Part 13
--Caballero, ¿es ésta manera de recibir una persona decente? ¿Soy algún criminal terrible para tenerme cerrado? Soy el conde de Baselga, sépalo usted.
--Lo sé, señor conde--dijo el joven con sonrisa amable--; y ruego dispense esta falta de atención. El tenerle cerrado, comprendo que le será a usted tan enojoso como molesto para mí; pero tengo que cumplir forzosamente las órdenes que me dan. A usted mismo le conviene permanecer ahí.
--¿Esas órdenes son de O'Conell? A ver, ¿dónde está O'Conell?
El joven médico no sabía quién era aquel extranjero que nombraba el conde; pero con el aplomo que le daba su continuo trato con los enajenados, respondió:
--Sí; O'Conell me ha dado la orden. No tardará en venir, puede usted esperar tranquilo. Es cuestión de una hora a lo más. Le ruego, sobre todo, que no se incomode ni se exalte. Piense usted en que le conviene estar así.
El conde seguía no comprendiendo aquel extraño aparato; pero se tranquilizaba contemplando aquellos dos hombres.
No; aquella gente no podía ser mala. Tenía buen aspecto y no parecía que se propusieran causarle el menor daño. Esperaría, ya que tan cortésmente se lo suplicaban, y cuando llegara O'Conell, éste le explicaría la razón de tan extraña conducta.
El joven hizo una cortesía, disponiéndose a retirarse.
--Ya lo sabe usted, señor conde. Permanezca usted tranquilo, que así que llegue el que usted espera, entrará a verle inmediatamente. Mientras tanto, el ventanillo quedará abierto, y si algo se le ocurre, no tiene usted más que llamar a este señor, que acudirá inmediatamente.
Los dos hombres se retiraron, y el conde volvió a pasearse por la habitación.
En los primeros momentos estaba tranquilizado por la conferencia; pero así que estuvo solo un buen rato, comenzaron a renacer las antiguas sospechas. ¿No podían ser terribles enemigos aquellos hombres que tan amables se mostraban?
Todo inducía a esperar algo malo, porque un misterio tan absurdo, rara vez puede ser precursor de felices acontecimientos.
Y el conde, al pensar esto, se dirigía a sí mismo preguntas de imposible contestación.
--Vamos a ver, ¿dónde está O'Conell? ¿Por qué ordena estas precauciones irritantes? ¿Será acaso un traidor que nos habrá engañado al padre Claudio y a mí? ¿Y qué casa es ésta? Se me ha olvidado preguntarlo a ese joven, así como por qué chillaban tan desaforadamente hace poco rato.
Justamente cuando el conde se decía esto, volvió a estallar aquel extraño y espeluznante concierto de gritos, rugidos e incoherentes canciones.
Esta vez se oía mejor, y parecía más próximo el griterío, sin duda por estar abierto el ventanillo.
A Baselga le ponía nervioso aquel estruendo, que parecía arañarle los oídos. Además, creía que era una burla; el regocijo de ocultos enemigos, que celebraban con risotadas extravagantes verle a él encerrado, y por esto, dando en el suelo una furiosa patada, murmuró iracundo:
--¡Dios! Esto parece una casa de locos.
Después, como si tomara una resolución, se dirigió al ventanillo:
--¡Buen hombre!--gritó--. ¡Eh, buen hombre!
Sonaron las pisadas del criado, que a pesar de su robustez, andaba con una ligereza juvenil.
--¿Qué se le ofrece?--dijo apareciendo y con acento rudo, que pugnaba por dulcificar.
--¿Qué ruido es ése? ¿Por qué chilla esa gente de un modo tan extravagante? Diga usted que callen. Me incomoda esa música rara.
--No haga usted caso, señor. Son huéspedes que tenemos aquí hace algún tiempo, y que nos dan bastante trabajo.
--¿Y qué clase de casa es ésta? ¿Qué hacen aquí?
Por fin, la cara de palo del criado perdió su expresión estúpida para animarse con una sonrisa extrañamente irónica.
--¡Oh! Ya lo sabrá usted, ya se encargará de decírselo la persona a quien espera.
--¡Ya lo creo que me lo dirá! Tengo deseos de saber el por qué del aparato de esta cita, que me va resultando pesada. Alguna extravagancia tal vez. ¡Esos ingleses son tan excéntricos!
