Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
Part 19
Llegóme al alma este proceder y tuve tentaciones de regresar inmediatamente a Valencia; pero Escipión no cesó de oponerse a ello, no pudiendo resolverse a renunciar a las esperanzas que había concebido. «¿No conoces--le dije--que el conde quiere alejarme de la corte? Habiendo visto él mismo la inclinación que me manifestó el monarca, ¿no basta eso para atraerme la aversión de su favorito? Cedamos, hijo mío, cedamos con gusto al poder de un enemigo tan temible.» «Señor--respondió colérico Escipión--, yo no abandonaría el campo; iría a quejarme al rey del poco caso que ha hecho el ministro de su recomendación.» «¡Mal consejo, amigo mío! Si yo diera un paso tan imprudente, poco tardaría en arrepentirme; ni aun sé si corro peligro en detenerme en esta capital.»
A estas palabras mi secretario mudó de parecer, y considerando que las habíamos con un hombre que podía volvernos a enviar a la torre de Segovia, participó de mi temor y no resistió más al deseo que yo tenía de dejar a Madrid, de donde resolví alejarme al día siguiente.
CAPITULO III
Del motivo que tuvo Gil Blas para no poner por obra el pensamiento de dejar la corte y del importante servicio que le hizo José Navarro.
Al volverme a la posada de caballeros encontré a José Navarro, repostero de don Baltasar de Zúñiga y mi antiguo amigo. Le saludé acercándome a él y le pregunté si me conocía y si tendría aún la bondad de querer hablar a un desatento que había pagado con ingratitud su amistad. «¿Luego usted mismo confiesa--me respondió--que no procedió bien conmigo?» «Sí, señor--le respondí--, y tiene usted sobrada razón para llenarme de reconvenciones, porque las merezco, si es que no he expiado mi crimen con los remordimientos que a él se han seguido.» «Ya que está usted tan arrepentido de su culpa--repuso Navarro dándome un abrazo--, no debo acordarme más de ello.» Yo también le estreché cuanto pude entre mis brazos, y ambos renovamos desde aquel punto nuestra antigua amistad. Había sabido mi prisión y el trastorno de mi suerte, pero ignoraba lo demás. Le informé de todo, contándole hasta la conversación que había tenido con el rey, sin ocultarle el mal recibimiento que me acababa de hacer el ministro ni el designio en que me hallaba de volverme a mi retiro. «No trate usted de irse--me dijo--. Supuesto que el monarca le ha manifestado inclinación, es necesario que usted haga que le sirva de algo. Aquí para entre los dos, el conde Olivares tiene sus extravagancias; es caprichoso, y a veces, como en la presente ocasión, procede de un modo que irrita, pues él solo tiene la clave de sus acciones estrambóticas. Por lo demás, sea cual fuere la causa de haberos recibido tan mal, permaneced aquí a pie firme, porque os aseguro que él no podrá impediros que os aprovechéis de la bondad del rey, y, a mayor abundamiento, yo le diré dos palabras al señor don Baltasar de Zúñiga, mi amo, que es tío del conde de Olivares y le ayuda a sostener el peso del gobierno.» Preguntóme después Navarro dónde yo vivía, y sin decirme más nos separamos.
Tardé poco en volverle a ver: el día siguiente fué a buscarme. «Señor de Santillana--me dijo--, usted tiene un protector: mi amo quiere favorecerle. En virtud del informe que le he dado de usted, me ha ofrecido recomendarle al conde de Olivares, su sobrino, y no dudo que le incline a su favor.» Mi amigo Navarro, no queriéndome servir a medias, me presentó dos días después a don Baltasar, quien me dijo con semblante apacible: «Señor de Santillana, su amigo José me ha hecho un elogio tan cumplido de usted, que me ha movido a protegerle.» Hice una profunda reverencia al señor de Zúñiga, diciéndole que toda mi vida me confesaría sumamente reconocido al señor Navarro por haberme granjeado la protección de un ministro a quien llamaban con justa razón _la antorcha del Consejo_. Al oír don Baltasar esta lisonjera contestación me dió una palmadita en el hombro riéndose y me dijo: «Puede usted volver mañana a casa del conde de Olivares y quedará más contento de él.»
