aquel papel que había derrumbado con rapidez el aéreo palacio de sus ilusiones y, seguida del jesuíta, entró rápidamente en el salón.

Los tertulianos, después de tomar su chocolate, seguían agrupados en corrillos, conversando con animación, mientras la baronesa iba de unos a otros, procurando ocultar la inquietud de su curiosidad, excitada por aquella conferencia entre su sobrina y el jesuíta.

Apenas entró María en el salón, el elegante Ordóñez, como si presintiera lo que iba a ocurrir, fué inmediatamente al encuentro de ella, que aún mostraba en su rostro la anterior agitación.

--Señor Ordóñez--dijo María volviendo su vista a otra parte, como si temiera que en sus ojos pudiera leerse lo que pensaba--. He tenido el honor de que usted solicitara mi mano repetidas veces, atención que le agradezco mucho. Entonces, no podía responder; pero hoy, por circunstancias que no son del caso relatar, me considero libre y me complazco en decirle que acepto. Hable usted con mi tía, a quien considero como si fuese mi madre. Le advierto que por hoy no siento hacia usted más que un sencillo afecto amistoso; pero tal vez con el tiempo llegue a amarle si su conducta es como yo espero.

Ordóñez estaba asombrado más que por la resolución de María, por el modo como se expresaba. Nunca había creído él a aquella muñeca capaz de hablar con tanta serenidad y con un acento tan enérgico y decidido.

El joven se inclinó saludando profundamente, y mientras María se retiraba del salón, el elegante se dirigió a la baronesa para pedirla la mano de su sobrina, manifestando la conformidad de ésta, y añadiendo que en caso de aceptar su demanda, iría al día siguiente su hermano mayor el duque de Vegaverde, como jefe de la familia, a formular la petición oficialmente.

Mientras la baronesa consultaba con una rápida mirada al padre Tomás, los tertulianos se apercibieron de la significación de aquella escena; así es que cesaron todas las conversaciones y aguardaron silenciosamente la respuesta de doña Fernanda.

--Ya que la niña está conforme--dijo la baronesa--, por mí no hay inconveniente. Creo que usted, al abandonar su vida de soltero, será un marido virtuoso y cristiano que hará feliz a mi María.

Los tertulianos se manifestaron muy sorprendidos y contentos, por aquel inesperado suceso que venía a turbar la monotonía de la reunión.

Menudearon los plácemes, quiso llamarse a la niña para felicitarla; pero algunos, más considerados, se opusieron, teniendo en cuenta el rubor, propio del caso.

El marqués académico, que era, de todos los presentes, el que se creía con mayor competencia en asuntos de amor, charlaba por los codos, y parándose ante cada grupo, exclamaba con la satisfacción del que dice una gran cosa:

--¡Carape! Esto ha sido sorprendente; sí, señor, muy sorprendente. Lo mismo que en las comedias, donde al finalizar el acto se casan los que menos se imagina el espectador.

Mientras tanto, el héroe de la fiesta, o sea Ordóñez, había cogido al padre Tomás de un brazo, y llevándoselo junto a un balcón, le contemplaba admirado.

--¡Oh, reverendo padre!--le decía con acento respetuoso--; ahora estoy más convencido que nunca de que es usted un gran hombre que alcanza cuanto se propone. Me dijo usted que la propia María, a pesar de todos sus desdenes, vendría a buscarme, y así a sucedido. ¿De qué misterioso poder dispone usted, padre Tomás? Me parece que después de esto, ya puede usted hacerle la competencia al diablo, seguro de ganarle.

El jesuíta parecía muy halagado por estas últimas palabras, que le hacían sonreír con complacencia.

Mientras en la tertulia era todo agitación y gozo, María, encerrada en su cuarto, daba por fin rienda suelta al tropel de lágrimas que antes había contenido.

¡Adiós, muertas ilusiones! ¡Adiós, risueñas esperanzas de amor! Todo había acabado para ella, y ahora marchaba rectamente a un porvenir monótono y triste, unida a un hombre a quien no amaba y que casi le resultaba odioso.

