Part 25
Los rayos de la luna, se detenian en la fronda de los árboles frutales, y bajo ellos encontraban un camino oscuro y oculto, la sombra blanca y la sombra negra.
Cuando las dos sombras llegaron á un punto desde el cual se veia una blanca casa en medio de un jardin iluminado enteramente por la luz de la luna, se detuvieron.
--Te habia prometido, dijo la sombra negra á la sombra blanca, traerte al lugar donde tu esposo viene á pasar las noches entre los brazos de una muger.
--Si me lo haces ver seré tuya, dijo con voz irritada y ronca la sombra blanca.
--¿Ves aquella luz que brilla detrás de aquel ajimez?
--Sí.
--Pues allí reposa la cristiana que sacó de Tarazona el infante Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que te libró de tu mal destino.
--Para condenarme á otro peor, dijo Walidé que ella era; para condenarme á la desesperacion de verme despreciada por otra muger. ¿Y es esa muger hermosa?
--Como el lucero de la tarde al principiar una noche de primavera.
--Pues bien, Abdelamar, despues de que haya visto á mi esposo salir de esa casa, quiero conocer á esa muger.
--Será necesario gastar algun oro.
--¿Y qué importa? dijo la infanta: ¿no estoy muriendo de celos? ¡la vida que me pidieses la daria por vengarme!
--¡Oh! ¡y cuánto amas al infante! dijo suspirando Abdelamar.
--Te juro que le aborrezco.
--¿Y por qué no huyes de él y le desprecias?
--Quiero vengarme.
--¡Ah! ¡mal haya la hora, dijo Abdelamar, en que el infante me puso á tu lado para servirte! ¡un dia y otro dia he dominado mi amor, que un dia y otro dia ha ido en aumento.
--¿¿Y no te amo yo?
--¡Tú no puedes amar á nadie!... ¡tu alma no es tuya!
--Cuando me hayas vengado te convencerás de que el amor del infante ha pasado para mí.
--¿Y por qué deseas la muerte de esa cristiana y no la del infante? dijo Abdelamar.
--Porque el infante la ama tanto, que preferiria morir á perderla: porque la pérdida de esa muger le desgarrará el corazon, y su recuerdo le quemará eternamente el alma. ¡Morir! ¡qué es morir! ¡un dolor breve! ¡una breve agonía! No: ¡yo quiero que viva! ¡yo quiero que llore! ¡yo quiero que sepa que me he vengado!
Walidé, aquella niña tan inocente, tan cándida, tan pura, tan dulce en otro tiempo, se habia convertido en un demonio por el amor.
Abdelamar, el amigo mas que el siervo de Abd-el-Rahhaman, puesto por él al lado de Walidé, enloquecido por la hermosura de la infanta, habia hecho traicion á su señor: él era el que habia revelado á Walidé los amores del infante con doña Catalina de Cardona, él era quien habia prometido, en cambio de su amor, á Walidé una venganza terrible; él era, en fin, quien la habia llevado á aquel frondoso y apartado cármen, donde ignorada de todos vivia doña Catalina, ardiendo en el amor del infante y de su pequeña hija.
Porque tú María, añadió el mago, acababas de nacer.
--¡Ah! ¡Dios mio! ¡y mi madre! ¡qué fué de mi pobre madre! esclamó María.
--Tu madre cayó ante los celos de Walidé.
--¡Cómo!
--Walidé no pudo tener duda de que el infante amaba á otra: le vió salir de aquella casa acompañado de una muger, que llegó con él hasta cerca del bosquecillo donde estaba oculta con Abdelamar. Oyó hablar á su esposo y á aquella muger un habla estrangera, vió á la luz de la luna la incomparable hermosura de doña Catalina, y se decidió á todo.
Algunos dias despues, cuando el infante trasportado de amor fué una noche á embriagarse entre los brazos de tu madre, la encontró muerta.
--¡Muerta!
--Sí: Abdelamar habia comprado á fuerza de oro á la esclava cocinera de doña Catalina, y la infeliz fué envenenada. Tú misma estuviste á punto de muerte, y fué necesaria toda la ciencia de los mas famosos médicos para salvarte.
--¡Yo!
--Sí: tú te habias alimentado del pecho de tu madre despues de haber sido esta envenenada.
--¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡y quedó sin castigo tanto crímen!
--El crímen continúa en la raza de Walidé.
--¡En la raza de Walidé!
--Sí; en su hija Ketirah.
--¡En su hija! ¿Y dónde está esa muger?
