Part 8
--Ya puede usted apreciar el modo más adecuado de hacer la historia de la locura de Baselga. He aquí la síntesis: primero, un hombre ensimismado, malhumorado, misántropo; después, se le ve dedicarse con ahinco a los estudios militares, habla de gloria a todas horas, cambia de carácter rápidamente, se irrita con frecuencia, al mismo tiempo que siente retoñar en él los apetitos juveniles, y se lanza al mundo elegante de que antes huía bailando como un muchacho y adoptando el aspecto de un viejo verde. La idea absurda y estupenda de conquistar a Gibraltar la acaricia en secreto, y al fin acaba por revelarla a varios amigos de confianza. Yo, que soy uno de éstos, y a quien empiezan a inspirarle cuidado las ideas estrambóticas del conde, aprovecho el rápido paso por Madrid de un amigo mío, renombrado médico irlandés, llamado O'Conell, y lo llevo a casa de Baselga. La conferencia es tranquila. El conde habla, como siempre, de su plan sobre Gibraltar; el médico le contesta cuatro generalidades, con el único fin de hacerle hablar más y estudiar mejor su pensamiento, y termina la visita, sin que ocurra ningún incidente y sin que O'Conell dé motivo alguno para que el pobre loco crea que él es un capitán del ejército inglés que se propone ayudarle en la conquista del Peñón. Al día siguiente, yo veo con el mayor asombro que el conde tergiversa las cosas del modo más lamentable, y que tiene por militar al que sólo es doctor, y supone que dentro de la posesión inglesa hay quien secunda sus planes. Esto me produce una inmensa alarma, y entonces yo le busco a usted para que estudie la enfermedad del conde, y usted, por datos que tendrá recogidos, probará claramente a sus colegas que Baselga está loco de remate, añadiendo que tan tenaz es su manía patriótica y conquistadora, que también lo considera a usted como uno de los conjurados y le expone sus planes. Además, puede usted asegurar al doctor Zarzoso, que a él, en el momento que visite al conde, también éste lo considerará como auxiliar para la conquista.
--Pero..., reverendo padre. ¿Cómo vamos a conseguir esto último? ¿Y si el conde recibe a mis colegas como simples médicos y no quiere hablar de su famoso proyecto? ¿Cómo nos arreglaremos entonces para probar su locura?
--No se ocupe usted de eso, señor Peláez. Es cuenta mía, y ya sabré yo arreglar las cosas para que el éxito sea a nuestro gusto.
--Procuraré, reverendo padre, cumplir sus órdenes y proceder de modo que la Orden no quede descontenta de mí.
--Hará usted perfectamente. Esta es la primera vez que necesitamos de sus servicios para un asunto serio. Hasta ahora no ha hecho usted más que vigilar por nuestra cuenta a ciertas familias y darnos relación exacta de sus acciones. Servicios de poca importancia, menudencias que no merecen mucho agradecimiento. Ya empieza usted a devolver lo mucho que nos debe, y es preciso que en este asunto se extreme y aguce el ingenio para que no podamos tacharle de ingrato. Piense usted, ante todo, que si hoy se ve bien recibido en la alta sociedad y vive en la opulencia, a nosotros nos lo debe, y que así como lo hemos elevado, podemos hacerle caer en la ruina de un solo golpe. Procure, pues, no dejar descontenta a la Orden.
--Reverendo padre: soy de la Compañía en cuerpo y alma.
--Pues a eliminar al conde de Baselga del mundo de los cuerdos.
--O el doctor Peláez no sirve para nada, o mañana el conde es declarado loco.
--Así sea, querido doctor. Con ello libraremos a una familia católica del yugo de una obstinación impía, y la Orden recibirá un refuerzo de importancia para continuar su obra sublime de conquistar el mundo en nombre de Cristo. Considere usted si el servicio que yo le exijo es meritorio y digno de santa alabanza.
XXIII
Baselga convertido en mosca.
La baronesa de Carrillo vivía en el palacio de su padre con completa independencia.
