Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
Part 15
»Hacía ya casi un mes que pasaba tan buena vida cuando el amo me preguntó un día si estaba contento con él, y habiéndole contestado que no podía estarlo más, «Pues bien--me replicó--, mañana saldremos para Sevilla, adonde me llaman mis negocios. No te pesará el ver aquella capital de Andalucía, pues ya habrás oído muchas veces decir que _quien no ha visto a Sevilla no ha visto maravilla_.» «¡Que me place!--respondí yo--. Estoy pronto a seguir a usted a cualquiera parte del mundo.» En el mismo día el ordinario de Sevilla vino a la posada de caballeros a tomar un gran baúl donde estaba la ropa de mi amo, y al siguiente tomamos el camino de Andalucía.
»Era el señor don Abel tan afortunado en el juego, que solamente perdía cuando le acomodaba, lo que le obligaba a mudar con frecuencia de lugar, por estar expuesto al resentimiento y venganza de los mentecatos que se dejaban engañar, y éste fué el motivo de nuestro viaje. Llegados a Sevilla, nos alojamos en una posada de caballeros cerca de la puerta de Córdoba, donde comenzamos a vivir como en Toledo. Pero mi amo halló diferencia entre las dos ciudades. En las casas de juego de Sevilla encontró jugadores tan afortunados como él, de suerte que algunas veces volvía a casa de muy mal humor. Una mañana que todavía le duraba el enojo de haber perdido cien doblones el día anterior, me preguntó por qué no había llevado la ropa sucia a la lavandera. «Señor--le respondí yo--, porque enteramente se me olvidó.»
»Al oír esto se encendió en cólera y me pegó media docena de bofetadas tan terribles que me hicieron ver más luces que las que había en el templo de Salomón, diciéndome al mismo tiempo: «¡Toma, bribonzuelo, esto es para que otra vez te acuerdes de cumplir con tu obligación! ¿Quieres que cien veces te advierta yo lo que debes hacer? ¿Por qué no eres tan puntual para servir como para comer? No siendo un bestia, como ciertamente no lo eres, bien podías tener presente lo que debes hacer sin esperar a que yo te lo recordara.» Dicho esto, se salió muy enfadado del cuarto, dejándome sumamente sentido de las bofetadas que me dió por tan pequeño motivo.
»Poco después le sucedió no sé qué lance en el juego que volvió a casa muy acalorado. «Escipión--me dijo--, he determinado irme a Italia y debo embarcarme mañana en un buque que se vuelve a Génova. Tengo mis motivos para hacer este viaje; discurro querrás venir conmigo y aprovechar esta excelente ocasión de ver el país más delicioso del mundo.» Respondí que venía en ello; pero en mi interior pensaba en desaparecer al tiempo de ir a marchar. Andaba discurriendo el modo de vengarme de las bofetadas y me pareció que éste era el más ingenioso. Satisfecho y ufano de que me hubiese ocurrido semejante idea, no pude contenerme de confiársela a cierto valentón a quien encontré casualmente en la calle. Había yo contraído en Sevilla algunas malas amistades y principalmente la de este guapo. Contéle el lance de las bofetadas y el motivo de ellas, y revelándole el designio en que estaba de dejar a don Abel escapándome cuando se fuese a embarcar, le pregunté qué le parecía esta determinación.