Con efecto, al otro día me presenté en su antesala por la tercera vez; reconocióme entre la multitud de pretendientes, miróme y sonrióse, lo que desde luego me pareció un pronóstico feliz. «¡Esto va bien!--dije entre mí--. El tío debe de haber reducido a la razón al sobrino.» Así, pues, desde entonces me prometí una acogida favorable, y en verdad que no me engañé. Después que el conde despachó a los demás me hizo entrar en su gabinete y en tono muy familiar me dijo: «Perdona, amigo Santillana, el apuro en que te he puesto por divertirme. Me he complacido en inquietarte para probar tu discreción y ver el partido que tomabas en vista de mi mal humor. Sin duda tú te persuadirías de que me eras desagradable; pero al contrario, hijo mío, te confesaré que aprecio mucho tu persona. Aunque el rey mi amo no me hubiera mandado cuidar de tu fortuna, lo haría yo por mi propia inclinación. Además, don Baltasar de Zúñiga, mi tío, a quien nada puedo negar, me ha encargado te mire como a persona por quien él se interesa y no necesito más para determinarme a ponerte a mi lado.»
Esta primera entrada hizo tanta impresión en mi ánimo, que quedé casi enajenado. Me eché a los pies del ministro, y habiéndome dicho que me levantase, prosiguió de esta manera: «Después de comer vuelve acá y ve a verte con mi mayordomo, que él te dará las órdenes que yo le encargare.» Dicho esto, salió su excelencia de su despacho para ir a oír misa, que es lo que acostumbraba hacer todos los días después de dar audiencia, y en seguida se marchaba a palacio para hallarse en el cuarto del rey al tiempo de levantarse su majestad.
CAPITULO IV
Logra Gil Blas el afecto y confianza del conde de Olivares.
No me descuidé en volver después de comer a casa del primer ministro. Pregunté por su mayordomo, que se llamaba don Ramón Caporis, el cual luego que oyó mi nombre me saludó con particular respeto y me dijo: «Caballero, sígame usted, si gusta, que voy a conducirle a la habitación que se le ha destinado en esta casa.» Dicho esto me llevó por una escalerilla secreta, la cual conducía a una fila de cinco o seis salas a un mismo piso, que formaban un ala de la casa, alhajada regularmente. «Esta es--me dijo--la habitación que su excelencia le señala. Usted disfrutará aquí de una mesa de seis cubiertos de cuenta de su excelencia, será servido por sus propios criados y tendrá siempre a su disposición un coche. Aun no lo he dicho todo: su excelencia me ha encomendado eficazmente que tenga a usted las mismas consideraciones que si fuera de la Casa de Guzmán.»
«¿Qué diablos significa todo esto?--me decía a mí mismo--. ¿Cómo consideraré yo estas distinciones? ¡Quiero saber si envolverán alguna malicia o si todavía por divertirse el ministro hará que me traten tan honoríficamente!» Mientras me hallaba en esta incertidumbre, fluctuando entre el temor y la esperanza, vino un paje a decirme que el conde me llamaba. Fuí volando a ver a su excelencia, que estaba solo en su gabinete. «Y bien, Santillana--me dijo--, ¿estás contento con tu habitación y con las órdenes que he dado a don Ramón?» «Las bondades de vuestra excelencia--le respondí--me parecen excesivas y no las acepto sin zozobra.» «¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Puede caber exceso en honrar a una persona que el rey me ha recomendado y de quien quiere que yo cuide? En tratarte honoríficamente no hago mas que mi deber. Por mucho que haga por ti, no te admires, y cuenta con una fortuna brillante y sólida si me eres tan afecto como lo fuiste al duque de Lerma. Pero ya que hemos nombrado a este señor--prosiguió--, he oído decir que vivíais los dos con mucha intimidad. Quisiera saber cómo os conocisteis y en qué te empleaba aquel ministro. No me ocultes nada; dímelo todo con sinceridad.» Acordéme entonces de la perplejidad en que me vi cuando me encontré con el duque de Lerma en semejante caso y del medio que me valí para salir de ella, el cual practiqué aún más afortunadamente; quiero decir, que en mi informe di el mejor colorido que pude a los lances más escabrosos y toqué ligeramente aquellos que me hacían poco honor. También procuré poner en buen lugar al duque de Lerma, aunque conocía que no disculpándole del todo hubiera dado más gusto a mi oyente. Por lo que toca a don Rodrigo Calderón, nada le perdoné; le individualicé las hazañas que sabía relativas al tráfico que hacía de encomiendas, beneficios y gobiernos.
