Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 15
»Aunque nada me espantaron las pesquisas del corregidor de Toledo, no obstante, tomé desde luego la determinación de salir cuanto antes de Castilla la Nueva, haciéndome cargo de que si encontraban a Violante confesaría ésta cuanto había pasado y daría tales señas de mi persona que la justicia despacharía rápidamente varias gentes en mi seguimiento. Por todas estas consideraciones, resolvimos desviamos del camino real desde el día siguiente. Tuvimos la fortuna de que Lamela había corrido las tres partes de España y tenía bien conocidas todas las sendas extraviadas por donde podíamos pasar con seguridad a Aragón. En vez de irnos derechos a Cuenca, nos metimos en las montañas que están antes de llegar a la ciudad, y por senderos muy practicados por mi conductor llegamos a una gruta que tenía toda la apariencia de ermita. Con efecto, era la misma adonde ayer noche llegaron ustedes a pedirme los recogiese.
»Mientras estaba yo examinando sus contornos, que me representaban un país deliciosísimo, me dijo mi compañero: «Seis años ha que pasando yo por aquí me hospedó caritativamente en esta ermita un anciano y venerable ermitaño, que repartió conmigo los escasos víveres que tenía. Era un santo varón, y me dijo cosas tan santas y tan buenas que faltó poco para que yo dejase el mundo. Acaso vivirá todavía y quiero ver si es así.» Dicho esto, se apeó de la mula el curioso Ambrosio, y entrando en la ermita, después de haberse detenido en ella algunos momentos, salió, diciéndome: «Apeaos, don Rafael, y venid a ver un espectáculo muy tierno.» Eché pie a tierra inmediatamente, y, atando nuestras mulas a un árbol, seguí a Lamela hasta la gruta, donde entré, y vi tendido en una vil tarima a un viejo anacoreta, pálido y moribundo. Pendía de su venerable rostro una blanca barba, tan poblada y larga que le llegaba hasta la cintura, y tenía en sus manos juntas entrelazado un gran rosario. Al ruido que hicimos cuando nos acercamos a él entreabrió los ojos, que la muerte había comenzado ya a cerrar, y después de habernos mirado un momento nos dijo: «Hermanos míos, seáis quienes fuereis, aprovechaos del espectáculo que se ofrece a vuestra vista. Cuarenta años he vivido en el mundo y sesenta en esta soledad. ¡Ah y qué largo me parece ahora el tiempo que dediqué a mis deleites, y, al contrario, qué corto el que he consagrado a la penitencia! ¡Ah! ¡Mucho temo que las austeridades del hermano Juan no hayan sido bastantes para expiar los pecados del licenciado don Juan de Solís.»
»Apenas dijo estas palabras, cuando expiró, y los dos nos quedamos atónitos a vista de su muerte. Tales objetos siempre hacen alguna impresión hasta en los mayores libertinos; pero duró poco nuestra conmoción, porque olvidamos presto lo que acababa de decirnos. Comenzamos a hacer inventario de todo lo que había en la ermita, en lo que no tardamos mucho tiempo, pues todos los muebles consistían en lo que habéis podido ver en ella. No sólo la tenía el hermano Juan mal amueblada, sino que hasta la despensa estaba mal provista. Todas las provisiones que hallamos se reducían a unas pocas avellanas y algunos mendrugos de pan casi petrificados, que a la cuenta no habían podido mascar las despobladas encías del santo varón; digo despobladas porque observamos que se le había caído la dentadura. Todo lo que contenía esta morada solitaria y todo lo que veíamos nos hacía mirar a este buen anacoreta como a un santo. Una sola cosa nos llamó la atención: hallamos un papel plegado en forma de carta, que el difunto había dejado sobre la mesa, en el cual encargaba a quien le leyese que llevase su rosario y sus sandalias al obispo de Cuenca. No acabamos de entender con qué intención había podido aquel nuevo padre del desierto desear que se hiciese a su obispo semejante regalo. Olíanos esto a falta de humildad o a cierto hipo de ser tenido por santo. Pero ¡quién sabe si sólo fué un si es no es de tontería! Es punto que no me meteré a decidir.
