Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)

Part 9

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Escipión, sin embargo de su desahogo, se quedó turbado de oír hablar de esta suerte al ministro; pero, a pesar de su turbación, no dejó de interceder por mí. «Señor--replicó--, aquel pobre preso morirá de dolor cuando sepa la respuesta de vuestra excelencia.» El duque no respondió a mi intercesor sino mirándole de sobre ojo y volviéndole la espalda. Así me trataba este ministro para disimular mejor la parte que había tenido en la amorosa intriga del príncipe de España, y esto es lo que deben esperar todos los agentes inferiores de quienes se valen los grandes señores en sus secretos y peligrosos manejos.

Cuando mi secretario volvió a Segovia y me contó el resultado de su comisión, me sepulté de nuevo en el abismo de tristezas en que caí el primer día de mi prisión y aun me creí más desgraciado faltándome la protección del duque de Lerma. Decaí de ánimo, y por más que me dijeron para consolarme, todo fué inútil; atormentáronme otra vez los pesares, de manera que insensiblemente me causaron una grave enfermedad.

El señor alcaide, que se interesaba en mi salud, creído de que para recobrarla era lo mejor llamar médicos, me trajo dos que tenían traza de ser unos celosos servidores de la diosa Libitina. «Señor Gil Blas--me dijo al presentármelos--, vea usted aquí dos Hipócrates que vienen a visitarle y que dentro de poco le pondrán bueno.» Era tal la oposición que tenía yo a estos doctores, que seguramente los habría recibido muy mal si me hubiera quedado algún apego a la vida; pero me sentía tan cansado de ella, que agradecí a Tordesillas el que me pusiera en sus manos.

«Caballero--me dijo uno de los médicos--, es necesario ante todas cosas que usted tenga confianza en nosotros.» «La tengo muy grande--le respondí--, pues estoy cierto de que con la asistencia de ustedes quedaré curado de todos mis males en pocos días.» «Sí--respondió--, lo quedará usted mediante Dios, y nosotros haremos a lo menos lo que esté de nuestra parte para ello.» En efecto, estos señores se portaron tan maravillosamente, que a ojos vistas me iban llevando a la sepultura. Desconfiado ya don Andrés de mi curación, hizo venir un religioso de San Francisco para que me ayudase a bien morir. El buen padre, después de haber hecho su deber, se retiró, y yo, viéndome en mi última hora, hice señas a Escipión para que se acercara a mi cama. «Amado amigo mío--le dije con una voz casi apagada; tal era la debilidad que las medicinas y sangrías me habían causado--, de los dos talegos que hay en casa de Gabriel, te dejo uno y te suplico lleves el otro a Asturias a mis padres, quienes, si todavía viven, estarán necesitados. Pero, ¡ay de mí, temo mucho que no han de haber podido sobrevivir a mi ingratitud! Lo que Moscada sin duda les habrá contado de mi dureza quizá les habrá causado la muerte. Si el Cielo los ha conservado a pesar de la indiferencia con que he pagado su ternura, les darás el talego de doblones, suplicándoles me perdonen mi mala correspondencia, y si han muerto te encargo emplees el dinero en pedir al Cielo por el descanso de sus almas y la mía.» Diciendo esto, le alargué una mano, que bañó con sus lágrimas sin poder responderme una palabra; tal era la aflicción que tenía el pobre mozo de mi pérdida; lo que prueba que el llanto de un heredero no es siempre risa disimulada.

Esperaba, pues, experimentar el trance de la muerte, y, no obstante, me engañé. Habiéndome desahuciado mis doctores y dejado campo libre a la naturaleza, ésta fué la que me sacó del peligro. La calentura, que, según su pronóstico, debía llevarme al otro mundo, quiso desmentirlos y me dejó. Poco a poco me restablecí con la mayor felicidad y un perfecto sosiego de espíritu fué el fruto de mi mal. Ya entonces no necesité de consuelo; antes bien, miré las riquezas y honores con aquel desprecio que inspira la cercanía de la muerte, y, vuelto en mí mismo, bendecía mi desgracia y daba gracias al Cielo, como si me hubiese hecho un favor particular, e hice firme propósito de no volver más a la corte, aun cuando el duque de Lerma quisiese llamarme a ella, con ánimo, si salía de la prisión, de comprar una casa de campo y vivir en ella como un filósofo.

