Chapter 5
Aun por el día gozaba la hermosa doncella de otra hora feliz: era la de la siesta. Cuando su madre, después de comer, se acostaba un poco sobre la cama, acostumbraba Elisa salirse de casa y subir a uno de los montes que rodean el pueblo a disfrutar de la vista y del fresco de la mar. A esta hora, en los días de Julio y Agosto, el calor era sofocante en Rodillero: la brisa del océano no penetraba más que en las primeras revueltas, dejando la mayor parte del lugar asfixiada entre las montañas laterales. La joven ascendía lentamente por un ancho sendero abierto entre los pinos, hasta la capilla de San Esteban, colocada en la cima del monte, y se sentaba a la sombra. Desde aquel punto se oteaba una gran extensión de mar, sobre el cual irradiaba el sol su fuego: el cielo mostraba un azul oscuro por la parte de tierra;[49.1] por la del mar, más claro, trasformándose en color gris al cerrar el horizonte.[49.2] Algunas nubes blancas e hinchadas se amontonaban por la parte de Levante, sobre el pico de Peñas, el más saliente de la costa cantábrica:[49.3] éste y los demás cabos lejanos se mostraban apenas entre la faja gris del horizonte, mientras el de San Antonio, más cercano, detrás del cual estaba la bahía de Sarrió, recibiendo de lleno los rayos del sol, ofrecía grato color de naranja. Los ojos de Elisa iban presurosos a buscar en las profundidades del mar las lanchas pescadoras que acostumbraban a mantenerse frente a la boca de Rodillero, a larga distancia, borrándose casi entre la tenue ceniza suspendida sobre el horizonte. Contaba con afán aquellos puntos blancos, y se esforzaba con ilusión en averiguar[49.4] cuál de ellos sería[49.5] la lancha de su novio.--«Aquélla que va un poco apartada a la izquierda, aquélla debe de ser; se conoce porque la vela es más blanca; ¡como que[49.6] es nueva! Además, a él le gusta siempre ir un poco separado y campar por sus respetos[49.7]... No hay quien huela el pescado como él.»--Y mecida por esta ilusión, seguía con anhelo las maniobras de aquella lancha, que ora se alejaba hasta perderse de vista, bien[50.1] se acercaba. A veces advertía que tomaban todas el camino del puerto: entonces torcía el gesto,[50.2] exclamando:--«¡Malo! hoy no hay mucho bonito.»--Pero en el fondo de su alma luchaba el gozo con la tristeza, porque de este modo iba a ver antes[50.3] a su amante. Aguardaba todavía un rato hasta verlas salir poco a poco del vapor ceniciento que las envolvía, y entrar en la región luminosa. Parecían con sus velas apuntadas, blancos fantasmas resbalando suavemente sobre el agua; y cual si obedeciesen a un signo hecho por mano invisible, todas se iban acercando entre sí y formaban al poco tiempo una diminuta escuadra. Cuando ya las veía próximas se bajaba al pueblo a toda prisa; a nadie daba cuenta, ni aún al mismo José, de aquellos instantes de dicha que en la soledad del monte de San Esteban gozaba.
El tiempo se iba deslizando, no tan veloz como nuestros enamorados deseaban, pero sí mucho más de lo que a la señá Isabel convenía. Ésta no podía pensar en el matrimonio de Elisa sin sentir movimientos de terror y de ira, pues al realizarse era forzoso dejar la fábrica y otros bienes de su difunto esposo en poder del de su hija. Y aunque estaba resuelta en cualquier caso a oponerse con todas sus fuerzas a esta boda, todavía le disgustaba mucho el verse obligada a poner de manifiesto[50.4] su oposición, temiendo que el amor guiase a Elisa a algún acto de rebeldía. Por eso su cabeza, rellena[50.5] de maldades, no se cansaba de trabajar arbitrando recursos[50.6] para deshacer aquel lazo y volver sobre[50.7] la promesa que le habían arrancado. Al fin pensó hallar uno seguro, mediante cierta infame maquinación que el demonio, sin duda, le sugirió, estando desvelada en la cama.
