Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)

Part 10

Chapter 104,051 wordsPublic domain

«En verdad--repuse--que el doctor Sangredo, cuyo método seguía yo fielmente, era de este carácter. Aunque viese morir cada día veinte enfermos entre sus manos, vivía tan persuadido de la excelencia de la sangría del brazo y de la bebida frecuente, a las cuales llamaba sus dos específicos para todo género de enfermedades, que si morían los pacientes lo achacaba siempre a haber bebido poco y a que no los habían sangrado bastante.» «¡Vive diez--exclamó Escipión dando una carcajada--, que me cita usted un sujeto original!» «Si tienes curiosidad de verle y oírle--repuse yo--, mañana la podrás satisfacer, como no haya muerto y esté en Valladolid, lo que dudo mucho, porque ya era viejo cuando le dejé y desde entonces acá se han pasado bastantes años.»

Lo primero que hicimos así que llegamos al mesón adonde fuimos a apearnos fué preguntar por el tal doctor. Supimos que aun no se había muerto, pero que, no pudiendo ya visitar ni hacer mucho movimiento a causa de su gran vejez, había abandonado el campo a otros tres o cuatro doctores, que habían adquirido gran fama por otro nuevo método de curar que no valía más que el suyo. Resolvimos hacer parada el día siguiente, tanto para que descansasen las mulas como por ver al doctor Sangredo. A cosa de las diez de la mañana fuimos a su casa y le hallamos sentado en una silla poltrona con un libro en la mano. Levantóse luego que nos vió, vino hacia nosotros con paso muy firme para un setentón, y nos preguntó qué le queríamos. «Pues qué, señor doctor--le respondí--, ¿es posible que ya no me conozca usted, siendo así que tuve la fortuna de haber sido uno de sus discípulos? ¿No se acuerda usted de un cierto Gil Blas que en otro tiempo fué su comensal y su sustituto?» «¿Cómo así?--me replicó dándome un abrazo--. ¿Eres tú Santillana? Cierto que no te había conocido y me alegro infinito de volverte a ver. ¿Qué has hecho después que nos separamos? Sin duda, habrás ejercido siempre la Medicina.» «Teníale--le respondí--mucha inclinación, pero razones poderosas me apartaron de ella.»

«¡Peor para ti!--replicó Sangredo--. Con los principios que aprendiste de mí hubieras llegado a ser un médico hábil, con tal que el Cielo te hubiera hecho la gracia de preservarte del peligroso amor a la química. ¡Ah hijo mío!--exclamó arrancando un doloroso suspiro--. ¡Qué novedades se han introducido en la Medicina de algunos años a esta parte! A esta arte se le quita el honor y la dignidad; esta arte, que en todos tiempos ha respetado la vida de los hombres, hoy se halla en poder de la temeridad, de la presunción y de la impericia, porque los hechos hablan y presto alzarán el grito hasta las piedras contra el desorden de los nuevos prácticos: _lapides clamabunt_. Se ven en esta ciudad algunos médicos, o que se llaman tales, que se han uncido al carro de triunfo del antimonio: _carrus triumphalis antimonii_; unos desertores de la escuela de Paracelso, adoradores del _quermes_ y curanderos de casualidad, que hacen consistir toda la ciencia médica en saber preparar algunas drogas químicas. ¿Qué más te diré? En su método todo está desconocido: la sangría del pie, por ejemplo, en otros tiempos tan raras veces practicada, hoy es la única que se usa; los purgantes, antiguamente suaves y benignos, se han convertido en emético y en quermes. Ya todo no es mas que un caos en que cada uno se toma la libertad de hacer lo que se le antoja y traspasa los límites del orden y de la sabiduría que nuestros primitivos maestros señalaron.»

