La araña negra, t. 4/9

Part 9

Chapter 93,927 wordsPublic domain

--Rara es, señores, la locura del conde. En estos tiempos son más frecuentes que nunca los desarreglos mentales por el exceso de vicios y la imbecilidad producida por la degeneración progresiva de las familias; pero una manía heroica como esa que acaban de explicar, resulta cada vez más rara. Lo que más me pasma es que unida a la locura vaya tal dosis de actividad y de raciocinio, como suponen esos preparativos bélicos que, según dice el señor Peláez y afirman ustedes, ha verificado el enfermo, pero..., bien considerado, de nada de esto debemos pasmarnos. El genio no es más que el hermano mayor de la locura. Si se hubiera aumentado un poco la exaltación de carácter del gran Napoleón; si en su cerebro se hubiese extremado aquel afán a lo grandioso hasta el absurdo, a lo inesperado hasta lo fantástico, es seguro que el conde de Baselga hubiese tenido un digno compañero.

El padre Claudio sonrió con cierto agrado, y los tres médicos creyeron del caso acoger con sendas inclinaciones de cabeza las palabras del ilustre profesor.

--Pero no divaguemos, señores--continuó el sabio doctor--. No perdamos tiempo y determinemos bien la historia de la enfermedad antes de ver al paciente. Ante todo, según las anteriores explicaciones, resulta que el enfermo manifestó claramente su locura después de la visita de ese doctor irlandés, pues al día siguiente se lo representaba en su imaginación como un capitán inglés dispuesto a ayudarlo en la conquista de Gibraltar. ¿No es esto?

--Así es, ilustre maestro.

--¿Y quién trajo a esta casa a ese médico extranjero?

--Fuí yo, señor Zarzoso.

Y el padre Claudio, al decir esto, sonreía humildemente.

--¡Ah! ¿Fué usted...?

El sabio miraba fijamente al jesuíta y en sus ojos leía una marcada expresión de duda. Parecía que le inspiraba fuertes sospechas la circunstancia de ser el jesuíta quien arregló aquella visita tras la cual tan marcadamente se mostró la locura del conde.

--Sí, yo fuí; señor doctor--continuó el jesuíta ansioso por deshacer la mala impresión que adivinaba en el ánimo del profesor--. Como ha dicho antes la señora baronesa, me inspiran mucho interés su familia y todos los asuntos de esta casa, y por ello me tomé la libertad de traer aquí a mi amigo, el doctor O'Conell, para que examinase al conde, cuyo estado me inspiraba ya entonces mucha inquietud.

--¿Y quién es ese doctor O'Conell? Aquí, en Madrid, resulta desconocido. Yo conozco a todos los médicos de Europa y América que gozan de algún renombre, y de ese señor nunca he oído hablar.

--A pesar de eso, señor doctor--contestó el jesuíta sin perder su serenidad, en vista de la desconfianza que mostraba su interlocutor--, mi amigo O'Conell tiene mucha fama en su patria y obtuvo grandes éxitos hace pocos años con sus explicaciones en la escuela de Medicina de Dublín. En la actualidad se dedica a estudios de observación, para lo cual hace continuamente grandes viajes. En Madrid sólo estuvo un día y salió inmediatamente para Cádiz, donde se embarcó para ir a no recuerdo qué punto de la América del Sur.

El jesuíta, al hablar así, reíase interiormente del doctor Zarzoso, y de aquella mirada desconfiada e inquisitorial que fijaba en él con el propósito de sorprender la menor vacilación y apreciar la cantidad de verdad que había en sus palabras.

--Mira cuanto quieras--se decía el jesuíta interiormente--. Serías tú el primer hombre que leerías en mi pensamiento cuando yo estoy mintiendo. No es fácil que hombres como tú me sorprendan ni me atolondren.

Efectivamente, el doctor estaba desconcertado por aquel tono de natural veracidad con que hablaba el jesuíta, y comenzaban a extinguirse las sospechas que momentos antes había concebido.

--¿Y cuál fué la opinión de ese doctor sobre el estado del conde?--preguntó el sabio, que a pesar de todo seguía sospechando.

--Dijo rotundamente que estaba loco.

