Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
Part 14
Al día siguiente de mi boda los señores de Leiva regresaron a Valencia, después de haberme dado otras mil señales de amistad, de tal modo que mi buen secretario y yo nos quedamos solos en la quinta con nuestras mujeres y nuestros criados.
El empeño que hicimos uno y otro en agradar a nuestras esposas no fué inútil, pues en poco tiempo inspiré yo a la mía tanto amor como le profesaba, y Escipión hizo olvidar a la suya los disgustos que le había causado. Beatriz, que era de carácter dócil y afable, se granjeó fácilmente el cariño de su nueva ama y ganó su confianza. En fin, todos cuatro nos avinimos perfectamente y comenzamos a gozar de una suerte envidiable, pasando la vida en los más dulces entretenimientos. Antonia era bastante seria; pero Beatriz y yo éramos muy alegres, y aun cuando no lo fuéramos, nos bastaría estar con Escipión para no conocer la melancolía, porque era un hombre sin igual para la sociedad, una de aquellas personas festivas que sólo con presentarse divierten a la concurrencia.
Un día que después de comer se nos antojó ir a dormir la siesta al sitio más apacible del bosque, mi secretario estaba de tan buen humor que nos quitó a todos el sueño con sus graciosas ocurrencias. «¡Calla esa boca--le dije--, amigo mío; o si quieres que no durmamos, cuéntanos alguna cosa que merezca nuestra atención!» «Con mucho gusto, señor--me respondió--. ¿Quiere usted que le cuente la historia del rey don Pelayo?» «De mejor gana oiría la tuya--le repliqué--; pero este gusto nunca me lo has querido dar desde que vivimos juntos, ni espero que jamás me lo des. ¿De qué proviene esto?» «Si no he contado a usted la historia de mi vida ha consistido en que jamás me ha manifestado el menor deseo de saberla; por consiguiente, no tengo yo la culpa de que usted ignore mis aventuras, y por poca curiosidad que tenga de oírlas estoy pronto a satisfacérsela.» Antonia, Beatriz y yo le cogimos la palabra y nos dispusimos a escuchar su relación, que no podía menos de causar en nosotros un buen efecto, ya divirtiéndonos o ya excitándonos al sueño.
«Yo--comenzó a decir Escipión--sería hijo de un grande de España de primera clase, o cuando menos de un caballero del hábito de Santiago o de Alcántara, si esto hubiera estado en mi mano; pero como ninguno es dueño de escoger padre, han de saber ustedes que el mío, llamado Toribio Escipión, fué un honrado cuadrillero de la Santa Hermandad. Como iba y venía por los caminos reales, por donde su profesión le obligaba a andar casi siempre, cierto día encontró casualmente entre Cuenca y Toledo a una gitanilla que le pareció muy linda. Caminaba sola a pie y llevaba consigo todo su ajuar en una especie de mochila echada al hombro. «¿Adonde vas así, prenda mía?», le dijo, suavizando cuanto pudo la voz, que era naturalmente bronca. «Caballero--contestó ella--, voy a Toledo, donde de un modo o de otro espero ganar de comer, viviendo honradamente.» «Tu intención es muy loable--replicó él--, y no dudo que para eso tendrás varios arbitrios.» «Sí, gracias a Dios--respondió la gitanilla--, tengo varias habilidades; sé hacer pomadas y quintas esencias muy útiles para las damas, digo la buenaventura, sé dar vueltas al cedazo para hacer que se encuentren las cosas perdidas y muestro cuanto se quiere ver en una redoma o en un espejo.»
»Pareciéndole a Toribio que una joven como ésta era un partido muy ventajoso para un hombre como él, a quien su empleo apenas le producía para mantenerse, sin embargo de saber desempeñarlo con la mayor exactitud, le propuso si quería ser su esposa. Aceptó la niña la propuesta; se fueron ambos inmediatamente a Toledo, en donde se casaron, y en mí ven ustedes el digno fruto de este noble matrimonio. Fijaron su residencia en un arrabal, en donde mi madre comenzó a vender pomadas y quintas esencias; pero viendo que este trato producía poco, comenzó a hacer de adivina. Entonces fué cuando se vieron llover en su casa pesos duros y doblones. Mil mentecatos de ambos sexos pusieron bien pronto en auge la fama de Coscolina, que así se llamaba la gitana. No pasaba día sin que viniese alguno a ocuparla en su ministerio; ya llegaba un sobrino pobre que quería saber cuándo su tío, de quien era único heredero, partiría para la otra vida; ya llegaba una doncella que deseaba con ansia averiguar si un caballero mozo que le había dado palabra de casamiento se la cumpliría.
