Part 2
--Que vengan los espías.
El jefe, con voz de trueno, gritó:
--¡Viriato, maldito Viriato!... ¿Dónde se ha metido ese condenado?
Sorprendiome el nombre de la persona llamada, que era el ayudante de D. Vicente Sardina.
El amo de la casa apareció riendo, y dijo a nuestro jefe:
--El Sr. Viriato está cortejando a las mozas del pueblo.
--Ya le ajustaré las cuentas a mi ayudante --dijo D. Vicente--, por no estar aquí cuando le llamo. Hágame usted el favor, tío Bartolomé, de llamar al Sr. Santurrias, que creo está en la caballeriza.
Apareció al poco rato, soñoliento y malhumorado, el famoso personaje a quien la historia conoce con el nombre de Santurrias, y al punto reconocí su abominable efigie. Era el mismísimo acólito de D. Celestino del Malvar; el mismo rostro que no indicaba ni juventud ni vejez; la misma boca, cuyo despliegue no puedo comparar sino a la abertura de una gorra de cuartel cuando no está en la cabeza; la misma doble fila de dientes; la misma expresión de desvergüenza y descaro.
--A ver, Sr. D. Gorito Santurrias, ¿qué tienes que decirme de tu espionaje? ¿Qué lugares has recorrido y qué has visto?
--Mi general --dijo Santurrias respetuosamente--, anteayer, al filo de mediodía, entré en Robledarcas pidiendo limosna. Llevaba la pierna pintada al modo de llaga y un niño de pechos en brazos. El niño era el que recogimos en Honrubia cuando los franceses pegaron fuego al lugar matando a todos sus habitantes.
--Bien: ¿y dónde viste al enemigo?
--El chiquillo lloraba, y yo lloraba también, pidiendo limosna a los franceses, que venían de Atienza.
--¿Venían de Atienza?
--Sí, señor.
Trijueque hacía gestos afirmativos y de aprobación, sin quitar los ojos del sacristán, mendigo y guerrillero.
--Venían con mal modo --continuó este--, y me parece que rabiaban de hambre. Un oficial me dio un pedazo de pan... Yo pedía para el pobrecito niño de pecho, que dije era mi nieto; pasó el general con algunos húsares, y al fin, un sargento que me miró mucho como queriendo conocerme... Mi general, para no cansar, ello es que me dieron 20 palos y me amenazaron con fusilarme... ¡Qué palos! Las llagas fingidas se trocaron por mi desgracia en verdaderas, y ahora estaban descansando mis lomos en la cuadra.
--Vamos a lo principal: ¿qué dirección tomaron los franceses?
--No tenía yo ganas de quedarme en su compañía después de las misas, quiero decir, de los palos, y cogiendo al chiquillo, me vine por la vuelta de Jadraque buscando a mi gente... Allí me junté con la señá Damiana Fernández, la cual me dijo que los franceses habían ido a Cogolludo.
--Que venga la señá Damiana Fernández --dijo el jefe--. ¿En dónde está?
--¿Dónde ha de estar? --replicó Santurrias--. Con el señó Cid Campeador. Ambos son uña y carne, y van montados siempre en un mismo caballo.
--Que la traigan --gritó el general--. ¿Pero dónde demonios está mi ayudante? ¡Viriato, Viriatillo de todos los demonios!
No tardó en aparecer la señá Damiana, que era una mujer joven, delgada y de buena estatura; algo varonil, de color malo, ojos muy negros, y un conjunto de facciones, si no hermoso, regularmente simpático y agradable. Vestía de la cintura arriba arreos militares, llevando pistolas y mochilas, y en la cabeza un morrioncete ladeado, cuyas carrilleras de cobre sucio se juntaban en el pico de la barba con no poco donaire. El resto de su persona lo cubría a lo mujeril, y una halda negra, sobre refajo amarillo, apenas dejaba ver las botas de cuero crudo, con espuela tan solo en la izquierda.
--¿Qué quiere saber mi general? --preguntó con marcial despejo.
--¿Estás segura de que los franceses entraron en Cogolludo?
