Juan Martín el Empecinado

Part 3

Chapter 33,966 wordsPublic domain

--Ese pueblo es Grajanejos --añadió--. Anoche se me metió en la cabeza que los franceses que estaban en Cogolludo habían de venir a pernoctar aquí por Miralejo... Se me metió en la cabeza, sí, señores; y cuando a mí se me mete una cosa en la cabeza...

--Tiene que suceder, aunque Dios no quiera --dijo Viriato.

--Yo no me equivoco --añadió con cierta confusión el padre Trijueque--. Yo dije: «Pues que los franceses están en Cogolludo de regreso de Aragón, han de tomar una de estas dos direcciones: o la vuelta del Casar de Talamanca para ir a tierra de Madrid, o la vuelta de Grajanejos para tomar el camino real y marchar hacia Guadalajara o hacia Brihuega.» El primer movimiento es inverosímil, porque están muy hambrientos y habían de tardar tres o cuatro días en llegar a la corte; el segundo movimiento es seguro, y sentado que es seguro, ahora digo: «Si pasan el Henares, ¿cuál puede ser su intención? O tratar de sorprendernos en este laberinto de barrancos y pequeños valles, lo cual sería fácil si ellos fueran nosotros y nosotros ellos, o simplemente guarecerse dentro de los muros de Brihuega o Guadalajara, donde tienen abundantes provisiones.» En uno u otro caso, entrarán en el camino real, que está a nuestra vista. Observen ustedes: a la luz de la aurora se ve claramente el camino real que va desde Madrid a Zaragoza. Es una hermosa calzada, que podría empedrarse con los cráneos de franceses que hemos matado en ella.

Vimos, en efecto, el camino real de Aragón, que serpenteaba entre el arroyo y la montaña de enfrente, siguiendo las sinuosidades del angosto valle.

--Todos esos cálculos --dijo Viriato-- son admirables, y demuestran el consumado talento de vuecencia. ¡Y dice mosén Antón que no ha estudiado lógica!... No puede ser. Lo que hay de malo en esto, es que por de pronto esas ingeniosas previsiones han resultado fallidas, porque yo estoy ciego de tanto mirar, y no veo franceses en Grajanejos.

Mosén Antón no decía nada, y miraba atentamente a los extremos visibles del valle y a las suaves colinas que enfrente teníamos. En su rostro se pintaba una ira reconcentrada y profunda; apretaba las mandíbulas; fruncía el ceño, haciendo culebrear las cejas negras y espesas como dos bigotes, y el resoplido de su aliento no discrepaba en fuerza y calor del de un caballo.

He dicho que se había tendido de barriga, con las palmas de las manos en tierra y los codos en alto, en actitud muy parecida a la de los cigarrones cuando se disponen a dar el salto. De súbito, mosén Antón saltó todo lo que puede saltar un hombre en tal postura: levantose en pie, extendió los brazos, lanzaron las cavidades de su pecho un graznido de ave de rapiña, brilló el rayo en sus ojos, y señalando a la derecha hacia el punto donde desaparecía el valle formando un recodo, exclamó:

--¡Los franceses, ahí están los franceses!

No vimos nada; pero oímos un rumor vago y lejano, que acrecían con sus hondos ecos las angosturas del valle. Era ruido de caballos, de gentes de armas; el ruido a ningún otro parecido de un ejército que se acerca.

--¿No lo dije? ¿No lo dije?... ¿Me he equivocado alguna vez? --gritaba mosén Antón desfigurado por el júbilo, con toda su persona descompuesta y alterada, cual máquina que se va a desengranar--. Cogidos, cogidos en una ratonera. Ni uno solo escapará... Lo que pensé, lo mismo que pensé: pasaron el Henares por Carrascosa, subieron a los altos de Miralrío, vadearon el Vadiel, y han cogido el camino real en Argecilla... Todo esto lo estaba yo viendo anoche, señores; lo estaba viendo como se ve un cuadro que uno tiene delante.