--En los brazos de tu hermano: en la cámara que está bajo esta.
--¡Mi hermano! ¿y quién es mi hermano?
--El generoso caballero que te amparó en Martos: el que recogió á tu amante, á tu Gonzalo, y le hizo conducir á Hins-aleux donde vive, y muere de impaciencia pensando en tí.
--¡Que vive Gonzalo! esclamó trémula de alegría la jóven.
--Sí, vive, y te rescatará y será tu esposo: pero es necesario para ello que tú misma contribuyas á tu libertad.
--¡Dios mio! ¿y cómo? ¡sola, abandonada!
--Oyendo los amores de Masud-Almoharaví.
--¡Oh! ¡nunca! esclamó María.
--Engáñale, domínale...
--Yo no sé mentir.
--Tu mentira servirá para castigar el crímen.
--¿Para castigar el crímen de quién?
--De la muger que está entre los brazos de tu hermano, de la miserable que por ser sultana, se unió en una infame alianza con un hombre miserable y ambicioso y mató al que creia su padre.
--¿Pues quién era el padre de esa muger?
--Esa muger era hija de Walidé y del infante Abd-el-Rahhaman.
--¡Pero entonces, el infanta Ebn-Ismail, esa muger y yo, somos hermanos!
--¡Ya se vé, tienen los moros tantas mugeres! Dos años antes de conocer á Walidé, tuvo Abd-el-Rahhaman un hijo de su primera esposa: ese hijo es el infante Ebn-Ismail: poco despues de su vuelta de Aragon con Walidé y con tu madre, tuvo Abd-el-Rahhaman una hija de Walidé que se llamó Ketirah, y algunos años despues de sus amores con tu madre, que resistió mucho tiempo á sus deseos á pesar de su amor, y que á pesar de su amor pasó tambien algunos años sin darle hijos, naciste tú. De modo que tu hermano Ebn-Ismail, infante de Granada, tiene veintisiete años; Ketirah, veinticinco, y tú quince, y todos sois hermanos hijos de un mismo hombre y de distinta madre cada uno. Zobeya la primera muger de Abd-el-Rahhaman, murió al dar á luz á su hijo: doña Catalina, tu madre, fué envenenada por Walidé, y al envenenarla, Walidé huyó, temiendo verse vendida por Abdelamar su cómplice sino cedia á sus amores: huyó y se refugió en la casa de un pariente suyo, wazir del difunto rey Abul-Walid, que se llamaba Abul-Fath-Nazir-el-Ferih. Ocultóla este, tuvo amores con ella, y viéndola triste, porque era madre, y no tenia consigo á su hija, la robó de los palacios de Abd-el-Rahhaman, la ocultó tanto como habia ocultado á su madre, y Ketirah, cuando asesinó á Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, creyó que asesinaba á su padre.
--Pero esa es una sucesion de crímenes horrorosa.
--Ketirah estaba maldita en su madre, que habia muerto al fin devorada por el remordimiento; Ketirah es el demonio bajo la figura de un arcángel: si Ketirah sabe que su amante, su hermoso Ebn-Ismail, te libró del rey Abul-Walid y le mató por tí, en sus celos, en su rabia, te matará.
--¿Y quién puede decir eso á esa muger?
--Masud-Almoharaví, si le desprecias.
--Yo la diré que soy su hermana.
--Aunque te creyese, ¿piensas que se detendria mucho en matar á su hermana, la que no se detuvo en matar al que creia su padre?
--¡Oh! ¡qué muger tan horrible! ¡parricida, incestuosa!...
--Y adúltera.
--¿Y cómo salvarme de ella?
--Primero escribiendo á tu padre.
--¿A mi padre?
--Sí, al walí de Algeciras, el noble, el poderoso, Mohammet-Abd-el-Rahhman.
Y Abu-Jacub, sacó de entre su hopalanda un pergamino enrollado, y un tintero.
--Pero yo no sé escribir.
--No importa: yo escribiré por tí. Al fin, yo llevaré tu mano para que escribas tu nombre.
María estaba fascinada, pendiente de las palabras del mago que desenvolvió el pergamino y se puso á escribir sobre sus rodillas.
Lo que escribia el mago, era la historia de la sorpresa de Illora por los fronteros de Alcaudete acaudillados por Sancho de Arias: el robo por este de la hija de doña Catalina, y la existencia de las alhajas de aquella infortunada en poder del infante Ebn-Ismail.