Había en el pueblo un mozo reputado entre la gente por tonto o mentecato, hijo del sacristán de la parroquia; contaba ya veinte años bien cumplidos y no conocía las letras, ni se ocupaba en otra cosa que en tocar las campanas de la iglesia (por cierto con arte magistral), y en discurrir solitario por las orillas de la mar extrayendo de los huecos de las peñas lapas, cangrejos, bígaros[51.1] y pulpos, en cuyas[51.2] operaciones era también maestro. Mofábanse de él los muchachos, y le corrían[51.3] a menudo por la calle con grita intolerable: lo que más le vejaba al pobre Rufo (tal era su nombre) era el oír que su casa se estaba cayendo; bastaba esto para que los chicuelos le dieran en lo vivo[51.4] sin cansarse jamás: donde quiera que iba, oía una voz infantil que de lejos o de cerca, ordinariamente de lejos, le gritaba:--«Cayó,[51.5] Rufo, cayó.»--Enojábase el infeliz al escucharlo, como si fuese una injuria sangrienta; llameaban sus ojos y echaba espuma por la boca, y en esta disposición corría como una fiera detrás del chicuelo, que tenía buen cuidado de poner al instante tierra por medio,[51.6] cuanta más, mejor; alguna vez el exceso de la ira le había hecho dar sin sentido en el suelo.[51.7] Los vecinos le compadecían, y no dejaban de reprender ásperamente a los muchachos su crueldad, cuando presenciaban tales escenas.
Sabíase en el pueblo que Rufo alimentaba en su pecho una pasión viva y ardiente hacia la hija de la maestra; esto servía también de pretexto para embromarlo, si bien eran hombres ya los que se placían en ello.[51.8] Al pasar por delante de un grupo de marineros, le llamaban casi siempre para darle alguna noticia referente a Elisa: una vez le decían que ésta se había casado por la mañana, lo cual dejaba yerto y acongojado al pobre tonto; otro día le aconsejaban que fuese a pedir su mano a la señá Isabel, porque sabían de buena tinta[52.1] que la niña estaba enamorada de él en secreto, o bien que la robase, si la maestra no consentía en hacerlos felices. También mezclaban el nombre de José en estas bromas; decían pestes de él llamándole feo, intrigante y mal pescador, lo cual hacía reír y hasta dar saltos de alegría al idiota, y poniéndole en parangón con él, aseguraban muy serios que Rufo era incomparablemente más gallardo, y que si no pescaba tanto, en cambio tocaba mejor las campanas. De esta suerte, al compás que[52.2] iba creciendo en el pecho del tonto la afición a Elisa, iba aumentando también el odio hacia José, a quien consideraba como su enemigo mortal, hasta el punto de que no tropezaba jamás con él sin que dejase de echarle[52.3] miradas iracundas y murmurase palabras injuriosas, de las cuales, como era natural, se reía el afortunado marinero.
Elisa se reía también de este amor, que lisonjeaba, no obstante, su vanidad de mujer; porque la admiración es bien recibida, aunque venga de los tontos. Cuando encontraba a Rufo por la calle le ponía semblante halagüeño[52.4] y le hablaba en el tono protector y cariñoso que se dispensa a los niños: gozaba con las muecas y carocas de perro fiel en que se deshacía el tonto[52.5] al verla: le prometía formalmente casarse con él siempre que[52.6] obedeciese a su padre y no pegase a los chicos. Rufo preguntaba con expresión de anhelo:--¿Para cuándo?--Amigo, no lo sé--respondía ella,--pregúntaselo al Santo Cristo, a ver[53.1] lo que te dice.--Y el pobre se pasaba horas enteras de rodillas en la iglesia, preguntando al célebre Cristo[53.2] de Rodillero cuándo seria su boda, sin obtener contestación.--Es que todavía no quiere que nos casemos--le decía Elisa,--ten paciencia y sé bueno, que ya se ablandará.