--¿No dijo nada en su conversación que tendiera a producir en el cerebro del conde la idea de que el tal doctor era un capitán del Ejército inglés?

--Nada absolutamente.

--¿No habló de Gibraltar?

--Poca cosa. La conversación versó principalmente sobre viajes, y el conde se mostró en ella muy razonable y comedido. Unicamente le mostró a O'Conell los planos de la posesión inglesa que tiene en su despacho, y dijo que se estaba ocupando en una gran obra. El doctor procuró hacerle hablar de tal asunto para apreciar mejor su exaltación; pero el conde se mostraba entonces muy reservado.

--¿Y cómo se explica usted que al día siguiente al hablarle, se refiera tranquilamente a un capitán inglés habiéndole usted presentado un médico?

--Eso, la ciencia podrá explicarlo. Yo únicamente puedo sacar de ello la consecuencia de que el conde está loco.

El doctor Zarzoso, a pesar de la humildad candorosa con que el jesuíta contestaba a sus preguntas, seguía firme en su creencia de que había algo extraño en aquella trasformación de personalidad que tan rápidamente se había operado en el cerebro del conde.

Parecía que el célebre médico presentía algo de la terrible verdad que se encerraba en el fondo de aquella inicua intriga; pero sus sospechas no eran determinadas, ni tenían ningún hecho real sobre que apoyarse. Además, él quería manifestar al jesuíta que dudaba de sus palabras, para ver si de este modo turbaba aquella serenidad tan completa; y por esto preguntó con marcada intención:

--¿Y fué usted el único que presenció la conversación del conde y el doctor irlandés?

--Yo solo, señor Zarzoso. ¿Quién más debía presenciar la visita? La señora baronesa estaba fuera de casa, y, por tanto, sólo yo podía estar en la entrevista del doctor y del conde.

--¿Y ha sido usted el único que ha tratado al tal doctor durante su estancia en Madrid?

El sabio profesor marcó mucho esta pregunta, como si esperase desconcertar con ella al jesuíta demostrándole las sospechas que abrigaba de que aquel doctor fuese un ser fantástico inventado por él mismo.

--No, señor doctor. Mi amigo O'Conell, aunque sólo permaneció algunas horas en Madrid, conversó largamente sobre materias científicas con una persona que se encuentra aquí.

El doctor Zarzoso preguntaba con su mirada quién era el aludido.

El jesuíta se apresuró a responder:

--Fué el doctor Peláez, que encontró al sabio O'Conell en mi despacho y quedó muy encantado de su conversación.

El padre Claudio sabía improvisar, según las necesidades del momento, mentiras con visos de veracidad, y, además, tenía la seguridad de que su protegido ratificaría inmediatamente cuanto él afirmase.

--Así fué--se apresuró a decir Peláez--. Tuve el gusto de encontrar al doctor O'Conell en casa del reverendo padre, y le aseguro a usted, ilustre maestro, que quedé encantado de su amabilidad y de su ciencia.

El médico intrigante, puesto ya a mentir, creyó del caso seguir adelante en sus afirmaciones.

--Acababa de ver, según me dijo, al señor conde, y me manifestó que estaba firmemente convencido de su locura, y eso que ésta aún no había tomado un carácter tan alarmante como en el presente. Sus observaciones coincidieron con las que yo hice después, y esto me afirmó en mi creencia de que el doctor O'Conell, aunque no tan sabio como usted, ilustre maestro, es un entendido especialista en enfermedades mentales.

El doctor Zarzoso ya no pudo seguir dudando. Por algunos momentos su instinto había adivinado algo de intriga jesuítica en aquella enfermedad, y hasta llegó a pensar que aquel doctor irlandés era algún ser imaginario, creado por el padre Claudio con ocultos fines; pero en vista de lo dicho por Peláez, creyó absurdo seguir dudando.

El médico aristocrático era para él un bufón sin formalidad alguna, que envilecía a la ciencia con su conducta; pero, por lo mismo que apreciaba su escasez de inteligencia, le creía incapaz de mezclarse en ninguna intriga de importancia.

