José

Chapter 12

Chapter 123,999 wordsPublic domain

Desde el momento en que se resignaron a no entrar en Rodillero y pusieron la popa al viento, éste ya no dio cuidado, máxime llevando tan poquísimo trapo. Pero el mar comenzaba a inspirar mucho miedo: la marejada, ayudada de la mar gruesa de la noche, se había convertido en verdadera mar de fondo, terrible e imponente. Los golpes que recibían por la popa eran tan fuertes y continuados, que al fin hubo necesidad de orzar un poco, presentando el costado a las olas: de otra suerte corrían peligro inminente de que la lancha se anegase: así y todo,[158.2] muchos de ellos no cesaban de achicar agua. El movimiento de ésta seguía aumentando; las olas eran cada vez más altas; la lancha desaparecía debajo de ellas y por milagro volvía a salir. Uno de los golpes les llevó el timón: José tomó apresuradamente el que tenía de reserva; pero al engancharlo, otro golpe se lo arrancó de las manos y metió dos o tres pipas de agua a bordo.

El rapaz volvió a exclamar sollozando:

--¡Ay, madre de mi alma, estamos perdidos!

José le arrojó la caña del timón, que había quedado sobre el banco, a la cabeza.

--¡Cállate, ladrón, o te mato!

Y viendo en los rostros de algunos compañeros señales de terror, les dijo echándoles una mirada feroz:

--¡Al que me dé un grito, le retuerzo el pescuezo!

Aquella ferocidad era necesaria: si el pánico se apoderaba de la compaña y dejaba un instante de achicar, se iban a pique sin remedio.

Para sustituir al timón, puso un remo en la popa. Con las velas izadas, es de todo punto[159.1] imposible gobernar con el remo; pero como no llevaban más que la unción, pudo, a costa de grandes esfuerzos, sujetar la lancha. Cada golpe que recibían, metía una cantidad extraordinaria de agua a bordo; y apesar de que un hombre, trabajando bien, puede achicar con el balde una pipa en ocho o diez minutos, era imposible echarla toda fuera; les llegaba casi siempre cerca de la rodilla. José no cesaba un momento de gritar, con la poca voz que le quedaba:

--¡Achicar, muchachos, achicar! ¡Ánimo, muchachos!... ¡achicar, achicar!

Una oleada llevó la boina a Bernardo.

--¡Anda--dijo éste con rabia,--que pronto irá la cabeza!

La situación era angustiosa: aunque procuraban disimularlo, el terror se había apoderado de todos igualmente: Entonces José, viendo que las fuerzas les iban a faltar muy pronto, les dijo:

--Muchachos, estamos corriendo un temporal deshecho;[159.2] ¿queréis que acudamos al Santo Cristo de Rodillero para que nos saque de él?

--Sí, José--contestaron todos con una precipitación que mostraba la congoja de su espíritu.

--Pues bien; le ofreceremos ir descalzos a oír una misa, si queréis... Pero es menester que esto sirva para darnos valor... Nada de asustarse. ¡Ánimo y achicar, achicar, muchachos!

La oferta les dio confianza y siguieron trabajando con fe; de tal modo que en pocos minutos echaron la mayor parte del agua fuera y la lancha quedó desahogada. José observó que el palo del medio les estorbaba.

--Vamos a desarbolar del medio[160.1]--dijo, y él mismo se abalanzó a poner las manos en el mástil.

Pero en aquel instante vieron con espanto venir hacia ellos una ola inmensa, alta como una montaña y negra como una cueva.

--¡José, ya no hay comedia![160.2]--exclamó Bernardo resignado a morir.

El golpe fue tan rudo, que hizo caer de bruces a José, batiéndolo contra los bancos: la lancha quedó inundada, casi entre aguas. Pero aquél, aunque aturdido, se alzó bravamente gritando:

--¡Achicar, achicar! Esto no es nada.

XVI

¿Qué pasaba en Rodillero?

Las pocas lanchas que habían obedecido a la señal de José, regresaron al puerto antes del amanecer: sus tripulantes quedaron corridos y pesaroso al ver que tan ruinmente se les había engañado; mucho más con la matraca que las mujeres les dieron en casa.

