Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)
Part 13
«Amigo mío--dije a Escipión luego que pasé la vista por mi librería--, aquí sí que tenemos en qué divertirnos; mas por ahora no pienso en otra cosa que en reformar nuestra familia.» «Ya le he ahorrado a usted--me respondió--la mitad de ese trabajo. Durante su ausencia he estudiado bien a sus criados y me atrevo a decir que los conozco perfectamente. Comencemos por el maestro Joaquín: creo que es un bribón completo, y no pongo la menor duda en que le habrán despedido de casa del arzobispo por algunos errores de aritmética en las cuentas del gasto de cocina. No obstante, es necesario conservarle, por dos razones: la primera, porque es buen cocinero, y la segunda, porque yo no le perderé de vista, espiaré todas sus acciones y en verdad que ha de ser muy diestro para podérmela pegar. Ya le he dicho que usted estaba en ánimo de despedir las tres partes de sus criados, noticia que le turbó y apesadumbró mucho; tanto, que llegó a decirme que teniendo, como tenía, tanta inclinación a servir a usted, se contentaría con la mitad del salario que goza al presente, sólo por no salir de casa, lo que me hace sospechar que hay en la aldea alguna muchachuela de quien no quisiera alejarse. Por lo que toca al ayudante de cocina--prosiguió--, es un borracho, y el portero un insolente que para nada le necesitamos, como tampoco al cazador. El oficio de éste le podré yo desempeñar muy bien, como se lo haré ver a usted mañana, ya que tenemos en casa escopetas, pólvora y municiones. Entre los lacayos sólo hay uno que me parece buen mozo, y es el aragonés. Nos quedaremos con él y echaremos a los demás, que son unas malas cabezas, pues a ninguno de ellos tendría yo en casa aun cuando tuviéramos necesidad de cien criados.»
Después de haber tratado largamente sobre todos estos puntos resolvimos quedarnos con el cocinero, con el mozo de cocina y con el aragonés y despedir con buen modo a todos los demás. Así se ejecutó en aquel mismo día, regalándoles Escipión en nombre mío, además de su salario, algunos doblones que sacó del arca del dinero. Hecha esta reforma, emprendimos establecer cierto orden en la quinta, arreglando las obligaciones que correspondían a cada criado y comenzando desde entonces a mantenernos a nuestra costa. Yo me hubiera contentado con un trato frugal; pero mi secretario, que apetecía los buenos bocados y platos regalados, no era hombre que quisiese tener ociosa la habilidad del maestro Joaquín. La ejercitó tan bien, que nuestras comidas y cenas eran abundantes y delicadas.
CAPITULO VIII
Amores de Gil Blas y de la bella Antonia.
Dos días después de mi vuelta de Valencia a Liria, el labrador Basilio, mi arrendatario, vino al tiempo en que me estaba vistiendo a pedirme el permiso para presentarme a su hija Antonia, que deseaba, decía él, tener el honor de saludar a su nuevo amo. Habiéndole respondido que en eso me daría mucho gusto, se salió, y volvió inmediatamente a entrar con la hermosa Antonia. Creo deber dar este epíteto a una joven de diez y seis a diez y ocho años, que, además de unas facciones regulares, tenía unos colores muy hermosos y los mejores ojos del mundo. Sólo estaba vestida de sarga; pero su garboso talle, su aire majestuoso y unas gracias que no siempre acompañan a la juventud, daban realce a la sencillez de su traje. Tenía la cabeza descubierta, el pelo recogido atrás y un ramillo de flores encima, imitando la sencillez de las lacedemonias.