La señá Isabel imaginó utilizar la pasión de este mentecato para romper, o por lo menos aplazar la unión de su hija con José. Un día salió paseando por las orillas de la mar, donde sabía que Rufo se hallaba a caza de cangrejos, y se hizo con él encontradiza.[53.3]
--¿Qué tal,[53.4] Rufo, caen muchos?[53.5]
El tonto levantó la cabeza, y al ver a la madre de Elisa, sonrió.
--Marea muerta,[53.6] coge poco[53.7]--contestó en el lenguaje incompleto y particular que usaba.
--Vaya, vaya, no son tan pocos--replicó la señá Isabel acercándose más y echando una mirada al cestillo donde tenía la pesca.--Buena fortuna tiene contigo tu padre; todos los días le llevas a casa un cesto de cangrejos.
--Padre no gusta cangrejos[53.8]... tira todos a la calle... y pega a Rufo con un palo...
--¿Te pega porque coges cangrejos?
--Sí, señá Isabel.
--Pues no tiene gusto tu padre; los cangrejos son muy ricos. Mira, cuando tu padre no los quiera, me los llevas a mí; a Elisa le gustan mucho.
El rostro flaco y taciturno del idiota se animó repentinamente al escuchar el nombre de Elisa.
--¿Gusta Elisa cangrejos?
--Mucho.
--Todos, Elisa;[54.1] todos, Elisa--dijo con énfasis, extendiendo las manos y señalando la orilla de la mar.
--Gracias, Rufo, gracias; tú quieres mucho a Elisa, ¿verdad?
--Sí, señá Isabel, yo quiere mucho Elisa.[54.2]
--¿Te casarías con ella de buena gana?
El rostro del tonto se contrajo extremadamente por una sonrisa; quedó confuso y avergonzado mirando a la señá Isabel sin atreverse a contestar.
--Vamos, di, ¿no te casarías?
--Usté[54.3] no quiere--dijo al fin tímidamente.
--¿Yo no quiero? ¿Quién te ha dicho eso?
--Usté quiere José.
--¡Bah! si José fuese pobre no le querría: tú me gustas más; eres más guapo, y no hay en Rodillero quien toque como tú las campanas.
--José no sabe--dijo el idiota con acento triunfal, manifestando una gran alegría.
--¡Qué ha de saber! José no sabe más que pescar bonito y merluza...
--Y besugo--apuntó Rufo, pasando súbito del gozo a la tristeza.
--Bueno; besugo también, ¿y qué? En cambio tú pescas cangrejos y pulpos... y lapas... y bígaros... y erizos... y ostras. Además, tú pescas solo, sin ayuda de nadie, mientras José necesita que le ayuden los amigos: ¿quieres decirme lo que pescaría José si no tuviese una lancha?
--Tiene dos--volvió a apuntar tristemente Rufo.
--Bien, pero la vieja ya vale poco... ¡Si no fuese por la nueva!... Si no fuese por la nueva no le daría yo a Elisa, ¿sabes tú?...
Los ojos zarcos y apagados del idiota brillaron un instante con expresión de ira.
--Yo echo pique[55.1] lancha nueva--exclamó dando[55.2] con las tenazas que tenía en la mano sobre la peña.
--Porque José tiene obligaciones a que atender--siguió la vieja, como si no hubiese oído estas palabras.--Necesita alimentar a su madre, que pronto dejará de trabajar, mientras que tú eres libre: tu padre gana bastante para mantenerse; además, tienes un hermano rico en la Habana...
--Tiene reloj--dijo Rufo interrumpiéndola.
--Sí, ya lo sé.
--Y cadena de oro que cuelga, señá Isabel.
--Ya sé, ya sé; tú también la tendrías si te casases con mi hija. Serías amo de la fábrica, y ganarías mucho dinero... y comprarías un caballo para ir a las romerías con Elisa; ella delante y tú detrás, como va el señor cura de Arnedo, con el ama... y tendrías botas de montar,[55.3] como el hijo de don Casimiro.
La vieja fue desenvolviendo un cuadro de dicha inocente sin olvidar ningún pormenor, por sandio que fuese, que pudiese halagar al tonto. Éste la escuchaba embebecido y suspenso, sonriendo beatíficamente, como si tuviese delante una visión celestial. Cuando terminó la señá Isabel su descripción, hubo un rato de silencio: al fin volvió a decir, sacudiendo la cabeza con pesar:
--¡Si no fuese por José!--Y se quedó mirando reflexivamente al mar.
