La araña negra, t. 4/9

Part 7

Chapter 73,951 wordsPublic domain

--Esta es; sí, señor. Es decir, quedan aún treinta más, que vendrán dentro de dos días. Les quedaba algo que hacer por allá, y además no convenía que viniéramos todos juntos. Algunos sirvieron en las filas cuando la guerra, y todos estos jovenzuelos son hijos de antiguos soldados de nuestro regimiento y le conocen a usted por lo mucho que hablaban sus padres del valiente coronel Baselga. ¿Verdad, hijos míos?

Aquellos mocetones contestaron muda y afirmativamente con tal energía, que parecía iba a salírseles la cabeza de los hombros.

--Ya veo que es gente que promete--dijo el conde--, y de seguro que con ellos pueden hacerse muy buenas cosas.

Veinte sonrisas estúpidas acogieron agradecidas el cumplido.

--Póngalos usted a prueba y verá. Son fieras, y más cuando se trata de reñir por el rey legítimo. Conque, señor conde, ¿cuándo daremos el grito? Porque yo supongo que no nos habrá usted llamado, gastando tanto dinero, por el solo placer de vernos.

--Ya hablaremos de eso. Ven solo esta tarde y te diré lo que hemos de hacer. ¿Necesitas dinero?

--¡Quiá!, no, señor. Con los tres mil duros que usted envió he tenido de sobra para dejar algo a las familias y traer esta gente y la que ha de venir, y aún queda para mantenerse muchos días aquí.

--Así que necesites más dinero, avísamelo. Ahora marchaos y procurad ir por Madrid en pequeños grupos, sin llamar la atención. Hasta la vista, muchachos; y tú, Fermín, te espero esta tarde.

Salió la horda con el mismo estrépito, saludando con sus boinas al conde y llevando al frente, como cuidadoso pastor, al tío Fermín, que había tomado ojeriza al portero, pues al verle en la escalera blandía su garrote de un modo poco tranquilizador.

Perdiéronse escalera abajo los trotes de aquella tribu, arrancada de lo más abrupto de las montañas navarras y llevada a Madrid por la voluntad del conde. En la antecámara no quedaron como recuerdos de la invasión más que las manchas de barro en la alfombra y un nauseabundo olor a salud.

La baronesa experimentó gran alarma con aquel acontecimiento inesperado.

Por más que esforzaba su imaginación no podía adivinar cuáles eran aquellos propósitos que su padre ocultaba con tanto misterio, y por qué había hecho venir tanta gente desde Navarra.

Comprendía que el padre Claudio sabía más que ella en aquel asunto; pero por no merecer de él una reprimenda, ni oir que su curiosidad se mezclaba en todo, no avisó al jesuíta de lo ocurrido, como en el primer momento lo pensó.

Quiso aquella tarde sorprender algo de la conversación del conde con el viejo navarro, pero no pudo lograr su intento, pues Baselga, como de costumbre, cuando tenía que tratar algo en secreto, había cerrado la puerta de una habitación anterior a su despacho.

La baronesa hubo de contener forzosamente su curiosidad, que se excitó dos días después con motivo de otra visita que hizo el tío Fermín, con más numeroso acompañamiento y con el mismo estruendo, aunque sin tener choques con el obeso portero.

Eran treinta mozos los que el viejo navarro presentaba al conde, diciéndole que acababan de llegar en el tren de la mañana, y que estaban tan deseosos de ver a su noble jefe, que no había podido disuadirlos de tal visita.

La baronesa, que oculta tras el mismo cortinaje de la antesala presenciaba la escena, se alarmó más aún y pensó con terror si su padre haría desfilar por aquella casa a todo su antiguo regimiento.

No creía ya que en aquello pudiera tomar parte el padre Claudio, y se propuso revelarle lo que ocurría aunque el jesuíta le reprochara su curiosidad.

Envió al portero a la casa residencia de los jesuítas, con una esquela en que rogaba al padre Claudio pasase a verla cuanto antes, y a su director espiritual, el padre Felipe, le comunicó cuanto ocurría en aquella misma tarde, pues no podía contener más tiempo la extrañeza producida por tan inesperados sucesos.

