La araña negra, t. 4/9

Part 12

Chapter 124,007 wordsPublic domain

El secretario clavó su mirada con cierta audacia en los ojos de su superior.

--Reverendo padre, ya conocéis los estatutos de la Orden.

--Te pregunto si te parece censurable mi conducta. Responde terminantemente.

--Ya que me preguntáis, fuerza es contestar, cumpliendo mi voto de obediencia. La Orden tiene leyes, y nadie debe faltar a ellas.

--¿Y te parece que yo falto?

--Nuestros estatutos disponen que todo individuo de la Compañía dé cuenta de sus asuntos a sus superiores provinciales y nacionales, y que éstos, igualmente, lo comuniquen todo al padre general.

--Y yo, que oculto algo a los de Roma, falto a nuestras leyes, ¿no es esto?

--Así es, seguramente.

--Celebro que seas franco. Yo lo seré de igual modo, diciéndote que conviene que te convenzas de todo lo contrario. Es por tu bien. Hay cosas que resultan peligrosas únicamente al pensarlas.

Y el padre Claudio sonreía al decir esto, y fijaba en su secretario aquella mirada extraña, que hacía temblar a cuantos le conocían.

--Está bien, reverendo padre--contestó fríamente el secretario--. No olvidaré vuestras indicaciones.

--Confío--continuó el padre Claudio--que todo quedará en secreto y serás tan fiel como siempre lo has sido. Pon, pues, todas las notas referentes al capitán Alvarez en carpeta aparte, y que sea un secreto para todos lo que se haga en tal asunto.

El secretario siguió escribiendo durante algunos minutos, pero, de pronto, hizo un rápido movimiento, y se encaró con su superior.

--Reverendo padre--dijo--, ya sabéis que os quiero.

--No mucho. Me debías querer verdaderamente, pues todo cuanto eres me lo debes a mí; pero, en fin, prefiero que me tengas un afecto débil a que seas mi enemigo. ¿A qué vienen tus palabras?

--A que por lo mismo que os quiero, no puedo menos de lamentar que os separéis demasiado de vuestros deberes. Son muchos ya los asuntos que figuran en carpeta aparte, y de los que no se da conocimiento alguno a Roma.

El padre Claudio hizo un gesto expresando el poco cuidado que le daba tal indicación.

--Hacéis mal en trabajar tanto por vuestra cuenta, y en faltar continuamente a nuestras leyes. Yo guardaré siempre el secreto; pero esto no supone que vuestros negocios queden ocultos eternamente a los ojos del general.

--¡Ah! Guardando tú el secreto, ¿quién puede enterarse de mis asuntos?

--Ya sabéis que en nuestra Orden todo se sabe.

--Por esta vez, no se sabrá. Tengo tomadas mis precauciones, y estoy seguro de que si algo llega a oídos del general, será porque tú me habrás vendido. Ya estás enterado; ahora, a trabajar.

El padre Claudio dijo esto con su tono imperioso, y el secretario le obedeció inmediatamente.

Transcurrió algún tiempo, sin que mediara palabra alguna entre los dos jesuítas. El secretario escribía, y el superior, de pie ante la mesa, hojeaba los papeles que estaban en ésta, esperando una clasificación.

Un criado levantó con discreción el cortinaje de la puerta, y asomó su cabeza, con el propósito de retirarse silenciosamente si veía al padre Claudio entregado a una grave preocupación. A los sirvientes de aquella casa bastábales una sencilla ojeada para apreciar la importancia del trabajo de su dueño y su necesidad de aislamiento. Al ver al padre Claudio contemplando con mirada distraída los papeles, se atrevió a interrumpirle y dijo con voz meliflua:

--Reverendo padre, don Joaquín Quirós desea ver a vuestra reverencia. Ha venido ya muchas veces en esta mañana.

--Que espere en el gabinete. Voy allá inmediatamente.

Salió el criado, y el poderoso jesuíta dijo en voz alta:

--¿Qué querrá Quirós? ¿Por qué vendrá a buscarme con tanta insistencia? Ese muchacho cada vez me gusta menos. Presiento en él algo de ingratitud. ¿Qué te parece a ti, Antonio, de ese muchacho?

--Es un fatuo que se ha hecho la ilusión de emplear a vuestra reverencia y a la Orden para llegar muy alto. Hay que tener cuidado con ese ambiciosillo.