»Persuádome de que ustedes darán por supuesto que los vaticinios de mi madre siempre eran favorables a las personas a quienes los hacía; si se cumplían, enhorabuena; pero si alguna vez venían a reconvenirla por haber sucedido lo contrario de lo que había pronosticado, contestaba frescamente que debía echarse la culpa al diablo, que, a pesar de la fuerza de los conjuros que ella empleaba para obligarle a que le revelase lo futuro, tenía algunas veces la malicia de engañarla.
»Cuando mi madre, por honor al oficio, creía deber hacer visible al diablo en sus operaciones, entonces era Toribio Escipión quien hacía el papel del diablo, y lo desempeñaba con perfección, porque la aspereza de su voz y la fealdad de su rostro cuadraban a maravilla con lo que representaba. Poca credulidad era menester para espantarse al aspecto de mi padre; pero un día vino, por desgracia, cierto capitán majadero que quiso ver a diablo, y le atravesó de parte a parte con la espada. Informada la Inquisición de la muerte del diablo, despachó sus ministros contra la Coscolina, a quien prendieron, embargando al mismo tiempo todos sus efectos, y a mí, que a la sazón sólo tenía siete años, me metieron en el hospicio de los niños huérfanos. Había en esta casa unos caritativos eclesiásticos que, estando bien dotados para cuidar de la educación de los pobres huérfanos, tenían el trabajo de enseñarles a leer y escribir. Parecióles que yo prometía mucho, y por esta causa me distinguieron entre los demás, escogiéndome para hacer sus recados. Yo era el que llevaba sus cartas, hacía sus demás encargos y les ayudaba a misa. En pago de mis servicios trataron de enseñarme la lengua latina; pero lo ejecutaron con tanta aspereza y me trataron con tal rigor, a pesar de los servicios que les hacía, que, no pudiendo ya resistir más, un día que me enviaron a un recado cogí las de Villadiego, y en vez de volver al hospicio me escapé de Toledo por el arrabal del lado de Sevilla.
»Aunque a la sazón apenas tenía nueve años cumplidos, no cabía en mí de contento de verme en libertad y dueño de mis acciones. No llevaba qué comer ni dinero, pero nada me importaba, porque tampoco tenía lección que estudiar ni temas que componer. Después de haber andado dos horas comenzaron mis piernecitas a negarme su servicio. Como nunca había hecho tan larga caminata, fué preciso pararme a descansar. Sentéme al pie de un árbol que estaba a orillas del camino real, y para entretenerme saqué el arte que llevaba en el bolsillo. Comencé a hojearle por diversión; pero acordándome de las palmetas y de los azotes que me había costado, desgarré las hojas, diciendo lleno de cólera: «¡Ah maldito libro, ya no me harás llorar más!» Estando satisfaciendo mi venganza y sembrando la tierra alrededor de mí de declinaciones y conjugaciones, pasó casualmente por allí un ermitaño de aspecto venerable, con barba blanca y unos grandes anteojos. Acercóse a mí, miróme con mucha atención, y yo también le estuve mirando con la misma. «Hijito mío--me dijo sonriéndose--, me parece que los dos nos hemos mirado con cariño y que no haríamos mal en vivir juntos en mi ermita, que sólo dista doscientos pasos de aquí.» «¡Buen provecho le haga a usted--le respondí con bastante sequedad--, que yo ninguna gana tengo de ser ermitaño!» Al oír esta respuesta el buen viejo dió una grande carcajada de risa y me dijo abrazándome: «Mi hábito, hijo mío, no debe asustarte; si es poco grato a la vista, es de gran utilidad, pues me hace dueño de un deleitoso retiro y de varios lugarcitos circunvecinos, cuyos habitantes me aman, o por mejor decir me idolatran. Vente conmigo--añadió--y te pondré un hábito como el mío. Si te fuese bien con él, participarás conmigo de las dulzuras de la vida que hago, y si no te acomodase ésta, no sólo serás dueño de marcharte, sino que puedes contar con que al separarnos no dejaré de hacerte todo el bien que pueda.»