Agitaba los brazos, sacudía las piernas y ponía en movilidad espantosa todos los músculos de su rostro, asemejándose a Satanás cuando padece un ataque de nervios, si es que el ministro de la eterna sombra experimenta iguales debilidades que las damas del mundo visible; desenvainaba su sable, volvíalo a envainar, frotábase las anchas manos con tal presteza, que causaba asombro que no despidieran chispas; se acomodaba en la cabeza el mugriento pañizuelo y la gorrilla, se apretaba el cinto y profería vocablos ya patrióticos, ya indecentes, mezclados con blasfemias usuales y aforismos de guerra.

Las avanzadas de los franceses aparecieron en el camino real.

--¡Con cuánta confianza vienen! --dijo mosén Antón--. Esos bobalicones no aprenden nunca. No flanquean la marcha. ¿Ven ustedes columnas volantes en las alturas?

--Por este lado --dijo Viriato-- se ven brillar algunos cañones de fusil.

--Retirémonos abajo --dijo Trijueque--. Dejémosles entrar tranquilamente en el pueblo.

Poco después de esto, la partida marchaba despacio y con orden admirable por una senda de escasa pendiente, que conducía, faldeando el cerro en repetidas vueltas, al lugar de Grajanejos. Mosén Antón dispuso que una parte de la fuerza se escondiese en el carrascal, adelantándose con toda precaución para no ser vista ni oída. El resto marchó adelante.

--Mucho silencio --dijo Sardina--, mucho silencio. Cuidado no se escape algún tiro... Al que respire fuerte, le fusilo.

Cuando esto decía, oyose un chillido prolongado y lastimero. Era el Empecinadillo que pedía la teta.

--Si ese condenado chiquillo no calla --exclamó mosén Antón con furia--, arrojarle al barranco.

El Empecinadito, extraño a la estrategia, seguía gritando. El jefe de Estado Mayor, que llevaba del diestro a su caballo, se detuvo ciego de ira, y repitió:

--¡Arrojarle al barranco! ¿No hay quien tape la boca a ese trompetero de mil demonios?

El Sr. Santurrias se esforzó en hacer callar al pobre niño; mas no le convencían los argumentos empleados, ni aunque se le dijo «que te va a comer mosén Antón» se resignó a la obediencia que el grave caso requería. Al fin creo que taparon su boca o sofocaron sus gritos envolviéndole en sus propios abrigos, con lo cual se libró por aquella vez de ser arrojado al barranco en castigo de sus escandalosos discursos.

D. Vicente Sardina, de acuerdo con su segundo, dispuso que los de la izquierda de la senda nos adelantáramos con objeto de cortar la salida del pueblo por el camino real en dirección opuesta a aquella por la cual entraban los franceses.

--No me fío de estos señoritos --dijo mosén Antón al vernos partir--. Que vaya el Crudo con ellos. ¡Crudo, Crudo!

Presentose un guerrillero rechoncho y membrudo, bien armado y que parecía hombre a propósito lo mismo para un fregado que para un barrido en materia de guerra.

--Crudillo --ordenó el jefe--, a ti y a estos señores os toca cortar la salida por abajo. Lleva cien hombres de lo bueno. Apretar de firme.

Reforzados por la gente del Crudo, que era de lo mejor que había en la partida, emprendimos la marcha por un suave declive que nos condujo a las inmediaciones del camino real por el mediodía del pueblo. Los otros, al hallarse próximos y con la ventaja que les daba su excelente posición en lo alto, atacaron a un pequeño destacamento francés que avanzó a reconocer la altura, mientras el resto de la fuerza enemiga descansaba en el pueblo. Esta conoció al punto que había sido sorprendida, y pensando en defenderse ocupó precipitadamente las casas. Los de la partida les atacaron, no solo con brío, sino con plena confianza por la fuerza moral que la sorpresa les daba, y los franceses se defendían mal a causa de la turbación, del cansancio y la estrechez del lugar en que se habían metido.