--Pues si piensa aprovecharse de nuestro poder para lograr sus fines, y después desligarse de nosotros, está muy equivocado. Eso sería engañarnos, y, ¡francamente!, tendría que ver que un trastuelo como ése engañase a la Compañía de Jesús.

El padre Claudio salió del despacho, y, atravesando varias habitaciones, entró en un pequeño gabinete de paredes grises y desnudas, amueblado con una antigua consola y una sillería de damasco raído.

Joaquinito Quirós, al entrar el poderoso jesuíta, se abalanzó inmediatamente a besarle la mano humildemente, recibiendo su bendición con aire compungido.

--¡Hola, desertor!--dijo el padre Claudio con jovialidad--. ¿Qué mal viento le trae por aquí? Yo creía que ya había muerto.

--¡Oh, reverendo padre! A pesar de mis trabajos apremiantes, he venido por aquí varias veces, sólo que nunca estaba usted visible.

--No es extraño; yo, aunque no me presento agobiado por el trabajo, como usted, no dispongo de un minuto todos los días para recibir a los amigos. Conque, vamos a ver, ¿qué le trae a usted por aquí?

--Vengo corriendo de casa de Baselga.

--¡Ah!... ¿Y qué?--dijo el jesuíta con una frialdad que contrastaba con el azoramiento exagerado del joven escritor.

--Había ido a consultar a la baronesa sobre un asunto urgente de la Asociación de San Vicente de Paúl...

--Bueno, ¿y qué quiere usted decirme?

--Que de boca de la misma baronesa ha salido una noticia que apenas me atrevía a creer.

--Vamos a ver esa noticia estupenda.

--Que el conde ha sido declarado loco.

--Y que yo lo he enviado al manicomio, ¿no es eso? De seguro que así se lo habrá dicho la baronesa. ¿Y qué hay en todo esto para que usted venga con tanto azoramiento a comunicarme cosas que ya casi tengo olvidadas?

--¡Oh!, reverendo padre: la impresión, lo inesperado de la noticia... Comprenda usted el efecto que en mí habrá causado.

--Déjese usted de pamplinas. Usted sabía tan bien como yo, hace ya mucho tiempo, que el conde estaba loco, y que su manía de conquistar Gibraltar, que comunicó a usted antes que a nadie, era un solemne disparate. ¿A qué extrañarse tanto ahora? Baselga estaba loco y lo hemos encerrado en un manicomio. Eso es todo.

--Perdone usted, padre Claudio. Yo esperaba que, como amigo de la familia, me hubiese usted llamado, al tratarse de un asunto tan importante. Tal vez hubiesen aprovechado para algo mis servicios.

--No hemos necesitado a usted para nada.

--Muchas gracias. Además debo manifestarle mi disgusto por la conducta que usted ha observado conmigo. Hace tiempo que comprendí que no le era muy grata mi presencia en casa de Baselga, y por eso he estado tanto tiempo sin ir por allí.

--Así es. No me gustaba mucho que fuese usted por aquella casa; pero ahora puede volver cuando guste.

--Sí, eso es--dijo con rudeza Quirós--. Puedo ya volver, ahora que no está el conde y que le han declarado loco, Dios sabe cómo.

Quirós, apenas dijo estas palabras, se arrepintió, al ver el gesto de indignación que hizo el padre Claudio.

--Joven--dijo el jesuíta con frialdad hostil--, la benevolencia que yo le he dispensado, sólo ha servido, según veo, para que usted se muestre sobradamente audaz y se atreva a hacer suposiciones que no puedo consentir. El conde ha sido declarado loco, porque realmente lo estaba, y yo no he influído para nada en tal declaración. ¿Qué interés podía yo tener en ello?

Quirós, a pesar de que temía al padre Claudio, no pudo evitar un gesto de incredulidad.

--¿Duda usted de mis palabras? Pues pronto tendrá que convencerse forzosamente. ¿Qué médicos cree usted que han certificado la demencia del conde? ¿Se lo ha dicho a usted la baronesa?

--No, señor; pero, como si lo viera: el médico encargado de tal trabajo habrá sido, indudablemente, el doctor Peláez. Un amigo fiel y obediente.