«Además, señor, decia la carta: solo con verme me conocereis; porque los que conocieron á mi madre, á quien tanto amasteis, dicen que soy una viva imágen suya.»
La carta concluia diciendo al walí de Algeciras el peligro en que se encontraba su hijo penetrando todas las noches en la Alhambra para ver á la sultana Ketirah, y esponiéndose si era visto á ser preso y muerto como asesino del rey Abul-Walid.
--Firma: dijo el mago, cuando hubo leido esta carta á María.
--Pero ya os he dicho que yo no sé escribir.
El mago se apoderó de la mano de la jóven, y la hizo escribir al pie del pergamino y con caracteres arábigos su nombre.
--Tu padre vendrá á salvarte, dijo el mago, y tu hermano te entregará á tu amante.
--¿Pero quién llevará esta carta á mi padre?
--La recibirá dentro de un momento, dijo el mago guardándola entre su ropon talar.
--¡Qué! ¿está mi padre en Granada?
--¿Y qué te importa? Lo que te importa, es entretener con esperanzas á Masud-Almoharaví para dar tiempo á que llegue tu padre.
--No.
--Acuérdate de Gonzalo.
--¡Ah! ¡Dios mio!
--Acuérdate de que tu hermano, amando á la sultana Ketirah, está entregado á Satanás.
--Pues bien; mentiré.
--Pues es preciso que te prepares, porque siento ya los pasos de Masud-Almoharaví que se acerca. A Dios.
Y el mago se levantó, adelantó hácia la puerta, y se desvaneció en su penumbra.
María quedó entregada á una fascinacion incomprensible.
XX.
Apenas el mago habia salido ó desaparecido, cuando se abrió la puerta, y deslumbrante de galas y de brocados, entró Masud-Almoharaví.
María se estremeció; pero recordando las últimas palabras del mago dominó su conmocion.
--Hermosa sultana del amor, dijo Masud-Almoharaví; que Allah te guarde y te bendiga. Héme ante tí, que vengo á ofrecerte mi amor y mi alma.
--¡Tu amor y tu alma! lo mismo me dice el rey, y tú eres su siervo.
--El rey ha muerto, dijo con voz lúgubre el wazir.
--¡Que ha muerto el rey!
--¿No has oido hoy rumor de combate?
--Sí.
--¿No has visto correr los esclavos negros por los adarves?
--Sí.
--¿Y nada has sospechado?
--He creido por un momento que los cristianos...
--¡Llegar los cristianos á la Alhambra! ¡cuando los cristianos lleguen á sus muros, los montones de cadáveres serán mas altos que las sierras, y la Vega se habrá convertido en un mar de sangre!
--¿Y quién ha matado al rey?
--Yo, dijo Masud-Almoharaví, mintiendo porque no queria decir á María que el infante Ebn-Ismail habia matado por ella al rey.
--¿Y por qué le has matado? dijo María.
--¡Le amabas!
--¡Amarle yo! esclamó con horror María.
--Agradéceme entonces su muerte, porque con ella te he librado de una suerte horrible.
María, recordando siempre las últimas palabras del mago, se dominó.
--Sí, sí, es verdad, dijo: el rey Abul-Walid era un tirano. Anoche... ¡oh que horror!... pero siéntate, siéntate junto á mí.
Masud-Almoharaví se sentó trasportado de deseo junto á María.
Y la jóven, con el magnífico trage musulman que la habia obligado á vestir el rey Abul-Walid, quitándola sus ropas castellanas; con sus ricos cabellos rubios agrupados en anchas y largas trenzas; con su blancura nacarada, con sus resplandecientes ojos negros, y con el encendido color que asomaba á sus megillas, escitado por la situacion difícil en que se encontraba, era el hermosísimo trasunto de un sueño de amores.
Masud-Almoharaví contrastaba enérgicamente con ella: era ya viejo, estaba pálido y demacrado: sus enormes ojos, en que se traslucia la raza africana, tenian un no se qué de terrible, de fiero, de amenazador, aun cuando querian dulcificarse y espresar el amor ó la amistad: sobre su frente habia impreso una profunda arruga el remordimiento, y sus ricas galas hacian contrastar esta fealdad del cuerpo y del alma que aparecian en su semblante.
Masud-Almoharaví no habia amado hasta entonces mas que á su ambicion; pero desde un dia en que acompañando al rey Abul-Walid vió á María, su corazon se abrió al amor, y á un amor tan violento cuanto habia tardado en conocerle su corazon.