»Dejéme persuadir y seguí al viejo ermitaño, que me hizo varias preguntas, a las que respondí con una ingenuidad que no siempre he tenido en adelante. Luego que llegamos a la ermita me presentó algunas frutas, que devoré en un instante, porque en todo el día no había comido mas que un zoquete de pan seco con que me había desayunado en el hospicio por la mañana. El solitario, viéndome menear tan bien las quijadas, me dijo: «¡Animo, hijo mío! No dejes de comer por miedo de que se acaben las frutas, pues, gracias al Cielo, tengo muy buena provisión de ellas. No te he traído aquí para matarte de hambre.» Lo que era mucha verdad, porque una hora después de nuestra llegada encendió lumbre, puso a asar una pierna de carnero, y mientras yo daba vueltas al asador él dispuso una mesita, cubriéndola con un mantel no muy limpio y poniendo en ella dos cubiertos, uno para él y otro para mí.
»Luego que el carnero estuvo en sazón le sacó del asador, cortó algunos pedazos de él y nos sentamos a cenar; pero nuestra cena no fué como la de las ovejas, porque bebimos de un exquisito vino, del cual tenía también el ermitaño un buen repuesto. «Y bien, amiguito--me dijo luego que nos levantamos de la mesa--, ¿estás contento con mi trato? De este modo comerás mientras estuvieres conmigo. Por lo demás, harás en este ermitorio lo que mejor te pareciere; sólo exijo de ti que me acompañes cuando vaya a recoger la limosna a los lugares vecinos. Me servirás para llevar del cabestro un borriquillo cargado de dos banastas, que los aldeanos caritativos llenan ordinariamente de huevos, pan, carne y pescado; no te pido más.» «Haré--le respondí--todo lo que usted quiera, con tal que no me obligue a estudiar el latín.» No pudo menos de reírse de mi sencillez el hermano Crisóstomo, que así se llamaba el anciano ermitaño, y me aseguró de nuevo que no pensaba nunca violentar mis inclinaciones.
»Al día siguiente salimos a nuestra demanda, llevando yo el borrico por el cabestro, y recogimos copiosas limosnas, porque no había aldeano que no tuviese gusto en echar alguna cosa en nuestras banastas. Uno daba un pan entero; otro, un buen pedazo de tocino; quién una gallina y quién una perdiz. ¿Qué más diré a ustedes? Llevamos a la ermita víveres para más de una semana; buena prueba de lo mucho que amaban al hermano Crisóstomo aquellas gentes. Verdad es que éste también les servía bastante dándoles buenos consejos cuando venían a consultarle, pacificando los matrimonios en que reinaba la discordia, proporcionando dotes para casarse las solteras, dándoles remedios para mil clases de males y enseñando varias oraciones a las mujeres casadas que deseaban tener hijos.
»Ya ven ustedes, por lo que acabo de referir, que yo estaba bien tratado en la ermita. Si la comida era buena, la cama no era desgraciada. Acostábame sobre buena paja fresca, teniendo por cabecera una almohada de lana y cubriéndome con una manta de lo mismo, de manera que no hacía mas que un sueño, el cual duraba toda la noche. El hermano Crisóstomo, que me había ofrecido un hábito de ermitaño, me hizo uno él mismo deshaciendo otro viejo suyo y me llamó el hermanillo Escipión. Apenas me presenté en las aldeas vecinas con aquel nuevo traje caí a todos tan en gracia que el pobre borrico apenas podía con la carga. Todos se esmeraban en dar a cual más al hermanito; tanto placer tenían en verme.
»A un muchacho de mi edad no podía desagradarle la vida ociosa y regalona que disfrutaba en compañía del viejo ermitaño; así es que me aficioné tanto a ella que la hubiera continuado siempre si las Parcas no me hubieran hilado otros días muy diferentes. Pero el destino que debía llenar me arrastró a dejar bien pronto el regalo y me hizo abandonar al hermano Crisóstomo de la manera que voy a referir.
