Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)

Part 21

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«Pero tú no me enteras--le dije--de lo que más deseo saber. ¿Te pagan bien tus epigramas epistolares?» «Con mucha liberalidad--me respondió--. No todos los ricos son espléndidos, pues algunos conozco que son muy tacaños; pero don Beltrán se porta conmigo generosamente. Además de los doscientos doblones de sueldo que me tiene señalados, me da de tiempo en tiempo algunas pequeñas gratificaciones, lo cual me pone en estado de hacer el papel de señor y de pasar el tiempo alegremente con algunos autores tan enemigos como yo de la melancolía.» «En suma--le repliqué yo--: ¿es tu tesorero hombre de tanto gusto que conozca las bellezas de una obra y note sus defectos?» «¡Oh! Tanto como eso, no--me respondió Núñez--. Aunque tiene una verbosidad que deslumbra, no es inteligente. Sin embargo, se cree otra _Tarpa_; decide resueltamente, y sostiene su opinión con tanta altanería y tenacidad, que las más de las veces, cuando disputa, todos se ven obligados a ceder para evitar una granizada de expresiones descorteses que acostumbra a descargar sobre los que le contradicen. De aquí puedes inferir que pongo el mayor cuidado en no oponerme jamás a lo que dice, por más razón que muchas veces me asista para ello; porque, además de los epítetos poco gustosos que oiría de su boca, es seguro que me echaría a la calle. Apruebo, pues--continuó--, todo lo que él alaba, y repruebo todo cuanto le disgusta. Por esta condescendencia, que en la realidad poco o nada me cuesta, pues fácilmente me acomodo al carácter y genio de las personas que me pueden servir, me he hecho dueño de la estimación y voluntad de mi patrono. Empeñóme en componer una tragedia, cuya idea me sugirió él mismo. Compúsela a vista suya; si sale bien, deberé toda mi gloria a las lecciones que él me ha dado.»

Preguntéle el título de la tragedia, y me respondió: «Intitúlase _El conde de Saldaña_, la cual se representará en el corral del Príncipe dentro de tres días.» «Deseo mucho--le repliqué--, que logre todo el aplauso y concepto que tu ingenio me hace esperar.» «Yo también lo espero--me dijo él--; verdad es que no hay esperanzas más falibles que éstas, por estar tan inciertos los autores del éxito que tendrán sus obras en las tablas.»

Llegó, en fin, el día de la primera representación. Yo no asistí a ella por haberme dado el ministro cierto encargo que me lo estorbó, y lo más que pude hacer fué enviar a Escipión para que a lo menos me informase del éxito de una pieza en que me interesaba. Después de haberle estado esperando con impaciencia, le vi entrar con un semblante que me dió mala espina y no me dejó presagiar cosa buena. «Y bien--le pregunté--: ¿cómo ha recibido el público a _El conde de Saldaña_?» «Malísimamente--me respondió--. En mi vida he visto comedia tratada con mayor ignominia. Me he salido indignado de la insolencia del patio.» «No estoy yo menos indignado--le interrumpí--contra la manía que Núñez tiene de componer piezas dramáticas. ¿No debe haber perdido el juicio para preferir los ignominiosos silbidos del populacho al decoroso estado en que pude colocarle?» Así me desahogaba yo echando pestes contra el poeta de Asturias por la inclinación que le tenía, afligiéndome de la desgracia de su drama, mientras él estaba tan satisfecho de su obra.

Efectivamente; dos días después le vi entrar en mi cuarto que no cabía en sí de gozo. «Santillana--exclamó alborozado luego que me vió--, vengo a darte parte de mi suma felicidad. La composición de una mala tragedia ha causado mi fortuna. Ya sabrás lo mal que fué recibido mi pobre _Conde de Saldaña_; todos los espectadores se amotinaron contra él; pero este desenfreno universal fué justamente el que aseguró mi dicha para toda vida.»

Quedé aturdido al oír hablar de este modo al poeta Núñez. «¿Cómo así, Fabricio?--le pregunté pasmado--. ¿Es posible que el alto desprecio con que fué tratada tu tragedia sea puntualmente el motivo de tu desmesurada alegría?» «Así es, ni más ni menos--me respondió--. Ya te dije la mucha parte que don Beltrán tuvo en su composición; por lo mismo, la calificó de una obra a todas luces excelente. Picado en extremo de que el público hubiera sido de un sentir tan contrario al suyo, me dijo esta mañana: «Núñez, _Victrix causa diis placuit, sed victa Catoni_; si tu tragedia pareció tan mal a las gentes, a mí me gustó mucho, y esto te debe bastar. Y para que te consueles del dolor que naturalmente te causará la injusticia y el mal gusto del siglo presente, desde ahora te señalo dos mil escudos de renta anual y vitalicia sobre todos mis bienes. Vamos desde aquí a casa de mi escribano a otorgar la escritura.» Con efecto, partimos inmediatamente. El tesorero firmó la escritura de donación, y me ha pagado el primer año anticipado.»

