José

Chapter 10

Chapter 104,158 wordsPublic domain

--¡Qué he de ser buena![126.2]--prorrumpió Teresa con gran vehemencia.--Soy una loca rematada... La buena eres tú, mi palomita... ¿Estás bien?... ¿Te he hecho mucho daño?... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!

--Fui a casa de la sacristana a pedirla que le levantase la maldición...

Teresa al oír esto comenzó otra vez a mesarse el cabello.

--¡Si soy una bestia![126.3] ¡Si soy una loca! Razón tienen en decir que debiera estar atada... ¡Pegar a esta criatura por hacerme un beneficio!

Fue necesario que Elisa la consolase, y sólo después de afirmar repetidas veces que no la había hecho daño, que ya le había pasado el susto y que la perdonaba y la quería, logró calmarla.

En esto ya la joven se había levantado del suelo: Teresa le sacudió la ropa cuidadosamente, le enjugó las lágrimas con su delantal, y abrazándola y besándola con efusión gran número de veces, la fue acompañando por la calzada de la iglesia, llevándola abrazada por la cintura, hasta que dieron en el pueblo.[127.1] Por el camino hablaron de José (¿de qué otra cosa podían hablar de más gusto para las dos?); Elisa manifestó a Teresa que o se casaría con su hijo o con ninguno; ésta se mostró altamente satisfecha y lisonjeada de este cariño; se hicieron mutuas confidencias y revelaciones; se prometieron trabajar con alma y vida para que aquella unión se realizase, y, por último, al llegar al pueblo, se despidieron muy cariñosamente. Teresa, todavía avergonzada de lo que había hecho, preguntó a la joven antes de separarse:

--¿No es verdad, Elisina, que me perdonas de corazón?

--¡Bah!--repuso ésta con sonrisa dulce y graciosa.--Si V. me ha pegado, es porque puede hacerlo... ¿No soy ya su hija?

Teresa la abrazó de nuevo, llorando.

XIII

El suceso anterior, que pudo muy bien desbaratar los planes tenebrosos de la casa de Meira respecto a la suerte de Elisa y José, vino por su dichosa resolución a secundarlos. Porque a partir de este día, se entabló una firme amistad entre Elisa y la madre de su novio, la cual procuraron ambas mantener oculta por necesidad: veíanse furtivamente, cambiábanse rápidamente la palabra y se daban recados de José y para José; las entrevistas de éste con la joven continuaban siendo en las horas más silenciosas de la noche. En el pensamiento de los tres estaba el escogitar los medios de realizar el apetecido matrimonio contra la voluntad de la maestra, pues ya estaban bien convencidos de que nada lograrían de ella. Elisa se representaba bien claramente que la causa de aquella ruda oposición no era otra que la avaricia, el disgusto de entregar los bienes que pertenecían a su difunto padre; pero no sólo no lo confesaba a nadie, sino que hacía esfuerzos por no creerlo, y alejar de sí tal pensamiento: y aun se prometía muchas veces despojarse de su hacienda cuando[128.1] llegase el caso, para no causar pesadumbre alguna a su madre.

Mas aunque en ella y en José tal pensamiento estuviese presente, no acertaban a dar un paso para ponerlo en vías de obra;[128.2] la rudeza del pobre marinero, y la supina ignorancia de las mujeres, no les consentía ver en aquel asunto un solo rayo de luz. En esta ocasión, como en tantas otras durante la Edad Media, fue necesario que el castillo viniese en socorro del estado llano.[128.3] La casa de Meira, sin que ellos lo supiesen, ni menos[128.4] persona alguna de Rodillero, trabajaba en favor suyo silenciosamente, con el misterio y sigilo diplomáticos que ha caracterizado siempre a los grandes linajes, a los Atridas, a los Médicis, a los Austrias. Más de media docena de veces había ido D. Fernando a Sarrió y había vuelto sin que nadie se enterase del verdadero negocio que allá le llevaba: unas veces era para comprar aparejos de pesca, otras para encargarse unos zapatos, otras a ver un pariente enfermo, etc., etc.; siempre mintiendo y engañando sútilmente a todo el mundo con un refinamiento verdaderamente florentino. Lo mismo Teresa que Elisa, no dejaban de advertir que la sombra del noble vástago las protegía; había señales ciertas para pensarlo: cuando cruzaba a su lado las dirigía hondas miradas de inteligencia acompañadas a veces de ciertos guiños inexplicables, otras de alguna palabra misteriosa como «esperanza;» «los amigos velan;» «silencio y reserva;» y así por el estilo[129.1] otras varias destinadas a conmoverlas y sobresaltarlas; pero ellas la mayor parte de las veces no se daban por entendidas, o porque no las entendieran realmente, o porque no concediesen a los manejos diplomáticos del caballero toda la importancia que tenían. Sólo José estaba al tanto de ellos en cierta manera, aunque no mucho confiaba en su eficacia.