»Veía muchas veces andar al viejo en la almohada que le servía de cabecera, sin hacer otra cosa que descoserla y volverla a coser. Observé un día que metía en ella algún dinero, lo que excitó en mí un movimiento de curiosidad que me propuse satisfacer al primer viaje que el hermano Crisóstomo hiciese a Toledo, adonde solía ir una vez a la semana. Aguardé con impaciencia este día, sin tener por entonces más objeto que el de contentar mi curiosidad. En fin, el buen hombre partió, y yo descosí la almohada, en donde hallé entre la lana como unos cincuenta escudos en toda clase de monedas.
»Verosímilmente, este tesoro sería efecto del agradecimiento de los aldeanos a quienes había curado con sus remedios y de las aldeanas que por la virtud de sus oraciones habían tenido hijos. Sea lo que fuere, apenas vi que aquél era un dinero que sin temor podía apropiarme, cuando se declaró mi complexión gitana: dióme una tentación de robarle, que no se podía atribuir sino a la fuerza de la sangre que corría por mis venas. Cedí sin resistencia a la tentación; encerré el dinero en un saquillo de paño en que metíamos nuestros peines y nuestros gorros de dormir, y después de haberme despojado del hábito de ermitaño y vuelto a tomar mi vestido de huérfano, me alejé de la ermita, pareciéndome que llevaba en mi saquillo todas las riquezas de las Indias.
»Ustedes acaban de oír mi primer ensayo--continuó Escipión--, y no dudo que esperarán una serie de acciones del mismo jaez. No engañaré sus esperanzas, porque aun tengo que contarles otras hazañas parecidas a ésta antes de llegar a mis acciones loables; pero al fin llegaremos allá, y ustedes verán por mi narración que de un gran pícaro se puede hacer un hombre de bien.
»A pesar de mis pocos años no fuí tan simple que tomase el camino de Toledo, porque me expondría a encontrarme con el hermano Crisóstomo, que sin duda hubiera querido volver a juntarse con su dinero. Tomé, pues, la ruta del lugar de Gálvez, donde me entré en un mesón cuya huéspeda era una viuda como de cuarenta años y tenía todas las cualidades que se requieren para saber vender bien sus agujetas. Luego que esta mujer puso los ojos en mí, conociendo por el vestido que me había escapado del hospicio de los huérfanos, me preguntó quién era y adónde iba. Respondíle que, habiendo muerto mis padres, me veía en la necesidad de buscar conveniencia. «Y dime, hijo--me volvió a preguntar--, ¿sabes leer?» Le aseguré que sí, y que también escribía lindamente. En verdad, yo sabía formar las letras y juntarlas de manera que figuraba una cosa así como escrita, lo que me parecía sobrado para llevar la cuenta de un mesón de aldea. «Pues yo te recibo--repuso la mesonera--para que me sirvas. No serás inútil en mi casa, porque correrás con el libro del gasto y llevarás cuenta de lo que me deben y debo. No te señalaré salario--añadió--, porque los muchos caballeros que vienen a parar a este mesón siempre dan algo a los criados, con que seguramente puedes contar con sacar buenos gajes.»
»Acepté el partido, pero reservándome, como ustedes presumirán, la facultad de mudar de aires siempre que la permanencia en Gálvez no me acomodase. Apenas me vi apalabrado para servir en el mesón cuando sentí mi ánimo incomodado con una grande inquietud. No quería que nadie supiese que yo tenía dinero y no sabía dónde esconderlo de modo que ninguno pudiese dar con él. Como no conocía aún la casa, no me podía fiar de aquellos sitios que me parecían más a propósito para guardarlo. ¡Oh y cuánto embarazo nos causan las riquezas! Determiné en fin ocultarle en un rincón del pajar, pareciéndome que en ninguna otra parte podía estar más seguro, y procuré sosegarme cuanto me fué posible.