Ocupaban sus habitaciones una gran parte del primer piso, y sólo dos o tres piezas, las más sombrías, por tener sus vistas al patio, eran las reservadas al jefe de la familia, que vivía en completo aislamiento, y únicamente iba en busca de su hija Enriqueta cuando tenía que acompañarla a una fiesta de sociedad.
Entre las habitaciones de la baronesa y las del conde, aunque sólo estaban separadas por la antecámara, padecía mediar un abismo.
El odio de la falsa hija y la indiferencia del padre, que sabía bien a qué atenerse acerca de la sangre que circulaba por las venas de la baronesa, impedían toda relación entre los dos, y de aquí que sólo se viesen en el comedor, donde cambiaban algunas frías palabras.
Esta falta de comunicación en que ambos vivían creaba en aquella casa dos mundos distintos que seguían sus rumbos, sin rozarse ni aparentemente el uno con el otro.
Baselga no ponía nunca los pies en las habitaciones de su hija mayor ni se preocupaba de las visitas que ésta recibía y de sus rústicas tertulias.
En cuanto a la baronesa, ésta no se preocupaba aparentemente de la vida que hacía su padre, ni hacía preguntas a sus enviados; pero era porque su chismosa doncella, mediante generosas recompensas, se encargaba de averiguar lo que el conde hacía desde la mañana hasta la noche, y qué gentes entraban a visitarle en su despacho.
A esta separación era debido que Baselga no se enterase de lo que contra él se tramaba en el salón de su hija, ni se apercibiera de las personas a quienes ésta recibía.
De este modo, nada supo de la reunión que se verificaba en dicha pieza a las once de la mañana, o sea a la hora en que él, con los codos apoyados en su mesa de trabajo y la cabeza entre las manos, reflexionaba sobre su célebre plan, que nunca se cansaba de acariciar.
Media hora antes había estado con él su íntimo amigo, el padre Claudio, para anunciarle de allí a poco rato la visita de tres individuos del Comité patriótico que dirigía Peláez, las cuales se mostraban ansiosos de conocer al gran hombre encargado de dar el golpe sobre Gibraltar.
El jesuíta había salido poco después, anunciando que iba a visitar a la baronesa en sus habitaciones, y, efectivamente, allí estaba hablando con ella, en un rincón, explicándola con cierta vehemencia el modo como debía recibir al doctor Zarzoso.
De pie, junto a una ventana, estaba Peláez mirando atentamente a la calle, y sentados en grandes sillones, con la expresión de hombres que se encuentran en un sitio que no les inspira confianza, figuraban los dos médicos que el doctor de la aristocracia había buscado para que sirviesen como de coro a la consulta médica que se preparaba.
Eran dos facultativos insignificantes, dos médicos vulgares, a quienes protegía Peláez, dándoles las migajas de su clientela, y de los que disponía a su antojo como verdaderos autómatas.
A pesar de su título académico, consideraban a Peláez como un oráculo; su falta de ciencia les hacía creer, como a toda la alta sociedad, que el aristocrático médico era un portento de sabiduría, y bastaba que éste abriese la boca para que los dos acólitos comenzasen a mover la cabeza para apoyar con signos de aprobación todas sus palabras.
Paró en la calle un carruaje, y Peláez se retiró de la ventana, diciendo con precipitación:
--Ya está ahí. Su berlina ha parado en la puerta.
El rato que transcurrió hasta la presentación del famoso catedrático, lo empleó la gente que estaba en el salón en colocarse convenientemente.
Los dos médicos limitáronse a incorporarse un poco en sus sillones; pero la baronesa y el jesuíta levantáronse de sus asientos para colocarse en el sofá, donde doña Fernanda, estrujando nerviosamente su pañuelo y ladeando dolorosamente su cabeza, tomó una actitud trágica.
El padre Claudio estaba a su lado como esforzándose en inspirarla valor, y Peláez colocóse modestamente en un ángulo del salón con toda la actitud de un hombre eminente, que, en obsequio a un sabio que le sobrepuja, quiere hacerse pequeño e insignificante.
