La araña negra, t. 4/9

Part 14

Chapter 143,957 wordsPublic domain

--Resignación, Fernando. Ya estás loco; ¿y qué? Piensa en permanecer tranquilo; tu salud es antes que nada. No te golpees, no te maltrates. ¿Qué vas ganando con desesperarte? Olvídate del mundo, de esos miserables, que te han engañado; de tu familia, que te ha traído aquí.

Las ideas del conde giraban invariablemente dentro del mismo círculo, y después de una vuelta vertiginosa, venían a parar al punto de partida: a la necesidad de permanecer tranquilo. Pero en una de las vueltas de su cerebro, salió al paso, y se introdujo en la incesante ronda de sus ideas, el recuerdo de sus hijos, de Enriqueta y de Ricardo, de aquellos seres inocentes y desgraciados, a quienes él veía ahora acechados por la negra traición, tímidos e incautos insectos, que iban a caer en la red de la sombría araña, en aquella red que había aprisionado a su razón, y que de un hombre fuerte e independiente había hecho un guiñapo humano, arrojándolo, sin compasión, al fondo de un manicomio.

La figura del padre Claudio apareció en la imaginación de Baselga, irónica, sonriente y como complaciéndose en burlarse de su desesperación.

¡Oh, rabia! Estar encerrado..., no poder vengarse... Y el conde se llevó la crispada mano a la frente. Necesitaba arañar algo.

Iba, sin duda, a reproducirse la crisis de furor. Pero la voz misteriosa debió hablar otra vez bajo el cráneo, y la mano cayó desmayada a lo largo del tronco, chocando con un objeto duro.

Baselga palpó instintivamente el objeto que había detenido su mano, y sacó del bolsillo derecho del chaleco la pequeña y brillante pistola que había tomado en su casa, a ruegos del padre Claudio.

Como si el brillo de los niquelados cañones le produjeran un principio de hipnotismo, estuvo mirándola fijamente bastante tiempo. Su frente se contraía como si en el interior le punzara algún terrible pensamiento; sonrió dos o tres veces con frialdad, y su voz murmuró muy quedamente:

--¿Y por qué no...?

Movió la pistola, levantó el gatillo, miró las dos negras bocas de sus cañones, siempre con la misma sonrisa de frialdad; pero de repente hizo un movimiento de sorpresa horrible, como el que despierta al borde de un precipicio, y se apresuró a dejar la terrible arma sobre la mesa.

Había hablado otra vez su buen sentido, y comprendía la terrible revelación que encerraba aquel hallazgo.

--Quieren mi muerte--pensaba--, por eso el padre Claudio mostraba tanto empeño en que me llevara la pistola. El sabía bien adónde me conducían.

Y el conde se prometía mentalmente no dar gusto a sus enemigos. ¿Querían su muerte? Pues bien, él viviría, él haría esfuerzos por conservarse sano y recobrar su libertad, él probaría que su razón no estaba enferma y que tenía derecho a salir de allí, y en cuanto saliera... El conde miraba otra vez fijamente la pistola; pero era apreciando lo bien alojadas que estarían sus dos balas en la cabeza del padre Claudio.

La esperanza de vengarse algún día de su miserable enemigo, tranquilizó al conde, devolviéndole su perdida calma; pero una mirada que lanzó a las robustas rejas y a la puerta, le hizo caer bruscamente en la terrible realidad.

¿Cuándo saldría él de allí? Los médicos serían tan duros e inexorables como aquel hierro y aquella madera; en vano pugnaría él por hacerles comprender que su razón estaba sana, y que era víctima de una maquinación infame; los médicos estaban prevenidos contra él, tenían el prejuicio de que él se hallaba privado de razón, y cuantos esfuerzos intentase para convencerlos de su verdadero estado, serían tan infructuosos como las tremendas acometidas que había dado a la robusta puerta. Además, ¿los encargados de aquel establecimiento, aquel doctor Zarzoso que tan antipático le resultaba, no podían ser agentes del terrible jesuíta, que despreciarían sus alardes de razón y eternamente le tendrían por loco?

--¡Dios mío!--seguía diciéndose el conde--, ¡qué infierno en el porvenir! Hay para volverse loco de veras.