En el breve espacio que habia pasado entre el dia en que el rey Abul-Walid habia traido de Martos á la jóven, hasta que el rey murió, Masud-Almoharaví la habia visto algunas veces.
La última la habia hablado de amor.
María le rechazó.
Por esta razon María conocia a Masud-Almoharaví.
Por el anterior desdén de María, el enamorado wazir se maravillaba de que la jóven le sonriese y le hubiese mandado sentar á su lado.
--La muger, como el hombre, dijo para sí Masud, tiene ambicion: cuando el rey la enamoraba, esta rosa de Hiram rae despreció: ahora que el rey ha muerto es distinto: yo puedo ser para ella el prendido de perlas que ciña su cabeza, los perfumes que suavicen su cuerpo, las telas brillantes que realcen su hermosura: yo daré á esta doncella cuanto quiera, y será mia.
Y obedeciendo á este pensamiento, Masud la dijo:
--Esta torre es muy triste, ¿no es verdad?
--No, no señor; dijo María: por el contrario, ¡es tan bella esa quebrada que serpea al pie de la torre! ¡suena tan blandamente el arroyo que por esa quebrada se despeña! ¡cantan con una música tan regalada los ruiseñores que anidan en los laureles del cercano monte, y es esta torre tan hermosa! Desde aquella ventana veo salir el sol, y por esa otra le miro ponerse: la luna parece mas hermosa en medio de este silencio: solo estaría mejor que en esta torre....
--¿En dónde?
--En los lugares donde nací... ó al menos donde me crié, añadió María recordando que habia nacido en uno de los cármenes de Granada.
--¡Oh! ¿vivirias mas alegre en Martos? dijo Masud.
--¡Oh! si señor, allí reposan los restos de mi padre.
Y los ojos de María se llenaron de lágrimas á la memoria del buen Sancho de Arias.
--¿Y no dejaste allí un amante?
María se acordó de las palabras del mago, y replicó sin vacilar:
--¡Ah! no señor; nunca he amado.
--¿No has amado tampoco al rey Abul-Walid?
--¿Si le amara, no lloraria por su muerte?
--El rey era hermoso y jóven aun, y galan y enamorado: dijo Masud-Almoharaví dominando un estremecimiento, porque no podia alejar de sí el recuerdo del instante en que vió ante sí á Ketirah, lavando el puñal con que habia acabado de malar al rey.
--Sí, sí, dijo María; el rey moro era hermoso, y tierno y enamorado: ¿pero no era yo su cautiva? ¿no me habia arrancado de mi patria? yo no puedo amar lejos de mi patria: yo mientras esté en prisiones solo puedo gemir como el ruiseñor, aun cuando esté encerrado en una jaula de oro.
--Pues bien; si solo en tu patria puedes amar, cristiana, yo acaudillaré mis ginetes é iré á apoderarme de Martos, construiré en él para tí un alcázar, y vivirás en él.
--¿Pero Martos no estaba en poder de los moros?
--El rey Abul-Walid dejó en él poca guarda y los fronteros de Alcaudete y de Jaen han vuelto á apoderarse de la villa. Pero no importa, yo llevaré á Martos mi bandera, yo reduciré de nuevo aquella villa, te llevaré á ella y viviré á tu lado.
Presentóse de repente á la vista de María, Martos entregado de nuevo al degüello y al incendio, sus viejos y sus niños muertos, sus doncellas, las que hubiesen quedado del rebato anterior, hechas cautivas, y se estremeció.
--No, no, dijo: creo que lo que me impide amar, no es el estar separada de mi patria, sino el dolor que siento por la muerte de mi padre.
--¡Oh! esclamó Masud: yo seré á un tiempo para tí, tu padre, tu esposo, tu hermano, si tú quisieres: yo haré venir para tí de Oriente los perfumes mas preciados, la púrpura mas encendida, las telas de oro y plata, cuantas preciosidades crió Dios y descubrieron los hombres; yo te daré mi alma, y tú serás mi arcángel y mi hurí, sobre la tierra.
--Espera, dijo María.
--¡Que espere! ¡tú no sabes lo que es esperar cuando se ama! ¡tú no sabes lo que es vivir muriendo en la duda! yo no lo sabia tampoco hasta que te ví, cristiana; pero desde que le he visto, en mis sueños, en mi vela, donde quiera que estoy me persigue tu imágen: por tí vivo y por tí muero: sin tí el mundo me es odioso y triste; contigo la mansion mas lóbrega seria para mí un paraiso.
