Part 23
--¿Y crees tú que era menos noble, el padre que te dió el ser?
--¿Le conoceis vos?
--¿Qué si le conozco? ya lo creo.
--¿Y os envia él?
--No, ya te lo he dicho, me envia Dios. Hoy me envia á esta cámara, mañana me enviará debajo de esta cámara.
--No os comprendo.
--Ni te importa nada el no comprenderme en esta parte. Hablábamos de tu padre.
--¡Oh! ¿si habeis conocido á mi padre, conoceriais tambien á mi madre?
--Cierto que la conocí...
--¡Ah! ¿decidme?...
--Tu madre; doña Catalina de Cardona...
--¡Ah! ¿era castellana?...
--Era catalana...
--¿Pero los catalanes son cristianos?
--Sí ciertamente, y cristiana era tu madre, y noble, y pura, y hermosa; la muger mas hermosa de la córte de Aragon.
--Mi padre, el noble caballero que me ha criado y á quién no puedo menos de llamar mi padre, me dijo que me habia encontrado muy niña en mi primera infancia en una villa del reino de Granada en poder de infieles. ¿Será que acaso los moros me robaron á mis padres?
--No: dijo Abu-Jacub, me obligas á contarte una historia y voy á hacerlo.
Escúchame, pues.
Y Abu-Jacub empezó de esta manera.
V.
Hace veinte años, el rey de Granada envió una ostentosa embajada al rey de Aragon.
Era embajador del rey de Granada un valiente, noble y hermoso mancebo infante de la casa real, que se llamaba Abd-el-Rahhaman-el-Ferih.
Se trataba de asentar unas treguas, y el rey de Granada escogió á su primo Abd-el-Rahhaman, porque era persuasivo, dulce, sabia ganar las voluntades de todo el mundo, y era además valiente y discreto.
Con Abd-el-Rahhaman envió el rey de Granada al de Aragon un riquísimo presente; se contaban por cientos las piedras preciosas, por docenas los caballos de arabia, y las alfombras de Persia y los perfumes y las barras de oro y plata.
Entre estos presentes iba una doncella de sangre real, que con un crecidísimo dote enviaba el rey moro al rey cristiano, ya para que la tomase por suya, ya para que la casase, como en honra, con el caballero de su corte que mas le viniese en agrado, ó con cualquier caballero que aunque no fuese natural de sus reinos fuese vasallo suyo.
Walidé, que así se llamaba la infanta granadina, habia salido del harem donde la habian criado sus ayas, con alegría: hasta entonces no habia visto mas gentes que las mugeres del harem, ni mas hombre que el rey su tio, y los silenciosos eunucos, ni se habia espaciado su vista mas que en el azul firmamento: que, en cuanto á la tierra, no habia podido pasar de los muros de los jardines del harem.
Ni amaba, ni sabia lo que era amor.
Tenia solo catorce años, y el amor dormia aun desconocido para ella en su alma.
Era á pesar de su juventud una muger poderosamente hermosa, blanca, gentil, modesta; pura la dulce sonrisa de sus ojos, pura la tranquila y cándida sonrisa de su boca.
Cuando Walidé se vió fuera de la Alhambra, sobre las amugas de brocado de su blanca hacanca, rodeada de guardas negros á caballo y acompañada de Abd-el-Rahhaman, que solícito no se apartaba de ella un punto, sonrió al primer hombre hermoso que veia.
Y Abd-el-Rahhaman, á pesar de haberse casado cuatro años antes y de tener un hijo, se estremeció ante aquello primera sonrisa de amor casi virgen, ante aquella dulce y tranquila mirada que decia amor sin saberlo.
Y luego, cuando Walidé salió por la puerta de Elvira de la ciudad, y vió estenderse ante ella la ancha vega con sus mil colores, con sus mil aldeas, con sus lejanas montañas azules, sonrió y miró con amor á aquel verdor riente, engalanado, magnífico con sus vapores dorados bajo el sol de la mañana, como habia sonreido y mirado con amor al hermoso y gentil infante Abd-el-Rahhaman.
Walidé empezaba á vivir.
Empezaba á abrir su alma al amor, pero de una manera tranquila, inocente, como era tranquila é inocente su alma.
En mal hora el rey su tio, necesitado de paces con el cristiano, habia fijado su mirada fria en la cándida hermosura de la infanta, para enviarla casi esclava á una tierra estraña, á ser la esposa de alguno de los zafios montañeses, vasallos del rey de Aragon.