Escipión aprobó mi pensamiento y me dijo que, para que tuviese efecto cuanto antes, pensaba volver a Madrid a solicitar mi soltura. «Me ha ocurrido una cosa--añadió--. Conozco a una persona que podrá servirnos, y es la criada favorita del ama de leche del príncipe, que es una muchacha de entendimiento. Voy a que hable a su ama y a poner todos los medios imaginables para sacar a usted de esta torre, en donde, aunque se le dé el mejor trato, siempre es prisión.» «Dices bien--le respondí--. Vé, amigo mío, sin perder tiempo, a dar principio a esa diligencia. ¡Pluguiese al Cielo que estuviéramos ya en nuestro retiro!»

CAPITULO IX

Escipión vuelve a Madrid; cómo y con qué condiciones alcanzó la libertad de Gil Blas; adónde fueron los dos después de haber salido de la torre de Segovia y conversación que tuvieron.

Salió, pues, Escipión para Madrid, y yo, ínterin volvía, me dediqué a la lectura. Tordesillas me suministraba más libros de los que yo quería, los que le prestaba un comendador viejo que no sabía leer, pero que, queriendo hacer ostentación de hombre sabio, tenía una gran librería. Sobre todo me agradaban las buenas obras morales, porque encontraba en ellas a cada momento pasajes que lisonjeaban mi aversión a la corte y la afición que había cobrado a la soledad.

Tres semanas estuve sin oír hablar de mi agente, el cual volvió en fin y me dijo muy contento: «¡Ahora sí, señor de Santillana, que traigo a usted buenas nuevas! La señora ama ha tomado cartas por usted. Su criada, a mis ruegos, y mediante cien doblones que le he ofrecido, ha tenido la bondad de moverla a que pida al príncipe solicite vuestra soltura, y éste, que, como otras veces he dicho a usted, nada le niega, ha prometido hablar al rey su padre a fin de conseguirla. He venido a toda prisa a decíroslo y con la misma vuelvo a dar la última mano a mi obra.» Diciendo esto me dejó y volvió a tomar el camino de la corte.

No fué largo su tercer viaje. Al cabo de ocho días estuvo de vuelta y me dijo que el príncipe había, aunque no sin trabajo, obtenido del rey mi libertad, lo cual en el mismo día me confirmó el señor alcaide, quien vino a decirme abrazándome: «Mi amado Gil Blas, gracias al Cielo, usted ya está libre y tiene abiertas las puertas de esta prisión; pero las dos condiciones con que se le concede a usted esta libertad quizá le darán mucha pena y siento verme en la obligación de hacérselas saber. Su Majestad prohibe a usted se presente en la corte y le manda salir de las dos Castillas en el término de un mes. Me es de gran mortificación el que se le prohiba a usted ir a la corte.» «Pues yo estoy muy contento--le respondí--. ¡Bien sabe Dios lo que pienso de ella! Sólo esperaba del rey una gracia, y me ha hecho dos.»

Viéndome ya libre, hice alquilar dos mulas, en las cuales salimos el día siguiente mi confidente y yo, después de haberme despedido de Cogollos y dado mil gracias a Tordesillas por todos los favores que me había hecho. Tomamos alegremente el camino de Madrid para recoger del señor Gabriel los dos talegos, en cada uno de los cuales había quinientos doblones de a ocho. En el camino me dijo mi compañero: «Si no tenemos bastante dinero para comprar una hacienda magnífica, a lo menos habrá para una mediana.» «Yo me daría por feliz--le respondí--aun cuando no tuviese mas que una choza; en ella estaría contento con mi suerte. Aunque apenas he llegado a la mitad de mi carrera, estoy tan desengañado del mundo, que sólo quiero vivir para mí. Además de esto, te digo que me he formado de los placeres de la vida campestre una idea que me embelesa y hace que los goce con anticipación. Me parece que ya veo el esmalte de los prados, que oigo el canto de los ruiseñores y el murmullo de los arroyos; que unas veces creo divertirme en la caza y otras en la pesca. Imagínate, amigo mío, los diferentes recreos que nos esperan en la soledad y tendrás tanta complacencia como yo. En orden a nuestro sustento, el más simple será el mejor; un pedazo de pan podrá satisfacernos cuando nos atormente el hambre, y el apetito con que lo comamos nos le hará parecer muy sabroso. El deleite no consiste en la bondad de los alimentos exquisitos, sino en nosotros, y esto es tanta verdad como que mis comidas más delicadas no son aquellas en que veo reinar el arte y la abundancia. La frugalidad es una fuente de delicias maravillosa para conservar la salud.»