Un criado anunció al doctor Zarzoso, y éste entró inmediatamente en el salón.
Era un hombre de cincuenta años, de estatura regular, que disminuía una excesiva obesidad; de rostro cetrino, cano bigote cortado a cepillo, cráneo algo despoblado y reluciente, y frente anchurosa, cruzada por una arruga vertical que nacía entre las dos cejas y que se marcaba de un modo alarmante apenas estallaba en él el mal humor.
Todo en él denotaba a un hombre testarudo e inflexible, capaz de reñir a puñetazo limpio con la ciencia, si ésta, después de hacerle entrever alguno de sus misterios, se empeñaba en ocultárselo.
Llevaba un gabán azul abrochado hasta el cuello y muy estrecho, por lo que marcaba demasiado su prominente abdomen, y sus ojuelos brillaban tras los cristales de sus gafas de oro, con la expresión de un hombre desconfiado y tosco, que en su franqueza llega, sin notarlo, hasta la grosería.
Era el verdadero tipo de sabio que aparece en comedias y novelas, y que ha llegado a hacerse popular. Su despreocupación era ya legendaria en la escuela de Medicina; sus frecuentes distracciones, muchas veces de carácter cómico, daban mucho que reir a alumnos y practicante, y resultaba típico en él su odio a esas ridículas conveniencias sociales creadas por la aristocracia.
Aborrecía el "confort", se burlaba de modas y recordaba con fruición la feliz edad en que no había encontrado aún un inteligente protector que le dedicase a la ciencia costeándole la carrera, y era él todavía un aprendiz de carpintero, travieso como un diablo, que con el saquillo al hombro iba al taller peleándose de paso con todos los chiquillos de la calle. Empeñado en recordar su primera edad, el doctor Zarzoso, el profesor insigne a cuyas conferencias sobre enfermedades mentales acudía todo el mundo científico y literario de Madrid, y de cuya sabiduría se hacían lenguas todas las revistas profesionales de Europa, hacía la vida de un obrero: comía tan "vulgarmente" como un albañil, y con una tiranía que resultaba chusca, dirigía las más atroces censuras a aquellos de sus jóvenes discípulos que, deseosos de deslumbrar a elegantes hermosuras, vestían con arreglo a la última moda.
Sus opiniones políticas y religiosas eran el perpetuo motivo de entusiasmo de sus alumnos, y la conversación obligada en los salones de esa clase social que, inspirada por el fanatismo, arrastraba a su casa un pedazo de Iglesia.
Aquel hijo del pueblo, elevado a las sublimes alturas de la ciencia por sus propios esfuerzos y por la característica terquedad que le hacía pasar por encima de toda clase de obstáculos, inspiraba un terror casi supersticioso a las buenas gentes devotas.
Sus explicaciones materialistas, aquel ateísmo de que hacía gala con cierta afectación, sin duda porque le divertían los aspavientos de los fanáticos escandalizados, formaban alrededor de su nombre una terrible leyenda.
A pesar del horror que sentía hacia su persona la gente devota y esa inmensa masa indiferente que no cree en nada, pero que se muestra profundamente religiosa mientras esto le produce algún resultado material, nadie ponía en duda sus conocimientos científicos, y era general la opinión de que nadie como él podía dedicarse con gran éxito a la curación de las enfermedades.
Era un hombre terrible, un réprobo, un monstruo, un insensato que no creía en Dios ni en los reyes, que se mostraba partidario de la República y hablaba pestes contra el Papa, pero a pesar de esto, no había familia aristocrática ni príncipe de la Iglesia que vacilase en llamarle apenas tenía necesidad de sus servicios.
En sus relaciones con los clientes, tenía el doctor Zarzoso grandes extravagancias, según afirmaban sus compañeros de Facultad.
Una vez se hizo pagar dos mil duros por haber curado a un opulento canónigo de una enfermedad mental casi insignificante. Esto nada tenía de particular, según sus compañeros; pero lo que en su concepto resultaba absurdo es que al mismo tiempo dedicase gran parte de su tiempo e hiciese nuevos estudios para la curación de un cerrajero, al que apenas conocía, y a quien el doctor tuvo que conducir por fin a un manicomio, entregando antes a su mujer los dos mil duros del canónigo para que se dedicara a una pequeña industria y mantuviera a sus cuatro hijos.
