La alhambra; leyendas árabes

Part 24

Chapter 244,154 wordsPublic domain

Segun ellos se tendria por vencido:

«El que se saliere del palenque dejando en él á su contrario.

»El que cayere del corcel al suelo.

»El que pidiere suspension del duelo.

»El que usare de malas artes, prohibidas por las leyes de la caballería.

»El que hiriere de mala manera á su contrario.»

Y otros muchos y prolijos capítulos que se leian en tales ocasiones, y que estaban autorizados por la ley y por la costumbre.

Despues de esto se dió otro pregon para que nadie fuese osado, por cosa que sucediere á cualquiera de los dos caballeros, á dar voces ó aviso, ó á hacer seña con la mano, so pena de que al que hablare se le cortaria la lengua, y al que hiciere seña se le cortaria la mano.

A seguida se retiraron el rey de armas y sus oficiales, y los jueces del campo mandaron tocar las trompetas y los timbales, á cuyo son salieron cada cual de su tienda á caballo y armados, el infante Abd-el-Rahhaman y Men Roger de Cardona, rodeados cada cual de sus escuderos y caballeros.

Llevaba el infante de Granada un bonete forrado de oro ricamente labrado, y coronado por una garzota de plumas verdes en señal de esperanza; un arnés tunecino redoblado, forrado de tela de oro; una túnica de brocado de rica labor, y un capellar de grana con flecos y borlas de oro; montaba en un caballo andaluz poderoso, que hacia retemblar la tierra bajo sus cascos; embrazaba una adarga de cuero de Marruecos, perpuntada y bordada de oro y seda, y empuñaba una lanza de ébano, de dos hierros, de Toledo.

Men Roger mostraba las resplandecientes armas, la marlota y la lanza de dos hierros que le habia regalado el infante, y montaba el hermoso caballo de Arabia que habia acompañado á aquel regalo, lo que el infante tomó por insolencia, y el rey y todos los circunstantes por descortesía, porque aquello era lo mismo que decir al infante:

--Te combato con tus propias armas.

El infante tomó por un lado de la liza, y el aragonés por el otro, y al pasar por delante de los reyes y de la infanta Walidé, para saludarlos, se cruzaron, y despues fueron á ponerse uno frente al otro, cada uno á un estremo de la liza.

Entonces bajaron los jueces del campo y les partieron el sol[87], reconocieron sus armas, las dieron por buenas, y les tomaron juramento por su honor de que no llevaban sobre sí amuletos ni hechizos en daño de su contrario, despues de lo cual se retiraron.

Entonces, cuando los caballeros habian quedado en sus puestos, teniendo el freno de cada uno de sus caballos un faraute, el rey hizo una señal con su baston y las trompetas y los timbales rompieron en alto alarido.

A este primer son los caballeros pusieron sus lanzas en los ristres, se adargaron é inclinaron el cuerpo sobre el arzon delantero.

Entonces sonó el toque de arremetida, los farautes soltaron los frenos, y el moro y el catalan partieron el uno contra el otro como dos rayos, y se encontraron con terrible pujanza y estruendo en medio de la liza.

Las dos lanzas se rompieron contra las adargas, sin que ninguno de los dos adversarios se descompusiese.

Pasaron y todos aplaudieron, porque entrambos, el moro y el cristiano en aquella primer carrera, habian sido muy buenos caballeros.

Los escuderos del campo les dieron nuevas lanzas, y volvieron á partir y á encontrarse.

El infante de Granada hizo dar un rodeo al catalan, falseándole la adarga é hiriéndole ligeramente por la parte falsa del arnés, debajo del brazo, y el catalan pasó sin tocar al moro.

La ventaja estaba de parte del infante.

La sangre corria á borbotones de la herida de Men Roger, y los que habian apostado por su triunfo empezaron á dar por perdido su dinero. Pero de repente el caballo del infante, sin que nadie pudiera dar con la causa, se inquietó, empezó á encabritarse, mordió el freno, y escapó de la liza sin que pudiese estorbarlo su ginete.

Todos lo tuvieron á hechicería, tal vez á malas artes del baron catalan; pero como uno de los capítulos del duelo era que el caballero que se saliera de la liza fuese declarado vencido, fúelo el infante, y el rey declaró que Men Roger de Cardona habia ganado buena y lealmente á la infanta, y se la concedió por esposa.

