Juan Martín el Empecinado

Part 4

Chapter 44,048 wordsPublic domain

Los españoles nacieron para descollar en varias y estimadísimas aptitudes, por lo cual tenemos tal número de santos, teólogos, poetas, políticos, pintores; pero con igual idoneidad sobresalen en los tres tipos que antes he indicado, y que a los ojos de muchos parece que son uno mismo, según las lamentables semejanzas que la Historia nos ofrece. Yo traigo a la memoria la lucha con los romanos y la de siete siglos con los moros, y me figuro qué buenos ratos pasarían unos y otros en esta tierra, hostigados constantemente por los Empecinados de antaño. Guerrillero fue Viriato, y guerrilleros los jefes de mesnada, los adelantados, los condes y señores de la Edad Media. Durante la monarquía absoluta, las guerras en país extraño llevaron a América, Italia, Flandes y Alemania a todos nuestros bravos. Pero cesaron aquellos gloriosos paseos por el mundo, y España volvió a España, donde se aburría, como el aventurero retirado antes de tiempo a la paz del fastidioso hogar, o como D. Quijote lleno de bizmas y parches en el lecho de su casa, y ante la tapiada puerta de su biblioteca sin libros.

Vino Napoleón y despertó todo el mundo. La frase castellana _echarse a la calle_, es admirable por su exactitud y expresión. España entera se echó a la calle, o al campo; su corazón guerrero latió con fuerza, y se ciñó laureles sin fin en la gloriosa frente; pero lo extraño es que Napoleón, aburrido al fin, se marchó con las manos en la cabeza, y los españoles, movidos de la pícara afición, continuaron haciendo de las suyas en diversas formas, y todavía no han vuelto a casa.

La guerra de la Independencia fue la gran academia del desorden. Nadie le quita su gloria, no, señor: es posible que sin los guerrilleros la dinastía intrusa se hubiera afianzado en España, por lo menos hasta la Restauración en Francia. A ellos se debe la permanencia nacional, el respeto que todavía infunde a los extraños el nombre de España, y esta seguridad vanagloriosa, pero justa, que durante medio siglo hemos tenido de que nadie se atreverá a meterse con nosotros. Pero la guerra de la Independencia, repito, fue la gran escuela del caudillaje, porque en ella se adiestraron hasta lo sumo los españoles en el arte para otros incomprensible de improvisar ejércitos y dominar por más o menos tiempo una comarca; cursaron la ciencia de la insurrección, y las maravillas de entonces las hemos llorado después con lágrimas de sangre. ¿Pero a qué tanta sensiblería, señores? Los guerrilleros constituyen nuestra esencia nacional. Ellos son nuestro cuerpo y nuestra alma; son el espíritu, el genio, la Historia de España; ellos son todo, grandeza y miseria, un conjunto informe de cualidades contrarias, la dignidad dispuesta al heroísmo, la crueldad inclinada al pillaje.

Al mismo tiempo que daban en tierra con el poder de Napoleón, nos dejaron esta lepra del caudillaje que nos devora todavía. ¿Pero estáis definitivamente juzgados ya, oh insignes salteadores de la guerra? ¿Se ha formado ya vuestra cuenta, oh Empecinado, Porlier, Durán, Amor, Mir, Francisquete, Merino, Tabuenca, Chaleco, Chambergo, Longa, Palarea, Lacy, Rovira, Albuín, Clarós, Saornil, Sánchez, Villacampa, Cuevillas, Aróstegui, Manso, el Fraile, el Abuelo?

No sé si he nombrado a todos los pequeños grandes hombres que entonces nos salvaron, y que en su breve paso por la Historia dejaron la semilla de los Misas, Trapense, Bessières, el Pastor, Merino, Ladrón, quienes a su vez criaron a sus pechos a los Rochapea, Cabrera, Gómez, Gorostidi, Echevarría, Eraso, Villarreal, padres de los Cucala, Ollo, Santés, Radica, Valdespina, Samaniego, Tristany, varones coetáneos que también engendrarán su pequeña prole para lo futuro.