»El valentón, arqueando las cejas y retorciéndose el bigote, y después afeando en tono grave la acción de mi amo, me dijo: «Mocito, serás un hombre sin honra toda tu vida si te contentas con la frívola venganza que has meditado para volver por ella. No basta dejar a don Abel y no pisar más su casa; es menester darle un castigo proporcionado a tu afrenta. Robémosle tú y yo todo su equipaje y dinero, para repartirlo después entre los dos como buenos hermanos.» No obstante mi natural propensión a hurtar, no dejó de estremecerme y causarme algún horror un robo de tanta importancia. En medio de eso, el archiganzúa que me hizo la propuesta tuvo arte para convencerme; y vean ustedes cuál fué el éxito de nuestra empresa. El jaquetón, hombre robusto y rollizo, vino a la posada el día siguiente a boca de noche. Mostréle el gran baúl en que mi amo había encerrado sus ropas, y le pregunté si podría él solo cargar con un mueble tan pesado. «¿Tan pesado?--me dijo.--¡Sábete que cuando se trata de llevar lo ajeno, cargaría yo con el arca de Noé!» Diciendo esto, agarró el baúl, echósele a cuestas como si fuera una paja, y bajó las escaleras con la mayor ligereza. Seguíle yo al mismo paso, y ya estábamos los dos a la puerta de la calle, cuando hete aquí a don Abel, que, por gran fortuna suya, llegó a tiempo tan oportuno.
«¿Adónde vas con ese cofre?», me dijo muy enfadado. Fué tanta mi turbación, que no acerté a responderle ni una sola palabra, y el guapetón, viendo errado el golpe, echó el baúl a tierra y se escapó para ahorrar contestaciones. «¿Adónde vas, pues, con ese baúl?», me volvió a preguntar mi amo. «Señor--le respondí más muerto que vivo--, le hacía llevar al buque donde su merced se ha de embarcar mañana para Italia.» «Pero ¿por dónde sabías tú--me replicó--en qué buque me había de embarcar?» «Señor--repuse prontamente--, _quien lengua tiene, a Roma va_: informaríame en el puerto, y allí me lo dirían.» Al oír esta respuesta, que se le hizo muy sospechosa, me miró con unos ojos que parecía quererme tragar, y yo temí repitiese las bofetadas. «Pero dime--replicó otra vez--: ¿quién te mandó que sacares el baúl fuera de la posada sin orden mía?» «Su merced mismo--le dije--. ¿Ya no se acuerda usted de la reprensión que me dió hace pocos días? ¿No me dijo usted regañándome que sin esperar sus órdenes hiciese por mí mismo mi obligación para servirle? Pues en cumplimiento de este precepto iba a llevar su cofre de usted a la embarcación.» Entonces el jugador, conociendo que tenía yo más malicia de la que él había creído, me despidió de su casa, diciéndome serenamente: «Señor Escipión, a mí no me acomodan criados tan sutiles. ¡Vaya usted, señor Escipión! ¡El Cielo le guíe! ¡No me gusta jugar con sujetos que tan pronto tienen una carta de más como de menos! ¡Quítate de mi presencia--añadió mudando de tono--, si no quieres que te haga cantar sin solfa!»
»No aguardé a que me lo dijese dos veces; me alejé al momento, lleno de miedo de que me mandase quitar el vestido, que por fortuna me dejó, y eché a andar pensando adónde podría ir a alojarme con dos reales a que se reducía todo mi caudal. Llegué a la puerta del palacio arzobispal a tiempo que se estaba disponiendo la cena, y salía de la cocina un olor tan grato, que se percibía una legua en contorno. «¡Cáspita!--dije entre mí--. ¡Me contentaría con cualquiera de estos platos que me regalan el olfato, y aun sólo con que me dejasen meter en alguno los cuatro deditos y el pulgar! Pero qué, ¿no podré discurrir un medio para probar estos platos que no he hecho más que oler? ¿Por qué no? Esto no me parece imposible.» Entregado enteramente a este pensamiento, me ocurrió una feliz treta, que quise probar inmediatamente, y no me salió mal. Entréme en el patio de palacio, y comencé a correr hacia las cocinas gritando a más no poder en aire y tono de asustado: _¡Socorro! ¡Socorro!_, como si me viniera siguiendo alguno para quitarme la vida.