--Pues se engaña usted. El que ha certificado la demencia del conde ha sido el doctor Zarzoso, ese sabio alienista, que es bien conocido por sus ideas antirreligiosas. ¿Dirá usted ahora que Zarzoso es de los nuestros y que yo puedo manejarle para hacer que declare cosas contrarias a la verdad?

El joven quedó moralmente aplastado por estas palabras, y el padre Claudio se gozó en mirarlo con desdeñosa compasión.

Quirós estaba perplejo. Comprendía que acababa de cometer una torpeza, mostrando antes de tiempo cierta aspiración de independencia ante el terrible jesuíta, que no consentía la emancipación de ninguna de las voluntades a él supeditadas. Por esto, deseoso de remediar su ligereza, se apresuró a decir con acento humilde:

--Perdón, reverendo padre. No había yo imaginado, ni remotamente, nada que fuese en perjuicio de la honradez y caridad de vuestra reverencia, pero el maldito amor propio, herido por el despego que hace algún tiempo me mostraba usted, ha sido la principal causa de que yo haya hablado de un modo irrespetuoso. Ruego a usted que me perdone. Ya sabe que le venero y que eternamente le seré fiel.

El jesuíta hizo como que creía en estas palabras, cuyo verdadero valor conocía.

--Es usted un niño, amigo Quirós--dijo con paternal benevolencia--, y si no estuviera convencido de esa ligereza, que le ha de producir muchos disgustos, tomaría en serio sus palabras, en cuyo caso mi enojo sería terrible. Usted tiene un defecto, que consiste en querer subir demasiado aprisa a las alturas donde le arrastra su exagerada ambición. Yo no critico que usted sea ambicioso: todos lo somos en este mundo, y yo el primero: pero hay que pensar bien que aquello que todo hombre ha de procurar para subir, es escoger bien los medios que han de servirle para su elevación. Usted, mientras suba apoyado por nuestra Orden, hará carrera, y el día que intente emanciparse de nosotros, su ruina será completa.

--Reverendo padre, yo no intento separarme de usted, al que tanto venero; yo...

--Menos protestas de adhesión, amigo Quirós. Dios, que lee en el corazón de todos los humanos, es quien sabe mejor la verdad y puede apreciar los sentimientos de cada uno. Aunque no estoy muy seguro de la adhesión de usted, le quiero, a pesar de todo, y buena prueba del ello es que hace un momento pensaba en usted y le procuraba un medio seguro para engrandecerse.

--¡A mí!--exclamó Quirós con codicia--. ¡Oh, cuánto le agradecería que hiciese algo por mi suerte! Mi situación es cada vez más difícil; mis compañeros ascienden todos, hacen fortuna, y yo permanezco inmóvil en mi miserable medianía, sin adelantar un paso. Necesito un protector poderoso, como vuestra paternidad, y que no me abandone en ninguna ocasión.

--Mi protección dependerá del modo como usted se porte en adelante conmigo. Por de pronto, sepa que tengo un medio seguro e inmediato para que el Gobierno agradezca a usted un servicio importantísimo y le premie con largueza.

Quirós hizo un gesto de impaciencia; estaba ansioso por conocer aquel medio, tan seguro, de engrandecerse.

--Se trata--dijo el jesuíta con gran calma--de descubrir al Gobierno una conspiración revolucionaria, verdaderamente terrible, por las personas que de ella forman parte.

Quirós mostró cierta extrañeza al escuchar estas palabras. Notábase en él que acababa de sufrir una profunda decepción.

--¡Oh!--exclamó--. ¡Si no es más que eso!... Todos los días recibe el Gobierno delaciones de esa clase, y apenas si las premia con unas cuantas onzas de oro. Los ministros hacen ya poco caso de tales revelaciones, pues las más de las veces resultan falsas o inútiles, ya que no pueden encontrarse las pruebas.

--Es que aquí las hay, señor Quirós: pruebas claras y concluyentes, papeles de tanta importancia, que con ellos el Gobierno puede ponerse al tanto de una terrible conspiración militar, y conocer a todas las personas que están comprometidas en ella.

--¡Ah!--exclamó el joven, cuyos ojos brillaron con terrible llamarada de alegría--. Eso es otra cosa. Si vuestra paternidad me facilita tan importante delación, mi ascenso está ya asegurado.

--Pues cuente usted con que le apoyaré. Irá usted a ver al ministro de la Gobernación. ¿No lo conoce usted?

