José

Chapter 9

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D. Fernando hablaba con tal autoridad, y arqueaba las cejas tan extremadamente, que a pesar de su figurilla menuda y torcida, consiguió infundir respeto al marinero; casi llegó a creer en el misterioso e invencible poder de la casa de Meira.

--A otra cosa... ¿Tú puedes disponer de la lancha esta noche?

--¿Qué lancha? ¿la de mi patrón?

--Sí.

--¿Para ir a dónde?

--Para dar un saleo.[111.1]

--Si no es más que para eso...

--Pues a las doce de la noche, pásate por mi casa[111.2] dispuesto a salir a la mar: necesito de tu ayuda para una cosa que ya sabrás... Ahora vuélvete a casa y comienza a gestionar[111.3] la compra de la lancha; ve a Sarrió por ella, o constrúyela aquí; como mejor te parezca.

Confuso y en grado sumo perplejo se apartó nuestro pescador del señor de Meira; todo se volvía cavilar mientras caminaba la vuelta de su casa[111.4] de qué modo habría llegado aquel dinero a manos del arruinado hidalgo, y se propuso no hacer uso de él en tanto que no[111.5] lo averiguase. Pero como los enigmas, particularmente los enigmas de dinero, duran en las aldeas cortísimo tiempo, no se pasaron dos horas sin que supiese que D. Fernando había vendido su casa el día anterior a D. Anacleto, el cual la quería para hacer de ella una fábrica de escabeche, no para otra cosa, pues en realidad estaba inhabitable. El señor de Meira la tenía empeñada ya hacía algún tiempo a un comerciante de Peñascosa en nueve mil reales. D. Anacleto pagó esta cantidad y le dio además otros catorce mil. En vista de esto, José se determinó a devolver los cuartos al generoso caballero tan pronto como le viese, porque le pareció indecoroso aceptar, aunque fuese en calidad de préstamo, un dinero de que tan necesitado estaba su dueño.

Todavía le seguía preocupando, no obstante, aquella misteriosa cita de la noche, y aguardaba con impaciencia la hora, para ver lo que era. Un poco antes de dar las doce por el reloj de las Consistoriales[112.1] enderezó los pasos hacia el palacio de Meira; llamó con un golpe a la carcomida puerta y no tardó mucho el propio D. Fernando en abrirle.

--Puntual eres, José. ¿Tienes la lancha a flote?

--Debe de estar, sí señor.

--Pues bien; ven aquí y ayúdame a llevar a ella esto.

D. Fernando le señaló a la luz de un candil un bulto que descansaba en el zaguán de la casa, envuelto en un pedazo de lona y amarrado con cordeles.

--Es muy pesado, te lo advierto.

Efectivamente, al tratar de moverlo se vio que era casi imposible llevarlo al hombro. José pensó que era una caja de hierro.

--En hombros no podemos llevarlo, D. Fernando. ¿No será mejor que lo arrastremos poco a poco hasta la ribera?

--Como a ti te parezca.

Arrastráronlo, en efecto, fuera de la casa; apagó D. Fernando el candil, cerró la puerta y, dándole vueltas, no con poco trabajo, lo llevaron lentamente hasta colocarlo cerca de la lancha. El señor de Meira iba taciturno y melancólico, sin despegar los labios: José le seguía el humor, pero sentía al propio tiempo bastante curiosidad por averiguar lo que aquella pesadísima caja contenía.

Fue necesario colocar dos mástiles desde el suelo a la lancha y, gracias a ellos, hicieron rodar la caja hasta meterla a bordo. Entraron después, y con el mayor silencio posible se fueron apartando de las otras embarcaciones.

La noche era de luna, clara y hermosa; el mar tranquilo y dormido como un lago; el ambiente, tibio como en estío. José empuñó dos remos, contra la voluntad del hidalgo, que pretendía tomar uno, y apoyándolos suavemente en el agua se alejó de la tierra.

El señor de Meira iba sentado a popa, tan silencioso y taciturno como había salido de casa. José, tirando acompasadamente de los remos, le observaba con interés. Cuando estuvieron a unas dos millas de Rodillero, después de doblar la punta del Cuerno, don Fernando se puso en pie.

--Basta, José.

El marinero soltó los remos.

--Ayúdame a echar este bulto al agua.

José acudió a ayudarle; pero deseoso, cada vez más, de descubrir aquel extraño misterio, se atrevió a preguntar sonriendo:

--¿Supongo que no será dinero lo que V. eche al agua, D. Fernando?

Éste, que se hallaba en cuclillas preparándose a levantar el bulto, suspendió de pronto la operación, se puso en pie y dijo:

--No; no es dinero... es algo que vale más que el dinero... Me olvidaba de que tú tienes derecho a saber lo que es, puesto que me has hecho el favor de acompañarme.

--No se lo decía por eso, D. Fernando: a mí no me importa nada lo que hay ahí dentro.

--Desátalo.

--De ningún modo, D. Fernando; yo no quiero que V. piense...

--¡Desátalo, te digo!--repitió el señor de Meira, en un tono que no daba lugar a réplica.

Obedeció José y, después de separar la múltiple envoltura de lona que le cubría, descubrió, al cabo, el objeto, el cual no era otra cosa que un trozo de piedra toscamente labrado.

--¿Qué es esto?--preguntó con asombro.

D. Fernando, con palabra arrastrada y cavernosa, contestó:

--El escudo de la casa de Meira.

Hubo después un silencio embarazoso. José no salía de su asombro y miraba de hito en hito[114.1] al caballero, esperando alguna explicación; pero éste no se apresuraba a dársela: con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza doblada hacia adelante, contemplaba sin pestañear la piedra que el marinero acababa de poner al descubierto. Al fin dijo en voz baja y temblorosa:

--He vendido mi casa a D. Anacleto... porque un día u otro yo moriré, y ¿qué importa que pare en manos extrañas antes o después?... Pero se la vendí bajo condición de arrancar de ella el escudo... Hace unos cuantos días que trabajo por las noches en separar la piedra de la pared...: al fin lo he conseguido...

Como D. Fernando se callase[114.2] después de pronunciar estas palabras, José se creyó en el caso de[114.3] preguntarle:

--¿Y por qué lo echa V. al agua?

El anciano caballero le miró con ojos de indignación.

--¡Zambombo! ¿Quieres que el escudo de la gran casa de Meira esté sobre una fábrica de escabeche?

Y aplacándose de pronto, añadió:

--Mira, esas armas... repáralas bien... Desde el siglo XV están colocadas sobre la puerta de la casa de Meira... (no esta misma piedra, porque según se ha ido enlazando con otras casas fue necesario mudarla y poner en el escudo nuevos cuarteles,[115.1] pero otra parecida). En el siglo pasado quedó definitivamente fijada con la alianza de los Meiras y los Mirandas... Son cinco cuarteles; el del centro es el de los Meiras: está colocado en lo que se llama en heráldica _punto de honor_[115.2]... Sus armas son: azur y banda de plata, con dragantes de oro; bordura de plata y ocho arminios de sable[115.3]... Tú dirás--añadió D. Fernando con sonrisa protectora,--¿dónde están esos colores?... Es muy natural que lo preguntes, no teniendo nociones de heráldica... Los colores en la piedra se representan por medio de signos convencionales: el oro, míralo aquí en este cuartel, se representa por medio de puntitos trazados con buril; la plata, por un fondo liso y unido; el azur, por rayitas horizontales; los gules, por rayas perpendiculares, etc., etc.... es muy largo de explicar... Los Meiras se unieron primeramente a los Viedmas, y aquí está su escudo en este primer cuartel de gules y una puente de plata de tres arcos, por los cuales corre un caudaloso río; y una torre de oro levantada en medio de la puente; bordura de plata y ocho cruces llanas de azur[115.4]... Después se unieron a los Carrascos, y aquí tienes a la izquierda su cuartel, partido en dos partes iguales: la primera de plata y un león rapante de sable; la segunda de oro y un árbol terrazado y copado, con un pájaro puesto encima de la copa y un perro ladrante al pie del tronco[115.5]... Ni el pájaro ni el perro se notan bien, porque los ha destruido la intemperie... pero aquí están... Más tarde se unieron a los Ángulos: su cuartel es de plata y cinco cuervos de sable puestos en sautor[116.1]... Tampoco se notan bien los cuervos... Por último, se unieron a los Mirandas, cuyo cuartel es de oro y un castillo de gules en abismo, sumado de un guerrero armado con alabarda, naciente de las almenas, acompañado de cinco roeles de sinople y plata, puestos dos de cada lado y uno en la punta[116.2]... Todo el escudo, como ves, está coronado por un casco de acero bruñido de cinco rejas.

Nada entendió el marinero del discurso del señor de Meira; mirábale de hito en hito con asombro. El mar balanceaba suavemente la barca.

--De la casa de Meira--siguió D. Fernando con voz enfática--han salido en todas las épocas hijos muy esclarecidos; hombres muy calificados... Demasiado sabrás tú que en el siglo XV D. Pedro de Meira fue comendador de Villaplana, en la orden de Santiago,[116.3] y que D. Francisco fue jurado[116.4] en Sevilla y procurador en las Cortes de Toro.[116.5] También sabrás que otro hijo de la misma familia fue presidente del Consejo de Italia:[116.6] se llamaba D. Rodrigo: otro, llamado D. Diego, fue oidor de la real Audiencia[116.7] de la ciudad de Méjico y después presidente de la de Guadalajara. En el siglo pasado, D. Álvaro de Meira fue regidor[116.8] de Oviedo y fundó en Sarrió una colegiata y un colegio de primeras letras y latinidad; bien lo sabrás.

José no sabía absolutamente nada de todo aquello; pero asentía con la cabeza para complacer al desgraciado caballero, el cual se quedó repentinamente silencioso, y así estuvo buen rato, hasta que comenzó a decir, bajando mucho la voz y con acento triste:

--Mi hermano mayor, Pepe, fue un perdido... bien lo sabrás...

En efecto, era lo único que José sabía de la familia de Meira.

--Le arruinó una bailarina... Los pocos bienes que a mí me habían tocado, me los llevó amenazándome con casarse con ella si no se los cedía... Yo, para salvar el honor de la casa, los cedí... ¿No te parece que hice bien?

José asintió otra vez.

--Desde entonces, José, ¡cuánto he sufrido!... ¡cuánto he sufrido!

El hidalgo se pasó la mano por la frente con abatimiento.

--La gran casa de Meira muere conmigo... pero, no morirá deshonrada, José; ¡te lo juro!

Después de hacer este juramento, quedó de nuevo silencioso en actitud melancólica. El mar seguía meciendo la lancha. La luna rielaba su pálida luz[117.1] en el agua.

Al cabo de un largo espacio, D. Fernando salió de su meditación, y volviendo sus ojos rasados de lágrimas hacia José, que le contemplaba con tristeza, le dijo lanzando un suspiro:

--Vamos allá[117.2]... Suspende por ese lado la piedra: yo tendré por éste...

Entre uno y otro lograron apoyarla sobre el carel. Después, D. Fernando la dio un fuerte empujón: el escudo de la casa de Meira rompió el haz del agua con estrépito, y se hundió en sus senos oscuros. Las gotas amargas que salpicó bañaron el rostro del anciano, confundiéndose con las lágrimas no menos amargas que en aquel instante vertía.

Quedose algunos instantes inmóvil, con el cuerpo doblado sobre el carel mirando al sitio por donde la piedra había desaparecido; levantándose después, dijo sordamente:

--Boga para tierra, José.

Y fue a sentarse de nuevo a la popa.

El marinero comenzó a mover los remos sin decir palabra. Aunque no comprendía el dolor del hidalgo y andaba cerca de pensar, como los demás vecinos, que no estaba sano de la cabeza, al verle llorar sentía profunda lástima y no osaba turbar su triste enajenamiento. Mas el propósito de devolverle el dinero, no se apartaba de su cabeza, porque veía claramente que tal favor en las circunstancias en que se hallaba D. Fernando, era una verdadera locura: le bullía el deseo de acometer el asunto, pero no sabía de qué manera comenzar: tres o cuatro veces tuvo la palabra en la punta de la lengua, y otras tantas la retiró por no parecerle adecuada. Finalmente, viéndose ya cerca de tierra, no halló traza mejor para salir del aprieto que sacar los diez mil reales del bolsillo y presentárselos al caballero diciendo algo avergonzado:

--D. Fernando... V., por lo que veo, no está muy sobrado de dinero... Yo le agradezco mucho lo que quiere hacer por mí, pero no debo tomar esos cuartos haciéndole falta[118.1]...

D. Fernando, con ademán descompuesto[118.2] y soltando chispas de indignación por los ojos, le interrumpió gritando:

--¡Pendejo! ¡Zambombo! ¡Después que te hice el honor de confesarte mi ruina, me insultas! Guarda ese dinero ahora mismo, o lo tiro al agua...

José comprendió que no había más remedio que guardarlo otra vez; y así lo hizo después de pedirle perdón por el supuesto insulto. Formó intención, no obstante, de vigilar para que nada le faltara y devolvérselo en la primera ocasión favorable.

Saltaron en tierra y se separaron como buenos amigos.

XII

Guardó el secreto de todo aquello José: así se lo había pedido con instancia D. Fernando. Volvió éste a prometerle que se casaría con Elisa si ejecutaba punto por punto cuanto le ordenase, y le hizo creer que del sigilo con que se llevase el asunto pendía enteramente el suceso de él.

Mediante la cantidad de seis reales cada día, halló el buen caballero hospedaje, si no adecuado a la antigüedad y nobleza de su estirpe, suficiente para no perder la vida de hambre, como no había estado lejos de acontecer, según sabemos. Y ¡caso raro! desde que se vio con algunos cuartos en el bolsillo, subió todavía algunos palmos[119.1] su orgullo nobiliario: andaba por el pueblo con la cabeza erguida, el paso sosegado y firme, echando a los vecinos miradas muy más propias del Renacimiento[119.2] que de nuestros días, saludando a las jóvenes con una sonrisa galante y protectora, como si aun ejerciese sobre ellas el ominoso derecho de pernada.

Donde quiera que la ocasión se ofrecía, brindaba a sus vasallos con alguna copa de vino, y a las vasallas con golosinas de la confitería. Pero hay que declarar a fuer de verídicos[119.3] que los villanos y las villanas de Rodillero no aceptaban los favores de D. Fernando con aquel respeto y sumisión con que sus mayores en otros tiempos recibían los desperdicios[120.1] feudales de la gran casa de Meira; antes parecía que al beber el vino y al tomar los confites lo hacían por pura condescendencia, por no herir la delicada susceptibilidad del hidalgo: y aun se advertía en todos ellos una cierta sonrisa de compasión, que a poderla ver, hubiera hecho estremecerse en sus tumbas a todos los hijos de aquella ilustre casa, al comendador de Villaplana, al procurador de las Cortes de Toro, al presidente del Consejo de Italia, etc., etc. Y por si[120.2] esta sonrisa de compasión no fuese bastante para ajar el prestigio de su linaje, los comentarios que se hacían a espaldas del caballero eran mucho más humillantes todavía:--«Este pobre Don Fernando se figura que catorce mil reales no se concluyen nunca.--¡Cuánto mejor sería que con ese dinero pusiese una tiendecita y le sacase un rédito![120.3]--Nada;[120.4] se lo va a gastar en cuatro días,[120.5] y luego vamos a tener que mantenerlo de limosna.»

Elisa, una de las feudatarias más hermosas que el señor de Meira tenía en Rodillero, era asimismo una de las más rebeldes. En vano el noble señor se esforzaba en brindarla protección siempre que la hallaba al paso;[120.6] en vano la ofreció repetidas veces un cartuchito[120.7] de almendras traídas exprofeso de Sarrió; en vano desenvolvía con ella todos los recursos de la más refinada galantería que recordaba los buenos tiempos de la casa de Austria.[120.8] La linda zagala acogía aquellos homenajes con sonrisa dulce y benévola, donde no se advertía ni rastro de admiración o temor; y algunas veces, cuando los acatamientos ceremoniosos y las frases melífluas subían de punto,[121.1] hasta se vislumbraba detrás de sus ojos tristes y suaves cierta leve expresión de burla. La verdad es que la naturaleza no había secundado poco ni mucho las disposiciones feudales de D. Fernando; al verle con su cuerpecillo contrahecho delante de la figura elevada y gentil de Elisa, la imaginación más poderosa y amiga de forjarse quimeras no podría seguramente representarse al señor del castillo delante de una tímida villana.

Por dos o tres veces[121.2] la había preguntado, rompiendo súbitamente el hilo de sus discreteos[121.3] clásicos:

--¿Cuántos años tienes?

--Veinte.

La última vez le dijo:

--¿Tienes tu fe de bautismo?[121.4]

--Me parece que sí, señor.

--Pues tráemela mañana. ¡Pero cuidado que nadie sepa nada! Yo he resuelto que tú y José os caséis a la mayor brevedad.[121.5]

Al escuchar estas palabras volvió a aparecer en los labios de Elisa aquella sonrisa benévola y compasiva de que hemos hecho mención, y al separarse del caballero, después de un rato de plática, no pudo menos de murmurar:

--¡Pobre D. Fernando; qué rematado está!

Sin embargo, por consejo de José, que algo, aunque no mucho, fiaba en el poder de la casa de Meira, le llevó al día siguiente el documento. Nada se perdía en ello y se complacía al buen señor. La joven, que no tenía motivo alguno para fiar en aquel poder, como su novio, tomó el asunto en chanza.

Lo que tomaba muy en serio era la maldición de la sacristana; cada día más. En su alma candorosa, siempre había echado raíces la superstición: al ver ahora la constancia implacable con que la suerte se empeñaba en estorbar su felicidad, era natural que lo achacase a una potencia oculta y misteriosa, la cual, bien considerada, no podía ser otra que la malquerencia de aquella bruja. Para deshacer o contrarrestar su poder acudía a menudo en oración al camarín[122.1] del Santísimo Cristo de Rodillero, famosa imagen, encontrada en medio de la mar por unos pescadores hace algunos siglos.

Pero en vano fue que en poco tiempo le pusiese[122.2] más de una docena de cirios y le rezase más de un millón de padrenuestros; en vano, también, que se ofreciese a pasar un día entero en el camarín sin probar bocado,[122.3] y lo cumpliese: el Santísimo Cristo, o no la escuchaba o quería experimentar aún más su fortaleza. El negocio de sus amores iba cada día peor: pensando serenamente, podía decirse que estaba perdido: José cada vez más azotado por la desgracia; ella cada vez más sometida al yugo pesado de su madre, sin osar moverse sin su permiso ni replicarle palabra.

En tan triste situación, comenzó a acariciar la idea de desagraviar a la sacristana, y vencer de esta suerte el influjo desgraciado que pudiera tener en su vida. Lo primero que se le ocurrió fue que José le pidiese perdón, y repetidas veces se lo aconsejó con instancia; pero viendo que aquél se negaba resueltamente a ello, y conociendo su carácter tenaz y decidido, se determinó ella misma a humillarse.

Una tarde, a la hora de la siesta, dejando la casa sosegada, saliose sin ser vista y enderezó los pasos por el camino escarpado que conducía a la casa del sacristán, la cual estaba vecina de la iglesia y, una y otra, apartadas bastante del pueblo, sobre una meseta que formaba hacia la mitad la montaña. Como iba tan preocupada y confusa, no vio a la madre de José, que estaba cortando tojo para el horno, no muy lejos del camino. Ésta levantó la cabeza y se dijo con sorpresa:--¡Calle![123.1] ¿a dónde irá Elisa a estas horas?--Siguiola con la vista primero y, llena de curiosidad, echó a andar en pos de ella[123.2] para no perderla. Vio que se detenía a la puerta de la casa del sacristán, que llamaba y que entraba.

--¡Ah, grandísima pícara!--dijo con voz irritada.--¡Conque eres uña y carne de[123.3] la sacristana! ¡Ya me parecía a mí que con esa cara de mosquita muerta[123.4] no podías ser cosa buena!... ¡Yo te arreglaré, buena pieza;[123.5] yo te arreglaré!

Sólo porque Elisa entraba en casa de la sacristana, ya era uña y carne de ella. Esta falta de lógica, siempre había sido característica de Teresa: la cólera ofuscaba enteramente el escaso juicio que Dios la había dado. Aparentaba despreciar la maldición de la sacristana, y su orgullo salvaje la impulsaba a desatarse en insultos siempre que de ésta se hablaba; pero en realidad, no había en Rodillero quien creyese más a pie juntillas[123.6] en tales hechicerías.

