Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)

Part 22

Chapter 224,114 wordsPublic domain

Después de recíprocos abrazos me dijo don Gastón: «Señor de Santillana, tenemos muchas cosas que decirnos y no estamos en paraje a propósito para ello; permítame usted que le conduzca a un sitio en donde el señor de Tordesillas y yo tendremos el gusto de hablar largamente con usted.» Vine en ello. Abrímonos paso por entre el gentío y salimos de palacio. Hallamos el coche de don Gastón, que le estaba esperando en la calle, metímonos en él los tres y fuimos a apearnos en la plaza Mayor, en donde se hacen las corridas de toros, que allí vivía Cogollos en una soberbia casa. «Señor Gil Blas--me dijo don Andrés luego que entramos en una sala alhajada con magnificencia--, paréceme que cuando usted salió de Segovia había cobrado horror a la corte y que iba resuelto a alejarse de ella para siempre.» «Ese era en efecto mi designio--le respondí--, y mientras vivió el difunto rey no mudé de parecer; pero luego que supe que ocupaba el trono el príncipe su hijo, quise ver si el nuevo monarca me conocía. Conocióme y tuve la dicha de que me recibiese benignamente. El mismo me recomendó al primer ministro, quien me cobró amistad y con el cual estoy en mucho más auge del que nunca estuve con el duque de Lerma. Esto es, señor don Andrés, todo lo que tenía que decirle; ahora dígame usted si se mantiene todavía de alcaide del alcázar de Segovia.» «No por cierto--me respondió--; el conde-duque puso a otro en mi lugar, creyéndome probablemente parcial de su predecesor.» «Yo--dijo entonces don Gastón--obtuve mi libertad por una razón contraria. Apenas supo el primer ministro que yo estaba en la prisión de Segovia por orden del duque de Lerma, cuando me mandó poner en libertad. Ahora se trata, señor Gil Blas, de contaros lo que me sucedió desde que salí del alcázar. Lo primero que hice--continuó--, después de haber dado mil gracias a don Andrés por las atenciones que le había debido durante mi arresto, fué venirme a Madrid. Presentéme al conde-duque de Olivares, el cual me dijo: «No tema usted que la desgracia que le ha sucedido perjudique en lo más mínimo a su reputación. Usted se halla plenamente justificado, y estoy tanto más seguro de su inocencia cuanto que el marqués de Villarreal, de quien se le sospechaba a usted cómplice, no era culpable. A pesar de ser portugués, y aun pariente del duque de Braganza, es menos parcial del duque que del rey mi señor. Por consiguiente, no debe imputársele a usted como delito su conexión con el marqués, y para reparar la injusticia que se hizo a usted acusándole de traición, el rey le hace teniente capitán de su guardia española.» Acepté este empleo, suplicando a su excelencia me permitiese antes de entrar a desempeñarle pasar a Coria a ver a mi tía doña Leonor de Lajarilla. Concedióme el ministro un mes de licencia para el viaje, el que emprendí acompañado de un solo lacayo. Habíamos pasado ya de Colmenar y entrado en un camino hondo entre dos colinas, cuando vimos a un caballero que se estaba defendiendo valerosamente de tres hombres que le acometían a un tiempo. No me detuve un punto en ir a socorrerle; fuí volando hacia él y me puse a su lado. Observé cuando me batía que nuestros enemigos estaban enmascarados y que reñíamos con animosos combatientes. Sin embargo, a pesar de su vigor y destreza, quedamos vencedores; atravesé a uno de los tres, que cayó del caballo, y los otros dos huyeron al momento. Verdad es que la victoria no fué menos funesta para nosotros que para el desgraciado a quien yo había muerto, porque, después de la acción, tanto mi compañero como yo nos hallamos peligrosamente heridos. Pero figúrese usted cuál sería mi sorpresa cuando conocí que el caballero a quien había socorrido era Cambados, marido de doña Elena. No quedó él menos admirado al ver que era yo su defensor. «¡Ah, don Gastón!--exclamó--. Pues qué, ¿sois vos quien venís a socorrerme? Cuando abrazasteis mi partido con tanta generosidad, sin duda ignorabais que defendíais a un hombre que os había robado vuestra dama.» «Es cierto que lo ignoraba--le respondí--; pero aun cuando lo hubiera sabido, ¿os parece que hubiera titubeado en hacer lo que hice? ¿Me tendréis en tan mal concepto que creáis tengo un alma vil?» «¡No, no!--respondió--. Tengo mejor opinión de vos, y si muero de las heridas que acabo de recibir, deseo que las vuestras no os impidan aprovecharos de mi muerte.» «Cambados--le dije--, aunque no he olvidado todavía a doña Elena, sabed que no apetezco poseerla a costa de vuestra vida, y aun me alegro mucho de haber contribuído a salvaros de los golpes de tres asesinos, pues que en ello hice una acción que agradecerá vuestra esposa.» Mientras estábamos hablando de este modo, mi lacayo se apeó y, acercándose al caballero que estaba tendido en el suelo, le quitó la mascarilla y nos hizo ver unas facciones que luego conoció Cambados. «Es Caprara--exclamó--, aquel pérfido primo que, en despecho de haber perdido una rica herencia que injustamente me había disputado, hace mucho tiempo que pensaba asesinarme, y había, por último, elegido este día para realizar sus deseos; pero el Cielo ha permitido que él mismo haya sido la víctima de su atentado.» Entre tanto nuestra sangre corría en abundancia y por instantes nos íbamos debilitando. Sin embargo, heridos como estábamos, tuvimos ánimo para llegar hasta el lugar de Villarejo, que no distaba más que dos tiros de fusil del campo de batalla. Llegados al primer mesón, llamamos cirujanos, y vino uno que nos dijeron ser muy hábil. Examinó nuestras heridas y halló que eran muy peligrosas; hizo la primera cura, y a la mañana siguiente, después de haber levantado el vendaje, declaró mortales las de don Blas, pero no las mías, y sus pronósticos no salieron falsos. Viéndose Cambados desahuciado, sólo pensó en prepararse a morir. Envió un propio a su mujer para informarla de todo lo sucedido y del triste estado en que se hallaba. Tardó poco doña Elena en presentarse en Villarejo, adonde llegó con el espíritu fuertemente agitado por dos causas diferentes: por el peligro que corría la vida de su marido y por el temor de que mi vista volviese a encender en su pecho un fuego mal apagado; dos afectos que la tenían en una terrible conmoción. «Señora--le dijo don Blas luego que la vió--, aun venís a tiempo para recibir mi última despedida. Voy a morir y miro mi muerte como un castigo del Cielo por la falsedad con que os robé a don Gastón. Muy lejos de quejarme de él, yo mismo os exhorto a que le restituyáis un corazón que le usurpé.» Doña Elena no le respondió sino con lágrimas, y, a la verdad, ésta era la mejor respuesta que le podía dar, porque no estaba tan desprendida de mí que hubiese olvidado el artificio de que se había valido don Blas para determinarla a serme infiel. Aconteció lo que el cirujano había pronosticado: que en menos de tres días murió Cambados de sus heridas, en vez de que las mías anunciaban una pronta curación. La viuda, ocupada únicamente en el cuidado de que trasladasen a Coria el cadáver de su esposo para hacerle los honores que ella debía a sus cenizas, salió de Villarejo para volverse allí, después de haberse informado como por mera urbanidad del estado en que yo me hallaba. Seguíla luego que pude, tomando el camino de Coria, donde acabé de restablecerme. Entonces mi tía doña Leonor y don Jorge de Galisteo determinaron casarnos a la viuda y a mí antes que la fortuna nos jugase otra pieza como la pasada. Efectuóse secretamente el matrimonio, en atención a la reciente muerte de don Blas, y de allí a pocos días volví a Madrid con doña Elena. Como se había pasado el tiempo de mi licencia, temí que el ministro hubiese dado a otro la tenencia de guardias que se me había conferido; pero no había dispuesto de ella, y tuvo la bondad de admitir la disculpa que le di de mi tardanza. Soy, pues--prosiguió Cogollos--, primer teniente de la guardia española y estoy muy contento con mi empleo. He granjeado amigos de trato agradable, con quienes vivo gustoso.» «Me alegrara poder decir otro tanto--interrumpió aquí don Andrés--, pues estoy muy lejos de vivir contento con mi suerte. Perdí el empleo que tenía, el cual me daba de comer, y me veo sin amigos que puedan ayudarme a adquirir otro sólido.» «Perdone usted, señor don Andrés--dije yo entonces sonriéndome--, en mí tiene usted un amigo que puede servirle de algo. Vuelvo, pues, a decir que el conde-duque me estima aun quizá más de lo que me estimaba el duque de Lerma. ¿Y se atreve usted a decirme en mi cara que no conoce a nadie que le pueda proporcionar un empleo sólido? ¿Pues no le hice en otro tiempo un servicio semejante? Acuérdese usted de que por el valimiento del arzobispo de Granada logré que se le nombrase a usted para ir a Méjico a desempeñar un empleo en que hubiera hecho su fortuna si el amor no le hubiera detenido en la ciudad de Alicante. Pues me hallo en mejor estado de poder servir a usted actualmente, que estoy al lado del primer ministro.» «Supuesto eso, me pongo en manos de usted--repuso Tordesillas--. Pero--añadió sonriéndose también--suplico a usted que no me haga el favor de enviarme a Nueva España, porque no querría ir allá aunque me hicieran presidente de la Audiencia de Méjico.»