«En cuanto a don Rodrigo Calderón--interrumpió el ministro--, todo cuanto me dices es muy conforme a ciertos documentos que me han presentado contra él y que contienen testimonios de acusación aún más importantes. Se va a sustanciar su causa inmediatamente, y si deseas su pérdida creo que tus deseos quedarán satisfechos.» «No deseo su muerte--le dije--, aunque no quedó por él que yo no hubiese encontrado la mía en la torre de Segovia, donde tuvo la culpa de que permaneciese largo tiempo.» «¿Cómo?--replicó su excelencia--. ¿Don Rodrigo fué quien causó tu prisión? He ahí lo que yo ignoraba. Don Baltasar, a quien Navarro contó tu historia, me dijo, sí, que el difunto rey te había mandado prender en castigo de haber conducido de noche al príncipe de España a un paraje sospechoso; pero no sé nada más y no puedo adivinar qué papel hacía Calderón en esa farsa.» «El papel de un amante que se venga de un ultraje recibido», le respondí. Entonces le conté todos los pormenores de la aventura, la cual le pareció tan divertida que, a pesar de su seriedad, no pudo menos de reír, o más bien llorar de placer. Catalina, tan pronto sobrina como nieta, le alegró en extremo, como asimismo la parte que había tenido en el negocio el duque de Lerma.
Luego que acabé mi relación me despidió el conde, diciéndome que no dejaría de emplearme el día siguiente. Fuíme en derechura a casa de don Baltasar de Zúñiga a darle gracias por los buenos oficios que me había hecho y al mismo tiempo a participar a mi amigo José las favorables disposiciones que el ministro manifestaba hacia mí.
CAPITULO V
Conversación secreta que tuvo Gil Blas con Navarro y primera cosa en que le ocupó el conde de Olivares.
Apenas vi a José cuando le dije agitado que tenía muchas cosas que noticiarle. Llevóme a un sitio retirado, donde, habiéndole enterado de lo ocurrido, le pregunté qué le parecía lo que le acababa de decir. «Paréceme--respondió--que estáis en vísperas de una gran fortuna; todo se os presenta propicio. Agradáis al primer ministro y (lo que no dejará de serviros de algo) yo me hallo bastante enterado para poder haceros el mismo servicio que os hizo mi tío Melchor de la Ronda cuando entrasteis en el palacio del arzobispo de Granada. Aquél os ahorró el trabajo de estudiar el genio del prelado y de sus principales familiares manifestándoos el carácter de cada uno; yo, a ejemplo suyo, quiero daros a conocer cuál es el del conde, el de la condesa su mujer y el de doña María de Guzmán, su hija única. El ministro tiene talento perspicaz, profundo y a propósito para formar grandes proyectos. Se precia de hombre universal porque tiene una somera idea de todas las ciencias y se cree capaz de decidir en todo. Se imagina ser un jurisconsulto consumado, un gran capitán y un político de los más sagaces. Añada usted a eso que es tan encaprichado en su parecer que quiere que prevalezca sobre el de los demás, y esto sólo porque no se juzgue que se gobierna por dictamen de otro, defecto que, hablando entre los dos, puede producir funestas consecuencias en gravísimo perjuicio de la monarquía. Brilla en el Consejo por cierta elocuencia natural, y escribiría tan elegantemente como habla si no afectara, para dar dignidad a su estilo, el hacerle obscuro y muy estudiado; tiene pensamientos extravagantes, es caprichoso y fantástico. Este es el retrato de su entendimiento. Vea usted ahora el de su corazón: es generoso y buen amigo; se le acusa de vengativo; pero ¡cuán pocos son los que dejan de serlo viéndose con igual poder y en tanta elevación! También le motejan de ingrato porque hizo desterrar al duque de Uceda y a fray Luis de Aliaga, a quienes debía grandes favores; mas eso puede perdonársele, porque el deseo de ser primer ministro