«Con el permiso de usted, señor Gil Blas--me interrumpió mi secretario--, yo no soy enteramente de su opinión sobre la supuesta frugalidad con que usted quiere obsequiarme. ¿Por qué nos hemos de mantener como unos Diógenes? Aun cuando comamos bien, no caeremos enfermos por eso. Créame usted: ya que tenemos, gracias a Dios, con qué vivir cómodamente en nuestro retiro, no le hagamos la mansión del hambre y de la pobreza. Luego que tengamos una hacienda, será preciso abastecerla de buenos vinos y de todas las demás provisiones convenientes a personas de entendimiento, que no dejan el trato humano para renunciar a las comodidades de la vida, sino más bien para gozarlas con más quietud. _Lo que cada uno tiene en su casa_--dice Hesíodo--_no daña, en lugar de que lo que no se tiene puede dañar_. _Vale más--añade--tener uno en su casa las cosas necesarias que desear tenerlas._»

«¡Qué diablos es eso, señor Escipión!--interrumpí--. ¿Usted ha manejado los poetas griegos? ¡Hola! ¿En dónde leyó usted a Hesíodo?» «En casa de un sabio--respondió--. Serví algún tiempo en Salamanca a un pedante que era un gran comentador; en un abrir y cerrar de ojos componía un grueso volumen recopilando pasajes hebreos, griegos y latinos, que extractaba de los libros de su biblioteca y traducía al castellano. Como yo era su amanuense, he retenido no sé cuántas sentencias, todas tan notables como las que acabo de citar.» «Siendo así--le repliqué--, tienes la memoria bien adornada. Pero, viniendo a nuestro proyecto, ¿en qué reino de España te parece del caso que fijemos nuestra residencia filosófica?» «Yo opino por Aragón--respondió mi confidente--; allí encontraremos sitios muy amenos, en donde podremos pasar una vida deleitosa.» «Está bien--le dije--, sea así. Detengámonos en Aragón; consiento en ello. ¡Ojalá descubramos una morada que me proporcione todos los placeres con que se recrea mi imaginación!»

CAPITULO X

De lo que hicieron al llegar a Madrid; a quién encontró Gil Blas en la calle, y de lo que siguió a este encuentro.

Luego que llegamos a Madrid fuimos a apearnos a una pequeña posada, en la cual se había alojado Escipión en sus viajes. Lo primero que hicimos fué ir a casa de Salero a recoger nuestros doblones. Recibiónos muy bien; me manifestó se alegraba mucho de verme en libertad. «Aseguro a usted--añadió--que he sentido mucho su desgracia, la cual me ha disgustado de la amistad de las gentes de la Corte, cuyas fortunas están muy en el aire. He casado a mi hija Gabriela con un rico mercader.» «Usted ha obrado con juicio--le respondí--. Además de que este partido es más sólido, un plebeyo que llega a ser suegro de un noble no está siempre gustoso con su señor yerno.»

Después, mudando de conversación y viniendo a nuestro asunto, proseguí: «Señor Gabriel, háganos usted el favor, si gusta, de entregarnos los dos mil doblones que...» «Vuestro dinero está pronto--interrumpió el platero, el cual, habiéndonos hecho pasar a su gabinete, nos mostró dos talegos en los cuales había unos rótulos que decían: «Estos talegos de doblones son del señor Gil Blas de Santillana.»--. Ved aquí--me dijo--el depósito tal como se me confió.»