Estaba la baronesa muy ocupada en comentar con su director espiritual aquellas misteriosas maquinaciones de su padre, cuando entró la doncella, a quien doña Fernanda había encargado que espiara todos los actos del conde.

--¡Señora, señora!--dijo apresuradamente la joven--. El señor ha bajado hace un rato a las cuadras y ha hecho desocupar el cuarto del forraje.

--¡Bien! ¿Y qué?--contestó la baronesa, no comprendiendo que tal noticia pudiera causar tanto azoramiento.

--Que acaban de llegar dos carros con unos cajones muy pesados, y a fuerza de muchos brazos acaban de colocarlos en el depósito del forraje.

--¿Y qué contienen los cajones?

--Agustín el cochero, que ha ayudado a colocarlos y ha hablado con los mozos, acaba de decirme que tienen dentro carabinas.

--Será una broma--dijo la baronesa palideciendo.

--No, señora. Yo he oído el ruido de los cajones al descargarlos, y aseguro a la señora que contienen objetos de hierro. Indudablemente son armas.

La baronesa y su amigo se miraron asombrados, haciéndose mudamente la misma pregunta. ¿Para qué serían aquellas armas?

--¿Y dónde está el señor?--preguntó doña Fernanda.

--Vigilando y dirigiendo la colocación de los cajones. Uno de éstos, dice Agustín que lo han descargado con precaución, pues contiene cartuchos que pueden dispararse con facilidad.

A la baronesa le pareció que ya se bamboleaba la casa, movida por una explosión, y con acento algo angustiado, dijo a la doncella:

--Vuelve a ver lo que hace el señor, y Dios quiera que no nos suceda una desgracia.

Doña Fernanda y su director espiritual se entregaron a los más aventurados comentarios, creyendo, cuando menos, que el conde trataba de verificar un alzamiento carlista en el mismo Madrid.

Era preciso poner aquello en conocimiento del padre Claudio, y su subordinado, el robusto y potente confesor, se comprometía a manifestarle la urgencia con que la baronesa solicitaba su presencia.

A la mañana siguiente, el padre Claudio, antes de la hora en que acostumbraba a ir a Palacio, entró en el salón de doña Fernanda.

Esta, que le aguardaba hacía ya mucho tiempo y que, como de costumbre, se había vestido y acicalado con elegancia para recibir dignamente al poderoso jesuíta, se abalanzó a él, exclamando con doloroso acento:

--¡Oh, padre mío! ¿Qué va a suceder aquí? ¡Con qué impaciencia le aguardaba! Creo que ya sabrá usted lo que ha hecho mi padre.

--Sí, hija mía. Este suceso lo aguardaba yo hace algún tiempo; pero siéntate y hablemos con calma, pues el asunto lo merece.

Sentáronse los dos en un sofá, y el jesuíta dijo, adoptando un aire paternal:

--Vamos, hija mía. Cuéntame todo lo sucedido ayer. El padre Felipe me ha dicho algo, pero deseo que seas tú quien me diga lo ocurrido, con todos los detalles.

La baronesa hizo la relación de todo lo sucedido. La llegada de los navarros, el almacenaje de las armas, el gran susto de los criados, que sabían todo lo que ocurría, y el no menor que experimentaba ella, pues comprendía que de todo aquello nada bueno podía salir.

--Y tú--dijo el jesuíta--, ¿qué intenciones le supones a tu padre? ¿Por qué crees que hace todas esas cosas que resultan extrañas?

--Yo, padre mío, la verdad, no sé cuál pueden ser sus ideas. Ahora, afortunadamente, estamos en una época tranquila, el partido carlista no piensa en conspiraciones, y al ver yo estos preparativos guerreros de mi padre, casi llego a sospechar si estará loco.

El padre Claudio sonrió, como halagado por estas últimas palabras, y dijo a su admiradora:

--¿Recuerdas que un día vine aquí con un sabio irlandés, el doctor O'Conell? Tú estabas en una Junta de Cofradía, y encargué al ayuda de cámara de tu padre que te participase la visita. ¿Lo recuerdas?