Di mil parabienes a Fabricio por el desgraciado éxito de su _Conde de Saldaña_, que había redundado en provecho del autor. «Tienes razón--prosiguió él--en cumplimentarme por una cosa tan extraña. ¡Dichoso yo una y mil veces de haber sido silbado! Si el público, más benévolo, me hubiera honrado con sus aplausos, ¿qué fruto hubiera sacado de ellos? Ninguno, o a lo sumo algunos reales que de nada me servirían; pero los silbidos en un instante me han puesto en estado de pasar cómodamente el resto de mis días.»

CAPITULO XI

Consigue Santillana un empleo para Escipión, el cual se embarca para Nueva España.

No miró mi secretario sin alguna envidia la impensada fortuna del poeta Núñez, de manera que en toda una semana no cesó de hablarme de ella. «Admirado estoy--me decía--de los caprichos de la Fortuna, la cual muchas veces parece que se deleita en colmar de bienes a un detestable autor mientras abandona a los mejores en manos de la miseria. ¡Cuánto celebraría yo que un día se le antojase hacerme rico de la noche a la mañana!» «Eso--le dije--podrá quizá suceder más presto de lo que piensas. Tú estás ahora en el templo de esa deidad, porque, si no me engaño mucho, la casa de un primer ministro se puede muy bien llamar _el templo de la Fortuna_, donde de repente se ven elevados y opulentos los que logran su favor.» «Decís, señor, mucha verdad--me respondió--; pero es menester tener paciencia para esperarle.» «Vuélvote a decir--le repliqué--que te sosiegues. ¿Quién sabe si quizá a estas horas se te está preparando alguna buena comisión?» Con efecto, pocos días después se me presentó ocasión de emplearle útilmente en servicio del conde-duque y no la dejé escapar.

Hallábame una mañana en conversación con don Ramón Caporis, mayordomo del primer ministro, y era el asunto sobre las rentas de su excelencia. «Mi señor--decía él--goza de varias encomiendas en todas las Ordenes militares, que le reditúan cada año cuarenta mil escudos, sin más obligación que la de llevar la cruz de Alcántara. Fuera de eso, los tres empleos de gentilhombre de cámara, caballerizo mayor y gran canciller de Indias le producen doscientos mil escudos. Pero todo esto es nada en comparación de los inmensos caudales que saca de las Indias. ¿Sabe usted cómo? Cuando los buques del rey salen de Sevilla o de Lisboa para aquellos países, hace embarcar en ellos vino, aceite y todo el trigo que le produce su condado de Olivares, sin que le cueste un maravedí la conducción. En Indias se venden estos géneros a precio cuatro veces mayor del que valen en España. Con el dinero que gana en esta venta compra especiería, colores y otras drogas que en el Nuevo Mundo están casi de balde y en Europa se venden a subido precio. Este es un tráfico que le vale muchos millones, sin el menor perjuicio del Erario. Y no extrañará usted--continuó--que las personas empleadas en hacer este comercio vuelvan todas cargadas de riquezas, porque su excelencia lleva a bien que, haciendo su negocio, hagan también ellas el suyo.»

El hijo de Coscolina, que escuchaba nuestra conversación, no pudo oír hablar así a don Ramón sin interrumpirle. «¡Pardiez, señor Caporis--exclamó--, que yo de buena gana sería uno de esos empleados, y más que ha muchos años tengo grandes deseos de ver a Méjico!» «Presto satisfaría yo tu curiosidad--le dijo el mayordomo--si el señor de Santillana no se opusiera a tus deseos. Aunque soy algo delicado en la elección de los sujetos que envío a las Indias para hacer este tráfico, porque al fin yo soy el que los nombro, desde luego te sentaría ciegamente en mi registro con tal que lo consintiese tu amo.» «Mucha satisfacción tendría--dije a don Ramón--en que usted me diese esta prueba de amistad. Escipión es un mozo a quien estimo, y además de eso es muy capaz, y tan puntual en todo lo que se pone a su cargo, que espero no dará el menor motivo de disgusto; respondo por él como pudiera responder por mí mismo.» «Siendo así--replicó Caporis--, desde luego puede marchar a Sevilla, de donde dentro de un mes se harán a la vela los navíos que han de pasar a Indias. Llevará una carta mía para cierto sujeto que le instruirá bien en todo lo que debe hacer para utilizar mucho sin el menor perjuicio de los intereses de su excelencia, que siempre deben ser muy sagrados para él.»