No había salvación. Dentro de un momento llegaría el antipático sabio, ¿y qué? Le escucharía con atención, sonreiría, como lo había hecho el loquero al oír que le era necesario salir de allí, y después lo enviaría a una miserable celda, donde agonizaría años y años, acompañado siempre por aquel diabólico griterío de la locura, que le crispaba los nervios.

No; un hombre como él, un Baselga, no había nacido para morir de tal modo. Sabía salir del mundo más dignamente. Y dentro de su cráneo seguía bailoteando el mismo pensamiento:

--¡Y por qué no!... ¡Y por qué no!

El conde avanzó hacia la mesa, poniendo su mano sobre la pistola. El frío del brillante acero le produjo el efecto de una ducha.

El siniestro pensamiento se desvaneció, su inteligencia pareció despejarse y nuevas ideas vinieron a tocar su cerebro, con consoladora caricia.

El no podía morir. Tenía en el mundo dos seres que necesitaban de su apoyo, y estaba en el deber de luchar para recobrar la libertad y correr a su lado.

Además, un arranque de altivez le daba fuerza. Matarse era dar gusto a sus enemigos, a aquel diabólico padre Claudio, que casi había puesto la pistola en su mano, y él no quería pasar por un imbécil capaz de vivir o perecer a capricho de la voluntad ajena.

Viviría; así se lo exigía su altivez y su instinto de padre: tendría fuerzas para resistir el infortunio. Y halagado por estas decisiones que le fortalecían, permaneció derecho, inmóvil y con la mano puesta en la pistola, sin pensar en nada, invadido por una dulce somnolencia.

El silencio que le rodeaba quedó turbado repentinamente. Otra vez el griterío irritante de los locos, pero en esta ocasión había uno cuyos rugidos, que parecían imposibles para una garganta humana, sobresalían sobre las voces y las carcajadas de los demás.

Baselga sonrióse tristemente. Otro que estaba como él mismo momentos antes, y con curiosidad oía aquel rugido, tan atentamente como si se mirara a un espejo, para apreciar su rostro.

Aquello trastornaba al conde, le producía honda pena. ¡A cuán bajo nivel puede la desgracia hacer descender a un hombre! ¡Y pensar que él hacía poco rato había gritado así, y que tal vez, a la menor contrariedad, o apreciando todo su infortunio, volviera a caer en la brutal irracionalidad!

El conde sentía miedo, y como si la imaginación se complaciera en asustarle, le desarrollaba el porvenir con toda su horripilante lobreguez.

Pronto tendría él por vecinos a aquellos infelices. Como ellos, gritaría, golpearía su cuerpo, por más cuidadosos que con él fueran los guardianes, iría siempre cubierto de andrajos, como ahora estaba, pues su traje aparecía ya despedazado por varias partes, las plagas de una miseria irracional se cebarían en él, languidecería e iría muriendo lentamente, y la razón se anularía del mismo modo, gradualmente, extinguiéndose hasta en su última chispa.

No, aquello no llegaría a sucederle; él sabría evitar tanta degradación, tan horrible miseria.

Y aquella idea, persistente y diabólica, que parecía estar clavada en su cerebro, seguía gritando dentro del cráneo:

--¡Cobarde! Atrévete... ¡Y por qué no! ¿Por qué no?

¿Por qué? Porque no quería proporcionar a sus enemigos el placer de su muerte; porque tenía en el mundo dos seres inocentes por quienes velar... Pero, ¡Dios mío! ¡Qué lucha tan terrible!

Apenas pensaba esto, la funesta idea se revolvía indignada, echándose en cara su cobardía, y pintándole el porvenir con los más sombríos colores. ¡Y qué! Si vivía, ¿evitaría con esto el permanecer hasta el instante de su muerte encerrado en aquella casa, sumido en una horrible degradación, y convirtiéndose en loco lentamente, por el contagio moral con los otros enajenados? ¿Acaso conservando su vida podría acudir en auxilio de sus hijos?

Sus enemigos habían sido más hábiles que él, y le habían muerto moralmente. Ya que su razón había muerto, ¿por qué no anular aquella mísera envoltura, aquel cuerpo destinado a rugir, poseído de delirante indignación, y a agitarse con las más violentas convulsiones?