VI

Perdóneseme la digresión, y a toda prisa vuelvo a mi asunto. No sé si por completo describí la persona de D. Juan Martín, a quien nombraban el Empecinado, por ser tal mote común a los hijos de Castrillo de Duero, lugar dotado de un arroyo de aguas negruzcas, que llamaban _pecina_. Si algo me queda por relatar, irá saliendo durante el curso de la historia que refiero; y como decía, señores, D. Juan Martín salió de su alojamiento a visitar los heridos, y al regresar, envionos a mi compañero y a mí orden de que nos presentásemos a él.

Después de tenernos en pie en su presencia un cuarto de hora sin dignarse mirarnos, fija su atención en los despachos que redactaba un escribiente, nos preguntó:

--A ver, señores oficiales, díganme con franqueza qué les gusta más: ¿servir en los ejércitos regulares o en las partidas?

--Mi general --le respondí--, nosotros servimos siempre con gusto allí donde tenemos jefes que nos den ejemplo de valor.

No nos contestó, y fijando los ojos en el oficio que torpemente escribía el otro a su lado, dijo con muy mal talante:

--Esos renglones están torcidos... ¡qué dirá el general cuando tal vea!... Pon muy claro y en letras gordas eso de _obedeciendo las órdenes de vuecencia..._ pues. Después de los latines... (porque estos principios son latines o boberías), pon: _participo a vuecencia y pongo en conocimiento de vuecencia_; pero son estos muchos _vuecencias_ juntos...

El Empecinado se rascaba la frente buscando inspiración.

--Bueno: ponlo de cualquier modo... Ahora sigue... _que hallándonos en Ateca el general Durán y yo_... Animal, Ateca se pone con H... eso es, que _hallándonos en Ateca risolvimos_... está muy bien... _risolvimos_ con dos erres grandes a la cabeza... así se entiende mejor... atacar a Calatayud... Calatayud también se pone con H... no, me equivoco. ¡Maldita gramática!

Luego, volviéndose a nosotros, nos dijo.

--Aguarden ustedes un tantico, que estoy dictando el parte de la gran acción que acabamos de ganar.

Emprendiéndola de nuevo con el escribiente, prosiguió así:

--¡Si tú supieras de letras la mitad que aquel bendito escribano de Barriopedro, que nos mataron el mes pasado! Estas letras gordas y claras con un rasguito al fin que dé vueltas, y los palos derechitos... Cuidado con los puntos sobre las íes... que no se te olviden... ponlos bien redondos... Sigamos. _Yo (coma) no llevaba conmigo (coma) más que la mitad (coma) de la gente (dos comas)._

--No son necesarias tantas comas --replicó con timidez el escribiente.

--La claridad es lo primero --dijo el héroe--, y no hay cosa que más me enfade que ver un escrito sin comas, donde uno no sabe cuándo ha de tomar resuello. Bien: puedes _comearlo_ como quieras... Adelante... _porque había dejado en tierra de Guadalajara la división de D. Antonio Sardina; pero Durán llevaba consigo toda su gente, y toda la de D. Antonio Tabuenca y D. Bartolomé Amor (punto, punto grande). Reuníamos entre todos 5.000 hombres..._ ¿Hombres con _h_? Me parece que se pone sin _h_... No estoy seguro. En el infierno debe estar el que inventó la _otografía_, que no sirve más sino para que los estudiantes y los gramáticos se rían de un general... Adelante: _Pues como iba diciendo a vuecencia_... no, no: quita el _como iba diciendo_... eso no es propio, y pon: _el 26 de septiembre entre dos luces, aparecimos Durán y yo sobre Calatayud y les sacudimos a los franceses tan fuerte paliza_...

--Eso de la paliza --dijo el escribiente mordiendo las barbas de la pluma-- no me parece tampoco muy propio.

--Hombre, tienes razón --repuso el Empecinado rascándose la sien y plegando los párpados--. Pero es lo cierto que no sabe uno cómo decir las cosas para que tengan brío... En los oficios se han de poner siempre palabritas almibaradas, tales como _embestir_, _atacar_, _derrotar_, y no se puede decir _les sacudimos el polvo_, ni _les espachurramos_, lo cual, al decirlo, parece que le llena a uno la boca y el corazón. Escribe lo que quieras... Bien: _les embestimos, desalojándoles de la altura que llaman los Castillos, y pescando algunos prisioneros_.