Alegrísimo Escipión con el nuevo empleo, dispuso su viaje a Sevilla, con mil escudos que le di para que comprase en Andalucía vino y aceite y pudiese así traficar por su cuenta en las Indias. Mas, sin embargo de las esperanzas que llevaba de mejorar de fortuna en el viaje, no pudo separarse de mí sin lágrimas ni yo privarme de él con ojos enjutos.

CAPITULO XII

Llega a Madrid don Alfonso de Leiva; motivo de su viaje; grave aflicción de Gil Blas y alegría que la siguió.

Apenas se había ausentado Escipión, cuando un paje del ministro entró en mi cuarto y me entregó un billete que contenía estas palabras: «Si el señor de Santillana quisiese tomarse la molestia de ir al mesón de San Gabriel, en la calle de Toledo, verá en él a uno de sus mayores amigos.» «¿Quién podrá ser este amigo?--decía entre mí mismo--. ¿Y por qué razón me ocultará su nombre? Tal vez quiere sazonarme el gusto de verle con el sainete de la sorpresa.»

Salí al instante de casa, me encaminé a la calle de Toledo, llegué al sitio señalado y me quedé no poco suspenso de encontrar a don Alfonso de Leiva. «¡Qué es lo que veo!--exclamé--. ¡Vuestra señoría aquí, señor!» «Sí, mi querido Gil Blas--me respondió teniéndome estrechamente abrazado--. El mismo don Alfonso en persona es el que tienes a la vista.» «Pero ¿qué negocio le ha traído a vuestra señoría a Madrid?», le dije. «Te voy a sorprender--me respondió--y afligirte enterándote de la causa de mi viaje. Sábete que me han quitado el gobierno de Valencia y que el primer ministro ha mandado me presente en la corte a dar cuenta de mi conducta.»

Permanecí un cuarto de hora en un profundo silencio; después, volviendo a tomar la palabra, «¿De qué se le acusa a usted?», le dije. «Nada sé--respondió--; pero atribuyo mi desgracia a la visita que hice tres semanas ha al cardenal duque de Lerma, que hace un mes se halla confinado en su palacio de Denia.» «¡Oh! En verdad--interrumpí yo--que vuestra señoría tiene razón en atribuir su desgracia a esta indiscreta visita; no hay que buscar otra culpa. Y vuestra señoría me permitirá le diga que se olvidó de consultar su acostumbrada prudencia cuando fué a ver a un ministro desgraciado.» «El yerro ya se cometió--me dijo él--, y he tomado voluntariamente mi determinación. Me retiraré con mi familia a la quinta de Leiva, donde pasaré en un profundo sosiego el resto de mis días. Lo único que ahora me aflige--añadió--es el verme obligado a presentarme a un ministro orgulloso y dominante, que quizá me recibirá con poco agrado, cosa intolerable para quien nació con alguna honra. A pesar de que esto es una necesidad, he querido hablarte antes de someterme a ella.» «Señor--le dije--, no se presente vuestra señoría al ministro sin que yo sepa antes de lo que se le acusa, pues el mal no es irreparable. Sea lo que fuere, vuestra señoría se servirá llevar a bien que yo dé en el asunto todos aquellos pasos que exigen de mí la gratitud y el afecto.» Diciendo esto, le dejé en el mesón, asegurándole que dentro de poco nos volveríamos a ver. Como yo no intervenía ya en ningún negocio de Estado desde las dos Memorias de que he hecho tan elocuente mención, fuí a buscar a Carnero para preguntarle si era verdad que a don Alfonso de Leiva se le había quitado el gobierno de la ciudad de Valencia. Respondióme que sí, pero que ignoraba la causa de ello. Con esto resolví sin vacilar acudir al mismo ministro para saber de su propia boca los motivos que podía tener para estar quejoso del hijo de don César.

Estaba yo tan penetrado de dolor por este fatal acontecimiento, que no tuve necesidad de aparentar tristeza para parecer afligido a los ojos del conde. «¿Qué tienes, Santillana?--me preguntó luego que me vió--. Descubro en tu semblante señales de pesadumbre, y aun veo que las lágrimas están prontas a correr de tus ojos. ¿Te ha ofendido alguno? ¡Habla, y pronto quedarás vengado!» «Señor--le respondí llorando--, aun cuando quisiera disimular mi pena, no podría, porque casi llega a términos de desesperación. Acaban de asegurarme que ya no es gobernador de Valencia don Alfonso de Leiva, y no podían darme noticia que me fuera más sensible.» «¿Qué me dices, Gil Blas?--repuso el ministro admirado--. ¿Pues qué tienes tú con don Alfonso ni con su gobierno?» Entonces le hice una puntual relación de todas las obligaciones que debía a los señores de Leiva, y después le conté cómo y cuándo había yo obtenido del duque de Lerma para el hijo de don César el gobierno de que se trataba.

