José

Chapter 11

Chapter 114,132 wordsPublic domain

--En uso de la facultad que la ley me concede, designo a Dª. Rafaela Morán, madrina de la interesada, para que la tenga en su poder hasta que cese el depósito.

Mientras D. Telesforo extendía estas diligencias,[142.1] los marineros y las mujerucas comenzaron a consolar a la señá Isabel y a poner infinitos comentarios y glosas a la escena que se estaba efectuando: repuestos de la sorpresa que les había producido, se les desató la lengua de forma que[143.1] la tienda parecía un gallinero.

--¡Pero cómo se atrevería esa chica a dar un paso semejante!--decía uno.

--Después de todo, ¿qué se va a hacer?... Hay que tomarlo con calma, señá Isabel...--decía una vieja que no le pesaba nada[143.2] del disgusto que la maestra padecía.

--Por mí, si estuviera en su lugar--decía otra a quien le pesaba mucho menos--no me disgustaría poco ni mucho[143.3]... Que la niña se quiere marchar de casa... ¡Vaya bendita de Dios!... Con darle lo que es suyo, estamos en paz.[143.4]

La maestra la echó una rápida mirada de ira. La vieja sonrió con el borde de los labios:[143.5] ya sabía que había herido en lo más vivo.

--Lo peor de todo es el ejemplo, D. Claudio--dijo el maragato.

--Tiene V. razón, ¡el ejemplo! ¡el ejemplo!--exclamó aquél elevando al cielo los ojos y las manos.

--A mí me daba en la nariz[143.6] que Elisa tenía algún secreto--apuntó un marinero anciano.--Por dos veces la vi hablando con D. Fernando de Meira, camino del[143.7] monte de San Esteban, y noté que en cuanto me atisbaron[143.8] echaron a correr, uno para un lado y otro para otro.

--Pues otra cosa me pasó a mí--dijo el cabo de mar.--Iba una tarde hacia Peñascosa, y a poco más de media milla de aquí me encontré a D. Fernando, en gran conversación con Elisa, y noté que acababa de separarse de ellos la viuda de Ramón de la Puente.

--¡Ya me parecía que aquí había de andar la mano del señor de la gran casa de Meira!--exclamó la maestra.

Oyendo aquel insulto, D. Fernando no pudo contenerse y entró como un huracán por la puerta de la tienda, con las mejillas pálidas y los ojos centellantes.

--¡Oiga V., grandísima pendeja; enjuáguese V. la boca antes de hablar de la casa de Meira!

--¡No lo dije yo!--exclamó la maestra soltando al mismo tiempo una carcajada estridente.--¡Ya pareció el marqués de los calzones rotos!--Y encarándose con él, añadió sarcásticamente:--¿Cuántos zoquetes de pan le han dado, señor marqués, por encargarse de este negocio?

Los tertulios rieron. El pobre caballero quedó anonadado; la cólera y la indignación se le subieron a la garganta, y en poco estuvo que no le ahogasen;[144.1] comprendió que era imposible luchar con la desvergüenza y procacidad de aquella mujer, y se salió de la tienda pálido y convulso. Pero la maestra, viendo que se le escapaba la presa, le gritó:

--¡Ande V., pobretón! Le habrán llenado la panza para servir de pantalla, ¿verdad? Ande, váyase y no vuelva, ¡gorrón! ¡pegote! ¡chupón!

El noble señor de Meira, al recibir por la espalda aquella granizada de injurias, se volvió, agitó los puños y tuvo fuerzas para preguntar:

--¿Pero no hay quien clave un hierro candente en la lengua a esa infame mujer?

Al decir esto recordaba, sin duda, los terribles castigos que sus antepasados infligían a los villanos insolentes. Pero en la tienda, estas aterradoras palabras fueron acogidas con una risotada general.

D. Telesforo, en tanto,[145.1] había concluido de escribir. El juez, cada vez más ofendido con la maestra, dijo al secretario:

--Haga V. el favor de notificar a la madre de la joven que debe entregar la cama y la ropa de su uso.

--Yo no entrego nada, porque lo que hay en casa es mío--dijo la vieja poniéndose seria.