Di gracias a Salero del favor que me había hecho, y muy consolado de haberme quedado sin su hija, nos llevamos los talegos a la posada, en donde contamos nuestras monedas. La cuenta se encontró cabal, rebajados los cincuenta doblones que se habían gastado en conseguir mi libertad. Ya no pensamos mas que en disponernos para ir a Aragón. Mi secretario tomó a su cargo comprar una silla volante y dos mulas. Yo por mi parte cuidé de la compra de ropa blanca y vestidos. En una de las veces que iba arriba y abajo a estas compras encontré al barón de Steinbach, aquel oficial de la guardia alemana en cuya casa se había criado don Alfonso.

Saludé a este caballero alemán, quien, habiéndome también conocido, se vino a mí y me abrazó. «Me alegro en extremo--le dije--de ver a su señoría en tan buena salud y al mismo tiempo de tener ocasión de saber de mis amados señores don César y don Alfonso de Leiva.» «Puedo dar a usted noticias suyas muy ciertas--me respondió--, pues ambos están actualmente en Madrid y en mi casa. Tres meses hace que vinieron a la corte a dar gracias al rey de un empleo que su majestad ha conferido a don Alfonso en premio de los servicios que sus abuelos hicieron al Estado; le ha nombrado gobernador de la ciudad de Valencia, sin que le haya pedido este cargo ni solicitándolo por otra persona. No se ha hecho una gracia más espontánea, lo cual prueba que nuestro monarca gusta de recompensar el valor.»

Aunque yo sabía mejor que Steinbach el origen de esto, no manifesté saber la menor cosa de lo que me contaba y sí un deseo tan vivo de saludar a mis antiguos amos, que para satisfacerlo me condujo inmediatamente a su casa. Yo quería probar a don Alfonso y juzgar por su recibimiento si me estimaba todavía. Le encontré en una sala jugando al ajedrez con la baronesa de Steinbach. Luego que me conoció, dejó el juego y se vino a mí arrebatado de gozo, y estrechándome entre sus brazos me dijo en un tono que manifestaba una ingenua alegría: «¡Santillana! ¡Conque al fin vuelvo a verte! ¡Estoy loco de contento! No ha estado en mi mano el que no hayamos permanecido siempre juntos; yo te rogué, si haces memoria, que no te fueras de la casa de Leiva, y tú no hiciste caso de mis ruegos. No obstante, no te lo imputo a delito; antes bien, te agradezco el motivo de tu ida; pero desde entonces debieras haberme escrito y ahorrarme el trabajo de hacerte buscar inútilmente en Granada, en donde mi cuñado don Fernando me había escrito que estabas. Después de esta ligera reconvención--continuó--, dime qué haces en Madrid. Regularmente tendrás aquí algún empleo. Ten por cierto que me intereso ahora más que nunca en tu bien.» «Señor--le respondí--, no hace todavía cuatro meses que ocupaba en la corte un puesto de bastante consideración. Tenía la honra de ser secretario y confidente del duque de Lerma.» «¡Es posible!--exclamó don Alfonso con grande asombro--. ¡Qué! ¿Has merecido tú la confianza de este primer ministro?» «Logré su favor--respondí--y le perdí del modo que voy a decir.» Entonces le conté toda esta historia y concluí mi narrativa exponiéndole la determinación que había tomado de comprar, con lo poco que me quedaba de mi prosperidad pasada, una pobre choza para pasar en ella una vida retirada.

El hijo de don César, después de haberme oído con mucha atención, me dijo: «Mi amado Gil Blas, ya sabes que siempre te he querido y ahora más que nunca. Pues el Cielo me ha puesto en estado de poder aumentar tus bienes, quiero que no seas más tiempo juguete de la fortuna. Para libertarte de su poder, te quiero dar una hacienda que no podrá quitarte, y pues estás determinado a vivir en el campo, te doy una pequeña quinta que tenemos cerca de Liria, distante cuatro leguas de Valencia, que ya has visto tú. Este regalo podemos hacerlo sin incomodarnos, y me atrevo a asegurar que mi padre no desaprobará esta determinación y que Serafina recibirá en ello gran contento.»