--Mi general, yo fui a Montañón a llevar a mi madre los tres duros y medio que me dieron en Tor del Rábano. Dejé este vestido en Villanueva de Argecilla, y poniéndome el de labranza, cogí a mis dos hermanitos, los monté en la burra y... ¡arre! a Miralrío... de Miralrío, ¡arre! a Carrascosa... de Carrascosa, ¡arre! a Montañón... Mi madre se había muerto. Di los tres duros y medio a mi abuela y estuve llorando dos horas... Después, al volver para unirme a la gente, pasé muy cerca de Fuencemillán, y vi a los franceses dentro de Cogolludo, que está a un cuarto de hora de andadura... ¡arre! apreté a correr... ¡arre! volví a Carrascosa, y llegué por la mañana a Villanueva, donde dejando los chicos, la burra y el miedo, y poniéndome el uniforme, me junté a la partida.
--Está bien, señora Damiana --dijo el general--. Retírese usted, y si por casualidad encuentra al tuno de mi ayudante, puede darle dos sopapos y mandármelo acá.
--Está jugando al naipe con el señó don Pelayo --contestó la guerrillera.
Por tercera vez habíamos oído designar con nombres de antiguos héroes españoles a individuos de la partida, y cada vez sentíamos mi compañero y yo más vivos deseos de conocer al señó Viriato, al señó Cid Campeador, y al señó don Pelayo.
--¡Jugando al naipe! --exclamó Sardina--. Han de llevar el maldito vicio a todas partes... En resumen, querido mosén Antón: sabemos con certeza (porque esta gente dice la verdad) que los franceses han entrado en Cogolludo. ¿En qué podemos fundarnos para creer que pasen el Henares y se refugien en Brihuega? Deben de estar cansados. Por aquí no encontrarán que comer, y lo más natural es que pasen a tierra de Madrid por El Casar de Talamanca.
--Los franceses pasarán el Henares --dijo mosén Antón, llevando el dedo índice a la frente con tanta fuerza como si la quisiera agujerear.
--Usted lo adivina, sin duda.
--Sí... lo adivino, lo preveo... no sé en qué me fundo... --replicó el cura con cierta expresión de hombre iluminado--; lo tengo aquí entre ceja y ceja... Sr. D. Vicente: ¿me he equivocado alguna vez? Cuando he dicho: «Están en tal parte», ¿hemos dejado de encontrarles?... Sepa usted que los franceses van aprendiendo de nosotros esta difícil guerra de partidas. Tantas veces les hemos sorprendido, que también ellos discurren el modo de sorprendernos...
--Lo sé, lo sé.
--Pues bien... Los franceses saben que andamos por aquí, Sr. D. Vicente; los franceses que escaparon de Guijosa el martes, cuando sorprendimos el destacamento, debieron decir a Gui que nos habíamos corrido por los cerros de Algora... Gui se está _empecinando_... Gui quiere ser guerrillero... Gui quiere sorprendernos, y si descansamos, si nos dormimos, Gui nos sorprenderá... Usted dice que el francés va hacia Madrid en busca de descanso y raciones, y yo digo que viene hacia acá en busca de gloria y de costillas que quebrantar... No me pregunte usted en qué me fundo. El mismo mosén Antón que está hablando no lo sabe... pero mosén Antón no se equivoca nunca; mosén Antón adivina; mosén Antón tiene un diablillo que viene a decirle al oído dónde están los franceses.
Oyendo esto D. Vicente Sardina, que conocía la singular previsión estratégica de su jefe de Estado Mayor general, sacudió de súbito la pereza, y dando una fuerte palmada y levantándose, dijo:
--¡Voto al demonio, que tiene razón el curita!... Eso mismo debí pensar yo... pero no lo pensé... Es que soy un bruto, y luego el maldito sueño...
--¡En marcha! --gritó mosén Antón, no con palabras, sino con aullidos; no con entusiasmo, sino con una exaltación salvaje.
--¡En marcha! --repitió el jefe.
--¡En marcha! --gritamos mi compañero y yo, sintiendo que nos identificábamos poco a poco con el silvestre militarismo de aquella gente.
La partida, a la cual desde aquella noche pertenecíamos los de tropa, se puso en movimiento. Apagose el fuego de los hogares; sacudieron el sueño los que se entregaban a él dulcemente; desluciéronse las honestas intimidades y las tertulias que en distintas casas se habían formado entre soldados y vecinos de ambos sexos; cada cual recogió lo que pudo de condumio sólido o líquido, y unos a caballo y otros a pie salieron del pueblo. Aquel ejército marchaba en desorden. Mosén Antón y D. Vicente Sardina, que iban a la cabeza, detuviéronse en el camino junto a las últimas casas del pueblo, y entonces el primero dirigió la vista a los cuatro puntos del horizonte; recapacitó un buen espacio de tiempo, llevándose el dedo índice a la frente, y después volvió a dirigir el rostro a distintas partes del obscuro paisaje, no como quien mira, sino como quien olfatea.