--¡Oh, sí, perfectamente! Vino vuestra paternidad con un sabio que estaba de paso en Madrid y que se marchaba aquella misma noche. El doctor O'Conell, según usted me dijo después, es un sabio de gran reputación, y, además, un buen católico y amigo de la Orden. Ya ve usted que me acuerdo.

--Pues bien; aquella visita, que parecía insignificante, tenía gran importancia. Yo traje aquí a O'Conell con toda intención.

--También ha traído usted al famoso doctor Peláez, con el que ha simpatizado mucho mi padre.

--También ha sido intencionadamente. Necesitaba que la ciencia viniese a ratificar una sospecha que hace tiempo abrigaba yo.

--¡Cómo! ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que usted cree, padre Claudio? ¡Oh, dígamelo, por Dios!

La baronesa demostraba gran excitación. Pero ésta era producida más por la curiosidad que por la zozobra dolorosa que en toda hija produce un riesgo que amenaza a su padre.

--¡Calma, hija mía, calma! No te inmutes y conserva la serenidad, que en estas circunstancias es más necesaria que nunca. Comprendo que mis palabras te impresionarán desagradablemente, pero debes tener valor.

Y luego añadió, bajando la voz y mirando a todas partes, como si temiera ser oído:

--Tu padre está loco.

Y doña Fernanda, por toda contestación, murmuró:

--Me lo temía.

Quedaron en silencio los dos, y pasados algunos minutos de reflexión, la baronesa preguntó a su ídolo:

--Pero dígame vuestra paternidad: ¿qué ha sucedido? ¿Cómo ha venido usted a convencerse de la locura de mi padre?

--¡Oh! Es muy largo de contar. Procuraré decírtelo brevemente. Tu padre ha caído en la extraña monomanía de querer arrebatar Gibraltar a los ingleses, y hace ya muchos meses que no se ocupa de otro asunto. La idea, siempre fija, de alcanzar gran renombre, como sus antiguos compañeros de armas, le ha hecho incurrir en tal manía, y él que, como sabes, no ha sido nunca gran aficionado a los libros, estudia ahora con tenacidad las obras militares, y ha conseguido hacerse un sabio. Las fortificaciones de Gibraltar las conoce perfectamente, y hace poco tiempo aquel viaje que emprendió, y del que tan malhumorado vino, no fué a sus posesiones de Castilla la Vieja...

La baronesa, que oía la relación con extrañeza y curiosidad, no se pudo contener.

--Pues, ¿adonde fué?--exclamó.

--A Gibraltar, de donde le arrojó la policía inglesa, sin duda porque con sus imprudencias excitó sus sospechas. El mismo me lo ha contado, pues por una extraña casualidad le inspiro gran confianza. Su manía le induce principalmente a considerar a todos sus amigos como cómplices de la conspiración y les comunica sus planes. Yo, que conozco su carácter y sé que es terrible cuando se irrita, procuro no contradecirle, y consiento que me trate como compañero de conspiración. Lo mismo le ocurre a Joaquinito Quirós, que hace tiempo se apercibió de las manías del conde. Al principio eran éstas inofensivas, y se limitaban a risueñas esperanzas y planes, que no se habían de realizar; pero, poco después, tomaron un carácter alarmante, hasta tal punto, que hoy puedo asegurarte, hija mía, que si tú, en representación de toda la familia, no tomas medidas enérgicas, este loco puede perturbar, no solamente esta casa, sino España entera, creando un conflicto internacional, en el que, indudablemente, perderá la vida. Figúrate que ha comprado armas y ha llamado esa gente que tú ya conoces, con el descabellado propósito de apoderarse de Gibraltar por sorpresa, y habla de esta empresa imposible con la misma naturalidad que Don Quijote hablaba de las más tremendas aventuras. Tan parecido está al loco hidalgo manchego, que toma ya por gigantes los molinos de viento, pues a un doctor lo convierte en capitán, metiéndolo imaginariamente en su conspiración.

--¿Cómo es eso?

--Se ha empeñado en que el sabio doctor O'Conell es un capitán irlandés de guarnición en Gibraltar, y que se ha comprometido a ayudarle en su aventurada empresa.

--Pero, ¿puede haberse forjado tal idea? Eso es un disparate.

