Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
Part 20
Comencé por exponer que era preciso conservar con todo rigor los fondos que había en las arcas reales, que no debían emplearse absolutamente sino en las necesidades de la Monarquía, como que era un fondo sagrado que se debía reservar para imponer respeto a los enemigos de la nación. Después hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía la Memoria) que suprimiendo las pensiones y gratificaciones cargadas sobre la real hacienda no por eso se privaba del gusto que tendría en recompensar generosamente el mérito y servicios de los vasallos que se hiciesen acreedores a sus reales gracias, pues sin tocar a su tesoro quedaba en estado de conceder grandes recompensas, porque para unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las Ordenes militares y empleos en sus ejércitos; para otros, encomiendas, sobre las cuales podría imponer muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas, y, por último, todo género de beneficios eclesiásticos para los que quisiesen seguir la carrera de la Iglesia.
Esta Memoria, mucho más larga que la anterior, me ocupó cerca de tres días, y, por mi fortuna, salió tan acomodada al gusto de mi amo, por estar atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas, que me colmó de alabanzas. «Mucho me agrada lo que has hecho--me dijo, enseñándome los pasajes más pomposos--. Estas sí que son expresiones vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo mío; ya estoy previendo que me servirás de grande utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria. Puso en ella mucho de su casa, y formó una pieza de elocuencia que admiró al rey y a toda la corte. El público la honró también con su aprobación, presagió felicidades para lo venidero, y se lisonjeó de que la Monarquía recobraría su antiguo esplendor bajo el Ministerio de un personaje tan insigne. Viendo su excelencia la mucha fama que le había granjeado aquel escrito, quiso que, por la parte que yo tenía en él, recogiese algún fruto; y así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos escudos sobre la encomienda de Castilla; lo que me fué tanto más apreciable cuanto que éste no era un bien mal adquirido, aunque lo había ganado con mucha facilidad.
CAPITULO VII
Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio, y conversación que tuvieron.
Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber lo que se pensaba en Madrid de la conducta que observaba en su ministerio. Todos los días me preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados espías que le contaban puntualmente cuanto pasaba en la población. Le referían hasta las más ligeras conversaciones que habían oído; y como les tenía encargado que le dijesen francamente la verdad, no tenía poco que sufrir algunas veces su amor propio, porque la lengua del pueblo es tan suelta, que nada respeta.
Luego que conocí que el conde era amigo de que se le diesen noticias, me dediqué a ir por las tardes a los sitios públicos y mezclarme en las conversaciones de personas decentes, donde las hubiera. Cuando hablaban del Gobierno, escuchaba con atención, y si decían algo digno de que lo supiese su excelencia, no dejaba de noticiárselo; pero debe observarse que jamás le decía nada que no le fuera favorable.
Volviendo en cierta ocasión de uno de estos sitios pasé por delante de la puerta de un hospital, y me dió gana de entrar en él. Recorrí dos o tres salas llenas de enfermos, y, mirando a todas partes, vi entre aquellos desgraciados, a quienes no podía considerar sin lástima, uno que fijó mi atención, porque me pareció ver en él a mi paisano y antiguo camarada Fabricio. Acerquéme más a su cama para enterarme mejor, y aunque no pude ya dudar que era el poeta Núñez, con todo, me detuve algunos instantes a mirarle, pero sin decirle nada. El me conoció luego, y me miraba del mismo modo. Al cabo, rompiendo el silencio, le dije: «O mis ojos me engañan, o éste que miro es Fabricio.» «El mismo soy--me respondió fríamente--, y no debes maravillarte. Desde que me separé de ti no he tenido otro oficio que el de autor: he compuesto novelas, comedias y toda clase de obras de ingenio, y he llegado al fin de esta carrera, que es parar en un hospital.»
No pude menos de reírme al oír estas últimas palabras, y mucho más al ver la seriedad con que las pronunció. «Pues qué--exclamé--, ¿tu musa te ha traído a tan miserable estado? ¿Es posible que te haya jugado una pieza tan villana?» «Tú mismo lo estás viendo--repuso él--; a estas casas suelen venir a parar todos los que presumen de ingenios. Tú, hijo mío, lo acertaste en seguir otro rumbo; pero ya no estás en la Corte, y me parece que tus asuntos han mudado mucho de aspecto, y aun me acuerdo de haber oído decir que de orden del rey te habían metido en un castillo.» «Así fué puntualmente--repuse yo--. La fortuna en que me viste cuando nos separamos fué muy pasajera, pues pocos días después perdí de repente mi empleo, mis bienes y mi libertad. Sin embargo, amigo mío, hoy me vuelves a ver en un estado mucho más brillante que aquel en que me conociste en otro tiempo.» «Eso no es posible--dijo Núñez--. Tu aspecto es juicioso y modesto; no noto en ti aquella vanidad y aquella altanería que suelen inspirar las prosperidades.» «Las desgracias--le repliqué--han purificado mi virtud. En la escuela de la adversidad aprendí a gozar de las riquezas sin dejarme dominar por ellas.»