Un día D. Fernando le llamó a su posada, y presentándole un papel le dijo:

--Es necesario que firme Elisa este documento.

--¿Pero, cómo?...

--Llévalo en el bolsillo; provéete de un tintero de asta y una pluma... y a la primera ocasión... ¿entiendes?

--Sí, señor.

--Quedamos en eso.[129.2]

Devuelto el papel al cabo de algunos días con la firma, el caballero le dijo:

--Es necesario que preguntes a Elisa si está dispuesta a todo; a desobedecer a su madre y a vivir fuera de su casa algunos meses, para casarse contigo.[129.3]

Esta comisión fue de mucho mayor empeño[129.4] y dificultad para el marinero. Elisa no podía decidirse a dar un paso tan atrevido. No el temor de cometer un pecado y faltar a sus deberes filiales la embarazaba, pues por el cura que la confesaba sabía que siendo la oposición de los padres irracional o fundada únicamente sobre motivos de intereses, estaba en su derecho faltando a la obediencia: pero siempre había vivido tan supeditada a su madre, tenía tantísimo miedo a su cólera fría y cruel, que la idea de aparecer en plena rebelión ante ella, la aterraba. Fue necesario que pasasen muchos días, que José la suplicase infinitas veces hasta con lágrimas en los ojos, y que ella se persuadiese a que no había absolutamente otro recurso ni otro medio de salir de aquella angustiosa situación y alcanzar lo que tan ardientemente deseaba, para que al fin viniese a consentir en ello.

Noticioso el Sr. de Meira de esta concesión, dijo a José en el tono imperativo propio de su rango:

--Esta tarde ven a buscarme; tenemos que hacer juntos.

José inclinó la cabeza en testimonio de sumisión.

--¿Te encuentras resuelto a todo?

La misma señal de respeto.

--Perfectamente: no desmereces del alto concepto que de ti había formado. En los asuntos arduos es menester que se aúnen la diplomacia y el valor...; entiéndelo bien. Tal ha sido lo que caracterizó siempre a mi familia: prudencia y decisión. El adelantado D. Alonso de Revollar, un ascendiente mío por la línea femenina, pasó en su época, y durante la guerra de América,[130.1] por un consumado diplomático, y sin embargo, esto no dañaba poco ni mucho a su valor, que en ocasiones rayó en temeridad...

--¿Ya a qué hora quiere que vaya a buscarle?--preguntó José temiendo con razón que el caballero se descarriase,[130.2] como solía acontecer.

--Después de comer... a la una.

--Pues con su permiso, D. Fernando... tengo que componer una red...

--Bien, bien, hasta la vista.

A la hora indicada fue el marinero a la posada del Sr. de Meira: al poco rato salieron juntos y enderezaron los pasos por la calle abajo en dirección de la ribera. Antes de llegar a ella, D. Fernando se detuvo delante de una casa algo más decente que las contiguas.

--Alto; vamos a entrar aquí.

--¿En casa de D. Cipriano?

--En casa de D. Cipriano.

El Sr. de Meira llamó a la puerta y preguntó si se podía ver al señor juez municipal. La vieja que les salió a abrir, hermana de éste, les dijo que estaba durmiendo la siesta. D. Fernando insistió: era un negocio urgente. La vieja, mal humorada y gruñendo, porque estaba lejos de reconocer en el señor de Meira derechos señoriales, se fue al cabo a despertar a su hermano.

D. Cipriano, a quien ya tenemos el honor de conocer por haberle visto en la tienda de la maestra, los recibió afablemente, aunque mostrando sorpresa.

--¿Qué hay de nuevo, D. Fernando?

Éste sacó del bolsillo de su raidísima levita un papel, lo desdobló con lentitud académica y lo presentó gravemente al juez.

--¿Qué es esto?

--Una solicitud[131.1] de Dª. Elisa Vega pidiendo que se la saque del poder de su madre y se la deposite con arreglo a la ley, para contraer matrimonio.

D. Cipriano dio un salto atrás.

--¿Cómo... Elisita... la hija de la maestra?

D. Fernando inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

El juez municipal se apresuró a coger las gafas de plata que tenía sobre la mesa y a ponérselas, para leer el documento.

La lectura fue larga, porque D. Cipriano, en achaque de letras,[132.1] se había andado toda su vida con pies de plomo. Mientras duró, José tenía los ojos clavados ansiosamente en él. El señor de Meira se acariciaba distraídamente su luenga perilla blanca.

--¡No sospechaba esto!--exclamó el juez levantando al fin la cabeza.--Y a la verdad no puedo menos de[132.2] confesar que lo siento... porque al cabo[132.3] la maestra y su marido son amigos... y van a llevar un disgusto grande... ¿Ha escrito V. esta solicitud, D. Fernando?

--¿Está en regla, señor juez?--respondió éste gravemente.

--Sí, señor.

--Pues basta; no hay necesidad de más.

D. Cipriano se puso pálido; después rojo. No había hombre de más extraña susceptibilidad en todo el mundo: una mirada le hería; una palabra le ponía fuera de sí:[132.4] pensó que D. Fernando había querido darle una lección de delicadeza y se inmutó notablemente.

--Sr. D. Fernando... yo no pretendía... esas palabras... me parece...

--No ha sido mi ánimo ofender a V., señor juez. Quería solamente hacer constar mis derechos a callarme delante del funcionario... Por lo demás, V. es mi amigo hace tiempo y he tenido siempre un gran placer en tenderle mi mano. Basta que V. haya pertenecido a los ejércitos de su majestad, para que sea acreedor a la más alta consideración por parte de todos los hombres bien nacidos.

El tono y la actitud con que D. Fernando pronunció estas palabras debía semejar mucho al que usaban en tiempos remotos los nobles al dirigirse a algún miembro del estado llano, cuando éste entró a deliberar con ellos en los negocios del gobierno. Pero D. Cipriano, que no estaba al tanto de[133.1] estos ademanes puramente históricos, en vez de ofenderse más, se tranquilizó repentinamente.

--Gracias, D. Fernando..., muchas gracias. Como yo aprecio tanto a esa familia...

--Yo la aprecio también. Pero vamos al caso: Elisa se quiere casar con este muchacho; su madre se lo impide sin razón alguna... porque es pobre, tal vez... o tal vez (esto no lo afirmo, lo doy como hipótesis) por no entregar la herencia del difunto Vega, con la cual comercia y se lucra. No hay otro medio que acudir pidiendo protección a la ley; y la muchacha ha acudido.

--Está muy bien. Ahora lo que procede,[133.2] es que yo vaya a preguntar a la chica si se ratifica en[133.3] lo que aquí demanda. En caso afirmativo, procederemos al depósito.

--¿Y cuándo?

--Hoy mismo... Esta misma tarde, si VV. quieren.

--Por la tarde, señor juez--apuntó José,--se va a enterar todo el pueblo y habrá un escándalo... Si V. quisiera dejarlo para después que oscurezca...

--Como quieras; a mí me es igual. Pero te advierto que es necesaria la presencia del secretario, y está hoy en Peñascosa.

--D. Telesforo estará aquí entre luz y luz[134.1]--dijo el señor de Meira.

--Entonces no tengo nada que objetar. Al oscurecer les espero a VV.

--Ahora, D. Cipriano--dijo el señor de Meira, inclinándose gravemente,--yo espero que nada se sabrá de lo que ha pasado aquí...

--¿Qué quiere V. decir con eso, D. Fernando?--preguntó el juez, poniéndose otra vez pálido.

D. Fernando sonrió con benevolencia.

--Nada que pueda ofender a V., señor juez... Usted es un hombre de honor y no necesita que le recomienden el secreto en los negocios que lo exigen. Quería decir únicamente que en este asunto necesitamos el mayor sigilo; que nadie sospeche nuestro propósito, ni se trasluzca absolutamente nada.

--Eso es otra cosa--repuso D. Cipriano sosegándose.

--Quedamos, pues, en que[134.2] después que anochezca nos espera V., ¿no es eso?

--Sí, señor.

--Hasta la vista, entonces.

El prócer alargó su mano al representante del tercer estamento.

--Adiós, D. Fernando: adiós, José.

Así que cerró la noche, una noche de Agosto calurosa y estrellada, D. Fernando, D. Telesforo (que había llegado oportunamente pocos momentos antes) y José, se dirigieron otra vez a casa del juez: subió D. Telesforo únicamente: aguardaron a la puerta el noble y el marinero: al poco rato salió D. Cipriano acompañado de cerca por su notable bastón[135.1] con puño de oro y borlas, y algo más lejos por el secretario del juzgado. Los cuatro, después de cambiar un saludo amical en tono de falsete, enderezaron los pasos silenciosamente por la calle arriba en dirección a la casa del maestro.

Las tabernas estaban, como siempre a tal hora, atestadas de gente: por sus puertas abiertas se escapaba la luz y rumor confuso y desagradable de voces y juramentos: nuestros amigos se alejaban de ellas cuanto podían para no ser notados. El pobre José iba temblando de miedo: él, tan sereno y tan bravo ante los golpes de mar, sentía encogérsele el corazón y doblársele las piernas al imaginar cómo se pondría la maestra viéndose burlada. Más de veinte veces estuvo para huir,[135.2] dejar que aquellos señores desempeñasen su tarea solos; pero siempre le detenía la idea de que Elisa iba a necesitar de su presencia para animarse. ¿Cómo estaría la pobrecilla en aquel momento? Al preguntarse esto José tomaba fuerzas y seguía caminando quedo en pos de los tres ancianos.

Cuando llegaron frente a la casa de la maestra, el juez se detuvo y les dijo bajando cuanto pudo la voz:

--Ahora voy a entrar yo solamente con D. Telesforo. Usted, D. Fernando, puede quedarse con José cerca de la puerta, por si hacen falta para dar valor a la chica.

Asintió el marinero de todo corazón, pues en aquel instante podía ahogársele con un cabello. D. Cipriano y D. Telesforo se apartaron de ellos; la luz de la tienda les iluminó por un momento: entraron. Un estremecimiento de susto y pavor sacudió fuertemente el cuerpo de José.

XIV

En la tienda de la maestra se habían congregado, como todas las noches a primera hora,[136.1] unos cuantos marineros y algunas mujerucas, que rendían parias a la riqueza y a la importancia de la señá Isabel: estaban además el cabo de mar y un maragato que traficaba con el escabeche. La tertulia se mantenía silenciosa y pendiente de los labios del venerable D. Claudio, el cual, sentado detrás del mostrador en un antiguo sillón de baqueta,[136.2] leía en alta voz a la luz del velón por[136.3] un libro manoseado y grasiento.

Era costumbre entre ellos solazarse en las noches de invierno con la lectura de alguna novela: las mujeres, particularmente, gozaban mucho siguiendo sus peripecias dolorosas. Porque era siempre una historia tristísima la que se narraba, y si no los tertulianos se aburrían: una esposa abandonada de su marido, que a fuerza de paciencia y dulzura consigue traerle de nuevo a sus brazos; las aventuras de un niño expósito, que al fin resulta hijo de un duque o cosa que lo valga;[136.4] los trabajos de dos enamorados a quienes la suerte persigue cruelmente muchos años. Había dos o tres docenas de estas novelas en Rodillero, que habían dado ya varias veces la vuelta al pueblo,[136.5] siempre con el mismo éxito lisonjero y con un poquito más de grasa cada día en sus folios: todas «concluían bien:» era requisito indispensable. D. Claudio, que era muy sensible a las desgracias narradas y solía llorar con[137.1] ellas, cuando estaba constipado[137.2] nunca dejaba de proponer que se leyese, con objeto de desahogar un poco la cabeza.

Titulábase la novela que ahora tenía entre las manos, _Maclovia y Federico, o las minas del Tirol_: era una relación conmovedora de las desdichas de dos amantes que, habiendo nacido en egregia cuna, por el rigor de sus padres se ven precisados a ganarse el sustento con las manos. Federico y Maclovia se casan en secreto: el padre de ésta, que es un príncipe de malísimas pulgas,[137.3] los persigue: huyen ellos, y Federico entra de bracero en una mina; su joven esposa le sigue con admirable valor; tienen un hijo; padecen mil dolores e injusticias: al fin el príncipe se ablanda y los redime de tanta desgracia, llevándolos en triunfo a su palacio. Las mujerucas, y hasta los hombres, estaban sumamente interesados y ansiaban saber en qué paraba.[137.4] De vez en cuando alguna de aquéllas exclamaba en tono lastimero:

--¡Ay, pobrecita mía; cuánto pasó![137.5]

La compasión era siempre para el elemento femenino de la obra.

La señá Isabel cosía como de costumbre detrás del mostrador al lado de su fiel esposo; no parecía muy apenada por las desgracias de los jóvenes amantes. Elisa también estaba sentada cosiendo; pero a menudo se levantaba de la silla con distintos pretextos, descubriendo cierta inquietud que desde luego[137.6] llamó la atención de la sagaz maestra.

--¡Pero muchacha, hoy tienes azogue![137.7]

No azogue, sino miedo y muy grande tenía la pobre. ¡Cuántas veces se arrepintió de haber cedido a los ruegos de José! Pensando en lo que iba a suceder aquella noche, sentía escalofríos; el corazón le bailaba dentro del pecho con tal celeridad, que se extrañaba de que los demás no lo advirtiesen. Había rezado ya a todos los santos del cielo y les había prometido mil sacrificios si la sacaban con bien[138.1] de aquel aprieto.--¡Dios mío--solía decirse,--que no vengan!--Y a cada instante dirigía miradas de terror a la puerta. La señá Isabel observó que unas veces estaba descolorida, y otras roja como una amapola.

--Oyes, Elisa; tú estás enferma...

--Sí, madre; me siento mal--repuso ella vislumbrando con alegría la idea de marcharse.

--Pues anda, vete a la cama... será principio de un constipado.

La joven no lo quiso ver mejor,[138.2] y soltando la obra que tenía en las manos, desapareció rápidamente por la puertecilla de la trastienda. Subió la escalera a saltos como si huyese de un peligro inminente; pero al llegar a la sala quedó petrificada oyendo en la tienda la voz de D. Cipriano.

En efecto, éste y D. Telesforo entraban en aquel instante.

--Buenas noches, señores.

--Buenas noches--contestaron todos.

La maestra quedó muy sorprendida, porque D. Telesforo hacía bastante tiempo que estaba reñido con ella y no frecuentaba la tienda. Después de un momento de silencio algo embarazoso, D. Cipriano preguntó con amabilidad:

--¿Y Elisita?

--Ahora se ha ido a la cama: se siente un poco mal--repuso la señá Isabel.

--Pues necesito hablar con ella dos palabritas--replicó el juez apelando siempre[139.1] a los diminutivos.

La maestra se puso terriblemente pálida, porque adivinó la verdad.

--Bueno, la llamaré--dijo con voz opaca[139.2] levantándose de la silla.

--No es necesario que V. la moleste; yo subiré, si es que no se ha acostado.

--Subiremos cuando V. quiera...

El juez extendió la mano como para detenerla, diciendo:

--Permítame V., señora Isabel... El negocio que vamos a tratar es reservado[139.3]... El único que debe subir conmigo es D. Telesforo.

La maestra le clavó una mirada siniestra: D. Cipriano se puso un poco colorado.

--Yo lo siento mucho, señora, pero es necesario...

Y por no sufrir más tiempo los ojos de la vieja, se apresuró a subir a la casa,[139.4] seguido del secretario.

El venerable D. Claudio, prodigiosamente afectado con aquella escena, dejó caer al suelo a la desdichada _Maclovia_, y ya no se acordó de recogerla. Abría los ojos de tal modo, mirando a su mujer, que era un milagro del cielo el que no se le escapasen de las órbitas.[139.5] La maestra, inmóvil, clavada al suelo en el mismo sitio en que la había dejado D. Cipriano, no perdía de vista la puerta por donde éste había salido.

--Vamos--dijo al fin con ira concentrada, pasándose la mano por el rostro;--la niña está en el celo;[139.6] hay que casarla a escape.[139.7]

--¿Cómo casarla?--preguntó D. Claudio.