Cuando la vi entrar en mi cuarto me quedé tan suspenso de ver su hermosura como los paladines de Carlo Magno cuando vieron a la bella Angélica. En vez de recibir a Antonia con jovial desembarazo y decirle algunas cosas lisonjeras, en vez de congratular a su padre por la fortuna de tener tan preciosa y agraciada hija, quedé admirado, turbado, suspenso y sin poder pronunciar palabra. Escipión, que conoció mi turbación, tomó la palabra por mí e hizo la costa de las alabanzas que yo debía a aquella amable persona. Ella, a quien no deslumbró mi persona en bata y gorro, me saludó sin cortarse y me hizo un cumplido que, aunque de los más comunes, me acabó de encantar. Entre tanto que mi secretario, Basilio y su hija se hacían recíprocos cumplimientos, yo volví en mí, y como si quisiera compensar el estúpido silencio que había guardado hasta entonces, pasé de un extremo a otro, extendiéndome en discursos obsequiosos y hablando con tanta fogosidad que Basilio entró en cuidado, y considerándome ya como un hombre que iba a poner en ejecución cuanto le fuese dable para seducir a Antonia, se apresuró a salir con ella de mi cuarto, resuelto quizá a apartarla de mi vista para siempre.
Así que Escipión se halló a solas conmigo me dijo sonriéndose: «Otro remedio tenéis contra el fastidio de la soledad. No sabía yo que vuestro arrendatario tuviese una hija tan linda, porque nunca la vi, aunque estuve dos veces en su casa. Debe de cuidar de guardarla, y en esto le disculpo, porque en realidad es un bocado muy apetitoso; pero--añadió--esto creo que no es necesario decírselo a usted, porque a la primera vista le deslumbró.» «No te lo niego--respondí--. ¡Ah hijo mío! He creído ver una diosa en aquella criatura; me ha dejado de repente abrasado en amor. El rayo tarda más en herir que la flecha con que ella ha atravesado mi corazón.»
«Mucho gozo me causa usted--replicó mi secretario--en confesarme que al fin ha llegado a enamorarse. Para ser enteramente feliz en la soledad de los campos no le faltaba otra cosa. ¡Ahora sí que, gracias a Dios, tiene usted todo lo que ha menester! Bien sé--continuó--que nos costará algún trabajo burlar la vigilancia de Basilio; pero eso corre de mi cuenta, y he de hacer que antes de tres días logre usted tener una secreta conversación con Antonia.» «Señor Escipión--le respondí--, quizá no podría usted cumplir esa palabra, fuera de que no quiero hacer experiencia de ello. Estoy muy distante de querer tentar la virtud de esa doncella, cuyo recato me parece merecer otras consideraciones. Y así, lejos de exigir de tu celo me ayudes a deshonrarla, sólo deseo que emplees tu mediación en facilitar mi casamiento con ella, con tal que su corazón no esté ya prendado de otro.» «No esperaba yo, ciertamente--me respondió--, que usted tomase tan de golpe semejante resolución. En verdad que no todos los señores de aldea, si se hallasen en igual caso que usted, procederían con tanta honradez ni se dirigirían a solicitar a Antonia por medios legítimos sino después de haber tentado otros inútilmente. Por lo demás--añadió--, no crea usted que desapruebo su amor, ni que esto lo digo por disuadirle de su intento, pues, al contrario, confieso que la hija del arrendatario es merecedora del honor que usted quiere hacerle, siempre que pueda entregar a usted un corazón intacto y agradecido. Eso es lo que hoy mismo sabré por la conversación que pienso tener con su padre y quizá con ella misma.»