--¡Siempre habías de ser tú el tonto! ¡Cuándo acabarás de saber con quién tratas, hombre de Dios?[160.3] ¡Ya verás qué marea hoy... ya lo verás!

Ellos callaban, según su costumbre, reconociendo la verdad que las asistía,[160.4] y haciendo juramento interior de no caer otra vez en el lazo.

Pero al entrar el día se modificó un poco la opinión: era tan triste el aspecto del mar, y el cariz tan feo, que ya no les pesó mucho de la holganza. Cuando envuelto en un chubasco se sintió en el pueblo el primer ramalazo del Noroeste, algunos se volvieron a sus esposas sonriendo:

--¿Qué te parece? ¿Te gustaría que anduviese por la mar ahora, verdad?

Les tocó entonces callar a ellas. El segundo ramalazo, mucho más fuerte que el primero, puso en conmoción al vecindario. Acudieron hombres y mujeres a la ribera, y desde allí, a despecho del agua que caía a torrentes, subieron a San Esteban. El miedo y la zozobra se pintó tan pronto en todos los semblantes, que advertía bien claramente del desasosiego supersticioso que había reinado en el lugar todo el invierno. Las mujeres miraban con el rabillo del ojo a los marineros viejos: estos torcían el hocico.[161.1] Algunas se arrojaban a preguntar:

--¿Hay cuidado, tío Pepe?

El tío Pepe, sin apartar los ojos del horizonte, contestaba:

--Muy bueno no está... Pero la mar no dijo todavía «aquí estoy.»

Lo dijo, sin embargo, más pronto de lo que se pensaba. La tormenta vino repentina, furiosa; la mar se revolvió en un instante de modo formidable, y comenzó a romper en los _Huesos de San Pedro_, que era el bajo[161.2] más cercano a la costa: al poco tiempo rompió también en el _Cobanín_, que era el más próximo por el otro lado de la ensenada. La muchedumbre que coronaba el monte de San Esteban contempló con pavor los progresos de la borrasca: algunas mujeres comenzaron a llorar.

Sin embargo, no había aún motivos para afligirse, al decir de los prácticos; el puerto se hallaba enteramente libre; con tal que no zozobrasen (y esto era cuenta de ellos,[162.1] pues estaba en su mano el evitarlo), podían entrar sin peligro en Rodillero. Alguno apuntó:

--¿Y los golpes de mar? ¿Tendrán tiempo a achicar el agua?

--¡Vaya si hay tiempo![162.2]... Pero no parece más que no hemos visto mares hasta ahora! No hay pueblo como éste para alborotarse por nada--dijo un marinero bilioso.

La energía con que pronunció estas palabras hizo callar a los pesimistas y tranquilizó un poco a las mujeres. Desgraciadamente, duró poco su triunfo: a los pocos minutos la mar rompía en el _Torno_, otro de los bajos de la barra.

Cerca de la capilla de San Esteban había una casucha que habitaba un labrador encargado por el gremio de mareantes, mediante un cortísimo estipendio anual, de encender las hogueras que servían de señal en los días o noches de peligro. Este labrador, aunque se había embarcado pocas veces, conocía la mar como cualquier práctico. Después de observarla con atención un buen rato y haber vacilado muchas veces, sacó de la corralada[162.3] de su choza una carga de retama seca y tojo, la colocó en lo más alto del monte y la dio fuego. Era el primer aviso para los pescadores.

Elisa, que se hallaba entre la muchedumbre, cerca de su madrina, al ver la hoguera sintió que el corazón se le apretaba; acordose de la terrible maldición de la sacristana, y todos los presentimientos tristes y terrores supersticiosos que dormían en su alma, despertaron de golpe. Procuró, no obstante, reprimirse, por vergüenza, pero comenzó a recorrer los grupos escuchando con mal disimulada ansiedad los pareceres de los marineros: cada frase la dejaba yerta.

Entre las gentes se hablaba poco y se miraba mucho; el viento les azotaba la cara con las últimas gotas del chubasco. La mar crecía rápidamente: después de romper en los _Huesos de San Pedro_, en el _Cobanín y_ en el _Torno_, rompió también en otro bajo más separado de la costa.

--¡Rompió en la _Furada_!... Manuel, puedes encender otra hoguera--exclamó un marinero.

