Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)

Part 23

Chapter 233,898 wordsPublic domain

Al oír el nombre de Estela pregunté con precipitación al tal caballero si aquella Estela era actriz de la compañía de Toledo. «Y de las mejores--me replicó--. Hoy no ha representado, y en verdad que no hemos perdido poco. Por lo común hace el papel de graciosa, y verdaderamente lo desempeña que es un primor. ¡Qué expresión da a sus papeles! Tal vez les añade algo de su invención; pero éste es un hermoso defecto que le hace gracia.» Contóme otras mil maravillas de la tal Estela, y por el retrato que me hizo de su persona, no dudé fuese Laura, aquella misma que dejé en Granada y de quien he hablado tanto en mi historia.

Para cerciorarme, me fuí derecho al vestuario concluída la comedia. Pregunté por la señora Estela, y, volviendo los ojos a todas partes, la vi sentada al brasero en conversación con algunos señores, que quizá no la obsequiaban sino porque era tía de Lucrecia. Llegué a saludar a Laura, y fuese por capricho o por vengarse de mi precipitada fuga de Granada, fingió no conocerme, y recibió mi saludo con tanta sequedad que me dejó un poco parado. En lugar de reconvenirle con risa su frío recibimiento, fuí tan simple que mostré formalizarme, y aun me retiré incomodado, resuelto en aquel primer impulso de cólera a volverme a Madrid el día siguiente. «Para vengarme de Laura--decía yo--, no quiero que su sobrina tenga el honor de representar delante del rey: para esto no tengo mas que hacer al ministro el retrato que se me antoje de Lucrecia, y me bastará decirle que baila con poco garbo, que su voz es áspera, y que toda su gracia consiste en sus pocos años. Estoy seguro que desde luego se le pasará a su excelencia la gana de hacerla ir a la Corte.»

Esta era la venganza que pensaba tomar del desaire que Laura me había hecho; pero duró poco mi resentimiento. La mañana siguiente, cuando me estaba disponiendo a marchar, entró un lacayuelo en mi cuarto, y me dijo: «Aquí traigo un billete que tengo que entregar al señor de Santillana» «Yo soy, hijo mío», le dije, tomándole la carta, que abrí, y que contenía estas palabras: _Olvida el modo con que te recibí en el teatro, y ven con el portador adonde él te guíe._ Seguí luego al lacayuelo, que me llevó a una casa muy decente, no distante del teatro, y me introdujo en un cuarto alhajado con aseo y buen gusto, donde encontré a Laura en su tocador.

Se levantó para abrazarme, diciendo: «Señor Gil Blas, conozco que usted tuvo motivo para salir ayer poco contento del recibimiento que le hice cuando fué a saludarme en el vestuario; un antiguo amigo tenía derecho para esperar de mí una acogida más afable. No tengo otra disculpa sino que me hallaba a la sazón de malísimo humor, por haber oído ciertos dichos malignos que algunos de los señores cómicos tenían sobre la conducta de mi sobrina, cuya honra me importa más que la mía. La precipitada y desabrida retirada de usted me hizo volver al momento de mi distracción, y en el mismo punto di orden a mi lacayo para que siguiese a usted y averiguase su posada, con ánimo de reparar hoy mi falta.» «Ya queda--le dije--enteramente reparada, mi querida Laura; no hablemos más de eso. Ahora enterémonos mutuamente de lo que nos ha sucedido desde el malaventurado día en que el temor de un justo castigo me obligó a salir tan aceleradamente de Granada. Te dejé, si te acuerdas, metida en un gran embrollo. ¿Cómo saliste de él? ¿No es verdad que necesitaste de toda tu maestría para apaciguar a tu amante portugués?» «¡Nada de eso!--respondió Laura--. ¿Pues no sabes que en semejantes lances los hombres son tan débiles que ellos mismos ahorran a veces a las mujeres hasta el trabajo de justificarse?

»Sostuve--continuó ella--al marqués de Marialba que eras hermano mío. Perdone usted, señor de Santillana, que le hable con la familiaridad que en otro tiempo, porque no puedo desprenderme de las costumbres añejas. Diréte, pues, que le hablé con desembarazo y entereza. «¿No conoce usted--le dije al señor portugués--que todo eso es obra de los celos y de la indignación? Narcisa, mi compañera y rival, colérica de ver que yo poseo pacíficamente un corazón que ella ha perdido, forjó todo esto embuste. Cohechó al sotadespabilador del teatro, quien para apoyar su resentimiento tuvo el descaro de decir que me había visto en Madrid sirviendo a Arsenia. Nada hay más falso. ¡La viuda de don Antonio Coello ha tenido siempre pensamientos demasiado nobles para quererse someter a ser criada de una cómica! Fuera de esto, otra patente prueba de la falsedad de esta imputación y de la conspiración de mis acusadores es la precipitada fuga de mi hermano, que si estuviera presente dejaría sin duda bien confundida la calumnia; pero Narcisa ciertamente habrá empleado algún nuevo artificio para hacerle desaparecer.»

»Aunque estas razones--prosiguió Laura--no bastasen para hacer mi completa apología, el marqués tuvo la bondad de contentarse con ellas; tanto, que el cándido señor prosiguió amándome hasta el día en que dejó a Granada para volverse a Portugal. En verdad, su partida fué muy inmediata a la tuya, y la mujer de Zapata tuvo el consuelo de verme perder el amante que yo le había quitado. Permanecí todavía después algunos años en Granada; pero habiéndose introducido en la compañía disensiones (como frecuentemente sucede entre nosotros), todos los cómicos se separaron: unos marcharon a Sevilla, otros a Córdoba, y yo me vine a Toledo, donde estoy hace diez años con mi sobrina Lucrecia, a quien ayer oíste representar, puesto que estuviste en la comedia.»

No pude dejar de reírme al llegar aquí. Laura me preguntó de qué me reía. «Pues qué, ¿no lo adivinas?--le respondí--. Tú no tienes hermano ni hermana; por consiguiente, no puedes ser tía de Lucrecia. Además de eso, cuando cotejo el tiempo que ha que nos separamos con la edad que representa Lucrecia, me parece que puede ser algo más estrecho el parentesco entre vosotras dos.

«Ya le entiendo a usted, señor Gil Blas--replicó algo sonrojada la viuda de don Antonio Coello--. Como usted tiene tan presentes los tiempos, no hay medio de engañarle. Ahora bien, amigo mío; Lucrecia es hija mía y del marqués de Marialba, y el fruto de nuestro trato, porque no quiero ocultarte más esta verdad.» «¡Vaya, reina mía--repliqué yo--, que es grande el esfuerzo que haces en revelarme este secreto, después que me confiaste tus aventuras con el administrador del hospital de Zamora! Como quiera que sea, yo te aseguro que Lucrecia es una niña de tanto mérito, que el público jamás podrá agradecerte como debe el regalo que le hiciste en ella. ¡Ojalá fueran como ésta todos los que le hacen tus compañeras y amigas!»

Quién sabe si algún lector ladino al llegar aquí se acordará de las secretas conversaciones que Laura y yo tuvimos en Granada cuando era secretario del marqués de Marialba, y se le antojará sospechar que podía yo tener algún derecho para disputar al marqués su paternidad de Lucrecia; le protesto por mi honor que sería injusta su sospecha.

Di en seguida a Laura cuenta de mis aventuras hasta el estado actual de mis asuntos. Oyóme con una atención que mostraba bien no serle indiferente lo que le decía. «Amigo Santillana--me dijo luego que acabé--, veo que representas un papel brillante en el teatro del mundo, y no alcanzo a manifestarte lo mucho que me complazco en ello. Cuando yo lleve a Madrid a Lucrecia para colocarla en la compañía del Príncipe, me atrevo a lisonjearme de que hallará en el señor de Santillana un poderoso protector.» «No lo dudes--le respondí--; cuenta conmigo, que haré admitir a tu hija en la compañía del Príncipe cuando quieras. Esto puedo prometértelo sin hacer alarde de mi poder.» «Desde luego te cogería tu palabra--replicó Laura--, y mañana mismo marcharía a Madrid si no estuviera escriturada en esta compañía.» «Esa escritura la anula una Real orden--le respondí--. Yo me encargo de ella, y la recibirás antes de ocho días. Tendré gran placer en robarles a los toledanos tu Lucrecia; una actriz tan linda ha nacido para los cortesanos, y nos pertenece de derecho.»

A este tiempo entró Lucrecia en el cuarto. Creí ver a la diosa Hebe: tanta era su gracia y su lindeza. Acababa de levantarse, y luciendo su hermosura natural sin los auxilios del arte, presentaba a mi vista un objeto encantador. «Ven, sobrina mía--le dijo su madre--; ven a agradecer a este señor la buena voluntad que nos tiene. Es uno de mis amigos antiguos, que tiene gran valimiento en la corte, y está empeñado en colocarnos a ambas en la compañía del Príncipe.» De esto mostró alegría la niña, que me hizo una profunda cortesía, y me dijo con una sonrisa embelesadora: «Doy a usted muy humildes gracias por su benévola intención. Pero al quererme separar de un público que me estima, ¿está usted seguro de que no desagradaré al de Madrid? Tal vez perderé en el cambio, porque muchas veces he oído decir a mi tía haber conocido actores muy aplaudidos en una ciudad y silbados en otra, lo cual me sobresalta. Tema usted exponerme al desprecio de la corte y exponerse asimismo a sufrir sus reconvenciones.» «Hermosa Lucrecia--le respondí--, eso es lo que ni uno ni otro debemos temer. Antes bien, lo único que temo es que usted encienda una guerra civil entre los grandes, enamorándolos a todos.» «El sobresalto de mi sobrina--me dijo Laura--me parece mejor fundado que el de usted; pero, bien considerado, ambos los tengo por vanos. Si Lucrecia no puede llamar la atención pública por sus atractivos, en recompensa, no es tan mala actriz que deba ser despreciada.»

Siguió todavía algún tiempo la conversación, y pude advertir, por la parte que tomó Lucrecia en ella, que era una joven de extraordinario talento. En seguida me despedí de las dos, asegurándoles que inmediatamente recibirían orden de la Corte para ir a Madrid.

CAPITULO II

Da Santillana cuenta de su comisión al ministro, quien le encarga el cuidado de hacer que venga Lucrecia a Madrid; de la llegada de esta actriz, y de su primera representación en la corte.

Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy impaciente por saber el resultado de mi viaje. «Gil Blas--me dijo--, ¿has visto a nuestra comedianta? ¿Merece que se lo haga venir a la corte?» «Señor--le respondí--, la fama, que pondera comúnmente más de lo justo a las mujeres hermosas, se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia, que es una persona admirable, tanto por su hermosura como por sus habilidades.»

«¿Es posible?--exclamó el ministro con una satisfacción interior que leí en sus ojos, y que me hizo pensar que me había enviado a Toledo por su interés personal--. ¿Es posible que Lucrecia sea tan amable como me dices?» «Cuando vuestra excelencia la vea.--le respondí--, confesará que no se puede hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.» «Santillana--replicó su excelencia--, hazme una puntual relación de tu viaje, porque tendré particular gusto en oírla.» Tomando entonces la palabra para satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de Laura inclusive. Díjele que esta actriz había tenido a Lucrecia del marqués de Marialba, señor portugués que, habiéndose detenido en Granada viajando, se había enamorado de ella. Finalmente, después de haber hecho a su excelencia una menuda relación de lo que había pasado entre aquellas comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de que Lucrecia sea hija de un sujeto distinguido; eso me interesa todavía más en su favor, y es necesario traerla a la corte. Pero continúa--añadió--del modo que has comenzado, y no me tomes en boca, sino que en todo ha de sonar únicamente Gil Blas de Santillana.»

Fuí a verme con Carnero, a quien dije que su excelencia quería que él despachase una orden por la cual el rey admitía en su compañía cómica a Estela y a Lucrecia, actrices de la de Toledo. «Muy bien, señor de Santillana--respondió Carnero con una sonrisa maligna--; al momento será usted servido, porque, según todas las señas, usted se interesa por esas dos damas.» Al mismo tiempo extendió de propio puño y me entregó la orden, que sin pérdida de tiempo envié a Estela por el mismo lacayo que me había acompañado a Toledo. Ocho días después llegaron a Madrid madre e hija; fueron a hospedarse en una fonda inmediata al corral del Príncipe, y su primer cuidado fué enviármelo a decir por medio de un billete. Pasé al punto a la fonda, en donde, después de mil ofertas por mi parte y de agradecimientos por la suya, las dejé para que se dispusiesen a su primera salida a las tablas, deseándosela dichosa y brillante.

Se hicieron anunciar al público como dos actrices nuevas que la compañía del Príncipe acababa de admitir por orden de la Corte, y representaron por primera vez una comedia que solían representar en Toledo con aplauso.

¿En qué parte del mundo deja de gustar la novedad en punto a espectáculos? Hubo aquel día en el corral de comedias un concurso extraordinario de espectadores. No necesito decir que no falté a esta representación. Estuve algo agitado antes que la comedia principiase, porque, por más confianza que yo tuviera en la habilidad de la madre y de la hija, temía de su éxito; tanto me interesaba por ellas. Pero apenas abrieron la boca se desvaneció mi temor con los aplausos que recibieron. Todos celebraban a Estela como una actriz consumada en la parte graciosa, y a Lucrecia, como un prodigio para los papeles amorosos. Esta última arrebató los corazones: unos admiraron la hermosura de sus ojos, a otros encantó la suavidad de su voz, y sorprendidos todos de sus gracias y de su juventud florida, salieron hechizados de su persona.

El conde-duque, que se interesaba más de lo que yo creía en el estreno de esta actriz, asistió aquella tarde a la comedia, y le vi salir hacia el fin de la función muy prendado, a lo que me pareció, de nuestras dos cómicas. Con la curiosidad de saber si había quedado satisfecho de ellas, le seguí a su casa, y metiéndome en su gabinete, en donde acababa de entrar, «Y bien, señor excelentísimo--le dije--, ¿le ha gustado a vuestra excelencia la Marialbita?» «Mi excelencia--me respondió sonriéndose--sería descontentadiza si se negara a unir su voto con el del público. Sí, hijo mío; estoy encantado de tu Lucrecia, y no dudo que el rey la vea con placer.»

CAPITULO III

Logra Lucrecia mucha celebridad en la corte; representa delante del rey, que se enamora de ella, y resultas de estos amores.

La primera salida al teatro de las dos actrices nuevas llamó luego la atención en la corte. Hablóse de ellas el día siguiente en el cuarto del rey. Algunos señores alabaron tanto a Lucrecia y la pintaron tan hermosa, que el retrato excitó la curiosidad del monarca, el cual no sólo disimuló la impresión que le había hecho, sino que calló y aparentó no atender aquella conversación.

Con todo, luego que se vió a solas con el conde-duque le preguntó quién era cierta actriz que tanto le habían ponderado. El ministro le respondió que era una joven cómica de Toledo, que había representado el día anterior por primera vez con mucha aceptación. «Esta actriz--añadió--se llama Lucrecia, nombre que conviene con mucha propiedad a las mujeres de su profesión. Conocíala Santillana y me habló tan bien de ella, que me pareció conveniente recibirla en la compañía cómica de vuestra majestad.» Sonrióse el rey cuando oyó mi nombre, recordando quizá en aquel momento de que por mí había conocido a Catalina y presintiendo acaso que le había de prestar el mismo servicio en esta ocasión. Como quiera que esto fuese, el rey dijo al ministro: «Conde, mañana quiero ver representar a esa Lucrecia; ten cuidado de hacérselo saber.»