III
El jefe le miraba con asombro, no exento de malicia, como diciendo:
--¿Por dónde nos querrá llevar este condenado?
--Hay que pensar qué dirección tomaremos, Sr. Sardina --dijo el jefe de Estado Mayor y de la caballería--. Las veredas son nuestra ciencia militar.
--Creo que no hay lugar a duda --replicó Sardina--. El sendero de Yela está diciéndonos: «Corred por aquí.»
--No hemos de ir por ahí, sino por aquí --dijo Trijueque imperiosamente, señalando un cerro bastante elevado que a nuestra derecha teníamos--. Por aquí, por aquí.
--Hombre de Dios... ¿pero vamos a conquistar el cielo? --exclamó con displicencia Sardina--. ¿A dónde demonio vamos en esta dirección?
--Por aquí --repitió el cura señalando a la tropa el cerro--. Yo sé lo que me digo.
--¿En qué se funda usted para creer...?
--Me fundo en lo que me fundo --replicó con impaciencia el atroz cura guerrillero--. Y no hay más que hablar. Cuando yo lo mando, sabido tengo por qué. Y a prisita, a prisita, muchachos... hacer poco ruido.
Empezamos a echarnos a pecho la cuestecilla, que era más que regular para los que marchábamos a pie. En los primeros momentos de la marcha satisfice mi curiosidad de conocer a los misteriosos personajes, a quienes oí nombrar por los apodos, pues apodos eran, de Viriato, Cid Campeador y D. Pelayo, porque los tres iban junto a mí, y al punto me brindaron, lo mismo que a mi compañero, con su franca amistad. No eran barbudos personajes de teatro, ni fantasmas de héroes históricos evocados por la noche y la poesía, sino tres estudiantillos de Alcalá, que desde el comienzo de la guerra se habían afiliado en la partida. Conservaban el traje clerical de las aulas, con el sombrerete tripico, amén de la faja de cuero para el pedreñal y un sable corvo ganado entre los despojos de cualquier acción desfavorable a los franceses. Eran muy jóvenes, y uno de ellos casi tierno niño; los tres alegres, animosos, entusiasmados con aquella vida que para gente de otra casta será penosa, pero que para españoles ha sido, es y será siempre placentera.
--Yo, señor oficial --me dijo el que llamaban Viriato--. estudiaba en la Complutense cuando declaramos la guerra a Napoleón. Soy hijo de unos labradores del Campillo de las Ranas, y vivía en Alcalá, unos días de limosna, otros de la sopa boba, y otros de lo que mis compañeros me quisieran dar... En los veranos era el primer corredor de tuna que se ha conocido desde que el gran Cisneros fundó la Universidad... De este modo, y aunque no lo parezca, adelantaba mucho en mis estudios, siendo _nemine discrepante_ en Humanidades e _Instituta_; pero llegó la guerra, y al oír yo el _quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum_; al oír tal ruido de trompetas, tal redoble de tambores, tal relinchar de guerreros caballos, me sentí inflamado en bélico ardor. Cuando apareció la primera partida, creí volverme loco de entusiasmo; púseme yo mismo el nombre de Viriato, en memoria del más grande y el más célebre guerrillero que hemos tenido, y soldado me soy. Esta es la mejor vida del mundo. Tengo el grado de alférez, y como esto dure pienso no parar hasta brigadier, renunciando para siempre a los pícaros estudios, que no traen más que trabajo en la juventud y hambre en la vejez.
--Brava gente es esta --exclamé--. Pensar que con semejantes hombres nos han de quitar a nuestro Rey Fernando, es majadería.