»Hablando de ello Lamela y yo, le ocurrió a aquél un extraño pensamiento. «Quedémonos--me dijo--en esta ermita y disfracémonos de ermitaños. Enterremos al hermano Juan. Tú pasarás por él, y yo, con el nombre de hermano Antonio, iré a pedir limosna por los lugares y aldeas del contorno. De esta manera, no sólo estaremos a cubierto de las pesquisas del corregidor, que no creo pueda pensar en buscarnos aquí, sino que espero lo pasaremos bien, en virtud de los conocimientos que tengo en la ciudad de Cuenca.» Aprobé este extraño pensamiento, no ya por las razones que Ambrosio me alegaba, sino por un rasgo de extravagancia y como para representar un papel en una pieza de teatro. Abrimos, pues, una sepultura a treinta o cuarenta pasos de la gruta, y enterramos en ella modestamente al anacoreta, después de haberle despojado de su hábito, que consistía en una túnica ceñida al cuerpo con una correa de cuero, y le cortamos también la barba, para hacerme con ella a mí una postiza; en fin, hechos los funerales, tomamos posesión de la ermita.
»Pasámoslo muy mal el primer día, viéndonos precisados a mantenernos solamente de la triste provisión que nos había dejado el difunto; pero el día siguiente, antes de amanecer, salió Lamela a campaña con las dos mulas, que vendió en Cuenca, y por la noche volvió cargado de víveres y de otras cosillas que había comprado. Trajo todo lo que era menester para disfrazarnos bien. Hizo para sí una túnica o hábito de paño pardo y una barbilla roja de crines, la que se supo acomodar con tal arte que parecía natural. No hay en el mundo mozo más mañoso que él. Arregló también la barba del hermano Juan, ajustándomela a la cara, y púsome en la cabeza un gran gorro de lana obscura, que contribuía mucho para disimular el artificio. Se puede decir que nada faltaba para nuestro disfraz. Hallámonos los dos en este ridículo equipaje, de manera que no podíamos mirarnos sin reírnos, viéndonos en un traje que ciertamente no nos convenía. Con la túnica del hermano Juan heredé también su rosario y sus sandalias, que no hice escrúpulo de apropiarme en vez de regalárselas al obispo de Cuenca.
»Hacía tres días que estábamos en la ermita, sin haber visto en todos ellos alma viviente; pero al cuarto entraron en la gruta dos aldeanos, que traían al difunto, creyendo que estuviese todavía vivo, pan, queso y cebollas. Luego que los vi, me eché en mi tarima, y me fué fácil alucinarlos, fuera de que ellos no podían distinguirme bien por la escasa luz de la ermita, y procuré imitar lo mejor que pude la voz del hermano Juan, cuyas últimas palabras había oído: de manera que los pobres hombres no tuvieron la menor sospecha de aquella superchería, y sí sólo mostraron alguna admiración de hallarse en la gruta con otro ermitaño. Pero advirtiéndolo, el socarrón de Lamela les dijo con cierto aire hipocritón: «No os admiréis, hermanos, de verme a mí en esta soledad. Estaba yo en una ermita de Aragón y la he dejado por venir a acompañar al venerable y discreto hermano Juan y asistirle en su extrema vejez, considerando la necesidad que tendría en ella de este alivio.» Los aldeanos prorrumpieron en infinitas alabanzas de Ambrosio, ensalzando hasta el cielo su heroica caridad y dándose a sí mismos mil parabienes por la dicha de tener dos hombres santos en su país.