Sentía ya arrepentimiento por su desesperada resolución de momentos antes; pero al convencerse de que todavía amaba a Juanito, volvía a surgir en ella la indignación y el deseo de venganza que pedía a voces el amor propio herido.

¿Por qué la había abandonado de un modo tan infame? No le amaría más, aunque para ello tuviese que batallar con aquel corazón débil, que se empeñaba en seguir considerando cariñosamente al que tanto la había ofendido.

Su amor propio y su altivez de raza, eran incompatibles con la injusta bondad y no la permitían desempeñar el papel de víctima resignada.

No se arrepentía de lo hecho; y si no hubiese encontrado a Ordóñez para casarse, hubiera ofrecido su mano al primero que pasara por la calle.

Aquel papel que tenía entre sus manos, aquella inscripción insultante de una meretriz impúdica, era suficiente para mantenerla en su furor y hacer que, impulsada por el odio, se limpiase las lágrimas como avergonzada de tal debilidad y se revolviera en su cuarto cual una leona herida, derribando al paso cuantos muebles encontraba.

III

_Una respuesta del doctor Zarzoso_

Apenas la mano de María fué pedida oficialmente por el duque de Vegaverde, aquel senador sesudo que consideraba con el mayor desprecio a su hermano el calavera, la baronesa y el novio, aconsejados por su irreemplazable oráculo el padre Tomás, comenzaron a arreglar todos los preparativos de la boda.

Doña Fernanda, no se sabe si por propia inspiración o por ajeno consejo, se mostraba muy radical en todos estos preparativos.

--Yo no soy partidaria de los noviazgos largos--decía continuamente a sus amigos--. Me gusta que lo que tenga que ser, sea pronto.

Y por esto la boda de María marchaba con gran rapidez a su desenlace.

El suceso era muy comentado en la alta sociedad, pues llamaba la atención, tanto la respetable fortuna de María como los antecedentes del novio, que no podían ser más públicos.

Ordóñez, tal vez porque envidiaban muchos su buena suerte, era objeto de numerosos e irónicos comentarios.

--Ese ya ha encontrado lo que quería--decían sus amigos en el Casino--. Una mujer millonaria y además beata y algo tonta, según aseguran los que la conocen. Es de esperar que antes de dos años, Ordóñez se haya comido la fortuna.

El padre Tomás había fijado la boda para dos semanas después del día en que María aceptó la declaración de Ordóñez, y como hombre poderoso en todos los asuntos concernientes a la Iglesia, se había encargado del arreglo de los documentos y demás formalidades necesarias para que el matrimonio canónico se efectuara en el plazo marcado.

María asistía como una sonámbula a todos aquellos preparativos de boda, que parecían destinados a otra mujer, según la impasibilidad con que los acogía.

Recibía, al lado de su tía, las visitas íntimas, acogiendo sus felicitaciones con estúpidas sonrisas; y experimentaba alegrías de niña mimada al ver los regalos con que la obsequiaban los numerosos amigos de la casa y las principales familias de la nobleza, unidas a los Baselgas con lazos de parentesco más o menos lejano.

Muchas veces, en aquella calma insensible en que parecía sumida, surgían relampagueos de odio que la hacían recordar su exacta situación. Era entonces cuando menos arrepentida se mostraba del matrimonio que iba a contraer, y experimentaba una alegría amarga y punzante, pensando que todo aquello le serviría para vengarse del hombre que tan injustamente la había despreciado.

Abrigaba la esperanza de que Zarzoso no era capaz de olvidarla repentinamente tan por completo y creía que el día en que tuviese noticia de su casamiento, el joven médico sentiría renacer su antigua pasión y experimentaría un remordimiento sin límites.

En esto cifraba María su venganza, y por ello cada vez que recibía un regalo de bodas o su futuro esposo le dirigía una galantería amorosa, pensaba con fruición en que si Zarzoso estuviera allí todo aquello sería para él un motivo de terrible desesperación.