dispensa de ser agradecido. Doña Inés de Zúñiga y Velasco, condesa de Olivares--prosiguió José--, es una señora en quien no advierto otra tacha que la de vender a peso de oro las gracias que por su intercesión se consiguen. Doña María de Guzmán (hoy día el partido mejor y más ventajoso de toda España) es una señorita completa y el ídolo de su padre. Con arreglo a estas luces que os doy podréis arreglar vuestra conducta. Haced mucho la corte a estas dos señoras, mostraos más adicto al conde de Olivares que lo fuisteis al duque de Lerma antes de vuestro viaje a Segovia y llegaréis a ser un señor insigne y poderoso. También os aconsejo que no dejéis de visitar de cuando en cuando a mi amo don Baltasar. Es verdad que no necesitaréis de él para vuestros ascensos; mas, con todo, siempre convendrá tenerle propicio. Al presente os estima y le merecéis buen concepto; procurad conservaros en su amistad, porque en la ocasión os podrá servir.» «Pero como tío y sobrino--repliqué yo a Navarro--gobiernan el Estado, ¿quién sabe si con el tiempo no se originarán entre los dos algunos celillos?» «No hay que temer--me respondió--, porque reina entre ambos una estrechísima unión. Sin don Baltasar, nunca hubiera sido primer ministro el conde de Olivares, porque después de la muerte de Felipe III todos los amigos y partidarios de la casa de Sandoval se dividieron unos a favor del cardenal y otros al de su hijo; pero mi amo, el más perspicaz de todos los cortesanos, y el conde, que no es menos sagaz que él, frustraron todas sus medidas, y las tomaron por su parte tan ajustadas para asegurarse en este puesto, que al fin dejaron burlados a todos sus competidores. Nombrado primer ministro el conde de Olivares, repartió el ministerio con su tío don Baltasar, dando a éste el encargo de los negocios exteriores y reservando para sí el de los interiores, de suerte que, estrechando por este medio los vínculos de la amistad, que deben naturalmente unir a las personas de una misma sangre, estos dos señores, independientes uno de otro, viven en una armonía que me parece inalterable.»
Esta fué la conversación que tuve con José, de la cual me prometía sacar buen partido. Después pasé a dar las gracias al señor don Baltasar de lo mucho que se había interesado por mí. Respondióme con el mayor agrado que aprovecharía gustoso todas las ocasiones que se le proporcionasen de servirme y que celebraba infinito verme igualmente contento y satisfecho de su sobrino, a quien me aseguró volvería a hablar a favor mío, «aunque no sea más--añadió--que para que conozcáis cuán presentes tengo en mi corazón todos vuestros intereses y al mismo tiempo entendáis que en lugar de un protector habéis adquirido dos». Tan a pechos había tomado el favorecerme el señor don Baltasar en atención a las buenos oficios de Navarro.
Desde aquella misma noche dejé mi posada de caballeros para ir a vivir en casa del primer ministro, donde cené con Escipión en mi aposento, en el cual fuimos servidos por criados de la misma casa, quienes durante la cena, mientras nosotros afectábamos una gravedad severa, tal vez reirían entre sí del respeto que se les había mandado nos guardasen.
Apenas levantaron la mesa se retiraron, y mi secretario, dejando de reprimirse, me dijo mil locuras que su buen humor y sus lisonjeras esperanzas le sugirieron. Por lo que a mí toca, aunque estaba embelesado con la brillante situación en que comenzaba a verme, aun no sentía en mi interior ninguna disposición a dejarme deslumbrar de ella, y así, luego que me acosté me quedé dormido tranquilamente, sin entregar mi imaginación a las ideas risueñas que podían ocuparla, en vez de que Escipión durmió poco, pues pasó la mitad de la noche atesorando para casar a su hija Serafina.