»Había comprado Lamela unas grandes alforjas, y cargado con ellas partió por la primera vez a dar principio a la demanda en la ciudad de Cuenca, que sólo dista una legua corta de la ermita. Como la Naturaleza le ha dotado de un exterior devoto y compungido, y además de eso posee en supremo grado el arte de hacerlo valer, no dejó de mover el corazón de las personas caritativas a darle limosna, y así, en poco tiempo llenó las alforjas de los dones de su liberalidad. «Amigo Ambrosio--le dije cuando volvió a la ermita--, te doy el parabién del admirable talento que tienes para ablandar y enternecer las almas cristianas. ¡Vive diez, que parece has ejercitado por muchos años el oficio de demandante capuchino!» «Algo más he hecho--me respondió--que hacer abundante cosecha, porque has de saber que he encontrado a cierta ninfa, llamada Bárbara, que fué algo mía en otro tiempo. La he hallado bien mudada, pues se ha dado, como nosotros, a la devoción. Vive con otras dos o tres beatas que edifican el mundo en público y hacen una vida muy diferente en casa. Al principio no me conoció; tanto, que me vi obligado a decirle: «¿Cómo así, señora Bárbara? ¿Es posible que ya desconozcáis a uno de vuestros antiguos amigos y vuestro humilde servidor Ambrosio?» «¡Por vida mía, amigo Lamela--respondió Bárbara--, que jamás podía soñar el verte vestido con ese traje! ¿Por qué diablos de aventuras has venido a parar en ermitaño?» «Eso es cosa larga--le respondí--, y ahora no puedo detenerme a contárosla; pero mañana a la noche volveré y satisfaré vuestra curiosidad. También vendrá conmigo mi compañero, el hermano Juan.» «¿Qué hermano Juan?--replicó ella--. ¿Aquel viejo y buen ermitaño que vive en una ermita cerca de esta ciudad? ¡Tú no sabes lo que te dices, pues se asegura que tiene más de cien años!» «Es verdad--le respondí--que en otro tiempo tuvo esa edad, pero de pocos días a esta parte se ha remozado tanto que no soy yo más mozo que él.» «Pues bien--respondió Bárbara--, siendo así, que venga contigo. Sin duda que en eso se oculta algún misterio.»
»No dejamos de ir al día siguiente, luego que fué noche, a casa de aquellas santurronas, que para recibirnos mejor nos tenían prevenida una gran cena. Así que entramos en su casa nos quitamos las barbas postizas y el hábito eremítico, y sin ceremonia nos presentamos a estas princesas tales cuales éramos; y ellas, por no parecer menos francas que nosotros, nos mostraron de cuánto son capaces las falsas devotas cuando arriman a un lado las gazmoñerías de la aparente devoción. Pasamos casi toda la noche a la mesa y no nos retiramos a nuestra gruta hasta poco antes de amanecer. Repetimos presto la visita, o por mejor decir seguimos el mismo método por espacio de tres meses, y gastamos con aquellas ninfas más de los dos tercios de nuestro caudal; pero cierto celoso lo ha descubierto todo, dando parte a la justicia, la cual debía hoy ir a la ermita a echarnos mano. Ayer, mientras Ambrosio hacía su demanda en Cuenca, una de las beatas le entregó un billete, diciéndole: «Una amiga mía me escribe esta carta, que iba a enviaros con un propio. Muéstresela al hermano Juan y tomen sus medidas en informándose de su contenido.» Este es, señores, aquel mismo billete que Lamela me entregó ayer en vuestra presencia y el que nos obligó a abandonar tan precipitadamente nuestra solitaria habitación.»
CAPITULO II
De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus oyentes y de la aventura que les sucedió al querer salir del bosque.
Luego que acabó don Rafael de contar su historia, que me pareció algo larga, don Alfonso le dijo por cortesía que verdaderamente le había divertido mucho. Después de este cumplido, tomó la palabra el señor Lamela, y volviéndose al compañero de sus hazañas le dijo: «Don Rafael, el sol está ya para ponerse y me parece del caso que tratemos del partido que hemos de tomar.» «Dices bien--respondió su camarada--; es menester pensar a dónde hemos de ir.» «Yo--continuó Lamela--soy de parecer que, sin perder tiempo, nos pongamos en camino y procuremos llegar esta noche a Requena, para entrar mañana en el reino de Valencia, donde pondremos en movimiento los registros de nuestra industria. Siento acá dentro de mi corazón no sé qué presagio de que daremos golpes magistrales.» Don Rafael, que sobre estos asuntos tenía gran fe en sus pronósticos infalibles, accedió luego a su opinión. Don Alfonso y yo, como nos habíamos puesto en manos de aquellos dos hombres de bien, esperamos sin hablar palabra el resultado de aquella conferencia.