--¿Qué te extraña, hija mía? Si no pensase tan absurdamente no sería un loco. Indudablemente, lo que sueña en su desordenada imaginación lo cree una realidad, y por esto afirma tan seriamente que el doctor es un militar comprometido en la patriótica conspiración.

--Pero en algo se fundará para hacer tales afirmaciones.

--En nada absolutamente, querida hija. El doctor O'Conell tuvo con él una larga conferencia, de la que yo fuí testigo, y en ella no se trató nada que pudiera servir de base a tales ilusiones. Es verdad que el conde habló de Gibraltar con esa exaltación que siempre le acomete cuando trata de ese plan tan funesto para su razón; pero el doctor, ocupado en observarlo, apenas si le contestó, fijándose únicamente en las muestras que daba de enajenación mental. Salimos mi amigo y yo de la visita, sin que pudiera imaginar el efecto que ésta había de producirle, y al día siguiente, al volver aquí, mi sorpresa no tuvo límites cuando el conde me preguntó por el capitán O'Conell, y si éste tardaría mucho en indicarle, por conducto mío, el momento oportuno para dar el golpe sobre Gibraltar. Pero mi asombro se trocó en miedo cuando me habló de traer de Navarra hombres de confianza y comprar armas. Temblé, pensando en los terribles compromisos que su locura iba a traer sobre esta casa, para mí tan querida, y busqué inmediatamente al amigo Peláez, encargándole que estudiase atentamente la enfermedad del conde.

Doña Fernanda estudiaba fijamente a su poderoso amigo, como si intentase adivinar en su frente pensamientos muy opuestos a su palabra.

La aristocrática devota se había rozado demasiado con gentes cuya facultad predominante era la astucia, para no presentir que allí debía haber algo extraño e importante, que el buen padre le ocultaba.

Sentíase inclinada a la desconfianza, pero, al mismo tiempo, era tan pura la mirada del jesuíta, tenía su rostro tal expresión de inocencia, que la devota se sentía arrepentida de sus sospechas.

El padre Claudio podía jactarse de ser dueño absoluto de su voluntad y tener en la baronesa una sierva sumisa.

No; ella, a pesar de todos sus presentimientos, no quería recelar nada; no se sentía capaz de pensar mal de su poderoso amigo, y estaba dispuesta a creer a ojos cerrados cuanto el jesuíta le dijera.

Además, no le desagradaba aquello de que el conde fuese declarado loco, y pensaba con fruición en que por tal procedimiento se realizarían sin obstáculo alguno los planes que sobre el porvenir de Enriqueta se había forjado ella y el jesuíta.

Pensando en tan halagüeña idea, se le escapó una sonrisa de complacencia, y como llama de atalaya que hace una señal en la oscuridad de la noche, en el fondo de la mirada del padre Claudio brilló una luz fugaz y extraña. Aquel chispazo contestaba a la sonrisa. Se daban ya por entendidos el maestro y la discípula.

Doña Fernanda se había decidido ya a creer en la locura de su padre. Ella sabía lo que significaba tal locura sobreviniendo poco después de negarse el conde a las demandas del jesuíta; pero sentía tranquila su conciencia, más que todo por la naturalidad simple y terrible que presentaba el asunto, y que hacía honor a la preparación jesuítica.

La cosa era sencilla y no daba lugar a dudas. Baselga ya no era el mismo de un año antes. Se había fijado tenazmente en su cerebro un plan imposible, y el que antes era un ser misantrópico y silencioso, mostrábase ahora exaltado y locuaz. Esto no era suficiente para declarar a un hombre loco; pero allí estaban, como acusaciones poderosas e indestructibles, el empeño en convertir a un sabio doctor en capitán del ejército inglés, la llamada de aquella turba de feroces navarros, la compra de armas y, sobre todo, el testimonio del doctor Peláez, aquella lumbrera científica del mundo elegante, que golpeándose el pecho con sus rudas manazas, manifestábase dispuesto a jurar ante Dios, si era preciso, que Baselga estaba más loco que muchos reclusos en los manicomios.