Entusiasmado por el recuerdo de su triunfo volviose a nosotros, y con semblante vanaglorioso nos dijo:

--Bien hecho estuvo aquello, señores. Si les hubiesen visto ustedes cómo corrían... Y eso que había mucha _diferiencia_ en las fuerzas. Ellos eran más... Pon eso también --añadió dirigiéndose al escribiente--, pon lo de la _diferiencia_... así, está bien. Ahora sigue: _La guarnición se encerró en el convento fortificado de la Merced, y los mandaba un tal musiú Muller... escribe con cuidado eso del musiú... se pone_ MOSIEURRE... muy bien... Ahora descansemos, y un cigarrito.

D. Juan Martín nos dio a cada uno de los presentes un cigarrillo de papel, y fumamos. Aunque habló por breve rato de asuntos ajenos a la acción de Calatayud, el general no podía apartar de su mente la comunicación que estaba redactando, y dijo a su amanuense:

--Vamos a ver. Adelante. _Pues como iba diciendo a vuecencia..._ no: eso no; ¡maldita costumbre! Pon: _Durán atacó el convento de la Merced, y como no tenía artillería abrió minas... en fin, para no cansar a vuecencia, Durán los amoló._

El escribiente, comiéndose otra vez las barbas de la pluma, miró al general con expresión dubitativa.

--Tienes razón --dijo el Empecinado--; pero si esta maldita lengua mía no sirve para nada... ¿Por qué no he de poder poner en un oficio _amolar_, _reventar_, _jeringar_, y otras voces que expresan la idea con fuerza?... Y no que ha de estar usted plegando la boca como un señoritico para decir _nuestra ala derecha hizo retroceder al enemigo_, y otras pamemas que están bien en labios de damiselas y abates verdes. Pon que Durán derrotó a los franceses y se zampó dentro del convento, y escribe el vocablo que quieras, porque una de dos: o dejamos las armas para aprender la gramática y las retóricas, o _hamos_ de escribir lo que sabemos. Adelante. Ahora letra muy clara y redondita, y bien comeado el párrafo. Oye bien. _Mientras Durán se cubría de gloria en la Merced_ (esto sí está bien parlado y no lo criticarán los bobos del ejército), _yo me fui con mi gente al puerto del Fresno, maliciándome_... no, _maliciándome_ no, _sospechando que el francés de Zaragoza vendría por allí con ojepto_ (muy clarito eso de _ojepto_, que es palabreja peliaguda) _de auxiliar al de Calatayud_... (auxiliar con X grande que se vea bien) _y en efecto, Ezcelentísimo señor, el 1.º de octubre apareció una columna francesa, a la cual escabeché_... No: ya se han reído mucho otra vez porque dije _escabechar_... ¡Como si hubiera en castellano alguna otra palabra para expresar lo que quiere decir esta!... _En fin, para no cansar a vuecencia, desbaratamos la columna, matándole mucha gente, y cogiendo muchos prisioneros, entre ellos el coronel Mosieurre_ (muy clarito eso) _Guillot_... Ahora se añadirá lo de Grajanejos, y que, conseguido nuestro fin, Durán se retiró por un lado y yo por otro, y me vine a la sierra, donde espero las órdenes de vuecencia. _Dios guarde a vuecencia_... Vamos, Recuenco, pronto, ponlo en limpio, lo firmaré y se llevará al momento... Letra clara y hermosa.

Concluyó al fin Recuenco, que así llamaban al escribiente, el oficio, que firmó D. Juan Martín con nombre y apellido, acompañados de una rúbrica harto adornada de rasgos, y luego se cerró con las obleas rojas para enviarle a su destino. Satisfecho el héroe de su obra, no se ocupó más del asunto, y departió un rato con nosotros, demostrándonos confianza suma.

--A esta fecha --nos dijo después que le contamos algo de los sucesos políticos de Cádiz-- ya debe estar hecha la Constitución. Veremos si hay alguien que ponga la mano en ella para quitarla. Yo, a ser la Regencia y las Cortes, les metería el resuello en el cuerpo a todos esos mandrias servilones... No sé para qué estamos aquí los hombres que sostenemos la guerra. Como defendemos a España, defenderemos mañana la Constitución. Dicen que será hasta allí... una ley liberal y española que meta en cintura a los que no la quieran... Pero todos la queremos. Está la gente entusiasmada con la Constitución... Hay que oírles... Y dicen que nuestro cautivo Monarca está contentísimo de que la hayamos hecho.