Resolvióse, pues, que tomásemos la vuelta de Requena, y nos dispusimos todos para ello. Hicimos una comida como la de la mañana y después cargamos el caballo con la bota de vino y lo restante de las provisiones. Sobreviniendo la noche, de cuya lobreguez teníamos necesidad para caminar seguros, quisimos salir del bosque; pero aun no habíamos andado cien pasos cuando descubrimos por entre los árboles una luz que nos dió mucho en que pensar. «¿Qué significa aquella luz?--preguntó don Rafael--. ¿Serán acaso los corchetes de la justicia de Cuenca despachados en seguimiento nuestro, y que creyéndonos en este bosque nos vendrán a buscar en él?» «No lo pienso--dijo Ambrosio--; antes bien, serán algunos pasajeros que, por haberles cogido la noche, se habrán refugiado aquí hasta que amanezca. Pero en todo caso, porque puedo engañarme, quiero yo ir a reconocerlos; mientras tanto quedaos los tres en este sitio, que vuelvo en un momento.» Diciendo esto, se fué acercando poco a poco a donde se dejaba ver la luz, que no estaba muy distante. Fué desviando con mucho tiento las ramas y matorrales que le impedían el paso, y al mismo tiempo mirando con toda la atención que a su parecer merecía el caso: vió, sentados sobre la hierba y alrededor de una vela colocada sobre un montoncito de tierra, a cuatro hombres, que acababan de comer una empanada y de agotar una gran bota de vino. A pocos pasos de distancia descubrió a un hombre y a una mujer atados a dos árboles, y algo más allá un coche de camino con mulas ricamente enjaezadas. Desde luego sospechó que los cuatro hombres que estaban sentados debían de ser ladrones, y por la conversación que les oyó acabó de conocer que no había sido temeraria su sospecha. Disputaban los cuatro salteadores sobre de quién había de ser la dama que había caído en sus manos y trataban de sortearla. Enterado plenamente, Lamela volvió a donde estábamos y nos informó menudamente de todo lo que había visto y oído.
«Señores--dijo entonces don Alfonso--, la mujer y el hombre que tienen atados a los árboles los ladrones quizá serán una señora y un caballero de distinción. ¿Y hemos de sufrir nosotros que sirvan de víctimas a la barbarie y a la brutalidad de unos malhechores? Creedme, señores, echémonos sobre estos bandidos y mueran todos a nuestras manos.» «Consiento en ello--dijo D. Rafael--; yo estoy tan pronto a hacer una buena acción como una mala.» Ambrosio, por su parte, protestó que sólo deseaba concurrir a una empresa tan loable, de la cual preveía que seríamos bien recompensados, según su modo de pensar. «Y aun me atrevo a decir--añadió--que en esta ocasión el peligro no me amedrenta y que ningún caballero andante se manifestó nunca más pronto al servicio de las damas.» Pero si se han de decir las cosas sin faltar a la verdad, el riesgo no era grande, porque habiéndonos dicho Lamela que las armas de los ladrones estaban todas amontonadas en un sitio a diez o doce pasos de ellos, no nos fué muy difícil ejecutar nuestra resolución. Atamos, pues, a un árbol el caballo y nos fuimos acercando con silencio y a paso lento a los ladrones. Acalorados éstos con el vino, hablaban todos, metiendo un ruido confuso que favorecía mucho el golpe de la sorpresa. Apoderámonos de sus armas antes de que nos viesen, y disparándolas sobre ellos a boca de jarro, todos cuatro quedaron tendidos sobre el suelo.
Durante esta expedición se apagó la luz y nos quedamos en la obscuridad; sin embargo de esto, acudimos inmediatamente a desatar el hombre y la mujer, que estaban tan poseídos de terror que no tuvieron aliento para darnos las gracias por el bien que acabábamos de hacerles. Verdad es que ignoraban aún si debían mirarnos como a bienhechores o como a nuevos bandidos, que los habían librado de los otros quizá para tratarlos peor. Pero nosotros procuramos sosegarlos asegurándoles que los íbamos a conducir a una venta que, según decía Ambrosio, no distaba mas que media legua de allí, donde podrían tomar las precauciones necesarias para llegar con seguridad a donde se dirigían. Después de que los hubimos animado, los metimos en su coche y los sacamos fuera del bosque, tirando nosotros las mulas por el freno. Nuestros anacoretas fueron en seguida a visitar las faltriqueras de los vencidos; después fuimos a desatar el caballo de don Alfonso, y nos apoderamos también de los que eran de los ladrones, que estaban atados a varios árboles junto al campo de batalla. Montados en unos y llevados otros del diestro, seguimos al hermano Antonio, que había montado en una mula del coche, haciendo de cochero para conducirlo a la venta, y tardamos dos horas en llegar a ella, aunque el señor Lamela nos había dicho que no estaba muy apartada del bosque.
