La alhambra; leyendas árabes

Part 26

Chapter 264,218 wordsPublic domain

--Cuando un hombre jóven, ó aun cuando no sea jóven, cuando un hombre fuerte, pasa por este desfiladero, la mayor, esto es, la primera nacida de las hadas, sale á la puerta de la caverna y arroja al viento un puñado de sal diciendo: ¡Hermana mia, la tempestad, ven! y apenas la maldita, la condenada de Dios, dice estas palabras, cuando sucede lo que está sucediendo ahora: el viento zumba, las nubes salen no se sabe de donde, retumba el trueno, arden los relámpagos, el cielo se cubre y se pone negro, y cae en medio de las mas profundas tinieblas un aguacero violento que dura á veces algunas horas: cuando pasa, el torrente producido en la rambla por la lluvia parece sangre.

--¿Y para qué llama la hermana mayor de las hadas malas á su hermana la tempestad?

--Y para que el viagero á quien la tempestad sorprende busque albergue en la caverna.

--¡Ah!

--¿Y qué hacen con el viagero?

--Las hadas que moran en esa caverna, continuó el narrador, son los espíritus de trescientas cincuenta y cuatro doncellas, cuyas madres murieron enamoradas de su padre antes de darlas á luz. Sienten una sed de amor rabiosa, que procuran satisfacer sin conseguirlo, con todos los que pasan este desfiladero, y que ignorando el peligro, se olvidan de llevar consigo, para que los defienda de la impureza de las hadas, el sello cabalístico del poderoso Salomon.

--Pues yo no lo llevo.

--Ni yo.

--Ni yo.

--Y acaso tampoco lo lleve nuestro señor, que ya está cerca de la gruta, dijo el narrador.

--¿Y por qué no le avisamos?

--¿Y quién se atreve? Ya sabeis que nuestro señor castiga á sangre á quien le habla cuando él no le pregunta: ya sabeis que dice que el que se entromete á hablar á su señor cuando él no le habla, comete un atrevimiento, y que siervo que se atreve á su dueño, está muy cerca de ser traidor. Si yo le hablara, á la primera palabra me tenderia á sus pies. ¿Le hablaria alguno de vosotros?

--¡No!

--¡No!

--¡No!

--Pues ni yo tampoco. ¡Que Dios tenga piedad de él!

A pesar de que los ginetes refrenaban un tanto sus caballos, habian llegado cerca de la gruta á una especie de plataforma de la montaña.

Zuleka entonces se volvió y dejó oir en medio de los mugidos de la tempestad la voz, de su corneta, que en dos toques consecutivos, mandó á los ginetes hacer alto y echar pie á tierra.

Los ginetes obedecieron, y teniendo de las bridas á los caballos, se agruparon alrededor del que contaba el cuento.

Abd-el-Rahhaman y Zuleka, seguian ya á pie y llevando los caballos del diestro, porque la senda se hacia muy áspera hácia la gruta.

--¿Y qué? ¿qué sucede á los que entran en esa caverna? dijeron algunos.

--¡Oid! ¡oid! ya la tormenta se echa encima y empieza á llover: amparémonos de la saliente de esta roca, y entretengamos la espera con un cuento maravilloso.

--Sí.

--¡Cuento!

--¿Es la historia del encanto de la caverna?

--Si por cierto, la historia de un rey mago, que fué el padre de las trescientas cincuenta y cuatro hadas.

Y los ginetes fueron á ponerse bajo el resalto gigantesco de una roca, y se agruparon en torno del cuentista.

La tempestad descargó entonces en todo su furor, y empezó á oirse el mugido de las aguas que se despeñaban por la rambla y que crecian á cada momento mezclando su bramido cada vez mas ronco y poderoso, al pujante bramido de lo tempestad.

XXIV.

--Habeis de saber, amigos, dijo el cuentista, con la importancia y el placer del que tiene pendiente de su palabra la atencion de muchos hombres, que habia en esta tierra, no se sabe cuando, pero sí que hace mucho tiempo, un rey muy poderoso, que habia pasado los años de su vida estudiando la astrología, y la ciencia maldita de lo oculto: era pues, muy sabio, y muy poderoso, pero no era feliz: no tenia que necesitaba, y para procurárselo, conjuró á Satanás.

--¿Y Satanás obedeció?

--Sí, porque el rey habia estudiado los siete libros mágicos de Salomon, y se habia hecho mago.