Al saber esto Walidé, palideció intensamente y murmuró:

--No ha vencido al amado de mi alma sino valiéndose de Satanás, que le ha ayudado con malas artes. Pues bien, esposo mio, yo te juro, no solo no ser tuya, sino vengar al infante de la traicion que has obrado con él.

Y todos se engañaron en lo de las hechicerías; la verdad era que al errar el golpe el catalan habia herido sin quererlo en un hijar al caballo del infante, y este irritado por el dolor de la herida habia partido.

XII.

Entre tanto Abd-el-Rahhaman, sin poder contener á su caballo, era llevado por él con la velocidad del huracan á través de los campos.

Nadie supo en Tarazona lo que habia sido del infante.

A los tres dias los caballeros y las gentes y los esclavos que habian acompañado á Abd-el-Rahhaman en su embajada, partieron de Tarazona.

El rey, antes de que partiesen, les preguntó por el infante.

--No sabemos lo que ha sido del bravo Abd-el-Rahhaman, señor, respondió un xeque que habia acompañado al infante.

--Dios le ayude, dijo el rey de Aragon, porque es un buen caballero.

XIII.

Tres dias despues se efectuaron las bodas de Men Roger de Cardona y de la infanta Walidé.

La hermosa jóven se habia presentado alegre y riente, dejadas sus ropas moras por otras magníficas á la usanza de los cristianos, y mas hermosa que nunca.

Men Roger llevaba vendado el brazo izquierdo, y suspendido de una venda de seda que se sujetaba en su cuello.

La infanta, por medio de un intérprete, declaró que voluntariamente se instruiria en la religion cristiana y se bautizaria apenas estuviese instruida, todo por amor á su esposo.

--¡Lo que son las mugeres! esclamó para sí el rey al ver que tan pronto olvidaba sus amores la infanta. ¡Una aragonesa se hubiera dejado matar!

XIV.

Pero al dia siguiente dieron una terrible nueva al rey, por la cual no supo decir si la infanta amaba como toda muger debe amar, ó si amaba demasiado.

En la cámara nupcial, se habia encontrado muerto, cosido á puñaladas, á Men Roger de Cardona.

Sobre su pecho, sujeto por un puñal, se veia un pergamino y en él escrito en árabe lo siguiente:

«Las moras de Granada matamos ó morimos, cuando nos entregan á un hombre á quien no amamos.»

El rey se aterró por la muestra que habia dado de sí aquel amor terrible, y mandó prender á la infanta.

Pero la infanta habia desaparecido.

Y lo que era mas estraño; la hermosa doña Catalina de Cardona, la hermana del difunto, habia desaparecido tambien.

XV.

--¿Y cómo aconteció eso? dijo María, que escuchaba con sumo interés al mago.

--De una manera muy sencilla. El infante cuando pudo dominar á su caballo, comprendió la situacion en que se encontraba: no le cupo duda de que su enemigo habia sido declarado vencedor y de que se le habria entregado la infanta Walidé.

Al pensar esto, la venganza lució como un relámpago sombrío en el alma del infante.

--¡Oh! dijo, tú me has robado mi amante, yo te robaré tu hermana, la hermosa doncella de las crenchas de oro.

Y desde que el infante adoptó esta resolucion, como que le pareció menos dolorosa la pérdida de Walidé.

Pero para ello era necesario ser muy prudente. Se encontraba en medio de los campos y se dirigió sin vacilar á un caserío.

Un labriego le salió al encuentro.

--Tú eres pobre: le dijo el infante, que hablaba bien el español.

--Ni pobre ni rico, le contestó el labriego.

--Pero no te vendria mal que yo te cambiase este hermoso caballo mio por uno de tus rocines.

--No por cierto, señor.

--Ni que yo trocase todas mis galas por un vestido tuyo.

--¡Ah! no por cierto.

--Pues bien, dijo el infante descabalgando, entremos en tu casa.

Allí se efectuó el cambio.

--Escucha, le dijo el infante: cura á este caballo, la herida es ligera, y bien merece por hermoso y bravo que se cuide de él.

--¡Ah! si señor, dijo admirado el labriego.

--Oye aun: mete este caballo en tu establo y guarda estas armas y estas ropas; mañana vendrán á comprártelo todo, y te darán por ello un monte de oro.

--¡Ah! señor.

--Y á persona viviente digas que me has visto.