Mi confidente era un hombre puntualísimo en cumplir lo que prometía. Fué a verse secretamente con Basilio y por la tarde vino a mi gabinete, donde yo le estaba esperando entre la impaciencia y el temor. Observé que volvía muy alegre, lo que me hizo pronosticar desde luego que me traía buenas nuevas. «Si he de creer a tu risueña cara--le dije--, estoy en que vienes a anunciarme que presto veré satisfechos mis deseos.» «Así es--me respondió--, mi querido amo. Todo le sale a usted a medida de su deseo. He hablado a Basilio y a su hija del designio de usted. El padre está lleno de gozo de saber que usted quiere ser su yerno y puedo asegurar que sois del gusto de Antonia.» «¡Oh Cielo!--interrumpí todo enajenado de gozo--. ¡Conque he tenido la dicha de parecer bien a tan amable criatura!» «No lo dude usted--me respondió--; ella os ama ya, y en verdad que esta confesión no la he oído de su boca, sino que la he inferido de la alegría que ha manifestado al saber vuestro designio. Sin embargo--prosiguió--, usted tiene un rival.» «¡Un rival!», exclamé poniéndome pálido. «No os inquietéis por eso--me dijo--; este rival no os robará el corazón de vuestra dama. Ese tal es el maestro Joaquín, vuestro cocinero.» «¡Ah ladrón!--dije entonces, soltando una gran carcajada--. ¡Ve ahí por qué ha mostrado tal repugnancia a dejar mi servicio!» «Cabalmente--añadió Escipión--, días pasados pidió en matrimonio a Antonia, que le fué negada cortésmente.» «Salvo tu mejor parecer, creo que convendrá--le repliqué yo--deshacernos de ese pícaro antes que llegue a saber que quiero casarme con la hija de Basilio. Un cocinero, como sabes, es un rival peligroso.» «Tiene usted razón--respondió mi confidente--; se le debe echar de casa. Mañana por la mañana le despediré antes que se ponga a disponer la comida, y con eso usted ya no tendrá nada que temer de sus salsas ni de su amor. Sin embargo--continuó Escipión--, no deja de dolerme el perder tan buen cocinero; pero sacrifico mi golosina a la seguridad de usted.» «No debes--le dije--sentir tanto su pérdida, porque no es irreparable. Voy a hacer venir de Valencia a un cocinero que valga tanto como él.» En efecto, inmediatamente escribí a don Alfonso diciéndole que necesitaba un cocinero, y al día siguiente me envió uno que consoló a Escipión.
Aunque este celoso secretario me había dicho haber advertido que Antonia allá en su interior se alegraba mucho de haber hecho la conquista de su señor, no me atrevía a fiarme de su relación, temiendo se hubiese dejado engañar de falsas apariencias. Para cerciorarme de ello resolví hablar yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto me fuí a casa de Basilio, a quien confirmé cuanto le había dicho mi embajador. Este buen labrador, hombre sencillo y franco, después de haberme escuchado, me aseguró que me concedía su hija con una indecible satisfacción. «Pero no piense vuestra señoría--añadió--que se la doy porque es señor de este lugar; aun cuando no fuera vuestra señoría más que mayordomo de don César y de don Alfonso le preferiría a todos los demás amantes que se presentasen, porque siempre le he tenido grande inclinación, y lo que más siento es que mi Antonia no tenga una dote considerable que ofrecerle.» «No le pido ninguna--le dije--; su persona es el único bien a que aspiro.» «Doy a vuestra señoría mil gracias--exclamó--, pero no es esa mi cuenta. Yo no soy ningún descamisado para casar así a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene, a Dios gracias, con qué dotarla, y quiero que ella dé a vuestra señoría de cenar si vuestra señoría le da de comer. En una palabra, las rentas de esta quinta no exceden de quinientos ducados y yo haré que lleguen a mil en gracia de este matrimonio.»
«Pasaré por cuanto quisieres, mi amigo Basilio--le respondí--, y nunca reñiremos por materia de intereses. Supuesto que los dos estamos de acuerdo, sólo se trata de obtener el consentimiento de tu hija.» «Usía tiene ya el mío--me dijo--; ¿y éste no basta?» «No--le respondí--. Si el tuyo me es necesario, el de ella lo es también.» «El suyo depende del mío--repuso él--, y no se atreverá a resollar en mi presencia.» «Antonia--le repliqué--, sumisa a la autoridad paternal, sin duda estará pronta a obedecerte ciegamente, mas no sé si en esta ocasión lo hará sin repugnancia, y por poca que tuviese nunca me consolaría de haber sido causa de su desgracia. En fin, no me basta que me des su mano, sino que es necesario que su corazón no lo sienta.» «¡Qué diantre!--dijo Basilio--. Yo no entiendo todas esas filosofías; hable vuestra señoría mismo con Antonia y verá, si mucho no me engaño, que nada apetece más que ser vuestra esposa.» Dicho esto, llamó a su hija y me dejó un momento a solas con ella.