Después de un breve combate, los enemigos comprendieron que no tenían otra salvación que la fuga por la carretera abajo, o bien por la misma dirección de Argecilla que habían traído en sentido contrario. Muchos intentaron escapar por donde estábamos; pero viendo bien guardada la salida y divisando hacia aquella parte uniformes de ejército y hasta veinte caballos, que en su atolondramiento se les figuraron doscientos, creyeron que todo el segundo ejército, al mando de D. Carlos O’Donnell, se había corrido desde Cuenca a tomar el camino de Aragón, y optaron por la salida opuesta. El barullo y confusión que esto produjo en sus azoradas tropas fue tal, que Don Vicente Sardina, con su gente escogida, acuchilló sin piedad y sin riesgo a muchos infelices que no hacían fuego ni tenían alma y vida más que para buscar entre el laberinto de callejuelas el mejor hueco que les diera salida de tal infierno.

Algunos que advirtieron la imposibilidad de retroceder sin ser despedazados en la pequeña plaza, arriesgáronse a abrirse camino por el mediodía, y vimos que se nos echó encima regular masa de caballería, cuya veloz carrera y varonil decisión nos hizo temblar un momento. Habíamos ocupado la casa del portazgo, y en el breve espacio de tiempo de que dispusimos habíamos amontonado allí algunas piedras, ramas y troncos que encontramos a mano. Se les hizo fuego nutrido, y cuando los briosos caballos saltaban relinchando con furia por entre los obstáculos allí mal puestos, el Crudo lanzose con los suyos, quién a la bayoneta, quién esgrimiendo la navaja, a dar cuenta de los pobres dragones. Estimulados por el ejemplo, corrimos los demás y pudimos detener el empuje de los caballos y desarmar los infantes que tras ellos corrían. Duró poco este lance; pero fue de los de cáscara amarga, y en él perdimos alguna gente, aunque no tanta como los enemigos. Bastantes de estos murieron, y excepto dos o tres que fiados en la enorme bravura de sus caballos lograron escapar, todos los vivos fueron hechos prisioneros.

Cuando presentamos nuestra presa a Don Vicente Sardina y a mosén Antón, que estaban en la plaza dictando órdenes para asegurar la victoria, ambos nos felicitaron con calor.

--Es preciso pegar fuego a este condenado Grajanejos --dijo mosén Antón--. Es un lugar de donde salen todos los espías de los franceses.

--Quemarle, no --repuso Sardina con benevolencia.

--Eso es, eso es --dijo con arrebatos de destrucción el jefe de la caballería--. Mieles y más mieles. Así los pueblos se ríen de nosotros. En Grajanejos han tenido los franceses muy buen acomodo, y se susurra que de aquí han sacado ellos más raciones en un día que nosotros en un mes.

--No se hable más de eso --dijo Sardina--. El pueblo no será quemado. ¿Para qué? No rebajemos la gloria de esta gran jornada con una atrocidad. Gran día ha sido este... Bien sabía yo que los franceses habían de venir aquí... mosén Antón, nada de quemar. Mande usted saquear el lugar, y al vecino que oculte algo tirarle de las orejas...

--Señor Mosca Verde --dijo mosén Antón a un guerrillero que venía a recibir órdenes--. ¿Cuántos prisioneros tenemos?

--Sesenta y ocho he contado ya. Entre ellos un coronel.

--Es demasiada gente --repuso el cura--; sesenta y ocho bocas a las cuales es preciso dar pan. Sr. Sardina, ¿doy la orden de quintarlos?

--¿Para qué? --dijo el jefe--. Dejémosles las vidas, y los entregaremos sanos y mondos a D. Juan Martín para que haga de ellos lo que quiera... ¿Pero no hay en este infernal pueblo un poco de chocolate?... ¡Sr. Viriato de mil demonios!... que siempre ha de desaparecer el tuno de mi ayudante cuando más lo necesito...

--Aquí estoy, mi general --gritó Viriato que venía corriendo con una sarta de chorizos en la mano--. ¿Pedía vuecencia chocolate? Ya lo he mandado hacer para vuecencia y mosén Antón.

--Yo --dijo este-- tengo bastante para todo el día con un pedazo de pan y queso, señor Viriato; o si no, dadme uno de esos chorizos y buscadme un zoquete que lo acompañe... Si todos fueran tan sobrios como yo... Repito que será preciso quintar a los prisioneros, si nuestra gente ha de tener ración para tres días.