Ella volvía a repetirse que no sentía intranquilidad en la conciencia. Tenía la obligación, como buena católica, de creer a un santo varón tan respetable como el padre Claudio, y desechaba, como inspiraciones del demonio, las sospechas que la acometían. Ella no pecaba creyendo a su padre loco, aunque la razón le aseguraba todo lo contrario. Se lo decía el respetable jesuíta, y ella, con creerlo, quedaba libre de toda responsabilidad. ¡Oh! ¡Cuán cómoda era aquella fe!

El padre Claudio adivinó, con su natural perspicacia, lo que pensaba aquel ser tan supeditado a su voluntad, y seguro ya de su obediencia siguió adelante.

Habló a la baronesa de la necesidad en que estaba de prevenir los peligros que pudiera ocasionar la locura de su padre, y le pintó con sombríos colores cuál iba a ser la suerte de éste, si permanecía libre, como hasta el presente.

--Tú no llegas a imaginarte lo peligroso que es para su familia, y hasta para su propia persona, un loco dominado por tan extraña manía como la del conde. Hasta la paz de la nación peligra, si tu padre permanece, como hasta el día, dueño por completo de sus acciones. Figúrate que mañana mismo, tenaz en su idea de que el doctor O'Conell es un capitán que le ayuda dentro de la plaza de Gibraltar, se le ocurre valerse de sus armas y de esos hombres que ha reunido, y se dirige a la posesión inglesa, intentando entrar en ella en son de guerra. Las autoridades británicas, que no reparan gran cosa en apreciar locuras, lo ahorcarán, indudablemente, en tal caso, y todo el mundo te señalaría a ti como responsable de tan afrentosa muerte, pues, conociendo a tiempo su locura, no habías evitado sus consecuencias.

--¡Jesús!--exclamó la baronesa con afectado horror, tapándose el rostro con las manos.

--Vamos, hija mía; hay que tener presencia de ánimo y no entregarse al dolor. Hoy aún estamos a tiempo para evitar tales horrores, si es que tú tienes la suficiente firmeza para adoptar una resolución que ponga en seguro la existencia de tu padre y la paz de esta casa.

--¡Oh, diga usted, reverendo padre! ¿Qué debo hacer?

--Ante todo hay que buscar a varios doctores de reconocida capacidad, para que celebren una consulta sobre la salud del conde, y enterados suficientemente de sus nuevas costumbres y extrañas ideas, digan si está loco o no.

--Estoy dispuesto a ello, y llamaré a los doctores que usted me indique.

--Basta con que llames a uno; los otros los convocará el doctor Peláez, que puede apreciar mejor que nosotros el mérito de sus compañeros de Facultad.

--¿A quién tengo que llamar yo?

--Al doctor Zarzoso, ese célebre catedrático de la Escuela de Medicina, que tanto ruido mueve con sus conferencias públicas sobre enfermedades mentales. ¿A quién mejor podemos confiar el diagnóstico de la enfermedad de tu padre? ¡Oh! Estáte segura de que si don Antonio Zarzoso nos declarase locos a nosotros dos, no habría nadie en el mundo que dudase de sus palabras. Puedes escribirle hoy mismo, rogándole que te diga a qué hora podrá venir mañana a examinar al conde. El tal doctor es un hombre de perversas ideas políticas, un revolucionario recalcitrante, que, aunque valiéndose de rodeos, aprovecha todas las ocasiones que se le presentan para atacar nuestra santa fe; pero sabe mucho, es un portento de ciencia, y en ocasiones como ésta, resulta necesario valerse de sus superiores conocimientos.

--Le llamaré, reverendo padre. Un criado le llevará inmediatamente mi carta, en que le rogaré venga mañana mismo.

--El doctor Peláez vendrá con los dos compañeros que elija, y la consulta se llevará a cabo. Yo, en interés tuyo y de esta casa, me resignaré a asistir a la consulta, pues tal vez el doctor Zarzoso quiera interrogarme sobre las costumbres y el carácter del conde.

--¡Oh, gracias, padre mío! ¡Cómo agradecer tantas bondades!