Baselga notó en la inanimada cara del criado cierta expresión de extrañeza. ¡Si él lograra hacerle hablar!
--Qué, ¿te extrañas de lo que digo? ¿No conoces tú al capitán O'Conell?
--Yo, no, señor. Es decir..., ese capitán, ¿no es la persona que usted espera?
--Sí, hombre. Al que espero, y por el que he venido aquí.
--Pues a ése sí que lo conozco; sólo que no sabía que usted lo llamaba por tal nombre, ni que era capitán.
--¿Pues, cómo llamáis aquí al que yo espero?
--Aquí se le llama el doctor Zarzoso, y todas las mañanas, a las once, viene a hacer su visita. Por lo regular, sólo inspecciona a algunos de los huéspedes y se pasa más de dos horas hablando con ellos. Hoy tendrá con usted una conferencia larga.
El conde quedó profundamente desconcertado por tales palabras. ¿Qué enredo era aquél? ¿Había otro que al capitán irlandés quería convertirlo en doctor? Baselga comprendía la necesidad de hacer hablar a aquel hombre, y recordando sus antiguas prácticas de hombre de mundo, que hace apreciar el dinero como el mejor medio de desatar lenguas, sacó del bolsillo del chaleco dos piezas de a duro, y sacó la mano por el ventanillo.
--Toma, esto para ti. Por la molestia que te tomas al entretenerme con tu conversación, hasta que llegue ese señor a quien espero.
--Gracias, señor conde--dijo el criado mirando con codicia las relucientes monedas--; pero me es imposible aceptar la "fineza". El reglamento de la casa lo prohibe terminantemente.
--Tómalos sin cuidado. Guardaré el secreto, pues tengo el gusto de hacerte este regalo.
La manaza del criado no tardó en apoderarse de las dos monedas.
--Y dime--continuó el conde--; ¿ese señor doctor que tú nombras, es el mismo a quien yo espero?
--¡Vaya una pregunta! ¿Usted no espera al doctor Zarzoso? ¿No es él quien lo ha enviado aquí para su curación?
--¿Para mi curación?... ¡Ah!, sí. Por eso me encuentro en este sitio y le espero con tanta impaciencia. Mira lo que son las cosas. Conozco mucho a ese señor médico, y, sin embargo, en este momento no me acuerdo de su cara.
--No es extraño; a muchos les sucede igual aquí. Vea usted si recuerda. Es un señor gordo, de bigote cano, gasta gafas y mira muy fijamente cuando habla. Todo el mundo le conoce. Pues dicen que es un gran sabio.
Al conde no le cabía ya duda alguna. Se trataba de aquel caballero, que en la mañana del día anterior había ido a su casa a revolverle la bilis con sus objeciones. ¿Qué venganza era aquella?
Baselga sentía verdadera ansia de penetrar en lo más hondo ce aquel misterio, que comenzaba a asustarle. Sospechaba algo que le causaba escalofríos de terror, y al mismo tiempo, empezaba a hacer hervir su impetuoso carácter.
--Habla, querido, habla--dijo al criado--. ¿Y crees tú que el doctor me curará?
--Bien puede ser. Yo, por mi parte, lo creo segurísimo, si usted ayuda. Debe usted hacer esfuerzos, y, sobre todo, no atolondrarse y conservar su serenidad. Una desgracia a cualquiera le sucede, y nadie puede asegurar que está libre de vivir aquí o en presidio.
Aquel mocetón hablaba con tono de filósofo. Al conde le causaba cierto pavor su filosofía; pero a pesar de todo tuvo serenidad para preguntar con marcada impaciencia:
--¿Y qué enfermedad es la mía? ¿Lo sabes tú, acaso?
--No es gran cosa. Hace poco rato me la contaba don César, el médico de guardia, ese joven tan simpático que antes ha hablado con usted. Se halla usted tan bueno y sano como yo u otro cualquiera; sólo que en ciertos momentos le domina una manía, que le hace muy peligroso.
El conde temblaba de pavor. El, tan animoso, tan enérgico, se sentía dominado por el miedo ante el sesgo que tomaba la aventura, que momentos antes creía una broma de mal gusto, pero sin consecuencias.