--No satisfecho aún --continuó Viriato-- con el nombre que me puse (el mío verdadero es Aniceto Tortuera), expedí carta de heroísmo a estos venerables amigos míos, y a ese más pequeño, que apenas levanta cuatro tercias del suelo, por ser más bravo que un toro le puse Cid Campeador. Ahí donde usted le ve tan callado y modesto, hijo es del señor Marqués de Aleas, uno de los señores más ricos de esta tierra; mas con tener tanta hacienda, prefiere el niño esta áspera vida a los regalos de su casa, y no se aparta de mí, su amigo y paje en Alcalá. Bien hizo el señor Marqués en encomendarlo a mi cuidado y dirección durante la paz, porque pienso devolvérsele en disposición de conquistar a Valencia, como el otro Cid.
--Mi señor padre --dijo el Cid Campeador con voz y gestos infantiles-- me ha llamado varias veces, enviándome veinte propios para que me lleven a casa; pero ya le he dicho que estoy aquí defendiendo a la patria, y que en diez años no me hablen de casas, ni de mamás, ni de golosinas... A fe que es triste cosa dejar esto, cuando uno va para alférez, y cuando el mejor día le pueden caer del cielo las insignias de coronel. Militar quiero ser toda la vida, que no estudiante, ni legista, ni físico, ni retórico ni matemático.
--De todo ha de haber en el mundo --dijo enfáticamente Viriato--; y si no, ahí está mi amigo el príncipe de sangre goda D. Pelayo, que es legista de la partida. Púsele el nombre de Pelayo por lo venerable y augusto de su persona. ¡Vean ustedes qué majestad en sus movimientos, qué mirar regio!
Le miramos, y, en efecto, su fisonomía era la del pillete más redomado y pulido que han dado de sí claustros universitarios, porterías de convento, mesones y posadas de estudiantes _more tunesca_.
--Es hijo de uno de los bedeles de la Universidad --añadió Viriato--, y en fuerza de tratar con estudiantes, sabe más leyes que Gregorio Sala, que el gran Madera y el célebre Montalvo reunidos. Buscaba posada a los estudiantes nuevos; acompañaba en sus diversiones a los antiguos, y compraba libros viejos para cambiarlos por sotanas y zapatos. Es grande amigo nuestro, y cuando llegamos a un lugar donde parece que no hay nada, él siempre encuentra algo. Señores oficiales, ustedes tendrán muchísimos buenos amigos en la partida, la cual con todos sus trabajos y fatigas vale más, mucho más que las siete famosas de D. Alfonso el Sabio, por lo cual nosotros resolvimos trocar las siete por una sola.
Seguimos departiendo alegremente, y cuando atravesábamos un áspero monte sentí dentro de las mismas filas, no un estruendo de combate, no un grito de guerra, no un redoble de tambor ni son bélico de cornetas, sino unos lastimeros lamentos de criatura de pecho, que con toda la fuerza de sus débiles pulmoncitos pedía lo que no suelen dar los ejércitos, sino las amas de cría. Tan inusitados chillidos, que yo no había oído en ninguna de mis campañas, despertó de tal modo mi curiosidad, que pregunté el motivo de llevar en la partida tan extraño apéndice.
No tardé en divisar al Sr. Santurrias, que llevando en brazos una criatura como de dos años, mal agasajada en un medio refajo amarillo, procuraba, condolido de su incapacidad para desempeñar las funciones maternas, acallarla con exhortaciones, promesas y silogismos que habrían convencido a un doctor de la Iglesia, mas no a un infeliz huérfano hambriento.
--Este muchacho --me dijo Viriato-- lo encontramos en un caserío donde entramos una mañana hace dos meses. Los franceses, después de quemar el lugar, habían matado allí mucha gente: solo quedó vivo ese caballero que da tales berridos. El Sr. Santurrias le cogió, y le lleva en brazos cuando va al espionaje, fingiéndose mendigo. Nosotros le damos sopas de leche y migas de pan; pero él no quiere sino teta y más teta, porque a pesar de tener dos años no le habían despechado todavía. Cuando llegamos a un pueblo donde hay alguna mujer criando, se da buenos hartazgos, y así va viviendo el infeliz. Pasamos el rato con sus monadas y gracias infantiles, y procuramos despecharle, no sin trabajo ni malos ratos. Será un buen soldado, ¿qué digo, buen soldado? será general; sí, señores, general. Le llamamos el _Empecinadillo_.
--Pero condenado, tragón --decía Santurrias al pobrecito personaje que llevaba en brazos--, ¿no estuviste dos horas en Val de Rebollo, chupando de la señá Gumersinda?... Pues si ella decía que le sacabas los tuétanos... Callas, o te estrello.