Aunque estaba reventando por reír al oír una declamación tan cómica, pude contenerme. Y aun hice más: declamé contra el quermes, sin saber lo que era, y di al diablo sin más reflexión a los que lo habían inventado. Advirtiendo Escipión lo mucho que me divertía esta escena, quiso contribuir también por su parte a ella. «Yo, señor doctor--dijo a Sangredo--, soy sobrino de un médico de la escuela antigua, y como tal, pido a usted licencia para declararme enemigo de los remedios químicos. Mi difunto tío, que santa gloria haya, era tan ciego partidario de Hipócrates, que se batió muchas veces con los empíricos que no hablaban con el debido respeto de este rey de la Medicina. La razón no quiere fuerza. ¡De buena gana sería yo el verdugo de esos ignorantes novadores, de quienes usted se queja con tanta justicia como elocuencia! ¿Qué trastorno no causan en la sociedad civil esos miserables?»

«Ese desorden--replicó el doctor--va todavía más lejos de lo que usted piensa. De nada me ha servido publicar un libro contra esos asesinos de la Medicina; antes al contrario, cada día van en aumento. Los cirujanos, cuyo gran hipo es querer hacer de médicos, se creen capaces de serlo cuando sólo se trata de recetar quermes y emético, añadiendo sangrías del pie a su antojo. Llegan hasta el punto de mezclar el quermes en las pócimas y cocimientos cordiales, y cátate que ya se juzgan iguales a los grandes médicos. Este contagio ha cundido hasta dentro de los claustros. Hay entre los frailes ciertos legos que son a un mismo tiempo boticarios y cirujanos. Estos monos médicos se aplican a la química y hacen drogas perniciosas, con las que abrevian la vida de sus padres reverendos. En fin, en Valladolid se cuentan más de sesenta conventos de frailes y monjas; contemple usted ahora el destrozo que hacen en ellos el quermes junto con el emético y la sangría del pie.» «Señor Sangredo--dije yo entonces--es muy justa la indignación de usted contra esos envenenadores; yo me lamento de lo mismo y entro a la parte en su compasivo temor por la vida de los hombres, manifiestamente amenazada por un método tan diferente del de usted. Mucho temo que la química no sea algún día la ruina de la Medicina, como lo es de los reinos la moneda falsa. ¡Quiera el Cielo que este día fatal no esté cerca de llegar!»

Aquí llegaba nuestra conversación cuando entró en el cuarto del doctor una criada vieja, que le traía en una bandeja un panecillo tierno, un vaso y dos garrafitas llenas, una de agua y otra de vino. Luego que comió un bocado echó un trago, en el cual, ciertamente, había mezclado dos terceras partes de agua; pero esto no le libró de las reconvenciones que me daba motivo para hacerle. «¡Hola, hola, señor doctor!--le dije--. ¡Le he cogido a usted en el garlito! ¡Usted beber vino, cuando siempre se ha declarado contra esta bebida y cuando en las tres cuartas partes de su vida no ha bebido sino agua! ¿De cuándo acá se ha contrariado usted a sí mismo? No puede servirle de excusa su edad avanzada, pues en un lugar de sus escritos define la vejez diciendo que es _una tisis natural que poco a poco nos va disecando y consumiendo_, y, en fuerza de esta definición, lamenta usted la ignorancia de aquellos que llaman al vino _la leche de los viejos_. ¿Qué me dirá usted ahora en su defensa?»

«Digo--me respondió el viejo--que me reconvienes sin razón. Si yo bebiera vino puro, tendrías motivo para mirarme como a un infiel observador de mi propia doctrina; pero ya has visto que el vino que he bebido estaba muy aguado.» «Otra condición--le repliqué yo--, mi querido maestro: acuérdese usted de que llevaba muy a mal que el canónigo Cedillo bebiese vino, aunque lo mezclaba con mucha agua. Confiese usted de buena fe que al cabo ha reconocido su error y que el vino no es un licor tan funesto como usted lo sentó en sus obras, con tal que se beba con moderación.»

