José

Chapter 7

Chapter 74,155 wordsPublic domain

Mientras tales sucesos acaecían, estaba feneciendo en Rodillero la costera del bonito; por mejor decir, había terminado enteramente. Corrían los postreros días de Octubre; el tiempo estaba sereno; la mar se rizaba levemente en toda su extensión al paso de las brisas frías del otoño; el cielo, a la caída de la tarde, se presentaba diáfano y pálido; algunas nubes de color violeta permanecían suspendidas en el horizonte; los cabos de la costa parecían más cercanos por la pureza del ambiente; cuando las ráfagas de la brisa eran más vivas corrían por la superficie del mar fuertes temblores de frío, cual si al monstruo se le pusiese carne de gallina.[79.1]

Había llegado la época propicia para la pesca de la sardina, más descansada y de menos peligro que la del bonito. Desgraciadamente, aquel año se presentó muy poca en la costa, las lanchas salían por mañana y tarde y regresaban la mayor parte de los días sin traer sobre los paneles el valor de la raba[79.2] que habían echado al agua como cebo. ¡Qué distinto aquel año del anterior, en que se pescaba en una hora lo bastante para tornarse a casa satisfechos; en que las gaviotas se cernían en bandadas sobre las barcas para recoger las migajas del botín; en que los muchachos, encaramados sobre las peñas, veían brillar de lejos la sardina en el fondo de las lanchas como montones enormes de lingotes de plata! Y no habiendo sardina, tampoco tenían cebo para salir al congrio y la merluza, ni pescar cerca de la costa la robaliza, el sollo, el salmonete y otros peces exquisitos. El hambre iba, pues, a presentarse muy pronto en Rodillero, porque los pescadores viven ordinariamente para el día, sin acordarse del siguiente. Algunos de ellos, no obstante, se defendían de la miseria persistiendo en salir al bonito, puesto que[80.1] éste andaba escaso también, y se corría ya, por lo avanzado de la estación, grave riesgo en pescarlo: la mar, en esta época, se alborota presto; el viento, a veces, también cae[80.2] de un modo repentino, y las lanchas necesitan alejarse mucho para hallar aquel pescado. José era uno de estos marineros temerarios; pero vencido al fin de las amonestaciones de los viejos y de su propia experiencia, que también se lo mandaba, determinó de suspender las salidas al bonito y dedicarse a la sardina, aunque con poquísimas esperanzas de obtener buen resultado.

Antes de emprender esta pesca se fue una mañana por tierra a Sarrió con el objeto de comprar raba. Había amanecido un día sereno: el mar presentaba un color lechoso: el sol se mantuvo largo rato envuelto en una leve gasa blanca; los cabos en vapor trasparente y azulado. Sobre la llanura del mar, el cielo aparecía estriado de nubes matizadas de violeta y rosa. A las diez de la mañana el sol rompió su envoltura,[80.3] disipáronse las nubes, y comenzó a ventar fresco del N. E. A la una de la tarde la brisa se fue calmando, y aparecieron por la parte de tierra algunas nubecillas blancas como copos de lana: se indicó el contraste:[80.4] a la media hora ya se había declarado. El viento del Oeste consiguió la victoria sobre su enemigo, y comenzó a soplar reciamente, pero sin inspirar cuidado. Sin embargo, su fuerza fue aumentando poco a poco, de suerte que a las tres soplaba ya huracanado. Los marineros que estaban en el pueblo habían acudido todos a la ribera. A partir de esta hora,[81.1] fue aumentando por momentos la fuerza del vendaval. Comenzó a sentirse en el pueblo la agitación del miedo: un rumor sordo y confuso producido por las idas y venidas de la gente, por las preguntas que los vecinos se dirigían unos a otros. Las mujeres dejaban las ocupaciones de la casa y salían a las puertas y a las ventanas, y se miraban asustadas, y se interrogaban con los ojos y con la lengua.

--¿Han llegado las lanchas?

--¿Están las lanchas fuera?

Y unas después de otras, las que tenían a los suyos en el mar, enderezaron sus pasos hacia la ribera, formando grupos y comunicándose sus temores. Mas antes de que pudiesen llegar allá, el viento se desató violento e iracundo, como pocas veces se había visto: en pocos minutos se convirtió en un terrible y pavoroso huracán: al cruzar por el estrecho barranco de Rodillero, con ruido infernal, batió furiosamente las puertas de las casas, arrebató algunas redes que se hallaban tendidas en las ventanas, y arrojó remolinos de inmundicia a los ojos de los vecinos. Las mujeres, embargadas por el miedo, suspendieron toda conversación y corrieron desaladas[81.2] a la playa: los demás habitantes, hombres, mujeres y niños, que no tenían ningún pariente en la mar, dejaron también sus casas, y las siguieron; por la calle no se oía más que este grito: «¡Las lanchas! ¡las lanchas!»

Al desembocar aquella muchedumbre en la ribera, el mar ofrecía un espectáculo hermoso, más que imponente. Los vientos repentinos no traen consigo gran revolución en las aguas por el momento, sino una marejada viva y superficial. Así que la vasta llanura sólo estaba fuertemente fruncida; brillaban en toda su extensión infinitos puntos blancos, surgiendo y desapareciendo alternativamente a modo de mágico chisporroteo. Pero los centenares de ojos clavados en el horizonte con ansiedad, no vieron señal ninguna de barco. Entonces una voz gritó:--«¡A San Esteban!... ¡a San Esteban!»--Todos dejaron la ribera para subir a aquel monte, que señoreaba una extensión inmensa de agua. La mayoría se fue a buscar corriendo el camino que por detrás del pueblo conducía a él; mas los niños y las pobres mujeres que tenían a sus esposos y hermanos en la mar, se pusieron a escalarlo a pico; la impaciencia, el terror, el ansia, les daba fuerza para trepar por las rocas puntiagudas y la maleza.

Cuando llegaron a la cima y tendieron la vista por la gran planicie del océano, vieron en los confines del horizonte tres o cuatro puntos blancos; eran las lanchas. Después fueron apareciendo sucesivamente otros varios, mostrándose unos y otros cada vez con más precisión.

--Vienen todas en vuelta de[82.1] tierra, con el borriquete de proa[82.2] solamente--dijo uno de los marineros que acababan de llegar.

--En vuelta de tierra, sí; pero a buscar pronto el abrigo de la costa: tienen la proa puesta a Peñascosa--repuso otro.

El grupo de los espectadores colocado en la cima del monte, se fue engrosando rápidamente con los que llegaban a toda prisa. El viento hacía tremolar vivamente los pañuelos de las mujeres, y obligaba a los hombres que gastaban sombrero a tenerlo sujeto con la mano. Reinaba silencio ansioso en aquel puñado de seres humanos: el huracán zumbaba con fuerza en los oídos, hasta aturdirlos y ensordecerlos: todos los ojos estaban clavados en aquellos puntitos blancos que parecían inmóviles allá en el horizonte. De vez en cuando, los marineros se comunicaban rápidamente alguna observación.

--La salsa[83.1] les debe de incomodar.

--Phs[83.2]... eso importa poco: por ahora, la mar no les hace mayor daño. Si consiguen abrigarse, no hay cuidado.

--Necesitan orzar mucho.

--Claro; todo lo que dé el viento...; y aun así, no sé si podrán meterse detrás del cabo.

Las lanchas, al fin, se fueron ocultando una en pos de otra donde el marinero decía.

El grupo respiró. Sin embargo, aquel consuelo se fue trocando poco a poco en angustia a medida que el tiempo avanzaba y los barcos no parecían sobre la punta de tierra más próxima a Rodillero, denominada el Cuerno.

Trascurrió media hora; el grupo de los vecinos tenía los ojos fijos en este cabo con expresión de anhelo: el viento seguía cada vez más soberbio y embravecido.

--Mucho tardan--dijo un marinero al oído de otro.

--Se habrán metido quizá en la concha[83.3] de Peñascosa--contestó éste.

--O vendrán ciñendo la tierra sin soltarla.

Tenía razón el primero. Después de aguardar largo rato, apareció por el Cuerno una lancha con el borriquete solamente y a medio izar.[83.4]

--¡Es la de Nicolás de la Tejera![84.1]--dijeron a un tiempo varias voces.

--¡Alabado sea Dios!--¡Bendita sea la Virgen Santísima!--¡El Santo Cristo hermoso los ha salvado!--dijeron casi a un tiempo las esposas y las madres de los que la tripulaban.

Y bajaron corriendo a la ribera para esperarlos.

Al poco rato, apareció otra.

--¡Es la de Manuel de Dorotea!--exclamaron en seguida en el grupo.

Se escucharon las mismas bendiciones y gritos de alegría, y otro golpe de mujeres y niños se destacó corriendo a la playa.

Luego vino otra, y luego otra, y así sucesivamente fueron apareciendo unas tras otras las lanchas. El grupo del monte de San Esteban iba mermando poco a poco a medida que las barcas entraban en la ensenada de Rodillero. Pronto quedó reducido a un puñado de personas. Faltaba una sola lancha. En la ribera, se sabía ya que aquella lancha no había de llegar, porque había zozobrado; pero nadie osaba subir a San Esteban a noticiarlo. Las pobres mujeres que allí estaban, esperaban con sus pequeñuelos de la mano, silenciosas, inmóviles, presintiendo su desgracia, y haciendo esfuerzos por alejar del pensamiento la terrible idea.

El sol se ocultaba ya entre rojizos resplandores: el viento aún persistía en soplar furiosamente: las aguas del océano dejaban de fruncirse y comenzaban a hincharse con soberbia. Las esposas y madres seguían con los ojos clavados en el mar esperando siempre ver aparecer los suyos: nadie se decía una palabra ni de temor ni de consuelo; mas, sin advertirlo ellas mismas, algunas lágrimas saltaban a los ojos: el viento las secaba prontamente.

Mientras esto acaecía en Rodillero, José caminaba apresuradamente la vuelta de él por la carretera de Sarrió. Como marino experimentado, comprendió a las primeras señales de contraste que iba a caer un viento peligroso. Al observar la violencia inusitada de las ráfagas, se dijo, lleno de tristeza:--«Es imposible que hoy no suceda una desgracia en Rodillero.»--Y apretó cuanto pudo el paso. De vez en cuando se detenía algunos instantes para subir a alguna eminencia del camino y escrutar atentamente los horizontes de la mar en busca de las lanchas. Cuando el huracán llegó a su mayor poder, no le fue dado resistir la impaciencia: dejó el barril de raba, que había comprado, en manos de otro caminante que halló por casualidad, y se dio a correr como un gamo hasta perder el aliento.

Cuando alcanzó las primeras casas del pueblo, era ya muy cerca del oscurecer. Un grupo de chicos estaba jugando a los bolos en las afueras: al pasar por delante, uno de ellos le dijo:

--José; la lancha de Tomás se perdió.

El marinero detuvo el paso, y preguntó visiblemente conmovido:

--¿Dónde iba mi cuñado Nicasio?

El muchacho bajó la cabeza sin contestar, asustado ya y arrepentido de habérselo dicho.

José se puso terriblemente pálido, quitose la boina y comenzó a mesarse los cabellos, dejando escapar palabras de dolor y gemidos. Sigiuó caminando hacia el pueblo, y entró en él escoltado por el grupo de chicos y por otros muchos que se les fueron agregando.--«Ahí va José; ahí va José de la viuda:»--se decían los vecinos acercándose a las puertas y ventanas para verle pasar descolorido y con la boina en la mano. Al cruzar por delante de una taberna, salieron de ella tres o cuatro voces llamándole; y otros tantos marineros acudieron a detenerle, y le hicieron entrar: Bernardo era uno de ellos; otro el Corsario.

--Acaban de decirme que se perdió la lancha de Tomás... ¿No se salvó ninguno?--preguntó temblándole la voz, al poner el pie en la taberna.

Ninguno de los marineros esparcidos por ella, le contestó. Después de algunos instantes de silencio, uno le dijo:

--Vamos, José; toma un vaso de vino, y serénate: todos estamos sujetos a lo mismo.

José se dejó caer sentado sobre el banco próximo al mostrador, y metió la cabeza entre las manos sin hacer caso del vaso que su compañero le puso delante. Al cabo de un rato, sin embargo, alargó la mano para cogerlo y bebió todo el vino con avidez.

--¡Qué se va a hacer! ¡Vaya todo por Dios![86.1]--dijo al colocarlo otra vez sobre el mostrador: y limpiándose con la boina algunas lágrimas que le rodaban por el rostro, preguntó ya con voz entera:

--¿Y cómo fue eso?

--Pues nada, muchacho, se fueron a pique porque quisieron--le contestó uno.--Cuando veníamos todos con el borriquete medio relingado y con muchísimo ojo,[86.2] y que no nos llegaba la camisa al cuerpo,[86.3] vemos que Tomás iza el trinquete en el palo del medio... Me parece que no había acabado de relingar cuando ¡zas! dio vuelta[86.4] la lancha...

--¿No quedó flotando alguno?--preguntó Bernardo.

--Sí; vimos tres o cuatro.

--¿Y por qué no los recogisteis?

--Porque pasábamos muy lejos de ellos... Detrás de nosotros y bien a barlovento venía Joaquín de la Mota... Pensábamos que él los recogería.

--¡Pensabais! ¡pensabais!--exclamó Bernardo indignado.--¡Lo que yo pienso es que debierais ir entre guardias civiles a la cárcel así que saltasteis en la ribera!

--¿Por qué, morral,[87.1] por qué?--preguntó el otro lleno de ira.--¿Qué íbamos a hacer nosotros, pasando más de un tiro de carabina lejos de ellos? ¿Querías que por salvarlos a ellos nos ahogáramos todos?

--¡Ahogaros! ¡ahogaros!... ¡La lástima fue esa![87.2]... ¿Y por qué no arriasteis de plan[87.3] la vela y no os acercasteis bogando?

--¡Cállate, burro, cállate! ¿Crees tú que estaba la mar para que hiciéramos dulces con ella?[87.4]

--La mar estaba bella... un poco de salsa y nada más.

--¿Qué sabes tú lo que pasaba en la mar si estabas en tierra rascándote la barriga?[87.5]

--La mar estaba bella, te digo... Y además, en último resultado, ¿por qué no disteis fondo[87.6] y no aguardasteis a que ellos se fueran acercando a vosotros?

Mientras Bernardo y el otro marinero disputaban, José permanecía silencioso, teniendo la cabeza entre las manos en actitud de profundo abatimiento. Pensaba que su hermana quedaba con seis niños, el mayor de once años, sin más amparo que la capa del cielo: y por más que sus hermanas jamás habían sido buenas para él y le habían ocasionado muchos pesares, todavía les dedicaba en su corazón un cariño inmenso. La tabernera, gorda y linfática, le miraba con lástima y hacía esfuerzos por consolarle, presentándole de vez en cuando el vaso lleno de vino: él alargaba el brazo distraídamente para cogerlo y lo bebía hasta el tope,[88.1] sin darse cuenta cabal de lo que hacía.

Cuando más encendida estaba la disputa entre Bernardo y su compañero, he aquí que se oyen fuertes gritos en la calle, y casi en el mismo instante entra en la taberna con violencia la hermana de nuestro marinero, la que acababa de quedar viuda, suelto el cabello, el rostro demudado y rodeada de sus hijos. Se abalanza a José y se arroja en sus brazos, rompiendo en agudos gemidos, que dejan silenciosos y graves a todos los marineros. Aquél la recibe también llorando. Cuando se separan, la mujer recoge sus niños, y, empujándolos hacia José, les dice, con cierta expresión teatral que repugna a los circunstantes, bien enterados de lo mucho que aquél había sufrido por su causa:

--Hijos míos, ya no tenéis quien os mantenga; pedid de rodillas a vuestro tío que sea vuestro padre; él, que es tan bueno, os amparará.

El noble marinero no advierte, como los demás, la hipocresía de su hermana; abraza a los niños y les besa diciendo:

--No tengáis cuidado, pobrecitos; mientras yo tenga un pedazo de pan, será vuestro y de vuestra madre.

Después se limpia las lágrimas y dice a su hermana:

--Vaya, llévalos a casa, que ya es noche.

Así que la mujer y los chicos salieron de la taberna, se enredó de nuevo la disputa sobre el percance[89.1] de la tarde: poco a poco todos los marineros fueron tomando parte en ella, hasta no entenderse nadie.

José permanecía silencioso al lado del mostrador, apurando de vez en cuando el vaso de vino que la tabernera le presentaba. Al fin, tanto fue lo que bebió, sin advertirlo, que perdió la cabeza y fue preciso trasportarlo a casa, en completo estado de embriaguez.

IX

Recogió, en efecto, a la viuda y sus hijos en casa y los mantuvo todo lo bien que[89.2] le consentían sus escasos recursos. Pero éstos, en vez de aumentar, fueron disminuyendo: la costera de la sardina fue desdichada hasta el fin; no hubo apenas congrio ni merluza: cuando llegó la del besugo, por los meses de Diciembre y Enero, José estaba empeñado en más de mil reales, y aun le faltaba pagar cuatro barriles de raba, que ascendían a una respetable cantidad. Viéndose perseguido por los acreedores, se deshizo de su lancha, la cual por ser vieja y venderse con prisa, le valió poco dinero. Una vez sin lancha, no tuvo más remedio que entrar de simple compañero en otra, ganando como los demás, una soldada, que aquel año era cortísima.

Agregábase a estas calamidades la de no tener sosiego en casa. Su madre no sufría con paciencia los reveses de la fortuna y se rebelaba contra ella, armando por el más liviano motivo una batahola, que se oía de todos los rincones del pueblo. Dentro de casa, su hija, sus nietos y el mismo José, cuando llegaba de la mar, eran víctimas de aquella cólera que se le había derramado por el cuerpo y que la ahogaba. Por otra parte, la hermana casada no veía con buenos ojos que la viuda y sus hijos se estuviesen comiendo todo lo que había en casa de su madre y la dejasen arruinada, cuando ella no había sacado ni un mal jergón[90.1] (eran sus palabras); y no dejaba de echárselo en cara siempre que podía, y de ahí se originaban pendencias repugnantes que convertían la vivienda en un verdadero infierno.

Para salir de él temporalmente, y no morirse de tristeza, nuestro desgraciado marinero asistía de vez en cuando a la taberna y se pasaba allí algunas horas charlando y bebiendo con sus compañeros. Poco a poco el vicio de la bebida, que tanto había aborrecido, se fue apoderando de él, y si no le dominó por entero como a otros, haciéndole olvidar sus obligaciones, todavía fue lo bastante para que en el pueblo se dijese que «estaba convertido en un borracho.» La señá Isabel se daba prisa a propalar esta especie entre las comadres.

La miseria, el trabajo, la discordia doméstica, no serían poderosos a abatir el ánimo del pescador si a ellas no se añadiese la soledad del corazón, que es el desengaño. Educado en la desgracia, padeciendo desde que nació todos los rigores de la suerte, luchando con la ferocidad de la mar y con los caracteres no menos feroces de su madre y hermanas, poco le importaría[90.2] un latigazo más de la fortuna si su vida no hubiera sido iluminada un instante por el sol de la dicha. Pero había tropezado con el amor en su monótona existencia, y había tropezado al tiempo mismo en que alcanzaba también el bienestar material. De pronto, bienestar y amor se habían huido: apagose el rayo de luz: quedó sumido en las tinieblas de la miseria y la soledad. Y si es cierto, como afirma el poeta, que no existe mayor dolor que recordar el tiempo feliz en la desgracia,[91.1] no es maravilla que el pobre José buscase un lenitivo al suyo y el olvido momentáneo de sus penas en la ficticia alegría que el vino comunica.

Desde la reyerta de su madre con la señá Isabel no había vuelto a hablar con Elisa, ni la había visto sino de lejos; en cuanto divisaba su figura (y era pocas veces porque se pasaba el día entero en la mar), se alejaba corriendo o se mezclaba en un grupo para no tropezar con ella, o buscaba asilo en la taberna inmediata. Al principio esto fue por vergüenza y miedo: temía que Elisa estuviese ofendida y no le quisiera saludar. Más adelante[91.2] la maledicencia, que en tales casos nunca deja de andar suelta,[91.3] trajo a sus oídos la noticia de que la joven estaba ya inclinada a despreciarle, que su madre había logrado persuadirla a ello, y que pronto se casaría con un piloto de Sarrió. Entonces por dignidad evitó cuidadosamente su encuentro. Los contratiempos que después padeció ayudaron también mucho a alejarle de ella: pensaba, y no le faltaba razón, que un hombre arruinado y con tantas obligaciones como él tenía, no era partido para ninguna muchacha, y menos para una tan codiciada como la hija de la maestra.