--Así debe de ser.

--Y díganme ustedes: ¿han oído ustedes hablar a D. Agustín Argüelles, a García Herreros y a Muñoz Torrero? Parece que no se muerden la lengua.

--Los tres son eminentes oradores.

--¡Buena gente tenemos en España! Cuando se acabe la guerra se formará un Gobierno regular con todos los hombres ilustres, y ya no tendremos más Godoyes. El pícaro Gobierno absoluto es la peor cosa del mundo.

--En esta guerra --dije-- han salido muchos hombres distinguidos, que después en la paz servirán al Estado de otro modo.

--Así será; pero no yo --afirmó con modestia--, pues cuando esto se acabe me meteré en Castrillo de Duero o en Fuentecén, y con un par de mulas... Después de la guerra, lo único que me gusta es la labranza. No pienso poner los pies en la Corte. Si algún día necesita el Rey de mí contra los serviles, allá voy. España, el Rey, la Constitución: ese es mi remoquete. Nada más. Yo no hago la guerra como otros, por ganar perifollos, grados ni riquezas. Han de saber ustedes que yo soy muy militar, y que desde muy niño supe manejar las armas. Mis padres no querían que fuese soldado; pero tal era mi afición, que a los diez y seis años me escapé de la casa paterna para alistarme en el ejército. Mi padre me libertó del servicio, y casi arrastrando llevome a Castrillo; pero cuando cerró el ojo volví a las andanas, y alistándome en el regimiento de caballería de España, estuve en la guerra del Rosellón. Concluida, volví a mi casa, y en Fuentecén me casé.

»Tranquilo vivía cultivando mis tierras, cuando se dijo que al Rey Fernando se lo llevaban a Francia. Yo quería echarme al campo, porque esta canalla francesa me cargaba, señores, y cuando la gente de aquí se entusiasmaba con Napoleón, yo decía: _Napoleón es un infame. Si entra Fernando en Francia, no sale hasta que le saquemos..._ No me quisieron creer... Vino mayo y al fin se descubrió el pastel. Yo no podía aguantar más, y me picó mostaza en la nariz. Llamé a Juan García y a Blas Peroles, y les dije: _¿Nos echamos o no nos echamos?_ Ellos me contestaron que ya tenían pensado salir a matar franceses; y en efecto, salimos. Éramos tres. Nos pusimos en el camino real a cuatro leguas de Aranda, en un punto que llaman Honrubia, y allí, a todo correo francés que pasaba, le arreglábamos la cuenta. Fue llegando gente y se formó una partidilla... La verdad es que no sé cómo se formó. La partida se hizo ejército y aquí estamos. Me han hecho brigadier. Yo no lo he pedido. Quieren que sea general... He servido a la patria con fe, y también con buen resultado, ¿no es verdad?

--La fama del Empecinado --respondió mi compañero-- llena toda la extensión de España.

--Me han dicho que la gente de Cádiz, los políticos y los periodistas se ríen de mí --dijo D. Juan Martín frunciendo el ceño-- porque una vez dije _la mapa_ en vez de _el mapa_. Los militares no estamos obligados a estar siempre con el libro en la mano, viendo cómo se dicen y cómo no se dicen las cosas. Yo sé mi obligación, que es perseguir a los franceses. Lo demás no me importa. Mi deseo es que se diga mañana: «El Empecinado cumplió con su deber.»

VII

Después recayó la conversación sobre la tropa que acaudillaba, y nos dijo:

--Muchas satisfacciones me causa la guerra, entre ellas la del buen resultado de mis operaciones; pero no es pequeño gusto esto del cariño que me tiene mi gente. Todos ellos, señores oficiales, se dejarían matar por mí. Verdad es que yo no les trato mal. Pero vamos al decir, que yo tengo a mis órdenes a los hombres más honrados del mundo. Ninguno de ellos es capaz de faltar ni tanto así.

Cuando esto dijo, sentimos a nuestra espalda un gruñido, un monosílabo dubitativo, una de esas exclamaciones inarticuladas, que no diciendo nada, lo expresan todo. Detrás de nosotros, tendido sobre un gran arcón de pino, estaba un hombre, a quien atribuimos la emisión de aquel gutural elocuente sonido. Levantándose pesadamente de su improvisado lecho, estiraba los brazos y piernas para desperezarse, cuando D. Juan Martín le dijo:

--¿Qué tiene usted que decir, Sr. D. Saturnino Albuín? ¿No cree usted, como yo, que la gente que está a nuestras órdenes es la mejor del mundo?

