Part 6
Zarzoso seguía mentalmente la historia y el desarrollo de este contagio, transmitiéndose de unos organismos a otros, e inconscientemente, sin reparar en la presencia de María, murmuró, mirando la hinchada cabeza del niño:
--No hay duda, ahí se halla el terrible monstruo microscópico que tantas vidas acaba. ¡Oh! No ha sido muy escrupuloso en sus conquistas. La familia está completa.
María se alarmó al oír hablar de este modo a Zarzoso, y éste, apercibiéndose de su imprudencia, quiso remediarla, dando a la madre algunas esperanzas.
Se le había avisado muy tarde, pero aun así, tal vez se podría salvar al pequeño enfermo.
Preguntó después sobre los remedios que se habían dado al niño, y supo, con sorpresa, que el médico de la casa era un amigo, un protegido del padre Tomás, que parecía no dar importancia a la enfermedad, por lo cual, la madre, desesperada y olvidando todo lo pasado, se había decidido a llamar al notable especialista de los niños.
Zarzoso experimentó gran sorpresa al ver que también en aquel asunto se mezclaban los jesuítas, de los cuales tan fatal memoria conservaba, desde que Judith le hizo aquellas revelaciones la misma noche en que la despidió.
El joven doctor, pasando a la habitación que servía a Ordóñez de despacho, extendió una receta, mientras que María, de pie a espaldas de él, le contemplaba fijamente.
La pobre madre, tranquilizada por las esperanzas que la daba el doctor, había recobrado la calma y ya no le tuteaba, volviendo a hablarle con la frialdad del primer momento.
--Tome usted, señora--dijo el doctor ceremoniosamente, entregando la receta a su antigua novia--. Que vayan en seguida con esto a la botica.
--¿Cuándo volverá usted, doctor?--preguntó con ansiedad María, pues la presencia de aquel hombre parecía devolverle la calma.
--Antes de tres horas estaré aquí y le aseguro que no me retiraré hasta que por el momento hayamos vencido la enfermedad.
Zarzoso volvió al hotel tal como lo había prometido y pasó toda la noche a la cabecera del enfermito, poniendo en juego cuantos recursos le proporcionaba su ciencia y batallando con la terrible meningitis, que parecía empeñada en arrojar al niño en brazos de la muerte.
María y el doctor pasaron la noche a ambos lados de la cama sin que se cruzaran entre ellos más palabras que las que arrancaban las diversas alternativas por que pasaba el enfermo.
De vez en cuando, en los momentos en que el niño parecía entrar en el período de favorable reacción, sus miradas se encontraban sin darse cuenta de ello y Zarzoso veía desaparecer poco a poco, en los ojos de su antigua novia, la fría hostilidad con que le había recibido aquella mañana.
Al amanecer, Zarzoso, mirando al niño, lanzó un suspiro de satisfacción. Estaba ya seguro del éxito; y la madre, adivinando en el rostro del médico tan grata noticia, volvió a llorar, pero esta vez fué de alegría.
La fiebre descendía rápidamente, el delirio había desaparecido ya, y el pobre niño, extenuado por tantas horas de atroz calentura y con cierta expresión de imbecilidad que aún hacía más conmovedora su mirada, fijaba los ojos en la pobre madre, que, enloquecida por la alegría, se inclinaba sobre el lecho abrazando a su hijo convulsamente.
Zarzoso se retiró a descansar, asegurando que volvería aquella misma tarde a las dos, y salió del hotel acompañándole Pedro hasta su casa, muy satisfecho de que la enfermedad del niño hubiese servido para que se formara cierta débil amistad entre dos seres que antes se habían amado tanto.
Aquella misma mañana, a las diez, entraba en el hotel el padre Tomás y se detenía a hablar con el portero, un guipuzcoano que él había introducido en la servidumbre de la casa, con el objeto de que le diera exacta cuenta de todas las visitas y al mismo tiempo le enterara de los secretos de la familia.
El poderoso jesuíta había sabido, casualmente en la misma mañana, el estado desesperado del niño Paquito Ordóñez y acudía presuroso a enterarse por sí mismo de lo que ocurría.