Adivinaba ya dónde estaba, para qué servía el edificio, y qué clase de hombre era el que con él hablaba: ¡Horror! Convertido de pronto en un demente, y teniendo que hablar con fingida tranquilidad con un loquero.
La seguridad que tenía el conde de que su razón estaba sana, aún hacía más horrible su situación.
--Conque decías--continuó el conde esforzándose en sonreir--que mi manía es muy peligrosa.
--Así lo he oído. ¿Usted no piensa en algunos ratos ir a hacerle la guerra a los ingleses, y tenía preparados muchos hombres y armas para tal negocio?
Baselga aún experimentó mayor impresión de terror. ¡Cómo era aquello! ¿Su secreto era ya del dominio público? ¿Lo conocía hasta un criado de manicomio?...
Sentía el infeliz una creciente curiosidad, y por esto, a pesar de su terrible angustia, siguió preguntando:
--¿Cómo sabéis aquí lo que yo pienso?
--¡Bah! Aquí se sabe la historia y la manía de cada enfermo. Ese señor médico que le ha acompañado a usted aquí, ha estado examinándolo con detención durante mucho tiempo, hasta que se ha convencido de su enfermedad.
--¡El doctor Peláez!--exclamó con extrañeza el conde.
--Sí, ese creo que es su nombre. Hasta hace poco ha estado abajo en el gabinete de consultas explicando la enfermedad de usted a don César y recomendándole que lo trate muy atentamente.
Baselga no se pudo contener.
--¡Pero eso es una infame traición!...
El criado volvió a sonreir irónicamente.
--¡Bah! Todos dicen lo mismo cuando vienen aquí, y después, si es que salen completamente sanos, dan las gracias por haberlos tenido tanto tiempo en esta casa atendiendo a su curación.
Reinó un largo silencio. El conde, con la cabeza baja, reflexionaba sin llegar a creer completamente en su horrible situación. Tan absurdo le parecía.
Al fin, como quien pregunta una cosa que tiene por axiomática, dijo al criado:
--Pero mi familia no sabrá que yo estoy aquí; no tendrá noticia de este miserable secuestro.
--¡Toma! ¡Hermosa pregunta! ¿Le parece a usted, señor conde, que sin consentimiento de su familia le hubieran traído a usted aquí? ¿Tenemos acaso ganas de ir a presidio? A usted le han traído aquí después que ayer verificaron en su casa una consulta el doctor Zarzoso, el doctor Peláez y otros dos médicos. Así he oído que aquel señor se lo decía a don César. Qué, ¿no se acuerda usted ya? Pues dicen que usted estaba presente, y que hablaron largamente en su despacho. También estaba un cura que ha trabajado para que usted, a quien quiere mucho, quede aquí, en seguridad, sin emprender peligrosas aventuras. ¿No se acuerda usted de eso?
--Sí, lo recuerdo; lo recuerdo perfectamente--dijo el conde con voz desfallecida.
Y, efectivamente, recordaba con todos sus detalles la conferencia de la mañana anterior en su despacho, y ahora comprendía la significación de las miradas del sabio doctor y aquellas preguntas que tanto le habían irritado. Pero, ¡Dios mío!, ¡cuán infame era aquello!, ¡qué traición tan terrible! Había para volverse loco, pero de verdad; no con aquella demencia fingida, que él comenzaba a comprender de quién era obra.
Su mano crispada apretaba convulsamente el borde del ventanillo, y con la cabeza baja permanecía silencioso y meditando, sin comprender muchas de las palabras que le dirigía el criado.
--Debe usted tranquilizarse, señor conde, y tomar con calma lo que le sucede. Estos son percances de la vida, de los que nadie se halla libre. Si usted tiene serenidad y pone de su parte para ayudar a la ciencia es posible que pronto se encuentre bueno. Calma, mucha calma. Aquí no se pasa del todo mal. Le hemos alojado en esta pieza hasta que venga el doctor Zarzoso y hable con usted. Después, lo trasladaremos a una celda donde tendrá usted vecinos; gente divertida, que en los primeros días le incomodará; pero que al fin le hará reir. Son los que usted oía antes. Además, yo seré el encargado de cuidarle, y no tendrá queja alguna. Me es usted muy simpático, y más desde que veo que es persona razonable. Ratos de sobra tendremos para charlar de nuestras cosas, como ahora lo hacemos.