Hallóse nuestro doctor algo atarugado con esta réplica. No podía negar que en sus libros había prohibido el uso del vino; pero como la vergüenza y la vanidad le impedían confesar que yo le hacía una justa reconvención, no sabía qué responderme. Para sacarle de este pantano mudé de conversación, y poco después me despedí de él, exhortándole a que se mantuviese siempre firme contra los nuevos médicos. «¡Animo, señor Sangredo!--le dije--. ¡No se canse usted de desacreditar el quermes y persiga a sangre y fuego la sangría del pie! Si a pesar de su celo y amor a la ortodoxia médica esa raza empírica logra arruinar la rigidez antigua, por lo menos tendrá usted el consuelo de haber hecho cuanto estaba de su parte para sostenerla!»

Al retirarnos mi secretario y yo a nuestro mesón, hablando del gracioso y original carácter del tal doctor, pasó cerca de nosotros por la calle un hombre como de cincuenta y cinco a sesenta años, que caminaba con los ojos bajos y un rosario de cuentas gordas en la mano. Miréle atentamente y sin dificultad conocí que era el señor Manuel Ordóñez, aquel buen administrador del hospital de quien se hizo tan honorífica mención en el capítulo XVII del libro primero de mi historia. Lleguéme a él con grandes muestras de respeto y le dije: «¡Salud al venerable y discreto señor Manuel Ordóñez, el hombre más a propósito del mundo para conservar la hacienda de los pobres!» Al oír estas palabras me miró con mucha atención y me respondió que mi fisonomía no le era desconocida, pero que no podía acordarse en dónde me había visto. «Yo iba--le respondí--a casa de usted en tiempo que le servía un amigo mío llamado Fabricio Núñez.» «¡Ah, ya me acuerdo!--repuso el administrador con una sonrisa maligna--. Por señas, que los dos erais muy buenas alhajas e hicisteis admirables muchachadas. ¿Y qué se ha hecho el pobre Fabricio? Siempre que pienso en él, me tienen con cuidado sus asuntillos.»

«Me he tomado la libertad de detener a usted en la calle--dije al señor Manuel--precisamente para darle noticias suyas. Sepa usted que Fabricio está en Madrid ocupado en hacer obras misceláneas.» «¿A qué llamas obras misceláneas?», me replicó. «Quiero decir--le contesté--que escribe en prosa y en verso; compone comedias y novelas; en suma, es un mozo de ingenio y es bien recibido en las casas distinguidas.» «¿Y cómo lo pasa con su panadero?», me preguntó el administrador. «No tan bien--le respondí--como con las personas de calidad; porque, aquí para los dos, creo que está tan pobre como Job.» «¡Oh, en eso no tengo la menor duda!--repuso Ordóñez--. Haga la corte a los grandes todo lo que quisiere; sus complacencias, sus lisonjas y sus vergonzosas bajezas le producirán todavía menos que sus obras. Desde luego os lo pronostico: algún día le veréis en el hospital.»

«Esto no me causará novedad--dije yo--, porque la poesía ha llevado a él a otros muchos. Mucho mejor hubiera hecho mi amigo Fabricio en haberse mantenido a la sombra de usted, que a la hora de ésta estaría nadando en oro.» «A lo menos nada le faltaría--respondió Ordóñez--. Yo le quería bien y poco a poco le iba ascendiendo de puesto en puesto, hasta asegurarle un sólido acomodo en la casa de los pobres, cuando se le antojó querer pasar por hombre de ingenio. Compuso una comedia, que hizo representar por los comediantes que a la sazón se hallaban en esta ciudad; la pieza logró aceptación, y desde aquel punto se le trastornó la cabeza al autor. Imaginóse ser otro Lope de Vega, y prefiriendo el humo de los aplausos del público a las verdaderas conveniencias que mi amistad le preparaba, se despidió de mi casa. En vano procuré persuadirle que dejaba la carne para correr tras la sombra; no pude detener a este loco, a quien arrastraba el furor de escribir. ¡No conocía su felicidad!--añadió--. Buena prueba es de esto el criado que recibí después que él me dejó; más juicioso que Fabricio, y con menos talento que él, se aplicó únicamente a desempeñar bien los encargos que le hago y a darme gusto. Por eso le he adelantado como merecía y en la actualidad está desempeñando en el hospital dos destinos, el menor de los cuales es más que suficiente para sustentar a un hombre de bien cargado de una numerosa familia.»