--Sí, reverendo padre. He hablado varias veces con él en las reuniones del gran mundo.

--Perfectamente. Pues puede usted decirle que en Madrid funciona una Junta revolucionaria militar, de la cual es secretario un capitán llamado don Esteban Alvarez.

--Eso no basta, reverendo padre.

--No sea usted impaciente, y escuche. Dicho capitán tiene en su casa la mayor parte de los papeles de la conspiración, y registrando su domicilio, el Gobierno puede dar un buen golpe a los revolucionarios.

--¿Está usted seguro, reverendo padre, de que los papeles están en casa de ese capitán?

--¡Oh!, segurísimo. Ya sabe usted que estoy siempre bien informado de todo. Tengo buenos amigos.

--¡Diablo!, pues la cosa resulta grave para ese capitán, si le pillan en su domicilio los papeles. ¿Es algún joven ese capitán?

--Creo que sí. Según me han dicho es una cabeza ligera, un exaltado muy peligroso.

--¿No le conoce vuestra reverencia?

--No. Nunca lo he visto.

Quirós se quedó pensativo unos minutos.

--¡Vamos!--dijo el jesuíta--. ¿Qué piensa usted? ¿No se atreve a dar el golpe?

--Pienso que si le pillan los papeles a ese pobre muchacho, pronto le olerá la cabeza a pólvora. El Gobierno está hoy más irritado que nunca contra los revolucionarios, y será inexorable con aquel que pille.

--Así lo creo yo también. Pero veo que me he equivocado al pensar en usted y ofrecerle un medio tan rápido de elevación. ¿Tiene usted reparo en delatar tan peligrosa conspiración? No hablemos, pues, del asunto. Olvídese usted de todo lo dicho, que otro se encargará de hacer el trabajo. No falta gente que quiera ser premiada por el Gobierno.

Quirós se estremeció, como si acabara de recibir un rudo golpe.

--¡Eh! ¿Qué es eso, reverendo padre?... El negocio es para mí, y yo no puedo consentir que otro me lo arrebate. ¿He dicho yo acaso que no quiero encargarme de la delación? Lo que hay es que me inspiraba algo de compasión ese pobre muchacho, que es un joven como yo y que no aguarda seguramente el terrible cataclismo que le va a caer encima. Un poco de simpatía, y nada más. Pero se acabó ya el escrúpulo; no soy tan imbécil que dé un puntapié a la Fortuna, cuando ésta se me presenta. Se acabó la compasión. ¡Vaya, padre Claudio!, siga usted dándome órdenes, que yo las cumpliré inmediatamente.

--Celebro verle tan animoso y dispuesto a aprovecharse de mi cariñosa benevolencia. Para alcanzar la gratitud del Gobierno, no tiene usted más que hacer esa delación. Yo me encargaré después de recomendarlo y hacer que la recompensa oficial sea lo más alta posible.

--Pero, padre Claudio, con lo dicho no basta para que la delación sea completa. Falta saber, el domicilio del capitán Alvarez, el punto donde los conspiradores se reúnen y todos los demás detalles que vuestra paternidad juzgue importantes.

--Es verdad. Tiene usted mejor memoria que yo. Pase usted a mi despacho y mi secretario le dará una nota exacta de todo cuanto pide.

Quirós hizo un gesto de alegría, como si ya tuviera en sus manos el importante ascenso que tanto deseaba.

Ansioso por realizar cuanto antes aquel negocio, y sin el menor rastro del escrúpulo que momentos antes había sentido, se dispuso a salir del gabinete para dirigirse al despacho.

--Aguarde usted, impaciente joven--dijo el jesuíta sonriendo con amabilidad--. Supongo que todo esto quedará en el más absoluto misterio, y que el Gobierno no traslucirá quién ha proporcionado tan importantes datos.

--¡Oh! De eso no hay que hablar, padre Claudio. Bueno soy yo para que se me escape una palabra indiscreta. Yo sólo digo lo que quiero.

--Buena condición es ésa. Con ella irá usted muy lejos. Lo importante es que usted no se arrepienta nunca de lo hecho, y quiera perder a sus amigos algún día, sabiendo perfectamente lo que dice.

El joven comprendió que el padre Claudio seguía dudando de su adhesión.