Para no malograr tan preciosos instantes, fuí desde luego al asunto. «Bella Antonia--le dije--, decide de mi suerte. Aunque tengo ya el consentimiento de tu padre, no creas que quiero valerme de él para violentar tu gusto. Por dulce que me sea tu posesión, yo la renuncio si me dices que no la he de deber sino solamente a tu obediencia.» «Eso es, señor--me respondió ella--, lo que nunca os diré. Vuestra solicitud es para mí tan grata, que jamás podrá causarme pena, y en vez de oponerme al consentimiento de mi padre, apruebo su elección. No sé--prosiguió--si hago bien o mal en hablaros de este modo; pero si no me hubierais agradado sería bastante franca para decíroslo. ¿Pues por qué no podré declararos lo contrario con la misma libertad?»
Al oír estas palabras, que no pude escuchar sin quedar enajenado, hinqué una rodilla en tierra delante de Antonia, y en el exceso de mi alegría, tomándole una de sus hermosas manos, se la besé con ademán tierno y apasionado. «Mi amada Antonia--le dije--, tu franqueza me hechiza. ¡Continúa! ¡No te violentes por nada, pues hablas a tu esposo! ¡Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazón, para que pueda lisonjearme de que no verás sin complacencia estrecharse tu suerte con la mía.» A esta sazón entró Basilio y no pude proseguir. Deseoso éste de saber lo que su hija me había respondido, y dispuesto a reñirla si me hubiese manifestado la menor aversión, volvió prontamente a reunirse conmigo. «Y bien--me dijo--, ¿está vuestra señoría contento con la respuesta de Antonia?» «Lo estoy tanto--le respondí--, que desde este momento voy a ocuparme en los preparativos de mi casamiento.» Y dicho esto dejé a padre e hija para ir a celebrar consejo sobre el asunto con mi secretario.
CAPITULO IX
Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que se celebró.
Aunque no necesitaba permiso de los señores de Leiva para casarme, juzgamos Escipión y yo que no podría excusarme, sin faltar a la gratitud, de participarles mi designio de unirme con la hija de Basilio y aun de pedirles su consentimiento por política.
Marchó al momento a Valencia, donde todos se quedaron tan sorprendidos de verme como de saber el motivo de mi viaje. Don César y don Alfonso, que conocían a Antonia por haberla visto varias veces, me dieron mil enhorabuenas de haberla elegido por esposa. Sobre todo don César me hizo un cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo persuadido de que aquel señor había dejado del todo ciertos pasatiempos, sospecharía que más de una vez había ido a Liria no tanto por ver su quinta como a la hija de su arrendador. Serafina, por su parte, después de haberme asegurado que siempre tomaría mucho interés en mis satisfacciones, me dijo que había oído hacer mil elogios de Antonia. «Pero--añadió con algo de malicia, y como para zaherirme sobre la indiferencia con que había correspondido al amor de Séfora--, aunque no me hubieran ponderado su hermosura, jamás hubiera dudado de tu buen gusto, porque sé lo delicado que es.»
No se contentaron don César y su hijo con aprobar mi matrimonio, sino que quisieron que los gastos de la boda corriesen todos de su cuenta. «Vuelve--me dijeron--a tomar el camino de Liria y no salgas de allí hasta que oigas hablar de nosotros, ni hagas preparativo alguno para la boda, que ese es cuidado nuestro.»
Por condescender con la voluntad de aquellos señores, me volví a mi quinta. Comuniqué a Basilio y a su hija las intenciones de nuestros protectores, y estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué posible noticias suyas. Ninguna tuvimos en el espacio de ocho días, pero al noveno vimos llegar un coche de cuatro mulas con costureras dentro, que traían hermosas telas de seda para vestir a la novia, escoltando el coche muchos lacayos montados en mulas. Uno de ellos me entregó una carta de parte de don Alfonso, en que me decía este señor que el día siguiente estaría en Liria con su padre y su esposa y que al otro celebraría la ceremonia del matrimonio el provisor de Valencia. Con efecto, al otro día llegaron a mi quinta don César, su hijo, Serafina y el provisor, todos cuatro en un coche de seis caballos, precedido de otro con cuatro, en que venían las criadas de Serafina, y seguido de la guardia del gobernador.