Al llegar aquí nuestra conversación fué interrumpida por doña Elena, que entró en la sala, y cuya persona, llena de atractivos, correspondía a la encantadora idea que me había formado de ella. «Señora--le dijo Cogollos--, este caballero es el señor de Santillana, de quien os he hablado varias veces y cuya amable compañía calmó frecuentemente en la prisión mis pesares.» «Sí, señora--dije a doña Elena--; mi conversación le agradaba porque siempre era usted el asunto de ella.» La hija de don Jorge respondió modestamente a mi cumplimiento, después de lo cual me despedí de ambos esposos, asegurándoles lo mucho que celebraba que el himeneo hubiese por último coronado sus prolongados amores. Después, dirigiendo la palabra a Tordesillas, le rogué que me informase de su habitación, y habiéndolo hecho, le dije: «Don Andrés, de usted no me despido; espero que antes de ocho días verá usted que yo reúno el poder a la buena voluntad.» No quedé por embustero; al día siguiente el conde-duque me proporcionó la ocasión de servir a este alcaide. «Santillana--me dijo su excelencia--está vacante la plaza de gobernador de la cárcel real de Valladolid; vale más de trescientos doblones al año y me dan ganas de dártela.» «No la quiero, señor--le respondí--, aunque valga diez mil ducados de renta; renuncio a todos los empleos que no pueda desempeñar sin alejarme de vuestra excelencia.» «Pero éste--replicó el ministro--puedes desempeñarle muy bien sin necesidad de salir de Madrid sino para ir de cuando en cuando a Valladolid a visitar la cárcel.» «Diga vuestra excelencia cuanto guste--repuse yo--, no acepto ese empleo sino con la condición de que se me permita renunciarlo a favor de un digno hidalgo llamado don Andrés de Tordesillas, alcaide que fué del alcázar de Segovia. Me alegraría hacerle este presente en reconocimiento de los buenos procederes que usó conmigo durante mi prisión.» Sonrióse el ministro de oírme hablar así y me dijo: «Por lo que veo, Gil Blas, quieres hacer un gobernador de la cárcel real del modo que hiciste un virrey. Pues bien, sea así, amigo mío; desde luego te concedo la plaza vacante para Tordesillas. Pero dime francamente qué gratificación debe producirte, porque no te tengo por tan simple que quieras empeñar tu valimiento de balde.» «Señor--le respondí--, ¿no deben pagarse las deudas? Don Andrés me proporcionó sin interés todas las comodidades que pudo. ¿No será justo que yo le corresponda?» «Muy desprendido os habéis hecho, señor de Santillana--me replicó su excelencia--; me parece que lo erais mucho menos en el último Ministerio.» «Es verdad--le repuse--, porque el mal ejemplo estragó mis costumbres. Como entonces todo se vendía, me conformé con el uso; y como en el día todo se da, he vuelto a recobrar mi integridad.»

Logré, pues, que se proveyese en don Andrés de Tordesillas el gobierno de la cárcel real de Valladolid y le hice marchar luego a dicha ciudad, tan contento con su nuevo empleo como lo quedé yo por haber desempeñado para con él las obligaciones que le debía.

CAPITULO XIV

Va Santillana a casa del poeta Núñez; qué personas encontró en ella y qué conversación tuvieron allí.

Un día, después de comer, se me antojó ir a ver al poeta asturiano, movido sólo de la curiosidad de saber qué vivienda tenía. Me encaminé a casa del señor don Beltrán Gómez del Rivero y pregunté en ella por Núñez. «Ya no vive aquí--me respondió un lacayo que estaba en la puerta--; vive ahora en aquella casa--añadió mostrándome una que estaba cerca--y ocupa un cuarto que cae a espaldas de ella.»

Fuíme allá, y después de haber atravesado un patio pequeño entré en una sala enteramente desalhajada, en donde hallé a mi amigo Fabricio, sentado todavía a la mesa con cinco o seis amigos suyos a quienes había convidado aquel día. Estaban al fin de la comida, y, por consiguiente, metidos en disputa; pero luego que me vieron sucedió un profundo silencio a la ruidosa conversación. Levantóse apresuradamente Núñez para recibirme, exclamando: «¡Caballeros, aquí está el señor de Santillana, que tiene la bondad de honrarme con una de sus visitas! ¡Ayúdenme ustedes a tributar respetuosos obsequios al valido del primer ministro!» Al oír esto, todos los convidados se levantaron también para saludarme, y en consideración al título que se me había dado me hicieron cumplimientos muy reverentes. Aunque yo no tenía necesidad de beber ni de comer, no me pude excusar de sentarme a la mesa con ellos y aun de corresponder a un brindis que me dirigieron.

Pareciéndome que mi presencia les impedía continuar hablando con libertad, «Señores--les dije--, creo haber interrumpido su conversación; suplico a ustedes continúen, o si no me retiro.» «Estos señores--dijo entonces Fabricio--estaban hablando de la _Ifigenia_ de Eurípides. El bachiller Melchor de Villegas, erudito de primer orden, preguntaba al señor don Jacinto de Romarate qué era lo que más le interesaba en aquella tragedia.» «Así es--dijo don Jacinto--, y yo le he respondido que el peligro en que se veía Ifigenia.» «Y yo--dijo el bachiller--, yo le he replicado, lo que estoy pronto a demostrar, que no es el peligro lo que forma el verdadero interés de la pieza.» «¿Pues cuál es?», exclamó el anciano licenciado Gabriel de León. «El viento», respondió el bachiller. Todos dieron una carcajada al oír una respuesta que no creí formal, imaginándome que Melchor no la había dado sino por alegrar la conversación.

Pero no tenía yo noticia de aquel sabio. Era un hombre que no entendía de burlas, y así, dijo con grande seriedad: «Rían ustedes cuanto les diere la gana, que yo siempre sostendré que lo que debe hacer más impresión en el espectador, lo que debe interesarle y suspenderle más es el viento. Y si no, figúrense ustedes un numeroso ejército unido precisamente para ir a sitiar a Troya. Consideren la impaciencia de capitanes y soldados por emprender y concluir aquel sitio y restituirse cuanto antes a la Grecia, en donde habían dejado todo lo que más amaban en este mundo: sus dioses lares, sus mujeres y sus hijos. Levántase de repente un maldito viento contrario que los detiene en Aulida y los tiene como clavados en aquel puerto; tanto, que mientras no se mude no les es posible ir a sitiar la ciudad de Príamo. Pues este viento es el que forma el interés de la tragedia. Yo me declaro a favor de los griegos porque apruebo su designio y sólo deseo la partida de su flota, mirando con indiferencia a Ifigenia en peligro, pues que su muerte es un medio para obtener de los dioses un viento favorable.»

Cuando Villegas acabó de hablar se renovaron las carcajadas a su costa. Fingió Núñez apoyar socarronamente aquella ridícula opinión, sólo por dar más materia de burla a los zumbones, los cuales se divirtieron diciendo mil graciosas cuchufletas sobre los vientos. Pero el bachiller, mirándolo a todos con aire flemático y orgulloso, los trató de ignorantes y gente vulgar. Yo estaba temiendo a cada momento que se agarrasen y se diesen de mojicones estos botarates, que es el término ordinario de sus disputas; pero fué vano mi temor, porque todo se redujo a llenarse recíprocamente de desvergüenzas, y se retiraron después de haber comido y bebido a discreción.

Luego que se marcharon pregunté a Fabricio por qué no vivía en casa del tesorero y si acaso había ocurrido alguna desavenencia entre los dos. «¿Desavenencia?--me respondió--. ¡Dios me libre de ello! Nunca ha estado en mayor auge mi estimación con don Beltrán. Supliquéle me permitiese vivir en casa separada y alquilé en ésta el cuarto que ves para gozar de mayor libertad. Aquí recibo a mis amigos, que me vienen a ver con frecuencia, y lo paso alegremente con ellos, porque ya sabes que mi genio no es muy inclinado a dejar grandes riquezas a mis herederos. Mi mayor gusto es hallarme al presente en estado de tener todos los días a mi mesa buena compañía sin peligro de arruinarme.» «Me alegro infinito, querido Núñez--le repliqué--, y no puedo menos de repetirte mil parabienes por el éxito de tu última tragedia. Las ochocientas composiciones dramáticas del gran Lope de Vega no le valieron la cuarta parte de lo que te ha valido a ti tu _Conde de Saldaña_.»

LIBRO DUODECIMO

CAPITULO PRIMERO

Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y éxito de su viaje.

Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me repetía todos los días: «Santillana, va llegando el tiempo en que quiero emplear tu talento y destreza.» Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó por fin, y su excelencia me habló en estos términos: «Se dice que hay en la compañía de cómicos de Toledo una actriz muy celebrada por su amabilidad; se asegura que baila y canta divinamente, que arrebata a los espectadores cuando representa, y se añade también que es muy hermosa. Una persona tan recomendable es digna de venir a representar en la Corte. Al rey le gustan las comedias, la música y el baile y no le desagrada la hermosura. No me parece razón que su majestad carezca del placer de ver y oír a una mujer de tanto mérito. Por esto he resuelto enviarte a Toledo, para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan peregrina; yo me atendré desde luego a la impresión que cause en ti y me fío enteramente de tu discernimiento.»

Respondí a su excelencia que esperaba dar buena cuenta de aquella comisión, y desde luego emprendí mi viaje, acompañado de un lacayo, a quien hice dejar la librea del ministro para desempeñar mi encargo con mayor secreto; precaución que agradó a su excelencia. Tomé, pues, el camino de Toledo, en donde me apeé en un mesón inmediato al alcázar. No bien me había apeado, cuando el mesonero, teniéndome sin duda por algún caballero de las cercanías, me dijo: «Naturalmente, vendrá vuestra señoría a ver la augusta ceremonia del auto de fe que se celebra mañana en Toledo.» Yo, que nada sabía de tal auto, le respondí inmediatamente que sí, para ocultar mejor mi designio y cortarle la gana de preguntarme más sobre el fin que me llevaba a aquella ciudad. «Verá vuestra señoría--prosiguió él--una de las más excelentes procesiones que jamás se han visto, pues hay, según se dice, más de cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez los que han de ser quemados.» Con efecto; el día siguiente antes de salir el sol oí tocar todas las campanas de la ciudad en señal de que iba a darse principio al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta ceremonia, me vestí aceleradamente y me encaminé hacia la Inquisición. Había allí cerca, y de trecho en trecho por donde había de pasar la procesión, tablados altos, en uno de los cuales me coloqué por mi dinero. Iban primero los padres dominicos, precedidos del estandarte de la fe o pendón del Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venían los reos con sus capotillos o especie de escapularios de tela amarilla, formada en ellos por la parte anterior y posterior el aspa de San Andrés, de tela roja llamada sambenito, y todos con corozas en la cabeza, con llamas pintadas las de los condenados a la hoguera y sin ellas las de los otros de menor pena.