--Mando que no se fusile a ningún prisionero --dijo Sardina--. ¿Se niegan los vecinos a dar lo que tienen?

--No, señor --respondió Mosca Verde--. No se niegan, porque como no dan, sino que lo tomamos... Algunas arcas repletas de pan y queso y miel se han encontrado.

--¿Ha muerto alguna gente dentro de las casas?

--Nada más que el tío Genillo, el albéitar, que está clavado en la pared como un murciélago.

--Pero ese chocolate, ese chocolate... Señor Viriato, ¿sabe usted que tengo más hambre que seis estudiantes juntos?

Presentose de improviso Santurrias, diciendo:

--Mi general, hemos encontrado al fin una mujer con cría; pero no quiere dar de mamar al Empecinadillo.

--¡Qué alevosía, qué desacato! --exclamó mosén Antón--. Que la fusilen al momento.

--Venga acá esa señora, y yo la haré entrar en razón --dijo con benevolencia Sardina--. Este Trijueque quiere fusilar a todo el género humano.

El Cid Campeador, la señá Damiana y otro guerrillero trajeron casi a rastras a una mujer joven y hermosa, la cual, clamando al cielo con lastimeros gritos, se esforzaba en desasirse de los brazos de aquellos bárbaros.

--Aquí está, aquí, mi general, la mala patriota, la afrancesada.

--Señora --dijo mosén Antón mirando a la buena mujer con fieros y aterradores ojos--, ¿no sabe usted que la hacienda del buen español ha de ponerse a disposición de los buenos servidores de la patria y del Rey?

--La hacienda, sí; pero no los pechos --repuso la mujer con varonil denuedo.

--Señora, rece usted el Credo --vociferó Trijueque--. Que vengan cuatro escopeteros. Atadle las manos a la espalda.

--Pues qué, ¿me quieren fusilar? --gritó la infeliz con angustia.

--Este condenado mosén Antón --me dijo en voz baja Sardina-- quiere hoy una víctima, y al fin habrá que dársela.

Creyendo luego conveniente interponer su autoridad para impedir un hecho abominable, habló así:

--Buena mujer, ponga usted sus pechos a disposición de la patria y del Rey... El Empecinadillo es hijo adoptivo de este ejército... dele usted de mamar, y tengamos la fiesta en paz... Y a usted, Sr. Santurrias, le ordeno que despeche a ese becerro de dos años lo más pronto posible, o que lo deje en cualquiera de estos lugares. Todos los días hay una cuestión por la teta que necesita el muñeco.

La hermosa mujer, comprendiendo el peligro que la amenazaba si no ponía a disposición de la patria los dones que natura le concediera, tomó al muchacho y lo arrimó a su seno. El gusto que debió experimentar nuestro Empecinadillo cuando se vio regalado con lo que en abundancia tenía su improvisada madre, figúreselo el lector, y traiga a la memoria las hambres y los hartazgos de sus verdes niñeces, si es que tan remotas impresiones pueden venir a la memoria. El huerfanillo tragaba con voracidad insaciable, y según la fuerza con que sus manecitas apretaban lo que tenían más cerca, parecía querer tragarse también aquellas partes, causa de su regocijo, y que demostraban la longanimidad del Criador para con la señá Librada, pues tal era el nombre de aquella mujer.

Los circunstantes veían con alborozo el glotón rechupar del huérfano, y aplaudían en coro diciendo:

--¡Cómo traga! ¡La va a dejar en los huesos! Es un fraile dominico que nunca acaba de llenar el buche.

D. Vicente Sardina, que continuaba teniendo más hambre que seis estudiantes, miraba al hijo de la guerrilla con ansiosa envidia.

Cuando el jefe marchó a despachar el almuerzo que le había dispuesto el Sr. Viriato, mosén Antón me dijo:

--Veo que están ustedes indignados, y con mucha razón. No se castiga a nadie, no se escarmienta a los pueblos, no se procura hacer respetables a los soldados de la patria y el Rey... Paciencia, señores. Ustedes están indignados como yo por las blanduras de D. Vicente Sardina y D. Juan Martín. El mal viene de arriba, del jefe de nuestro ejército.