Me arrojé a los pies de don Alfonso, quien al momento me hizo levantar; le besé la mano y, más enamorado de su buen corazón que de su beneficio, le dije: «Señor, vuestras finezas me cautivan. El don que me hacéis me es tanto más agradable cuanto que precede al agradecimiento de un favor que yo he hecho a ustedes y más bien quiero deberlo a su generosidad que a su gratitud.» Mi gobernador se quedó algo suspenso de lo que oía y no pudo menos de preguntarme de qué favor le hablaba. Díjeselo con todas sus circunstancias, lo cual aumentó su admiración. Estaba muy lejos de pensar, como el barón de Steinbach, que el Gobierno de la ciudad de Valencia se le hubiese dado por mediación mía. No obstante, no teniendo ya duda de ello, me dijo: «Gil Blas, pues que te debo mi empleo, no quiero darte sólo la pequeña hacienda de Liria: quiero agregar a ella dos mil ducados de renta al año.»

«¡Alto ahí, señor don Alfonso!--interrumpí--. ¡No despierte usted mi codicia! Los bienes no sirven mas que para corromper mis costumbres, como harto lo tengo experimentado. Acepto gustoso vuestra quinta de Liria. En ella viviré cómodamente con lo que tengo. Por otra parte, esto me es suficiente, y, lejos de desear más, primero consentiré en perder todo lo que hay de superfluo en lo que poseo. Las riquezas son una carga en un retiro en donde sólo se busca la tranquilidad.»

Don César llegó cuando estábamos en esta conversación. No manifestó al verme menos alegría que su hijo, y cuando supo el motivo del agradecimiento a que me estaba obligada su familia, se empeñó en que había de aceptar yo la renta, lo cual rehusé de nuevo. En fin, el padre y el hijo me condujeron a casa de un escribano, en donde otorgaron la escritura de donación, que ambos firmaron con más gusto que si fuera un instrumento a favor suyo. Finalizado el contrato, me lo entregaron, diciendo que la hacienda de Liria ya no era suya y que fuese cuando quisiese a tomar posesión de ella. Después se volvieron a casa del barón de Steinbach y yo fuí volando a la posada, en donde dejé pasmado a mi secretario cuando le dije que teníamos una hacienda en el reino de Valencia y le conté el modo como acababa de adquirirla. «¿Cuánto puede producir esta pequeña heredad?», me dijo. «Quinientos ducados de renta--le respondí--, y puedo asegurarte que es una amena soledad. Yo la he visto, por haber estado en ella muchas veces en calidad de mayordomo de los señores de Leiva. Es una casa pequeña, situada a la orilla del Guadalaviar, en una aldea de cinco o seis vecinos y en un país hermosísimo.»

«Lo que me gusta mucho--exclamó Escipión--es que tendremos allí caza, vino de Benicarló y excelente moscatel. ¡Vamos, amo mío, démonos prisa a dejar el mundo y llegar a nuestra ermita!» «No tengo menos deseo que tú--le respondí--de estar allá; pero antes es preciso hacer un viaje a Asturias, porque mis padres no deben de hallarse en buen estado. Quiero ir a verlos y llevármelos a Liria, en donde pasarán sus últimos días con descanso. Acaso me habrá el Cielo deparado este asilo para recibirlos en él, y si dejara de hacerlo así, me castigaría.» Escipión apoyó mucho mi determinación y aun me excitó a ejecutarla. «No perdamos tiempo--me dijo--; ya tengo carruaje. Compremos prontamente mulas y tomemos el camino de Oviedo.» «Sí, amigo mío--le respondí--, marchemos cuanto antes. Me es indispensable repartir las conveniencias de mi retiro con los que me han dado el ser. Presto estaremos de vuelta en nuestra aldea, y en llegando quiero escribir en letras de oro sobre la puerta de mi casa estos dos versos latinos:

_Inveni portum: Spes et Fortuna, valete: Sat me ludistis; ludite nunc alios_[1].»

[1] Hallé ya el puerto. ¡Adiós, Esperanza y Fortuna! ¡Bastante me burlasteis! ¡Burlaos ya de otros!