Se aproximaba el día señalado para la boda, y la baronesa mostrábase muy complacida en arreglar las cosas con solemnidad. Quería que todo se hiciese en grande, como correspondía a la clase social de los novios, y además por su afición tradicional, odiaba las costumbres de la moderna aristocracia que efectúa los casamientos con sencillez casi ocultándose, como si se avergonzara de un acto tan solemne.

Ella quería que el matrimonio de su sobrina fuese bien público, a la luz del día, con aparato casi regio; y en esto la apoyaba Ordóñez a quien no le venía mal que moviese mucho ruido su boda con una millonaria, en aquella sociedad que, aunque le halagaba, le tenía por un estafador y un aventurero de mala ley.

El padre Tomás dispensaría a los novios el alto honor de darles su bendición. Al acto, que se verificaría en la capilla de la casa, acudiría lo más selecto de todo Madrid, y la misa sería amenizada por una gran orquesta y los principales cantantes del teatro Real. En fin, que la baronesa, ya que no había conseguido que su sobrina fuese monja, quería al menos que su casamiento metiese ruido en el gran mundo, y no reparaba en gastar miles de duros, aunque esto le atrajera el dictado de cursi.

Terminada la ceremonia, los novios saldrían de Madrid para efectuar el largo viaje que es de rúbrica y cuyo itinerario se discutió bastante; pues María no transigía con entrar en París, aunque sólo fuera de paso. A pesar del ansia de venganza que sentía y su vehemente deseo de mortificar a Zarzoso, estremecíase solamente al imaginar que podía encontrarse en los bulevares con el joven médico, yendo ella del brazo con Ordóñez.

La proximidad de su matrimonio no evitaba que pensase en su antiguo amor, y la víspera misma de la ceremonia fué cuando envió a París el papel que envolvía sus cabellos, con una carta sin firma, en la que daba cuenta de su casamiento, experimentando, al pensar lo que sufriría Zarzoso al recibirla, la amarga complacencia del desesperado que muere matando.

Cuando entregó la carta a doña Esperanza, que esta vez fué fiel y la puso en el correo, experimentó cierto vacío, como si con aquella prueba fatal que tanto excitaba su odio, desapareciera el vehemente deseo de venganza.

Mostrábase arrepentida de su violenta resolución que la empujaba a un matrimonio poco grato, y para hacer más doloroso su estado, la víspera misma de la boda, doña Fernanda sufrió un accidente, que puso en conmoción toda la casa.

No se supo si fué a consecuencia de la agitación producida por los preparativos de la boda o por el berrinche que la causaron las murmuraciones de ciertas amigas suyas que la criticaban por lo ostentoso de la boda, tachándola de cursi y de persona de mal gusto; pero lo cierto resultó que en aquella mañana doña Fernanda tuvo un ataque de nervios, asustando a toda la servidumbre pues desde la muerte de su hermano el padre Ricardo, no la habían visto en un estado tan alarmante.

Fueron a buscar en seguida al viejo doctor Zarzoso, y como si su presencia ejerciera cierto influjo sobre el excitado ánimo de la baronesa, ésta se calmó apenas el doctor estuvo algunos minutos a su lado.

María experimentaba gran complacencia al ver en su casa, y en la víspera de la boda, al tío del hombre odiado, v se mostraba amable en extremo, enseñándole sus regalos de boda, y abrumándole a fuerza de atenciones, con el loco intento de mortificarle como si el pobre señor hubiese alguna vez tenido noticias de que Juanito era el dueño de aquella beldad.

El doctor, como un oso domesticado a medias, refunfuñando y visiblemente molestado, se dejaba llevar por la joven, no pudiendo comprender el motivo de tanta amabilidad. Siempre le había llamado la atención la inexplicable benevolencia de aquella joven sonriente, a la que él, por otra parte, consideraba con alguna simpatía, pues en su concepto era la única sangre algo pura que había en la familia.

Miraba con poca atención todos los valiosos objetos que le enseñaba la joven y que para él eran chucherías sin importancia, dijes propios del afeminamiento que existía en la sociedad; pero, en cambio, no quitaba sus ojos del novio, de aquel Ordóñez, al que miraba con la misma atención que el naturalista contempla a un bicho raro.