--Según y cómo --dijo Albuín, adelantándose con los ojos medio cerrados para resguardar de los rayos de luz sus pupilas, recién salidas de la obscuridad del sueño.

He aquí cómo era (si no me engañan los recuerdos que guarda en su archivo mi memoria) aquel célebre guerrillero de quien hasta los historiadores franceses hablan con gran encomio. D. Saturnino Albuín, llamado el Manco, había adquirido la mutilación que fue causa de tal nombre en una acción entablada en el Casar de Talamanca. Su mano derecha fue por mucho tiempo el terror de los franceses. Era un hombre de mediana edad, pequeño, moreno, vivo, ingenioso, ágil cual ninguno, sin aquel vigor pesado y muscular de D. Juan Martín; pero con una fuerza más estimable aún, elástica, flexible, tanto más imponente en los momentos supremos, cuanto menos se la veía en los ordinarios. Si el Empecinado era el hombre de bronce, a cuya pesadez abrumadora nada resistía, Albuín era el hombre de acero. Mataba doblándose. Su cuerpo enjuto parecía templado al fuego y al agua, y modelado después por el martillo. Yo le vi más tarde en varios encuentros, y su arrojo me llenó de asombro. Cuando se oían contar sus proezas, apenas se daba crédito a los narradores, y no es extraño que un general francés dijese de Albuín: _Si este hombre hubiera militado en las banderas de Napoleón, ya sería Mariscal de Francia_.

Vestía D. Saturnino traje de paisano con pretensiones de uniforme militar, y su chaquetón, donde lucían las charreteras y los mustios y mal cosidos bordados, estaba lleno de agujeros. Los codos del héroe, no inferior a Aquiles en el valor, se parecían a los de un escolar. En sus pantalones se veían los trazados y dibujos de la aguja remendona y zurcidora, y el correaje del trabuco que llevaba a la espalda y de las pistolas y sable pendientes del cinto, hacía poco honor a la administración de fornituras de aquel ejército. Todo esto probaba que las campañas de la partida no eran tan lucrativas como gloriosas.

--Según y cómo --repitió Albuín, poniendo su única mano sobre la mesa y atrayendo a sí la atención de los que estábamos presentes--. Eso de que todos sean gentes honradas no es verdad, Sr. D. Juan Martín. Los calumniadores, los chismosos que están siempre trayendo y llevando cuentos al general, ¿pueden ser gentes honradas?

--Amigo Albuín --contestó el Empecinado--, usted tiene tirria a dos o tres personas de este ejército, y por eso se le antojan los chismes y enredos.

--Sí, señor, chismes y enredos, y lo sostengo --afirmó D. Saturnino--, lo sostengo aquí y en todas partes. ¿Cómo se llama si no el venir aquí contándole a usted lo que yo dije y lo que me callé? Yo no digo nada más que la verdad, y no en secreto, sino públicamente, delante de Juan y de Pedro, de Fulanito y de Perencejo. Y esto que he dicho, ahora lo voy a repetir.

--Pues lo oiremos.

--Y no es más sino que digo y repito y sostengo --replicó Albuín con energía-- que aquí se está uno batiendo, se está uno matando, se está uno destrozando el alma y el cuerpo; pasan meses, pasan años, y con tanto trabajar no salimos nunca de la miseria. Señores que me oyen, digan si es justo que D. Saturnino Albuín no tenga otros calzones que estos guiñapos que lleva en las piernas.

Hubo un momento de silencio, durante el cual todos contemplamos la prenda indicada, que, en efecto, no era digna de figurar sobre el cuerpo de quien habría sido mariscal de Francia si hubiera servido a Napoleón.

--Sr. D. Saturnino --dijo gravemente Don Juan Martín--, después del valor, la primera virtud del soldado es la humildad. Nosotros no combatimos por dinero: combatimos por la patria. Me ha dicho usted que sus calzones están un si es no es destrozadillos. Tortas y pan pintado, amigo D. Saturnino. La guerra trae tales desgracias; el buen soldado no mira a su cuerpo, señores: el buen soldado no fija los ojos más que en el cielo y en el enemigo.