Aquel niño era el ser que tal vez le interesaba más en todo Madrid y su nacimiento le había producido un verdadero acceso de furor. ¿Quién diablos iba a figurarse que un hombre corrompido como Ordóñez llegara a tener hijos? Aquel nacimiento había sido un obstáculo inesperado, un accidente con el que no había contado el padre Tomás al forjar su plan y que venía a impedir la realización de todas las esperanzas que el jesuíta se forjaba acerca de la colosal fortuna de María. Por fortuna para él el niño era digno de su padre, y el médico de la casa, que estaba por completo a merced de la Compañía, aseguraba que no viviría mucho tiempo el triste retoño de un árbol podrido.
Estas seguridades eran lo único que alentaba al poderoso jesuíta, el cual no perdía la confianza de que muriera de un momento a otro aquel niño a quien la Medicina clasificaba con el título de "candidato a la tuberculosis" y cuyo organismo estaba predispuesto a adquirir las más terribles enfermedades.
Por esto, cuando en aquella mañana le dijeron el grave estado del niño, acudió presuroso al hotel con la infame esperanza de encontrar un cadáver.
--¡Qué! ¿Ha muerto ya?--preguntó ansiosamente al portero.
--No, reverendo padre. El señorito está mejor desde esta madrugada y se da por seguro su restablecimiento. La señora condesa ha pasado toda la noche en vela en compañía de Pedro, viendo las cosas extraordinarias que hacía para salvar al niño ese médico tan famoso que vive en la Carrera de San Jerónimo y que cura gratis a los pobres.
--¿Qué médico es ése? ¿Es que no han llamado al de la casa?
--¡Quiá! La señora condesa dice que para curar a los niños no hay nadie como el doctor Zarzoso.
El padre Tomás retrocedió un paso y se quedó mirando con asombro al portero, como si dudase de sus palabras.
--¿Dices que el doctor Zarzoso ha estado aquí?
--Sí, reverendo padre; aquí ha estado hasta esta madrugada y él es quien ha sacado al señorito de las garras de la muerte. Le he visto yo mismo: es un joven delgado, con gafas, muy serio y muy afable y simpático.
El jesuíta quedó reflexionando por algunos minutos, y dijo después:
--¿Ha quedado en volver por aquí?
--Sí, reverendo padre; vendrá esta tarde a las dos.
--Pues bien--dijo el jesuíta con acento imperioso, después de una pequeña vacilación--; cuando venga, lo haces entrar en el salón del piso bajo, diciéndole que espere un momento hasta que la señora se prepare para recibirle; yo estaré allí.
--Está bien, padre Tomás.
--Hasta luego, hijo mío; ahora tengo que despachar algunos asuntos.
Y el jesuíta se alejó del hotel sin que María se apercibiera de su llegada, pues la pobre madre, a pesar del sueño y del cansancio, no quería separarse un solo instante de la cama de su hijo.
III
La bofetada.
El corpulento portero se inclinó al paso del doctor Zarzoso, diciéndole con expresión respetuosa:
--La señora condesa no está visible en este momento, y me ha encargado ruegue a usted que tenga la bondad de esperar algunos minutos.
Y diciendo esto, el criado introdujo al doctor a un elegante salón del piso bajo, y después de volver a saludarle con la misma ceremonia, se retiró.
Zarzoso, al verse solo, púsose a examinar aquella pieza, amueblada con exquisito gusto, ocupación que le era muy grata, pues, a pesar de sus austeridades de hombre de ciencia, gustábanle mucho los esplendores del lujo y los objetos elegantes que tenían cierto aspecto artístico.
Pasó algunos minutos en apreciar los originales dibujos de los cortinajes, la forma de los muebles y el mérito de las acuarelas y estatuillas que adornaban el salón, y cuando más ocupado estaba en admirar un gracioso barro de Benlliure, sintió a sus espaldas un ruido producido por el roce de una persona que pisaba cautelosamente la alfombra.