No bien me había acabado de vestir el día siguiente, cuando vinieron a llamarme de parte del conde. Fuí inmediatamente a ver a su excelencia, el cual me dijo: «¡Ea, Santillana, veamos algo de lo que sabes hacer! Tú me has dicho que el duque de Lerma te encargaba algunas Memorias para que se las redactases; yo tengo una que destino para prueba de tu capacidad y de cuyo objeto voy a enterarte. Se trata de componer una obra que disponga al público en favor de mi Ministerio. Ya he hecho correr secretamente la voz de que he encontrado los negocios en gran desorden y es menester ahora manifestar a los ojos de la corte y del público la triste situación a que se halla reducida la monarquía. Conviene presentar sobre esto un cuadro que llame la atención pública y no deje echar de menos a mi predecesor; después ponderarás las medidas que he adoptado para hacer que sea glorioso el gobierno del rey, florecientes sus Estados y sus vasallos completamente dichosos.»
Dicho esto, me entregó un papel que contenía los justos motivos de los pueblos para estar descontentos con el Gobierno anterior, y me acuerdo que constaba de diez artículos, el menor de los cuales era muy bastante para sobresaltar a todo buen español. Hízome después pasar a un gabinetillo contiguo a su despacho y allí me dejó solo para que trabajase con libertad. Comencé, pues, a componer mi Memoria lo mejor que me fué posible. Expuse primeramente el estado lastimoso en que se hallaba la Monarquía, el Erario exhausto, las rentas de la corona estancadas en manos de asentistas, y la marina arruinada. Recapitulé después los defectos cometidos por los que habían gobernado la nación en el reinado anterior y las funestas consecuencias que podían traer consigo. En fin, pinté la Monarquía en el mayor peligro y censuré tan acremente al Ministerio anterior que, según mi Memoria, la caída del duque de Lerma era una felicidad para la España. A la verdad, aunque yo no tenía ningún motivo de queja de aquel señor, sin embargo, no me pesó hacerle esta buena obra. Finalmente, después de haber hecho la más espantosa pintura de los males que amenazaban a la España, alentaba los ánimos haciendo mañosamente concebir a los pueblos esperanzas lisonjeras para lo sucesivo. Hacía hablar al conde de Olivares como a un restaurador enviado por la Providencia para la salvación de la patria; prometía montes de oro y, en una palabra, llené tan completamente los deseos del ministro, que quedó sorprendido de mi obra cuando acabó de leerla. «Santillana--me dijo--, ¿tú sabes que has hecho una obra digna de un secretario de Estado? Ya no me admiro de que el duque de Lerma se valiese de tu pluma. Tu estilo es lacónico y aun elegante; pero me parece demasiado sencillo.» Y al mismo tiempo, haciéndome notar los pasajes que no eran de su gusto, los varió, juzgando yo por sus correcciones que le gustaban, como me había dicho Navarro, las expresiones estudiadas y obscuras. Sin embargo, aunque le agradase tanto la nobleza, o, por mejor decir, la cultura en la dicción, no por eso dejó de conservar las dos terceras partes de mi Memoria, y, para darme la mejor prueba de su plena satisfacción, me envió por don Ramón trescientos doblones al acabar yo de comer.
CAPITULO VI
En qué invirtió Gil Blas estos trescientos doblones y comisión que dió a Escipión. Resultado de la Memoria de que acaba de hablarse.