CAPITULO II

Prosigue Gil Blas su viaje y llega felizmente a Oviedo; en qué estado halla a su familia; muerte de su padre, y sus consecuencias.

Desde Valladolid nos pusimos en seis días en Oviedo, adonde llegamos sin habernos sucedido la menor desgracia en el viaje, a pesar del refrán que dice: _Huelen de lejos los bandoleros el dinero de los pasajeros_. A la verdad, si hubieran olido el nuestro, no habrían errado el golpe, y sólo dos habitantes de una cueva habrían bastado para soplarnos nuestros doblones, porque en la corte yo no había aprendido a ser valiente, y Beltrán, mi mozo de mulas, no parecía tener gana de dejarse matar por defender la bolsa de su amo; sólo Escipión era un poco espadachín.

Ya era de noche cuando llegamos a la ciudad. Nos apeamos en un mesón poco distante de la casa de mi tío el canónigo Gil Pérez. Deseaba yo tener noticia del estado en que se hallaban mis padres antes de presentarme a ellos; y para saberlo no podía dirigirme a quien me informase mejor que al mesonero y la mesonera, que sabía ser personas que no podrían ignorar cuanto pasaba en casa de sus vecinos. Con efecto, después de haberme mirado el mesonero con la mayor atención, me conoció y exclamó fuera de sí: «¡Por San Antonio de Padua, que éste es el hijo del buen escudero Blas de Santillana!» «¡Sí, por cierto--añadió la mesonera--; él mismo es! Y apenas se ha mudado; es aquel despabiladillo Gil Blas, que tenía más talento que cuerpo. ¡Paréceme que le estoy viendo cuando venía aquí con la botella por vino para cenar su tío!»

«Señora--dije a la mesonera--, no se puede negar que tiene usted una memoria feliz. Pero deme usted, le ruego, noticias de mi familia; sin duda que mis padres no deben de estar en una situación agradable.» «Demasiado cierto es--respondió la mesonera--. Por triste que sea el estado en que usted pueda representárselos, no es posible imaginar que haya dos personas más dignas de compasión que ellos. El buen señor Gil Pérez está baldado de la mitad del cuerpo, y, naturalmente, vivirá muy poco. Su padre de usted, que de algún tiempo a esta parte vive con el canónigo, padece una opresión de pecho, o por mejor decir, se halla actualmente entre la vida y la muerte, y su madre de usted, que tampoco goza la mejor salud, se ve precisada a servir de asistenta a los dos enfermos.»

Así que oí esta relación, que me hizo conocer que era hijo, dejé a Beltrán en el mesón en guarda de mi equipaje, y acompañado de mi secretario Escipión, que no quiso apartarse de mi lado, pasé a casa de mi tío. Apenas me puse delante de mi madre, cuando cierta conmoción que sintió en su interior le hizo conocer quién yo era, aun antes de tener tiempo para examinar las facciones de mi rostro. «¡Hijo mío--me dijo tristemente echándome los brazos al cuello--, ven a ver morir a tu padre; a tiempo llegas para ser testigo de tan doloroso espectáculo!» Diciendo esto, me llevó a un cuarto donde el triste Blas de Santillana, tendido en una cama que mostraba bien la miseria de un pobre escudero, estaba ya a los últimos. Sin embargo, aunque cercado de las sombras de la muerte, todavía conservaba algún conocimiento. «Amado esposo--le dijo mi madre--, aquí tienes a tu hijo Gil Blas, que te pide perdón de todos los disgustos que te ha causado y te ruega le eches tu bendición.» Al oír esto abrió mi padre los ojos, que ya comenzaban a cerrarse para siempre; fijólos en mí, y observando, a pesar de la postración en que se hallaba, que yo lloraba su pérdida, se enterneció de mi dolor. Quiso hablarme, mas no pudo. Yo entonces le tomé una mano, y mientras se la bañaba en lágrimas, sin poder proferir una palabra, exhaló el último aliento, como si sólo hubiera esperado a que yo llegase para expirar.