El conde seguía meditabundo, y de las palabras del criado sólo algunas lograban deslizarse hasta su cerebro, donde no eran del todo comprendidas.
Una sorda irritación comenzaba a bullir en el ánimo de Baselga, sustituyendo al miedo que momentos antes le dominaba.
Hubo un instante en que el conde se creía víctima de una lúgubre pesadilla; pero tocaba la pesada puerta, oía al criado, y la esperanza de ser todo un sueño se desvanecía inmediatamente.
La dignidad de clase, el orgullo viril, la rectitud de conciencia y el convencimiento de su sana inteligencia, todo se sublevaba enérgicamente contra aquella terrible situación, con tan imponente fuerza, con tan arrebatadora rabia, que Baselga se creía capaz de proceder como un loco furioso, ya que todos se empeñaban en hacerlo aparecer como tal.
En aquel momento, por un misterioso encadenamiento de ideas, recordaba la escena terrible en que sus manos de hierro estrangularon a Pepita Carrillo, la esposa infiel y cínica.
El rostro del conde palidecía, sus ojos adquirían el brillo extraño y el tinte sanguinolento que produce la indignación en ciertos hombres de carácter pronto para la violencia.
A pesar de esto, logró contenerse aún, y con voz ronca preguntó al criado:
--¿Pero tú me crees loco?
--¡Yo! ¡Jé, jé!
Y el criado, por toda contestación, reía maliciosamente.
--¿De qué te ríes? Quiero saberlo; lo exijo. No creo que esta situación sea cosa de risa.
--Me río, señor conde, de que todos cuantos vienen aquí hacen la misma pregunta.
--¡Pero contesta, con mil demonios! ¿Tú crees que estoy loco, sí o no?
--En este momento no lo está usted; pero si sigue así, no tardará en darle el acceso. Lo conozco en sus ojos, y le ruego que procure calmarse.
El conde se estremeció. ¿Si estaría realmente loco? Esto es difícil que pueda apreciarlo el mismo paciente, y, además, él se sentía en un estado anormal, a causa de la indignación. Debía tener en el rostro una expresión terrible, a juzgar por el aspecto alarmado del sirviente.
Baselga había comprendido todo el horrible carácter de aquella trama, que se había urdido en torno de su persona, para conducirlo a tan mísera situación. Sentía la necesidad imperiosa de salir de allí; ansiaba destrozar a aquellos miserables enemigos que tan rastreramente habían preparado su ruina. Anhelaba procurarse el divino gozo de despedazar entre sus manos de hierro al repugnante padre Claudio.
Por esto hizo un gesto de imponente autoridad, como si aun estuviese en el Norte, al frente de su regimiento de lanceros carlistas, y dirigiéndose al criado, dijo con voz breve e imperiosa:
--Abre la puerta. Necesito salir al momento.
El mocetón puso el mismo gesto del que oye una cosa ridículamente absurda.
--¿Quién, yo? Tiene gracia.
--Que abras, te digo, o si no, ¡por Cristo vivo!, que...
Y el conde comenzó a dar patadas en la puerta, vomitando por el ventanillo un tropel de juramentos y maldiciones.
El criado permanecía impasible ante aquella rociada de insultos. Veíase que estaba acostumbrado a tales desahogos de los huéspedes de la casa.
--¡Cobarde! Abre, u os echo la puerta abajo y le pego fuego a la casa. Abrid, canallas. ¡Es así como se procede con un hombre honrado! ¡Ah, miserables jesuítas! Abrid, esbirros del padre Claudio. Dejad salir a un padre infeliz. Dios sabe qué será a estas horas de mi hija. Quieren hacerla monja, para robarle su dinero; quieren meter fraile a mi hijo, para robarlo igualmente, y a mí me encierran para que no lo estorbe. Abrid, o lo rompo todo... Pero tú, cara de palo, ¿qué haces ahí tan quieto? Abre y no repares en pedirme gratificación. Te daré cuatro mil duros, diez mil..., ¡los que quieras! Pero abre en seguida. Abre esa puerta, o, ¡por Cristo!, que me como tus hígados y los de todos los doctores canallas.
