Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 3 de 3)

Part 11

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Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan magnífico que irritó contra mí a la ciudad y arrabales; a todos los vecinos de Oviedo, desde el mayor hasta el menor, chocó infinito mi ostentación. «¡Este ministro de la noche a la mañana--decía uno--tiene dinero para enterrar a su padre y no lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido--decía otro--haber tenido más amor a su padre vivo que hacerle tantas honras después de muerto!» En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada una disparó su saeta. No se contentaron con esto: cuando salimos de la iglesia, así a mí como a Escipión y a Beltrán nos cargaron de injurias, acompañándonos hasta nuestra casa las befas y gritos de los muchachos, los cuales llevaron a Beltrán a pedradas hasta el mesón. Para disipar la canalla que se había agolpado delante de la casa de mi tío fué menester que mi madre se asomase a la ventana y asegurase a todos que no tenía queja ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo al mesón donde estaba mi silla, para hacerla mil pedazos, como infaliblemente lo hubieran ejecutado si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y disuadirles de semejante intento.

Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos de lo que había hablado de mí el mozo especiero de la ciudad, me inspiraron tal aversión hacia mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me hubiera detenido algún tiempo más. Díjeselo a mi madre claramente, y como no estaba menos sentida que yo de ver lo mal que me había recibido mi país, no se opuso a mi resolución. Sólo se trató del modo de portarme con ella en adelante. «Madre--le dije--, ya que usted no puede abandonar a mi tío, no debo insistir en que se venga usted conmigo; pero como, según todas las señales, no puede estar muy distante el fin de sus días, deme usted palabra de venir a vivir en mi compañía luego que él fallezca.»

«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero pasar en Asturias los pocos días que me quedan de vida y con total independencia.» «Pues qué, señora--le repliqué--, ¿no será usted dueña absoluta en mi casa?» «No lo sé, hijo mío--me respondió--. Tal vez te enamorarás de alguna niña linda y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra y no podremos vivir juntas.» «Usted--le dije--prevé los disgustos muy de lejos. Por ahora no pienso en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta idea, esté usted cierta de que mandaré a mi mujer que en todo y por todo esté sujeta a la voluntad de usted.» «Te obligas temerariamente a una cosa--repuso mi madre--que nunca podrás cumplir; antes bien, no me atrevería yo a afirmar que si entre la suegra y la nuera ocurriesen algunas desazones, no te declarases a favor de tu mujer antes que al mío, por grande que fuese su sinrazón.»

«Señora, habla usted como un oráculo--dijo mi secretario metiéndose en la conversación--. Yo pienso, como usted, que las nueras dóciles son muy contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden contentos, ya que quiere usted decididamente permanecer en las Asturias y él en el reino de Valencia, será menester que le señale una renta anual de cien doblones, que yo me encargo de traer aquí todos los años, y por este medio la madre y el hijo estarán muy satisfechos uno de otro a doscientas leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las dos partes interesadas, y yo desde luego pagué adelantado el primer año, y salí de Oviedo el día siguiente antes de amanecer, por miedo de que el populacho no me tratara como a San Esteban. Tal fué el recibimiento que se me hizo en mi patria. ¡Admirable lección para aquellas personas de humilde nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera de su país, quieran volver a él para hacer de personas de importancia!

CAPITULO III

Toma Gil Blas el camino del reino de Valencia y llega en fin a Liria; descripción de su quinta, cómo fué recibido en ella y qué gentes encontró allí.

Tomamos el camino de León, después el de Palencia, y, siguiendo nuestro viaje a cortas jornadas, llegamos al cabo de veinte días a Segorbe, y al día siguiente por la mañana entramos en mi quinta, que sólo dista cinco leguas de aquella ciudad. Advertí que conforme nos íbamos acercando mi secretario observaba con la mayor atención todas las quintas que a diestra y siniestra se le ofrecían a la vista. Luego que descubría alguna de grande apariencia, me decía enseñándomela con el dedo: «Me alegrara que fuera aquél nuestro retiro.»

«No sé, amigo mío--le dije--, qué idea te has formado de nuestra morada; pero si te la figuras como una casa magnífica, como la hacienda de un gran señor, desde luego te digo que estás muy equivocado. Si no quieres que tu imaginación se ría después de ti, represéntate aquella casa campestre que Mecenas regaló a Horacio, situada en el país de los Sabinos, cerca de Tívoli. Haz cuenta que don Alfonso me ha hecho un regalo muy semejante a aquél.» «Según eso--replicó Escipión--, sólo debemos esperar que tendremos por albergue una cabaña.» «Acuérdate--repuse yo--que siempre te hice una descripción muy modesta de ella, y si quieres juzgar por ti mismo de la fidelidad de mi pintura, vuelve la vista hacia el río Guadalaviar y mira sobre su orilla, junto a aquella aldehuela de nueve a diez casas, aquella que tiene cuatro torrecillas, que ésa es mi quinta.»