Miraba yo a todos aquellos infelices con la compasión que no se puede negar a la humanidad, cuando creí descubrir entre los encorozados sin llamas al reverendo padre Hilario y a su compañero el hermano Ambrosio. Pasaron tan cerca de mí, que no pude equivocarme. «¡Qué es lo que estoy viendo!--dije entre mí mismo--. ¡El Cielo, cansado de los excesos de estos dos malvados, los ha entregado a la justicia de la Inquisición!» Hablando conmigo de esta suerte, me sentí aterrorizado, se apoderó de mí un temblor universal, y mi ánimo se turbó en términos que temí caer desmayado. Las relaciones que yo había tenido con aquellos bribones, la aventura de Chelva, y, en fin, todo lo que habíamos hecho juntos acudió en aquel momento a representarse a mi imaginación, y creí que no podía dar suficientes gracias a Dios de haberme preservado del sambenito y de la coroza.

Acabada la ceremonia, me restituía al mesón temblando por el terrible espectáculo que acababa de ver; pero las tristes ideas de que tenía lleno el ánimo se disiparon insensiblemente, y sólo pensé en desempeñar con acierto la comisión que me había encargado mi amo. Esperé con impaciencia la hora de la comedia para ir a ella, pareciéndome que éste era el primer paso que debía dar. Llegada que fué, me dirigí al teatro, donde casualmente me senté junto a un caballero del hábito de Alcántara, con quien entablé luego conversación, y le dije si daba licencia a un forastero para hacerle una pregunta. «Caballero--me respondió muy atentamente--, usted me honrará en ello.» «He oído ponderar--proseguí--a los cómicos de Toledo. ¿Me habrán engañado?» «No--me respondió el caballero--; la compañía no es mala, y, a la verdad, hay en ella dos papeles excelentes. Entre otros, oirá usted a la bella Lucrecia, actriz de catorce años, que le pasmará. No será menester que yo se la muestre a usted cuando se deje ver en la escena, porque la distinguirá fácilmente.» Volvíle a preguntar si representaría aquella tarde; me respondió que sí, y aun que tenía un papel de mucho lucimiento en la pieza que se iba a representar.

Principió la comedia, y aparecieron en la escena dos actrices que nada habían omitido de cuanto pudiera contribuir a hacerlas encantadoras; pero a pesar del brillo de sus diamantes, ni una ni otra me parecieron ser la que yo esperaba. En fin, dejóse ver Lucrecia en el fondo del teatro, y su aproximación a la escena fué anunciada con un palmoteo general. «¡Ah, ésta es!--dije para mí--. ¡Qué aire tan noble! ¡Qué talle! ¡Qué hermosos ojos! ¡Qué salada criatura!» Con efecto; me llenó completamente, o por mejor decir, su persona me dejó absorto. Desde los primeros versos que recitó conocí que tenía naturalidad, fuego, maestría superior a su edad, y reuní voluntariamente mis aplausos a los universales que le tributó el concurso en todo el tiempo que duró la representación. «Y bien--me dijo entonces el caballero--; ya ve usted la justicia que hace el público a Lucrecia.» «No me admiro», le respondí. «Pues menos se admiraría usted--me replicó--si la oyera cantar; es verdaderamente una sirena. ¡Pobres de aquellos que la oyen, si no se precaven tapándose los oídos para no quedar encantados! No es menos temible cuando baila. Sus pasos son tan peligrosos como su voz: hechizan los ojos y cautivan el corazón.» «Según eso--exclamé yo entonces--, será preciso confesar que esta niña es un portento. ¿Y quién es el mortal venturoso que tiene la dicha de arruinarse por una criatura tan preciosa?» «No tiene ningún amante, que se sepa--me dijo--, y aun la murmuración no le atribuye ninguna amistad secreta. No obstante--añadió--, acaso pudiera tenerla, porque Lucrecia está bajo la vigilancia de su tía Estela, que sin disputa es la más astuta de todas las cómicas.»