--Deme acá, deme acá ese Heliogábalo, señor Santurrias --dijo Viriato alargando los brazos para recoger la carga--. Ven acá, tragaldabas: no hay teta... Comerá usted rancho, si lo hay, y beberá un cuartillo de vino... Un general pidiendo teta... Calla hombre, no toques diana que nos vuelves sordos... Arro, roooo... Ahora llegaremos a un pueblo; sorprenderemos a los franceses, matando unos cuantos, y por fuerza habrá allí otra señora Gumersinda que te dé una mamada... Vamos... es preciso ir dejando esas mañas... Los hombres no maman... Es preciso comer. ¿Para qué quieres esos dentazos?
Después Viriato, arrullando al niño en sus brazos, le adormeció con cantares de cuna; y el guerrillero de dos años, metiéndose ambos puños en la boca para acallar su violento apetito, se durmió. La señá Damiana Fernández vino a pedirnos municiones.
--Señá Damiana --le dijo Viriato--, cargue usted este mostrenco, que antes debe ir en sus brazos que en los míos.
--Una doncella no carga chiquillos --repuso con desdén la guerrillera--; que si entro con él en un pueblo, si a mano viene creerá la gente que es mío. Hay que guardar la honra, Sr. Viriato.
--¿Qué honra? ¡Ay, honradillo está el tiempo! Mal cosida has dejado la sotana del Cid Campeador. Damiana, por Dios, carga un rato este becerro.
--Cuando los eche al mundo los cargaré... Cartuchos, señores; un cartucho por amor de Dios.
--¿El Cid no te los da, pimpolla? Pícaro Cid Campeador... si le cojo...
Estas conversaciones y otras igualmente festivas siguieron adelante; pero no pude gozar de ellas, porque me adelanté llamado por mosén Antón. El cura iba caballero en un gran jamelgo, que parecía, por su gran alzada, hecho de encargo, para que sobre la muchedumbre ecuestre y pedestre se destacase de un modo imponente la tosca y tremebunda estampa del jefe de Estado Mayor. Caballo y jinete se asemejaban en lo deforme y anguloso, y ambos parece que se identificaban el uno con el otro, formando una especie de monstruo apocalíptico. Los brazos larguísimos y negros de mosén Antón dictando órdenes desde la altura de sus hombros; las piernas, ciñendo la estropeada silla, que echaba fuera el relleno por informes agujeros; la sotana partida en dos luengos faldones que agitaba el viento, y que en la penumbra de la noche parecían otros dos brazos u otras dos piernas, añadidas a las extremidades reales del caballero; el escueto cuello del corcel, ribeteado por desiguales crines, que le daban el aspecto de una sierra; su cabeza negra y descomunal, que, moviéndose a compás de las patas, parecía un martillo hiriendo en visible yunque; el son metálico de las herraduras medio caídas, que iban chasqueando como piezas próximas a desprenderse, todo esto, que no se parecía a cosa ninguna vista por mí, se ha quedado hasta hoy fijamente grabado en mi memoria.
IV
--A estos barbilindos que ha traído usted --me dijo mosén Antón, mirando hacia abajo como quien está en lo alto de una torre--, ¿se les puede confiar una comisión delicada?
--Sí, mi Coronel --respondí--. Ya saben lo que se hacen.
--Una comisión delicada --repitió--: por ejemplo, tapar la salida de un pueblo, poniéndose como muralla de carne desde una casa a otra.
--Haremos todo lo que se nos mande, pues para eso hemos venido.
Mientras esto hablábamos miré al jefe de la partida, el cual, con las manos cruzadas sobre la barriga, aflojadas las riendas del caballo y dejándole marchar pausadamente, se había sumergido en beatífico sueño. Despierto, vigilante, inquieto como un sabueso que adivina la presa, mosén Antón escudriñaba con sus ojos de buitre el estrecho horizonte del valle por donde caminábamos y las cercanas colinas.
Habíamos comenzado a descender, y a nuestra izquierda el cielo empezaba a teñirse de rosa y oro pálido, anunciando el cercano día. Las crestas de los cerros irregulares, cuyas siluetas semejaban, cuál un perro dormido, cuál un pellejo de vino, principiaban a aclararse, dejando ver desparramados caseríos, manchas de carrascales, olmedas y grupos de colmenas.