Y el conde se destrozaba las rodillas y se quebrantaba los pies, golpeando aquella puerta, que permanecía tan inmóvil como el flemático criado.
Apuró Baselga en su balbuciente y furiosa indignación todas las maldiciones y blasfemias aprendidas en los campamentos, sin conseguir alterar aquella estatua de carne, que permanecía rígida e indiferente en el pasillo. Su calma le desesperaba. ¡Oh, cuánto hubiese dado él por poder salir y destrozar a puñetazos la "cara de palo"! Era el primer hombre que se burlaba impunemente de él, que era el terror de cuantos intentaban ofenderle.
La frialdad con que acogía sus palabras era lo que aumentaba su indignación. Hubiese preferido Baselga que el criado contestara a sus insultos, que se enfureciera, que le dirigiese injurias insufribles; pero verse acogido con un silencio compasivo, propio para seres irresponsables, para niños o para viejos, excitaba aún más su terrible rabia. Era ya un loco, no podía dudar. Sus palabras no tenían valor; le habían despojado de su condición viril, y, en adelante, a sus más injuriosas palabras contestarían todos con una sonrisa de conmiseración.
Al conde de Baselga le cegaba la rabia, como si para aliviarla y desahogarse necesitara algo más que proferir insultos, apretó su rostro cuanto más pudo contra el estrecho ventanillo, y escupió furiosamente al rostro del criado.
--Toma, cara de palo; esto, para ti. A ver si abres la puerta y entras a reñir conmigo.
Baselga recibió en el rostro un rudo golpe, que le hizo retroceder al centro de la habitación.
Era que el criado le había arrojado la hoja del ventanillo en las narices, y después de cerrarlo se retiraba con lentos pasos.
El golpe, a pesar de ser fuerte, apenas si causó efecto en Baselga. Pronto se repuso del aturdimiento que le produjo el choque de la recia madera contra su rostro, y dando un salto prodigioso que tenía algo de la ligereza flexible y elegante del tigre, cayó con todo el peso de su corpulento cuerpo sobre aquella puerta, a la que combatía e injuriaba lo mismo que si fuese un ser viviente.
Nada. Gimieron las maderas sordamente, pero ni una sola se movió. Eran previsores en aquella casa y la puerta estaba a prueba de locos, aun de los más furiosos y forzudos.
Varias veces repitió el conde aquel asalto, sin conseguir abrir brecha en la puerta.
Su rostro estaba congestionado; gruesas gotas de sudor surcaban sus facciones; respiraba fatigosamente, con la entonación del rugido; sus ojos estaban veteados de sangre; las venas de su cuello, hinchadas por furiosas contracciones, parecían querer estallar, y, a pesar de esto, no se sentía fatigado.
La rabiosa indignación centuplicaba su fuerza de Hércules, y él, al tropezar con aquel implacable obstáculo, inmóvil y firme, se creía un niño, y le faltaba poco para llorar su debilidad.
Excitado por su misma impotencia, y dominado por loca tenacidad, volvió varias veces a caer en prodigioso salto desde el centro de la estancia sobre la pesada puerta, y aquellos choques que le magullaban hacían crecer su furor sin límites.
Fuera de la estancia, la espeluznante gritería de los locos contestaba a cada uno de los quejidos de la madera, combatida por aquel ariete humano.
Los médicos y los criados del establecimiento, agrupados en el fondo del corredor, escuchaban el estrépito producido por Baselga, y se prometían tratarlo en adelante con grandes precauciones, pues sus violentos accesos le hacían temible.
El conde, después de golpear inútilmente la puerta, dirigióse a las rejas, y poseído de vertiginosa movilidad, iba de una a otra, agarrando los barrotes con sus nervudas manos y haciendo esfuerzos poderosos por romper el hierro.
Desollose sus manos, tirando de los robustos barrotes, y... nada; no consiguió que las rejas hicieran el menor movimiento.
Estaba vencido, le era imposible libertarse, y aquella casa había de ser el sepulcro de su razón calumniada.
El sol, que en oleadas de oro entraba en la habitación, marcando en el suelo dos cuadriláteros de luz; las verdes capas de los árboles del jardín, en las que piaban algunos gorriones; el cielo azul y esplendoroso que se veía a través de las rejas, todo constituía un sarcasmo para el infeliz prisionero. La naturaleza sonreía y mostraba a Baselga la inmensa libertad que en ella existe justamente cuando el desgraciado reconocía que había perdido ya para siempre la suya.