¡Vaya un tipo el de aquel elegante, enjuto, extenuado, y que con gestos de soberano desdén ocultaba el aire de cansancio de la vida que se notaba en su rostro! El doctor admiraba a este representante de la degeneración aristocrática que era un tipo acabado de esa degradación hereditaria de las altas familias, que tiene su principio en la glotonería y en la lujuria y su fin en el raquitismo y la imbecilidad.

No pasaban inadvertidas para el doctor las señales exteriores que en aquel mozo había dejado su anterior vida de crápula, y se fijaba con una insistencia que no pasaba inadvertida para Ordóñez en las manchas de su rostro, que delataban un emponzoñamiento de la sangre por la lepra del vicio.

La mirada del viejo Zarzoso iba desde Ordóñez a aquella joven robusta, fresca y alegre, a la que quería por no pertenecer físicamente a la raza aristocrática y degenerada que tales censuras le merecía; y al pensar que iban a unirse en íntimo contacto dos organismos tan distintos, sintió tentaciones de protestar en nombre de la salud y de la Naturaleza, amenazando, en caso contrario, con un contagio terrible que desharía rápidamente la lozanía y el vigor de una joven tan sana, fuerte y hermosa.

Pero el doctor se abstuvo de hablar en presencia de toda aquella gente aristocrática, que podía considerarse aludida por sus apreciaciones, y se despidió de todos, dando las gracias a María por su amabilidad y a la baronesa por su invitación a que asistiera a la fiesta del día siguiente.

Doña Fernanda, en vista de la negativa del doctor y de que ella no se sentía aún muy segura de sus nervios, le arrancó la promesa de que al menos al día siguiente iría a visitarla después que hubiese terminado la ceremonia.

Cuando el viejo Zarzoso salió a la calle iba refunfuñando:

--Ese casamiento es un asesinato que se lleva a cabo en presencia de la sociedad entera y sin que ninguna ley lo castigue. Ni al mismo diablo se le ocurre casar una muchacha sana y robusta con un hombre que en las venas debe tener pus en vez de sangre. ¡Bueno está el tal mocito! De seguro que tiene la tuberculosis y no tardará en contagiar al organismo puro de su mujer. ¡Buenos hijos producirá el tal matrimonio! Las leyes de hoy son una farsa, pues sólo tratan de cosas que únicamente debían ser de la competencia de los médicos alienistas, y en cambio no se preocupan del porvenir de la humanidad. ¡Ni una sola disposición para fomentar el vigor y la salud de las generaciones venideras! Si estos Gobiernos tuvieran sentido común, ordenarían el examen médico antes de todo matrimonio; así se evitarían muchas desgracias y podríamos librarnos de que antes de un par de siglos la humanidad sea un vasto hospital y un gigantesco manicomio.

Al día siguiente verificóse el acto del que tanto se hablaba en la alta sociedad.

María y Ordóñez se casaron con todas las solemnidades deseadas por doña Fernanda, y después de despedirse de aquel público brillante y privilegiado que había asistido a la ceremonia, salieron para el extranjero.

La baronesa se despidió de ellos en el mismo andén de la estación, y cuando volvió a su casa, recibió al poco rato la visita del doctor Zarzoso.

--¡Ay, querido doctor!--le dijo la baronesa--. ¡Qué sola me encuentro desde que ha partido la niña! Parece como que la casa está deshabitada. Y sin embargo, estoy contenta, sí, señor, muy contenta. La ceremonia del matrimonio ha sido una fiesta solemnísima, como en muchos años no se había visto en Madrid. Además, María será muy feliz, tendrá un esposo modelo.

Debió traslucirse en el rostro del doctor el mal efecto que le causaban estas palabras, por cuanto la baronesa se apresuró a añadir:

--¿No piensa usted lo mismo que yo? ¿Cree usted que este matrimonio resultará desgraciado? Vamos a ver, hable usted con entera franqueza. ¿Qué opina usted del casamiento de mi sobrina?