Porque el rey de Aragon no podia como cristiano tener mas que una esposa, y siendo presentada de una manera solemne y pública en su corte Walidé, no podia hacerla su manceba sin grave escándalo.
El rey de Granada enviaba, pues, una doncella casadera, hermosa, noble y rica, para que su suerte se jugase á la suerte: para que deshojase aquella flor delicada el rudo choque con un montañés bravío.
Y la desdicha mayor fué, que el embajador del rey de Granada, su primo el infante Abd-el-Rahhaman, se enamorase ciegamente de Walidé, hasta el punto de que hizo para sí el razonamiento siguiente:
--Mi primo el señor rey de Granada, envia á la infanta al rey de Aragon para que la tenga para si ó la dé en matrimonio á uno de sus vasallos. El rey de Aragon no guardará para sí la infanta: sus costumbres cristianas se lo vedan: pues bien; antes de dar mi embajada al rey de Aragon, le rendiré pleito homenage por mis castillos de la frontera de Murcia, me declararé su vasallo... y despues... aunque sea necesario escitar su interés con algunos miles de doblas, procuraré que yo sea el vasallo que el rey de Aragon elija para esposo de la infanta.
Y fiando demasiado en sus cálculos el enamorado embajador, se dedicó á enamorar á Walidé.
Cuando llegaron á Tarazona, donde tenia su córte por aquellos dias el rey de Aragon don Alonso IV, ya Walidé y Abd-el-Rahhaman se amaban mútuamente, y lo que es mas, se lo habian concedido todo.
Porque el infante habia dilatado cuanto habia podido el viaje, haciendo jornadas muy cortas y deteniéndose á veces en un pueblo tres dias. Walidé se habia enamorado del infante desde el momento en que le habia visto, y Abd-el-Rahhaman no habia sido el mas fiel depositario.
Los primeros dias Walidé fué llevada por su hacanca, pero al poco tiempo, con la ocasion de pasar un rio cuyo puente se habia roto, por un vado, el infante, para asegurar á la infanta de un tropiezo y de una caida al agua, la puso sobre un cogin sobre el arzon delantero de su caballo, y la rodeó la redonda y esbelta cintura con un brazo tembloroso.
Walidé se estremeció y esperimentó una sensacion dulce, infinita.
Hasta entonces ella y él solo habian hablado con los ojos.
Era el principio de la noche: la numerosa embajada del infante, con sus ginetes y con sus acémilas, atravesaba una ancha sábana del Guadalquivir.
La luna reflejaba en las aguas, y se duplicaba en los dos brillantes ojos de Walidé, que se fijaban en ella con una dulce y pensativa melancolía, mientras el infante, conduciéndola en el arzon de su caballo, estrechaba enamorado su cintura, y bebia con su ardiente mirada, la mirada de la infanta fija en la suya.
Y entonces la infanta, que estaba entregada á un sueño de amor, oyó junto á sí una voz dulce, ardiente, trémula, que la decia:
--Yo te amo.
Te amo como la noche á la luna que la dá su blanca y dulce luz: te amo como el alba al sol que tiñe sus megillas de púrpura.
Te amo como á la tierra el mar que contínuamente la besa, y como el viento á la palmera que contínuamente la mece.
Amame tú, maga de mis sueños, á quien yo he amado antes de ver tu hermosura.
Amame tú, sino quieres que mi alma esté lóbrega como una noche sin luna, fria como una alborada sin sol, silenciosa como la tierra á quien el mar no besa, y triste y mustia como una palmera á quien no acaricia el viento.
--¿Y qué es amor? dijo Walidé apartando su mirada de la luna y fijándola cándida y enamorada en el infante. ¿Es por ventura el amor ese tranquilo afan del alma, que sueña y vé en sus sueños un hombre? ¿Es por ventura un dulce fuego que llena el alma y la aduerme en una delicia sin fin, junto al hombre del sueño? ¿Es por ventura el amor el que estremece la cintura de la muger cuando el hombre que ha soñado la rodea con su brazo? ¡Oh! si ese es el amor que acaricia al alma, y la consuela, y la dilata, y la enciende en un dulce fuego; si es el amor el que dá á los ojos de la muger un alma cariñosa, y dulce por los ojos de un hombre, yo te amo, señor; yo te amo como la noche á la luna, como el alba al sol, como el mar á la tierra, como el viento á la palma. Si amar es no vivir, ni pensar, ni alentar mas que para un hombre, yo te amo, señor, yo te amo.
Y Walidé reclinó la cabeza sobre el hombro de Abd-el-Rahhaman, que la besó en la frente.
Walidé se estremeció de una manera mas poderosa, y murmuró:
--Yo te amo: mi vida es tu amor, si me falta tu amor yo moriré.
Cuando llegaron, pues, á Tarazona ella y él eran los amantes mas dichosos de la tierra.
Abd-el-Rahhaman, en cuanto anunció su embajada á Alonso IV de Aragon, le pidió permiso para verle particularmente, y el rey se apresuró á concedérselo: al atravesar el infante una galería del alcázar, cruzó por delante de él una dama cristiana, y se detuvo un momento y palideció.
El infante sintió tambien á la vista de la dama no sé qué estraño presentimiento.
La dama siguió adelante murmurando:
--¡Oh! ¡qué moro tan gentil!
Y el infante siguió diciendo para sus adentros:
--¡Oh! ¡qué cristiana tan hermosa!
Pero ella amaba á otro hombre, y él amaba á Walidé.
Aquella dama que habia cruzado como una tentacion la galería, era doña Catalina de Cardona, doncella noble de la reina de Aragon.
--¡Era mi madre!
--Sí, tu madre era: respondió el mago, y despues de un momento de silencio continuó.
VI.
Pero á pesar del amor que el infante sentia hácia Walidé habia quedado fija en su memoria, y en su corazon, sin poderse esplicar con qué deseo, con qué afan vago y misterioso, el recuerdo de doña Catalina de Cardona.
Era muy hermosa esta dama: blanca y pálida, con hermosos cabellos rubios como el oro, con hermosos ojos negros como el ébano y lucientes como el carbunclo, y magestuosa y gentil, y esbelta á maravilla: era muy jóven y su frente resplandecia de pureza.
Y el infante adelantaba hácia la cámara donde el rey de Aragon le esperaba, murmurando sin ser poderoso á otro pensamiento:
--¡Oh! ¡qué cristiana tan hermosa!
Y sin embargo el amor que sentia por Walidé permanecia vivo, ardiente en su corazon.
Cuando entró á la presencia del rey, el infante dobló una rodilla.
--Poderoso sultan de Aragon, dijo: el esclarecido, el vencedor, el magnífico sultan de Granada y del Andalucía, mi señor, á tí me envia: pero antes de notificarte el objeto de mi embajada, quiero declararme vasallo tuyo, no embargante el vasallage que confieso al rey mi señor natural el noble sultan de Granada, y á rendirte pleito homenaje, por mis villas y castillos de la frontera de Murcia.
Maravilló al rey de Aragon el vasallaje de un infante moro á quien no conocia y con el cual nunca habia tenido amistad ni guerra, pero se lo agradeció, lo aceptó, mandó llamar á su canciller, solemnizóse el pleito homenaje, y el rey de Aragon le abrazó y le besó en la megilla, mandando escribir su nombre entre los de los grandes vasallos de sus reinos.
--¿Por qué me habrá rendido vasallaje este moro? dijo para sí Alonso IV, cuando Abd-el-Rahhaman salia de la cámara.
Y Abd-el-Rahhaman murmuraba saliendo:
--Solo me falta satisfacer la codicia del consejero favorito del rey cristiano: yo averiguaré quién este consejero sea: le daré cuanto oro sea necesario, y Walidé será mia.
Y á seguida murmuraba suspirando:
--¡Oh! ¡y cuán hermosa! ¡cuán hermosa es aquella cristiana!
VII.
Dijeron al infante que el favorito del rey de Aragon, era un noble caballero muy valiente y muy bravo, llamado Men Roger de Cardona.
El infante envió á Men Roger un caballo de Arabia, un arnés de Damasco, una lanza de dos hierros con pendoncillo de brocado, un rico capellar y una túnica de púrpura.
Men Roger recibió el presente creyendo que se trataba de que influyese con el rey de Aragon para el feliz éxito de las pretensiones del rey de Granada.
Men Roger, el soberbio rico-hombre de Aragon, convidó á comer al infante moro.
Al dia siguiente al sentarse á la mesa, vió junto á sí Abd-el-Rahhaman á la hermosísima cristiana que habia encontrado en el alcázar dos dias antes, y se turbó: ella se turbó tambien y bajó los ojos.
--Es mi hermana doña Catalina, dijo Men Roger al infante.
Y durante las cuatro horas que aquella comida duró, el infante habló de las magnificencias de la córte de Granada, y ponderó sus caballeros y sus damas, pero al ponderar á estas añadió:
--Y sin embargo, no he visto en Granada ni en todo su reino ni en las Alpujarras, ni en Murcia, ni en Almería, ni en Algeciras, mi patria, una dama tan hermosa como la que ví en el alcázar del rey cristiano la primera vez que entré en él.
Y doña Catalina al oir esto miró al moro, y el moro vió amor en la mirada de doña Catalina, y Men Roger no vió nada, porque estaba gravemente ocupado en trinchar un faisan.
Y al recibir la mirada de doña Catalina, dijo para sí el infante:
--¡Oh! ¡si yo no amase tanto á Walidé!
Y doña Catalina dijo tambien para sus adentros:
--¡Oh! ¡sino fuera moro este mancebo!
VIII.
Cuando concluyó la comida, doña Catalina se retiró y el baron catalan y el infante granadino quedaron solos.
Despues de hablar de varios asuntos, Abd-el-Rahhaman dijo á Men Roger:
--Tú eres valido del rey tu señor.
--El noble rey don Alonso conoce mi lealtad y la premia concediéndome su confianza, contestó el aragonés con cierta reserva porque no sabia á donde iba á parar el moro.
--¿De modo que si tú pidieras una gracia para mí al rey tu señor, para mí que desde ayer soy su vasallo?...
--¿Y qué gracia es esa?
--Una muger.
--¿Una vasalla del rey?
--Sí; mas que eso aun; una sierva.
--¿Para hacerla tu esposa?
--Sí.
--¿Y quién es?... ¡sierva del rey! ¡no puede ser noble!
--El rey puede concedérmela.
--Te prometo que si concedértela puede, te la concederá.
El infante estrechó la mano del baron catalan, y poco despues se separó de él.
IX.
Al dia siguiente se presentó Abd-el-Rahhaman con toda la ostentacion de su embajada al rey de Aragon.
Le precedian los presentes del rey de Granada.
Entre ellos iba Walidé maravillosamente vestida y cubierta con un velo de gasa que sin cubrir su hermosura la aumentaba, como una ligera nubecilla aumenta la belleza de la luna.
El infante adelantó con ella llevándola asida de la mano y la presentó al rey, levantando su velo con una mano y dando con la otra á Alfonso IV una cédula en pergamino, en que constaba la voluntad del rey de Granada respecto á su sobrina la infanta Walidé al presentarla al rey de Aragon.
Un interprete leyó aquel pergamino.
Al escuchar los caballeros de la córte de Alfonso IV, que estaban presentes, que el rey de Aragon podia dar en matrimonio, con su rico dote aquella muger, aquella niña de tan maravillosa hermosura, todas las miradas se fijaron con codicia en Walidé, especialmente la de Men Roger de Cardona.
Despues Abd-el-Rahhaman notificó al rey el objeto de su embajada.
Las treguas que el rey de Granada pedia, convenian tambien al de Aragon, y fueron concedidas y estipuladas sin dificultad. Cuando el tratado estuvo concluido, Abd-el-Rahhaman dijo á Alonso IV:
--Recordarás noble y poderoso rey que soy tu vasallo.
--Es cierto, dijo el rey de Aragon: hace tres dias me rendiste pleíto homenaje, y yo le recibí: ¿pero por qué me recuerdas eso?
--El rey de Granada al entregarte la infanta Walidé, ha sido con la condicion de que la tengas para tí, ó de que la dés por esposa á uno de tus vasallos. Ahora bien: ¿guardas tú para tí á la infanta?
--Yo no tengo ni tendré mas que una esposa, dijo el rey.
--Pues entonces, señor, replicó el infante, yo te pido por esposa á la infanta Walidé.
Y antes de que el rey pudiese contestar, Men Roger de Cardona adelantó pálido y trémulo hácia el dosel del rey y esclamó:
--Y yo la pido tambien á vuestra señoría, yo que soy rico-hombre de solar, y que he vertido mi sangre en cien batallas matando moros.
--¡Ah! ¡tú eres un perro traidor, sin fé y sin lealtad en sus palabras! dijo el infante á Men Roger.
--Pídeme mi hermana y te la daré, infante, dijo el baron catalan: pero yo pido al rey esa doncella.
--Y me la pides tú tambien infante de Granada, mi vasallo? dijo Alfonso IV.
--Sí, si señor, esclamó con toda su alma Abd-el-Rahhaman: es mi prima, la amo y ella me ama.
La incertidumbre hacia temblar á Men Roger.
--Yo os la concedo á los dos, dijo el rey: á tí canciller de mis reinos, valiente y leal vasallo mio, á tí infante de Granada mi noble vasallo.
--Pero señor, esclamó Abd-el-Rahhaman, la infanta no puede dividirse en dos: sobra pues uno.
--Dices bien, esclamó todo descompuesto Men Roger: sobra uno de los dos.
--Pues caballeros, dijo el rey, que Dios y San Jaime decidan vuestra contienda: dentro de tres dias en la Tela, en un palenque cerrado, obtendrá por premio de su victoria la infanta de Granada, cualquiera de los dos que venza.
Y el rey despidió á su córte, y Walidé se quedó en el alcázar del rey, y Abd-el-Rahhaman y Men Roger salieron cada cual por su lado, convertidos en los enemigos mas implacables del mundo.
X.
Pasaron los tres dias del plazo.
Fuera de los muros de Tarazona se habia levantado un palenque.
Aquel palenque era el campo cerrado donde las armas debian dirimir la contienda de dos hombres enamorados de una muger.
Aunque el plazo habia sido breve, la fama del duelo habia cundido; gran número de damas y caballeros de las ciudades y villas cercanas á Tarazona habian acudido á presenciar aquel raro litigio entre un cristiano y un moro, que debia sentenciarse por Dios y por San Jaime.
Desde muy temprano los estrados y las barreras estaban llenos de gente: en los primeros se veian hermosas damas, hidalgos, caballeros y mesnaderos, todos engalanados, todos impacientes porque llegase la hora del trance. En las barreras se agolpaba el popular ruidoso, que á cada momento crecia, y los ballesteros del rey guardaban aquellas barreras y aseguraban el palenque.
A un estremo de él estaba un tablado cubierto de hermosos tapices, y sobre aquel tablado dos doseles; el uno mas rico y mas bello que el otro.
Pero es de advertir que en el dosel menos rico estaban recamadas las armas de Aragon, y en el otro mas adornado, mas bello, se veia entre flores una aljaba, un arco y un cendal, armas del amor.
Al pie de estos dos doseles habia una larga gradería cubierta de almohadones rojos y alfombras á los pies, donde debian sentarse, en la primera grada las damas de la reina, en la segunda y tercera los oficiales de la casa del rey.
A la derecha de estos dos doseles, habia un estrado cubierto por paños rojos; aquel estrado debian ocuparle los jueces del campo, los heraldos, los farautes, los persevantes, los escuderos y demás oficiales de armas: á la izquierda se levantaba otro estrado cubierto de paños turquíes con estrellas de plata, donde debian presenciar el duelo los caballeros granadinos que habian venido acompañando en su embajada al infante Abd-el-Rahhaman.
Al otro estremo del palenque habia dos tiendas de las mejores que se habian visto en mucho tiempo, aunque diferentes entre sí: la una era cuadrada, de tafetan verde con galones de oro, y sembrada toda de un blason rojo con cuatro vástagos de oro, armas de la casa de Cardona, lo que demostraba que aquella tienda, en la cual habia guarda de hombres de armas con el mismo blason que se veia en la tienda al pecho, estaba destinada á Men Roger de Cardona, rico-hombre de Aragon y gran privado del rey Alonso IV.
La otra tienda era redonda y resplandecia por su tela de oro y seda recamada de ricas labores arabescas y rodeada de una alfombra de Persia: á su puerta habia, dando la guarda, esclavos negros con marlotas y capellares rojos y arneses dorados, lo que decia claro que aquella era la tienda del infante de Granada Abd-el-Rahhaman.
Y todo esto, los dos nobles doseles, los estrados, las graderías, las tiendas, la arena igualada y estendida dentro de las barreras, la multitud noble y plebeya que llenaba andamios, estrados y graderías: las galas de las damas, las empresas de los caballeros, el aspecto feróz de los ballesteros aragoneses, las brillantes armaduras de los hombres de armas y escuderos de Men Roger, y los ostentosos trages y las armaduras doradas de los esclavos del infante de Granada, ofrecian vivos matices, y brillantes destellos, y cien cambiantes de color y de luz, bajo el sol que salia por un horizonte azul y despejado.
XI.
Apenas habia asomado el sol en el oriente, como si aquella fuese una señal, oyóse fuera del palenque una ruidosa y alta trompetería, á cuyo sonido todos los que esperaban desde el amanecer rompieron en una aclamacion ruidosa.
La corte se acercaba.
Al fin se abrió una poterna y entraron cuatro reyes de armas á caballo, con sus estoques dorados en las manos.
Seguian detrás cuatro heraldos con sus dalmáticas de terciopelo rojo guarnecidas de oro, y con sus mazas al hombro.
Luego una turba de farautes, persevantes y escuderos, á caballo tambien, despues diez y seis trompeteros y otros tantos timbaleros, ginetes en caballos blancos, tocando á un tiempo sus instrumentos:
Luego el Condestable con la espada real, y junto á él el Alférez mayor con el estandarte de Aragon, y todos los oficiales de la casa del rey.
Luego en unas andas muy vistosas, cubiertas de paños de brocado y flores, y deslumbrantemente engalanadas, precedida de muchachas vestidas de blanco, que bailaban acompañándose de sus panderetas, rodeada de doncellas nobles de la reina, en hacancas blancas, llevada cada una de la rienda por un caballero, entró Walidé, confusa y ruborosa, suspendiendo á los hombres y haciendo morir de envidia á las mugeres con su hermosura.
Despues venian á caballo el rey y la reina, él en su corcel de batalla, ella en su blanco palafren; los rico-hombres, los pages, los escuderos, y por último un escuadron de hombres de armas.
Toda esta comitiva atravesó lentamente el palenque; cuando llegaron á la gradería del estrado donde estaban levantados los doseles, el mismo rey en persona descabalgó, fué á las andas en que era llevada la infanta Walidé, que bajó de ellas, y conducida de la mano por el rey, subió la gradería, y fué á ocupar el trono del amor en medio de los murmullos y de las aclamaciones que arrancaban á todos los presentes la hermosura y las resplandecientes galas de que iba cubierta Walidé.
Al pie del dosel se estendieron pages y doncellas, y cuando la infanta de Granada se hubo sentado, el rey bajó de nuevo la gradería, y llevó su esposa al trono, donde se sentó á su lado; los rico-hombres, los mesnaderos, los pages, se estendieron á los pies de la grada, donde estaban sentadas en almohadones las damas de la reina, los jueces del campo y los reyes de armas, y los demás oficiales ocuparon el tablado que les estaba destinado, y la comitiva mora del infante Abd-el-Rahhaman el suyo.
Entonces á una señal del rey don Alonso, el rey de armas _Cataluña_, á caballo, seguido de sus oficiales de armas y precedido de los trompeteros y timbaleros, dió una grida ó pregon en que manifestó á todos los circunstantes:
«Cómo el rey moro de Granada habia enviado al señor rey de Aragon una doncella mora, infanta de su casa, para que la casase con aquel de sus vasallos que mas le pluguiese.
»Otro sí: cómo habiendo venido por embajador del rey de Granada el noble infante, su primo, Abd-el-Rahhaman, el infante habia rendido pleito homenaje y vasallaje al señor rey de Aragon.
»Otro sí: cómo el infante de Granada Abd-el-Rahhaman, y el noble, alto y poderoso señor Men Roger de Cardona, vasallos ambos del señor rey de Aragon, habian pedido á un tiempo á dicho señor rey les concediese por esposa la infanta Walidé, que se hallaba presente en el trono de la hermosura.
»Y finalmente, que el susodicho señor rey de Aragon habia ordenado que para no ofender á ninguno de los dos pretendientes, riñesen á la infanta Walidé, en palenque cerrado de poder á poder, en trance de muerte, si necesario fuese, ante Dios y el bienaventurado apóstol San Jaime.»
El rey de armas Cataluña repitió este pregon en los cuatro ángulos del palenque, y luego leyó los capítulos del combate.