Contóme el conde-duque esta conversación que había tenido con el rey y me mandó ir a casa de las dos comediantas para prevenirlas de la intención de su majestad. Partí volando, y habiendo encontrado a Laura la primera, «Vengo--le dije--a daros una gran noticia. Mañana tendréis entre vuestros espectadores al soberano de la Monarquía; así me ha mandado el ministro que os lo prevenga. No dudo que tú y tu hija emplearéis todos vuestros esfuerzos para corresponder al honor que el monarca quiere haceros. A este fin os aconsejo elijáis una comedia en que haya baile y música, para que Lucrecia pueda lucir todas sus habilidades.» «Seguiremos tu consejo--me respondió Laura--, y haremos lo posible para que su majestad quede contento.» «No podrá menos de quedarlo--repliqué yo viendo entonces a Lucrecia, que venía en traje casero, con el cual parecía cien veces más agraciada y linda que adornada con las más soberbias galas del teatro--. Quedará tanto más contento su majestad de tu amable sobrina cuanto que ninguna cosa le divierte más que el baile y oír cantar. ¿Y quién sabe si acaso no la mirará con buenos ojos tentándole los de Lucrecia?» «No quisiera--interrumpió Laura--que su majestad tuviese tal tentación, porque, a pesar de ser un monarca tan poderoso, pudiera hallar obstáculos en el cumplimiento de sus deseos. Aunque Lucrecia se ha criado entre bastidores y entre las licencias del teatro, tiene virtud, y bien que no le desagraden los aplausos en la escena, todavía aprecia más ser tenida por doncella honrada que por actriz sobresaliente.»

«Tía mía--dijo entonces la Marialbita tomando parte en la conversación--, ¿a qué fin forjar monstruos imaginarios para combatirlos? Nunca me veré en el caso de desdeñar los suspiros del rey porque la delicadeza de su gusto le librará del sonrojo interior que padecería por haberse abatido hasta poner los ojos en mí.» «Pero, amable Lucrecia--le dije--, si aconteciera que el rey quisiese ofrecerte su corazón, ¿serías tan cruel que le dejases suspirar a tus pies como a otro cualquier amante?» «¿Y por qué no?--respondió prontamente--. Sin duda que lo haría así, pues, prescindiendo de la virtud, conozco que mi vanidad se lisonjearía más en resistir a su pasión que en rendirme a ella.» No me admiró poco oír hablar de esta manera a una discípula de Laura. Despedíme de las dos, alabando a la última por haber dado a la otra tan buena educación.

Impaciente el rey por ver a Lucrecia, fué la tarde siguiente al teatro. Representóse una comedia intermediada de música cantante y baile, en la cual sobresalió en todas cosas nuestra joven actriz.

Desde el principio hasta el fin no aparté los ojos del monarca, a ver si podía descubrir por los suyos lo que pasaba en su interior; pero burló toda mi penetración con un aire de majestuosa gravedad que mostró constantemente hasta el fin, y así, hasta el día siguiente no supe lo que tenía tantas ganas de saber. «Santillana--me dijo el ministro--, vengo del cuarto del rey. Me ha hablado de Lucrecia con tan encarecidas expresiones, que no dudo ha quedado muy prendado de ella. Y como yo le tenía dicho que tú eras quien la hiciste venir de Toledo, ha mostrado deseo de hablar privadamente contigo sobre este particular. Ve al momento a presentarte a la puerta de su cuarto, donde ya hay orden de que te dejen entrar. Corre y vuelve al instante a enterarme de esa conversación.»