«¡Diantre!--exclamó entonces asombrado mi secretario--. ¡Aquel edificio es una preciosidad! Además del aspecto de nobleza que le dan sus torrecillas, puede añadirse que está bien situado, bien construído y rodeado de cercanías más deliciosas que los contornos de Sevilla, llamados por excelencia «el paraíso terrenal». El sitio no podía ser más de mi gusto, aunque nosotros mismos le hubiéramos escogido. Riégale un río con sus aguas y un espeso bosque está brindando con su sombra al que quiera pasearse aun en la mitad del día. ¡Oh qué amable soledad! ¡Ah mi querido amo, todas las trazas son de que permaneceremos en él largo tiempo!» «Me alegro mucho--le respondí--de que te agrade tanto nuestro retiro, del cual aun no conoces todas las conveniencias.»

Divertidos en esta conversación llegamos finalmente a la casa, cuyas puertas nos fueron abiertas al punto que dijo Escipión que era yo el señor Gil Blas de Santillana, que iba a tomar posesión de su quinta. Al oír un nombre tan respetable para aquellas gentes, dejaron entrar la silla en un espacioso patio, donde al punto me apeé. Apoyándome gravemente de Escipión y haciendo de personaje, pasé a una sala, en la que inmediatamente se me presentaron siete u ocho criados, diciendo que venían a ofrecerme sus reverentes obsequios como a su nuevo señor, habiéndolos don César y don Alfonso escogido para que me sirviesen, uno de cocinero, otro de ayudante de cocina, otro de pinche de la misma, otro de portero y los demás de lacayos, con prohibición a todos de recibir de mí salario alguno, porque aquellos señores querían corriesen de su cuenta todos los gastos de mi casa. El principal de estos criados, y que como tal llevaba la palabra, era el cocinero, el cual se llamaba maestro Joaquín. Díjome había hecho una buena provisión de los mejores vinos de España y que, por lo tocante al aderezo de la comida, habiendo tenido el honor de servir por espacio de seis años en la cocina del señor arzobispo de Valencia, esperaba componer unos platos que excitasen mi apetito. «Voy a disponerme--añadió--para dar a vuestra señoría una prueba de mi habilidad. Mientras llega la hora de comer, podrá vuestra señoría dar un paseo y visitar su quinta, para reconocer si se halla en estado de ser habitada por vuestra señoría.» Ya se puede considerar que yo no dejaría de hacer esta visita; y Escipión, aun más curioso de hacerla que yo, me fué conduciendo de pieza en pieza. Recorrimos toda la casa de arriba abajo, sin que ningún rincón se escapase a nuestra curiosidad, por lo menos así nos lo pareció, y por todas partes hallé motivos para admirar la gran bondad que don César y su hijo tenían para conmigo. Entre otras cosas llamaron mi atención dos aposentos adornados con unos muebles que, sin llegar a ser magníficos, eran de buen gusto. Estaba el uno colgado de tapicería de los Países Bajos, y en él una cama y sillas cubiertas de terciopelo, todo bien conservado, a pesar de haberse hecho en tiempo que los moros ocupaban el reino de Valencia. De igual gusto eran los muebles del otro aposento: cubría sus paredes una colgadura antigua de damasco genovés, de color de caña, con una cama y sillas de la misma tela guarnecidas de franjas de seda azul. Todos estos efectos, que en un inventario hubieran sido poco apreciados, parecían allí ostentosos.

Después de haber examinado bien todas las cosas, mi secretario y yo volvimos a la sala, en la que estaba ya puesta una mesa con dos cubiertos. Sentámonos a ella y al punto se nos sirvió una olla podrida, tan delicada que nos dió lástima de que el arzobispo de Valencia no tuviese ya al cocinero que la había sazonado. Verdad es que teníamos buenas ganas y esto contribuía a que no nos supiese mal. A cada bocado que comíamos, mis lacayos de nueva fecha nos presentaban unos grandes vasos, que llenaban hasta el borde de un vino rico de la Mancha. No atreviéndose Escipión a dejar ver delante de ellos la satisfacción interior que experimentaba, me la daba a entender con miradas expresivas, y yo le manifestaba con las mías que estaba tan contento como él. Un plato de asado, compuesto de dos codornices gordas que acompañaban a un lebratillo de exquisito gusto, nos hizo dejar la olla podrida y acabó de saciarnos. Luego que hubimos comido como dos hambrientos y bebido a proporción, nos levantamos de la mesa para ir al jardín a dormir voluptuosamente la siesta en algún sitio fresco y agradable.