«Acaba, pues, y dime--interrumpió Fabricio, incorporándose en la cama con júbilo--qué empleo es el que tienes y en qué te ocupas al presente. ¿Eres por ventura mayordomo de algún gran señor arruinado, o de alguna viuda rica?» «Todavía estoy mucho mejor--le respondí--. Pero por ahora dispénsame, te ruego, de explicarme más, que en mejor ocasión contentaré enteramente tu curiosidad. Al presente bástete saber que estoy en situación de poder servirte, o más bien de ponerte en estado de no necesitar de nadie para pasarlo con decencia, con tal que me des palabra de no componer más obras de ingenio en verso ni en prosa. ¿Serás capaz de hacer tan gran sacrificio?» «Ya lo he hecho al Cielo--me dijo--en la enfermedad mortal de que me ves convaleciente. Un religioso dominico me ha movido a abjurar de la poesía como de una ocupación que, si no es criminal, desvía por lo menos de la prudencia.»
«Mil parabienes te doy por tan cuerda resolución, mi querido Núñez; pero guárdate bien de la recaída.» «Esa es la que no temo--me replicó--, porque tengo hecho firmísimo propósito de abandonar a las Musas; por señas, de que cuando entraste en esta sala estaba haciendo una composición en verso en que me despedía de ellas para siempre.» «Señor Fabricio--le dije entonces meneando la cabeza--, no sé si el padre dominico y yo podremos fiarnos de tu abjuración, porque te veo ciegamente enamorado de aquellas doctas doncellas.» «¡No, no!--me respondió con viveza--. Tengo ya rotos todos los lazos que me estrechaban con ellas. Todavía he hecho más, pues he cobrado aversión al público. ¡No merece que los autores quieran consagrarle sus desvelos, y yo me avergonzaría mucho de componer alguna obra que lograse su aprobación! Y no creas--continuó--que el resentimiento me dicta este lenguaje. Dígotelo con serenidad: tanto caso hago de los aplausos del público como de sus desprecios.» «Es difícil saber quién gana o quién pierde con él; es tan caprichoso que hoy piensa de una manera y mañana de otra. ¡Muy locos son los poetas dramáticos que se llenan de vanidad cuando ven que sus producciones han sido recibidas con aplauso! Aunque la primera vez que se representen causen mucho ruido por la novedad, si veinte años después vuelven a aparecer en el teatro, son por la mayor parte mal recibidas. La misma fortuna corren por lo común las novelas y los demás libros de pura diversión cuando salen a luz, pues si a los principios logran la aprobación de todos, poco a poco la van perdiendo hasta que al fin llegan a caer en desprecio. Los que viven ahora acusan de mal gusto a los que les han precedido, y el mismo defecto les imputarán a ellos los que vengan después. De donde concluyo que los autores que son aplaudidos en este siglo serán silbados en el siguiente. Así que todo el honor y toda la estimación que nos granjea el buen éxito de una obra impresa no es en suma otra cosa que una pura quimera, una ilusión de nuestra fantasía y un fuego de paja cuyo humo desvanece el viento en un instante.»
A pesar de que conocí desde luego ser efecto de melancolía y de mal humor este juicioso modo de discurrir de mi poeta de Asturias, no me di por entendido, y sólo le dije: «Verdaderamente, quedo gozoso de verte divorciado de las obras de ingenio y curado radicalmente de la manía de escribir. Desde ahora puedes estar seguro de que cuanto antes te haré dar un empleo con que puedas mantenerte decorosamente sin fatigar tu imaginación.» «¡Mejor para mí!--respondió muy alegre--. El ingenio comienza a olerme mal, y ya le considero como el don más funesto que el Cielo puede conceder al hombre.» «Deseo, amado Fabricio--repuse yo--, que conserves siempre esas ideas; y te vuelvo a repetir que si persistes en abandonar la poesía, muy presto te haré con un empleo tan honroso como lucrativo; pero mientras logro hacerte este servicio, te ruego que admitas esta corta prueba de mi amistad.» Y diciendo esto, le puse en la mano un bolsillo en que habría como unos sesenta doblones.