Manuel corrió a casa de nuevo, trajo otra carga de tojo y la encendió cerca de la primera. Esto era señal de peligro inminente: si los que estaban en la mar no se daban prisa a meterse en el puerto, se exponían a que se les cerrase pronto.

--¿Se ve alguna lancha, Rafael?--preguntó una joven, por cuyas mejillas rodaban dos gruesas lágrimas.

--Por ahora no; la salsa nos quita mucho la vista.

Ni una vela parecía en el horizonte: el afán, la angustia embargaban de tal modo a los espectadores, que se pasaban algunos minutos sin que una voz se alzase entre ellos: todos tenían la vista clavada en el _Carrero_,[163.1] un corto espacio que la barra de Rodillero tenía libre, y por donde las lanchas entraban a seguro cuando la mar estaba picada. Elisa sentía algunas gotas de sudor frío en la frente, y se agarraba fuertemente a su madrina para no caerse.

Así trascurrió un cuarto de hora. De pronto de aquella muchedumbre salió un grito, un lamento más débil pero más triste que los rumores del Océano. Una ola acababa de romper en el _Carrero_. La barra no era ya más que una franja espumosa: el puerto estaba cerrado.

Manuel, pálido, silencioso, fue a buscar una nueva carga y la encendió al lado de las otras dos. La lluvia había cesado enteramente y las hogueras ardían animadas por el viento.

Elisa, al escuchar aquel grito, se estremeció, y por un movimiento irresistible semejante a inspiración, se alejó corriendo de aquella escena, bajó a saltos el sendero de los pinos, atravesó el pueblo solitario, subió la calzada de la iglesia y llegó desalada y jadeante a sus puertas. Se detuvo un instante a tomar aliento; después hizo la señal de la cruz, dobló las rodillas y sobre ellas entró caminando por la nave del templo hasta el altar mayor; pero en vez de parar allí torció a la derecha y comenzó a subir penosamente la escalera de caracol[164.1] que conducía al camarín del Cristo. Era la escalera de la penitencia y sus peldaños de piedra estaban gastados ya por las rodillas de los devotos; las de Elisa cuando llegó arriba chorreaban sangre.

El camarín era una pieza oscura, tapizada de retratos y ofrendas, con una ventana enrejada, abierta sobre la iglesia, por donde los fieles veían la veneranda imagen los días que se oficiaba en su altar. El Santo Cristo se hallaba, como de ordinario, tapado por una cortina de terciopelo: Elisa corrió con mano trémula esta cortina y se prosternó. Poco rato después, unas tras otras, fueron entrando en la estancia muchas mujeres y prosternándose igualmente en silencio. Algún sollozo, imposible de reprimir, turbaba de vez en cuando el misterio y la majestad del adoratorio.

Por la tarde aplacó un poco la mar, y gracias a esto pudo, aunque con peligro, entrar un grupo numeroso de lanchas en Rodillero: más tarde entraron otras cuantas, pero al cerrar la noche faltaban cinco: una de ellas era la de José. Los marineros, que sabían a qué atenerse acerca de su suerte, porque habían visto perecer alguna, no se atrevían a decir palabra y contestaban con evasivas[165.1] a las infinitas preguntas que les dirigían: ninguno sabía nada; ninguno había visto nada. La ribera siguió llena de gente hasta las altas horas de la noche;[165.2] pero según avanzaba ésta, iba creciendo el desaliento. Poco a poco también la ribera se fue despoblando; sólo quedaron en ella las familias de los que aún estaban en la mar. Al fin éstas, perdida casi enteramente la esperanza, abandonaron la playa y entraron en el pueblo con la muerte en el alma.

¡Horrible noche aquélla! Aún suenan en mis oídos los ayes desgarradores de las esposas infelices, de los niños que llamaban a sus padres. El pueblo ofrecía un aspecto sombrío, espantoso: la gente discurría por la calle en grupos, formaba corros a la puerta de las casas; todos se hablaban a voces. Las tabernas estaban abiertas, y en ellas los hombres disputaban acaloradamente, echándose unos a otros la culpa de la desgracia. De vez en cuando, una mujer desgreñada, convulsa, cruzaba por la calle lanzando gritos horrorosos que erizaban los cabellos. Dentro de las casas también sonaban gemidos y sollozos.