--No recele vuestra reverencia de mi fidelidad--dijo Quirós--. Ya que no por cariño, por egoísmo, debo seguir siempre al lado del padre Claudio. Tratándome como hoy, nunca podré quejarme de su protección. Yo, al que me da, nunca le falto.

--¡Magnífico! Es usted adorable por su, franqueza, Joaquinito. Usted irá lejos y nunca le faltará mi protección. Unicamente--continuó el jesuíta sonriendo con cierto aire de superioridad--, le falta a usted el no dejarse dominar por la compasión en momentos supremos.

--¡Oh! La indecisión de antes ha sido momentánea, como usted ha visto.

--Cuando yo le aconseje una cosa, no dude usted nunca. Yo no puedo aconsejar a nadie que peque y pierda su alma, y las acciones que yo recomiendo, aunque a primera vista parezcan censurables, seguramente no lo son por venir de boca de un sacerdote del Altísimo. Dios saca el bien del mal, no olvide usted esto, y para hacer bien a nuestros semejantes, es preciso que antes les hagamos daño. Al delatar a ese joven capitán, tal vez le sentenciemos a muerte; pero, ¡cuán inmenso caudal de bienes no producirá nuestra delación! Con su prisión y la incautación de sus papeles, la Sociedad permanecerá tranquila, la revolución quedará desbaratada, perecerán esas ideas diabólicas y disolventes que propagan los enemigos de la Monarquía y de la Iglesia, y quedarán tranquilas en el poderío de que hoy gozan, por la voluntad de Dios, Doña Isabel II, esa reina modelo de virtudes, y la Compañía de Jesús, santa institución que trabaja por la salvación del mundo. Si quiere usted ser grande y poderoso en la tierra, y después feliz y bienaventurado en el cielo, no vacile usted nunca en obedecer mis indicaciones. Todo cuanto yo ordene es...

--"Para mayor gloria de Dios"--interrumpió el joven--. Si ya lo sé, reverendo padre, y juro obedecerle inmediatamente. Ahora, si le parece bien, vamos al despacho a por la nota, pues siento verdadera impaciencia por servir a Dios haciendo la delación.

El jesuíta sonrió bruscamente al oír estas palabras. Sabía él a qué Dios servía el joven egoísta, al mostrarse tan impaciente por cumplir sus órdenes.

--Sobre todo, amigo Quirós, no cometa usted ninguna imprudencia, ni deje que la cometa el Gobierno. Si hace usted la delación ahora mismo, nos exponemos a que el ministro dé inmediatamente órdenes a la Policía, en cuyo caso es posible que armándose estruendo extemporáneamente, se nos escape la liebre. Vaya usted al Ministerio al anochecer, y haga la delación. La noche es favorable para esta clase de asuntos.

Quirós se conformó a esperar algunas horas para dar el golpe que aseguraba su porvenir, y con aire de humildad hipócrita, siguió al poderoso jesuíta a su despacho.

XXVI

La última buena obra del padre Claudio.

A Baselga comenzaba a parecerle demasiado extraño el aparato misterioso con que el capitán O'Conell había revestido su cita.

Pasaba el conde por alto que le hubiese hecho salir a una legua de Madrid para ir a aquel caserón de grandes y desiertos patios, rodeado de un vasto jardín con solitarias alamedas, a cuyo extremo había entrevisto algunos hombres que al notar su presencia habían desaparecido; hacía caso omiso igualmente de que el doctor Peláez lo hubiese abandonado diciendo que así lo exigía el secreto de la entrevista, dejándolo bajo la dirección de un criado, soberbio mocetón de grandes patillas que orlaban una cara cuadrada y sin expresión alguna; pero no le parecía ya indiferente, pues le causaba cierta molestia próxima a la irritación, que le tuvieran más de una hora en aquella sala, grande, fría y de elevado techo, cuya desnudez aún hacía más antipática el torrente de sol que entraba por las dos rejas situadas sobre el vasto jardín que él había atravesado.

La aventura iba ya resultando para el conde demasiado extraña. Aquellas rejas eran demasiado robustas y tenían todo el aspecto de las de presidio. Mirándolas fijamente, el conde llegó a sonreírse.

--En esta casa--pensaba--debe ser la gente muy miedosa. Según leo a veces en los periódicos, hay bastantes ladrones en los alrededores de Madrid; pero la cosa no creo que sea para tomar tantas precauciones. ¡Cuidado si han empleado hierro en las tales rejas!

Y Baselga, que para buscar distracción al tedio que comenzaba a dominarle, se había entretenido en contar varias veces los barrotes de las rejas, pasó a fijarse en otros detalles de la habitación.

--Pues aquí dentro--continuó pensando el conde--no han sido tan pródigos en muebles como en el hierro de las rejas. ¡Vaya un menaje! Parece que sólo hayan puesto lo estrictamente necesario para que la pieza no sea inhabitable.

Así era. La sala era muy espaciosa, y a pesar de esto, sólo había en ella cuatro sillas de paja, muy ligeras por cierto, y una mesilla colocada entre las dos rejas.

Baselga se levantó, fué tocando uno por uno los escasos muebles, y después siguió paseando de un extremo a otro de la habitación.

Sacó su reloj de oro y miró la hora. Las diez y media. Estaba ya allí más de una hora y comenzaba a parecerle la espera más que pesada.

En uno de sus paseos, al pasar junto a la puerta, que creía entornada, se fijó en ella. También notó, como en las rejas, gran lujo de precauciones. Vaya una puerta sólida. Los tableros estaban tan ajustados, que no dejaban la menor rendija, y toda ella parecía hecha de una sola pieza. En el centro tenía un ventanillo cerrado.

El conde, al pasar, la golpeó distraídamente con el pie, como para apreciar su robustez, y la puerta no se movió.

Baselga hizo un gesto de inmensa extrañeza. ¿Qué era aquello? ¿Acaso estaba la puerta cerrada? ¿Era él un preso?

Esta consideración sublevó al conde, quien, para convencerse de si la puerta estaba cerrada, dejó caer sobre ella sus robustos puños. Conmovióse la recia madera produciendo un sonido sordo, pero la puerta no se movió.

Ya no podía dudar el conde. Estaba encerrado, prisionero en aquella destartalada habitación tan inaccesible a la fuga como un calabozo. Las rejas le impedían saltar al jardín.

Apoderóse de Baselga una terrible indignación al verse tratado de un modo tan inicuo. ¿Por qué le recibían de tal modo? ¿Dónde estaba aquel O'Conell, que no llegaba nunca?

De repente cruzó por la imaginación del conde una absurda idea, propia de su continua preocupación. Sin duda, el Gobierno inglés conocía su plan, temía al audaz patriota, y se atrevía a secuestrarlo casi a las puertas de Madrid. Esta presunción fatua y loca consolaba al conde y le daba cierto valor para sobrellevar tan extraña aventura; pero a pesar de esto, seguía golpeando con sus vigorosos puños la fuerte puerta, sin lograr que hiciera el menor movimiento.

El más absoluto silencio contestaba a aquellos golpes, y Baselga se decidió por fin a gritar:

--¡Eh! Los de la casa. ¿Qué es esto? Venid a abrir esta puerta.

Varias veces gritó y no vino nadie. Pero los gritos no fueron acogidos con el mismo silencio que los golpes.

A los oídos de Baselga llegaron confusas y amortiguadas voces estentóreas, chillidos y cánticos monótonos, que formaban un extraño concierto y que se repetían cada vez que él llamaba.

--No--dijo el conde en alta voz, como si tuviera a sus espaldas quien lo oyera--, pues la broma resulta bastante pesada. ¿Y qué grita toda esa gente?... Juro a Dios, que en cuanto salga de aquí aprenderán cómo nadie se burla impunemente de un hombre como yo.

Transcurrieron algunos minutos sin que el conde se cansara de golpear la puerta. Antes bien, parecía que sus puños, al maltratar a la madera, adquirían nuevo vigor.

Cuando comenzó a llamar, habíale parecido oír unas pisadas que ligeramente se alejaban, y éstas volvieron a escucharse pasado un buen rato, aunque aproximándose con gran rapidez.

El conde vió abrirse el estrecho ventanillo de la puerta, a través del cual apenas si podían mirar a la vez con ambos ojos.

En el pasillo estaban dos hombres; el criadote de las patillas y de rostro inmóvil, que, según se decía el conde, tenía cara de palo, y un joven también fornido y barbudo, que llamaba la atención por su gesto inteligente.

Baselga se dirigió a él lanzándole por el ventanillo una mirada iracunda.