Volvió rápidamente la cabeza creyendo encontrarse con María, y vió un sacerdote con el sombrero en la mano, que, después de saludarle con exagerada finura, fué a sentarse en un sillón a corta distancia de donde se hallaba Zarzoso.
Púsose de espaldas a la luz, que entraba por las dos ventanas del salón; pero el doctor tuvo tiempo para apreciar aquel rostro anguloso y picudo que recordaba el hambriento perfil de las aves de rapiña.
No conocía personalmente al padre Tomás Ferrari, del que había oído hablar mucho: pero, instintivamente, sin poder explicarse la verdadera causa, pensó que aquel cura debía ser el famoso padre de la Compañía.
El jesuíta sonreía bondadosamente fijando su mirada sencilla en el joven, y después de algunas tosecitas, como si quisiera entrar en conversación sin saber cómo, dijo al médico, que interiormente se sentía alarmado, aunque procuraba permanecer impasible:
--La señora condesa debe estar descansando, ya que nos hace esperar. ¡Pobrecita! ¡Cuán angustiosa es su situación! Sólo una madre puede resistir tantas fatigas sin decaer un solo instante.
Zarzoso se limitó a hacer un signo afirmativo, evadiendo la conversación que el sacerdote quería entablar.
--Ha sido muy notable el que Paquito se haya salvado tan rápidamente y que ahora se encuentre fuera del peligro. Ese doctor Zarzoso que le cura ha demostrado que es digno de la gran fama que goza en Madrid.
El médico a pesar de su convencimiento de que el padre Tomás buscaba entablar conversación con él, creyó del caso corresponder a estas últimas palabras inclinándose, al mismo tiempo que decía:
--Muchas gracias, señor.
--¡Ah! ¿Es usted el doctor Zarzoso? No tenía el honor de conocerle, aunque hace tiempo que le admiraba por los grandes servicios que presta a los desgraciados.
--Cumplo con mi deber y nada más.
--Tenía verdaderos deseos de conocer a usted y de ser su amigo, aunque en verdad, un hombre como usted no debe tener en mucho el afecto de uno de mi clase.
--¿Por qué, señor?
--Porque para nadie son un misterio las ideas que usted profesa. ¡Lástima que un hombre tan caritativo tenga ideas tan contrarias a los dogmas religiosos!
--¡Bah! Yo soy amigo de todos, sin fijarme en sus ideas religiosas. Me basta que los hombres sean honrados y probos.
Estas palabras las dijo Zarzoso con una intención que no pasó desapercibida para el jesuíta y que le dió a entender que el médico le había reconocido.
--Usted me dispensará, señor Zarzoso, si me tomo ciertas libertades; pero, francamente, me apena ver a un hombre del criterio de usted, alejado del gremio de la Iglesia, y desvaneciendo con su impiedad esos grandes méritos que contrae a los ojos del Señor, sacrificándose por la gente desheredada y miserable. ¡Ah, señor Zarzoso! Usted sería un santo, usted iría al cielo, si creyese algo más en Dios.
--No hago el bien con la esperanza de una recompensa futura. Para estar satisfecho de mis trabajos, me basta el agradecimiento de toda esa pobre gente cuyas enfermedades curo. La gratitud de las madres vale más, para mí, que todas las recompensas que pudiera encontrar más allá de la tumba, si es que realmente después de la muerte hay algo.
El médico dijo estas palabras con sencillez y convicción, por lo que el padre Tomás, que no quería entablar una discusión que le alejase de su objeto, hizo caso omiso de las afirmaciones antirreligiosas del joven, y dijo, variando repentinamente el tema de la conversación:
--La señora condesa debe estar muy agradecida a usted por el grande servicio que la ha prestado salvando a su hijo. Fué una resolución acertada la suya, al mandarle llamar.
Zarzoso callaba, no sabiendo adónde iría a parar el jesuíta.
--Lo que extraño--continuó el padre Tomás--es que la señora condesa haya prescindido del médico de la casa, del cual no creo que tenga queja alguna. ¿No le parece a usted así?