--Dígale V. a la señora--continuó el juez, dirigiéndose a D. Telesforo,--que eso ya se verá: por lo pronto,[145.2] que entregue la cama y la ropa que la ley concede a la depositada.

--Pues yo no entrego nada.

--¡Pues se lo tomaremos!--exclamó D. Cipriano exasperado.--A ver: dos de VV. que vengan conmigo a servir de testigos...

Y señalando a un par de marineros, les obligó a subir con él al cuarto de Elisa. Ésta sollozaba en el portal escuchando con terror los atroces insultos que a ella, a su novio y a la familia de éste lanzaba su madre dando vueltas[145.3] por la tienda como una fiera.

Al cabo de un instante bajó D. Cipriano.

--Elisa, sube conmigo a señalar tu ropa.

--¡Por Dios, señor juez! Déjeme V. por Dios! No quiero llevarme nada...

D. Cipriano, respetando el dolor de la joven y su delicadeza, no quiso insistir. Pero se fue a la calle en busca de José, le llevó arriba y le hizo cargar con la ropa y la cama de Elisa. Después sacó a ésta del portal, la colocó entre D. Fernando de Meira y él, y se dirigieron a casa de la madrina escoltados por el secretario y algunas mujeres y marineros que se habían juntado a la puerta de la tienda. José marchaba delante trotando con su grata carga.

XV

Trascurrieron los tres meses que la ley señala para esperar el consejo paterno: no se pasaron tan alegres como podía presumirse. Elisa no estaba contenta en casa de su madrina: era una vieja egoísta e impertinente que no cesaba en todo el día de reñir con las gallinas, con el cerdo y con los gatos. Acostumbrada a este gruñir y rezar constante, pronto consideró a su ahijada como uno de tantos animales domésticos, y le prodigó los mismos discursos: de vez en cuando le echaba en cara directa o indirectamente el favor que la hacía; favor que la joven había prometido pagar cuando estuviese en posesión de sus bienes. Además, la rebelión contra su madre la traía pesarosa;[146.1] sentía remordimientos; lloraba a menudo; más de una vez se sintió tentada a volverse a casa, echarse a los pies de señá Isabel y pedirla perdón. José la sostenía con su pasión enérgica y dulce a la par[146.2] en estos momentos de flaqueza, tan propios en una hija buena y sencilla. No salía apenas a la calle: sólo a la hora del oscurecer, cuando su novio venía de la mar, hablaba algunos cortos instantes con él a la puerta de casa, delante de su madrina, quien no se alejaba un punto de ellos, más por el gusto de estorbarles, que para guardar a su ahijada. Tal vez que otra, muy rara,[146.3] salían de paseo los tres por algún camino extraviado, de suerte que nadie los viese: la inocente muchacha imaginaba que su conducta era juzgada severamente en Rodillero, y que todos la reprobaban. No era verdad: los vecinos del lugar, sin faltar uno, hallaban justificada su resolución, y se habían alegrado no poco de ella: la maestra era generalmente odiada.

Hubo un suceso también que les impresionó dolorosamente, lo mismo a ella que a José, y que hizo bastante ruido en el pueblo. D. Fernando de la casa de Meira había desaparecido de Rodillero pocos días después de haberse depositado a Elisa; de nadie se despidió, y nadie supo a dónde se había dirigido: todas las indagaciones que se hicieron para averiguar su paradero, fueron infructuosas. José experimentó un gran disgusto: precisamente tenía ya ahorrados de la costera del bonito cerca de tres mil reales que pensaba darle en seguida a cuenta de los diez mil que de él había recibido, figurándose, no sin razón, que los dineros con que se había quedado[147.1] de los catorce mil que D. Anacleto le había pagado por la casa, andarían muy cerca de concluirse. Volvíase loco pensando que acaso hostigado por la necesidad, y no queriendo de vergüenza pedirle nada, se habría huido por el mundo[147.2] el buen caballero a quien tantos favores debía. Salió expeditamente él mismo en su busca, abandonando para ello lancha y trabajo; pero después de recorrer durante cuatro días todos los contornos y haber extendido la excursión a varios puntos distantes de la provincia preguntando en todos los parajes, viose necesitado a regresar sin saber nada. Esto le tenía muy apesadumbrado.