El doctor saludó y dijo con su rudeza que no admitía réplica:

--Señora, opino que ese casamiento ha sido un crimen.

PARTE SEGUNDA

PAQUITO ORDOÑEZ

I

La clínica de los niños.

Todas las mañanas, a las once, el portero de aquella gran casa de la Carrera de San Jerónimo experimentaba una sorda desesperación que se conocía en su rostro, al ver subir por la escalera de deslumbrante mármol, adornada en el centro por una ancha faja de fieltro rojo sujeta con doradas varillas, a toda una procesión de gente pobre, sucia y desharrapada, en su mayoría mujeres de los barrios bajos, llevando al brazo o cogidos de a mano una turba de chiquillos voceadores y mugrientos, que al mismo tiempo que ensuciaban los brillantes peldaños, promovían al subir, temerosos y azorados, una verdadera tempestad de protestas, lloros y aullidos.

Era la hora en que se abría la Clínica gratuíta para enfermedades de los niños en el segundo piso, donde vivían, instalados con gran lujo, el viejo doctor Zarzoso, catedrático jubilado de la Escuela de San Carlos y que ya no quería visitar, y su sobrino don Juan Zarzoso, médico de gran fama, a pesar de su juventud, tanto por numerosas curas casi milagrosas que había realizado, como por haber permanecido cinco años en París estudiando la especialidad de enfermedades infantiles, circunstancia que no era la que menos impresión causaba en la generalidad del vulgo, que mira con cierto respeto supersticioso la ciencia que procede del extranjero.

El joven doctor era muy apreciado entre las clases elevadas de Madrid; pero este afecto no tenía comparación con la popularidad que gozaba entre la gente humilde, a causa de aquella consulta gratuíta que abría todas las mañanas en su propia casa, y en la cual no sólo recetaba, sino que muchas veces, cuando se hallaba en presencia de la verdadera miseria, proporcionaba a los enfermos medios de subsistencia y de higiene.

Aquella sucia oleada de pobreza que todos los días invadía la hermosa escalera produciendo sordo rumor, malhumoraba al rígido portero y a los inquilinos de las otras habitaciones. Hasta el mismo doctor Zarzoso, el viejo, encontraba que iba haciéndose abusiva aquella clientela, que aumentaba rápidamente; pero en el fondo agradábanle mucho la delicadeza y paciencia de su sobrino al socorrer a la humanidad doliente. Complacíase en reconocer que Juanito no era rudo y atrabiliario como él, que según decían en el hospital, siempre había hecho el bien a puñetazos.

El joven Zarzoso tenía una popularidad tan grande, que de haberse presentado alguna vez en los barrios bajos solicitando algo de sus clientes, es indudable que todas las madres le hubiesen llevado en triunfo, dejándose matar por él.

Su nombre corría de boca en boca por los barrios obreros, y no caía enfermo un pequeñuelo, sin que faltase al momento la amiga oficiosa que se encargase de decir a la desconsolada madre que aquello no sería nada, pues bastaba que al día siguiente fuese con el pedazo de sus entrañas a casa del médico joven, como le llamaban por antonomasia; un señor _mu_ amable, _mu_ fino y _mu cabayero_, que no sólo se abstenía de sacarles pesetas a los pobres, sino que si les faltaba algo para poner el puchero, se rascaba el bolsillo en obsequio del pobre enfermito.

La fama de aquel bienhechor corría de un extremo a otro de Madrid, y las horas de consulta gratuíta eran muchas veces insuficientes para la inmensa concurrencia de madres y padres, con sus correspondientes pequeñuelos, que no encontrando sitio en las antesalas ni aun para permanecer en pie, acampaban en la escalera y tomaban asiento en los peldaños de mármol, con gran desesperación del portero, que veía aumentarse con esto sus tareas de limpieza.