Además, ¿por qué no había de ser todo aquello verdad? Tratándose de un loco, resultaba lógico que confundiese la profesión de ciertas personas, siempre con ventaja para sus absurdos planes, y ya se mostraba él arrepentido de que su preocupación contra los jesuítas le llevase a ver maquiavélicas tramas donde sólo existían hechos naturales y sencillos.

El padre Claudio adivinaba cómo en el ánimo de su interlocutor iban disipándose las dudas, y para vencer definitivamente su desconfianza, se levantó del sofá, salió del salón y volvió a entrar a los pocos instantes, seguido del ayuda de cámara del conde.

--Además, señor Zarzoso--dijo el jesuíta--, tenemos este criado, que podrá decirle a usted algo de la visita de O'Conell, pues también le vió.

--¿Recuerdas--añadió dirigiéndose al ayuda de cámara--la tarde en que vine a visitar al señor conde, acompañado de un caballero, pequeño de estatura y con patillas rojas?

--Lo recuerdo perfectamente, reverendo padre--contestó el criado con entonación respetuosa--. Era un sabio extranjero, y recuerdo que vuestra reverencia le llamaba doctor y que hablaba con él, al atravesar la antecámara, de lo breve que era su estancia en Madrid.

--¿Recuerdas algo más?

--Me parece que vuestra reverencia me preguntó por la señora baronesa, y al saber que había salido, me encargó manifestara que el doctor... O'Conell (eso es, ya se me había olvidado, el nombre), que el doctor O'Conell había estado a saludarla.

--Está bien. Puedes retirarte.

El doctor Zarzoso no creyó prudente insistir más sobre tal punto. Estaba convencido de que aquel doctor era un ser real, un médico como él, que había estado allí a instancias de su amigo el jesuíta para cumplir un deber profesional, y que el conde, al empeñarse en creerlo un capitán inglés, que le auxiliaba en sus absurdos planes, demostraba estar realmente loco.

--Doy a usted las gracias--dijo al sacerdote, sin reparar que en su interrogatorio había pecado algo de grosero--por los datos que me ha suministrado, y como creo inútil insistir ya más sobre este punto, pasemos a la cuestión más importante, o sea al examen del enfermo.

La baronesa, que hasta entonces había permanecido muda, creyó del caso intervenir en la conversación, obedeciendo a una mirada del padre Claudio.

--Señor Zarzoso, antes de que usted, con su colega, entre a ver a mi padre, me atrevo a dirigirle un ruego. No le exasperen ustedes contradiciéndole, pues entonces se revuelve furioso, y su cólera es tan terrible, que pone en conmoción a toda la casa.

El doctor se inclinó, contestando con toda la galantería de que era susceptible su rudo carácter:

--Señora, agradezco esa indicación, pero es inútil. Estoy acostumbrado hace ya muchos años a tratar dementes, y sé que nada se gana con exasperarlos y contradecir directamente sus manías. Permítame usted ahora una pregunta: ¿son muy frecuentes en el conde los accesos de cólera?

--Sí, señor; muy frecuentes--contestó la baronesa con la precipitación del que ha de mentir sin preparación alguna--. A menudo se pone furioso cuando cree encontrar obstáculos a su plan; sólo que yo, para evitar que la servidumbre se entere de la triste verdad, procuro ocultar tales raptos de violenta locura.

--¿Pero no habrá usted podido ocultar del mismo modo los preparativos militares del conde?

--¡Oh! Eso no. Todos los criados saben que abajo, en las cuadras, hay varias cajas de armas y municiones, y comentan de un modo poco respetuoso para mi padre la llegada de esa banda de hombres casi salvajes que él ha hecho venir desde las montañas de Navarra.

--Ya ve usted, querido maestro--dijo entonces Peláez--, que esos preparativos constituyen un tremendo peligro, que es preciso que nosotros evitemos cuanto antes.

--¡Oh! Efectivamente--dijeron a un mismo tiempo los dos médicos anónimos, que hasta entonces no habían despegado los labios.

El doctor Zarzoso, por toda contestación, se levantó, diciendo a la baronesa:

--Con el permiso de usted, vamos a ver al enfermo.