--¿Y que pidió el rey mago á Satanás?

--¡La felicidad!

--¿Y se la dió Satanás?

--Le dió lo que él creia la felicidad, esto es, riquezas, y vasallos; poder invencible contra sus enemigos, y una juventud y una hermosura inauditas, durante trescientos cincuenta y cinco años.

--¡Oh! ¡y qué rey tan feliz! dijo un ginete de barba blanca: ¡un hombre que durante trescientos cincuenta y cinco años, seria jóven, rico, invencible y hermoso, y no sirviendo á nadie.

--Te engañas, dijo el cuentista: el rey mago era esclavo de sí mismo.

--¡Ah!

--¡Oh!

--¿Y cómo?

--Ya vereis: el rey mago estaba cansado de todo; porque hacia mucho tiempo, que las aves del aire, los animales de la tierra, los peces del mar, y los frutos de todo el mundo le servian por su ciencia de manjares, y no encontraba nada que no le repugnase y que pudiese escitar su apetito.

--¡Ah!

--Además de esto, el mago era soberbio, y queria tener un palacio como no le hubiera en el mundo, y en aquel palacio un harém en que hubiera las mugeres mas maravillosamente hermosas de la tierra. Era además cruel y se gozaba con la sangre, con la muerte y el estrago.

--¡Ah, maldito!

--En el mismo punto en que pactó con Satanás, que durante trescientos cincuenta y cinco años le tendria por esclavo, con la condicion de que pasados los trescientos cincuenta y cinco años, él seria esclavo suyo por toda una eternidad...

--¿Tanto valía el alma del rey mago?

--El diablo habia tratado con él de mala fé, porque si el diablo fuese una vez honrado, dejaria de ser el diablo. Ya vereis. En el mismo punto en que estuvo hecho aquel trato, que se hizo por cierto en aquella gruta, el rey mago, dijo á Satanás:--Quiero tener un alcázar como no lo haya tenido el poderoso Salomon.

Apenas dijo el mago estas palabras, cuando sobre la cumbre de esta montaña, apareció un alcázar... yo no puedo deciros como era el alcázar, porque no hay palabras en lo humano para encarecerle. Pero era mas bello, mucho mas bello que la Alhambra, y eso que dicen que la hicieron las buenas hadas del rey Nazar.

--¡Oh! ¡oh! esclamaron todos los ginetes en coro.

--Y eso que Satanás habia construido el alcázar en un momento.

Repitióse el murmullo de asombro.

--Cuando el rey mago vió aquel palacio tan maravilloso, dijo al diablo:--Satanás, tengo hambre, los frutos y los animales de la tierra me enojan: dame un fruto que no le haya ni en la tierra, ni en el cielo, ni en el infierno.

Y Satanás desapareció por un momento, y volvió á aparecer con una hermosa manzana en la mano. Habia ido por ella al jardin de Hiram y la habia cogido del árbol de la vida.

--¡Ah!

--Cuando el rey mago comió la manzana, su corazon ardió, sus ojos se pusieron rojos, le devoró una sed terrible, y gritó:--Satanás, quiero recrear mis ojos en ver el esterminio; quiero ver los cadáveres hechos pedazos sobre el campo de batalla, y devorados por los buitres; tengo sed, y quiero aplacarla con sangre humana.--En el mismo punto, Satanás tomó al rey sobre sus alas de murciélago, y en un solo instante le condujo á un campo donde se embestian los egércitos de dos reyes enemigos: y cuando el horno de la pelea estaba encendido y bravo, Satanás se mezcló con el rey entre los combatientes, y el rey veia morir, las unas á las manos de las otras, criaturas de Dios: y se recreaba en cada herida, se alegraba con cada muerte, bebia la sangre de los moribundos, y luego, cuando se hubo acabado la batalla y traspuso el sol, vió á los buitres venir en bandadas, caer sobre el campo de batalla y devorar los cadáveres desnudos. Y entonces esclamó:--¡Satanás! la noche empieza; tengo sueño; la sangre me ha embriagado; quiero dormir mi embriaguez entre los brazos de la doncella mas hermosa del mundo; llévame donde yo repose y temple mi sed de amor.--Y como Satanás era su esclavo, le tomó sobro sus hombros y le llevó á una cabaña.

--¡A una cabaña!