Llamamos a la puerta con fuertes golpes, porque toda la gente de la casa estaba ya acostada. Levantáronse y vistiéronse de prisa el ventero y la ventera, que no mostraron el menor enfado de que los hubiesen despertado a lo mejor del sueño cuando vieron una comitiva que prometía hacer mucho más gasto en su casa del que efectivamente hizo. En un momento encendieron luces por toda la venta. Don Alfonso y el ilustre hijo de Lucinda dieron la mano a la señora y al caballero para ayudarlos a bajar del coche, sirviéndoles como de gentileshombres hasta el cuarto a donde los condujo el ventero. Allí se hicieron mil recíprocos cumplimientos, y quedamos muy admirados cuando llegamos a saber que los personajes a quienes acabábamos de libertar eran el conde de Polán y su hija Serafina. Pero ¿quién podrá describir el asombro de esta señora y de D. Alfonso cuando se conocieron? El conde no reparó en este pasaje, porque estaba distraído en otras cosas. Púsose a contarnos menudamente el modo como les habían asaltado los ladrones y se habían apoderado de su hija y de él después de haber muerto al postillón, a un paje y a un ayuda de cámara. Acabó diciendo que nos estaba infinitamente agradecido, y que si queríamos ir a Toledo, donde estaría de vuelta dentro de un mes, nos daría pruebas que bastasen a hacernos conocer si era ingrato o reconocido.
A la hija de aquel señor no se le olvidó darnos también mil gracias por su dichosa libertad; y habiendo juzgado don Rafael y yo que gustaría don Alfonso de que le facilitásemos el medio de hablar un rato a solas con aquella viuda joven, lo dispusimos prontamente entreteniendo al conde de Polán. «Serafina--le dijo don Alfonso en voz muy baja--, ya no me quejaré de la desgraciada suerte que me obliga a vivir como un hombre desterrado de la sociedad civil, habiendo tenido la fortuna de contribuir al importante servicio que se os ha hecho.» «Pues qué--le respondió ella suspirando--, ¿sois vos el que me habéis salvado la vida y el honor? ¿Sois vos a quien mi padre y yo somos tan deudores? ¡Ah don Alfonso! ¡Por qué fuisteis vos quien dió muerte a mi hermano!» No le dijo más; pero él comprendió bastante, por sus palabras y por el tono en que las dijo, que si amaba con extremo a Serafina no era menos amado de ella.
LIBRO SEXTO
CAPITULO PRIMERO
De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros después que se separaron del conde de Polán; del importante proyecto que formó Ambrosio y cómo se ejecutó.
Después de haber pasado el conde de Polán la mitad de la noche en darnos gracias y asegurarnos que podíamos contar con su eterno agradecimiento, llamó al ventero, para consultar con él de qué modo llegaría con seguridad a Turis, adonde tenía ánimo de ir. Dejamos que tomase sobre esto sus medidas, y nosotros salimos de la venta, siguiendo el camino que Lamela quiso escoger.
Al cabo de dos horas de marcha nos amaneció ya cerca de Campillo. Llegamos prontamente a las montañas que hay entre aquella villa y Requena, y allí pasamos el día en descansar y en contar nuestro caudal, que se había aumentado mucho con el dinero que habíamos cogido a los ladrones, en cuyas faltriqueras se encontraron más de trescientos doblones en diferentes monedas. Al entrar de la noche nos volvimos a poner en camino, y el día siguiente al amanecer entramos en el reino de Valencia. Retirámonos al primer bosque que encontramos, emboscámonos en él y llegamos a un sitio por donde corría un arroyuelo de agua cristalina que iba lentamente a juntarse con las del Guadalaviar. La sombra con que nos convidaban los árboles y la abundante hierba que el campo ofrecía para los caballos nos hubieran determinado a hacer alto en aquel paraje, aun cuando no estuviéramos ya resueltos a descansar algunas horas en él.