Chapter 6
La lancha de José había sido la única arrastrada por el agua, lo cual llamó un poco la atención, porque las amarras de tierra no estaban rotas, sino que habían marchado enteras con el barco; esto no era fácil de explicar, suponiendo, como es lógico, que estuviesen anudadas. Cuando en la baja mar sacó José del agua el ancla de cuatro lengüetas que usan las lanchas, fue grande su sorpresa al ver que el cable no estaba roto por la fuerza de un tirón, sino por medio de cuchillo o navaja. En vano trató de explicarse de un modo natural aquel extraordinario fenómeno; todo el trabajo de su cerebro era inútil ante la realidad que tenía delante. Al fin, y bien a su pesar,[63.3] brotó en su alma la sospecha de que allí había andado una mano alevosa.[63.4] Pero esto le causaba aún mayor sorpresa. ¿De quién podía ser aquella mano? Solamente de un enemigo, y él no tenía ninguno; en el pueblo no había, a su entender,[63.5] persona capaz de tal villanía. Y para no calumniar mentalmente a nadie, obrando con su acostumbrada lealtad, determinó no pensar más en ello, ni dar noticia del terrible descubrimiento. Guardolo, pues, en el fondo de su espíritu, haciendo lo posible[64.1] por olvidarlo enteramente. La pérdida de la lancha no abatió su ánimo, ni mucho menos;[64.2] pero las consecuencias que consigo trajo le llenaron de amargura.
La señá Isabel mostró tomar parte muy principal[64.3] en su pesadumbre; se deshizo en quejas y lamentos; rompió en apóstrofes violentísimos contra los vizcaínos. En todas sus palabras dejaba, sin embargo, traslucir que consideraba muy grave el contratiempo.
--¿No es una vergüenza que esos zánganos forasteros sean los causantes de la ruina de los vecinos de Rodillero?...
Y dirigiéndose a José:
--No te apures, querido, no te apures por quedar arruinado... No te faltará Dios, como no te ha faltado hasta ahora... Trabaja con fe, que mientras uno es joven, siempre hay esperanza de mejorar de fortuna.
Estas palabras de consuelo, dejaban profundamente desconsolado a nuestro marinero, pues le advertían bien claramente de que no había que hablar de matrimonio por entonces. Y, en efecto, dejó correr los días sin soltar[64.4] palabra alguna referente a él, ni delante de la maestra ni a solas con su novia. Pero la tristeza que se reflejaba en el rostro, acusaba perfectamente el pesar que embargaba su alma: hacía esfuerzos por aparecer sereno y risueño en la tienda del maestro, y procuraba intervenir alegremente en la conversación; mas a lo mejor[64.5] quedaba serio sin poderlo remediar, y se pasaba la mano por la frente con abatimiento. Algo semejante le acontecía a Elisa: también comprendía que era inútil hablar de boda a su madre, y trataba de ocultar su desazón sin conseguirlo. En las breves conversaciones que con José tenía, ni uno ni otro osaban decirse nada de aquel asunto; pero en lo inseguro de la voz, en las tristes y largas miradas que se dirigían y en el ligero temblar de sus manos al despedirse, manifestaban sin necesidad de explicarse más claramente que la misma idea los hacía a ambos desgraciados. Lo peor de todo era que no podían calcular ya cuándo se calmarían sus afanes, pues pensar en que José ahorrase de nuevo para comprar otra lancha, valía tanto como[65.1] dilatar su unión algunos años.
Mientras los amantes padecían de esta suerte, comenzó a correr por el pueblo, sin saber quién la soltara, la especie[65.2] de que la pérdida de la lancha no había sido fortuita, sino intencional. La circunstancia de haber marchado enteras las amarras se prestaba mucho a este supuesto; además, se había sabido también que el cable del ancla no estaba roto, sino cortado. Teresa fue una de las primeras en tener noticia de ello; y con la peculiar lucidez de la mujer y de los temperamentos fogosos, puso en seguida el dedo en la llaga:[65.3]
--¡Aquí anduvo la mano de la maestra!
En vano las comadres le insinuaban la idea de que José tenía en el lugar envidiosos de su fortuna: no quiso oírlas.
--A mi hijo nadie le quiere mal; aunque haya alguno que le envidie, no es capaz de hacerle daño.
Y de esto no había quien la moviera. Irritósele la bilis[65.4] pensando en su enemiga, hasta un punto que causaba miedo: aquellos días primeros apenas osaba nadie dirigirla la palabra; se puso flaca y amarilla; pasaba el tiempo gruñendo por casa como una fiera hambrienta.
Por fin una vez se plantó delante de José con los brazos en jarra,[66.1] y le dijo:
--¿Cuánto vamos a apostar a que cojo a la madre de tu novia por el pescuezo y se lo retuerzo?
José quedó aterrado.
--¿Por qué, madre?--preguntó con voz temblorosa.
--Porque sí; porque se me antoja... ¿Qué tienes que decir a esto?--repuso ella clavándole una mirada altiva.
El marinero bajó la cabeza sin contestar; conociendo bien a su madre, esperó a que se desahogara.
Viendo que él no replicaba, Teresa prosiguió, pasando de súbito de su aparente calma a una furiosa exaltación:
--Sí; un día la cojo por los pocos pelos que le quedan y la arrastro hasta la ribera... ¡A esa bribona!... ¡A esa puerca!... ¡A esa sin vergüenza!...
Y siguió recorriendo fogosamente todo el catálogo de los dicterios. José permaneció mudo mientras duró la granizada; cuando se fue calmando, tornó a preguntar:
--¿Por qué, madre?
--¿Por qué? ¿Por qué? Porque ella ha sido, ¡esa infame! quien te hizo perder la lancha...
--¿Y cómo sabe V. eso?--preguntó el pescador con calma.
Teresa no lo sabía, ni mucho menos; pero la ira la hizo mantener en aquel momento que sí, que lo sabía a ciencia cierta, y no teniendo datos ni razones que exponer en apoyo de su afirmación, las suplía con gritos, con insultos y amenazas.
José trató de disuadirla con empeño, representándola el grave pecado que era achacar a cualquiera persona una maldad semejante sin estar bien seguro de ello; pero la viuda no quiso escucharle; siguió cada vez con mayor cólera profiriendo amenazas. Entonces el marinero, atribulado, pensando en que si su madre llegaba a hacer lo que decía sus relaciones con Elisa quedaban rotas[67.1] para siempre, exclamó con angustia:
--¡Madre, por Dios le pido que no me pierda!
Fue tan dolorido el acento con que estas palabras se pronunciaron, que tocó el corazón de Teresa, el cual no era perverso sino cuando la ira le cegaba. Quedó un momento suspensa; murmuró aún algunas frases duras; finalmente se dejó ablandar, y prometió estarse quieta. Mas a los tres o cuatro días, en un arranque de mal humor, rompió otra vez en amenazas contra su enemiga. Con esto José andaba triste y sobresaltado, esperando que la hora menos pensada se armase un escándalo que diera al traste con sus vacilantes relaciones.[67.2]
Teresa no sosegaba tampoco, queriendo a toda costa convertir en certidumbre la sospecha que la roía el corazón. Corría por las casas del pueblo interrogando a sus amigas, indagando con más destreza y habilidad que un experimentado agente de policía. Al cabo pudo averiguar que, días antes del suceso, la señá Isabel había tenido larga plática con Rufo el tonto a la orilla del mar. Este dato bañó de luz el tenebroso asunto; ya no había duda: la maestra era la inteligencia y Rufo el brazo que había cometido el delito. Entonces Teresa, para obtener la prueba de ello, se valió de un medio tan apropiado a su genio como oportuno en aquella sazón. Buscó inmediatamente a Rufo; hallolo en la ribera rodeado de unos cuantos marineros que se solazaban zumbándole, y dirigiéndose a él de improviso, lanzando rayos de cólera por los ojos, le dijo:
--¿Conque has sido tú, gran pícaro, el que soltó los cabos de la lancha de mi hijo, para que se perdiese? ¡Ahora mismo vas a morir a mis manos!
El tonto, sorprendido de este modo, cayó en el lazo; dio algunos pasos atrás, empalideció horriblemente, y plegando las manos comenzó a decir lleno de miedo:
--¡Peldóneme,[68.1] señá Telesa!... ¡Peldóneme, señá Telesa!...
Entonces ella se vendió a su vez; en lugar de seguir en aquel tono irritado y amenazador, dejó que apareciese en su rostro una sonrisa de triunfo.
--¡Hola! ¿Conque has sido tú de veras?... Pero de ti no ha salido esa picardía... eres demasiado tonto... Alguien te ha inducido a ello... ¿Te lo ha aconsejado la maestra, verdad?
El tonto, repuesto ya del susto y advertido por aquella sonrisa, tuvo la suficiente malicia[68.2] para no comprometer a la madre de su ídolo.
--No señola; no señola; fui yo sólo...
Teresa trató con empeño de arrancarle el secreto; pero fue en vano. Rufo se mantuvo firme; los marineros, cansados de aquella brega, dijeron a una voz:
--Vamos, déjele ya, señá Teresa; no sacará nada en limpio.[68.3]
La viuda persuadida, hasta la evidencia[68.4] de que la autora de su infortunio era la señá Isabel, y rabiosa y enfurecida por no habérselo podido sacar del cuerpo al idiota,[69.1] corrió derechamente a casa de aquélla.
Estaba a la puerta de la tienda cosiendo. Teresa la vio de lejos y gritó con acento jocoso:
--Hola, señá maestra, ¿está V. cosiendo? Allá voy[69.2] a ayudarla a V. un poquito.
No sabemos lo que la señá Isabel encontraría en aquella voz de extraordinario, ni lo que vería[69.3] en los ojos de la viuda al levantar la cabeza; lo cierto es que se alzó súbitamente de la silla, se retiró con ella y atrancó la puerta, todo con tal presteza, que por mucho que Teresa corrió, ya no pudo alcanzarla. Al verse defraudada, empujó con rabia la puerta gritando:
--¿Te escondes, bribona? ¿te escondes?...
Pero al instante apareció en la ventana la señá Isabel diciendo con afectado sosiego:
--No me escondo, no; aquí me tienes.
--Baje V. un momento, señora--replicó Teresa, disfrazando con una sonrisa el tono amenazador que usaba.
--¿Para qué me quieres abajo? ¿Para verte mejor esa cara de zorra vieja que te ha quedado?[69.4]
Este feroz insulto fue dicho con voz tranquila, casi amistosa. Teresa se irguió bravamente sintiendo el acicate,[69.5] y alzando los puños a la ventana, gritó:
--¡Para arrancarte esa lengua de víbora y echársela a los perros, malvada!
Algunos curiosos rodeaban ya a la viuda; otros se asomaban a las ventanas de las casas vecinas esperando con visible satisfacción el espectáculo traji-cómico que se iniciaba. En Rodillero las pendencias entre mujeres son frecuentísimas: es lógico, dado el genio vivo y exaltado de la mayoría de ellas: la mala educación, la ausencia de urbanidad propias de la plebe, no sólo hace que menudeen, sino que les da siempre un aspecto grosero y repugnante: además, en Rodillero, el asunto de las riñas tiene algo de tradicional y privativo; desde muy antiguo gozan fama en Asturias las disputas de las mujeres de este pueblo, y se sabe que no las hay más desvergonzadas y temibles cuando se desbocan. Así que, acostumbradas desde niñas a presenciarlas y a tomar parte muy a menudo, casi todas conocen bastante bien el arte de reñir y algunas llegan a ser consumadas maestras. Este mérito no queda oculto; se dice, por ejemplo: «Fulana riñe bien; Zutana se acalora demasiado pronto; Mengana da muchos gritos y no dice nada,» lo mismo que en Madrid se comentan y aquilatan las dotes de los oradores importantes. Había no hace mucho tiempo en Rodillero una persona que eclipsaba a todas las reñidoras del lugar y las derrotaba siempre que entraba en liza con ellas: era un hombre, aunque por sus gustos e inclinaciones tenía mucho de mujer; se llamaba, o se llama, Pedro Regalado, pero nadie le conoce allí por otro nombre que por el de _el marica de D. Cándido_.[70.1] Teresa, aunque había reñido innumerables veces, no había llegado a adquirir, debido a su natural impetuoso, el grado de perfección que la retórica de las comadres exigía; aquel velar las injurias[70.2] para herir al adversario sin descubrirse;[70.3] aquel subir y bajar la voz con oportunidad, aquel manotear persuasivo, aquel sonreír irónico, aquel alejarse con majestad y venir de improviso con un nuevo insulto en la boca. La señá Isabel, por su posición un tanto[71.1] más alta, descendía pocas veces a la palestra de la calle, pero era comúnmente temida a causa de su astucia y malevolencia.
--A los perros hace tiempo que estás echada tú, pobrecilla--dijo contestando sin inmutarse a la terrible amenaza de Teresa.
--¡Eso quisieras tú; echarme a los perros! Para empezar me quieres echar a pedir limosna, quitándome el pan.
--¿Qué te he quitado yo?
--La lancha nueva de mi hijo, ¡infame!
--¿Que me he comido yo la lancha de tu hijo? ¡No creía tener tan buenas tragaderas![71.2]
Los curiosos rieron. Teresa, encendida de furor, gritó:
--Ríete, pícara, ríete, que ya sabe todo el pueblo que has sido tú la que indujo al tonto del sacristán a cortar los cables de la lancha.
La maestra empalideció y quedó un instante suspensa; pero repuesta en seguida, dijo:
--Lo que sabe todo el pueblo es que hace tiempo que debieras estar encerrada, por loca.
--Encerrada, pronto lo serás tú en la cárcel. ¡Te he de llevar a la cárcel, o poco he de poder!
--Calla, tonta, calla--dijo la maestra, dejando aparecer en su boca una sonrisa,--¿no ves que se están riendo de ti?
--¡A la cárcel! ¡a la cárcel!--repitió la viuda con energía, y volviéndose a los circunstantes, preguntó enfáticamente:--¿Habéis visto nunca mujer más perversa?... La madre murió de un golpe que le dio esta bribona con una sartén, bien lo sabéis... Echó de casa a su hermano y le obligó a sentar plaza[72.1]... A su marido, que era un buen hombre, le dejó morir como a un perro, sin médico y sin medicinas, por no gastarse los cuartos... que tampoco eran suyos; y si no mata a éste que ahora tiene, consiste en que es un calzonazos que no la estorba para nada...
En este momento, D. Claudio, que estaba detrás de su mujer sin atreverse a intervenir en la contienda, sacó su faz deprimida y más fea aún por la indignación que reflejaba, diciendo:
--¡Cállese V., deslenguada; váyase V. de aquí o doy parte[72.2] en seguida al señor alcalde!
Pero la maestra, que refrenaba con grandísimo trabajo la ira, halló medio de darla algún respiro sin comprometerse, y extendiendo el brazo, le pegó un soberbio mojicón de mano vuelta[72.3] en el rostro. El pobre pedagogo, al verse maltratado tan inopinadamente, sólo tuvo ánimo para exclamar, llevándose las manos a la parte dolorida:
--¡Mujer! tú, ¿por qué me castigas?
Teresa estaba tan embebida en la enumeración de las maldades de su enemiga, que no advirtió aquel chistoso incidente y siguió diciendo a la muchedumbre que la rodeaba:
--Ahora roba el dinero de su hija, lo que el difunto tenía de sus padres, y no la deja casarse por no soltar la tajada[72.4]... ¡Antes dejará los dientes en ella!...
La señá Isabel lanzó una carcajada estridente.
--¡Vamos, ya pareció aquello![72.5] ¿Estás ofendida porque no quiero que mi hija se case con el tuyo, verdad? ¿Quisieras echar las uñas a[72.6] mi dinero y divertirte con él, verdad? Lámete, pobrecilla, lámete, que tienes el hocico untado.[73.1]
La viuda se puso encarnada como una brasa.
--Ni mi hijo ni yo necesitamos de tu dinero. Lo que queremos es que no nos robes. ¡Ladrona! ¡ladrona!... ¡ladrona!... ¡ladrona!
El furor de que estaba poseída le hizo repetir innumerables veces esta injuria, exponiéndose a ser procesada; en cambio la maestra procuraba insultarla a mansalva.[73.2]
--¿Qué he de robarte yo, pobretona? Lo que tenías, ya no se acuerda nadie de cuándo te lo han robado...
--¡Ladrona! ¡ladrona! ¡ladrona!--gritaba la viuda, a quien ahogaba el coraje.
--Calla, tonta, calla--decía la señá Isabel sin caérsele la sonrisa de los labios.[73.3]--Vamos, por lo visto,[73.4] tú quieres que te llame _aquello_[73.5]...
--¡Has de parar en la horca, bribona!
--No te empeñes en que te llame _aquello_, porque no quiero.--Y volviéndose a los circunstantes, exclamaba con zumba:
--¡Será terca esta mujer,[73.6] que se empeña en que le llame _aquello!_... ¡Y yo, no quiero!... ¡Y yo, no quiero!...
Al decir estas palabras abría los brazos con una resolución tan graciosa, que excitaba la risa de los presentes. El furor de Teresa había llegado al punto máximo; las injurias que salían de su boca eran cada vez más groseras y terribles.
Por grande que sea nuestro amor a la verdad, y vivo el deseo de representar fielmente una escena tan señalada, el respeto que debemos a nuestros lectores nos obliga a hacer alto.[74.1] Su imaginación podrá suplir fácilmente lo que resta. La reyerta prosiguió encendida largo rato y en la misma disposición; esto es, la señá Isabel esgrimiendo[74.2] la burla y el sarcasmo, Teresa arrojándose a todos los denuestos imaginables; la acción acompañaba a la violencia de sus palabras; iba y venía con portentosa celeridad; daba vueltas en redondo como una peonza; sacudía los brazos en todas direcciones; desgarraba el pañuelo de la garganta que le sofocaba; todo su cuerpo se estremecía cual si estuviese sometido a una corriente magnética. Más de cien veces se alejó de aquel sitio, y otras tantas volvió para arrojar con voz enronquecida un nuevo insulto a la faz de su enemiga. Por último, rendida a tanto esfuerzo y casi perdida la voz, se alejó definitivamente. Los curiosos la perdieron de vista entre las revueltas de la calle. La señá Isabel, victoriosa, le gritó aún desde la ventana:
--¡Anda, anda; vete a casa y toma tila y azahar; no sea cosa que te dé la perlesía, y revientes![74.3]
Teresa padecía, en efecto, del corazón, y solía resentirse cuando experimentaba algún disgusto. En cuanto llegó a casa cayó en un accidente tan grave, que fue necesario llamar apresuradamente al cirujano del lugar.
VIII
Cuando a la tarde llegó José de la mar y se enteró de lo acaecido, experimentó el más fiero dolor de su vida. No pudo medirlo bien, sin embargo, hasta que su madre salió del accidente; los cuidados que exigía y la zozobra que inspiraba le hacían olvidar en cierto modo su propia desdicha. Mas al ponerse buena a los dos o tres días, sintió tan viva y tan cruel la herida de su alma, que estuvo a punto de adolecer. No salió de sus labios, a pesar de esto, una palabra de recriminación; enterró su dolor en el fondo del pecho y siguió ejecutando la tarea cotidiana con el mismo sosiego aparente. Pero al llegar de la mar por las tardes, en vez de ir a la tienda de la maestra o de pasar un rato en la taberna con sus amigos como antes, se metía en casa, así que despachaba los negocios del pescado, y no volvía a salir hasta el siguiente día a la hora de embarcarse.
Esta resignación mortificaba aún más a Teresa que una reyerta cada hora: andaba inquieta y avergonzada: su corazón de madre padecía al ver el dolor mudo y grave de su hijo: aunque no se hubiese apagado ni mucho menos en su alma la hoguera de la cólera, y desease frenéticamente tomar venganza acabada de la señá Isabel, empezaba a sentir algo parecido al remordimiento. Pero no fue parte esto a impedir que demandase judicialmente[75.1] al sacristán reclamándole los daños causados por su hijo Rufo, el cual por su inocencia no era responsable ante la ley. Y como el hecho estaba bien probado, el juez de Sarrió condenó al cabo al sacristán a encerrar en casa al tonto y a resarcir el valor de la lancha a José. Lo primero fue ejecutado al punto; mas a lo segundo no era fácil darle cumplido efecto, porque el sacristán vivía de los escasos emolumentos que el cura le pagaba, y no se le conocían más bienes de fortuna:[75.2] cuando el escribano fue a embargarle la hacienda viose necesitado a tomar los muebles, los enseres de cocina y las ropas de cama, todo lo cual, viejo y estropeado, produjo poquísimo dinero. Mas la sacristana debía de estimarlo como si fuese de oro y marfil, a juzgar por el llanto y los suspiros que le costó desprenderse de ello. Tenía esta mujer opinión de bruja en el pueblo; las madres la miraban con terror y ponían gran cuidado en que no besara a sus pequeños; los hombres la consultaban algunas veces cuando hacían un viaje largo para saber su resultado. Ella, en vez de trabajar por deshacer esta opinión, la fomentaba con su conducta, a semejanza de lo que en otro tiempo hacían algunas desdichadas que la Inquisición mandaba a la hoguera: la vanidad femenina puede llegar a tales extravíos. Decía la buenaventura por medio de las cartas o las rayas de la mano; sacaba el maleficio al que no podía usar del matrimonio;[76.1] propinaba untos y polvos para ser querido de la persona deseada, y se daba aire de suficiencia y aparato de misterio que excitaba grandemente la fantasía de los pobres pescadores.