El diabólico pensamiento seguía aconsejándole, al par que le inspiraba tales reflexiones.

Había que apresurarse, si quería aprovechar la ocasión. No tardaría en llegar el doctor Zarzoso; le someterían entonces a un registro antes de llevarlo a la nueva celda; le quitarían su pistola, y con ella toda esperanza de eterna emancipación: si quería matarse, tendría que estrellar su cabeza contra la pared.

Baselga pensaba en la muerte con una calma sobrehumana. El mismo sentía asombro ante aquella tranquilidad absoluta que le poseía.

--Atrévete; éste es el momento. No vaciles, porque después, será tarde.

El conde se sorprendió, hablando en alta voz:

--Acabemos--murmuraba--, sufro mucho.

Y su imaginación se recreaba en considerar la calma absoluta, el descanso eterno que le aguardaba en la tumba. Un supremo egoísmo le embargaba, y el recuerdo de sus hijos era ya para él un grupo de pálidas figuras, sin contorno ni expresión, que no lograba conmoverle.

A morir; a sumirse para siempre en la densa sombra de la nada. Allí no había repugnantes traiciones, ni padre Claudio alguno.

El conde, como si despertara de un sueño, se vió con la pistola en la mano, y el índice en el gatillo.

Experimentó una ligera sorpresa. ¡Qué iba a hacer!... ¡Ah, sí! Iba a matarse y no se arrepentía de su decisión.

Lanzó una mirada a su traje desgarrado, y le pareció contemplarse, demacrado, miserable y roto, tal como estaría al poco tiempo de permanecer en aquella casa. El pasado acudió a su memoria y recordó a aquel conde de Baselga, elegante y palaciego y adorado de las damas. ¿Podría tal hombre morir de un modo tan miserable? Seguramente que no. A librarse, pues, del peligro; a demostrar que en el trance supremo sabía salir del mundo con toda la maestría de un actor que conoce el medio de desaparecer dignamente de la escena.

Baselga miró a una de las rejas. Sufría ya alucinaciones, y le parecía que algo negro había cruzado volando por delante de ella. Tal vez la sotana del padre Claudio.

--¡Adiós, canalla! Hiciste bien en darme la pistola. Es el último favor que te debo.

El conde apoyó la pistola en el pecho, buscando el sitio del corazón. Oprimió el gatillo, y recibió un golpe violento que le hizo caer; aunque con gran extrañeza, no oyó detonación alguna.

Había quedado de rodillas, agarrado con una mano al borde de la mesa, y miraba a su alrededor, con ojos asombrados, pareciéndole que toda la habitación tenía otro aspecto.

La pistola había caído al suelo, y él murmuraba con rabia:

--¡Maldita pistola! ¡Ha fallado el tiro!

Pero su pecho y su mano derecha estaban cubiertos de sangre caliente, que, escurriéndose a lo largo del cuerpo, caía sobre el pavimento.

A sus oídos llegaban un tropel de apresurados pasos y el chirrido de una cerradura.

--¡Vienen, vienen!

Y Baselga, alarmado, buscó a tientas la pistola que estaba en el suelo, e hizo un esfuerzo supremo para montar el gatillo.

Apoyó el segundo cañón en la sien, en el mismo instante que la puerta se abría y entraban en la sala muchos hombres, alarmados por la detonación.

El conde apretó el gatillo, y le pareció reconocer entre los que avanzaban sobre él despavoridos al sabio, que tan antipático le era, el doctor Zarzoso, cuya visita esperaban en el manicomio.

Esta vez tampoco oyó el infeliz ruido alguno, pero recibió en la cabeza un golpe tan anonadador como si la casa entera hubiese caído sobre su cráneo.

Sintió lo mismo que si le arrebatasen, arrojándolo en una inmensidad de negrura vibrante, en la que danzaban como chispas de una colosal fragua, millones de millones de puntos luminosos.

Pero aún tuvo fuerzas para hacer subir a sus labios una sonrisa de amarga ironía y murmurar de modo que lo oyeran todos aquellos hombres consternados que le rodeaban:

--Ya tengo bastante.