Esta generosidad del ministro dió nuevo motivo a Escipión para repetirme mil parabienes de haber vuelto a la corte. «Usted ve--me dijo--que la fortuna tiene grandes designios para favorecerle. ¿Está usted ahora arrepentido de haber dejado su soledad?» «¡Viva el señor conde de Olivares, que es un amo muy diferente de su predecesor!» «A pesar de ser usted muy afecto al duque de Lerma, le dejó morir de hambre muchos meses sin regalarle ni un triste peso duro; mas el conde ya le ha dado una gratificación que usted no se hubiera atrevido a esperar sino después de largos servicios. Me alegraría mucho--añadió--de que los señores de Leiva fuesen testigos de la prosperidad de usted, o a lo menos de que la supiesen.» «Tiempo es de noticiársela--le respondí--, y de esto iba a hablarte, porque no dudo desearán con mucha impaciencia saber de mí; pero aguardaba para hacerlo a verme en un estado fijo y decirles positivamente si me quedaría en la corte o no. Ahora que estoy seguro de mi suerte, puedes ir a Valencia cuando quieras a informar a aquellos señores de mi situación actual, que miro como obra suya, siendo cierto que, a no habérmelo ellos persuadido, jamás me hubiera determinado a volver a Madrid.» «¡Oh mi amado amo--exclamó el hijo de la Coscolina--, qué alegría voy a darles cuando les cuente lo que ha sucedido a usted! ¡Cuánto diera por hallarme ya a las puertas de Valencia! Pero pronto estaré allí. Los dos caballos de don Alfonso están prevenidos; voy a ponerme en camino con un lacayo de su excelencia, porque, además de que me gusta llevar compañía por el camino, usted sabe que la librea de un primer ministro deslumbra.»
No pude menos de reírme de la necia vanidad de mi secretario, y con todo eso, yo, quizá aun más vano que él, le permití hacer lo que le dió la gana. «Marcha--le dije--, y vuelve prontamente, porque tengo que darte otro encargo. Quiero enviarte a Asturias a llevar dinero a mi madre. Por pura negligencia he dejado pasar el tiempo en que prometí enviarle cien doblones, que tú mismo te obligaste a ponerle en mano propia. Las promesas de esta especie deben ser tan sagradas para un hijo, que me acuso de mi poca puntualidad en cumplirlas.» «Señor--me respondió Escipión--, en seis semanas quedarán desempeñados ambos encargos; habré visto a los señores de Leiva, dado una vuelta por vuestra quinta y visitado segunda vez la ciudad de Oviedo, de la cual no me puedo acordar sin dar al diablo las tres partes y media de sus habitantes.» Entregué, pues, al hijo de la Coscolina cien doblones para la pensión de mi madre y otros ciento para él, deseando que hiciese felizmente el largo viaje que iba a emprender.
Poco después de su partida su excelencia mandó imprimir nuestra Memoria, que apenas se hizo pública cuando fué asunto de todas las conversaciones de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, le gustó infinito. La disipación de las rentas reales, que estaba pintada con los más vivos colores, le indignaron contra el duque de Lerma, y si los golpes que se descargaban contra este ministro no fueron aplaudidos de todos, a lo menos merecieron la aprobación de muchos. En cuanto a las pomposas promesas que hacía el conde de Olivares, y entre ellas la de cubrir por medio de una discreta economía las atenciones del Estado sin gravar a los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y les confirmaron en el gran concepto que ya tenían de sus talentos, de manera que por toda la población resonaron sus alabanzas.
El ministro, satisfecho de haber conseguido con esta obra su objeto, que no había sido otro que el de granjearse la estimación pública, quiso merecerla verdaderamente por medio de una acción laudable que fuese útil al rey. Recurrió para ello a la invención del emperador Galba; es decir, que hizo que los particulares que se habían enriquecido, sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos resarciesen al Erario. Luego que el conde hizo vomitar a aquellas sanguijuelas la sangre que habían chupado y la guardó en las arcas reales, trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas las pensiones, sin exceptuar la suya, como también las gratificaciones que se daban del caudal de su majestad. Para lograr la ejecución de este designio, que no podía verificarse sin mudar la faz del Gobierno, me mandó componer otra Memoria, cuya substancia y método me indicó; en seguida me encargó que procurase elevar todo lo posible la ordinaria sencillez de mi estilo para dar más dignidad a mis frases. «Ya estoy hecho cargo, señor--le dije--. Vuecencia quiere sublimidad y brillantez; pues las tendrá.» Encerréme en el mismo gabinete donde anteriormente había trabajado y allí puse manos a la obra después de haber invocado el genio elocuente del arzobispo de Granada.