Rufo se estremeció como si le hubiesen pinchado; puso el semblante hosco, y miró también fijamente al horizonte.
--Vaya, Rufo, me voy hacia casa, que ya me estará esperando Elisa; hasta la vista.[56.1]
--Adiós--dijo el tonto, sin volver siquiera la cabeza.
La señá Isabel se alejó lentamente. Cuando estuvo ya a larga distancia, se volvió para mirarle. Seguía inmóvil, con los ojos clavados en el mar, como le había dejado.
VI
Acaeció, como todos los años, que el número harto considerable de lanchas vizcaínas ocasionó, al fin de la costera del bonito, algún malestar en Rodillero. Eran tantas las embarcaciones que se juntaban por las tardes en la ribera, que los pescadores no podían botarlas todas a tierra; por muy arriba que[56.2] subiesen las primeras que llegaban de la mar, las últimas no tenían ya sitio y se veían precisados sus dueños a dejarlas en los dominios de la marea, amarradas a las otras. Esto causaba algunos disgustos y desazones; se murmuraba bastante, y se dirigían de vez en cuando vivas reclamaciones al cabo de mar;[56.3] pero éste no podía impedir que los vizcaínos continuasen en el puerto, mientras la comandancia[56.4] de Sarrió no ordenase su partida. Las reyertas, sin embargo, no eran tantas ni tan ásperas como pudiera esperarse, debido al temperamento pacífico, lo mismo de los naturales, que de los forasteros.
Mientras el tiempo fue propicio (y lo es casi siempre allí en los meses de Junio, Julio y Agosto), todo marchó bastante bien; mas al llegar Setiembre, creció la discordia y la murmuración, con el peligro de las embarcaciones que quedaban a flote. Aunque el cielo se muestre sereno en este mes y el viento no sople recio, a menudo se levanta marejada, la cual procede de temporales que se forman en otras regiones apartadas. Estas mares gruesas,[57.1] que reinan en aquella costa gran parte del otoño, inquietaban a los armadores, temiendo que la hora menos pensada[57.2] rompiesen las amarras de los barcos, y diesen con ellos al través.[57.3] No había más que bajar por la noche a la ribera para convencerse de que tales temores eran fundados. La mar hacía bailar a las lanchas; embestían unas contra otras duramente, y rechinaban cual si se quejasen de los testerazos, produciendo en el silencio y la oscuridad rumor semejante al de una muchedumbre agitada; parecía en ocasiones plática sabrosa que unas con otras tenían entablada acerca de los varios lances de su vida azarosa; otras veces disputa acalorada, donde todas a la vez querían mezclarse y dar su opinión; otras, grave y encendida pelea, en que algunas iban a perecer deshechas.
Un suceso desdichado vino al fin a dar la razón a los que[57.4] más levantiscos[57.5] andaban y con más afán pedían la salida de los vizcaínos. En cierta noche oscura, aunque serena, del citado mes, la conversación de las lanchas empezó a ser muy animada desde las primeras horas; pronto degeneró en disputa, que por momentos se fue acalorando; a la una de la madrugada estalló una verdadera y descomunal batalla entre ellas, como nunca antes se había visto. Los vizcaínos, que dormían a bordo, se vieron necesitados a ponerse en pie a toda prisa, y a maniobrar oportunamente para no padecer avería; más de una hora trabajaron esforzadamente impidiendo la ruina de muchas lanchas, tanto suyas como de Rodillero, y la deserción de otras, pues las sacudidas eran terribles, y había peligro de que los cabos se quebrasen. Al fin redobló de tal modo la furia de la marejada, que juzgándose impotentes para evitar una catástrofe, corrieron por el pueblo dando la voz de alarma. Acudieron al instante la mayor parte de los hombres y bastantes mujeres; cuando llegaron, algunos barcos se habían abierto ya a poder de[58.1] las repetidas embestidas. Un vizcaíno llamó con violencia a la puerta de José.