El doctor Zarzoso se indignó de un modo terrible un día que se atrevieron a preguntarle por qué procedió de aquel modo.
--Déjenme ustedes en paz--gritó dirigiéndose a los otros catedráticos--. Si yo tuviese el poder que se le supone a ese tal Dios a quien nadie ha visto, irían las cosas de otra manera, pues sería un terrible nivelador. Entretanto, procuro quitar lo que puedo a los favorecidos por el reparto social para dárselo a los despojados que mueren de miseria.
Eran horribles las teorías de aquel sabio endemoniado. Con ellas, ¿a dónde iría a parar el mundo?
Las gentes indiferentes sólo reconocían en el doctor un gran defecto, y éste tan arraigado, que difícilmente podría nunca despojarse de él.
Era tan apasionado por sus ideas políticas y religiosas, y tan rudamente se encastillaba en ellas, que miraba con odio a todos los que no pensasen del mismo modo que él, y si buscaban los auxilios de su ciencia, los trataba con tantos escrúpulos como un brahmán que se viera obligado a poner sus manos sobre un paria de la India.
Toda la inmensa paciencia y los cuidados maternales que dedicaba a cuantos enfermos no le inspiraban ninguna preocupación, lo trocaba en mal humor y aspereza cuando tenía que curar a algún ser que en su época de sana razón se había distinguido como ardiente defensor de rancias y tradicionales ideas.
En él estaba arraigada la creencia de que todo fanático es un loco; pero no quería comprenderse en esta regla general, porque nunca llegó a pensar que él fuese otro fanático, aunque de las ideas más opuestas.
Al entrar el doctor en el salón de la baronesa, todos los hombres se levantaron, haciéndole un respetuoso saludo.
El señor Zarzoso, al ver a doña Fernanda, que suponía sería la señora que le había llamado, avanzó hacia donde ella estaba, dirigiendo al mismo tiempo una escudriñadora mirada a las otras personas que ocupaban el salón.
Tanto el padre Claudio como los dos médicos le eran desconocidos personalmente; pero al mirar al doctor Peláez hizo un gesto de desagrado, como si se encontrara en presencia de una persona molesta y antipática.
El sabio, cuya rudeza casi era legendaria, odiaba con todo su apasionamiento característico a aquel médico aristocrático, bufón científico, que cifraba todo su renombre en hacer reir a los enfermos de alta categoría.
El tal Peláez venía a ser la continua preocupación del doctor Zarzoso. Por esto le agobiaba con burlas crueles y sarcasmos terribles; pero el aristocrático doctor, ducho en el arte de doblar reverentemente el espinazo, contestaba siempre con lisonjas y adulaciones, lo que aumentaba todavía más el mal humor en el rudo sabio, puesto que odiaba aún más los procedimientos rastreros que el charlatanismo científico.
Peláez no ignoraba la poca simpatía que le tenía el célebre profesor, y de aquí que, a pesar de toda su serenidad, se inmutase un poco al verse en su presencia.
--Querido maestro--dijo, inclinándose servilmente y con acento propio del que experimenta una gran satisfacción--. ¡Cuán inmensa es mi alegría al tener la honra de...!
El médico de la alta sociedad no pudo continuar. El doctor Zarzoso le había mirado despreciativamente con sus ojillos grises, que en ciertos momentos parecían reir chuscamente bajo sus tapaderas de cristal y fué a estrechar la mano que le tendía la baronesa, siempre en actitud trágica y como próxima a desmayarse.
--Señora, he acudido a su llamamiento tan pronto como me ha sido posible. Ahora espero que me diga usted lo que ocurre y deseo que mis servicios puedan ser de gran utilidad.
--Doctor, se trata de una consulta. Mi padre, el conde de Baselga, está gravemente enfermo, y como la fama de usted como especialista en dolencias mentales es universal, me he tomado la libertad de llamarle, deseando que tenga a bien celebrar una consulta con estos señores.