--Las mugeres mas hermosas, son las que respiran el aire saludable de las montañas, las que se egercitan apacentando sus rebaños, las que templan su sed con el agua pura de los manantiales, y satisfacen su hambre con los sazonados frutos de los árboles; las que nunca se han pintado con alheña las uñas y los cabellos, las que nunca han oprimido con el ceñidor su cintura, ni con el borceguí su pie; las que no han olido otro perfume, que el de los romeros y el que los vientecillos arrancan de las flores; las que para enamorar no conocen el artificio, ni mienten ni tienen celos, ni las devora la envidia: ¡oh! ¡sí! las montañesas de mi tierra son las mugeres mas hermosas del mundo.--Pues, como decia, el diablo llevó á la cabaña de una de estas vírgenes al mago, y como el mago era hermoso y parecia jóven, y le ayudaba Satanás, la pobre muchacha, aunque estaba enamorada de otro, se enamoró de él y le sonrió amorosa, y el mago satisfizo su sed de amor, y durmió entre sus brazos su embriaguez de sangre; y cuando despertó, dijo á Satanás:--Esta muchacha me enoja; llévame á mi alcázar.--Y el diablo le llevó, y este fué el primer dia del pacto del rey mago con Satanás.--Y cuando la muchacha despertó se encontró sola, y buscó enamorada al rey y no le encontró, y empezó á empalidecer y á enflaquecer, y murió á los pocos dias y con ella murió antes de nacer, y teniendo ya un alma impura, la hija que la desdichada habia concebido en sus breves amores con el rey mago.

Y el segundo dia de su pacto con el diablo, el rey comió otra manzana del árbol de la vida, y vió otra batalla, y bebió sangre, y tuvo otra doncella, y la doncella murió, y con ella una hija no nacida.

Y durante el primer año de su pacto con el diablo, comió el rey mago trescientas cincuenta y cuatro manzanas del árbol de la vida, y vió otras tantas batallas, y se embriagó otras tantas veces con sangre humana, y el diablo le dió otras tantas doncellas, que murieron abandonadas, y con ellas, antes de ver la luz, sus hijas. Y el dia en que se cumplia el año, todas estas hijas no nacidas vinieron al palacio del rey mago convertidas en unas hermosísimas hadas, engalanadas con vestiduras tales, tan sútiles, tan trasparentes y tan ricas, como no hay artífice que las hiciese iguales, y adornadas con oro, perlas y diamantes, como no se encuentran ni en los senos de la tierra, ni en las entrañas de las rocas, ni en los abismos del mar. Y el mago vió alrededor de sí, trescientas cincuenta y cuatro hijas, una por cada año de la vida que le habia concedido Satanás, y todas tan hermosas, tan resplandecientes, tan magníficas como el rey mago no habia podido soñar en sus mas ardientes sueños de deseo. Sucedió que cuando el mago vió delante de sí á su primera hija se enamoró perdidamente de ella, y su hija de él; pero por mas que hacian por unirse, los separaba siempre un muro invisible, impenetrable, que les impedia tocarse: y el mago y la hada gemian y giraban alrededor el uno del otro, siempre separados por un muro tan delgado como un cabello y tan claro como el diamante, y como el diamante tan duro. Y cuando el mago vió su segunda hija mas hermosa que la primera, se obstinó más, y así sucesivamente hasta que, rodeado de las trescientas cincuenta y cuatro, y rodeándose todas ellas, y siempre sin poder tocarse, llamó desesperado á Satanás.--Yo muero, dijo; dame la mas hermosa de mis hijas.--Por cada hija tuya, un año de tu vida, dijo Satanás.--Te lo doy, dijo el mago.--Y Satanás rompió el muro de diamante que le separaba de la primera hija, y el uno y el otro se estrecharon en sus brazos.

--¡Ah, malditos, malditos!

Pero apenas tocó el mago á su primera hija, sintió cansancio de ella y le pareció mas hermosa la segunda.--Dáme mi segunda hija, Satanás, dijo el mago.--¿Me darás por ella otro año de tu vida?--Sí, contestó el mago.--Ten, pues, dijo Satanás, y le entregó su segunda hija. Pero apenas la tocó el mago, la aborreció. Pidió una tercera á Satanás, y Satanás le pidió otro año de su vida.--Y así, pidiendo una á una sus hijas á Satanás, y dándole por cada una de ellas un año de su vida, y aborreciendo á sus hijas apenas las tocaba, desde el anochecer de una noche de horror, hasta el amanecer de un dia de tormenta, el diablo dió al mago sus trescientas cincuenta y cuatro hijas, y el mago gastó sus trescientos cincuenta y cuatro años sin haber apagado su sed de amor, sin haber cometido un solo incesto. Dios no lo quiso permitir, y el diablo se alegró de ello, porque en un año que llevaba de servir al rey mago, habia conocido que su esclavitud era insoportable. Cuando el mago rechazaba á su última hija, cantó el gallo en la alborada.--Eres mi esclavo, dijo Satanás al mago; tus vicios han sido mas poderosos que tu ciencia, y has gastado en una noche de deseo los trescientos cincuenta y cuatro años que yo te dí por tu alma.--Y asiéndose del rey mago, le arrebató consigo á los abismos, y con el rey mago se hundió su negro palacio, y solo quedó esa caverna, donde sedientas de amor, penan las trescientas cincuenta y cuatro[88] hadas malas, sus hijas. Y por su sed de amor, cuando un hombre que no lleva sobre si un amuleto entra en la rambla, las hadas malas llaman á la tempestad, y el viagero, huyendo de ella, trepa á la gruta, y cuando está dentro las hadas se apoderan de él y todas le quieren para sí, y lo despedazan pretendiendo arrebatárselo las unas á las otras, y en el momento en que el desdichado muere, mordido, arañado, sofocado, estrangulado, despedazado, cesa la tempestad y se vé el torrente que se precipita por la rambla, rojo como sangre humana.

¡Y nuestro señor ha entrado en esa maldita caverna!

--Dios tenga piedad de él si no lleva consigo un amuleto.

--¿Y quién te ha contado ese cuento?

--¡Qué! ¿dudareis de él?

--No dudo; ¿pero cómo se sabe lo que pasa en esa caverna, si todos los que entran en ella mueren?

--Yo no sé quien lo habrá contado; algun varon justo y temeroso de Dios.

--Además de eso, ¿crees tú que sea falso un cuento que tiene tan provechosa enseñanza?

--¿Y qué enseñanza es esa?

--Que al hombre le matan sus vicios, le hacen odioso á Dios, y le condenan.

--¡Ah! ¡ah!

--Pero ved que la tempestad pasa y sale la luna.

--Es verdad; pero nuestro señor no sale de la caverna.

--Sí; pero su katib Zuleka, está sentado tranquilamente á su entrada.

--¡No importa! ¡no importa! ¿qué habrá sucedido á nuestro señor?

XXV.

¿Qué habia acontecido, pues, dentro de la caverna de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas al walí Abd-el-Rahhaman?

Apenas entró en ella, sintió un vértigo inesplicable y se sentó junto á una piedra.

Poco despues reclinó su cabeza en sus rodillas y se durmió.

De repente sintió que le movian suavemente, y oyó una voz que le dijo:

--¡Despierta! infante Abd-el-Rahhaman.

El walí abrió los ojos, y no se encontró ya en la gruta, si no en un alcázar maravilloso.

Pero aquel alcázar tenia algo de terrible.

Parecia que sus cúpulas estaban perdidas en una niebla vaga, infinita, á través de la cual penetraba una claridad fria.

Los arcos, las galerías, las columnas, estaban abiertos á un espacio nebuloso tambien, infinito, frio, apenador.

El alcázar parecia estar suspendido en el abismo, y flotar sobre él.

Entre los arcos, entre las galerías, entre las columnas, pasaban y cruzaban, y volvian á pasar y á cruzar, confundiéndose, mezclándose, sombras indecisas, que como las nubes, se estendian y cambiaban de forma, dejándose ver á veces cerca y determinadas como mugeres hermosas y ricamente engalanadas, que fijaban por un momento sus ojos negros y relucientes, en Abd-el-Rahhaman, y luego se alejaban como empujadas por el viento, y se confundian en la niebla volviendo á dejarse ver en una nueva oleada.

--¡Oh, poderoso Allah! dijo el walí; ¿qué doncellas son estas, que así vienen y ván, y que así me miran y que no se acercan á mí? Todas son resplandecientes como gotas de rocío á los rayos del sol, y todas hermosas, y todas anhelantes y tristes. ¿Por qué turban mi razon esas mugeres, y me embriagan y avivan recuerdos de mi juventud ya acibarados por los años y por las desgracias?

--¡Abd-el-Rahhaman! dijo una voz que parecia salir de la inmensidad, sonora, vibrante, que puso espanto en el corazon del walí: ¿qué has hecho de tus hijos?

--¡Mis hijos! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡mis hijos, genio invisible, yo no tengo mas que un hijo!

--A más del asesino del rey Abul-Walid, has tenido dos hijas: ¿qué has hecho de ellas?

--La una me la robó su madre; la otra me la robaron los cristianos, contestó el walí.

--Dos de tus hijos están malditos, esclamó la voz.

--¡Ah, perdon para ellos! repuso el walí.

--La última hija tuya, tu María...

--¡Ah! ¿qué es de María? esclamó el walí.

--¡María! corre á la Alhambra, walí, corre á la Alhambra, y salva á María porque la impureza y el crimen la acechan.

--El walí guardó silencio aterrado.

--¿Te acuerdas de tu sobrina Aleidah, la sultana de Granada?

--¡Ah, infeliz!

--Fué envenenada por una muger terrible.

--¿Y quién es esa muger; vive, puedo tomar venganza de ella?

--Esa muger ocupó el tálamo vacío de Abul-Walid; esa muger fué sultana; esa muger envenenó al que creia su padre...

--¿Pues quién fué su padre?

--Su nombre está envuelto en un misterio para tí, porque es necesario que se cumpla una venganza terrible.

--¿Y sabré el nombre del padre de esa muger?

--Cuando la hayas esterminado.

--¡Matadora de Aleidah! ¡envenenadora del que creia su padre!

--Y la condenacion del alma de tu hijo.

--¡De mi hijo!

--Sí; de tu hijo que enloquece entre los brazos de la adúltera: de tu hijo que amaba á su prima la sultana Aleidah, y que al estremecerse de amor entre los brazos de la sultana que mató á su padre y á su esposo, ignora que mató tambien á la anterior sultana.

--¡Invisible genio! ¿me haces esta revelacion para que castigue tantos crímenes?

--Sí; toma.

Un pergamino enrollado cayó á los pies del infante Abd-el-Rahhaman.

--¿Qué es esto, poderoso genio? dijo el infante.

--Esa es la historia de los crímenes de la sultana Ketirah, y de su cómplice el wacir Masud-Almoharaví: dá esta historia á tu hijo.

--¿Y dónde encontraré á mi hijo, poderoso genio?

--Mañana, cuando la noche sobrevenga, en el sendero por donde marches, encontrarás sentado y de frente á tí, un perro blanco de montería. Cuando te llegues á él, el perro se levantará y correrá delante de tí; sigue á ese perro y él te llevará á el lugar de donde todas las noches sale tu hijo para perder su alma entre los brazos de Ketirah.

--¡Poderoso genio!... dijo el walí.

--Yo no soy genio... soy un condenado que vaga sobre la tierra, hasta el dia en que, siendo el vengador de los crímenes de los hombres, alcance mi perdon.

--¡Ah! ¿tú has sido hombre?

--Sí; yo he sido el rey mago, Abu-Jacub-el-Alime, y esas doncellas que ves aparecer y desaparecer entre la niebla y que no te despedazan porque te protejo yo, son mis trescientas cincuenta y cuatro hijas malditas: una por cada dia de pecado.

Y apenas la voz del mago Abu-Jacub, pronunció estas palabras, cuando el alcázar fantástico y sus hadas malditas se desvanecieron en una niebla impura, resonaron gritos horribles, como de mugeres desesperadas que se alejaban, y se perdieron al fin en el silencio, y el rey se puso de pie, y se encontró en medio de la caverna, por cuya abertura penetraba la luz de la luna.

--¡Oh! ha sido un sueño, un horrible sueño: yo habia oido contar muchas veces el cuento de las hadas malditas hijas del mago, pero no sabia que fuese esta la caverna; además, llevo conmigo un anillo mágico que me protege, pero este pergamino, añadió reparando en uno enrollado que tenia entre los pliegues de su faja... ¡Oh! ¡este pergamino escrito!... ¿con que esto ha sido mas que un sueño? ¡Oh, poderoso Allah! ¡que se cumpla lo que está escrito! ¡si encuentro un perro blanco de montería, le seguiré, y si encuentro á mi hijo le daré este pergamino! ¡Oh, poderoso Señor! ¡que se cumpla tu voluntad!

Y saliendo de la gruta, despertó á su secretario Zuleka, que dormia á su entrada.

--¡A caballo! dijo el infante, y prosigamos nuestro camino.