--¡Espera! repitió María.
--¿Y llegará un dia en que me ames?
--Yo no he amado nunca, dijo María recordando las palabras del mago.
--Pues bien; yo haré tanto, que tú me amarás, dijo Masud.
Y enamorando á María, y contenido por un poder incomprensible, pasó con ella gran parte de la noche hasta que oyó tres palmadas.
Era la seña de la sultana Ketirah, que le avisaba de que ya era hora de volver al alcázar.
Empezaba á alborear.
Masud-Almoharaví salió, prometiendo á María que volveria á la noche siguiente.
Cuando María se quedó sola, se arrodilló y oró á Dios, primero por el alma de su madre, luego por la de Sancho de Arias, y al fin por su Gonzalo y por su amor.
XXI.
Y pasaron algunas noches, y todas ellas la sultana fué á la torre de la Cautiva á recibir entre sus brazos al infante Ebn-Ismail, y Masud á decir sus amores á María.
El infante se mostraba cada vez mas enamorado de Ketirah.
María decia siempre á Masud:
--¡Espera!
Y la sultana moria de amor entre los brazos del infante, y Masud de impaciencia y de amor al lado de María.
Habia llegado aquella noche, en que, como dijimos al principio de esta leyenda, Masud estaba delante de María.
De María, que mas pálida y mas triste que de costumbre, doblegaba la cabeza bajo uno de esos presentimientos oscuros que nos oprimen el corazon, porque no sabemos si vá á acontecernos una gran ventura, ó una gran desgracia.
La sultana Ketirah, por su parte, en la habitacion inferior, estaba consternada.
Al entrar el infante por el ajimez la habia rechazado, y su semblante estaba lívido y sombrío.
Para que nuestros lectores comprendan lo que pasó aquella noche en la torre de la Cautiva, es necesario que retrocedamos á la noche aquella en que el mago tuvo su última entrevista con María.
XXII.
Pero al retroceder vamos á encontrarnos, no en la Alhambra, sino en la cámara de un fuerte castillo; no en Granada, sino en Algeciras.
Es ya tarde.
Los atalayas del muro entonan de tiempo en tiempo un grito de alerta.
La luna se sepulta en el mar, que abrillantado por su reflejo, parece una inmensa llanura de plata.
A lo lejos se vé á Gibraltar saliendo como un negro fantasma sobre las ondas.
En la magnífica cámara de la torre del homenage del alcázar de Algeciras, sobre un divan de pieles de tigre, duerme un hombre.
Es ya casi anciano, pero hermoso todavía.
Su sueño parece agitado, y la cercana luz de la lámpara deja ver la contraccion de su semblante.
Sueña, y su sueño le tortura el alma.
Sueña con su hijo.
Con el infante Ebn-Ismail.
Porque el hombre que duerme es Mohammet-Abd-el-Rahhaman, infante de Granada y walí de Algeciras.
El amante de Walidé y de doña Catalina de Cardona.
El walí sueña con su hijo:
Con su hijo, que despues de haber muerto al rey de Granada, no se sabe dónde para.
Su padre cree verle entre los brazos de una muger.
Y aquella muger le horroriza.
Porque cree conocerla, aunque no la ha visto nunca.
En la hermosa frente de aquella muger le parece leer una maldicion.
Y que su hijo, uniéndose á ella, está maldito.
Y el sueño vá condensándose en la imaginacion del walí, hasta convertirse en una horrible pesadilla.
Parécele que aquella muger devora á su hijo... que mas que una muger es un vampiro, una mala hada.
El walí despierta aterrado y salta del divan.
Y para refrescar la fiebre de su frente con las auras nocturnas, se asoma á un ajimez.
La luna ha acabado de ponerse; el mar no brilla, la noche ha quedado densamente lóbrega.
--Asi está mi alma, dice el walí; sin luz, sin alegría, como esta noche: pero esta noche pasará, y primero la blanca aurora, y despues el esplendente sol brillarán en la mar, y todo estará alegre menos mi corazon.
El walí suspira.
--¡Oh! continúa: ¡desde el dia en que la ví muerta! ¡mi cristiana, mi amor!
El walí inclina la cabeza, doblegado por el pesar.
--¡Han pasado catorce años, y no he podido olvidarla! aun soy jóven y ya mi barba está blanca, y arrugadas mis megillas. Es que el llanto las ha blanqueado, es que al pasar por mis megillas ha dejado en ellas un surco de fuego.