--José, levanta en seguida; tienes perdida lancha.[58.2]
El marinero se alzó despavorido de la cama, se metió los pantalones y la chaqueta apresuradamente, y corrió descalzo y sin nada en la cabeza a la ribera. Antes de llegar con mucho, su oído delicado percibió entre el estruendo de las olas un ruido seco de malísimo agüero. El espectáculo que confusamente se ofreció a su vista le dejó suspenso.
La mar estaba picada de veras; el trajín[58.3] de las lanchas que habían quedado a flote era vertiginoso: las embestidas menudeaban; entre el rumor estruendoso de las olas escuchábase más claramente aquel ruido seco semejante al crujido de huesos. Uníase a este formidable rumor las voces de los hombres, cuyas siluetas se agitaban también vivamente entre las sombras, acudiendo a salvar sus barcos: increpábanse mutuamente por no evitar el choque de las lanchas; pedían cabos para sujetarlas; procuraban a toda costa apartarlas y dejarlas aisladas; gritaban las mujeres temiendo más por la vida de los suyos que por la ruina de los barcos; contestaban los hombres a sus llamamientos con terribles interjecciones: todo ello formaba un ruido infernal que infundía tristeza y pavor. La oscuridad no era tanta que no consintiese distinguir los bultos: muchos habían traído farolillos, que cruzaban velozmente de un lado a otro como estrellas filantes.[59.1]
Repuesto José de la sorpresa, corrió al sitio donde había quedado su lancha nueva, que era la que estaba en peligro, pues la vieja se encontraba en seco. Su temor, sin embargo, no era grande, porque había tenido la fortuna de llegar a tiempo para anclarla detrás de una peña que avanzaba por el mar formando un muelle natural. Saltó en la embarcación más próxima a la orilla y de una en otra fue pasando hasta el sitio donde la había dejado; pero al llegar se halló con que[59.2] había desaparecido. En vano la buscó con los ojos por la vecindad; en vano preguntó a sus compañeros; nadie daba cuenta de ella. Por fin uno que llevaba farol le gritó desde tierra:
--José, yo he visto hace rato escapar una lancha; no sé si sería la tuya.
El pobre José recibió un golpe en el corazón: no podía ser otra, porque las demás estaban allí.
--Si es la tuya, no pudo ir muy lejos--le dijo el marinero que estaba a su lado.--El poco viento que hay es forano;[59.3] la mar la habrá echado en seguida a tierra.
Estas palabras fueron dichas con ánimo de darle algún consuelo y nada más: bien sabía el que las pronunció que con la resaca de aquella noche tanto montaba[59.4] ser arrastrada por la mar, como echada a tierra.
Sin embargo, José concibió esperanzas.
--Gaspar, dame el farol--gritó al de tierra.
--¿Dónde vas?
--Por la orilla adelante[60.60.1] a ver si la encuentro.
El marinero que le había consolado, movido de lástima, le dijo:
--Yo te acompaño, José.
El del farol dijo lo mismo. Y los tres juntos dejaron apresuradamente la ribera de Rodillero y siguieron el borde de la mar, registrando escrupulosamente todos los parajes donde pensaban que la lancha pudiera quedar barada.[60.2] Después de caminar cerca de una milla entre peñas, salieron a una vasta playa de arena: allí era donde José tenía cifrada[60.3] principalmente su esperanza: si la lancha hubiese barado en ella, estaba salvada. Mas después de recorrerla toda despacio, nada vieron.
--Me parece que es inútil ir más adelante, José--dijo Gaspar;--el camino de las peñas debe de estar ya tomado por la mar; está subiendo todavía...
José insistió en seguir: tenía esperanza de hallar su lancha en la pequeña ensenada de los Ángeles. Pero la ribera estaba, en efecto, invadida por el agua, y por mucho que se arrimaban a la montaña, todavía los golpes de mar les salpicaban. Uno de estos, al fin, bañó completamente a José y le apagó el farol. Entonces los marineros se negaron resueltamente a dar un paso más; nadie traía cerillas para encenderlo de nuevo; caminar sin luz, era expuesto a romperse la cabeza, o por lo menos una pierna, entre las peñas. José los animó a volverse pero negándose a seguirlos.