Zuleka se llevó la corneta á los labios y tocó á cabalgar: los cien ginetes salieron de debajo del resalte de la roca, donde se habian acogido durante la tempestad, y poco despues, el infante, Zuleka y los esclavos, cabalgaban á la orilla del torrente rojo que la tormenta habia formado en la rambla.

XXVI.

Era la noche del siguiente dia: la luna brillaba en medio del firmamento.

El walí de Algeciras habia soltado las riendas sobre el cuello de su caballo, habia inclinado la cabeza y se habia dormido.

A Zuleka le habia acontecido otro tanto.

Otro tanto á los cien ginetes.

Los caballos seguian uno tras otro por un sendero de la montaña.

De repente el caballo del infante, que iba el delantero, se paró, erguió el cuello, olfateó el aire, rehiló las orejas y lanzó un largo relincho.

Luego partió á la carrera, raudo y pujante como la tormenta, perdiéndose por entre las revueltas de la montaña con la misma valentía con que hubiera corrido por el llano.

Muy pronto quedaron atrás Zuleka y los ginetes, y las rocas y las colinas parecian huir deslizándose junto al caballo.

Y cuando el caballo encontraba una roca en medio del sendero, la salvaba de un salto, y de la misma manera salvaba las cortaduras que se le oponian.

Y el infante, á pesar de la rápida carrera de su caballo, seguia durmiendo.

Súbito se oyó entre las quebraduras un ladrido potente, ronco, prolongado; y como si aquel ladrido hubiera tenido mas fuerza que la violenta carrera del caballo, el infante despertó.

Y al despertar el infante, el caballo se paró de repente, como si le hubiera dominado un encanto.

Y Abd-el-Rahhaman vió delante de sí, en la entrada de un sendero, á la luz de la luna, un enorme perro de montería, sentado y mirándole de hito en hito, con unos ojos que parecian brasas.

El infante invocó á Dios.

Aquel perro era horrible, feróz.

Sus largas lanas blancas arrastraban por el suelo.

Al ver ante sí al infante se levantó, se volvió, y se dió á correr por la montaña.

El infante apretó los acicates á su caballo, que partió tras el perro.

Y el perro siguió corriendo por cortaduras, por precipicios, por ramblas y por desfiladeros.

A cada paso que adelantaban, el paisage se hacia mas agreste y bravio, mas triste y mas opaca la luz de la luna.

Al fin el perro se detuvo en la cumbre de un cerro, delante de una vieja torre de atalaya.

El infante refrenó su caballo.

Y echó pie á tierra.

Cuando buscó al perro, este habia desaparecido.

Por una de las saeteras de la torre se veia una luz rojiza.

La puerta de hierro de la atalaya estaba cerrada.

Cuando el walí de Algeciras se dirigió á ella para llamar, oyó dentro el relincho de un caballo y el crugir de un cerrojo por la parte de adentro de la puerta, que se abrió al fin, dejando ver dos hombres.

Uno de ellos era un esclavo negro: llevaba en la una mano una antorcha, y en la otra tenia del diestro un hermoso caballo árabe.

El otro hombre, era un hermoso y jóven caballero moro.

Al verle, el walí de Algeciras dió un paso atrás.

Aquel caballero era su hijo, el infante de Granada Ebn-Ismail.

El asesino del rey Abul-Walid, el amante de su hermana la sultana Ketirah, el que se habia olvidado de su otra hermana María.

No deben olvidar los que leyeren esta historia, que el mago Jacub-Al-Hakem habia ocultado al walí Abd-el-Rahhaman, que Ketirah era su hija; que el infante Ebn-Ismail ignoraba que fuese su hermana, y que solo conocia este horrible secreto María, que no habia podido revelarlo á nadie recluida en la torre de la Cautiva.

El infante retrocedió á su vez al reconocer á la luz de la luna á su padre.

--Al fin te encuentro, dijo con voz ronca el walí: á tí, que huyes de la luz del sol, de la justicia de los hombres y de la indignacion de tu padre.

--¡Ah, señor! contestó todo trémulo el infante.

--Zenko, dijo el walí al esclavo de su hijo, ténme el caballo, y tú, añadió dirigiendo severamente su voz al infante, llévame á donde podamos hablar sin que nos escuchen mas oidos que los de Dios.

El infante todo confuso, tomó la antorcha de las manos de Zenko, se dirigió al interior de la torre, y subió por unas escaleras.