Si mi secretario se había mostrado hasta entonces muy satisfecho de cuanto había visto, aún lo quedó más cuando vió el jardín, que le pareció comparable con el parterre del Escorial. Bien es verdad que don César, que de cuando en cuando venía a Liria, tenía gusto en hacerlo cultivar y hermosear. Todas las calles estaban bien cubiertas de arena y enfiladas de naranjos; un gran estanque de mármol blanco, en cuyo centro un león de bronce arrojaba copiosos chorros de agua, la hermosura de las flores y la diversidad de frutas, todos estos objetos embelesaron a Escipión. Pero lo que más le encantó fué una prolongada calle de árboles que bajaban en declive continuando hasta la habitación del arrendatario, cubierta con un espeso follaje de unos frondosos árboles. Haciendo el elogio de un sitio tan a propósito para preservarse del calor, nos detuvimos en él y nos sentamos al pie de un olmo, adonde el sueño acudió presto a apoderarse de dos hombres algo alegrillos que acababan de comer bien.

Dos horas después despertamos despavoridos al ruido de muchos escopetazos disparados tan cerca de nosotros que nos asustaron. Levantámonos precipitadamente, y para informarnos de lo que era fuimos a la casa del arrendatario, y allí encontramos ocho o diez aldeanos, todos vecinos del lugar, que disparaban y quitaban el orín de sus escopetas para celebrar mi venida, que acababan de saber. La mayor parte de ellos me conocían ya por haberme visto algunas veces en aquella quinta ejercer el empleo de mayordomo. Apenas me vieron, gritaron todos a un mismo tiempo: «¡Viva nuestro señor! ¡Sea bien venido a Liria!» Diciendo esto, volvieron a cargar sus escopetas y me obsequiaron con una descarga general. Recibílos con el mayor agrado que me fué posible, pero guardando siempre gravedad, porque no me pareció conveniente familiarizarme demasiado con ellos. Ofrecíles mi protección y les di además como unos veinte doblones, expresión que, según creo, no fué la que menos les agradó. Retiréme después con mi secretario, dejándoles la libertad de echar todavía más pólvora al aire, y nos fuimos al bosque, en donde nos estuvimos paseando hasta la noche, sin que nos cansase la vista de los árboles; tanto nos embelesaba el gusto de vernos en nuestra nueva posesión.

Durante nuestro paseo no estaban ociosos el cocinero, su ayudante ni el galopín. Ocupábanse todos tres en disponernos una cena superior a la comida; tanto, que cuando volvimos del paseo y entramos en la sala donde habíamos comido, quedamos muy admirados de ver poner en la mesa cuatro perdigones asados, un guisado de conejo a un lado y un capón en pepitoria al otro, sirviendo después de intermedio orejas de puerco, pollos en escabeche y crema de chocolate. Bebimos abundantemente vino de Lucena y otros muchos excelentes. Cuando conocimos que ya no podíamos beber más sin exponer nuestra salud, pensamos en irnos a acostar. Mis criados tomaron entonces luces y me condujeron al mejor cuarto, en donde me desnudaron con mucha oficiosidad; pero luego que me dieron mi bata de noche y mi gorro de dormir, los despedí diciéndoles en tono de amo: «Retiraos, que ya no os necesito para lo demás.»

Habiéndolos despachado a todos, me quedé solo con Escipión para conversar un poco con él. Preguntéle qué juicio formaba del trato que se me daba por orden de los señores de Leiva. «¡Por vida mía--me respondió--, que me parece no puede dárseos mejor y solamente deseo que esto dure mucho!» «Pues yo no lo deseo--le repliqué--. No debo permitir que mis bienhechores hagan tantos gastos por mí, porque esto sería abusar de su generosidad. Fuera de eso, tampoco me acomoda servirme de criados asalariados por otro, porque creería no hallarme en mi casa. A todo esto se añade que yo no me he retirado aquí para vivir con tanto aparato. ¿Qué necesidad tenemos de tantos criados? Bástanos, Beltrán, un cocinero, un mozo de cocina y un lacayo.» Sin embargo de que a mi secretario no le pesaría vivir siempre a costa del gobernador de Valencia, no se opuso a mi delicadeza en este punto; antes bien, conformándose con mi dictamen, aprobó la reforma que yo quería hacer. Decidido esto, se salió él de mi cuarto para retirarse al suyo.