--¿Con quiénes?--dijo con extrañeza el doctor Zarzoso, que estaba mirando fijamente al padre Claudio con la insolencia propia de un clerófobo rudo y empedernido.
No podía explicarse la presencia de un cura en aquella reunión que iba a convertirse en consulta científica, y por esto siguió diciendo con cierta ironía al mismo tiempo que señalaba al jesuíta:
--¿Acaso el señor es también de la Facultad?
--No, señor doctor. El señor, es el padre Claudio, de la Compañía de Jesús, un amigo de mi niñez, un protector de mi infancia, a quien considero como mi segundo padre. Como íntimo amigo de mi familia, ha tratado a mi padre con intimidad y puede suministrar a la consulta datos de alguna importancia.
El jesuíta se inclinó modestamente como ratificando las palabras de la baronesa, y el sabio doctor aún miró con más fijeza al sacerdote.
Había oído hablar mucho de aquel jesuíta que visitaba a la Reina con asiduidad; tenía gran prestigio en los centros oficiales e influía algunas veces en la vida de los Gobiernos, cuando éstos no tenían al frente algún general testarudo.
Siempre había sentido deseos de conocer qué "clase de pajarraco" era aquel jesuíta que tan poderoso se mostraba, y ahora que podía examinarlo a su sabor, esforzábase en adivinar en aquel exterior que afectaba humildad algún gesto, algún detalle que revelase el genio de intriga que poseía en tan alto grado.
Pronto le sacó de su contemplación escudriñadora la voz de la baronesa.
--En cuanto a estos otros señores, ilustre doctor, son colegas de usted, con los que podrá verificar la consulta. Permítame usted que los presente. El doctor don Pedro Peláez.
El aludido se inclinó con afectación, y después dijo con énfasis:
--Tenía ya el honor de que el sabio catedrático me conociese, pues ya he logrado varias ocasiones en que he podido manifestarle que tiene en mí uno de sus mayores admiradores.
Peláez se quedó muy satisfecho de sus palabras; pero el sabio las acogió con gruñidos poco tranquilizadores y dijo después con sorna:
--Efectivamente, conozco al señor... ¿Y quién no conoce a esta lumbrera de la ciencia elegante, a este portento capaz de hacer reir a un moribundo con sus habilidades? Es todo un sabio que irá muy lejos; lástima que la muerte se empeñe en impedir siempre sus triunfos científicos.
Y el doctor Peláez se reía al lanzar su colega aquellas burlas crueles y ver cómo hacía esfuerzos por conservar su serenidad.
--¡Oh! Mi ilustre maestro--murmuró como si estuviese muy agradecido--, siempre me distingue con su alegre benevolencia. Permítame ahora que le presente a mis compañeros.
Y Peláez hizo la presentación de sus dos compañeros, aquellos médicos vulgares que con su expresión de zozobra al verse frente a aquella eminencia daban mucho que reir al doctor Zarzoso.
--He aquí--murmuró éste--dos excelentes acólitos que dirán "amén" a todo.
Después de la presentación era necesario entrar en materia, y la baronesa fué quien abordó la cuestión.
--Señor doctor--dijo con acento quejumbroso--. En esta casa, después de mi padre, soy yo quien, por mi edad, debo encargarme de la dirección de ella, y por esto, hoy, que con profundo dolor veo en peligro la razón del conde, me he apresurado a impetrar los auxilios de la ciencia para impedir mayores males. Mi padre está loco o, al menos, esta es la opinión de todos estos señores. A mí, como hija cariñosa, me repugna creer en tal desgracia, y para convencerme o animarme en mis esperanzas, sólo espero lo que diga el sabio que goza de tan justo renombre en esta clase de enfermedades.
El doctor Zarzoso inclinó la cabeza, agradeció la lisonja, sin dejar de mirar aquella mujer madura y fea que se expresaba con acentos tan dramáticos y que parecía ser lista en demasía.