Le respondimos que, en efecto, era grande nuestra cólera; pero que confiábamos en el inmediato triunfo de las ideas de justicia contra la anticuada y rutinaria bondad del jefe de la partida. Él se consoló un poco con esto, y fue a dictar órdenes para la mayor seguridad de los prisioneros.

V

No permanecimos muchas horas en Grajanejos, y cuando la tropa se racionó con lo poco que allí se encontrara, dieron orden de marchar hacia la sierra, en dirección al mismo pueblo de Val de Rebollo, de donde habíamos partido. Nada nos aconteció en el camino digno de contarse, hasta que nos unimos al ejército (pues tal nombre merecía) de D. Juan Martín, general en jefe de todas las fuerzas voluntarias y de línea que en aquel país operaban. El encuentro ocurrió en Moranchel. Venían ellos de Sigüenza por el camino de Mirabueno y Algora, y nosotros, que conocíamos su dirección, pasamos el Tajuña y lo remontamos por su izquierda.

Caía la tarde cuando nos juntamos a la gran partida. Los alrededores de Moranchel estaban poblados de tropa, que nos recibió con aclamaciones por la buena presa que llevábamos, y al punto la gente de nuestras filas se desparramó, difundiéndose entre la muchedumbre empecinada como un arroyo que entra en un río. Encontré algunos conocidos entre los oficiales de línea del segundo y tercer ejército, que Don Juan Martín había recogido en distintos puntos, según las órdenes de Blake, y me contaron la insigne proeza de Calatayud, realizada algunos días antes.

Yo tenía suma curiosidad de ver al famoso Empecinado, cuyo nombre, lo mismo que el de Mina, resonaba en aquellos tiempos con estruendo glorioso en toda la Península, y a quien los más se representaban como un héroe de los tiempos antiguos, resucitado en los nuestros como una prueba de la protección del cielo en la cruel guerra que sosteníamos. No tardé en satisfacer mi curiosidad, porque Don Juan Martín salió de su alojamiento para visitar a los heridos que habíamos traído desde Grajanejos. Cuando se presentó delante de su gente, advertí el gran entusiasmo y admiración que a esta infundía, y puedo asegurar que el mismo Bonaparte no era objeto por parte de los veteranos de su guardia de un culto tan ferviente.

Era D. Juan Martín un Hércules de estatura poco más que mediana, organización hecha para la guerra, persona de considerable fuerza muscular, cuerpo de bronce que encerraba la energía, la actividad, la resistencia, la contumacia, el arrojo frenético del mediodía junto con la paciencia de la raza del norte. Su semblante moreno amarillento, color propio de castellanos asoleados y curtidos, expresaba aquellas cualidades. Sus facciones eran más bien hermosas que feas, los ojos vivos, y el pelo, aplastado en desorden sobre la frente, se juntaba a las cejas. El bigote se unía a las cortas patillas, dejando la barba limpia de pelo, afeite a la rusa que ha estado muy en boga entre guerrilleros, y que más tarde usaron Zumalacárregui y otros jefes carlistas.

Envolvíase en un capote azul que apenas dejaba ver los distintivos de su jerarquía militar, y su vestir era en general desaliñado y tosco, guardando armonía con lo brusco de sus modales. En el hablar era tardo y torpe, pero expresivo, y a cada instante demostraba no haber cursado en academias militares ni civiles. Tenía empeño en despreciar las formas cultas, suponiendo condición frívola y adamada en todos los que no eran modelo de rudeza primitiva, y sí de carácter refractario a la selvática actividad de la guerra de montaña. Sus mismas virtudes y su benevolencia y generosidad, eran ásperas como plantas silvestres que contienen zumos salutíferos, pero cuyas hojas están llenas de pinchos.