CAPITULO IV

Marcha Gil Blas a Valencia y visita a los señores de Leiva; de la conversación que tuvo con ellos y de la buena acogida que le hizo doña Serafina.

Acabé de desnudarme y me acosté; pero viendo que no podía quedarme dormido, me abandoné a mis reflexiones. Se me representó la generosidad con que los señores de Leiva pagaban la inclinación que yo les tenía, y, sumamente agradecido a las nuevas señales que de ello me daban, resolví marchar el día siguiente a visitarlos para satisfacer la impaciencia que tenía de manifestarles mi gratitud. Ya me complacía anticipadamente la idea de volver a ver pronto a Serafina; pero este placer no era del todo completo, porque no podía pensar sin pesadumbre en que al mismo tiempo tenía que soportar la presencia de la señora Lorenza Séfora, que, pudiéndose acordar todavía del lance del bofetón, no se alegraría mucho de verme. Cansada la imaginación con todas estas especies, me quedé finalmente dormido, y no desperté hasta que empezó a dejarse ver el sol.

Me levanté con prontitud, y, enteramente puesto el pensamiento en el viaje que meditaba, tardé poco en vestirme. Al acabar entró mi secretario en mi cuarto. «Escipión--le dije--, aquí tienes a un hombre que se dispone para ir a Valencia. No puedo menos de ir inmediatamente a visitar a unos señores a quienes debo mi buena fortuna, y cada instante de tardanza en el cumplimiento de este deber parece acusarme de ingratitud. A ti, amigo mío, te dispenso de acompañarme; quédate aquí durante mi ausencia, que no pasará de ocho días.» «Id, señor--respondió--, y cumplid con don Alfonso y su padre, que me parece agradecen el celo que se les manifiesta y que están muy reconocidos a los servicios que se les han hecho; son tan raras las personas distinguidas que tienen ese carácter, que no están por demás cualesquiera consideraciones que se les manifiesten.» Di orden a Beltrán para que se dispusiese a partir, y mientras que él preparaba las mulas tomé yo el chocolate. En seguida monté en mi silla, dejando mandado a mis criados que mirasen a mi secretario como a mi misma persona y que obedeciesen sus órdenes como las mías.

En menos de cuatro horas llegué a Valencia y fuí en derechura a apearme a las caballerizas del gobernador. Dejando allí mi carruaje, hice me condujesen al cuarto de este señor, en donde se hallaba a la sazón con su padre don César. Abrí sin ceremonia la puerta y, acercándome a los dos, «Los criados--les dije--no envían recado delante para presentarse a sus amos; aquí está un antiguo criado de vuestras señorías, que viene a ofrecerles sus respetos.» Diciendo esto, quise arrodillarme en su presencia; pero ellos no lo permitieron, y ambos me estrecharon entre su brazos con todas las demostraciones de una verdadera amistad. «Y bien, mi querido Santillana--me dijo don Alfonso--, ¿has ido ya a Liria a tomar posesión de tu hacienda?» «Sí, señor--le respondí--, y suplico a vuestra señoría se sirva permitirme que se la devuelva.» «¿Pues por qué?--me replicó--. ¿Has encontrado en ella alguna cosa que no te acomode?» «¡Nada de eso!--respondí--. Por lo que toca a la posesión me agrada infinito; pero lo que no me acomoda es tener en ella cocineros de arzobispo y tres veces más criados de los que he menester, ocasionando a vuestra señoría un gasto tan crecido como superfluo.»

«Si hubieras aceptado--dijo don César--la pensión de dos mil ducados que te ofrecimos en Madrid, nos hubiéramos limitado a regalarte esa quinta alhajada como está; pero no habiéndola tú querido admitir, nos pareció que en recompensa debíamos hacer lo que hicimos.» «Eso es demasiado--le respondí--; basta que vuestras señorías me favorezcan con la hacienda, que es suficiente para colmar todos mis deseos. Además de lo mucho que cuesta a vuestras señorías mantener tanta gente, aseguro que una familia tan numerosa me incomoda y me causa gran sujeción. En suma, señores--añadí--, o vuestras señorías recobran su finca o dígnense dejármela gozar a mi modo.» Pronuncié estas últimas palabras con tanta entereza, que padre e hijo, que de ningún modo querían violentarme, me permitieron al fin disponer de la quinta como mejor me pareciese.