«¡Oh generoso amigo!--exclamó enajenado de gozo y de gratitud el hijo del barbero Núñez--. ¡Qué gracias debo dar al Cielo por haberte traído a este hospital! Hoy mismo quiero salir de él con tu socorro.» Efectivamente, así lo ejecutó, haciéndose llevar a una buena posada. Pero antes de separarnos le informé de mi alojamiento, convidándole a que me fuese a ver luego que se sintiese perfectamente recuperado. Quedóse muy sorprendido cuando le dije que vivía en casa del conde de Olivares. «¡Oh bienaventurado Gil Blas--me dijo--que tienes la fortuna de agradar a los ministros! Me complazco en tu felicidad, pues haces tan buen uso de ella.»
CAPITULO VIII
Gil Blas se granjea cada día más el afecto del ministro; vuelve Escipión a Madrid, y relación que hace a Santillana de su viaje.
El conde de Olivares, a quien en adelante llamaré el _conde-duque_, porque con este título se dignó honrarle el rey por este tiempo, tenía una flaqueza, que descubrí en él, no sin fruto para mí, y era la de querer que le tuvieran cariño. Luego que conocía que alguno le servía con buen afecto, le daba parte en su amistad. No me descuidé en aprovecharme bien de esta observación, pues no contento con ejecutar puntualmente cuanto me mandaba, obedecía sus órdenes con demostraciones de celo que le encantaban. Estudiaba su gusto en todas las cosas para conformarme a él y anticiparme a sus deseos en cuanto me fuera posible.
Por este modo de proceder, con el que casi nunca se deja de conseguir lo que se intenta, llegué insensiblemente a ser el favorito de mi amo, quien por su parte, conociendo que yo adolecía de la misma flaqueza que él, me ganó la voluntad con las demostraciones de cariño que me hizo. Me granjeé tanto su amistad, que llegué a participar de su confianza, igualmente que el señor Carnero, su primer secretario.
Este se había valido de los mismos medios que yo para agradar a su excelencia, y lo había logrado tan bien, que le revelaba los arcanos del Gabinete; y así, los dos éramos confidentes del primer ministro y los depositarios de sus secretos, pero con esta diferencia: que a Carnero sólo le hablaba de los negocios de Estado, y a mí, de los que tocaban a sus intereses personales; lo que formaba, por decirlo así, dos departamentos separados, con lo cual uno y otro estábamos igualmente gustosos, viviendo juntos sin celo y sin amistad. Yo tenía motivo para estar contento con mi destino, porque, proporcionándome continuamente la ocasión de estar con el conde-duque, me ponía en estado de penetrar en el fondo de su alma, que dejó de ocultarme, en medio de ser naturalmente reservado, cuando llegó a convencerse de la sinceridad de mi afecto hacia él.
«Santillana--me dijo un día--, tú has visto al duque de Lerma gozar de una autoridad que menos parecía la de un ministro favorito que el poder de un monarca absoluto; sin embargo, yo soy más feliz que lo era él en el mayor auge de su fortuna. El tenía dos enemigos formidables en el duque de Uceda, su propio hijo, y en el confesor de Felipe III; en vez de que yo a nadie veo cerca del rey con bastante favor para perjudicarme, ni aun de quien yo sospeche que me tenga mala voluntad. Es verdad--continuó--que desde mi elevación al Ministerio puse el mayor cuidado en que no estuviesen al lado de su majestad otras personas que las enlazadas conmigo por amistad o por parentesco. Con virreinatos o embajadas me he ido deshaciendo de todos los señores cuyo mérito personal hubiera podido hacerme decaer de la gracia del soberano, que yo quiero gozar entera y exclusivamente; de manera que en la actualidad me puedo lisonjear de que ningún grande me hace sombra. Ya ves, Gil Blas--añadió--, que te descubro mi corazón; como tengo motivo para creer que me eres enteramente afecto, he echado mano de ti para que seas mi confidente. Tienes entendimiento, te contemplo juicioso, prudente y discreto; en una palabra, te considero a propósito para el desempeño de mil comisiones que piden un sujeto muy inteligente y que tome parte en mis intereses.»
No pude desechar del todo las ideas lisonjeras que estas palabras excitaron en mi imaginación; subiéronseme repentinamente a la cabeza algunos humos de ambición y de avaricia, que despertaron en mí ciertos afectos de que creía haber triunfado. Aseguré al ministro que haría cuanto estuviese de mi parte para corresponder a sus deseos, y me preparé para ejecutar sin escrúpulo todas las órdenes que tuviera por conveniente darme.