--Yo, señor doctor--continuo doña Fernanda--, sólo le pido, ¡por Dios y por todos los santos!, que piense bien antes de dar su dictamen, que de sus palabras pende la tranquilidad de mi pobre hermana, joven inocente que no sabe nada de la dolencia de su padre, y la mía propia; pero también le pido que no nos oculte la verdad, pues de seguir mi padre como hasta hoy, libre por completo, teniendo la razón perturbada, podrían originarse terribles sucesos y de sus consecuencias todos me culparían a mí por no haberlos evitado a tiempo.
Peláez, los dos médicos y el jesuíta hicieron signos de aprobación, y el doctor Zarzoso creyó del caso hablar:
--Efectivamente, señora; en estos asuntos hay que decir siempre la verdad, y si yo valgo algo es porque jamás la he ocultado, aun a riesgo de destrozar los sentimientos más naturales de las familias. No tema usted que yo la oculte lo que piense. Mi rudeza es bien conocida de todos cuantos me tratan, y si su padre está loco o si está cuerdo, con la misma claridad se lo manifestaré. Vamos, pues, al asunto. ¿Hay algún inconveniente en que veamos al enfermo?
--No, señor doctor. Mi padre está en su despacho y pueden ustedes entrar a verlo cuando quieran.
--Eso se hará después. Ahora oigamos al médico de la casa. ¿Es el señor...?
--Peláez, para servirle, querido maestro--dijo el aludido fingiendo no comprender la malignidad de aquel olvido.
--¡Oh! Sí; dispense usted. Conoce uno a tantos... Pero esto no impide que sea un pecado imperdonable olvidar un nombre tan conocido como el de usted lo es en la clase más selecta de la sociedad.
Peláez se mordía los labios al sentir aquellas incesantes punzadas que le dirigía el irónico maestro, y todos los presentes, a pesar de la gravedad de la situación, comenzaban a regocijarse algo en su interior, al ver el apuro del médico aristócrata, tan chusco y atrevido en sus conversaciones como tímido y rastrero con el célebre profesor.
--Vamos adelante--dijo éste, que se gozaba en el martirio de su víctima--. A ver la historia de la enfermedad.
Peláez recitó hábilmente la lección aprendida. Todo cuanto en el día anterior le había dicho el padre Claudio en su despacho, lo fué repitiendo con una expresión tal, que en sus palabras no se notaba preparación ajena y parecía el resultado de largas meditaciones científicas.
El aristocrático médico se explicó con claridad y probó la locura del conde, después de afirmar que sólo se decidía a hacer tal declaración tras meditar largamente sobre el asunto.
La historia de la enfermedad fué breve, pero precisa. Primeramente, el paciente, poseído de una manía heroica que le hacía ansiar la gloria, habíase decidido a realizar un plan tan absurdo como la conquista de Gibraltar, por un golpe de mano hijo de su iniciativa, y sin confiar en ningún auxilio extraño. Después, dominado por esta manía, había caído en otra más peligrosa, cual era considerar a todos sus amigos comprometidos voluntariamente en tan loca empresa. La visita de un médico extranjero le había hecho concebir la absurda esperanza de que dentro de la plaza inglesa había gente que secundaría sus planes, y desde este momento su locura se extremó, llegando a hacer preparativos materiales, tales como la compra de armas y reclutamiento de hombres; medidas que podían perturbar el orden, que tenían en perpetua alarma a las familias, y que hacían necesaria una resolución pronta y enérgica en la persona de aquel desgraciado, que constituía un continuo peligro.
El doctor Zarzoso escuchaba silenciosamente la larga y detallada relación de Peláez, y comenzaba a interesarse por el conde de Baselga, diciéndose interiormente que aquel enfermo era un caso raro y digno de estudio.
Al terminar, su compañero le interrogó con una mirada que tenía la misma expresión del cortesano que aguarda anhelosamente una expresión de su señor para celebrarla, y el doctor Zarzoso, que, cuando entraba en el ejercicio de su profesión adquiría la gravedad sagrada de un augur, dijo con expresión pensativa: