La alhambra; leyendas árabes

Part 27

Chapter 274,049 wordsPublic domain

Se encontraron al fin en un pequeño espacio, en el que ni lecho habia, y el infante Ebn-Ismail puso la antorcha entre una grieta del muro.

--¡Digno albergue de un asesino! esclamó el walí mirando severamente á su hijo: cuadra bien á quien tal crímen ha cometido mancillando mis canas; una vieja atalaya abandonada, por refugio, en lo mas áspero de una montaña.

--¿Sabes tú, padre y señor, por qué maté yo al rey Abul-Walid? dijo Ebn-Ismail levantando los ojos y posándolos en su padre.

--Y aun querrás disculparte de aquel crímen.

--Yo maté á un tirano en medio de su córte, con peligro, y combatí despues la Alhambra; si no pude tomarla no fué mia la culpa si no de la suerte, que me volvió las espaldas.

--Tú mataste al rey, por gozar libremente los amores de la maldita sultana Ketirah.

--¡Ah! no: es cierto que despues la sultana me ha enloquecido, pero... yo maté al rey, porque pretendia deshonrar á una cautiva que me robó en Martos: fué necesario matarle, para que no sacrificase á sus deseos á la infeliz María.

--¡María! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡María! ¿es la cristiana que está cautiva en la Alhambra?

--Si señor; ella es.

--Y dime, hijo mio... ¿has amado tú á esa doncella?

--Sí, si señor, pero de una manera tranquila, pura, como se ama á una hermana.

--¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, poderoso Señor, que no has permitido que el hermano deshonre á su hermana!

--¿Qué decís, señor?

--¡Oh! nada, nada. Digo que has hecho muy bien en matar al rey.

--Y habeis dicho tambien que María es mi hermana; eso mismo me dijo una noche de una manera misteriosa, un mago, un astrólogo: la noche que precedió al dia en que maté á Abul-Walid, y cuando quise que el mago me esplicase sus palabras, me dijo: «Muestra á tu padre el walí de Algeciras las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste en Martos.»

--¿Y dónde están esas joyas? dijo con anhelo el walí.

--Aquí, bajo una piedra, escondidas en este mismo aposento.

--¡Oh! ¡muéstrame, muéstrame esas joyas!

El infante fué á un ángulo del aposento, levantó una piedra, socavó debajo de ella la tierra con su puñal, y sacó un talego de seda, que entregó á su padre.

El walí sacó con ansia aquellas joyas y las examinó.

Eran las mismas que Sancho de Arias habia dado á María.

--¡Ah! esclamó el walí; ¡las joyas de su madre!

--¿Y quién era su madre? dijo Ebn-Ismail.

--Su madre no era la tuya; pero ella es mi hija. ¡Y el rey Ismail se habia atrevido á la honra de esa doncella!... Has hecho bien en matarle: has hecho bien, porque le has matado defendiendo á tu hermana.

--¡Mi hermana! ¡mi hermana! esclamó Ebn-Ismail: harto me lo decia el corazon!

--Y sin embargo, respecto á otra muger el corazon te ha sido infiel, dijo Abd-el Rahhaman.

--¡Otra muger!

--La infame sultana Ketirah.

--¡La infame sultana has dicho, padre y señor!

--Sí; la muger que por ser sultana envenenó á su padre.

--¡Oh! ¡Dios mio!

--La que ayudándose de Masud-Almoharaví, y ayudándole á él, mató á tu prima la sultana Aleidah.

--¡La prueba, padre, la prueba! esclamó Ebn-Ismail.

--La conciencia de la sultana Ketirah te dará esa prueba, si quieres, esta misma noche.

--¡Esta misma noche!

--Sí; ¿para qué salías cuando yo llegué de la torre? Para ir á arrojarte en los brazos de Ketirah.

--Es verdad.

Además este pergamino le revelará los crímenes de la sultana y de su cómplice.

Y dió á su hijo el pergamino que le habia dado el mago en la caverna de las hadas malditas.

--Pues bien; vé, añadió el walí, pero vé á vengar á tu prima la sultana Aleidah, á salvar á tu hermana María: yo te acompañaré.

Y tras estas palabras salieron del aposento y bajaron las escaleras, tomaron los caballos y partieron por entre los cerros á la Alhambra, que ya estaba próxima, el padre y el hijo.

XXVII.

--Padre, dijo el infante Ebn-Ismail mientras marchaban, ¿quieres la felicidad de tu hija la cristiana?

--¡Qué si quiero su felicidad!... yo la he llorado muerta; yo la he recordado continuamente en mis sueños, sin poder olvidarla; y era que mi hija vivia y su espíritu se hacia sentir del mio. ¡Oh! ¡que si quiero hacerla feliz! ¡Dudarías tú, Mohammet, de que yo desease tu felicidad!

--La felicidad de mi hermana María puede serte muy dolorosa, señor.

--¡Dolorosa! ¿y por qué?

--María ama á un hombre.

--¿Y á qué hombre ama?

--A un cristiano.

Detúvose un instante contrariado Abd-el-Rahhaman.

--¡Ah! dijo, me la robaron los cristianos; ha crecido entre ellos... ha debido, pues, amar á un cristiano.... ¿Y ese cristiano es digno de ella y de nuestra sangre?

--Es un valiente caballero de Martos: el dia en que iba á casarse con María, el rey Abul-Walid acometió la villa, y Gonzalo Nuñez sacó á María de la iglesia, la llevó á su casa, y defendió aquella casa con sus parientes y amigos. Yo la acometia. En la acometida mis gentes cayeron como la mies bajo la hoz del segador, y ese valiente mancebo, Gonzalo Nuñez, el amante de mi hermana, cayó al fin á mis pies.

--¿Y murió?

--No; no lo quiso Dios. Cuando salvé á mi hermana del furor y de la codicia de mis esclavos, porque es muy hermosa y estaba cubierta con las ricas joyas que has visto, padre; cuando la ví llorando, aterrada, trémula, sentí por ella un amor como nunca le habia sentido, dulce, tranquilo. Procuré consolarla, y ella me dijo que habia perdido á su padre y á su esposo. Su padre estaba muerto; pero no se sabia lo que habia sido de su esposo, y le buscamos entre los cadáveres, y le encontramos.

--¡Vivo!

--Con muy pocas esperanzas de vida. Yo le dejé con mi sabio médico y dí órden á mis esclavos de que le llevasen á mi castillo de Hins-Aleux. Despues pretendí salvar á María, pero no pude. El rey la vió, la codició, y me la robó. Algunos dias despues, maté al rey.

--¿Y el esposo de María, vive?

--¡Oh! si señor, vive y está restablecido y fuerte. ¿Quieres hacer feliz á tu hija, señor?

--¡Oh! sí.

--Pues bien, separémonos en la entrada del camino de Granada que ya está cercano: corre tú al castillo de Hins-Aleux. La noche empieza; picando, bien puedes llegar y traer á Gonzalo antes de la media noche, y entregarle tu hija.

--¡Oh! ¡poderoso Señor!

--Yo entretanto, veré á la sultana Ketirah, y si no te han engañado, padre y señor, si ella ha sido la envenenadora de mi perdida Aleidah... ¡oh! yo te juro castigarla, señor, y de tal modo, que cause horror á las gentes.

--¿Y cuando vuelva con Gonzalo, ¿cómo sabré donde está mi hija?

--Entra señor por detrás de la Alhambra y llega hasta la torre de la puerta de Hierro, un esclavo mio te esperará y te guiará. Pero he allí el camino de Granada, señor, yo voy á seguir por los cerros hácia la Alhambra, tú por el camino, gana la Vega y llega á Hins-Aleux. Dí á Gonzalo que eres mi padre, que todo lo sabes y que vas á entregarle tu hija.

--Adios, pues, infante de Granada, hijo mio; adios, pues: ha llegado la hora de comenzar un grande sacrificio y de efectuar una gran venganza.

Y el padre acercó su caballo al de su hijo y le abrazó.

Luego se separó, bajó por un sendero á un ancho camino y partió por él á la carrera.

Ebn-Ismail se lanzó tambien á la carrera por un valle cercano y se perdió en la montaña repitiendo:

--¡La sultana Ketirah, esa hermosura que parece un arcángel del sétimo cielo y á quien yo adoraba, es la infame envenenadora de mi perdida sultana Aleidah! si mi padre no se ha engañado.... ¡oh, mas la valiera no haber nacido!

XXVIII.

En una magnífica cámara de un fuerte castillo moro, se paseaba solo un jóven con trage castellano.

Estaba pálido, como acabado de salir de una enfermedad.

Pero era hermoso, muy hermoso, y en la apariencia muy bravo.

Apenas contaría veinte y cuatro años.

De una de las columnas que sostenian la techumbre de cedro de la cámara, estaba colgado un arnés completo castellano, y apoyada en él una larga lanza.

Bajo este arnés se veian los jaeces de un caballo.

El jóven se asomaba de tiempo en tiempo á un ajimez, y miraba á la luna.

Y sus ojos se llenaban de lágrimas.

--¡Oh! esclamaba: ¿te mirará ella á tí, blanca lámpara de la noche, como yo te miro pensando en ella? ¡Oh, María, mi María!

Y el jóven se apartaba del ajimez, y volvia á pasearse por la cámara.

De repente se escuchó en la poterna el sonido de una bocina; se oyó el estruendo del puente y del rastrillo, y poco despues un moro asomó á la puerta de la cámara y dijo:

--¡Cristiano! el padre de mi noble y poderoso señor, el esclarecido é invencible walí de Algeciras, Abd-el-Rahhaman, desea verte.

--¡Oh! que entre, que entre al momento, dijo Gonzalo.

Poco despues entraba en la cámara Ab-el-Rahhaman.

Observó durante algunos segundos en silencio al jóven, y el noble semblante del walí resplandeció con la espresion de la benevolencia.

--Guárdete Dios, mancebo, y te proteja, le dijo: ¿sabes quién soy?

--Sé, segun acaban de decirme, que eres el padre de un caballero moro á quien mi desdicha hizo mi vencedor, y á quien despues me he visto obligado á amar, porque le debo la vida.

--¡Oh! Ebn-Ismail, mi hijo, te ama tambien, cristiano, y á tí me enviía.

--Gracias doy al cielo de haber conocido un tan grande caballero como demuestras ser. Pero ¿qué me quieres?

--¿No deseas nada?

--¡Desear!... sí, si por cierto... deseo la muerte.

--¡La muerte!

--Sí; estoy fuera de mi patria, vencido...

--Pero no eres cautivo. En mi hijo has encontrado un hermano; en mí un padre.

--Dios os lo pague, dijo Gonzalo; ¿pero me podreis dar vosotros lo que yo he perdido?

--Hablas como mancebo, y como mancebo enamorado: sobre tí no han llovido todavía todas las amarguras las nubes de la desgracia. Amas y eres amado, y si por algun tiempo el destino te ha robado mi hija...

--¡Tu hija!... yo no conozco á tu hija, contestó con estrañeza Gonzalo.

--¡Que no la conoces, y mueres por ella!

--Te engañas, señor; yo no he amado mas que á una muger, y esa muger es cristiana.

--Mi hija es cristiana tambien.

--La muger que yo amo tiene el hermoso nombre de la santa Vírgen madre de Dios.

--El nombre de la madre de Jesus, es el nombre de mi hija.

--¡María!

--Sí, María.

--Pero es imposible. La María de mi amor, ha vivido siempre en Martos, y era hija del corregidor Sancho de Arias.

--En Martos ha vivido mi hermosa María, y por hija del corregidor Sancho de Arias pasaba.

--¡Oh! esto no puede ser.

--Dios, que es Todo poderoso, ha querido que sea.

--¡Hija tuya, María!

--Sí; y de una rica-hembra aragonesa.

--¡Oh! no alcanzo á comprenderlo.

--Hace centenares de años que primero los árabes, y despues los moros, estamos en contínuo trato con los cristianos: las razas se han mezclado, porque el amor es mas poderoso que el odio: ya ha sido una hermosa doncella originaria de Africa, cautiva en la entrada de una villa, la que ha dado su sangre á los hijos del cristiano; ya una hermosa cristiana arrebatada á su familia, la que ha dado su sangre á los hijos del Islam. ¿Te parece tan estraño que yo en mis mocedades tomase por esposa á una cristiana, y que la hija, fruto de estos amores, me fuese robada por los cristianos?

--¡Oh! bien puede ser, dijo Gonzalo.

--¿Y amarías tú menos á María porque fuese mi hija?

--¡Aborrecerla! ¿quién habla de aborrecerla? ¿puedo aborrecerla acaso? Y luego, ¿no debo á tu hijo la vida?

--Y tu amor y el honor de María. Si mi hijo no hubiera matado al rey de Granada, ¿qué hubiera sido de ella? ¡Estaria deshonrada, triste y sola en el harem de la Alhambra!

--¡Oh! ¡Dios mio! ¿y ahora dónde está?

--Cautiva en una torre de la Alhambra.

--¿Pero, pura... salvada?

--A que me ayudes á salvarla vengo por tí.

--¡Por mí!

--Sígueme y te entrego á María.

--¡Oh, si te sigo! dijo Gonzalo dirijiéndose á su armadura.

--Voy á ser tu escudero; dijo el infante Abd-el-Rahhaman tomando las piezas de aquella armadura.

--¡Oh! ¡sí; pronto! ¡pronto, si de salvarla se trata!

--¡Salvarla! ¡sí! ¿y crees tú que el salvar á mi hija no me cuesta un inmenso sacrificio?

--¡Un sacrificio!

--Sí, salvarla es hacerla feliz, segun me ha dicho mi hijo, María te ama de tal modo, que no puede ser feliz sino siendo tu esposa. Tú la llevarás contigo, y yo, que hace catorce años que no la veo, que no la he visto crecer, la veré un momento para perderla despues.

--¡Perderla! ¿y por qué no seguirnos, señor?

--¡Seguiros! ¿y á dónde queriais que yo fuese con vosotros?

--A Castilla.

--¡Entre cristianos!

--¿Y no es tu hija cristiana?

--Para darte á María, dijo con severidad el infante; ¿te he pedido yo que te quedes entre nosotros, y que apostates de tu religion?

--¡Ah, señor, perdon!

--¡Alí! ¡Alí! dijo el infante acabando de enhevillar la última pieza del arnés de Gonzalo: un caballo de batalla, y veinte ginetes. Pronto, pronto.

El esclavo que habia aparecido á la puerta, desapareció.

--No hablemos, pues, mas de esto, dijo el infante dirijiendo de nuevo su palabra á Gonzalo. Así lo ha querido Dios, y así es, porque no puede ser que deje de cumplirse la voluntad de Dios. Ahora, cristiano, sígueme y roguemos á Dios que nos proteja, porque la empresa que vamos á acometer es peligrosa.

Y salió con Gonzalo de la cámara.

Poco despues, el moro y el cristiano cabalgaban por el camino de Granada y á gran prisa, seguidos de veinte ginetes moros.

XXIX.

Volvamos, pues á la relacion que dejamos interrumpida en el momento en que despues de haber entrado el infante Ebn-Ismail, por un ajimez en la habitacion de la torre de la Cautiva donde le esperaba la sultana Ketirah, rechazó á esta, que como solia, se habia arrojado entre sus brazos.

Esta accion, inesperada, violenta, y la espresion lívida del semblante de Ebn-Ismail, sobrecogieron á la sultana.

--¿Qué te he hecho yo, desdichada de mí, esclamó, para que así me arrojes de tus brazos? ¿en qué te ha ofendido tu esclava, señor de mí alma, ó es que ya no me amas, y quieres abandonarme?

--¡Quisiera Dios que nunca te hubiera amado! esclamó el infante.

--¡Habla! ¡habla! esclamó trémula la sultana: ¡esplícame la razon de tus palabras!

--Aun no es tiempo, dijo el infante; faltan tres personas aquí.

--¿Qué faltan tres personas?

--Sí; haz llamar á Masud-Almoharaví.

--¡A Masud! esclamó la sultana; ¡oh! ¡si fuera verdad lo que sospecho!

--¿Y qué sospechas?

--¡Tú quieres ser rey de Granada!

--¡Yo!

--Sí; sabes que yo te amo antes que á mi alma, sabes que Masud no puede negarme nada y... ansías esa corona...

--Puede ser... esclamó despues de un momento de profunda meditacion Ebn-Ismail.

--Y es el sueño mas ardiente de mi alma, dijo Ketirah: ¡tú sultan de Granada! ¡yo tu sultana! el hijo de Abul-Walid y de Aleidah, la difunta sultana, el rey Mohammet, es débil de salud; puede morir de un momento á otro.

--Llama á Masud-Almoharaví; repitió el infante.

Ketirah se levantó y salió.

Poco despues volvió acompañada del wazir.

--¡Masud! ¡Masud! esclamó Ketirah; ¡ha llegado el momento, quiere la corona de Granada!

--¡Qué quiere la corona de Granada... el infante Ebn-Ismail, el matador del rey Abul-Walid! aun no es tiempo... aun no es tiempo, mas adelante...

--Pero ya es tiempo de castigar vuestros crímenes, dijo Ebn-Ismail que habia corrido á la puerta de la cámara, la habia cerrado, y se habia guardado la llave.

--¡Oh! ¿qué es esto? dijo Masud-Almoharaví, mientras la sultana miraba aterrada al infante: ¿de qué crímenes hablas?

--Aun faltan dos personas; dijo sombriamente Ebn-Ismail.

--Pero yo no te comprendo, no puedo comprenderte, esclamó Ketirah.

--Faltan; mi padre y el esposo de mi hermana.

Y se puso á pasear sombriamente á lo largo de la cámara.

La sultana y el wazir se encontraban en una situacion estraña; en vano le hablaba, le suplicaba la sultana Ketirah: el infante continuaba en su sombrío silencio, y en su paseo inalterable.

En vano Masud-Almoharaví, queria resolver aquella situacion por la fuerza.

El feróz y reconocido valor del infante le contenia.

Pesaba sobre la sultana un presentimiento horrible: el presentimiento de lo desconocido.

Masud-Almoharaví temblaba porque en el semblante del infante aparecia una espresion terrible.

Pasaron así dos horas: el infante paseando, ceñudo, pálido y silencioso murmurando palabras ininteligibles, la sultana y el wazir temiéndolo todo, retirados é inmóviles en un ángulo.

Al fin, sonó abajo, al pie de la torre, un ténue silvido.

El infante corrió al ajimez.

A la luz de la luna, vió al pie de la torre en el barranco, dos ginetes y algunos hombres á pie.

Entonces el infante dió otro silvido en el ajimez, y echó abajo la larguísima escala.

Descabalgaron los dos ginetes, los de á pie tuvieron los caballos, y los que habian desmontado el uno tras el otro, treparon por la escala.

Un momento despues, entraron por el ajimez, Gonzalo Nuñez y el walí Abd-el-Rahhaman, armados de todas armas.

--He aquí que ha llegado el momento del juicio, esclamó Ebn-Ismail dirijiendo su ronca palabra á la sultana y al wazir; adelantad, padre mio; adelantad, hermano mio; he aquí á los asesinos de la sultana Aleidah.

XXX.

Al oir aquella acusacion, un grito de espanto se exhaló á un tiempo de las bocas de la sultana y del wazir.

Al escuchar aquel grito, Ebn-Ismail se puso pálido, y avanzó hacia Ketirah y Masud.

--¿Conque son ciertos los crímenes de que os acusa este pergamino? esclamó sacando de entre su faja el que le habia dado su padre.

El infante Abd-el-Rahhaman, se cruzó entre su hijo y los dos miserables que estaban aterrados.

--Donde está el padre el hijo calla, dijo con gran autoridad.

Y apartó á Ebn-Ismail, que se hizo atrás pálido y sombrío.

--Y tú cristiano, mira y escucha como un caudillo moro hace justicia en nombre de Dios.

Gonzalo ante lo que veia estaba profundamente maravillado.

--He ahí, continuó Abd-el-Rahhaman, una muger que parece ser un arcángel, y que dentro de sí tiene el alma de Satanás: he ahí un viejo que debia ser un espejo de justicia y de valor para los vasallos del rey de Granada, y que sin embargo es un miserable zorro, que salió de su oscura madriguera para subir á la luz por la senda del crímen.

--¿Y con qué derecho te atreves á insultarme á mí, á la madre de tu rey, infante de Granada? esclamó la sultana que habia logrado dominarse.

--Con el que me dá la justicia de Dios, contestó el infante; con el que me dán vuestros crímenes.

--¡Mis crímenes! ¿y cuáles son mis crímenes? esclamó la sultana.

--¿Qué hacías aquí, á qué has venido á esta torre, hermosa Ketirah? esclamó con sarcasmo Abd-el-Rahhaman.

--¡Qué á que he venido aquí! esclamó Ketirah con audacia: engañada por tu hijo.

--¿Por mi hijo?

--Sí, tu hijo habia solicitado verme...

--¡Y tú te prestaste á ver al matador de tu esposo, en el solitario aposento de una torre del muro, donde el regicida debia entrar por medio de una escala, para apurar un placer adúltero entre los brazos de una muger infame!

--¡Padre! esclamó confundido Ebn-Ismail.

--Ya que tuviste razones bastantes para matar al rey, ¿has tenido las mismas para consumar unos horribles amores con su viuda?

--¡Padre!

--Silencio cuando yo hablo. He venido á hacer justicia en nombre de Dios, y habrá justicia para todos.

--Sí, para todos habrá justicia, dijo una voz terrible y retumbante al otro lado de la cerrada puerta.

Y sin que aquella puerta se abriese apareció en la cámara el viejo rey mago condenado, Abu-Jacub-el-Alime, el padre de las trescientas cincuenta y cuatro hadas malditas.

Su aparicion aterró á todos, incluso Gonzalo, que nunca habia pensado existiese un viejo tan horrible como Jacub.

--Sí, habrá justicia para todos, esclamó el mago adelantando en medio del silencio general y sentándose en el suelo sobre la alfombra en el centro de la cámara. Para todos habrá castigo y recompensa: tú, cristiano, que no has ofendido á Dios, que no has manchado tus manos con sangre, que no te has vendido á Satanás, tendrás por recompensa á tu buena, á tu pura, á tu inocente, á tu amada María; pero tú, infante de Granada Abd-el-Rahhaman, tú, que amparaste á Walidé cuando la encontraste con las manos teñidas en sangre; tú, que casi renegaste de Dios por los amores de una cristiana; tú, que diste ocasion con tus pasiones á que Walidé se tiñera en la sangre de doña Catalina; tú, que cuando desapareció Walidé huyendo de tu furor y llevándose consigo una hija tuya, olvidaste á tu hija por odio á su madre, y la abandonaste á su destino, y la olvidaste, y has causado su perdicion por tu abandono; tú, que huiste cobardemente de Illora cuando te acometieron los fronteros de Alcaudete y con tu cobardia dejaste entre los cristianos á otra hija tuya, que criada entre otras gentes adoró á otros dioses; tú, que con tu soberbia has ensoberbecido á tu hijo, que ha matado á su rey; tú, que despues no has castigado á tu hijo; tú, infante de Granada, walí de Algeciras, Mohammet-Abd-el Rahhaman, tú serás castigado: pasarás dias de horror y noches de tinieblas y de llanto, y el remordimiento roerá tu corazon, porque tú, por saciar una venganza contra un enemigo, has producido las desgracias de tu familia, maldecida por Dios.

Abd-el-Rahhaman quiso contestar y no pudo: los ojos del rey mago condenado, fijos en él, le helaban la sangre.

--¿Y qué te diré yo, Ketirah, teñida en la sangre del que llamabas tu padre; que ocupaste el trono de Abul-Walid, manchado con la sangre de su esposa asesinada por tí; que despues distes el golpe de misericordia, la última puñalada á tu esposo, asesinado por tu amante, y abriste los brazos á ese mismo amante teñido en la sangre de tu esposo?

Ketirah abrió los labios para contestar, y la palabra se heló en ellos.

El mago se volvió terrible á Masud Almoharaví, que temblaba.

--Y tú, esclamó, amigo traidor del pasado wazir Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, tú, el que por sustituirle alhagaste la ambicion e la infame Ketirah, y la impulsaste á que envenenara al que creia su padre....

--¡Pues qué! esclamó Ketirah, ¿no era mi padre Abul-Fath-Nazir?

El mago condenado no contestó á Ketirah, sino que siguió dirijiendo su tremenda palabra á Masud, que estaba doblegado ante aquella terrible acusacion que parecia la voz de su conciencia.

--Tú, tirano, codicioso y soberbio, que ayudaste á Ketirah en la muerte de la sultana Aleidah; tú, que la llevaste al tálamo de Abul-Walid, tú, que has sido el cómplice de los crímenes de esa muger, ¿qué te puedo yo decir sino que la justicia de Dios está suspendida sobre tu cabeza?

[imagen no disponible: Fuga de Maria.

LETRE dibº y litº Lit de J.J. MARTINEZ, Madrid]

Calló el mago, y todos callaron, y un silencio de muerte dominó en la torre.

--¿Y qué haces tú, infante de Granada Abd-el-Rahhaman, tú que habias venido á salvar á tu hija la cristiana y á castigar á la parricida, á la adúltera, á la incestuosa?

--¡A la incestuosa! esclamó Ketirah adelantando pálida como un cadáver.

--Esperad, esperad, dijo el mago; siento á una persona que se acerca; esa persona es María: Masud, al llamarle Ketirah, se encontraba con María, y por olvido, al bajar ha dejado abierta la puerta de la prision de la cristiana. Ella ha aprovechado esta circunstancia y ha recorrido la torre: pero su puerta estaba cerrada, y al cabo despues de bajar desde el almenar hasta los subterráneos, ha estado ahí tras esa puerta escuchando estremecida de terror. Vé y abre á tu hermana, infante Ebn-Ismail; abre esa puerta y entrégala á su esposo, pero despues que haya pronunciado la revelacion que ha de ser vuestro castigo.

El infante Ebn-Ismail dominado por el acento del mago, fué á la puerta y la abrió: María entró pálida, fatal, aterrada, y adelantando hácia Ketirah dijo con acento solemne:

--¡Yo he oido nombrar aquí á la sultana de Granada! yo he oido una voz de muger, y aquí no hay mas muger que tú: ¿serás tu acaso mi hermana; la hija de Walidé, la segunda esposa de mi padre?

--Yo soy hija de Abul-Fath-Nazir-el-Ferih, dijo con acento de horror Ketirah.

--Abul-Fath-Nazir, esclamó el mago, amparó en su fuga á Walidé, que te llevaba consigo; Abul-Fath-Nazir, gozó los amores de tu madre y te llamó su hija. Metió contigo una vívora en su seno, porque tú le mataste.

Un grito de horror salió de todas las bocas.