--Descuidad, señor.

Y el infante montando en el rocin de labor que le habia cambiado el campesino por su magnífico caballo de batalla, y vestido como un rústico, se alejó hácia Tarazona; esperó á que cerrase la noche, y cuando esta hubo estendido su sombra entró en la ciudad, sin que nadie reparase en él á causa de su disfraz y se entró en la casa donde estaban las gentes de su embajada.

--Abdelamar: dijo á uno de sus escuderos favoritos, tú no me has visto: guarda un profundo secreto, y búscame una de esas viejas embaucadoras que dicen que hay en todas las poblaciones de los cristianos.

Abdelamar salió y poco despues volvió con una de esas viejas que viven de ser corredoras del amor, y favorecedoras de doncellas y galanes.

El infante se encerró con ella, y la dijo:

--Amo á una noble dama de esta ciudad y no puedo decirla mi amor: ¿quieres tú, buena muger, encargarte de llevarla un mensage mio?

Y puso en manos de la vieja un bolsillo.

--¿Y cómo se llama esa doncella, hermoso señor?

--Doña Catalina de Cardona, contestó el infante.

--¡Ah, señor! ¡que es mas dura que una peña! ¡tiene amores con un caballero muy noble y muy rico, que se llama Men Jorge de Ariza, y diz que se vá á casar con él; muchos enamorados me han encargado de lo mismo que vos me encargais; pero aunque la he hablado, porque yo tengo un compadre que es escudero de su hermano, no he podido recabar nada de ella: ni aun siquiera que se asome á los miradores para que la vea el enamorado!

--No importa, dijo el infante: id, puesto que podeis hablarla y decidla que un caballero estrangero á quien vió hace cinco dias en el alcázar, y que hace cuatro comió á su mesa con ella y con su hermano, muere por ella; que no ha podido olvidarla un momento y que la ruega le permita la ventura de hablarla á solas.

--Iré, hermoso señor, iré; pero mucho me temo que mi ida sea en vano como tantas otras.

Y la vieja salió, y el infante se quedó entregado á su rabia y á su duda, y despues de haberse dado á conocer á los principales caballeros de su embajada, de haberles recomendado el secreto, y de haberles mandado que se despidiesen del rey de Aragon, como si él no hubiese parecido, se encerró en un aposento y se acostó para no dormir.

Al dia siguiente al medio dia, Abdelamar avisó al infante de que la vieja que habia hablado con él la noche anterior estaba en el zaguan.

El infante mandó que tragese á la vieja y se encerró con ella.

Revosaba la alegría del semblante de aquella muger.

--¡Ah, señor! esclamó: ¡y qué dichoso sois! ¡doña Catalina os ama! ¡una doncella tan noble, y tan hermosa, y tan rica! ¡oh! ¡qué buena ventura os acompaña, señor!

--¡Que me ama! ¡os lo ha dicho ella! esclamó el infante cuyo corazon se habia abrasado al recibir aquella noticia, en un fuego para él desconocido.

--Ella no me lo ha dicho, señor, dijo la vieja: pero yo no necesito que me digan las cosas: cuando la dí vuestro recado me contestó poniéndose muy pálida:--¿Es un caballero jóven, moreno, que tiene los ojos negros?--El mismo, señora mia, la contesté.--¿Y decis que quiere hablarme?--Por veros muere.--Guardó algun tiempo silencio aquella luz de los cielos, y luego poniéndose muy colorada me dijo:--Id y avisadle, que aprovechando el estar mi hermano en el lecho guardando una herida, le veré esta noche por la reja del huerto, á la media noche. Que venga solo y disfrazado.--Y cuando yo oí esto vine deshalada á avisároslo, mi hermoso señor.

Informóse el infante de las señas del lugar de la cita de doña Catalina, dió otro bolsillo á la dueña y la despidió.

Cuando llegó la hora de la cita, que el infante esperó con una impaciencia mortal, salió, atravesó las calles desiertas iluminadas á medias por la luz de la luna, y llegó á un lugar, despues de haber andado mucho, donde en una tapia, por cima de la cual se veian árboles frutales, vió una ancha reja.

Pero aquella reja estaba cerrada.

Acercóse á ella el infante y esperó muriendo de ansiedad.

Pasó algun tiempo y ya temia que la vieja le hubiese engañado, cuando sintió por dentro de la reja unas pisadas de muger, que se acercaron, y detrás de la reja se detuvieron.