La costera del bonito había sido tan buena aquel año como el anterior: la lancha que José había comprado a un armador vizcaíno, trabajó admirablemente todo el verano: la compaña, en la cual figuraban como antes el satírico Bernardo y el tremendo Corsario, estaba contentísima, no sólo por las ganancias que percibía, sino por ver al pobre José, a quien todos apreciaban de veras, al cabo de sus desgracias y en vísperas de ser feliz. Repetíase sin notables variantes lo que pasaba en el comienzo de esta historia: Bernardo embromaba a sus compañeros, y en particular al Corsario, con faramallas divertidas como la de la piedra de marras:[148.1] José no salía tampoco ileso de ellas. A menudo le preguntaba:--¿Pero cuándo vemos esa comedia, muchacho? Mira tú que se van a marchar los cómicos.--Todos estaban al tanto de lo que aquello significaba, y reían, recordando la promesa que José les había hecho el año anterior, de darles dinero el día de su matrimonio para ir a Sarrió a ver una función de teatro. La única diferencia, y de ello no les pesaba nada, era que este año había mucha sardina: los viejos, mientras ellos corrían por la altura aferrando bonitos, se mantenían cerca de la costa, con las barcas chicas, y mañana y tarde solían volver a casa cargados de pescado. En pocos meses había entrado mucho dinero en el pueblo: las fábricas de escabeche funcionaban noche y día; no se veían por la calle sino maragatos y carros atestados de barriles. El cuerno de la abundancia se había vaciado de golpe sobre Rodillero; y, como sucedía siempre en tales casos, en vez de separar una parte de las ganancias para comer en los días de miseria, todas se invertían en las tabernas y en el mercado. Entre los pescadores no se conoce apenas el ahorro; pero hay disculpa para ello: el peligro constante en que viven les arranca la facultad de prever, que tan desarrollada está entre los campesinos; el trabajo rudo y sombrío a que se entregan les hace apetecer con ansia los momentos de expansión y la alegría ruidosa que el vino comunica.

Sucedió lo que era de esperar: en pos de los bienes, los males. Terminada la costera del bonito, y también casi dando las boqueadas[149.1] la de la sardina, quedaron las lanchas paradas algún tiempo esperando la merluza y el congrio. Los marineros, durante este tiempo de holganza, vivían en las tabernas o se paseaban en pandillas, según su costumbre, por las riberas de la mar escrutando y dando su opinión sobre las velas que cruzaban por el horizonte. En estos días se comieron lo que les restaba de los pingües quiñones del verano.

Pero el invierno no se presentó benigno. Cuando empezaron a salir al congrio y la merluza, volvían la mayor parte de los días sin nada o con muy poco pescado. Además, en varias ocasiones sintieron algunos latigazos del Noroeste, que les puso en cuidado. Dejaron entonces de pescar, y aguardaron que llegase la época propicia para el besugo. El mes de Diciembre siguió aún más rudo y tornadizo[149.2] que el de Noviembre; mas como no había otro remedio que ir a la mar, bajo pena de morirse de hambre o salir a pedir limosna por las aldeas, cosa que solamente hacían en el último aprieto, comenzaron a trabajar en la pesca del besugo, aunque recelosos y prevenidos para cualquier evento. El tiempo fue de mal en peor: algunos días serenos llegaban que les hacían concebir esperanzas de mejoría; pero al instante se cambiaba y volvía a mostrarse con cariz feo y huraño.[150.1] Cierta especie propalada por el lugar les infundió aún más recelo: se decía que un muchacho había visto varias noches salir de la ribera tres de las lanchas, tripuladas por hombres vestidos de blanco, y que al cabo de dos o tres horas las veía entrar de nuevo solas. No es fácil representarse el terror que esta noticia produjo en el pueblo, sobre todo entre las mujeres: los hombres también estaban tristes y medrosos, pero lo disimulaban.