Mi madre tenía demasiado consentida esta muerte para afligirse desmedidamente; quizá me afligí yo más que ella, sin embargo de que mi padre en su vida me había dado la menor demostración de cariño. Además de que bastaba ser hijo suyo para llorarle, me acusaba a mí mismo de no haberle socorrido, y, acordándome de haber tenido esta insensibilidad, me consideraba como un monstruo de ingratitud, o por mejor decir, como un parricida. Mi tío, a quien vi después postrado en otra cama poco menos pobre y en un estado lastimoso, me hizo experimentar nuevos remordimientos. «¡Hijo desnaturalizado!--me dije a mí mismo--. ¡Considera para tu mayor tormento la miseria en que se hallan tus parientes! Si los hubieras socorrido con parte de lo que te sobraba de los bienes que poseías antes de estar preso, les hubieras proporcionado las comodidades a que no podía alcanzar la renta de la prebenda, y de esta manera acaso hubieras alargado la vida a tu padre.»

El desdichado Gil Pérez estaba ya lelo; había perdido la memoria y el juicio. De nada me sirvió estrecharle entre mis brazos y darle muestras de mi ternura, porque ninguna impresión le hicieron. Por más que mi madre le decía que yo era su sobrino Gil Blas, no hacía mas que mirarme con un aire imbécil, sin responder nada. Aun cuando la sangre y el agradecimiento no me hubieran obligado a compadecerme de un tío a quien tanto debía, no hubiera podido menos de hacerlo viéndole en una situación tan digna de lástima.

Durante este tiempo Escipión guardaba un profundo silencio, me acompañaba en mi pena y mezclaba por amistad sus suspiros con los míos. Pareciéndome que después de tan larga ausencia tendría mi madre muchas cosas reservadas que decirme y que podía detenerla la presencia de un hombre a quien no conocía, le llamé aparte y le dije: «Vete, hijo mío, a descansar al mesón y déjame aquí con mi madre, que acaso te creería de más en una conversación que no recaerá sino sobre asuntos de familia.» Retiróse Escipión por no incomodarnos, y, efectivamente, mi madre y yo estuvimos hablando toda la noche. Nos dimos recíprocamente fiel cuenta de todo lo que a uno y otro nos había sucedido desde mi salida de Oviedo. Ella me hizo extensa relación de todas las desazones que había tenido en las varias casas donde había servido de dueña, confiándome en el asunto muchas cosas que no me hubiera alegrado las hubiese oído mi secretario, sin embargo de no tener yo nada reservado para él. Con todo el respeto que debo a la memoria de mi madre, diré que la buena señora era algo prolija en sus relaciones, y me hubiera ahorrado las tres cuartas partes de su historia si hubiese suprimido las circunstancias inútiles de ella.

Acabó por fin su relación y yo di principio a la mía. Conté por encima todas mis aventuras; pero cuando llegué a la visita que me había hecho en Madrid el hijo de Beltrán Moscada, el especiero de Oviedo, me extendí un poco sobre este pasaje. «Confieso, señora--dije a mi madre--, que recibí con despego al tal mozo, el cual, por vengarse de ello, no habrá dejado de hablaros muy mal de mí.» «Así es--me respondió--; díjonos que te había encontrado tan engreído con el favor del primer ministro de la Monarquía, que apenas te habías dignado conocerle, y que cuando te pintó nuestras miserias le oíste con mucha frialdad. Pero como los padres y las madres--añadió ella---procuran siempre disculpar a sus hijos, no pudimos creer tuvieses tan mal corazón. Tu venida a Oviedo acredita la buena opinión que teníamos de ti y el sentimiento de que te veo lleno lo acaba de confirmar.»