Hablaron aún mucho rato el jesuíta y la baronesa sobre la locura del conde, y cuando el primero hubo determinado bien hasta en sus últimos detalles lo que su aristocrática subordinada debía decir en la consulta del día siguiente, se despidió de ella, alegando sus muchas ocupaciones.

Al atravesar la antecámara el padre Claudio habló con el ayuda de cámara del conde:

--¿Está el doctor Peláez con tu señor?

--Sí, reverendo padre. ¿Quiere usted que le dé algún recado?

--Ahora, no; sería interrumpir su conversación con el conde y estorbarlos en importantes ocupaciones. Si tarda en marcharse, puedes entrar de aquí a una hora, y decirle que le aguardo en mi casa.

El padre Claudio se fué.

Cuando una hora después el doctor Peláez entró en el despacho del poderoso jesuíta, estaba éste completamente sólo y papeleando con la misma suprema atención que cuando era joven. Aquel hombre se sentía en su elemento y experimentaba un inmenso placer cuando hojeaba aquellos legajos, inmenso registro de las vidas de muchos miles de seres, que encerraba secretos importantes y era como un cementerio moral, donde dormían los hombres más conocidos, mostrando el esqueleto descarnado de su vida, el carácter secreto, sin convencionalismos sociales que encubren los defectos, ni excusas engañosas que desfiguran los crímenes. Revolviendo aquella necrópolis de papel emborronado, el padre Claudio se agigantaba, apreciando en toda su magnitud su poderosa omnipotencia, y al tomar en sus manos uno de los legajos, su peso le parecía el del mundo entero, que podía estrujar a su placer.

El doctor Peláez entró en el despacho transfigurado. A sus elegantes clientes les hubiese costado algún trabajo reconocer en aquel hombre grave, cabizbajo y con aire de siervo rastrero que se humilla, su doctor alegre, chismoso y bromista, que tanto alegraba a los enfermos.

El padre Claudio le miró de un modo muy distinto que cuando lo encontraba en los salones de la alta sociedad.

Ahora ya no eran dos amigos, sino que el subordinado comparecía ante el superior omnipotente y absoluto.

--Siéntese usted, doctor--dijo el padre Claudio--¿Cómo está el conde?

--Lo mismo que siempre. Esta tarde, como de costumbre, hemos hablado de Gibraltar. Dice que sólo espera el aviso de O'Conell, y que todo lo tiene preparado para ponerse en camino y dar el golpe.

--¿A qué altura se encuentra su demencia?

--Reverendo padre, el conde está tan loco como vuestra paternidad y como yo. Es cierto que en él hay algún desarreglo de las facultades mentales, que esa idea de conquista le obsesiona, hasta el punto de excitar demasiado su imaginación; pero de esto a la locura hay mucha distancia.

El padre Claudio hizo un gesto terrible, y el médico tembló.

--Doctor Peláez, es usted un imbécil, que no sabe una palabra de medicina. Yo le digo a usted que Baselga está loco.

Y al decir esto miraba con tal aire de autoridad avasalladora a Peláez, que este, como si fuese el eco de las palabras del jesuíta, dijo rotundamente:

--Está loco, efectivamente.

--Muy bien; veo que ya va sabiendo usted algo más de medicina. El conde de Baselga está loco, y en la consulta que usted, como médico de la casa, tendrá mañana con el célebre alienista Zarzoso, es preciso que sepa relatar perfectamente la historia de la enfermedad y que cuente todos los detalles justificativos, de modo que nadie pueda dudar que el conde es víctima de una enajenación mental. Resulta esto necesario para que la familia pueda conducirlo a un manicomio.

--Difícil es eso, reverendo padre.

--Claro, es más fácil contar chascarrillos en las tertulias y alborotar a las pollas con cuentecillos de color de rosa; pero aquí no lo hemos encumbrado a usted por el gusto de que la aristocracia tenga un bufón más, sino para que nos sirva siempre que lo necesitemos. Usted no está autorizado para decir si una cosa es fácil o difícil; usted lo que debe hacer es cumplirla a ojos cerrados, y... en paz.

--La cumpliré, reverendo padre. Sólo temo no saber hablar de un modo que convenza a mis colegas.

--Yo estaré allí.

--De ese modo ya estoy más tranquilo.