A la general tristeza que en el pueblo reinaba, y de la cual participaban, no en pequeña porción, Elisa y José, se añadió para éstos una desgracia que les conmovió hondamente: se supo de modo evidente[150.2] que D. Fernando de Meira había sido encontrado muerto en un camino de sierra, allá hacia la montaña[150.3] de León. Se dio por supuesto[150.4] entre los vecinos que el caballero iría[150.5] a buscar dinero a réditos[150.6] por la noche, según su costumbre, y se habría matado[150.7] de una caída; pero algunos, sin respeto a la memoria del comendador de Villaplana, del procurador de las Cortes de Toro, del presidente del Consejo de Italia y del oidor de la Audiencia de Méjico, aseguraban que D. Fernando iba pidiendo limosna y se había muerto de hambre y de frío. Sea de esto lo que quiera,[150.8] su muerte causó en todo el pueblo triste impresión, porque era universalmente querido. Elisa le lloró como a un padre, y José anduvo muchos días caviloso[150.9] y taciturno. Pero al cabo, los preparativos de boda consiguieron secar las lágrimas de ambos y ocupar exclusivamente su atención. Habían pensado casarse en los primeros días de Diciembre; mas no fue posible por algunas dificultades que el cura puso y necesitaron vencer; y también porque no hallaron casa. José no quería de modo alguno vivir con su madre, pues conociéndole el genio, sabía que Elisa iba a tener disgustos, por más que aquélla ya la amase entrañablemente. Quedó aplazado el matrimonio para año nuevo. Los preliminares, tan sabrosos siempre para los enamorados, no lo fueron tanto en esta ocasión por las particulares circunstancias en que se hallaban y por la atmósfera de tristeza que pesaba sobre el pueblo.

El tiempo vino tan recio[151.1] y la desconfianza de la marinería era tanta, que reunidos los patrones de las lanchas, acordaron velar todas las noches tres de ellos, para reconocer atentamente el estado de la mar y del cielo, y en vista de sus observaciones, decidir si se había de llamar a la gente o no. Además, como generalmente se salía antes de amanecer, se previno que la lancha que saliese primero o fuese delante pusiese una luz en la proa, en caso de que hallase peligroso el continuar, la cual serviría de señal a las otras para volverse al puerto. Dos noches antes del suceso que vamos a narrar le tocó a José hacer la guardia con otros dos; vieron malo el cariz y no quisieron avisar. Pero como hacía ya algunos días que estaba la pesca parada y comenzaba a dejarse sentir el hambre, algunos murmuraron en la taberna de esta determinación; el día había mejorado un poco, aunque no mucho. Por la noche se quedaron de vela otros tres patrones, los cuales vacilaron mucho tiempo antes de dar al muchacho la orden de _revolver_,[151.2] porque el semblante era feo y sucio como pocas veces; mas al fin la dieron, pensando en la miseria de la gente o temiendo acaso las murmuraciones.

José fue uno de los primeros que llegaron a la ribera.

--¡Ave María, qué barbaridad![152.1]--exclamó, mirando al cielo.--¡Vaya una noche que han escogido para salir a la mar!

Pero era demasiado prudente para alarmar a sus compañeros, y demasiado bravo para negarse a salir. Se calló, y ayudado de sus compañeros botó al agua la lancha: como estaba la más próxima, quedó a flote y aparejada la primera. En cuanto la compaña estuvo a bordo, comenzaron a bogar. Eran más hombres que en el verano, lo cual sucede siempre, tanto porque en el invierno la gente no se reparte en otras faenas, cuanto porque a causa de las frecuentes calmas, es preciso que haya bastantes remos en las lanchas. En la de José iban catorce.

Después que se hubieron apartado del puerto una milla, José dio la orden de izar vela. Las lanchas asturianas llevan siempre cinco, que son por orden de magnitud: la _mayor_, la _cebadera_, el _trinquete_, el _borriquete_ y la _unción_,[152.2] las cuales se combinan diversamente según la fuerza del viento: la _unción_, que es la más pequeña, lleva este nombre terrible, porque se iza sola cuando están a punto de perecer.

--¿Qué izamos, José?--preguntó uno.

--Los trinquetes--respondió éste secamente.

Los marineros pusieron la cebadera en el medio y el trinquete en la proa, pues tal era lo que la orden significaba.