--Quiero saber otra cosa --me dijo mosén Antón inclinándose de nuevo sobre mí, como un picacho próximo a desprenderse--. En caso de entrar en combate las tropas regulares que manda usted y su amigo, ¿deben batirse por separado o mezcladas con mi gente?
--Creo que de una manera u otra lo harán bien. Mezclándolas se evitan las envidias y la rivalidad, que siempre existe entre la tropa de ejército y la voluntaria.
La cara de mosén Antón se contrajo de un modo especial, indicando disgusto.
--Ya, ya comprendo lo que mi coronel desea --dije con viveza, y era verdad que lo comprendía--. Lo que mi coronel quiere es precisamente que exista esa rivalidad y emulación. Ahora caigo en que lo mejor es hacerles pelear por separado para que unos se estimulen con el ejemplo de los otros, si hay diferencia en el modo de combatir.
--Muy bien, señor oficial --repuso con satisfacción--. Veo que usted tiene todo el saber militar en la punta de la uña.
Llegamos a lo hondo de un estrecho barranco, y la partida hizo alto. Mosén Antón dispuso que se guardase el mayor silencio, y D. Vicente Sardina despertó exclamando:
--¿Qué hay? ¿Hemos dado con los franceses? ¡A ellos!... ¡Que se escapan!... ¡Viva Fernando VII, muera Napoleón!
--Despabílese usted, hombre --dijo entre veras y burlas el cura--. Aquí no se ven franceses más que en sueños.
--¿Acaso yo dormía...?
--No, velaba.
--Eso es un insulto, mosén Antón... ¡Sostener que el jefe de la partida dormía, cuando!... Si se me cerraron los ojos fue porque estaba recapacitando sobre la bobería y descuido de esos tontos de franceses que se dejan sorprender...
--Silencio --dijo el jefe de Estado Mayor bajándose del caballo--, voy a hacer un reconocimiento.
--Sí --indicó con burlona malignidad Sardina--. Puede que detrás de aquella peña esté el general Gui con 20.000 hombres... Pero si no me engaño, tras aquel muro arruinado se ve el sombrerito de Napoleón. Gran presa hemos hecho... Lo menos caen hoy en nuestras manos 50.000 gabachones.
--Descabece usted otro sueño --dijo Trijueque.
--¿Pero dónde estamos? Por fuerza este endiablado cura nos ha traído a Madrid. ¿Apostamos a que quiere sorprender al Rey José en su misma corte y cogerle prisionero? ¿Aquel mojón no es la puerta de Atocha?... ¡Pero quia! Si es una colmena... Querido mosén, hablemos ahora con franqueza: ¿no hubiera sido más cuerdo quedarnos sosegadamente en aquel cómodo lugar de Val de Rebollo? A esta hora ni a usted ni a mí nos hubiera faltado un buen tazón de chocolate.
Mosén Antón no contestaba a las burlas de su jefe, y haciéndonos señas de que le siguiéramos, a mí, al Sr. Viriato y a otro guerrillero llamado Narices, hombre pequeño, flaco y resbaladizo como una culebra, llevonos por una vereda adelante y por entre espesos carrascales, cuyas ramas apartábamos a un lado y a otro para poder pasar.
--No hacer ruido --nos decía a cada momento--. Si el enemigo está donde sospecho, tendrá por aquí sus escuchas.
Mosén Antón apartaba, tronchándolas, ramas corpulentas que impedían el paso. El jabalí perseguido no se abre camino en la trocha con mejor arte. A ratos se agachaba, atendiendo con viva ansiedad; pintábase en su rostro, tan feo como expresivo, una dolorosa duda; volvía a emprender el paso; por último, llegamos a lo más alto del cerro y a un punto desde donde se veía otra hondonada como aquella en que acababa de hacer alto la partida. En la meseta donde nos hallábamos, el monte tenía una extensa calva, no reapareciendo la vegetación sino en lo más bajo del declive.
Mosén Antón se echó de barriga en el suelo. Parecía una inmensa cigarra negra en el momento en que, contrayendo las angulosas zancas y plegando las alas, se dispone a dar el salto. Nos colocamos a su lado en análoga posición, y entonces nos habló así:
--¿Ven ustedes abajo el pueblo?
En efecto: bajo nosotros se veían los tejados rojos de algunas casas apiñadas.