El conde se sentía poseído de tal furor, que en su cerebro surgió este pensamiento:
--¡Si estaré yo loco!
Y experimentó un tremendo dolor de cabeza. ¿Qué era aquello? Hizo un esfuerzo Baselga para volver en sí, y cuando adquirió cierta serenidad, encontróse que estaba golpeándose furiosamente la cabeza contra las paredes.
Otra vez volvió el mismo pensamiento a surgir en su cerebro, dándole razonables consejos.
--Si sigues entregándote a tu desesperación, si te golpeas, creerán fundadamente que estás loco. Modérate, ten calma.
Había en aquellos instantes en el interior de Baselga dos seres distintos. Uno, sensato, que aconsejaba y veía claramente la situación; otro, irascible, indignado, furioso, que ansiaba sangre y destrucción.
Los músculos, la sangre, los nervios, el organismo entero, se iba detrás del último, y obedecía todos sus mandatos.
--Detente, espera, no pierdas la calma--gritaba la eterna idea en el interior del cerebro del conde. Y, sin embargo, el desgraciado gritaba, aullaba de furor, daba puñetazos en las paredes, se arrojaba con la cabeza baja a embestir la puerta, se destrozaba la ropa, se arañaba la cara, se mordía las manos, y, al fin, se arrojó en el centro de la habitación, revolcándose, agitado por terribles convulsiones.
Su ronca voz no cesaba de gritar, alternando las palabras con aullidos de fiera. Pedía por centésima vez a los canallas de afuera que le abrieran la puerta, y en algunos momentos se creía estar luchando con el padre Claudio, y como si le asestara terribles puñetazos, se golpeaba el rostro, hasta hacerse sangre.
Su cuerpo rodaba sobre el pavimento, como una informe y gigantesca masa, derribando las sillas y dejando tras sí pedazos de su traje, rasgado por terribles zarpadas, y si alguna vez se incorporaba era para dejarse caer con mayor furia, golpeando con rabiosa saña su magullado rostro contra los fríos baldosines.
Esta terrible escena duró más de diez minutos, y al fin las fuerzas de Baselga, con ser tan grandes, se agotaron, y dejó caer su cuerpo inerte.
Una saludable reacción comenzó a operarse en él. Su respiración era semejante al estertor del moribundo, y así, tendido de espaldas, con la vaga mirada fija en el techo y agitándose de pies a cabeza por un nervioso estremecimiento, permaneció mucho tiempo.
Por fin movió la cabeza a uno y otro lado; su mirada, vaga hasta entonces, contempló fijamente cuanto le rodeaba con marcada expresión de extrañeza, y se incorporó, como si volviera en sí después de un terrible ensueño.
Sus ojos fueron fijándose en las desgarradas ropas y en las sillas caídas, y comenzó a sentir al mismo tiempo el punzante dolor que en todos sus miembros producían las contusiones y magullamientos.
Otra vez el buen sentido volvió a hablar bajo su cráneo, y una sonrisa contrajo los labios del conde.
--Bravo, Fernando--se dijo con terrible ironía--. Ya han logrado tus enemigos lo que querían. Te has entregado a la desesperación neciamente, has dejado libre de toda traba tu carácter violento, has hecho locuras, y ahora nadie dudará que eres un demente furioso. Ya no saldrás de aquí, y tal vez dentro de poco te pongan la camisa de fuerza.
Mientras que estas ideas se agitaban en su cerebro, el conde permanecía sentado en el suelo, con los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos y mirando con estúpida fijeza su sombrero, que, pisoteado y roto, estaba en un rincón.
Cuando Baselga salió de su abstracción, se encontró derecho, paseando apresuradamente por la sala, de un extremo a otro.
El conde había experimentado una reacción. Sentía una calma absoluta; todo lo veía de diverso modo, sentía una tranquilidad sobrenatural y hasta le parecía que durante la anterior crisis había muerto, y ahora se encontraba en otra vida, libre de las miserias y de las desgracias de este mundo.
Había en el interior de su cerebro alguien que le seguía hablando, y cuyos consejos aceptaba sin protesta.