La noche estaba oscura, pero no encapotada; el cielo se mostraba despejado a ratos; las nubes negras y redondas corrían con extraña velocidad, lo cual manifestaba claramente que el viento soplaba huracanado arriba, por más que abajo no se hubiese aún dejado sentir con fuerza. Esto tenía sumamente inquieto y preocupado a José, quien no apartaba la vista del cielo. Iban todos silenciosos y tristes; el frío les paralizaba las manos, y el temor, que no podían ocultar, la lengua; echaban también frecuentes miradas al firmamento, por donde corrían cada vez con más furia las nubes; la mar estaba gruesa y sospechosa.

Así caminaron un cuarto de hora, hasta que José rompió de súbito el silencio lanzando una interjección.

--...¡Esto es una porquería! ¡Hoy no salen a la mar ni los perros!

Tres o cuatro marineros se apresuraron a decir:

--Tienes razón.--Es un tiempo cochino.--Está bueno para los cerdos, no para los hombres.

--Por nosotros, José--concluyó diciendo uno,--no sigas adelante... Si te parece, da la vuelta[153.1]...

José no respondió: siguió callado unos minutos hasta que, levantándose de pronto, dice en tono resuelto:

--Muchacho, enciende ese farol... A cambiar.[153.2]

El rapaz encendió el farol, y lo colocó en la proa con visible satisfacción. Los marineros ejecutaron la maniobra, satisfechos también, aunque sin mostrarlo.

La lancha comenzó a navegar orzada hacia Rodillero. Al instante vieron encendidas, allá a lo lejos, unas después de otras, las luces de todas las lanchas. Esto significaba que todas habían visto la señal y se volvían al puerto.

--¡Si no podía menos![153.3]--dijo uno.

--¡Quién va con ganas a la mar hoy!--dijo otro.

--Pero esos borricos de Nicolás y Toribio, ¿por qué mandaron revolver?

Se les había desatado la lengua a todos. Mas después de caminar un rato hablando, observó José por sotavento el bulto de una lancha que pasaba no muy lejos de la suya, sin luz en la proa.

--Alto, muchachos--dijo.--¿Qué diablos es esto? ¿A dónde va esa lancha?

--Pregunta.

El patrón se puso en pie y haciendo con las manos una bocina, gritó:

--¡Ah de la lancha![154.1]

--¿Qué quieres, José?--contestó el de la otra, que le conoció por la voz.

--¿A dónde vas, Hermenegildo?--preguntó José, que también le había conocido.

--A la playa--repuso el otro acercándose cuanto pudo.

--¿Pero no habéis encendido los faroles después que yo lo puse?[154.2]

--Sí, pero conozco muy bien a este pueblo: te habrán enseñado los faroles, sin hacer maldito el caso[154.3]... ¿Cuánto me apuestas a que todos los barcos amanecen hoy[154.4] en la playa?

--¡Malditos envidiosos!--exclamó José por lo bajo, y dirigiéndose a la tripulación:--A cambiar otra vez... El día menos pensado va a haber una desgracia por estas cicaterías...

Los marineros ejecutaron la maniobra de mal humor.

--¿No te dije muchas veces, José--apuntó Bernardo,--que en este pueblo cualquiera se queda tuerto porque el vecino ciegue?[154.5]

El patrón no contestó.

--Lo gracioso[154.6] es--observó otro--que esos babiecas piensan que van a engañarse, cuando aquí al que más y al que menos, le duelen los riñones de saber con qué bueyes ara.[155.1]

--La risa será cuando nos veamos todos, así que amanezca--añadió un tercero.

--Ya veréis si cualquier día sucede algo--dijo otra vez José,--cómo[155.2] no ha de faltar a quien echar la culpa.

--Eso siempre--repuso Bernardo con gravedad cómica.

Después de estas palabras reinó silencio en la lancha. Los marineros contemplaban taciturnos el horizonte: el patrón observaba cuidadosamente el cariz y se mostraba cada vez más inquieto, apesar de que hubo un instante en que el cielo apareció despejado casi por entero. Pero no tardó en cubrirse de nuevo. Sin embargo, el viento no soplaba duro sino arriba: hacia el amanecer también aquí se calmó. La aurora fue triste y sucia como pocas: la luz se filtraba con enorme trabajo por una triple capa de nubes.