Poseía en alto grado el genio de la pequeña guerra, y después de Mina, que fue el Napoleón de las guerrillas, no hubo otro en España ni tan activo ni de tanta suerte. Estaba formado su espíritu con uno de los más visibles caracteres del genio castizo español, que necesita de la perpetua lucha para apacentar su indomable y díscola inquietud, y ha de vivir disputando de palabra u obra para creer que vive. Al estallar la guerra, se había echado al campo con dos hombres, como D. Quijote con Sancho Panza, y empezando por detener correos, acabó por destruir ejércitos. Con arte no aprendido, supo y entendió desde el primer día la geografía y la estrategia, y hacía maravillas sin saber por qué. Su espíritu, como el de Bonaparte en esfera más alta, estaba por íntima organización instruido en la guerra y no necesitaba aprender nada. Organizaba, dirigía, ponía en marcha fuerzas diferentes en combinación, y ganaba batallas sin ley ninguna de guerra, mejor dicho, observaba todas las reglas sin saberlo, o de la práctica instintiva hacía derivar la regla.

Suele ser comparada la previsión de los grandes capitanes a la mirada del águila que, remontándose en pleno día a inmensa altura, ve mil accidentes escondidos a los vulgares ojos. La travesura (pues no es otra cosa que travesura) de los grandes guerrilleros, puede compararse al vigilante acecho nocturno de los pájaros de la última escala carnívora, los cuales, desde los tejados, desde las cuevas, desde los picachos, torreones, ruinas y bosques, atisban la víctima descuidada y tranquila para caer sobre ella.

En las guerrillas no hay verdaderas batallas; es decir, no hay ese duelo previsto y deliberado entre ejércitos que se buscan, se encuentran, eligen terreno y se baten. Las guerrillas son la sorpresa, y para que haya choque es preciso que una de las dos partes ignore la proximidad de la otra. La primera calidad del guerrillero, aun antes del valor, es la buena andadura, porque casi siempre se vence corriendo. Los guerrilleros no se retiran, huyen, y el huir no es vergonzoso en ellos. La base de su estrategia es el arte de reunirse y dispersarse. Se condensan para caer como la lluvia, y se desparraman para escapar a la persecución; de modo que los esfuerzos del ejército que se propone exterminarlos son inútiles, porque no se puede luchar con las nubes. Su principal arma no es el trabuco ni el fusil: es el terreno; sí, el terreno, porque según la facilidad y la ciencia prodigiosa con que los guerrilleros se mueven en él, parece que se modifica a cada paso prestándose a sus maniobras.

Figuraos que el suelo se arma para defenderse de la invasión; que los cerros, los arroyos, las peñas, los desfiladeros, las grutas son máquinas mortíferas que salen al encuentro de las tropas regladas, y suben, bajan, ruedan, caen, aplastan, separan y destrozan. Esas montañas que se dejaron allá y ahora aparecen aquí; estos barrancos que multiplican sus vueltas; esas cimas inaccesibles que despiden balas; esos mil riachuelos, cuya orilla derecha se ha dominado, y luego se tuerce presentando por la izquierda innumerable gente; esas alturas, en cuyo costado se destrozó a los guerrilleros, y que luego ofrecen otro costado donde los guerrilleros destrozan al ejército en marcha: eso, y nada más que eso, es la lucha de partidas; es decir, el país en armas, el territorio, la geografía misma batiéndose.

Tres tipos ofrece el caudillaje en España, que son: el guerrillero, el contrabandista, el ladrón de caminos. El aspecto es el mismo: solo el sentido moral los diferencia. Cualquiera de esos tipos puede ser uno de los otros dos sin que lo externo varíe, con tal que un grano de sentido moral (permítaseme la frase) caiga de más o de menos en la ampolleta de la conciencia. Las partidas que tan fácilmente se forman en España, pueden ser el sumo bien o mal execrable. ¿Debemos celebrar esta especial aptitud de los españoles para congregarse armados y oponer eficaz resistencia a los ejércitos regulares? ¿Los beneficios de un día son tales que puedan hacernos olvidar las calamidades de otro día? Esto no lo diré yo, y menos en este libro, donde me propongo enaltecer las hazañas de un guerrillero insigne que siempre se condujo movido por nobles impulsos, y fue desinteresado, generoso, y no tuvo parentela moral con facciosos, ni matuteros, ni rufianes, aunque sin quererlo y con fin muy laudable, cual era el limpiar a España de franceses, enseñó a aquellos el oficio.