Zarzoso hizo un gesto de irritación e impaciencia, y contestó de mal talante:
--Nada me importa eso que usted dice.
El jesuíta calló durante algunos minutos, y por fin, dijo con resolución, afectando una franqueza ruda:
--Señor Zarzoso, me ha dado usted a conocer, hace poco, su nombre, y justo es que corresponda a tal franqueza. Yo soy el padre Tomás Ferrari, de la Compañía de Jesús.
--Le conozco a usted--dijo intencionadamente el médico.
--No es extraño. Aunque Dios no me ha favorecido con grandes cualidades, trabajo en su favor cuanto puedo, y mis servicios al Altísimo me han dado cierto renombre. Conozco el concepto en que ustedes, los enemigos de la Iglesia, nos tienen a los hijos de San Ignacio. En su concepto somos avariciosos, falsarios, maquiavélicos y hasta asesinos; pero esto no hace decaer nuestro ánimo, ni nos quita nuestra cristiana fe. También calumniaron al dulcísimo Jesús, y cuando el hijo de Dios sufrió pacientemente las injurias, bien podemos aguantarlas nosotros que somos representantes indignos del Altísimo.
Zarzoso encogió los hombros con visibles muestras de impaciencia y como dando a entender que nada le importaba aquello, y el jesuíta continuó:
--Yo soy un antiguo amigo de esta casa. La familia Baselga ha sido siempre muy afecta a la Compañía de Jesús, y en cuanto a Ordóñez, el marido de la condesa, soy para él como un segundo padre. No extrañe, pues, que me interese mucho por los asuntos de esta casa y que procure el velar en ella por la tranquilidad y la virtud que debe existir siempre en el seno de toda familia cristiana.
El padre Tomás, al hablar así miraba fijamente a Zarzoso, y éste, impacientado ya, no pudiendo sufrir más tiempo aquellas manifestaciones, cuyo sentido no comprendía, pero en las que adivinaba cierta intención de molestarle, le interrumpió diciendo con expresión hostil:
--¡Bien! ¡Y qué! ¿Qué me importa a mí todo eso que usted me dice mirándome fijamente como si debiera darme por aludido? ¿Tengo yo algo que ver con las cuestiones internas de esta familia a la que visité ayer por primera vez? Yo me limito a ser médico y a prestar mis servicios cuando me llaman, dejando a usted la misión de arreglar las familias, o, lo que es más probable, de desarreglarlas.
Zarzoso estaba irritado, y como no creía necesario el fingirse amable con aquel inesperado visitante, le miraba con franca hostilidad.
--Hace usted mal en irritarse--dijo el jesuíta cada vez con mayor calma, conforme se enfurecía el joven.--Me he tomado la libertad de decirle las anteriores palabras, justamente, porque estoy convencido de que de usted depende la futura tranquilidad de esta casa; solamente que muchas veces hacemos el mal sin saberlo, y cuando se nos reprende por ello, no podemos menos de extrañarnos.
Esto, que equivalía a una acusación, acabó de indignar a Zarzoso, quien, sin embargo, procuró contenerse, y dijo con frialdad amenazadora:
--Explíquese usted, caballero.
El padre Tomás parecía gozar viendo la creciente indignación del joven, y después de una breve pausa se expresó así:
--Lo que usted ha hecho acudiendo a esta casa donde un pobre niño necesitaba los auxilios de su ciencia, es muy santo y muy bueno; pero no lo será tanto si usted sigue viniendo por aquí, ahora que el enfermito está fuera de peligro. ¿No le parece a usted que la gente podrá hacer comentarios muy desfavorables al ver que usted viene con mucha frecuencia a esta casa?
--¡Caballero!, o usted no tiene muy firme la razón--dijo Zarzoso con voz temblona por la ira--, o quiere divertirse conmigo, cosa que no le permitiré. ¡Es donosa la ocurrencia! ¿Puede acaso llamar la atención de nadie el que un médico visite la casa de un enfermo? Entonces la calumnia se cebaría continuamente en nosotros los médicos, pues en un mismo día entramos en diferentes casas, para cumplir nuestra sagrada misión.