Su mujer le echó una mirada de desprecio, y volviéndose a los circunstantes que estaban pasmados sin saber lo que era aquello, añadió:

--¿Qué; no se han enterado VV. todavía?... Pues está bien claro; que ese perdido de la viuda necesita cuartos, y quiere llevarme a Elisa.

José oyó perfectamente estas palabras, y se estremeció como si le hubiesen pinchado. D. Fernando trató de sosegarlo, poniéndole una mano sobre el hombro; pero él mismo estaba muy lejos de hallarse tranquilo; por más que se atusase[140.1] gravemente su luenga perilla blanca hasta arrancársela, la procesión le andaba por dentro.[140.2]

--Yo creía--dijo uno de los tertulios--que eso había concluido hacía ya mucho tiempo.

--En la apariencia sí--contestó la maestra;--pero ya ven VV. cómo se las ha arreglado[140.3] ese borrachín para engatusarla otra vez.

--Pero ese es un acto de rebelión por parte de Elisa, que merece un castigo ejemplar--saltó D. Claudio.--Yo la encerraría en la bodega y la tendría quince días a pan y agua.

--Y yo te encerraría a ti en la cuadra por borrico--dijo la señá Isabel, descargando sobre su consorte el fardo de cólera que la abrumaba.

--¡Mujer!... esa severidad... ¿a qué conduce?... Me parece que te ha cegado la pasión en este momento.

El rostro del maestro, al proferir estas palabras, reflejaba la indignación y el miedo a un mismo tiempo, y guardaba, aunque no esté bien el decirlo, más semejanza que nunca con el de un perro dogo.

Su esposa, sin hacerle caso alguno, siguió hablando con aparente calma.

--¡Vaya, ya se le contentó el antojo a la viuda!... Hay que alegrarse, porque si no, el día menos pensado se queda en un patatús.[141.1]

--¡Pero quién había de decir que una chica tan buena como Elisa!...--exclamó una de las mujerucas.

--A la pobre le han llenado la cabeza de viento--dijo la maestra.--Se figura que hay en casa torres y montones y que todos son de ella... ¡No se van a llevar mal chasco ella y su galán![141.2]

--Señora Isabel--dijo el juez, que bajaba en aquel momento,--Elisa ha solicitado el depósito para casarse y acaba de ratificarse en su petición... No me queda más remedio que decretarlo... Siento en el alma darle este disgusto... pero la ley... yo no puedo menos...

La maestra, después de mirarle fijamente, hizo un gesto despreciativo con los labios.

--No se disguste V., D. Cipriano, que va a enfermar.[141.3]

Una ola formidable de sangre subió al rostro del susceptible funcionario.

--Señora, tenga V. presente[141.4] con quien habla.

--Con el hijo de Pepa la panadera--dijo ella, bajando la voz y volviéndole la espalda.

El capitán D. Cipriano era hijo, en efecto, de una humilde panadera y había ascendido desde soldado:[141.5] no era de los que ocultasen su origen ni se creía deshonrado por esto; mas el tono de desprecio con que la maestra pronunció aquellas palabras, le hirió tan profundamente, que no pudo articular ninguna. Después de mover varias veces los labios sin producir sonido alguno, al fin rompió, diciendo en voz temblorosa:

--Cállese V., mala lengua... o por vida de Dios, que la llevo a V. a la cárcel.

La maestra no contestó, temiendo sin duda que el juez exasperado cumpliese la amenaza: se contentó con reírse frente a sus tertulios.

D. Cipriano, repuesto de su emoción dolorosa, o convaleciente por lo menos, dijo con acento imperativo:

--A ver... designe V. la persona que ha de encargarse de su hija mientras permanezca en depósito.

La maestra volvió la cabeza, le miró otra vez con desdén y se puso a cantar frente a sus amigas:

Tan tarantán, los higos son verdes.

Viendo lo cual D. Cipriano, dijo con más imperio aún:

--Venga V. acá, D. Telesforo... Certifique usted ahora mismo que la señora no ha querido designar persona que se encargue de tener a su hija en casa mientras esté depositada.

Después de dar esta orden, salió de la tienda y se fue al portal: allí estaba Elisa a oscuras y temblando de miedo. Cuando hubo hablado con ella algunas palabras, volvió a entrar.