Al fin, y pasado un corto espacio rechinaron los postigos, se abrieron y apareció á la luz de la luna una muger vestida de blanco.

Era doña Catalina.

XVI.

--¡Oh! ¡hermoso lucero de mi oscura noche! esclamó el infante asiéndose á la reja y mirando con ansia á la hermosísima doña Catalina.

--Mirad no os equivoqueis caballero, dijo con seriedad la doncella, y no digais esas palabras creyendo que yo soy la hermosa infanta que habeis traido de Granada.

--¡Oh! no: no: se que sois vos: vos la alegría de mi alma, el agua regalada que mi sed desea.

--Si vuestro caballo no se hubiera espantado, hubiérais vencido á mi hermano, hubiera sido vuestra la infanta, y no os hubiérais acordado de mí. Sin duda que me hablais de amor por vengaros de mi hermano, y si yo he consentido de veros ha sido para deciros por mí misma, que os habeis engañado torpemente al elegirme por medio para vuestra venganza.

--¡Ah! ¡partiérame una lanza el corazon antes de que yo escuchára de vuestros hermosos labios tan crueles palabras!

Pronunció el infante de una manera tan doloroso estas palabras, que doña Catalina repuso dulcificando su acento:

--¿Me amais en efecto, no me engañais, puedo fiar en vuestro honor de caballero? ¿y si me amais, cómo es que habeis reñido en duelo la mano de la hermosa infanta granadina?

--Porque creia amarla, señora; pero me engañaba: yo no he amado hasta que os he visto, no: os lo juro por la santa piedra de la Kaba, por el arcángel Gabriel, por Dios, por mi alma. ¡Ah! yo no sabia lo que era morir por una muger hasta ahora; no, no, os lo juro.

--¡Es singular! dijo doña Catalina: yo amaba á un hombre.

Y doña Catalina se detuvo ruborosa.

--Seguid, alegría de mi vida, seguid: dijo con anhelo el infante.

--Sí; continuó doña Catalina con la voz trémula: yo amaba ó creia amar pero... si es cierto lo que decís... me ha sucedido lo mismo que á vos...

Doña Catalina se detuvo de nuevo.

--¡Me amais como yo os amo! esclamó el infante loco de alegría: hemos nacido el uno para el otro, vos cristiana yo moro, y al vernos hemos comprendido lo que es el amor; que no habiamos amado hasta que nos hemos visto.

Doña Catalina guardó silencio.

--Hablad, hablad, dijo el infante: ¿no veis que muero?

Y Abd-el-Rahhaman se asía á la reja para sostenerse y temblaba.

--Yo os amo, dijo doña Catalina con la voz apagada.

El infante reclinó su cabeza en la reja y rompió á llorar porque las lágrimas acompañan tanto á las grandes alegrías como á los grandes dolores.

Y al ver llorar á un hombre tan valiente y tan bravo, las entrañas enamoradas de doña Catalina se abrieron.

--Somos muy desgraciados, dijo.

--¡Desgraciados! esclamó el infante levantando á doña Catalina los ojos nublados por las lágrimas en que reflejaba la luna. ¡Desgraciados! ¿y por qué?

--Vos sois moro; yo soy cristiana.

--Para los que se aman no hay mas Dios que el amor.

--Sois enemigo de mi hermano.

--Le perdono.

--Mi hermano no os perdonará.

--Le diré: amo á vuestra hermana, soy hijo de reyes.

--Mi hermano os pedirá lo que yo no os pido.

-¡Qué!

--Que renegueis de vuestra patria y de vuestro Dios.

--¡Oh! ¡no! ¡nunca!

--Lo sé y por eso os amaré siempre: yo no podria amar á quien por mí se envileciese.

Guardaron entrambos silencio.

--¿Me pediriais vos que renegase de mi Dios? dijo doña Catalina.

--¡Oh! ¡no! respondió el infante.

--Pues bien, amémonos: dijo doña Catalina.

El infante quiso en la locura de su alegría asir una mano que la hermosísima cristiana tenia apoyada en la reja.

Doña Catalina la retiró.

--Amémonos pero desde lejos: guardemos cada uno dentro de nuestra alma, como en un santuario, nuestro amor.

--¡Amarnos desde lejos! ¿y por qué no unirnos?

--No lo quiere Dios: vos sois moro, yo soy cristiana.