Luego que la gobernadora entró en la quinta, mostró vivos deseos de ver a Antonia, la cual, así que supo la llegada de Serafina, acudió a saludarla y besarle la mano, lo que ejecutó con tanta gracia que dejó admirada a la comitiva. «Y bien, Serafina--preguntó don César a su nuera--, ¿qué os parece Antonia? ¿Podía Santillana hacer una elección mejor?» «No--respondió Serafina--; parece que nacieron el uno para el otro, y no dudo que su enlace será muy feliz.» En fin, todos alabaron mi novia, y si les pareció bien con su vestido de sarga, quedaron aún más encantados de ella cuando se presentó con traje ostentoso, pues, según la nobleza y desembarazo de su persona, parecía no haber usado otros en su vida.
Llegado el momento en que un dulce himeneo había de unir para siempre nuestra suerte, don Alfonso me tomó de la mano para conducirme al altar y Serafina hizo el mismo honor a la novia. En este orden nos dirigimos a la iglesia de la aldea, en donde nos estaba esperando el provisor para casarnos, ceremonia que se celebró con grandes aclamaciones de los habitantes de Liria y de los labradores ricos del contorno a quienes había convidado Basilio a la boda de Antonia, los cuales llevaban consigo a sus hijas adornadas de cintas y de flores y con panderetas en la mano. Nos volvimos en seguida a la quinta, en donde, por disposición de Escipión, director del festín, había prevenidas tres mesas, una para los señores, otra para su comitiva, y la tercera, que era la mayor, para todos los demás convidados. Antonia se sentó a la primera, porque así lo quiso la gobernadora; yo hice los honores de la segunda y Basilio asistió a la de los aldeanos. Escipión a ninguna se sentó; no hacía más que ir y venir de una a otra, cuidando de que las mesas estuviesen bien servidas y todos contentos.
Los cocineros del gobernador eran los que habían dispuesto la comida, y ya se deja entender que nada faltaría en ella. Los exquisitos vinos de que el maestro Joaquín había hecho provisión para mí se gastaron con profusión. Los convidados comenzaban a acalorarse, y reinaba una alegría general, cuando fué turbada de repente por un acontecimiento que me sobresaltó. Habiendo entrado mi secretario en la sala donde yo comía con los principales criados de don Alfonso y las criadas de Serafina, cayó de repente desmayado, perdiendo el conocimiento. Levantéme prontamente a socorrerle, y mientras estaba ocupado en hacerle volver en sí, una de las criadas se desmayó también. Todos nos persuadimos que estos dos desmayos encerraban algún misterio. Y en efecto, ocultaban uno que tardó poco en aclararse, porque, recobrando de allí a poco Escipión el uso de los sentidos, me dijo en voz baja: «¡El día más alegre para usted había de ser para mí el más infausto! ¡Ninguno puede evitar su desgracia!--añadió--. ¡Acabo de encontrar a mi mujer en una de las criadas de Serafina!»
«¡Qué es lo que oigo!--exclamé--. ¡No puede ser! ¿Cómo? ¿Serías acaso el marido de esa mujer que acaba de desmayarse al mismo tiempo que tú?» «Sí, señor--me respondió--, soy su marido, y juro a usted que no podía la fortuna jugarme una pieza más ruin que presentarla a mis ojos.» «Ignoro, amigo mío--repliqué--, las razones que tienes para quejarte de tu esposa; pero sea el que fuere el motivo que haya dado para ello, te ruego que te reprimas. Si me amas, no turbes la fiesta haciendo público tu resentimiento.» «Señor--repuso Escipión--, quedaréis satisfecho de mí. Vais a ver si sé disimular perfectamente.»