Marché al punto al cuarto del rey, a quien encontré solo. Paseábase a paso largo esperándome y parecía estar pensativo. Hízome muchas preguntas acerca de Lucrecia, cuya historia me obligó a contarle, y cuando la acabé me preguntó si aquella joven había tenido alguna distracción. Habiéndole asegurado resueltamente que no, sin embargo de conocer lo arriesgadas que suelen ser semejantes aserciones, el monarca dió muestras de gran placer. «Siendo eso así--repuso--, te elijo por agente mío para con Lucrecia y quiero que sepa por tu conducto qué corazón ha conquistado. Ve a decírselo de mi parte--añadió, entregándome un cofrecito lleno de joyas de valor de más de cincuenta mil ducados--y dile que le ruego acepte este presente como prenda de otras pruebas más sólidas de mi afecto.»

Antes de desempeñar esta comisión pasé a ver al conde-duque, a quien di cuenta fiel de lo que el rey me había dicho. Pensaba yo que aquel ministro, en lugar de celebrar la noticia la sentiría, porque, como ya dije, sospechaba yo que tenía sus designios amorosos hacia Lucrecia y que sabría con sentimiento que su señor era su rival. Pero me engañaba, porque, lejos de desazonarle la noticia, se alegró tanto de oírla que, no pudiendo disimular su gozo, dejó escapar algunas expresiones que yo recogí. «¡Ah rey mío!--exclamó--. ¡Ahora sí que te tengo seguro! ¡Desde este punto van a intimidarte los negocios!» Este apóstrofe me hizo ver con claridad todo el manejo del conde-duque y conocí que este señor, temiendo que el monarca quisiera ocuparse en asuntos serios, procuraba distraerle con las diversiones más análogas a su carácter. «Santillana--me dijo luego--, no pierdas tiempo. Ve cuanto antes, amigo mío, a obedecer la importante orden que se te ha dado y de que muchos cortesanos se gloriarían se les hubiese confiado. Piensa--continuó--que no tienes aquí al conde de Lemos que te quite la mejor parte del honor del servicio hecho; tuyo será por entero, y además todo el fruto.»

De este modo me doró su excelencia la píldora, que tragué lo mejor que pude, mas no sin percibir su amargura, porque después de mi prisión me había acostumbrado a mirar las cosas desde un punto de vista religioso, y el empleo de Mercurio en jefe no me parecía tan honorífico como me decían. No obstante, aunque no era tan vicioso que pudiera ejercitarlo sin remordimiento, tampoco era tanta mi virtud que tuviese valor para rehusarlo. Obedecí, pues, al rey con tanto mayor gusto cuanto que veía al mismo tiempo que mi obediencia agradaría al ministro, a quien anhelaba complacer.

Parecióme conveniente avistarme primero con Laura y hablarle del particular a solas. Expúsele mi comisión en los términos más moderados, concluyendo mi arenga con ponerle en la mano el cofrecillo. A vista de las joyas, no pudiendo ocultar su alegría, la manifestó abiertamente. «Señor Gil Blas--exclamó--, a presencia del mejor y más antiguo de mis amigos no debo reprimirme. Haría mal en ostentar contigo una fingida severidad de costumbres y andar en retrecherías. Sí, por cierto--prosiguió ella--, confieso que me faltan voces para explicar el regocijo que me ha causado una conquista tan preciosa, cuyas ventajas conozco. Pero, hablando entre los dos, temo que Lucrecia las mire con otros ojos, porque, aunque criada en el teatro, es tan timorata y de tanto pundonor, que ya ha desechado las ofertas de dos señores amables y opulentos. Dirásme quizá--prosiguió ella--que dos señores no son dos reyes; convengo en ello, y también en que un amante coronado puede hacer titubear la virtud de Lucrecia. Con todo eso, no puedo menos de decirte que el éxito es muy dudoso, y te aseguro que yo no haré violencia a mi hija. Si ésta, lejos de considerarse favorecida con el afecto momentáneo del rey, lo mira como mancha de su recato, espero que este gran monarca no se dé por ofendido de su repulsa. Vuelve mañana--añadió--, y te diré si has de llevar una respuesta favorable o sus joyas.»