--Vos seguireis siendo cristiana y yo seguiré siendo moro.

Pronunció de una manera tan sentida estas palabras el infante, que doña Catalina no contestó.

Permaneció por un momento en silencio dominada por el amor que el infante la inspiraba.

--¿Y cómo, cómo, dijo al fin, no separarnos?

--Seguidme.

--¡Que os siga! ¡qué habeis dicho!

--Necesito veros contínuamente, teneros contínuamente a mi lado para vivir: sin vos los cielos no tienen luz para mi ni el sol resplandores, ni brillan las estrellas, sin vos moriré... ¡ah! ¡vos cuando os negais á seguirme no me amais!

--Amo antes que á vos á mi honra, contestó con voz severa doña Catalina.

Pero su voz temblaba.

--En fin, ¿no sereis mia? ¿no partireis conmigo á mi Granada?

--¡No! esclamó doña Catalina.

Y guardando silencio por un momento, dijo:

--¡A Dios!

--¡A Dios! ¿es decir que me dejais?

--Me aparto de vos.

--¿Y no volveremos á vernos?

--No nos debemos ver: á Dios.

--Esperad, esperad, vida de mi vida, ved que desdeñando mis amores, me matais.

--A Dios, repitió doña Catalina.

Y cerró la reja.

Abd-el-Rahhaman permaneció algunos momentos delante de aquella reja, mudo, y anonadado y luego alzó con resolucion la cabeza, y dijo:

--Por el Dios Altísimo y Unico, hermosa cristiana que has de ser mia.

XVII.

--¿Y lo fué? preguntó María con gran interés al mago.

--Sí; ¿no te he dicho que tú eres hija de doña Catalina de Cardona?

--¡Ah!

--El infante de Granada insistió, suplicó, lloró, y al fin como tu madre estaba enamorada, se rindió.

--¿Huyó con mi padre?

--Sí, con el infante de Granada Abd-el-Rahhaman, la misma noche en que se celebraban las bodas de Men Roger de Cardona, con la infanta Walidé. Asistamos á las bodas, voy á presentártelas. Mira.

Iluminóse el fondo de la habitacion, y María vió una sala rica, colgada de banderas y tapices, y reluciente de luces: al fondo de la sala habia un altar: á un lado del altar habia multitud de damas y al otro gran número de caballeros.

Se abrió una puerta, y entró una dama ya de edad provecta llevando de la mano á otra dama muy jóven, muy hermosa y magníficamente ataviada.

La una dama era la reina de Aragon, la otra la infanta Walidé.

Se abrió otra puerta y apareció otro caballero llevando á otro de la mano.

El que le llevaba, era el rey de Aragon: el que era llevado, Men Roger de Cardona.

Seguian á la reina y á la novia, multitud de damas: al rey y al novio, gran número de caballeros.

Cuando la infanta y Men Roger estuvieron delante del altar, se arrodillaron en unos almohadones.

Luego por una puertecita situada junto al altar, salió el obispo de Tarazona con sus clérigos y su báculo de oro, hizo una plática á los novios y despues les echó la bendicion nupcial.

Y á seguida, en otra cámara mas estensa y mas rica empezó el sarao, que duró hasta muy entrada la noche.

Al fin la reina asió de la mano á la desposada y la condujo á la cámara nupcial donde la dejó sola.

El rey llevó á aquella misma cámara al desposado y se despidió de él á la puerta.

Men Roger y la infanta Walidé quedaron solos.

La infanta no comprendia el dialecto aragonés, pero comprendia sí el lenguaje de los ojos.

Men Roger adelantaba hácia ella pálido de deseo.

La infanta estaba en medio de la estancia, delante del gran lecho nupcial, cruzada de brazos y con la vista inclinada al suelo.

Men Roger se acercó á ella y la abrazó.

Ella no resistió el abrazo.

Pero de repente, cuando Men Roger fué á estampar un beso en la boca de Walidé, dió un grito y cayó de espaldas. Walidé al ser abrazada le habia herido en un costado con un puñal que tenia prevenido, y luego cuando cayó, Walidé, horrible con su venganza, dió de puñaladas al infeliz, sacó de su seno un papel, y con la última puñalada le clavó sobre el pecho de Men Roger.

Aquel papel decia en letras arábigas:

--Las moras de Granada matamos ó morimos cuando nos entregan á un hombre á quien no amamos.