Así estaban las cosas cuando un día en que por falta de viento no salieron a la mar, le propuso su madre ir a Peñascosa, distante de Rodillero poco más de media legua: tenía allí Teresa una hermana que le había ofrecido patatas de su huerta y algunas otras legumbres, que en el estado de pobreza en que se hallaban, eran un socorro muy aceptable. Decidieron ir por la tarde y tornar al oscurecer, para que José no pasase en medio del día, cargado, por el pueblo. Aunque había camino real para ir a Peñascosa, la gente de este pueblo y la de Rodillero acostumbraba servirse, cuando no llevaban carro o caballería, de una trocha abierta a orillas de la mar; ésta fue la que siguieron madre e hijo cuando ya el sol declinaba.

Era un día trasparente y frío del mes de Febrero; el mar ofrecía un color azul oscuro. Como la vereda no consentía que fuesen pareados,[92.1] la madre caminaba delante y el hijo la seguía: marchaban silenciosos y tristes: hacía tiempo que la alegría había huido de sus corazones. Cuando se hallaban a medio camino próximamente, en un paraje en que la trocha dejaba las peñas de la costa y entraba por un vasto y alegre campo, vieron a lo lejos otras dos personas que hacia ellos venían. Teresa no fijó la atención en ellas; pero José, por su costumbre de explorar largas distancias, no tardó en descubrir que aquellas dos personas eran la señá Isabel y su hija: diole un salto el corazón, pensando en que era forzoso tropezarse. ¡Qué iba a pasar allí! No se atrevió a decir nada a su madre y la dejó caminar distraída, con los ojos bajos; mas al fin ésta levantó la cabeza, y fijándose en las dos figuras lejanas, se volvió hacia él preguntando:

--Oyes, José, ¿aquellas dos mujeres no te parece que son la señá Isabel y Elisa?

--Creo que sí--respondió el marinero sordamente.

--¡Ah!--exclamó Teresa con feroz regocijo, y apretó un poco el paso sin pronunciar palabra, temiendo, sin duda, que el hijo tratase de estorbar el proyecto que había nacido súbitamente en su imaginación.

José la siguió con el corazón angustiado, sin osar decirle nada. No obstante, después que hubieron caminado algunos pasos, pudo más el temor de una escena violenta y escandalosa que el respeto filial, y se aventuró a decir severamente:

--Madre, haga el favor, por Dios, de no comprometerse ni comprometerme.

Pero Teresa siguió caminando sin contestarle, como si quisiera evitar razonamientos.

Un poco más allá, tornó a decirle aún con más severidad:

--¡Mire bien lo que va a hacer, madre!

El mismo silencio por parte de Teresa. En esto[93.1] se habían acercado ya bastante los que iban y los que venían de Peñascosa. Cuando estuvieron a un tiro de piedra, próximamente, la señá Isabel detuvo el paso y vaciló un instante entre seguir o retroceder, porque había advertido la resolución nada pacífica con que Teresa caminaba hacia ella. Por fin, adoptó el término medio de estarse quieta. Teresa avanzó rápidamente hacia ella; pero al hallarse a una distancia de veinte o treinta pasos, se detuvo también, y poniendo los brazos en jarras, comenzó a preguntar a su enemiga en el tono sarcástico que la ira le hacía siempre adoptar:

--¡Hola, señora!... ¿Cómo está V., señora?... ¿Está V. buena?... ¿El esposo bueno también?... Hacía tiempo que no tenía el gusto de verla...

--¡José, ten cuidado con tu madre, que está loca!--gritó la señá Isabel con el semblante demudado.

--¡Ah, señora! ¿Conque después de haberle echado a pedir limosna y haberse reído de él, le pide V. todavía que la socorra?--Y cambiando repentinamente la expresión irónica de su rostro por otra iracunda y feroz, salvó como un tigre la distancia que la separaba de su enemiga, y se arrojó sobre ella gritando:--¡Tú me has vuelto loca, bribona!... ¡Pero ahora me las vas a pagar todas![94.1]