»A mis descompasadas voces acudió apresurado el maestro Diego, cocinero del arzobispo, con tres o cuatro galopines de cocina; y no viendo a nadie más que a mí, todos me preguntaron qué tenía y por qué gritaba de aquella manera. «¡Señores--les respondí fingiendo miedo--, por amor de Dios favorézcanme ustedes y líbrenme de ese asesino que me quiere matar!» «¿Adónde está ese asesino?--exclamó Diego--. Porque tú estás solo, y tras de ti no viene ni siquiera un gato. ¡Vamos, hijo mío, sosiégate! Sin duda que algún bufón se ha querido divertir en asustarte y se ha retirado luego que te ha visto entrar en palacio, porque, cuando menos, le hubiéramos cortado las orejas.» «¡No, no--le dije al cocinero--; no me siguió de chanza! ¡Es un gran ladrón que quería robarme, y estoy seguro de que me está esperando en la calle!» «Si fuese así--replicó el cocinero--, en verdad que tendrá que aguardarte largo tiempo, porque has de cenar y dormir aquí, y no te dejaremos salir hasta mañana.»
»No puedo ponderar el gusto que me causaron estas últimas palabras, ni lo admirado que me quedé cuando, conducido por el maestro Diego a las cocinas, se me presentó a la vista el aparato de la cena. Conté hasta quince personas empleadas en ella; mas no pude contar la variedad de exquisitos platos que se me ofrecieron a la vista. Entonces fué cuando conocí por la primera vez lo que era sensualidad, recibiendo a nariz llena el olor de tantas delicadísimas viandas que jamás había probado. Tuve la honra de cenar y dormir con los galopines de cocina, todos los cuales quedaron tan prendados de mí, que cuando a la mañana siguiente fuí a dar gracias al maestro Diego por el favor que me había hecho en recogerme con tanta generosidad la noche anterior, me dijo: «Mis mozos de cocina te han tomado tanto cariño, que todos a una voz me han asegurado se alegrarían de tenerte por camarada. Dime ahora con toda franqueza si gustarías ser su compañero.» Yo le respondí que si lograra tal fortuna me tendría por el hombre más feliz del mundo. «Siendo eso así, amigo mío--me dijo--, desde este mismo punto te puedes contar por criado de la casa arzobispal.» Y diciendo esto, me llevó al cuarto del mayordomo, el cual, observando mi despejo, me juzgó digno de ser admitido entre los marmitones.
»Al instante que tomé posesión de tan decoroso empleo, el maestro Diego, que seguía la antigua costumbre de los cocineros de las casas grandes, conviene a saber, de enviar todos los días varios platos a sus queriditas, me eligió para enviar a cierta dama de la vecindad ya trozos de ternera y ya aves y cacería. Era la buena señora una viuda de treinta años a lo más, muy linda y vivaracha, y que tenía todas las trazas de no ser del todo fiel a su generoso cocinero. Este, no contento con proveerla de pan, carne, tocino y aceite, la abastecía también de vino; y todo esto, ya se entiende, a costa del señor arzobispo.
»En el palacio de su ilustrísima acabé de perfeccionarme en mis mañas, pegando un chasco de que todavía hay y habrá por largo tiempo en Sevilla gran memoria. Los pajes y otros familiares pensaron en representar una comedia para celebrar los días del amo. Escogieron la de _Los Benavides_; y como era menester un muchacho de mi edad que hiciese el papel de rey niño de León, echaron mano de mí. El mayordomo, que se preciaba de saber representar, tomó de su cuenta el ensayarme; y con efecto, me dió algunas lecciones, asegurando a todos que no sería yo el que me portase peor. Como la función la costeaba el arzobispo, no se perdonó gasto alguno para que fuese lucida. Armóse en un salón un soberbio teatro adornado con el mejor gusto, en uno de cuyos lados se dispuso un lecho de césped, donde debía yo fingirme dormido cuando viniesen los moros a asaltarme para llevarme prisionero. Luego que todos los actores estuvieron ensayados, el arzobispo señaló día para la función, convidando a todas las damas y principales caballeros de la ciudad.