«Me hace mucho favor--respondí--ese buen concepto que a usted debo, pero lo cierto es que en la relación del hijo de Moscada hay alguna verdad. Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con mi fortuna, y la ambición que me dominaba no me permitía pensar en mis parientes. De consiguiente, hallándome en semejante disposición, no es de admirar que recibiese mal a un hombre que, acercándose a mí de un modo grosero, me dijo brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba más rico que un judío, iba a aconsejarme que enviase a ustedes algún dinero, respecto a que se veían en grande necesidad, y aun me echó en cara en términos nada comedidos mi indiferencia hacia mi gente. Me incomodó su llaneza, y, perdiendo la paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso que me porté mal en aquella ocasión, que debí reflexionar no era culpa vuestra la falta de atención del especiero y que su consejo merecía seguirse, aunque había sido grosero el modo de dármelo. Esto fué lo que me ocurrió al pensamiento un momento después que había despedido a Moscada. La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de mis obligaciones hacia mis padres, me avergoncé de haberlas cumplido tan mal y sentí remordimientos, de los cuales no puedo, sin embargo, hacer mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente por la avaricia y por la ambición. Pero después fuí encerrado por orden del rey en el alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo, y esta dichosa enfermedad es la que a usted le restituye su hijo. Sí, por cierto; mi enfermedad y mi prisión fueron las que hicieron recobrar a la Naturaleza todos sus derechos y las que me han desprendido enteramente de la Corte. Hoy sólo suspiro por la soledad y he venido a Asturias con el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo a que disfrutemos juntos las dulzuras de una vida retirada. Si usted admite mi oferta, la conduciré a una posesión que tengo en el reino de Valencia, en donde espero que pasaremos una vida muy cómoda. Bien podrá usted conocer que mi ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos la satisfacción de tener en mi compañía a mi madre y pueda reparar con todas las posibles atenciones el tiempo que pasé sin servirle de nada.»

«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones--me dijo entonces mi madre--. Sin duda alguna me iría contigo a no impedírmelo algunas dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar a tu tío y mi hermano en el estado en que se halla; después de eso, estoy muy connaturalizada con este país para que yo le deje. Sin embargo, como esto merece examinarse con madurez, quiero meditarlo despacio; por ahora solamente debemos pensar en los funerales de tu padre.» «Ese cuidado--le respondí--se lo encargaremos a ese mozo que usted ha visto conmigo, que es mi secretario; tiene talento y celo y podemos descuidar en él.»

No bien había pronunciado estas palabras cuando entró Escipión, porque era ya día claro. Preguntónos si podía servirnos de algo en el apuro en que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy a tiempo para recibir una orden importante que pensaba darle. Luego que se impuso de lo que se trataba, «¡Basta!--dijo--. Ya tengo ideada acá en mi cabeza toda la ceremonia y ustedes podrán fiarse de mí.» «Pero guardaos bien--añadió mi madre--de pensar en un funeral que tenga la menor apariencia de ostentación; por modesto que sea, nunca lo será demasiado para mi esposo, a quien toda la ciudad ha conocido por un escudero de los más pobres.» «Señora--respondió Escipión--, aunque hubiera sido mucho más infeliz, no por eso rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito del duque de Lerma, a su padre debe enterrársele con grandeza.»

Aprobé el designio de mi secretario y aun le encargué que no economizase el dinero; un resto de vanidad que yo conservaba todavía se despertó en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este dispendio por un padre que ninguna herencia me dejaba, admirarían todos mi porte generoso. Mi madre por su parte, a pesar de la gran modestia que aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su marido fuese enterrado con pompa. Dimos, pues, amplias facultades a Escipión, que sin perder tiempo marchó a dar las disposiciones necesarias para un suntuoso entierro.