Hablando de este modo, se acercó hacia su mujer, a quien sus compañeras también habían hecho volver en sí, y abrazándola con tanta ternura como si efectivamente hubiera estado lleno de gozo por volverla a ver, «¡Ah mi querida Beatriz!--le dijo--¡Conque al fin el Cielo nos vuelve a juntar al cabo de diez años de separación! ¡Oh dulce momento para mí!» «Yo no sé--le respondió su mujer--si experimentas realmente algún placer en volverme a encontrar; pero a lo menos estoy bien persuadida de que no te di ningún motivo justo para abandonarme. Porque me encontraste una noche con el señor don Fernando de Leiva, que estaba enamorado de mi ama Julia, y a cuya pasión favorecía yo, se te figuró a ti que yo le daba oídos a costa de tu honor y del mío; al momento te trastornan la cabeza los celos, dejas a Toledo y huyes de mí como de un monstruo, sin dignarte siquiera pedirme satisfacción y escuchar mis descargos. Dime ahora, si gustas, ¿cuál de los dos tiene más derecho para quejarse?» «Tú, sin duda», le replicó Escipión. «Ciertamente que sí--continuó ella--. Don Fernando, luego que partiste de Toledo, se casó con Julia, a la que estuve sirviendo todo el tiempo que vivió; pero después que una muerte temprana nos la arrebató, me tomó a su servicio su hermana mi señora, y tanto ella como todas sus criadas te podrán informar de la pureza de mis costumbres.»
No teniendo qué replicar mi secretario a estas razones, pues no podía probar fuesen falsas, cedió gustoso a la fuerza de ellas y dijo a su esposa: «Vuelvo a repetir que reconozco mi culpa y te pido perdón de ella a vista de este respetable concurso.» Entonces, intercediendo por él, rogué a Beatriz olvidase lo pasado, asegurándole que su marido no pensaría en adelante más que en tratarla con el mayor cariño. Rindióse a mi súplica; todos los circunstantes celebraron la reunión de estos dos esposos, y para solemnizarla mejor se les hizo sentar a una mesa juntos. Se repitieron a porfía los brindis por la salud de entrambos, y más parecía que el festín se había dispuesto para celebrar aquella reconciliación que para festejar mi boda.
La tercera mesa fué la primera que quedó desierta. Levantáronse de ella los aldeanos para formar bailes con las jóvenes aldeanas, que con el ruido de sus panderetas atrajeron bien pronto a los convidados de las otras mesas y les inspiraron el deseo de seguir su ejemplo. Todos se pusieron en movimiento; los dependientes del gobernador bailaron con las criadas de la gobernadora, y hasta los mismos señores se mezclaron en la fiesta. Don Alfonso bailó una zarabanda con Serafina y don César otra con Antonia, la cual vino después a buscarme para que bailase con ella, y en verdad que no lo hizo mal para una persona que no tenía mas que algunos principios de baile que había aprendido en casa de una parienta suya avecindada en Albarracín. Yo, que, como ya he dicho, me había enseñado a bailar en casa de la marquesa de Chaves, pasé en el concepto de todos por un gran bailarín. Beatriz y Escipión prefirieron al baile una conversación entre los dos para darse recíproca cuenta de lo que les había sucedido mientras habían estado separados; pero fué interrumpido su coloquio por Serafina, que, informada de su encuentro, los hizo llamar para manifestarles lo mucho que de ello se alegraba. «Hijos míos--les dijo--, en este día de regocijo se acrecienta mi satisfacción viéndoos restituídos uno a otro. Amigo Escipión--añadió--, ahí te entrego a tu esposa, asegurándote que su conducta ha sido siempre irreprensible. Vive aquí con ella en perfecta armonía. Y tú, Beatriz, dedícate al servicio de Antonia y no le seas menos afecta que tu marido lo es al señor de Santillana.» Escipión, no pudiendo ya a vista de esto mirar a su mujer sino como a otra Penélope, prometió tratarla con todas las atenciones imaginables.
Retiráronse los aldeanos y aldeanas a sus casas después de haber estado bailando toda la tarde; pero continuó la fiesta en la quinta. Sirvióse una magnífica cena, y cuando se trató de irse todos a recoger, el provisor bendijo el lecho nupcial. Serafina desnudó a la novia y los señores de Leiva me hicieron la misma honra. Lo más gracioso fué que los dependientes de don Alfonso y las criadas de la gobernadora quisieron para divertirse practicar la misma ceremonia: desnudaron a Beatriz y a Escipión, los cuales, para hacer más cómica la escena, se dejaron desnudar y acostar, guardando gran gravedad.
CAPITULO X
Lo que sucedió después de la boda de Gil Blas y de la bella Antonia. Principio de la historia de Escipión.