El padre Tomás, sonriéndose, acercó su sillón al asiento del joven y le dijo confidencialmente:
--Eso que dice usted, es verdad; pero aquí, en la presente ocasión, aunque usted se resista a creerlo, sus visitas pueden originar comentarios muy desfavorables. El pasado no es para todos un secreto.
--¿Qué quiere decir usted con eso?
--Que hay quien sabe que no es ésta la primera vez que la condesa de Baselga y el doctor Zarzoso se encuentran, y como usted comprenderá, esto puede dar lugar a comentarios muy desfavorables. ¿Se altera usted, doctor? ¿Se ofende acaso por mis palabras?... Conozco que no es muy grato cuanto le digo; pero mi carácter de antiguo amigo de la casa, me obliga a ser franco hasta la rudeza. Aún estamos a tiempo de evitar el mal; aún podemos lograr que la gente no murmure. Si usted siente algún interés por la condesa, si en algo estima su prestigio de mujer honrada, debe agradecerme lo que yo hago en estos momentos y ayudarme a evitar murmuraciones escandalosas. Señor Zarzoso, créame usted; debe alejarse usted de esta casa bien convencido de que con ello presta un gran servicio a la condesa.
--¿Le ha encargado a usted ella misma que me dijera tales palabras?--preguntó con amargura el joven.
--No. La condesa ignora que en estos momentos los dos nos hallamos aquí. Esta resolución, que usted juzgará como crea conveniente, es mía absolutamente y está inspirada en el santo deseo de conservar la paz en una familia cristiana. Estoy plenamente convencido de que usted, señor Zarzoso, a pesar de sus ideas antirreligiosas, es un hombre honrado; pero no puedo permitir que algún malicioso, conocedor del pasado, en vista de las frecuentes visitas de usted a esta casa, ponga en duda el honor de María.
Y el jesuíta se expresaba con tanta sencillez y con tal aire de hombre honrado, que el doctor iba perdiendo terreno y hasta se convencía de que algo había de cierto y prudente en los temores que manifestaba. Sin embargo, sintió la necesidad de sondear a aquel hombre terrible para saber hasta dónde llegaban sus designios.
--Algo hay de cierto en cuanto usted supone y prometo dejar de visitar esta casa apenas el niño entre francamente en la convalecencia; pero... ¿qué es eso del pasado que usted nombra?, ¿qué sabe usted de mi vida, para afirmar que mis visitas a la condesa pueden dar lugar a comentarios?
--Señor Zarzoso, lo que en este mundo se hace nunca queda en el misterio. Yo sé que usted y María se amaron hace algunos años, y por esto me temo que la antigua pasión vuelva a renacer con el continuo trato.
Zarzoso, a pesar de que estaba en guardia contra la astucia del jesuíta, no esperaba que éste tuviese conocimiento de sus antiguos amores, así es que quedó muy sorprendido al oír las últimas palabras del padre Tomás.
--¿Pero cómo sabe usted eso?--preguntó el médico con extrañeza.
--¡Oh, señor Zarzoso! Nosotros, por razón del cargo de que estamos investidos, sabemos muchas cosas que los interesados creen guardadas por el más absoluto secreto. Yo conozco toda la historia de los amores entre usted y María, y, por lo mismo, puedo apreciar con imparcialidad el carácter de ambos y tener el convencimiento de que es conveniente que ustedes no se vean con frecuencia. Se han amado demasiado en otros tiempos para que puedan ahora tratarse con esa tranquilidad de ánimo que es la fiel compañera de la virtud.
Y el jesuíta sonreía con expresión triunfante al ver desconcertado y confuso al médico por la inesperada revelación.
Zarzoso, con la frente inclinada y muy extrañado de que el padre Tomás se atreviera a hacer tales manifestaciones, reflexionaba intentando adivinar la verdadera intención del jesuíta al decir tales palabras.