Les repetía mil gracias por haberme concedido esta libertad, sin la cual yo no podía ser dichoso, cuando don Alfonso me interrumpió diciendo: «Mi querido Gil Blas, quiero presentarte a una dama que tendrá singular gusto de verte.» Y hablando de este modo me tomó de la mano y me condujo al cuarto de Serafina, la cual así que me vió prorrumpió en un grito de alegría. «Señora--le dijo el gobernador--, creo que la llegada de nuestro amigo Santillana a Valencia no os será menos gustosa que a mí.» «De eso--respondió ella--el mismo Santillana debe estar muy persuadido. No ha sido capaz el tiempo de borrar de mi memoria el favor que me hizo, y añado al agradecimiento que me merece el que debo a un hombre a quien vos sois deudor.» Respondí a mi señora la gobernadora que me consideraba más que suficientemente pagado del peligro que yo había corrido juntamente con los demás que me ayudaron a librarla, exponiendo mi vida por conservar la suya, y después de muchos cumplimientos recíprocos don Alfonso me sacó fuera del cuarto de Serafina y fuimos a reunimos con don César, a quien hallamos en una sala acompañado de muchos caballeros que estaban aquel día convidados a comer.

Saludáronme todos con mucha cortesanía, y me hicieron tantos más acatamientos cuanto que supieron por don César que yo había sido uno de los principales secretarios del duque de Lerma. Y aun quizá no ignorarían la mayor parte de ellos que don Alfonso había obtenido a influjo mío el Gobierno de Valencia, porque al cabo todo se llega a saber. Como quiera que sea, desde que nos sentamos a la mesa sólo se habló del nuevo cardenal; unos hacían, o aparentaban hacer, grandes elogios de él, y otros le ensalzaban, pero entre dientes y, como se suele decir, con la boca chica. Luego conocí que con esto querían incitarme a que hablase extensamente sobre su eminencia y que los divirtiese a costa suya. De buena gana hubiera dicho lo que pensaba de él, pero contuve la lengua, lo que me hizo pasar en el concepto de aquellos caballeros por un mozo muy discreto.

Concluída la comida, se retiraron los convidados a sus casas a dormir la siesta. Don César y su hijo, instados del mismo deseo, se encerraron en sus cuartos. Yo, lleno de impaciencia por ver cuanto antes una ciudad que tanto había oído alabar, salí del palacio del gobernador con ánimo de pasear las calles. Encontré a la puerta un hombre que se acercó a mí y me dijo: «¿Me dará licencia el señor de Santillana para que le salude?» Preguntéle quién era y me respondió: «Soy el ayuda de cámara del señor don César y era uno de sus lacayos cuando usted estaba de mayordomo de la casa. Todas las mañanas iba al cuarto de usted, que siempre me hacía mil favores, y le informaba de todo lo que pasaba en casa. ¿No se acuerda usted que un día le dije que el cirujano de la aldea de Leiva entraba secretamente en el cuarto de la señora Lorenza Séfora?» «De eso me acuerdo muy bien--le respondí--. Y ahora que se habla de esa dueña, ¿qué se ha hecho?» «¡Ah!--repuso él--. Luego que usted se ausentó, la pobre mujer cayó mala de pasión de ánimo, y al cabo murió más llorada del ama que del amo.»

Después que el ayuda de cámara me informó del triste fin de Séfora me pidió perdón de lo que me había detenido y me dejó proseguir mi camino. No pude menos de suspirar acordándome de aquella desdichada dueña, y, compadeciéndome de su suerte, me echaba la culpa de su desgracia, sin pensar que debía atribuirse más bien a su cáncer que al mérito mío de que se había prendado.

Observaba con gusto todo lo que parecía digno de ser notado en la ciudad. El palacio arzobispal entretuvo agradablemente mi vista, y lo mismo los hermosos pórticos de la Lonja; pero lo que me llevó toda la atención fué una gran casa que vi a lo lejos, en la cual entraba mucha gente. Acerquéme a ella para saber por qué acudía allí un concurso tan crecido de hombres y mujeres, y presto salí de mi curiosidad leyendo estas palabras escritas con letras de oro en una lápida de mármol negro que estaba sobre la puerta: _Posada de los representantes_. Leí también los carteles en los cuales los cómicos ofrecían por la primera vez aquel día la representación de una tragedia nueva de don Gabriel Triaquero.

CAPITULO V

Va Gil Blas a la comedia y ve representar una tragedia nueva; qué éxito tuvo la pieza. Carácter del pueblo de Valencia.