--Sí; vayan ustedes. El padre Claudio les acompañará, pues él y el doctor Peláez son las únicas personas que logran inspirarle confianza. ¡Ah! Me olvidaba de Joaquinito Quirós, que también es gran amigo suyo.

--¿Quién es ese caballero?--preguntó el sabio doctor.

--Un joven, amigo de mi padre, que fué el primero a quien confió ese maldito plan, causa de su locura. Quirós no tardó en comprender que estaba loco. Debíamos haberlo llamado hoy, pues aunque nada nuevo hubiese añadido a los informes del doctor Peláez y del padre Claudio, siempre hubiese sido útil su presencia. ¿Cómo no se le ha ocurrido a usted llamarlo, reverendo padre?

--Ayer le envié aviso; pero tal vez sus ocupaciones no le habrán permitido venir.

Esto no era verdad, pues el padre Claudio había tenido buen cuidado en que Quirós no se enterara de lo que él proyectaba acerca del porvenir del conde.

No suponía esta reserva que él dudase de la adhesión del escritor católico, pero hacía algún tiempo que Quirós le resultaba peligroso. Notaba en él cierta fatuidad y el claro intento de labrarse una posición sin el apoyo del padre Claudio, para recobrar su independencia, y esto hacía que el astuto jesuíta evitase que se mezclara en un asunto tan importante como era el de la familia de Baselga. El lobo temía las uñas de aquel cachorrillo que con tanto esmero había educado, y reconocía en él facultades suficientes para ser temible.

Los cuatro médicos y el jesuíta estaban ya de pie, dispuestos a salir de la habitación.

El padre Claudio dirigióse al doctor Zarzoso, para decirle, con su aire de hombre humilde y amable:

--Debo advertir a usted, señor doctor, que nuestra visita al conde, si no tiene algún preparativo, puede extrañarle, y les será, por tanto, muy difícil a todos ustedes el estudiarle con entera libertad.

--¿Y qué preparativo es el que usted propone?

--El conde sólo se deja llevar de su manía cuando se cree en presencia de hombres comprometidos en su famoso plan.

--Bien: puede usted presentarnos a él en la forma que más guste.

--Si a usted le parece bien diré que son ustedes individuos del Comité patriótico, que preside el doctor Peláez. Una de sus manías es creer que este señor tiene formada una Junta que ha de ayudarle en sus trabajos de conspiración.

El doctor Zarzoso movió la cabeza, en señal de asentimiento, y estrechó la mano que le tendió la baronesa, medio desmayada en el sofá.

--Valor, señora--dijo el sabio, que, a pesar de su rudeza, se sentía conmovido por el dolor teatral de aquella mujer--. La vida es una lucha, y hay que saber sufrir las desgracias.

--Que Dios le ilumine, señor doctor. Yo sólo pido la verdad, que usted me diga la verdad, sin ocultarme el verdadero estado de mi padre.

Subieron Peláez y sus dos acólitos, llevando en medio al doctor Zarzoso con toda la veneración respetuosa de los labriegos cuando sacan a la calle al santo patrono del lugar.

El padre Claudio les seguía con paso lento; pero cuando les vió salir, volvió rápidamente al sofá donde estaba la baronesa.

--¿Qué va a suceder, padre mío?--exclamó doña Fernanda, que, repeliendo su actitud trágica, se mostraba inquieta y alarmada--. ¿Qué dirá ese doctor sobre el estado de mi padre? ¿Nos traerá el haberlo llamado alguna nueva desgracia?

--Tranquilízate. Tu padre será declarado falto de razón. Los alienistas eminentes, como Zarzoso, a fuerza de tratar locos, acaban por invertir el estado de la humanidad, y creen que la demencia es la regla general, y la cordura una excepción. Basta que se sospeche de la razón de una persona para que la declaren inmediatamente loca. El conde será muy pronto para Zarzoso un caso raro de locura, digno de un curioso estudio. Por eso pensé yo en llamarlo.

--Vaya usted, reverendo padre; vaya pronto a presenciar ese examen, y no tarde, ¡por Dios!, pues esta intranquilidad me mata.

El padre Claudio salió rápidamente del salón y alcanzó en la antecámara al grupo de médicos, que lentamente se dirigía al despacho del conde.