XXVII

Revelación inesperada

Aquella tarde, la baronesa se había mostrado muy complaciente y amable con su hermana. La había dirigido alegres palabras, acariciando bondadosamente sus cabellos, y la había prometido concederle alguna libertad mientras el papá estuviera de viaje.

Ignoraba Enriqueta cuál era la suerte de su padre, y cuando a la hora de comer mostró extrañeza por su ausencia, la baronesa y el padre Claudio, que a la vuelta de su visita a Palacio había sido invitado por doña Fernanda a quedarse "a hacer penitencia", le dijeron que el conde había salido muy de mañana para un viaje en el que estaría algún tiempo.

Enriqueta se lamentó de la inesperada marcha de su padre, por cuanto le impedía la asistencia a algunas fiestas aristocráticas, que habían de verificarse en aquella semana, pero la amabilidad de la baronesa y la jocosidad del padre Claudio, y del padre Felipe, que llegó a la hora de los postres, la resarcieron algún tanto de la contrariedad sufrida.

--Hoy estás libre--la dijo la baronesa--; si no quieres dedicarte a la oración o al trabajo, puedes hacer lo que gustes. Ves, si quieres, a asomarte al balcón; te doy permiso. Mañana ya saldremos de paseo.

Enriqueta se apresuró a aprovecharse del permiso, y salió del comedor, sin ver cómo su hermana miraba con dramática tristeza a los dos jesuítas, y murmuraba:

--Pobrecilla; ¡si ella supiera lo que sucede!

De pie, tras los cristales del balcón, que daba luz al gabinete contiguo al salón de la baronesa, permaneció Enriqueta toda la tarde, entreteniéndose en contemplar la incesante circulación de los transeúntes y los coches que bajaban la calle al paso tardo de sus huesudos caballos, y llevando en el pescante, con toda la prosopopeya de un dios, al cochero, de nariz vinosa, envuelto en su capa remendada.

A la hora de permanecer en aquel sitio, Enriqueta oyó en el salón cercano las voces de su hermana y del padre Felipe.

El padre Claudio se había ido ya, llamado, sin duda, por sus apremiantes ocupaciones, y la baronesa y su director espiritual se entregaban a sus diarias conferencias.

La puerta que comunicaba con el gabinete estaba cerrada.

Enriqueta no era curiosa, y, además, presentía algo del significado de aquellas relaciones espirituales, y su delicadeza y pudor la alejaban de ellas.

La joven no era de carácter inocente: no sentía esa curiosidad maliciosa y malsana, que es patrimonio de ciertos temperamentos juveniles; pero no por esto ignoraba la existencia de ese sagrado misterio, productor de la vida, que las más de las veces degenera en vicio.

Sólo en ciertas novelas aparecen jóvenes de sublime candor, ignorantes del amor sexual; en la vida real, y más aún en las elevadas capas sociales, es imposible encontrar tan prodigiosa inocencia.

Enriqueta era una joven igual a todas. No experimentaba ninguna curiosidad, ni sentía deseos de hacer penetrar su pensamiento en las oscuridades del vicio, pero había visitado demasiado los salones, había tratado con cariñosa intimidad a jóvenes de su clase, educadas más libremente, y sabedoras de cuanto en el mundo pasa, y comprendía ahora cosas que hasta poco antes le resultaban indescifrables misterios.

Adivinaba el significado de aquella intimidad entre su hermana y el robusto jesuíta, presentía la forma de aquellas conferencias, que tanto daban que hablar a la servidumbre; pero no quería conocer de cerca tales suciedades.

Experimentaba náuseas al pensar en aquellas relaciones, que ya se habían hecho públicas y que eran comentadas en los corrillos de murmuración que las damas ya venerables formaban en los salones aristocráticos.

La curiosidad de Enriqueta permanecía alejada de tales relaciones, que presentía, sin sentir deseo de conocerlas de cerca, al igual de ciertas damas, que al saber las miserias del pobre se compadecen de ellas, pero no van a buscarlo a su vivienda, por miedo a mancharse el vestido de seda.

La joven tenía el egoísmo de la castidad, y no quería ponerla en peligro, atisbando cosas de las que le habían enseñado a huir.