XVIII.

--Pero lo que hizo aquella muger fué infame, dijo María.

--Escucha, escucha, continuó el mago, y verás hasta dónde puede llegar el amor de una mora.

María escuchó de nuevo y el mago continuó:

--Cuando Walidé vió ante sí muerto y ensangrentado á Men Roger, tuvo miedo. Buscó una puerta, y huyó á la ventura, atravesó una galería, llegó á unas escaleras, las bajó, se encontró en un huerto; iluminado por la luna, le recorrió buscando otra salida y encontró un postigo.

Aquel postigo tenia la cerradura rota y corridos los cerrojos.

Estaba abierto.

Walidé se lanzó, á la ventura siempre, por aquel postigo.

Pero de repente se encontró con un hombre.

La luna daba de lleno en su semblante, y Walidé arrojó un grito de alegría.

Porque aquel hombre era el infante Abd-el-Rahhaman, que mientras sus gentes ponian en salvo á doña Catalina, que habia huido, se habia quedado con algunos de los suyos cubriendo por sí mismo la salida, y resuelto á todo.

Del mismo modo que Walidé habia reconocido al infante, este la reconoció á ella.

Una intensa alegría inundó el alma de entrambos.

La de ella, porque se veia al fin salvada por el hombre que vivia en su alma; la de él, porque se vengaba de una doble manera de la falta de fé de Men Roger.

Walidé comprendió que no debia decir á su amante que habia matado á su esposo.

Abd-el-Rahhaman comprendió que debia encubrir el motivo porque se encontraba allí á tales horas.

--¡He huido! ¡he huido, amado mio, aprovechando la confusion de la fiesta de mis bodas! dijo Walidé ¡pero vámonos de aquí, vámonos porque dentro de poco nos perseguirán!

--¡Ah! dijo el infante asiendo de Walidé y llevándola consigo: yo creia que te habian avisado que encontrarias franco el postigo del huerto, y que yo te esperaba fuera para salvarte.

--¡Oh! nadie me ha dicho nada, dijo Walidé siguiendo á buen paso al infante, al que á medida que adelantaba se iban incorporando sus gentes, que estaban apostadas en las calles inmediatas: pero antes de ser de otro hombre lo arrostré todo; sino te hubiera encontrado, sino hubiera podido huir, me hubiera dejado matar antes que faltar á tu fé.

--¡Alma de mi alma! esclamó el infante.

Pero al pronunciar aquella esclamacion mentia: su amor hácia Walidé habia pasado vencido por el amor de doña Catalina de Cardona.

El infante y los suyos iban vestidos á la aragonesa: la infanta para no hacerse reparable, si por ventura los encontraban los guardas de la ciudad, se habia despojado de sus joyas y habia cubierto su rico trage con la capa del infante. Además de esto Abd-el-Rahhaman y los suyos llevaban puestas las manos en las empuñaduras de las espadas.

Muy pronto, franqueada por los guardas pagados una de las puertas de la ciudad, los fugitivos se encontraron en el campo.

El infante llamó á parte Abdelamar.

--Oye, le dijo: sigue tú adelante, muy adelante con la cristiana, de modo que durante el camino hasta Granada no pueda verla la infanta Walidé, con la cual seguiré yo el mismo camino. Que ninguno de los tuyos se quede atrás y pueda decir que contigo vá una muger. Adelante, adelante y á la carrera.

Y montando á caballo, tomó sobre el arzon á Walidé, y partió.

Muy pronto los fugitivos se perdieron entre el silencio y las brumas de la noche.

* * * * *

En vano el rey de Aragon quiso saber lo que habia sido de la infanta mora, y de la rica-hembra cristiana.

Parecia que el mar se habia tragado á Walidé y á doña Catalina.

Alonso IV, pues, hubo de contentarse con hacer unas ostentosas exequias á su favorito.

Hablóse de ello durante muchos dias en la córte, y al fin todos se olvidaron de Men Roger, de su hermana y de la infanta Walidé.

[imagen no disponible: ¡He huido! ¡he huido, amado mio.!

LETRE dibº y litº Lit de J.J. MARTINEZ, Madrid]

XIX.

Durante una hermosa noche de verano, una sombra blanca, acompañada de otra sombra negra, penetraron por el claro de un vallado, en uno de los bellos y frondosos cármenes del Darro.