Salió Eugenia a recibir a la joven, y se quedó grandemente sorprendida de su visita; pero al saber el objeto de ella, mostrose muy satisfecha y triunfante. Elisa se lo explicó ruborizada y balbuciendo. La sacristana, hinchándose hasta un grado indecible, se negó a otorgar su perdón mientras la misma Teresa y José no viniesen a pedírselo. En vano fue que Elisa se lo suplicase con lágrimas en los ojos; en vano que se arrojase a sus pies y con las manos cruzadas le pidiese misericordia; nada pudo conseguir. La sacristana, gozándose en aquella humillación y casi creyendo en el poder sobrenatural que los sencillos pescadores le daban, repetía siempre en actitud soberbia:

--No hay perdón, mientras la misma Teresa no venga a pedírmelo de rodillas... así como tú estás ahora.

Elisa se retiró con el alma acongojada: bien comprendía que era de todo punto imposible decidir a la madre de su novio a dar este paso; y viendo que la sacristana se negaba a levantarla, creyó aún con más firmeza en la virtud de su maldición.

Caminaba con paso vacilante, los ojos en el suelo, meditando en la desgracia que había acompañado siempre a sus amores: sin duda, Dios no los quería, a juzgar por los obstáculos que sobre ellos había amontonado en poco tiempo. El camino por donde bajaba era revuelto y pendiente; de trecho en trecho tenía algunos espacios llanos a manera de descansos.

Al llegar a uno de ellos, saliole inopinadamente al encuentro Teresa. Como a pesar del desabrimiento[124.1] de las dos familias nunca le había demostrado la madre de José antipatía, Elisa sonrió para saludarla: pero Teresa acercándose, contestó al saludo con una terrible bofetada.

Al verse maltratada tan inesperadamente, la pobre Elisa quedó sobrecogida, y en vez de defenderse, se llevó las manos a los ojos y rompió a sollozar con gran sentimiento.

Teresa, después de este acto de barbarie, quedó a su vez suspensa y descontenta de sí misma: la actitud humilde y resignada de Elisa la sorprendió. Y para cohonestar su acción indigna, o por ventura, para aturdirse y escapar al remordimiento, comenzó a vociferar como tenía por costumbre injuriando a su víctima.

--¡Anda, pícara, ves[125.1] a reunirte otra vez con la sacristana! ¿Estás aprendiendo para bruja?[125.2] Yo te regalaré el palo de la escoba. ¡Vaya, vaya, con la mosquita muerta! ¡Y cómo saca los pies de las alforjas![125.3] ¡Yo pensé que no necesitabas salir fuera de casa para aprender brujerías!

Tal efecto hicieron sobre la infeliz muchacha estos insultos injustificados después de los golpes, que no pudiendo resistir a la emoción, se dejó caer desmayada en el suelo. Esto acabó enteramente de desconcertar a la viuda; y por un impulso del corazón, muy natural en su carácter arrebatado, pasó repentinamente de la cólera a la compasión, y corriendo a sostener a Elisa en sus brazos, comenzó a decirla al oído:

--¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla! ¡No hagas caso de mí, pichona![125.4]... ¿Te he hecho daño, verdad?... Soy una loca... ¡Pobrecilla mía! ¡Pegarte, siendo tan buena y tan hermosa!... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!...

Y viendo que Elisa no volvía en sí, comenzó a mesarse el cabello con desesperación.

--¡Bestia, bestia! ¡No hay mujer más bestia que yo! ¡Santo Cristo bendito, ayúdame y socorre a esta niña!... ¡Elisa, Elisina, vuelve en ti, por Dios, mi corazón!

Pero la joven no acababa de salir del síncope. Teresa giraba la vista en torno buscando agua para echarle a la cara. Al fin, no viéndola por ninguna parte y no atreviéndose a dejar sola a Elisa, tomó el partido de levantarla en sus robustos brazos y llevarla a cuestas[126.1] hasta una fuente que había algo más abajo. Cuando la hubo rociado las sienes con agua, recobró el conocimiento; la viuda se apresuró a besarla y pedirla perdón; pero aquellas vivas y extremadas caricias, en vez de tranquilizarla, estuvieron a punto de hacerla perder de nuevo el sentido; tanto la sorprendieron. Por fin, entre sollozos y lágrimas, pudo decir:

--Muchas gracias... Es V. muy buena...