Por esto hacía caso omiso de aquella escena que, indudablemente, se estaba desarrollando en el salón, y seguía de pie tras los cristales, contemplando el movimiento de transeúntes en la gran calle.

Aquello constituía para ella una gran distracción. Contemplaba con simpatía a las personas de porte franco y atrayente; reíase de otras de aspecto ridículo, entreteniéndose en buscar en su imaginación apodos que les cuadrasen, y seguía con mirada cariñosa a los niños, que, cogidos de las faldas de sus madres, andaban con paso vacilante, contoneándose con la timidez graciosa del polluelo al romper el cascarón.

Enriqueta, fijando sus ojos en la acera de enfrente, recordaba a Esteban Alvarez, que tantos días había invertido en pasear por ella, esperando siempre una mirada furtiva, promesa futura de felicidad.

La joven se sentía invadida por una dulce tristeza. ¿Qué sería ahora de Esteban?

Hacía ya mucho tiempo que nada sabía de él. Desde el día en que su padre le hizo prometer que olvidaría para siempre su amor, no había recibido ya ninguna carta del capitán, ni cruzado con él la menor palabra.

Su padre y su hermana habían formado en torno de ella una muralla infranqueable, sobre la que se estrellaban todos los esfuerzos que hacía el capitán por protestar amorosamente contra aquel inesperado rompimiento.

Varias veces, al ir con el conde al teatro o a una fiesta del gran mundo, bajando de su coche, había visto a Esteban entre la gente, lanzándola una mirada interrogante, mezcla de amor y de reproche; pero la joven, herida por la vergüenza y escudándose en su padre, huyó ligera.

Después, la vigilancia de la baronesa y la promesa hecha al padre Claudio, al pie del confesonario, y en un momento de exaltación mística, la habían alejado moralmente más aún de su antiguo amor.

Pero en aquella tarde, por un fenómeno de su alma, sentía renacer con fuerza su antigua pasión, y gozaba recordando todas las dulzuras experimentadas en las gratas mañanas del Retiro, cuando en vez de encontrarse bajo la irritante vigilancia de la baronesa, estaba bajo la protección de la cariñosa y condescendiente Tomasa.

Enriqueta estaba arrepentida de su debilidad, y se lamentaba de haber cedido por cariño a las indicaciones de su padre y por terror a las del padre Claudio, perdiendo para siempre aquella pasión, que tan feliz la hacía.

¿Quién sabe lo que a aquellas horas haría el capitán Alvarez? Tal vez la hubiese olvidado, en vista de aquella carta cruel que ella le envió, y hasta bien pudiera ser que ahora amase a otra joven más fiel, y que supiera defender mejor su cariño.

Enriqueta, pensando en esto, ya no miraba a la calle, y, de espaldas a los vidrios, mirando al oscuro fondo del gabinete, lloraba silenciosamente.

Ya no se oía ningún rumor en el salón inmediato. El padre Felipe acababa de irse, y la baronesa no tardaría en llamarla para decirle que se vistiera, con objeto de ir, como todas las tardes, a las Cuarenta Horas.

Esperando la joven que, de un momento a otro, se presentase su hermana en el gabinete, secábase ya apresuradamente las lágrimas, y hacía esfuerzos para recobrar su serenidad, cuando un carruaje, que apresuradamente bajaba la calle, produciendo gran estrépito, paró repentinamente en el centro de la vía, frente a la misma puerta de la casa.

Enriqueta miró y vió bajar de una berlina de alquiler al padre Claudio, que, entregando una moneda al cochero, atravesó con gran prisa la calle y entró en la casa. La joven respiró con satisfacción. Aquella visita era muy oportuna, pues la libraba a ella del pesado tormento de fingir una completa tranquilidad ante los sagaces ojos de su hermana.

Comenzaba la caída de la tarde. En las calles, los últimos rayos de sol doraban las puntas de las chimeneas de los tejados fronterizos, pero en las habitaciones se iba extendiendo esa penumbra de los rápidos crepúsculos del invierno.