»Eramos tres criados en el mesón: un mozo rollizo que cuidaba de la cuadra, una moza gallega y yo. Cada uno sacaba lo que podía de los huéspedes, así de a pie como de a caballo, que paraban en él. Yo recibía de estos sujetos algún dinerillo cuando les iba a presentar la cuenta del gasto; daban también alguna cosa al mozo de la cuadra para que cuidase de sus caballerías; pero la gallega, que era el ídolo de los caleseros y arrieros que pasaban por allí, ganaba más escudos que nosotros maravedises. Luego que juntaba yo algunos reales, los llevaba al pajar para aumentar mi caudal, y cuanto más crecía éste, conocía yo que mi tierno corazón iba tomando más apego a él. Besaba algunas veces mis monedas y las estaba contemplando con un dulce embeleso que solamente los avaros pueden comprender suficientemente.
»El amor que tenía a mi tesoro me obligaba a visitarle treinta veces al día. Encontraba a menudo a la mesonera en la escalera del pajar, y como era una mujer de suyo muy desconfiada, quiso un día saber qué era lo que a cada instante me llevaba al pajar. Subió a él y comenzó a escudriñarlo todo, recelando que yo tendría escondidas algunas cosas que le habría hurtado. Revolvió la paja que cubría mi bolsón y dió con él. Abrióle, y viendo dentro pesos duros y doblones, creyó o fingió creer que yo le había robado aquel dinero. Por de contado, se apoderó del caudal, y tratándome de bribonzuelo, ladroncillo y malvado, mandó al mozo de la caballeriza, enteramente dedicado a complacerla, que me sacudiese una buena zurra de azotes, y después de haberme hecho desollar de esta manera me echó a la calle, diciéndome que no quería aguantar pícaros en su casa. En vano aseguraba yo y clamaba que nada le había hurtado; la mesonera decía lo contrario y todos le daban más crédito a ella que a mí, y de esta manera las monedas del hermano Crisóstomo pasaron de manos de un ladrón a las de una ladrona.
»Lloré la pérdida de mi dinero como se llora la muerte de un hijo único; pero si mis lágrimas no fueron bastantes para hacerme recobrar lo que había perdido, por lo menos fueron causa para mover a compasión a algunas personas que me las veían verter, y entre otras al cura de Gálvez, que casualmente pasó junto a mí. Mostróse lastimado del triste estado en que me veía y me llevó consigo a su casa. En ella, a fin de sonsacarme, usó del medio de manifestarse muy compadecido de mí. «¡Cuánta lástima--dijo--me causa este pobre muchacho! ¿Qué maravilla es que en sus pocos años, en su ninguna experiencia y falta de reflexión haya cometido una acción ruin? Apenas se encontrará un hombre que no haya hecho alguna en el discurso de su vida.» En seguida, dirigiéndome la palabra, «Hijo mío--añadió--, ¿de qué lugar de España eres y quiénes son tus padres? Porque tienes trazas de ser hijo de gente honrada. Háblame en confianza y cuenta con que no te desampararé.»
»El cura, con estas halagüeñas y caritativas palabras, me fué insensiblemente empeñando en que le descubriese todos mis pasos, y lo hice con mucha ingenuidad, sin reservarle nada, después de lo cual me dijo: «Amigo mío, aunque es cierto que no está bien en los ermitaños el atesorar, eso no disminuye tu culpa. En robar al hermano Crisóstomo siempre has quebrantado el mandamiento que prohibe hurtar; pero yo me encargo de obligar a la mesonera a que devuelva el dinero y hacérselo entregar al hermano Crisóstomo, y así, por esta parte puedes desde ahora aquietar tu conciencia.» Juro a ustedes que esto era lo que menos cuidado me daba; pero el cura, que tenía sus fines, no paró aquí. «Hijo mío--prosiguió--, quiero empeñarme a favor tuyo y buscarte una nueva conveniencia. Mañana mismo pienso enviarte a Toledo con un arriero y te daré una carta para un sobrino mío, canónigo de aquella catedral, que no rehusará admitirte por mi recomendación en el número de sus criados, los cuales todos lo pasan en su casa como unos beneficiados que se regalan a costa de la prebenda, y puedo asegurarte con certidumbre que allí lo pasarás perfectamente.»