Quedó solo y a oscuras entre la montaña que se alzaba a pico[60.4] sobre su cabeza, y la mar hirviente y furiosa, cuyas olas, al llegar a tierra, semejaban enormes y oscuras fauces que quisieran tragarlo. Mas a nuestro marinero no le arredraban las olas ni la oscuridad: saltando de peña en peña y aprovechando los instantes de calma para salvar los pasos difíciles, consiguió llegar, ya bastante tarde, a la bahía de los Ángeles. Tampoco allí vio nada, por más que se entretuvo buen espacio a reconocer una por una las peñas todas que la cerraban. Rendido, al fin, y maltrecho, con los pies abiertos,[61.1] empapado y transido, dio la vuelta para casa.
Cuando llegó a la gran playa cercana a Rodillero ya había amanecido. El sol brillaba sobre el horizonte y comenzaba a ascender majestuosamente por un cielo azul y sereno. El mar seguía embravecido. El agua que bañaba la costa estaba turbia, como siempre que la marejada es de fondo, y se revolvía airada contra los peñascos de la orilla y los batía con fragor: unas veces los tapaba enteramente con un blanco manto de espuma; otras veces los escalaba llena de cólera y antes de llegar a la cima caía jadeante; otras, en fin, se contentaba con entrar al arma[61.2] por todos sus huecos y concavidades para enterarse de si había allí algún enemigo escondido y darle muerte; y no hallando a nadie en quien cebar su furor, se retiraba gruñendo y murmurando amenazas para tornar de nuevo y con más bríos a la carga. Sobre la gran playa arenosa, venían las olas en escuadrones cerrados que se renovaban sin cesar; llegaban en línea de batalla altas y formidables sacudiendo su melena de espuma; avanzaban majestuosamente sobre la alfombra dorada, esperando encontrar resistencia; pero al ver libre el campo, se dejaban caer perezosamente, no rendidas a ningún adversario, sino a su misma pesadumbre y fortaleza. Y en pos de estas venían otras, y otras después al instante, y después otras, y así siempre, sin dar punto de tregua; y todavía allá a lo lejos se columbraban infinitas legiones de ellas que acudían iracundas y erizadas de todos los parajes del globo en socorro de sus compañeras.
La agitación inmensa del océano, puesto por arcana razón en movimiento; aquel vaivén confuso que se extendía hasta la línea indecisa del horizonte, formaba contraste singular con la serenidad riente del firmamento. José detuvo un instante el paso delante de las olas y contempló el panorama con la curiosidad del marino, la cual jamás se agota; no había en su mirada rencor ni desesperación. Avezados a tener su vida y su hacienda en poder de la mar y a ser derrotados en las luchas que con ella sostienen, los pescadores sufren sus inclemencias con resignación y respetan su cólera como la de un Dios irritado y omnipotente. En aquel momento le preocupaba más al marinero un barco que veía allá en los confines del horizonte, batiéndose con las olas, que su propia lancha. Después de observar con atención inteligente sus maniobras un buen rato, siguió caminando hacia el pueblo. Al divisar las primeras casas le asaltó una idea muy triste; pensó que la pérdida de la lancha iba a estorbar de nuevo su matrimonio ya próximo; y como si entonces tan sólo[62.1] se diese cuenta[62.2] de que iba medio desnudo y mojado, comenzó a tiritar fuertemente.
VII
El daño causado en Rodillero por aquella gran «vaga de mar» (así llaman los pescadores a la mar alta[63.1]), fue harto considerable: cuatro o cinco lanchas desbaratadas, y mucha parte de las otras con avería. Los vizcaínos, a quienes se suponía causantes de él, y lo eran en realidad, aunque de un modo inocente, andaban confusos y avergonzados; en cuanto la mar se aplacó, a los dos días del suceso,[63.2] izaron vela para su tierra, dejando el puerto más despejado y el lugar tranquilo.