--Es muy extraño--dijo Zarzoso con irónico acento--que usted, por su afecto a esta familia, se tome tanto interés en averiguar el pasado. Oyéndole es como he comprendido hace pocos momentos ciertas cosas que en mi época de enamorado no podía explicarme. Yo he sido muy combatido por enemigos desconocidos que se ocultaban en la sombra; yo he tenido que luchar con terribles maquinaciones cuya procedencia ignoraba, pero que ahora veo claramente. Padre Tomás Ferrari, ya que usted se ha descubierto voluntariamente, yo voy a ser también muy franco. Ya no somos aquí el sacerdote y el médico; somos dos seres iguales, dos hombres que únicamente estamos separados por una diferencia que consiste en que el uno hace todo el bien que puede, y ese soy yo; y el otro se ha pasado la vida produciendo el mal, y ese es usted. Vamos a hablar con entera franqueza. ¿Tenía usted conocimiento de mis amores cuando yo aún era dueño del corazón de María?
--No acostumbro nunca a negar mis actos, y por esto no vacilo en decirle que, antes de que usted marchara a París, ya sabía yo sus relaciones con María.
Zarzoso iba contrayendo su rostro con un gesto de hostilidad, que aún resultaba más terrible en un joven que siempre se mostraba frío y correcto. La franqueza del padre Tomás le irritaba más que si hubiese mentido, pues creía ver en aquélla como un reto a su indignación y un desprecio a su persona.
--¿Y fué usted--preguntó con voz temblona por la ira--quien hizo terminar aquellos amores?
El jesuíta sonrió con expresión de mansedumbre, como despreciando las furibundas miradas que le dirigía el joven, y contestó con calma:
--Sí; yo fuí.
Zarzoso, nervioso y conmovido, saltó de su asiento, abalanzándose sobre el jesuíta; pero la calma de éste le desconcertaba, a pesar suyo, y en vez de golpearle, como era su primer deseo, se limitó a exclamar con asombro:
--¡Y tiene usted el valor de confesarlo!
--Señor Zarzoso, el hombre debe siempre decir la verdad, y si confiesa sus malas acciones, ¿con cuánta más razón debe hacer alarde de sus buenos actos? Usted no tendrá por acción meritoria el hacer que terminasen aquellos amores; esto es simplemente cuestión de apreciación, pues yo, en cambio, creo que presté un servicio inmenso rompiendo las relaciones que existían entre usted y María. La condesa es cristiana, pertenece a una familia que siempre se ha distinguido por su puro catolicismo y su amor a las sanas doctrinas, y yo, como servidor fiel de los intereses de Dios no podía consentir que una joven así se uniera eternamente con un impío, que podrá ser muy honrado, no lo dudo, pero que es enemigo de Dios; que escandaliza a la sociedad con sus infernales doctrinas, y sobre el cual, más o menos pronto, caerá la cólera del Altísimo. Como usted comprenderá, yo que tanto amo a María, no podía permanecer tranquilo al verla marchar rectamente a su perdición.
--No está mal, jesuíta--contestó el joven con acento sarcástico--. No está mal hilvanada esa excusa. No quiso usted permitir que María se uniese a un hombre que no es católico, porque esto podía traerla la desgracia, y, en cambio, la casó usted con un pillete a quien conoce todo Madrid, con un aventurero de la peor especie, a quien ninguna persona honrada puede dar la mano sin sentir rubor.
El jesuíta afectaba escandalizarse por estas enérgicas palabras.
--Señor Zarzoso, piense usted bien eso que dice contra Ordóñez, pues sentiría que esta conversación fuese causa de un incidente desagradable. Ordóñez no es ningún pícaro. Ha tenido sus cosillas propias de un joven atolondrado y rico, pero no ha traspasado los límites de la honradez, y se ha portado siempre con la decencia propia de un joven que ha sido discípulo mío. Además, está usted en su casa, y no creo muy correcto eso de insultar al dueño que se halla ausente.
Zarzoso estaba demasiado irritado para hacer caso de las indicaciones del jesuíta. Las insolentes declaraciones de éste habían enfurecido al joven, y bien sabido es cuán terribles son los hombres fríos y tranquilos cuando llegan a encolerizarse.