Al ver que le arrebataban de casa sus muebles, prorrumpió en maldiciones tan espantosas contra Teresa y su hijo, que consiguió horrorizar a los curiosos, que como sucede siempre en tales casos, habían seguido al escribano y al alguacil.
--¡Permita Dios que esa bribona pida limosna por las calles y la ahorquen después por ladrona! ¡Permita Dios que se le haga veneno lo que coma! ¡Permita Dios que su hijo vaya un día a la mar y no vuelva!
Mientras los ministros de la justicia desempeñaron su tarea, no cesó de invocar al cielo y al infierno contra sus enemigos. Los vecinos que se hallaban presentes marcharon aterrados.
--Por todo lo que tiene D. Anacleto--decía un marinero viejo a los que iban con él--no quisiera estar ahora en el pellejo de José el de la viuda.[77.1] Hay que temer las maldiciones de esa mujer.
--No será tanto[77.2]--repuso otro más joven y más despreocupado.
--Te digo que sí: tú eres mozo y no puedes acordarte, pero aquí están Casimiro y Juan, que bien saben lo que a mí me ha pasado con ella hace ya algunos años... Iba yo una tarde a la ribera para salir a la merluza, cuando me llamó para pedirme que llevase conmigo a su Rufo y le hiciese rapaz de la lancha. Yo me negué a ello, claro está, porque ese bobo nunca ha servido para nada. Se puso entonces como una perra rabiosa contra mí, y me llenó de insultos y maldiciones. Yo sin hacer caso seguí mi camino y entré a bordo: llegamos a la playa de la merluza a eso de las nueve[77.3] y tuvimos los aparejos echados hasta el amanecer. ¿Querrás creer que no aferré más de tres merluzas? Las demás lanchas vinieron con cada ochenta, ciento y hasta la hubo de ciento treinta.[77.4] Al día siguiente me sucedió poco más o menos lo mismo, y al otro igual,[77.5] y al otro igual... En fin, muchacho, que no tuve más remedio que ir a su casa y pedirle por Dios que me levantase la maldición...
Los marineros viejos apoyaron lo que su compañero afirmaba. Cuando los demás vecinos tuvieron noticia de las tremendas maldiciones proferidas por la mujer del sacristán, también compadecieron sinceramente a José. La misma Teresa, al saberlo, se sintió atemorizada, por más que la soberbia le hiciese ocultar el miedo.
A la hora de comer, la señá Isabel, que lo había aprendido en la calle, se lo notició a su hija con extremado deleite.
--¿No sabes una cosa,[78.1] Elisa?
--¿Qué?
--Que hoy fueron a embargar los muebles a Eugenia la sacristana por lo que hizo su hijo Rufo con la lancha de José... ¡Pero anda, que no les arriendo la ganancia[78.2] ni a éste ni a su madre!... Las maldiciones que aquella mujer les echó no son para dichas[78.3]... Creo que daban miedo.[78.4]
Elisa, cuya alma impresionable y supersticiosa conocía bien la maestra, se puso pálida.
--¡Fueron espantosas, según cuentan!--prosiguió la vieja relamiéndose interiormente.[78.5]--Que había de verles pidiendo limosna por las calles... que ojalá José necesitase robar para comer y le viese después colgado de una horca, o que saliese un día a la mar y no volviese...
Las manos de Elisa temblaban al llevar la cuchara a la boca, mientras su madre, con refinada crueldad, repetía una por una las atrocidades que por la mañana había proferido la sacristana. Al fin, algunas lágrimas salieron rodando de sus ojos hermosos. La maestra, al verlas, se indignó terriblemente.
--¿Por qué lloras, mentecata? ¿Habrá en el mundo muchacha más bobalicona?... ¡Aguarda un poco, que yo te daré motivo para llorar!
Y levantándose de la silla, la aplicó un par de soberbias bofetadas, que enrojecieron las mejillas de la cándida doncella.