»Consolóme tanto esta seguridad, que luego olvidé el talego y los azotes que me habían dado y ya no pensé más que en el placer de vivir como un beneficiado. Al día siguiente, mientras estaba yo almorzando, llegó a casa del cura un arriero con dos mulas. Subiéronme en la una, y montando mi conductor la otra tomamos el camino de Toledo. Mi compañero de viaje gastaba buen humor y le gustaba divertirse a costa del prójimo. «Querido Escipión--me dijo--, en verdad que tienes un buen amigo en el señor cura de Gálvez; no podía darte mayor prueba de lo mucho que te quiere que el acomodarte con su sobrino el canónigo, a quien tengo el honor de conocer, y es sin duda la perla de su Cabildo. No es, ciertamente, uno de aquellos devotos cuyo semblante macilento y extenuado está predicando mortificación y abstinencia: es gordo, colorado, siempre alegre y festivo; un hombre, en fin, que se divierte en todo lo que se presenta y que gusta mucho de tratarse bien. Estarás en su casa a pedir de boca.»
»Conociendo el socarrón del arriero el placer con que le escuchaba, continuó el elogio del canónigo, ponderándome lo mucho que yo celebraría mi fortuna cuando me viese ya criado suyo. No cesó de hablar hasta que llegamos al lugar de Covisa, donde nos apeamos para echar un pienso a las mulas. En tanto que él andaba de aquí para allí por el mesón, se le cayó casualmente del bolsillo un papel que yo pude coger sin que él lo advirtiese y que hallé medio de leer mientras él estaba en la cuadra. Era una carta dirigida a los capellanes del hospicio de los huérfanos, concebida en estos términos:
«Muy señores míos: Me creo obligado en caridad a enviar a su poder un bribonzuelo que se escapó de ese hospicio. Paréceme un muchacho muy despabilado, y por lo mismo muy digno de que ustedes se sirvan tenerle encerrado. No dudo que a fuerza de corregirle podrán ustedes hacer de él un mozo de provecho. Queda rogando a Dios conserve a ustedes en tan piadoso como caritativo ministerio,--_El cura de Gálvez_.»
»Luego que acabé de leer esta carta, que me manifestaba la buena intención del señor cura, no dudé un punto sobre el partido que había de tomar. Salir inmediatamente del mesón y ponerme en las orillas del Tajo, distante más de una legua de aquel lugar, todo fué obra de un momento. El miedo me prestó alas para huir de los capellanes del hospicio de los huérfanos, al que de ningún modo quería volver; tanto me había disgustado su modo de enseñar la Gramática. Entré en Toledo tan alegre como si supiera adónde había de ir a comer y beber. Es verdad que aquélla es una ciudad de bendición, en la cual un hombre de talento reducido a vivir a costa ajena no puede morirse de hambre, pues no bien había entrado en la plaza cuando un caballero bien vestido, a cuyo lado pasaba, agarrándome por el brazo me dijo: «Chiquito, ¿quieres servirme? Porque me alegrara tener un criado como tú.» «Y yo un amo como vuesa merced», le respondí prontamente. «Siendo eso así--me replicó--, desde ahora mismo date por recibido. Sígueme.» Y yo lo hice sin réplica.
Este caballero, que podía tener como unos treinta años y se llamaba don Abel, estaba hospedado en una posada de caballeros, donde ocupaba un cuarto decentemente alhajado. Era un jugador de profesión, y vean ustedes la vida que hacíamos: por la mañana le picaba yo tabaco para fumar cinco o seis cigarros, le limpiaba la ropa, iba a llamar al barbero para que le viniese a afeitar y componerle los bigotes, y hecho esto, se marchaba a las casas de juego, de donde no volvía hasta las once o doce de la noche; pero todas las mañanas antes de salir sacaba tres reales del bolsillo y me los daba para que comiese, dejándome libertad para que hiciera lo que se me antojase hasta las diez de la noche, con tal de que me hallara en casa cuando volviera. Estaba él muy contento conmigo y dió orden para que se me hiciese una librea muy galana, con la cual parecía propiamente un mensajero de damas de galanteo. También yo estaba muy alegre con mi oficio, y en verdad no podía hallar otro que más se adaptase a mi genio.