A este primer momento de confusión y estrépito, sucedió otro de calma, más triste aún y más aciago, si posible fuera. La gente se fue encerrando en sus viviendas, y el dolor tomó un aspecto más resignado. ¡Dentro de aquellas pobres chozas, cuántas lagrimas se derramaron! En una de ellas, una pobre vieja, que tenía a sus dos hijos en la mar, lanzaba chillidos tan penetrantes, que las pocas personas que cruzaban por la calle se detenían horrorizadas a la puerta; en otra, una infeliz mujer que había perdido a su marido, sollozaba en un rincón, mientras dos criaturitas de tres o cuatro años jugaban cerca comiendo avellanas.

Cuando Dios amaneció,[166.1] el pueblo parecía un cementerio. El cura hizo sonar las campanas llamando a la iglesia, y concertó, con los fieles que acudieron, celebrar al día siguiente un funeral[166.2] por el reposo de los que habían perecido.

Pero hacia el medio día corrió la voz, sin saber quién la trajera, de que algunas lanchas de Rodillero habían arribado[166.3] al puerto de Banzones, distante unas siete leguas. Tal noticia causó una emoción inmensa en el vecindario: la esperanza, muerta ya, renació de pronto en todos los corazones. Tornaron a reinar la confusión y el ruido en la calle; despacháronse propios veloces para que indagasen la verdad; los comentarios, las hipótesis que se hacían en los corrillos eran infinitos. El día y la noche se pasaron en una ansiedad y congoja lastimosas; las pobres mujeres corrían de grupo en grupo, pálidas, llorosas, queriendo sorprender en las conversaciones de los hombres algo que las animase.

Por fin, a las doce llegó la nueva de que eran dos lanchas solamente las que habían arribado a Banzones. ¿Cuáles? Los propios no lo sabían o no querían decirlo. Sin embargo, al poco rato comenzó a cundir secretamente la noticia de que una de ellas era la de José, y otra la de Toribio.

Allá, a la tarde,[167.1] un muchacho llegó desalado, cubierto de sudor y sin gorra.

--¡Ahí están, ahí están!

--¿Quiénes?

--¡Muchos, muchos! ¡Vienen muchos!--acertó a decir con trabajo, pues le faltaba respiración.--Estarán ahora en Antromero.

Entonces se operó una revolución indescriptible en el pueblo: los vecinos todos, sin exceptuar uno, salieron de sus casas, se agitaron en la calle breves instantes con estruendo, y formando una masa compacta, abandonaron presurosos el lugar. Aquella masa siguió el camino de Antromero, orillas de la mar, en un estado de agitación y angustia que es difícil representarse. Los hombres charlaban, haciendo cálculos acerca del modo que habrían tenido sus compañeros de salvarse: las mujeres iban en silencio arrastrando a los niños que se quejaban en vano de cansancio. Después de caminar media legua, en cierto paraje descubierto, alcanzaron a ver a lo lejos un grupo de marineros que hacia ellos venían con los remos al hombro. Un clamor formidable salió de aquella muchedumbre. El grupo de los pescadores respondió ¡hurra! agitando en el aire las boinas. Otro grito de acá; otro en seguida de allá. De esta suerte se fueron acercando a toda prisa y muy pronto llegaron a tocarse.

¡Escena gozosa y terrible a la vez! Al confundirse el grande y el pequeño grupo, estallaron a un tiempo ayes de dolor y gritos de alegría. Las mujeres abrían los ojos desmesuradamente buscando a los suyos, y no hallándolos, rompían en gemidos lastimeros y se dejaban caer al suelo retorciéndose los brazos con desesperación: otras, más afortunadas, al tropezar con el esposo de su alma, con el hijo de sus entrañas,[168.1] se arrojaban a ellos como fieras, y permanecían clavadas a su pecho sin que fuerza en el mundo fuera bastante a despegarlas. Los pobres náufragos, objeto de aquella calurosa acogida, sonreían queriendo ocultar su emoción, pero las lágrimas les resbalaban, a su pesar, por las mejillas.