»Llegada la hora de la comedia, cada actor se vistió del traje que le correspondía. Por lo que toca al mío, el sastre me lo presentó acompañado del mayordomo, que, habiendo tenido el trabajo de ensayarme, quiso tener también la paciencia de verme vestir. Trájome el sastre un ropaje talar de rico terciopelo azul, todo guarnecido de galones y botones de oro y con mangas largas adornadas con flecos del mismo metal. El propio mayordomo me puso en la cabeza por su mano una corona de cartón dorado, sembrada de muchas perlas finas, mezcladas con algunos diamantes falsos. Pusiéronme una faja de seda de color de rosa, recamada toda de flores de plata y cuyos remates eran dos graciosas borlas de hilo de oro. A cada cosa de éstas que me ponían se me figuraba que me estaban dando alas para volar y escaparme. Comenzó, en fin, la comedia al anochecer. Yo abrí la escena con una relación, la cual concluía diciendo que, no pudiendo resistir a las dulzuras del sueño, iba a entregarme a él. Con efecto, me metí entre bastidores y me recosté en el lecho de césped que me estaba preparado; pero en lugar de dormir me puse sólo a pensar de qué modo podría salir a la calle y escaparme con mis vestiduras reales. Una escalerilla oculta, por la cual se bajaba desde el teatro al salón, me pareció a propósito para la ejecución de mi designio. Levantéme de la cama con mucho tiento, y, viendo que nadie me observaba, me escurrí por dicha escalerilla al salón, a cuya puerta pude llegar diciendo: «_¡A un lado! ¡A un lado, que voy a mudar de traje!_» Todos se pusieron en fila para dejarme pasar, de manera que en menos de dos minutos salí libremente del palacio a favor de la obscuridad y me fuí a casa de mi amigo el valentón.
»Quedóse parado de verme en aquel traje. Contéle el caso, que le hizo reír hasta más no poder. Abrazóme con tanto más regocijo cuanto se lisonjeaba de tener parte en los despojos del rey de León; me felicitó por haber dado un golpe tan diestro, y me dijo que si los progresos correspondían a los principios, haría yo con el tiempo gran ruido en el mundo por mi talento. Después que nos alegramos y divertimos largamente los dos celebrando mi grande hazaña, pregunté yo a mi jaquetón: «¿Y qué hemos de hacer ahora de estos ricos vestidos?» «Eso no te dé cuidado--me respondió--; conozco a un prendero muy hombre de bien, el cual compra toda la ropa que le lleven a vender sin andar con preguntas, una vez que le tenga cuenta el comprarla. Mañana le buscaré y le traeré aquí.»
»En efecto; al día siguiente muy de mañana se levantó, dejándome en la cama, y dos horas después volvió con el prendero, el cual traía un lío cubierto con tela amarilla. «Amigo--me dijo--, aquí te presento al señor Ibáñez de Segovia, hombre de la mayor integridad, a pesar del mal ejemplo que le dan los de su oficio. El te dirá en conciencia lo que vale el vestido de que te quieres deshacer, y puedes fiarte ciegamente en lo que te dijere.» «En cuanto a eso--dijo el prendero--, me tendría por el hombre más ruin y miserable del mundo si tasara una cosa en menos de lo que vale. Hasta ahora, gracias a Dios, ninguno ha tachado de esto a Ibáñez de Segovia. Veamos--añadió--esa ropa que usted quiere vender, y le diré en conciencia lo que vale.» «Aquí está--dijo el valentón poniéndosela delante--. No me negará usted que nada hay más magnífico: observe usted la hermosura de este terciopelo de Génova y lo exquisito de su guarnición.» «Verdaderamente que me encanta--respondió el prendero después de haber examinado el vestido con la mayor atención--; es de lo que no he visto en mi vida.» «¿Y qué juicio hace usted--le preguntó mi amigo--de las perlas que adornan esta corona?» «Si fueran redondas--respondió Ibáñez--no tendrían precio; pero tales cuales son me parecen bellísimas y me gustan tanto como lo demás. Ni puedo menos de decir lo que siento; otro prendero estafador, en mi lugar aparentaría despreciar la mercancía para adquirir a bajo precio y no se avergonzaría de ofrecer por ella veinte doblones; pero yo, que tengo conciencia, ofrezco cuarenta.»