Calló un momento Abd-el-Rahhaman y lanzó su mirada al inmenso espacio, como pretendiendo anegar en él su alma.
--¡Mi hija! ¡mi pobre hija! esclamó; no la hija de aquella muger maldita; de aquella terrible Walidé, que era tan horrible como su madre; sino la hija de mi cristiana, de la luz de mi alma, de mi perdida Catalina: la hija de mis entrañas; mi hermosa María.
Calló de nuevo el infante.
--Su madre, continuó, quiso que se llamase así, que fuese cristiana.... y yo la hice bautizar en secreto por un sacerdote cautivo, á quien dí la libertad... y me robaron á mi pequeña María en aquella funesta sorpresa de Illora. ¡Oh! ¿qué habrá sido de ella?
El walí se retiró de la ventana y se puso á pasear agitado por la cámara. De repente, sus ojos se fijaron en un objeto blanco que habia sobre el diván.
Se acercó y lo tomó: era un pergamino enrollado.
Acercóse á la luz de la lámpara, tomó aquel pergamino, y le leyó.
A medida que le leia, una conmocion profunda le agitaba, y se ponia cada vez mas pálido.
--¡Mi hija! ¡mi hija! esclamó: ¡conque mi hija vive, y está cautiva en la Alhambra de Granada, y mi hijo se aduerme entre los brazos de esa sultana adúltera! ¡Oh! ¡es necesario correr, volar, salvarlos á los dos! ¡Zuleka! ¡Zuleka!
Y á la voz del walí se abrió una puerta y apareció un moro.
--Pronto, Zuleka, mi caballo, el tuyo, cien ginetes: vamos á partir ahora mismo á Granada.
Zuleka desapareció: poco despues, el walí Abd-el-Rahhaman, su katib ó secretario Zuleka, y cien esclavos, cavalgaban á la carrera por un oscuro camino.
XXIII.
Al tercer dia de viage, el walí Abd-el-Rahhman entró en el reino de Granada por la parte de la frontera de Murcia.
Era un caloroso crepúsculo de verano: el sol, que ya habia traspuesto, habia dejado anchos girones rojos en el horizonte: relámpagos producidos por el calor, se mezclaban momentáneamente á aquel color rogizo, tiñendo con él el espacio y las montañas, en cuyos altísimos picos reflejaba el postrer rayo del sol, que ya se habia ocultado para los valles.
Negros nubarrones avanzaban por el mediodía, impulsados por un viento abrasador, y roncos y pesados truenos retumbaban en la inmensidad.
--¡Arriba, arriba, señor! esclamó Zuleka dirigiéndose al walí y tomando con su caballo uno de los repechos de la montaña: la tormenta avanza, y muy pronto la rambla será un torrente. ¡Arriba, arriba, señor!
Abd-el-Rahhman, que iba profundamente distraido, tornó en sí á la voz de Zuleka, vió que el cielo se ponia rojo; vió las negras nubes que avanzaban en escuadron cerrado; escuchó los roncos bramidos del trueno y el sordo silvar del viento, y empezó á trepar por la ladera en que se habia aventurado ya Zuleka.
Los cien ginetes de su resguardo le siguieron.
Trepaban por la tortuosa senda de una asperísima montaña.
Aquella senda que serpeaba por la falda no llegaba hasta la cumbre, sino que iba á parar á la oscura boca de una caverna, situada á la mitad del acceso.
Los caballos trepaban con trabajo.
Los del walí y Zuleka, iban mucho mas delanteros que los de los ginetes moros, no porque fuesen mas fuertes, sino porque los moros refrenaban á sus caballos procurando, aunque simuladamente, que no adelantasen.
Lo que producia esta resistencia á adelantar en los ginetes, era una voz que habia corrido entre ellos en el mismo momento en que entraban en el sendero que conducia á la caverna.
--Vamos á la cueva de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas, habia dicho uno de ellos, que era del pais por el cual marchaban á la sazon.
--¡De las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas has dicho! replicó otro moro.
--Sí; de las malditas, que salen de noche de su caverna, roban de sus cunas á los niños, los devoran, y á la noche siguiente van á poner sus corazones roidos envueltos en sus ropas ensangrentadas, en las mismas cunas de donde los robaron, para que los vean sus madres.
--Pero nosotros no somos niños, dijo otro de los soldados.
--Pues peor; mucho peor, dijo el que referia: somos hombres... y no sabeis lo que las malas hadas que moran en la caverna hacen con los hombres.
--No.
--¿Qué hacen?