Cuando llegaron a la playa, vieron en efecto a casi todas las lanchas de Rodillero que ya habían echado al agua las cuerdas y pescaban no muy lejos unas de otras. Hicieron ellos otro tanto[155.3] después de arriar las velas, y metieron a bordo durante dos horas algunos besugos; no muchos. A eso de las diez se ennegreció más el cielo y cayó un chubasco que arrastró consigo un poco de viento: a la media hora vino otro y el viento sopló más fuerte. Entonces algunas lanchas recogieron los aparejos, e izaron vela poniendo la proa a tierra: las demás, unas primero y otras después, siguieron el ejemplo.

--Para este viaje no necesitábamos alforjas--dijo un compañero de José, amarrando de mal humor el puño del borriquete[156.1] a la proa.

Estaban a unas diez o doce leguas de la costa. Antes de haberse acercado dos millas a ella, vieron que el cielo se ennegrecía fuertemente hacia el Oeste: fue tal la negrura, que los marineros se miraron unos a otros despavoridos.

--¡Madre del alma, lo que allí viene!--exclamó uno.

José había mandado desde el principio, por precaución, izar los borriquetes, esto es, el trinquete en el medio y el borriquete a proa. Miró fijamente al Oeste: la negrura se iba acercando rápidamente. Cuando sintió en el rostro el fresco que precede al chubasco, se puso en pie gritando:

--¡Arriar en banda escotas y drizas![156.2]

Los marineros, sin darse cuenta tan cabal del peligro, se apresuraron, no obstante, a obedecer. Las velas cayeron pesadamente sobre los bancos: y fue bien a punto,[156.3] porque una ráfaga violentísima cruzó silbando por los palos y empujó con fuerza el casco de la embarcación. Los marineros dirigieron una mirada a José, que era un voto de gracias y confianza.

--¡Cómo has olido el trallazo recondenado![156.4]--dijo uno.

Pero al dirigir la vista al mar, observaron que una de las lanchas había zozobrado: otra vez volvieron los rostros a José, pálidos como difuntos.

--¿Has visto, José?--le preguntó uno con voz ronca y temblorosa.

El patrón cerró los ojos en señal de afirmación. Pero el rapaz que estaba a proa, al enterarse de lo que había ocurrido, comenzó a lamentarse a voces.

--¡Ay Virgen Santísima! ¿qué va a ser[157.1] de nosotros? ¡Madre mía! ¿qué va a ser de nosotros?

José, encarándose con él, los ojos centelleantes de cólera, gritó:

--¡Silencio, cochino, o te echo al agua ahora mismo!

El chiquillo, asustado, se calló.

--Traed[157.2] el borriquete al medio y la unción a proa--ordenó después.

Así se hizo rápidamente: José arribó[157.3] cuanto pudo, teniendo cuidado de no perder la línea de Rodillero: la lancha comenzó a navegar con extraordinaria velocidad, porque el viento soplaba impetuoso y cada vez más recio. No se pasaron muchos minutos sin que se levantase una formidable marejada o mar del viento, que les impidió ver el rumbo de las otras lanchas: a intervalos cortos llovía copiosamente. La salsa les incomodaba bastante y fue necesario que varios hombres se empleasen constantemente en achicar el agua; pero José atendía más al viento que a ésta: soplaba tan desigual y traidoramente, que al menor descuido estaba seguro de zozobrar: otras dos veces se vio precisado a arriar de golpe las velas para eludir la catástrofe. Últimamente, viendo la imposibilidad de navegar con dos velas, mandó izar sola la unción. Los marineros le miraban consternados: a varios de ellos les temblaban las manos al ejecutar la maniobra.

--Hay que arribar del todo--dijo José, con la voz ronca ya por los gritos que había dado.--No podemos entrar en Rodillero. Entraremos en Sarrió.

--Me parece que ni en Sarrió tampoco--repuso un viejo por lo bajo.

--Nada de amilanarse,[158.1] muchachos: ¡ánimo, que esto no es nada!--replicó el patrón con energía.