»Aun cuando Ibáñez hubiera ofrecido ciento no hubiera sido un apreciador muy justificado, pues que solamente las perlas valían más de doscientos; pero el valentón, que se entendía con él, me dijo: «¡Mira la fortuna que has tenido de tropezar con un hombre tan timorato! El señor Ibáñez aprecia las cosas como si estuviera en el artículo de la muerte.» «Así es--respondió el prendero--, y por eso no hay que andar regateando conmigo ni por un solo maravedí; en cuyo supuesto, éste me parece ya negocio concluído. Voy a dar el dinero.» «¡Espere usted!--replicó el valentón--. Antes de eso es menester que mi amiguito se pruebe el vestido que le dije a usted trajese para él, y mucho me engañaré si no le viene pintado.» Desenvolvió entonces el lío el prendero, y me presentó una ropilla y unos calzones de buen paño musgo con botones de plata, todo medio usado. Me levanté para probarme el vestido, y aunque me venía muy ancho y muy largo, les pareció a los dos compinches haberse hecho a propósito para mí. Ibáñez lo tasó en diez doblones; y como nada se había de replicar a lo que decía, me fué preciso pasar por ello; de manera que sacó treinta doblones del bolsillo, los dejó sobre una mesa, hizo un envoltorio de mis vestiduras reales y de mi corona, y se lo llevó.
»Luego que se marchó me dijo el valentón: «Estoy muy satisfecho de este prendero.» Tenía razón para estarlo, porque puedo asegurar que le sacó por lo menos cien doblones de beneficio. Sin embargo, no se contentó con esto; tomó sin ceremonia la mitad del dinero que había sobre la mesa y me dejó lo restante, diciéndome: «Mi querido Escipión, te aconsejo que con esos quince doblones que te quedan salgas al momento de esta ciudad, en donde puedes considerar las diligencias que se harán para buscarte de orden del señor arzobispo. Tendría yo el mayor sentimiento si, después de la heroica acción que has hecho para inmortalizar tu nombre, te expusieras neciamente a ser encerrado en una prisión.» Respondíle que ya estaba resuelto a alejarme cuanto antes de Sevilla; y con efecto, habiendo comprado un sombrero y algunas camisas, salí de la ciudad, y caminando por la espaciosa y amena campiña que entre viñas y olivares conduce a la antigua ciudad de Carmona, en tres días llegué a Córdoba.
»Alojéme en un mesón a la entrada de la plaza Mayor, donde viven los mercaderes. Vendíme por un hijo de familia natural de Toledo, que viajaba únicamente por mi gusto. Mi traje era bastante decente para hacerlo creer, y algunos doblones que de propósito saqué delante del posadero le acabaron de persuadir, si ya en vista de mis pocos años no me tuvo por algún muchacho travieso que se había escapado de casa de sus padres después de haberles robado. Como quiera que fuese, él no se mostró muy deseoso de saber más de lo que yo le decía, quizá por temor de que su curiosidad no me obligase a mudar de posada. Por seis reales diarios se daba buen trato en esta casa, donde comúnmente había gran concurrencia de gentes. Conté por la noche a la cena hasta doce personas a la mesa, y lo mejor que había era que todos comían sin hablar palabra, excepto uno que, hablando sin cesar a diestro y siniestro, compensaba bien con su charlatanería el silencio de los demás. Preciábase de agudo y de gracioso, contando cuentos y embanastando chistes para divertirnos, los que alguna vez nos hacían reír a carcajadas, menos, en verdad, por celebrar sus ocurrencias que por burlarnos de ellas.