Después que su excelencia me oyó con una atención llena de bondad hacia mí, me dijo: «Enjuga tus lágrimas, amigo mío. Además de que yo ignoraba lo que me acabas de contar, te confesaré que miraba a don Alfonso como hechura del cardenal de Lerma. Ponte en mi lugar. La visita que hizo a este purpurado, ¿no te le hubiera hecho sospechoso? Quiero, no obstante, creer que, habiéndosele conferido su empleo por aquel ministro, puede haber dado este paso por un mero impulso de agradecimiento. Siento haber separado de su empleo a un hombre que te le debía a ti; pero si deshice lo que habías hecho tú, puedo repararlo, y aun quiero hacer por ti lo que no hizo el duque de Lerma. Don Alfonso de Leiva, tu amigo, no era más que gobernador de la ciudad de Valencia, pero yo le hago virrey del reino de Aragón. Te doy licencia para que le comuniques esta noticia, y puedes decirle que venga a prestar juramento.» Cuando oí estas palabras, pasé del extremo de la aflicción a un exceso de alegría que me enajenó, en términos que lo conoció su excelencia en el modo de manifestarle mi agradecimiento; mas no le desagradó el desconcierto de mis palabras, y como le había enterado de que don Alfonso estaba en Madrid, me dijo que podía yo presentársele en aquel mismo día. Fuí volando al mesón de San Gabriel, en donde colmé de gozo al hijo de don César anunciándole su nuevo empleo. No podía creer lo que yo le decía, porque tenía dificultad en persuadirse de que, por más amistad que me tuviera el primer ministro, fuera capaz de dar virreinatos por mi influjo. Condújele a casa del conde-duque, que le recibió muy afablemente y le dijo que se había comportado tan bien en su gobierno de la ciudad de Valencia que, contemplándole el rey apto para desempeñar un empleo más elevado, le había nombrado para el virreinato de Aragón. «Por otra parte--añadió--, esta dignidad no es superior a la categoría de vuestro nacimiento, y la nobleza aragonesa no podría quejarse de la elección de la Corte.» Su excelencia no me tomó en boca y el público ignoró la parte que yo había tenido en aquel negocio, lo que puso a cubierto a don Alfonso y al ministro de las habladurías del público sobre el nombramiento de un virrey que era hechura mía.

Luego que el hijo de don César estuvo seguro de su promoción, despachó un propio a Valencia para noticiarla a su padre y a Serafina, que al momento pasaron a Madrid, y su primera diligencia fué visitarme y colmarme de demostraciones de vivo agradecimiento. ¡Qué espectáculo tan tierno y glorioso fué para mí ver a las tres personas que más amaba en el mundo abrazarme a competencia! Tan agradecidos a mi amor como al esplendor que el virreinato iba a añadir a su casa, no hallaban palabras con qué manifestar su reconocimiento. Me hablaban como si trataran con igual suyo, pareciendo haber olvidado que habían sido mis amos; todo les parecía poco para darme pruebas de amistad. Para suprimir circunstancias inútiles, don Alfonso, después de haber recibido el real despacho, dado gracias al rey y al ministro y prestado el juramento acostumbrado, marchó de Madrid con su familia para ir a establecer su residencia en Zaragoza. Hizo allí su entrada pública con la mayor magnificencia, y los aragoneses acreditaron con sus aclamaciones que yo les había dado un virrey que les era muy acepto.

CAPITULO XIII

Encuentra Gil Blas en palacio a don Gastón de Cogollos y a don Andrés de Tordesillas; adónde fueron todos tres; fin de la historia de don Gastón y doña Elena de Galisteo; qué servicio hizo Santillana a Tordesillas.

Estaba yo loco de contento por haber transformado tan felizmente en virrey a un gobernador depuesto. Los mismos señores de Leiva no estaban tan alegres como yo. Presto se me ofreció otra ocasión de emplear mi valimiento a favor de un amigo, lo que creo conveniente contar, para hacer ver a mis lectores que ya no era yo aquel mismo Gil Blas que en el Ministerio anterior vendía las mercedes de la Corte.

Hallándome un día en la antecámara del rey hablando con algunos señores que no se desdeñaban de admitirme a su conversación sabiendo que me quería el primer ministro, vi entre la multitud a don Gastón de Cogollos, aquel reo de Estado a quien había dejado en el alcázar de Segovia, que estaba con el alcaide del mismo alcázar, don Andrés de Tordesillas. Separéme gustoso de las personas con quien estaba para ir a dar un abrazo a estos dos amigos míos. Si ellos se admiraron mucho de verme allí, yo me admiré más de encontrarme con ellos.