Elisa, que iba entre la muchedumbre, al ver a José, sintió en la garganta un nudo tan estrecho,[168.2] que pensó ahogarse: llevose las manos al rostro y rompió a sollozar procurando no hacer ruido. El marinero sintiose sujeto, casi asfixiado por los brazos de su madre: mas por encima del hombro de ésta, buscó con afán a su prometida. Elisa levantó el rostro hacia él y sus ojos se encontraron y se besaron.

Pasado el primer momento de expansión, aquella masa de gente tornó a paso lento hacia el pueblo. Cada uno de los náufragos viose rodeado inmediatamente por un grupo de compañeros, los cuales se enteraban por menudo[168.3] y con interés de las peripecias de la jornada:[168.4] sus mujeres iban detrás; algunas veces para cerciorarse de que los tenían vivos les llamaban por su nombre, y al volver ellos el rostro no tenían qué decirles.

Aquella misma tarde se convino dar gracias a Dios al día siguiente con una solemne fiesta. Resultó que casi todos los marineros salvados habían ofrecido lo mismo, oír misa descalzos en el altar del Cristo: era una oferta muy común en Rodillero en los momentos de peligro y que venía de padres a hijos. Y en efecto, a la mañana siguiente se reunieron en la ribera, y desde allí, cada compaña con su patrón a la cabeza, se encaminaron lentamente hacia la iglesia descalzos todos y con la cabeza descubierta. Marchaban graves, callados, pintada en sus ojos serenos la fe sencilla y ardiente a la vez del que no conoce de esta vida más que las amarguras. Detrás marchaban las mujeres, los niños y los pocos señores que había en el pueblo, silenciosos también, embargados por la emoción al ver a aquellos hombres tan fuertes y tan ásperos humillarse como débiles criaturas. Las viudas, los huérfanos de los que habían quedado en la mar iban también allí a rogar por el descanso de los suyos: se habían puesto un pañuelo, un delantal, una boina, cualquier prenda de color negro que les fue posible adquirir en el momento.

Y en la pequeña iglesia de Rodillero el milagroso Cristo les aguardaba pendiente de la cruz, con los brazos abiertos. Él era también un pobre náufrago, libertado de las aguas por la piedad de unos pescadores; había probado como ellos la tristeza y la soledad del océano y el amargor de sus olas. Doblaron la rodilla y hundieron la cabeza en el pecho, mientras la boca murmuraba plegarias aprendidas en la niñez, nunca pronunciadas con más fervor. Los cirios de que estaba rodeada la sacrosanta imagen chisporroteaban tristemente; de la muchedumbre salía un murmullo levísimo. La voz cascada y temblorosa del sacerdote que oficiaba rompía de vez en cuando el silencio majestuoso del templo.

Al concluirse el oficio, Elisa y José se encontraron en el pórtico de la iglesia y se dirigieron una tierna sonrisa; y con ese egoísmo inocente y perdonable que caracteriza al amor, olvidaron en un punto toda la tristeza que en torno suyo reinaba, y en viva y alegre plática bajaron emparejados la calzada del pueblo, dejando señalado,[170.1] antes de llegar a casa, el día de su boda.

NOTES.

=Page 1.=--[1.1] =Asturias=, province of northern Spain. Since 1833 it has been called, officially, by the name of its capital, Oviedo, though the older name remains in ordinary usage.

[1.2] =Rodillero=, the real name is Cudillero.

[1.3] =ya que no=, _even if not_.

[1.4] =se las puede haber=, _it may vie_. _Haber(se) las con_, "to deal with," then "to dispute with," "to rival." Las, as also the sing. _la_, is found in numerous idioms in an indeterminate sense, though representing, at least originally, some feminine noun understood; not necessarily _cosa_. Cf. page 94, note 1, and page 104, note 4.

[1.5] =cuando se mienta... a=, _when mention is made of_. Impersonal reflexive, substitute for passive.

[1.6] =piños=, _clusters_.

=Page 2.=--[2.1] =tramos y revueltas=, _stretches and windings_.

[2.2] =no dan espacio más que=, _leave room only_.

[2.3] =van haciendo eses=, _go winding on_, lit. "making S's."

[2.4] =en forma de escalinata=, _like a flight of steps_. Escalinata is properly a straight flight of stone steps, few in number, leading up to a building, Eng. "perron."

[2.5] =dais con=, _meet_, _find_. _Dar_, in this and many other idioms, has the force of "to strike" or "come into contact with."