Y luego, desabotonándose el uniforme, añadió:

--Señores, si les ha llamado la atención que D. Saturnino lleve unos calzones rotos, miren hacia acá y verán que el Empecinado no tiene camisa.

Efectivamente, el uniforme abierto dejaba ver el velludo pecho del héroe.

--Y no me quejo, señores --prosiguió abotonándose--; no estoy siempre _glarimeando_ como el Sr. Albuín. De aquí en adelante voy a mandar venir de la Corte una docena de sastres para que vistan de seda y brocado a mi oficialidad.

--Sr. D. Juan Martín --dijo el Manco--, no venga echándosela de anacoreta. Usted no tiene camisa porque no quiere, porque es un desastrado y un facha. Señores, ¿les parece a ustedes propio de un general quitarse la camisa en medio del camino para dársela a un viejo pedigüeño que se quejaba de frío?... Basta de farsas. Ello es que nosotros luchamos, nosotros nos batimos, y para nosotros no hay pagas, para nosotros no hay recompensa, para nosotros no hay más que palos, fríos, calores, lluvias, fatiga, y por último una muerte gloriosa que para nada nos sirve, si es que no nos coge en pecado mortal, para acabar de divertirse uno en los infiernos.

--¿El Sr. Albuín quiere dinero? --dijo el general--. Pues bien sabe ya que no se lo puedo dar. Casi todo lo que se recauda se entrega a la Junta, y si esta no da pronto las pagas porque hay muchas cosas a que atender, ya las dará. En el ínterin nosotros nos cobramos en trigo, en cebada, en paja, en almortas, en bellota, en centeno y otras _comibles_ especies que vamos recogiendo por los pueblos.

--Y que yo le regalo al Sr. Juan Martín --replicó vivamente el Manco-- para que con tales especies mantenga a su mujer y a sus hijos, y se llene el buche a sí propio, y se vista y calce... Pero voy a lo principal... ¡Ah, señor general de mi alma! Nosotros somos unos bobos, porque mientras usted y yo estamos el uno sin calzones y el otro sin camisa, en la partida hay quien se ríe de vernos desnudos y sin un cuarto.

--No dudo que tengamos aquí algunas personas ricas, como por ejemplo...

--No es eso, no, Sr. Martín Díez --replicó el Manco--. Estos de que hablo aparentan ser más pobres que las ratas; son de los que todos los días nos piden un cigarro y dos cuartos para aguardiente; pero todo lo acaparan, embaulan lo que se recoge, de tal modo, que ni la junta ni cien juntas saben a dónde ha ido a parar. Y aguante usted esto, sí, señor; aguántelo usted... y déjese usted matar por la patria y por el Rey... En resumidas cuentas, se acabará la guerra, y los que lo han hecho todo quedaranse más pobres que antes, mientras que los uñilargos (aquí hizo el Manco con los dedos de su única mano un gesto muy expresivo) irán a Madrid a comerse en paz lo que han merodeado a nuestra costa. ¡Si somos unos héroes, Sr. D. Juan Martín; si la historia se va a ocupar de nosotros y a ponernos por las nubes!... pero comeremos pedazos de gloria y páginas de libro.

--Amigo Albuín --dijo el general--, tan acostumbrado estoy a su genio endemoniado, que no me coge de nuevo lo que me ha dicho, y le perdono sus bravatas. ¡El demonio es D. Saturnino! ¿Y quién al oírle diría que es el hombre mejor del mundo?... ¿Conque dinero?... ¿Para qué quieren las personas de bien el dinero? Aquí no hay gente viciosa. Los _empecinados_ no combaten sino por la gloria, por la libertad, por la independencia.

--Bueno es todo eso --repuso Albuín--; pero otros jefes de la partida, tales como Chaleco, Chambergo, Mir y el Médico, todos personas muy completas y honradas, sin dejar de poner a la patria sobre su cabeza, cuidan de asegurar el porvenir de sus familias, y hombre hay entre esos que ha hecho su capital en un quítame allá esas pajas.

--Conversación. Ni Chaleco ni Mir tienen sobre qué caerse muertos.

--No hablemos más --dijo D. Saturnino-- porque pierdo la paciencia. El general hará lo que guste; pero yo no sé hasta dónde podré resistir.