El jesuíta estaba radiante de satisfacción. Había estudiado rápidamente el carácter del doctor Zarzoso, y tenía ya la seguridad del triunfo.

La araña acababa de tejer su tupida y viscosa tela, y Baselga era la incauta mosca que revoloteaba alrededor de aquella pérfida red.

El padre Claudio acechaba tras la oscilante malla, y su alma satánica y ambiciosa sentía como un escalofrío de placer al pensar que estaba próximo el instante en que sería anulado el hombre que se oponía a los planes de la Orden.

XXIV

Baselga cae en la red.

El conde, al ver entrar en su despacho al padre Claudio y a Peláez, seguido de tres desconocidos, levantóse de su sillón con la actitud de un hombre cortés y amable y les hizo tomar asiento en derredor de su gran mesa de trabajo.

El jesuíta tuvo buen cuidado en sentarse junto al doctor Zarzoso, que se había colocado frente al conde, y que con sus vivos ojillos, tan pronto examinaba el rostro de Baselga como aquella habitación, hasta en sus menores detalles.

Para el célebre alienista, que tenía la costumbre de analizar los rostros con una sola mirada, no pasaron desapercibidos la exaltación que brillaba en la mirada inquieta y vaga del conde y el ensimismamiento que en él se notaba, a pesar de su empeño en mostrarse amable y atractivo.

El aspecto del despacho no le preocupaba menos. En sus conferencias científicas se había detenido siempre con predilección en las relaciones directas que existen entre la higiene y la locura, y mirando aquella habitación sombría, con ventanas a un patio, y en la que jamás había entrado el sol, no recibiendo más resplandor diurno que una luz tenue, sucia y cernida, que resbalaba por las paredes grises, después de atravesar la claraboya de cristales del tejado, sacaba como consecuencia inevitable que el ser que pasara la mayor parte del día encerrado en una estancia tan lóbrega, forzosamente había de sufrir un desarreglo de sus facultades mentales y sentir predilección por empresas absurdas y disparatadas.

Mientras el doctor Zarzoso reflexionaba, el padre Claudio hacía a Baselga la presentación de aquellos señores, "ardientes patriotas que pertenecían al Comité del señor Peláez, y que sentían vehementes deseos de conocer al grande hombre que iba a vengar a España."

Los dos compañeros de Peláez creyeron acertado afirmar mudamente las palabras del jesuíta, y se inclinaron profundamente; pero, a pesar de esto, el conde apenas si fijó en ellos la atención.

Como si instintivamente conociera la insignificancia de unos y la valía de otros, despreciaba a los dos médicos y fijaba su atención en Zarzoso, quien clavaba en él su mirada escrutadora e inquebrantable, que tenía algo de la agudeza y frialdad del estilete anatómico.

El padre Claudio notó inmediatamente la predilección que Baselga sentía por el célebre doctor, y comprendió la causa. El carácter susceptible y colérico del conde, forzosamente se había de irritar ante aquel examen detenido y fijo, que le resultaba una imperdonable insolencia.

No creía el jesuíta que fuera favorable a sus planes un choque entre el conde y el doctor, pues podía impedir la conferencia, y por esto se apresuró a intervenir.

--Este señor--dijo señalando al sabio, que estaba a su lado--, es, de todos los admiradores del conde de Baselga, el más entusiasta, y quien más ansiaba conocerle. De seguro que en estos momentos experimenta una satisfacción sin límites al verse cerca del que es su ídolo. ¿No es así, señor Zarzoso?

--Así es, no quiero negarlo. Tengo una gran satisfacción en conocer al señor conde, y me honraría mucho en tratarlo con más asiduidad.

Baselga agradeció la lisonja con palabras que demostraban no había muerto en él el antiguo cortesano, pero, a pesar de esto, aquel hombre panzudo seguía atrayéndole con la antipatía que le inspiraba. Su mirada especialmente, con su fijeza y su frialdad, que parecía registrarle desde la cabeza hasta los pies, le crispaba los nervios, hasta el punto de que en ciertos instantes no se sentía dueño de su voluntad y experimentaba irresistibles impulsos de abofetear al insolente curioso.