Oyó Enriqueta cómo entraba en el salón el poderoso jesuíta, y casi al mismo tiempo, en la barnizada madera de la puerta, cubierta en parte por los cortinajes, surgió un punto de luz. Era que acababan de encender la lámpara del salón, cuyas ventanas, cargadas de pesadas cortinas, apenas si a mediodía dejaban pasar una semiluz, que envolvía la vasta pieza en una claridad mística.

A los oídos de la joven llegó el eco de la voz del jesuíta, aunque sus palabras no podían determinarse, y prefiriendo volver a abismarse en sus recuerdos, apoyó su rostro contra los cristales, que producían una grata sensación de frescura en sus mejillas, abrasadas por el llanto.

Un grito estridente, agudo, que punzaba los oídos, vino a sacarla de su abstracción.

Era Fernanda quien había gritado. ¿Qué sería aquello?

Y Enriqueta, conmovida por aquel grito, que parecía haberla arañado en lo más hondo del pecho, se retiró del balcón y quedó indecisa en el centro del gabinete, no sabiendo si ir a buscar la otra puerta, para entrar en el salón, o escuchar tras la que tenía más cerca, y que estaba cerrada.

Al fin se decidió por último, y aplicó un ojo en la luminosa cerradura.

Desde allí no se veía al jesuíta, pero distinguía bien a su hermana, que, sentada en una butaca y con la cara hacia la puerta que ocultaba a Enriqueta, parecía víctima de un terrible espasmo.

Tenía impresa en el rostro una expresión de inmenso terror; sus ojos miraban con el mismo espanto que si contemplaran una visión horrible, y todo su cuerpo estaba agitado por una nerviosa conmoción.

Enriqueta sintió miedo, y tal vez por esto se apresuró a retirarse del ojo de la cerradura; pero apenas se vió en el centro del gabinete, volvió a dominarla la curiosidad, y entonces aplicó una oreja al luminoso agujero.

Estaba hablando el padre Claudio, y el timbre de su voz, siempre tan seguro, demostraba ahora gran agitación.

--Pero, ¡Dios mío!, cálmate, Fernanda; no te entregues de tal modo a la desesperación. Piensa que si no sabes dominarte te va a dar algún accidente, y entonces el efecto será fatal, pues tu hermana, esa pobre niña, sabrá lo que por caridad debemos ocultarle. Yo te creía más fuerte, y a saber que carecías de serenidad, no te hubiese dado tan pronto la noticia. Vamos, llora, llora, que tal vez las lágrimas desahoguen tu pecho. ¡No te detengas, hija mía; sobre todo, que Enriqueta no se entere de lo que pasa!

Enriqueta sentía tanto temor como curiosidad.

¿Qué noticia tan siniestra era aquélla?

--¡Ay, padre mío!--dijo, por fin, la baronesa, dando un suspiro ruidoso, que tenía mucho del estampido del tapón al saltar con el empuje de los oprimidos gases, e inmediatamente comenzó a llorar, acompañando su llanto con un hipo doloroso.

El padre Claudio nada decía. Esperaba, sin duda, para hablar, que pasara el primer ímpetu de dolor en la baronesa.

Transcurrieron algunos minutos, que fueron para Enriqueta verdaderos siglos de angustia. Su curiosidad, tan vivamente despertada, agitábala con el ansia de conocer aquel misterio.

Por fin, la baronesa pareció calmarse, y preguntó al jesuíta, con acento quejumbroso:

--¿Cuándo ocurrió la desgracia?

--Esta mañana, a las once. El conde, según dicen los empleados, al comprender que había sido encerrado en un manicomio, se entregó a un acceso de violenta locura, golpeándose e intentando derribar la puerta.

--¡Ay, pobre padre mío!--gritó la baronesa.

--¡Chist! Más bajo, hija mía. No grites tanto; piensa que puede oírte tu hermana.

Doña Fernanda reanudó su llanto silenciosamente, y el jesuíta, después de una larga pausa, siguió hablando:

--Los empleados del manicomio oían desde fuera el estrépito que el conde producía, derribando los muebles, golpeando la puerta y revolcándose en el suelo. Cuando se restableció el silencio, creyeron que el conde descansaba de su fatigosa lucha; pero el estampido de un tiro vino a hacerles conocer la terrible verdad.

Se detuvo el padre Claudio, como si se gozara en apreciar el efecto que producían sus palabras.