Entre tanto que yo me disponía de este modo a erigir nuevos altares a la Fortuna, volvió Escipión de su viaje. «No tengo--me dijo--muy larga relación que haceros: causé una grande alegría a los señores de Leiva cuando les dije la buena acogida que usted halló en el rey luego que le conoció, y de qué modo se conduce con usted el conde de Olivares.»
Interrumpí a Escipión diciéndole: «Más alegría les hubieras causado, amigo mío, si hubieras podido contarles el predicamento en que me hallo en el día para con el ministro. Son verdaderamente de admirar los rápidos progresos que después de tu partida he hecho en el corazón de su excelencia.» «¡Sea Dios bendito, mi querido amo!--respondió--. ¡Ya presiento que tendremos excelentes destinos que desempeñar!»
«Mudemos de conversación--le dije--, y hablemos de Oviedo. Cuando saliste de Asturias, ¿en qué estado dejaste a mi madre?» «¡Ah, señor!--me respondió, tomando de repente un aspecto afligido--. Las noticias que tengo que daros sobre ese punto no son sino tristes.» «¡Oh cielos!--exclamé--. ¡Sin duda mi madre ha muerto!» «Seis meses ha--dijo mi secretario--que la buena señora pagó el tributo a la Naturaleza, y lo mismo el señor Gil Pérez su tío de usted.»
Afligióme vivamente la muerte de mi madre, aunque en mi infancia no había recibido de ella aquellas caricias que tanto necesitan los hijos para ser agradecidos en lo sucesivo. También derramé algunas lágrimas por el buen canónigo, acordándome del cuidado que había tenido de mi educación. A la verdad, no duró mucho mi pesadumbre, que muy presto quedó reducida a una tierna memoria que siempre he conservado de mis parientes.
CAPITULO IX
Cómo y con quién casó el conde-duque a su hija única, y los sinsabores que produjo este matrimonio.
Poco después del regreso del hijo de la Coscolina vi al conde-duque por espacio de unos ocho días muy parado y pensativo. Me persuadí de que estaba meditando alguna grande empresa de política; pero presto llegué a saber que lo que le tenía tan suspenso era un asunto doméstico. «Gil Blas--me dijo una tarde--, quizá habrás reparado que hace días ando pensativo. Así es, hijo mío; no puedo negar que enteramente me ocupa un negocio del cual depende el sosiego de mi alma, y voy a confiártelo. Mi hija doña María--continuó--se halla ya en edad de tomar estado, y son muchos los pretendientes que aspiran a su mano. El conde de Niebla, primogénito del duque de Medinasidonia, cabeza de la Casa de Guzmán, y don Luis de Haro, hijo y heredero del marqués del Carpio y de mi hermana mayor, son los dos concurrentes que parecen más dignos de merecer la preferencia. Sobre todo el mérito del último es tan superior al de sus competidores, que toda la corte está persuadida de que será el que preferiré para yerno. Con todo eso, sin pararme en explicarte los motivos que tengo para desechar a ambos, te diré que he puesto los ojos en don Ramiro Núñez de Guzmán, marqués de Toral, cabeza de la Casa de los Guzmanes de Abrados. A este señor y a los hijos que nacieren de mi hija quiero dejar todos mis bienes, vincularlos al título de conde de Olivares, y anejar a él la grandeza; de suerte que mis nietos y sus descendientes que vinieren de la rama de Abrados y de la de Olivares pasarán por primogénitos de la Casa de Guzmán. Dime, Santillana--añadió--: ¿apruebas este proyecto?» «Señor--le respondí--, es propio de la capacidad y talento que lo ha formado; lo único que recelo es que el duque de Medinasidonia podrá quejarse de él.» «Quéjese cuanto quiera--respondió--; nada me importa. No tengo inclinación a su rama, que ha usurpado a la de Abrados el derecho de primogenitura y los títulos anexos a ella. Menos impresión me harán sus quejas que el sentimiento que tendrá mi hermana la marquesa del Carpio al ver que su hijo pierde el enlace con mi hija. Pero sobre todo yo quiero hacer mi gusto, y don Ramiro será preferido a todos sus rivales; así lo tengo determinado.»
Habiendo el conde-duque tomado esta resolución, no pasó, sin embargo, a ejecutarla sin afianzarla primero con un golpe diestro de política. Presentó un memorial al rey y a la reina suplicando a sus majestades se dignasen disponer de la mano de su hija doña María, exponiéndoles las cualidades de los señores que la pretendían y remitiéndose enteramente a la elección de sus majestades, bien que, hablando del marqués de Toral, no se dejaba de conocer su particular inclinación a este partido. En virtud de esto, el rey, que deseaba mucho complacer a su ministro, le dió por escrito la respuesta siguiente: _Juzgo a don Ramiro Núñez digno de doña María. Sin embargo, elige por ti mismo; el partido que más te convenga será el que a mí más me agrade._--EL REY.