[2.6] =se tornan=, _become_. Cf. Eng. "to turn traitor."

[2.7] =al revolver de una peña=, _on turning (round) a cliff_.

[2.8] =subir... a la rastra=, _drag up_, lit. "bring up dragging," "on the drag."

[2.9] =adosadas=, _attached_. A term of structural engineering = _adheridas_, _arrimadas_.

[2.10] =lustre=, _position_, _importance_.

=Page 3.=--[3.1] =les daréis la razón=, _you will say that they were right_.

[3.2] =debe de ser bien triste=, _must be very gloomy_. _Deber_ alone denotes obligation, _deber de_, probability. This distinction is not universally observed, but is tending to become so. _Bien_ here = _muy_.

[3.3] =no se echa menos=, _is not missed_. Also _echar de menos_.

[3.4] =Adviértese.= This inversion of verb and personal pronoun object occurs only when the verb is indicative, and, in general, only when it begins a clause; though deviations from this latter usage are frequent in Valdés and other contemporary authors.

[3.5] =sin poder atribuirlo=, _without one's being able to attribute it_. Infinitive with indefinite subject (_uno_) understood.

[3.6] =apenas=, _almost as soon as_, lit. "hardly."

=Page 4.=--[4.1] =inutilizan.= _Se_ is understood with this verb from preceding _mueren_.

[4.2] =va labrando su espíritu=, _goes on moulding their character_.

[4.3] =habilidosa=, _capable_.

[4.4] =lo moral=, _the moral nature_.

[4.5] =no hay más que=, _one can but_, lit. "there is no more than."

[4.6] =rasgados=, _large and full_. Cf. Fr. _bien fendu_.

=Page 5.=--[5.1] =los que amáis=, _you who love_. Antecedent _vosotros_ understood. This construction is analogous to the frequent suppression of the subject-pronoun before a noun or pronoun in apposition. Cf. page 7, line 9.

[5.2] =a la ventura=, _at random_.

[5.3] =las montañas de tierra adentro=, _the mountains inland_. _Tierra adentro_ is an adverbial phrase, here used substantively, governed by _de_, the whole forming an adjectival phrase.

=Page 6.=--[6.1] =carel=, _wales_ or _bends of the boat_.

[6.2] =quiénes... quiénes... quiénes=, _some... some... others_.

[6.3] =les hacía no soltarlos.= _Les_ is dative. The object of _hacer_ when it governs also an infinitive is dative when the infinitive is transitive; when the latter is intransitive, the object is accusative if it denote a thing, usually dative if denoting a person.

[6.4] =formando a modo de escuadrilla=, _forming as it were a little squadron_.

[6.5] =fijándose=, _fixing his attention_. As in so many other cases we have here a meaning neglected by the dictionaries. The verb is also used without complement expressed: _no me fijé_, "I did not notice."

[6.6] =no dejaban de ser=, _were nevertheless_, lit. "did not leave off being." Cf. Fr. _cela ne laisse pas de m'ennuyer_.

=Page 7.=--[7.1] =el semblante viene de allá=, _it seems likely to blow from that quarter_, lit. "the signs [of it] are coming from yonder."

[7.2] =amuró=, _has tacked_. This use of the preterite as equivalent to a perfect in speaking of recent events is not sufficiently noted by the grammars. It is used when the result of the action rather than the action itself is to be emphasized. Cf. _¿Ya se levantó V.?_ "Have you risen already?" i.e. "Are you already up?" _Todo se acabó_, "It's all over."

[7.3] =bonito=, _bonito_, _striped tunny_. This fish, which plays a considerable rôle in the novel, may be so called from its handsome coloring, steel-blue with oblique stripes of black. It belongs to the mackerel family (_Scombridae_), its scientific name being _Sarda Sarda_. It reaches a 2-2-1/2 ft. and a weight of 8-10 lbs. Its flesh is rather coarse and oily, red in color, resembling beef in appearance.

[7.4] =Allá veremos=, We shall see when the time comes, lit. "yonder." There is an additional shade of meaning in the phrase which might be expressed by "but I won't guarantee it."

[7.5] =tornó a ser.= _Tornar_, like _volver_, with _a_ + following infinitive means "to be (or do) a thing again."