Peláez, que por carecer de la penetración del padre Claudio no comprendía lo que pasaba en el interior del conde, sonreía sin objeto, y, deseoso de mezclarse en la conversación, dijo al conde:

--Aquí, donde usted ve a mi amigo el señor Zarzoso, es un hombre de gran importancia, un sabio, que podrá ser de gran utilidad para nuestra empresa.

--¡Oh!, los sabios--dijo con expresión desdeñosa el conde, que deseaba desahogar su ira contra el que tanto le mortificaba con su mirada--. Los sabios no sirven gran cosa en esta clase de empresas, y en nuestro Comité, señor Peláez, lo que deben figurar son los hombres de acción, patriotas de mucha alma, que puedan ayudarnos. No supone esto que yo desprecie a este señor; en esta clase de asuntos todos sirven, pero, siempre que se pueda, deben escogerse personas aptas. Creo que, porque hable con esta franqueza, no se ofenderá el caballero.

--No, señor conde--contestó el doctor, siempre mirando fijamente a Baselga--. Me gusta mucho hablar con franqueza, y, por lo mismo, deseo, antes de comprometerme en una empresa como la que usted ha ideado, enterarme de ciertos detalles importantes.

El conde se sonrió con cierto desprecio, y dijo irónicamente:

--¡Ah! ¿El caballero tiene dudas sobre mi plan?

--Algunas, señor conde, aunque no de gran importancia, y desearía que usted las aclarase. Advierto a usted que estos amigos--y Zarzoso indicó a los dos médicos anónimos--se encuentran en el mismo caso que yo, y desean saber de un modo claro con qué elementos cuenta la patriótica empresa antes de comprometerse en ella.

El doctor ya no miraba fijamente al conde, y éste, como si se viera libre de una presión magnética, que le predisponía al mal humor, sintióse mas aliviado y comunicativo.

--Estoy dispuesto a satisfacer su deseo. Pregunte usted.

El sabio doctor miró a sus compañeros, como indicándoles que iba a comenzar el examen, y habló así:

--Mi amigo Peláez me ha dicho que dentro de Gibraltar tendremos compañeros que nos ayudarán en nuestra empresa. ¿Son dignos de confianza esos auxiliares?

--¡Oh! Yo respondo de ellos, y aquí hay también quien responderá con tanta seguridad como yo. Tenemos allí al capitán O'Conell, un irlandés de gran valor, que está dispuesto a auxiliarnos, aunque esta empresa le cueste la vida. El padre Claudio lo conoce mejor aún que yo, y sabe que es todo un héroe.

La rodilla del jesuíta chocó suavemente con la del doctor, y aquel roce parecía indicar al señor Zarzoso que el conde comenzaba ya a dejarse arrastrar por la locura.

El sabio hizo un gesto de inteligencia y continuó:

--¿Y no podría engañarnos ese capitán?

--¿Engañarnos? No, señor. Yo soy de los que a primera vista conocen a las personas, y tengo al capitán por un hombre franco e incapaz de una traición. ¿No piensa usted lo mismo, padre Claudio?

--¡Oh! Seguramente. Mi amigo O'Conell es una buena persona.

Y volvieron a tocarse las rodillas, para excusarse el jesuíta, porque seguía al conde en su manía, con el propósito de evitar que éste se irritara.

--No dudo--continuó el doctor Zarzoso--que ese irlandés sea una buena persona. Pero, ¿está usted seguro de que sea, efectivamente, un capitán del ejército inglés? ¿Dijo que era militar o se presentó con otro carácter: por ejemplo, médico?

El padre Claudio, a pesar de su serenidad a toda prueba, comenzaba a inmutarse. Aquel doctor tenía un modo tan intencionado de preguntar, que el jesuíta temía que de un momento a otro, y merced a una palabra insignificante, se descubriera la verdad, y su trama, con tanta paciencia forjada, viniese al suelo con estrépito.

Afortunadamente para él, el doctor Zarzoso resultaba antipático a los ojos de Baselga, quien gozaba en contradecirle y en demostrar que sus preguntas no tenían pizca de sentido común.