»Yo por mí hacía tan poco caso de todo lo que charlaba aquel estrafalario, que me hubiera levantado de la mesa sin poder dar razón de nada de cuanto había hablado, a no haberse metido él mismo en una conversación que me importaba. «Señores--exclamó al fin de la cena--, les reservo a ustedes para postres un gracioso chasco que los días pasados dió un pícaro de muchacho en el palacio del arzobispo de Sevilla. Contómelo cierto bachiller amigo mío que se halló presente.» Sobresaltáronme un poco estas palabras, no dudando que el lance que iba a contar era el mío; y, con efecto, no me engañé. Refirió el tal sujeto el pasaje con toda exactitud, y aun me hizo saber lo que yo ignoraba; es decir, lo ocurrido en el salón después de mi fuga, que fué lo que voy a referir a ustedes.
»Apenas me escapé, cuando los moros que, según orden de la comedia que se representaba, debían apoderarse de mí aparecieron en la escena con el designio de venir a sorprenderme en la cama de césped en que me creían dormido; pero cuando quisieron echarse sobre el rey de León, se quedaron sumamente atónitos de no encontrar ni rey ni roque. Paró la comedia, agitáronse todos los actores; unos me llaman, otros me buscan, éste grita, y aquél me da a todos los diablos. El arzobispo, que oyó la bulla y confusión que había detrás del teatro, preguntó la causa. A la voz del prelado, un paje, que hacía de gracioso en la comedia, salió y dijo: «No tema ya su ilustrísima que los moros hagan prisionero al rey de León, porque acaba de ponerse en salvo con sus vestiduras reales.» «¡Bendito sea Dios!--exclamó el arzobispo--. ¡Ha hecho muy bien en huir de los enemigos de nuestra religión, librándose de las cadenas que le preparaban! Sin duda se habrá vuelto a León, capital de su reino, y deseo que haya llegado con toda felicidad. Por lo demás, mando seriamente que ninguno vaya en su seguimiento; sentiría mucho que su majestad tuviese que padecer la menor desazón por parte mía.» Luego que dijo esto dió orden de que se leyese en alta voz mi papel y se acabase la comedia.
CAPITULO XI
Prosigue la historia de Escipión.
»Mientras me duró el dinero el posadero usó de grandes atenciones conmigo; pero luego que advirtió que se me había acabado comenzó a tratarme con desagrado, buscando camorra a cada paso, y una mañana me dijo que le hiciera el favor de salir de su casa. Dejéla desdeñosamente, y me entré a oír misa en la iglesia de los padres dominicos. Mientras la estaba oyendo se acercó a mí un anciano pobre y me pidió limosna; saqué del bolsillo dos o tres maravedises, que le di diciendo: «Amigo mío, ruegue usted a Dios que me proporcione pronto una buena conveniencia. Si fuere oída su oración, no se arrepentirá de haberla hecho, y cuente con mi agradecimiento.»
»A estas palabras me miró el pobre con mucha atención, y con seriedad me dijo: «¿Qué clase de conveniencia desea usted?» «Quisiera--le respondí--acomodarme de lacayo en cualquiera casa en donde lo pasase bien.» Me preguntó si me urgía. «No puede urgir más--le contesté--, porque si no logro cuanto antes la dicha de colocarme, no hay medio: o habré de morir de hambre, o tendré que ser uno de vuestros compañeros.» «Si llegara ese caso--repuso él--, se le haría a usted muy cuesta arriba no estando acostumbrado a nuestra vida; pero a poco que se hiciese a ella, preferiría nuestro estado al de servir, que es sin disputa inferior a la mendicidad. Sin embargo, ya que usted quiere más servir que pasar como yo una vida holgada e independiente, dentro de poco tendrá usted amo. Aquí donde usted me ve, puedo serle útil; hállese aquí mañana a esta misma hora.»