Manifestó el ministro esta respuesta con cierta afectación, y fingiendo entenderla como una orden del soberano, se dió prisa a casar a su hija con el marqués de Toral, resolución de que se resintió vivamente la marquesa del Carpio, como todos los Guzmanes, que estaban muy satisfechos con la esperanza del enlace con doña María. En medio de esto, unos y otros, cuando vieron que no podían impedir el casamiento, aparentaron celebrarle con las mayores demostraciones de alegría. Parecía que toda la familia estaba fuera de sí de contento; pero tardó poco en verse vengado su disgusto del modo más cruel y doloroso para el conde. A los diez meses dió a luz doña María una niña, que murió al nacer, y poco después la misma madre fué víctima de su sobreparto.
¡Qué pérdida para un padre idólatra (por decirlo así) de su hija, y más viendo con esto desvanecido su proyecto de quitar el derecho de progenitura a la rama de Medinasidonia! Esto le afligió tan profundamente, que se encerró por algunos días sin que le viese nadie sino yo, que, conformándome a su excesivo sentimiento, me mostraba tan apesadumbrado como él. Forzoso es decir la verdad: yo aproveché esta coyuntura para derramar nuevas lágrimas en memoria de Antonia. La semejanza que había entre su muerte y la de la marquesa de Toral volvió a abrir una herida mal cicatrizada, causándome tanto sentimiento, que el ministro, a pesar de lo abatido que le tenía su propia pena, no pudo menos de advertir la mía. Admiróle verme tomar tan activa parte en sus amarguras. «Gil Blas--me dijo un día que le parecí abismado en una profunda tristeza--, es un consuelo muy dulce para mí el tener un confidente tan sensible a mis angustias.» «¡Ah señor!--le respondí, vendiéndole por fineza mi quebranto--. Sería yo el hombre más ingrato y mi corazón el más duro si no las sintiera tan vivamente. Pues qué, ¿podría vuestra excelencia llorar la muerte de una hija de tanto mérito y a quien amaba tan tiernamente, sin que yo mezclase mis lágrimas con las suyas? No, señor; me tiene vuestra excelencia demasiado colmado de beneficios para que yo pueda dejar en toda mi vida de tomar parte en sus satisfacciones y en sus pesadumbres.»
CAPITULO X
Encuentra Gil Blas casualmente al poeta Núñez; refiérele éste que se representa una tragedia suya en el teatro del Príncipe; desgraciado éxito que tuvo, y efecto favorable que le produjo esta desgracia.
Comenzaba el ministro a consolarse, y, por consiguiente, también yo a recobrar mi buen humor, cuando salí una tarde a pasearme solo en coche. En el camino encontré al poeta asturiano, a quien no había visto después de su salida del hospital. Advertí que estaba decentemente vestido. Llaméle, hícele entrar en el coche y fuimos juntos a pasear en el prado de San Jerónimo.
«Señor Núñez--le dije--, ha sido fortuna mía haberos encontrado por casualidad; a no ser así, nunca lograría el gusto de...» «¡Déjate de reconvenciones, Santillana!--interrumpió con precipitación--. Confieso de buena fe que de propósito no quise ir a visitarte, y te voy a decir el motivo. Tú me prometiste un buen empleo, con tal que renunciase a la poesía, y yo he encontrado otro más sólido con la condición de hacer versos; he aceptado este último por ser más conforme a mi genio. Un amigo mío me ha colocado en casa de don Beltrán Gómez del Ribero, tesorero de las galeras del rey. Este don Beltrán quería mantener a sus expensas un buen ingenio, y habiéndole parecido muy sublime mi versificación, me ha preferido a cinco o seis autores que se presentaron para ocupar la plaza de secretario de su ramo.»
«Me alegro infinito de eso, querido Fabricio--le dije--, porque ese don Beltrán verosímilmente será muy rico.» «¡Cómo rico!--me replicó Fabricio--. Dicen que ni aun él mismo sabe lo que tiene. Pero, como quiera que sea, he aquí en qué consiste el empleo que desempeño en su casa. Como se precia de cortejante y quiere pasar por hombre de ingenio, se vale de mi pluma para componer billetes llenos de sal y de gracia, dirigidos a muchas damas muy vivarachas con quienes tiene frecuente correspondencia. En su nombre escribo a una en verso, a otra en prosa, y algunas veces yo mismo soy el portador de los billetes, para hacer ver mis muchos talentos.»