A la gratitud vehemente y conmovedora de aquella clientela miserable, uníase cierta satisfacción de amor propio halagado, al saber que el mismo médico que curaba gratis a la gente pobre, era muy apreciado entre las clases acaudaladas, a las cuales hacía pagar las visitas con bastante esplendidez.

Esto contribuía a aumentar su popularidad entre los miserables.

--Es un grande hombre--decían algunos de los filósofos con gorra de seda y blusa blanca de los barrios bajos--. Ese _cabayero_ sabría arreglar perfectamente la cuestión social. Les saca a los ricos cuanto puede para dárnoslo a los _probes_.

Hasta las once de la mañana el portero tenía orden de no permitir la entrada a las mujeres y niños, que iban deteniéndose en la acera y entablando conversaciones sobre las enfermedades que les obligaban a ir en busca del bondadoso médico; pero apenas sonaba dicha hora, el rebaño de la miseria asaltaba la escalera, anunciando su presencia con un confuso pataleo, y pugnando todas las madres por llegar las primeras y coger buen número, entraban en los lujosos salones de espera, donde los criados iban estableciendo el turno entre aquella pobre gente, que por su escasa educación provocaba a cada instante ruidosos altercados.

Zarzoso, con algunos ayudantes jóvenes como él, y que le admiraban cual a maestro, ocupaba un gabinete por el que iban desfilando todos los niños, con el acompañamiento de sus familias, las cuales contestaban a coro a todas las preguntas del doctor, y muchas veces se enzarzaban en grotesca discusión antes de dar una respuesta.

Necesitábase toda la paciencia del joven doctor y su sonriente calma para sufrir diariamente aquella consulta de algunas horas que fatigaba a sus ayudantes.

Las madres, al hablar al doctor, lloriqueaban como si vieran ya a sus hijuelos camino del cementerio; los niños, temerosos y asustados al fijarse en los aparatos y objetos científicos que estaban en el gabinete, aullaban apenas el doctor les ponía la mano encima, como si temiesen que cada uno de sus dedos fuera a convertirse en un cuchillete que practicara en su cuerpo las más dolorosas operaciones; y fuera del local de la consulta en aquellos dos vastos salones de espera, sonaba un murmullo de gigantesca colmena, producido por la impaciencia de la gente que deseaba entrar.

Algunas veces el viejo doctor Zarzoso salía de sus habitaciones y se encaminaba al gabinete de consultas, pasando por entre aquella multitud a cuyos saludos contestaba refunfuñando y repartiendo algunos tirones de orejas entre los chicuelos, que jugueteaban con la misma confianza que si estuvieran en la Ronda o se escondían tras los muebles.

A pesar de que le satisfacía el inmenso y conmovedor servicio que prestaba su sobrino, el viejo doctor refunfuñaba por costumbre.

--Esto es intolerable--le decía a Juan--. Has convertido nuestra casa en una prolongación de la calle. ¡Vaya una confianza la de esa gente que hace aquí lo mismo que si estuviera en su casa! Yo no critico el que cures a toda esa gente; lo que si encuentro mal es que tengas tus habitaciones particulares tan mal arregladas, y, en cambio, te hayas gastado tantos miles de pesetas en amueblar esos salones que solo sirven para que esperen en ellos las gentes más piojosas de Madrid. Ya que tienes ese capricho, al menos procura rociar con ácido fénico todos los muebles. Los criados dicen que, después que se va esa gente, necesitan temer abiertos los balcones más de dos horas para que se aireen las habitaciones, y aun así, todavía queda olor. ¡Vaya una gente curiosa! Hay ahí una caterva de chicuelos tiñosos que se restregan la cabeza contra el respaldo de los sillones, y el otro día agarré a un pillete en el acto de limpiarse los mocos con una cortina de terciopelo. ¡Flojo fué el cachete que se llevó!

Y así seguía el viejo enumerando todos los abusos de aquella gente, sin que en el fondo los sintiera gran cosa, pues únicamente le servían para refunfuñar y desahogar su rudo carácter, que todo lo encontraba mal.

El joven Zarzoso limitábase a sonreír en contestación a todas las quejas que con agrio acento formulaba su tío.