LIBRO DECIMO

CAPITULO PRIMERO

Sale Gil Blas para Asturias y pasa por Valladolid, donde visita a su amo antiguo, el doctor Sangredo, y se encuentra casualmente con el señor Manuel Ordóñez, administrador del hospital.

Cuando me estaba disponiendo a salir de Madrid con Escipión para ir a Asturias, el duque de Lerma fué creado cardenal por la Santidad de Paulo V. Queriendo este Papa establecer la Inquisición en el reino de Nápoles, honró con el capelo a este ministro para empeñarle a hacer que el rey Felipe aprobase tan laudable designio. A todos los que conocían perfectamente a este nuevo miembro del Sacro Colegio les pareció, como a mí, que la Iglesia acababa de hacer una excelente adquisición.

Escipión, que hubiera querido más volver a verme en un puesto brillante de la corte que sepultado en un retiro, me aconsejó que me presentase al nuevo cardenal. «Puede ser--me dijo--que su eminencia, viéndole a usted fuera de la prisión por orden del rey, no crea ya deber fingirse irritado contra usted y podrá admitirle de nuevo a su servicio.» «Señor Escipión--le respondí--, usted ha olvidado sin duda que sólo conseguí la libertad bajo condición de salir inmediatamente de las dos Castillas. Fuera de eso, ¿me crees ya disgustado de mi quinta de Liria? Ya te lo he dicho, y te lo vuelvo a repetir, que aunque el duque de Lerma me restituyese a su gracia y me ofreciese el mismo puesto que ocupa don Rodrigo Calderón, lo renunciaría. Mi determinación está tomada. Quiero ir a Oviedo a buscar a mis padres y retirarme con ellos a las cercanías de la ciudad de Valencia. En cuanto a ti, amigo mío, si estás arrepentido de unir tu suerte con la mía, no tienes mas que decirlo, que estoy pronto a darte la mitad del dinero que tengo y te quedarás en Madrid, en donde adelantarás tu fortuna hasta donde pudieres.»

«¿Cómo así?--replicó mi secretario, algo resentido de estas expresiones--. ¿Es posible que usted sospeche que sea yo capaz de tener repugnancia a seguirle a su retiro? Esa sospecha ofende mi celo y mi inclinación. Pues qué, Escipión, aquel fiel criado que por tomar parte en sus penas hubiera pasado con gusto el resto de sus días con usted en el alcázar de Segovia, ¿tendría ahora repugnancia en acompañarle en una mansión donde espera gozar mil delicias? ¡No, señor, no! Ninguna gana tengo de disuadir a usted de su resolución; pero quiero confesarle mi malicia: si le aconsejé que se presentase al duque de Lerma fué únicamente para sondearle y ver si todavía le quedaban algunas reliquias de ambición. ¡Ea, pues; ya que se halla usted tan desprendido de las grandezas, abandonemos prontamente la corte para ir a disfrutar de aquellos inocentes y deliciosos placeres de que nos formamos una idea tan risueña!»

Con efecto, poco después salimos de Madrid en una silla tirada de dos buenas mulas, guiadas por un mozo que tuve por conveniente agregar a mi comitiva. Dormimos el primer día en Galapagar, al pie de Guadarrama; el segundo, en Segovia, de donde salí sin detenerme a visitar al generoso alcaide Tordesillas; pasé por Portillo y llegué al día siguiente a Valladolid. Al descubrir esta ciudad no pude menos de dar un profundo suspiro, que habiéndolo oído mi compañero, me preguntó la causa. «Hijo mío--le dije--, es la de que ejercí mucho tiempo en Valladolid la Medicina, y sobre este punto me están atormentando los remordimientos secretos de mi conciencia, pues me parece que todos aquellos que maté salen de sus sepulcros para venir a despedazarme.» «¡Qué imaginación!--dijo mi secretario--. ¡Sin duda, señor de Santillana, que es usted un pobre hombre! ¿Por qué se arrepiente usted de haber hecho su oficio? ¿Por ventura los doctores ancianos sienten los mismos remordimientos? No, señor; llevan la suya adelante con el mayor sosiego del mundo, imputando a la Naturaleza los accidentes funestos y atribuyéndose a ellos solamente los felices.»