Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 16
Apeámonos, pues, y hacíamos ánimo de pasar allí aquel día alegremente; pero cuando fuimos a almorzar nos hallamos con poquísimos víveres. Empezaba a faltarnos el pan y nuestra bota se había convertido en un cuerpo sin alma. «Señores--dijo entonces Ambrosio--, sin Ceres y sin Baco a ninguno agrada el sitio más delicioso. Soy de parecer que renovemos nuestras provisiones, y así, marcho a este fin a Chelva, que es una linda villa, distante de aquí solas dos leguas, y tardaré poco en tan corto viaje.» Dicho esto, cargó en el caballo la bota y las alforjas, montó, y partió del bosque a tan buen paso que nos prometimos sería muy pronta su vuelta; mas, sin embargo, no volvió tan presto como lo esperábamos. Era ya mucho más del mediodía cuando vimos a nuestro proveedor, cuya tardanza comenzaba a damos cuidado. Engañó alegremente nuestro sobresalto con las muchas cosas de que venía provisto. No sólo traía la bota llena de exquisito vino y atestadas las alforjas de carnes asadas, sino que reparamos un gran fardo acomodado a las ancas del caballo, que se llevó nuestra atención. Conociólo Ambrosio, y nos dijo sonriéndose: «Apuesto yo a don Rafael y a todos los más diestros del mundo que no son capaces de adivinar por qué ni para qué he comprado todo este envoltorio de ropa.» Diciendo esto, lo desató él mismo para que viéramos por menor lo que encerraba. Mostrónos un manteo negro y una sotana del mismo color, dos chupas y dos pares de calzones, un tintero de cuerno, con su salvadera y cañón para meter las plumas, una mano de papel fino, un sello grande y un candado, juntamente con una barreta de lacre verde. «¡Pardiez, señor Ambrosio--exclamó zumbándose D. Rafael luego que vió todas aquellas baratijas--, que habéis empleado bien el dinero! ¿Qué diablos piensas hacer de todos esos cachivaches?» «Un uso admirable--respondió Lamela--. Todas estas cosas no me han costado sino diez doblones, y estoy persuadido de que nos han de valer más de quinientos. Contad seguramente con ellos. No soy hombre que me cargo de géneros inútiles. Y para haceros ver que no he comprado a tontas y a locas, voy a daros parte de un proyecto que he formado, un proyecto que sin disputa es de los más ingeniosos que puede concebir el entendimiento humano. Vais a oírlo, y estoy seguro que quedaréis atónitos al saberlo. ¡Estadme atentos! Después de haber hecho mi provisión de pan, me entré en una pastelería y mandé que me asasen seis perdices, otras tantas pollas e igual número de gazapos. Mientras todo esto se estaba asando, entró en la pastelería un hombre encendido en cólera, quejándose agriamente de la injuria que le había hecho un mercader del pueblo, y le dijo al pastelero: «¡Por Santiago Apóstol, que Samuel Simón es el mercader más ruin que hay en todo Chelva! Acaba de afrentarme públicamente en su tienda, pues no me ha querido fiar el grandísimo ladrón seis varas de paño, sabiendo como sabe que soy un artesano que cumplo bien y que a ninguno he quedado jamás a deber un cuarto. ¿No os admiráis de semejante bruto? El fía sin reparo a los caballeros, cuando sabe por experiencia que de muchos de ellos no ha de cobrar ni un ochavo, y no quiere fiar a un vecino honrado que está seguro de que le ha de pagar hasta el último maravedí. ¡Qué manía! ¡Maldito judío! ¡Ojalá le engañen! ¡Puede ser que se me cumpla algún día este deseo y no faltarán mercaderes que me acompañen en él.» Oyendo yo hablar de este modo a aquel pobre menestral, que dijo además otras muchas cosas, de repente me asaltó el deseo de vengarle y de hacer una pesada burla al señor Samuel Simón. «Amigo--pregunté a aquel hombre--, ¿no me diréis qué carácter tiene ese mercader?» «El peor que se puede discurrir--me respondió con enfado--. Es un desenfrenado usurero, aunque en su exterior aparenta ser un hombre virtuoso; es un judío que se volvió católico, pero en el fondo de su alma es todavía tan judío como Pilatos, porque se asegura haber abjurado por interés.» No perdí palabra de todo lo que me dijo el irritado menestral, y luego que salí de la pastelería procuré informarme de la casa de Samuel Simón. Enseñómela un hombre. Paréme a ver su tienda, examinéla toda, y mi imaginación, siempre pronta a favorecerme, me sugiere un enredo que abrazo con presteza, pareciéndome digno del criado del señor Gil Blas. Fuíme derecho a una ropería y compré los vestidos que veis; uno, para hacer el papel de comisario del Santo Oficio; otro, para representar el de secretario, y el tercero, para fingir el de alguacil. Ved ahí, señores, lo que hice y lo que fué la causa de mi tardanza.»
«¡Ah querido Ambrosio--interrumpió D. Rafael arrebatado de gozo--, y qué admirable idea! ¡Qué plan tan asombroso! ¡Envidio tu sutilísima invención! ¡Daría yo los mayores enredos de mi vida por que se me hubiese ofrecido éste tan ingenioso! ¡Sí, amigo Lamela--prosiguió--, penetro bien todo el fondo, todo el valor de tu delicado pensamiento, y no debes poner duda en que el éxito será dichoso! Sólo has menester dos buenos actores que no echen a perder una comedia tan bien imaginada; pero estos actores los tienes a mano. Tú tienes un aspecto devoto y harás muy bien de comisario del Santo Oficio; yo representaré el secretario y el señor Gil Blas, si gusta, hará de alguacil. Ya están repartidos los papeles; mañana representaremos la comedia, y yo respondo del buen éxito, a menos que sobrevenga alguno de aquellos lances imprevistos que dan en tierra con los designios más bien combinados.»
Por lo que a mí toca, sólo comprendí en confuso el proyecto que D. Rafael alabó tanto; pero durante la cena me lo explicaron, y verdaderamente me pareció ingenioso. Después que hubimos despachado gran parte de la provisión y hecho a la bota copiosas sangrías, nos tendimos sobre la hierba y tardamos poco en dormirnos. Pero no fué largo nuestro sueño, porque una hora después le interrumpió el despiadado Ambrosio gritando antes del día: «_¡En pie! ¡En pie!_ ¡Los que traen entre manos grandes empresas que ejecutar no han de ser perezosos!» «¡Maldito sea el señor comisario--le dijo D. Rafael entre despierto y dormido--, y lo que su señoría ha madrugado! ¡En verdad que el judiazo de Samuel Simón dará a todos los diablos tanta vigilancia!» «Convengo en ello--respondió Lamela--, y os diré de más a más--añadió riéndose--que esta noche soñé que yo le estaba arrancando pelos de la barba. ¿Y este sueño, señor secretario, no es de muy mal agüero para el desdichado Samuel?» Con estas y otras mil cuchufletas que se dijeron nos pusimos todos de muy buen humor. Almorzamos alegremente y luego nos dispusimos para representar cada uno su papel. Ambrosio se echó a cuestas las hopalandas, de manera que tenía toda la traza de un verdadero comisario. Don Rafael y yo nos vestimos de modo que parecíamos perfectamente un secretario y un alguacil. Empleamos bastante tiempo en disfrazarnos y en ensayar lo que habíamos de hacer; tanto, que eran ya más de las dos de la tarde cuando salimos del bosque para encaminamos a Chelva. Es verdad que ninguna cosa nos apuraba; antes bien, era del caso no dejarnos ver en el lugar hasta algo entrada la noche. Por lo mismo, caminamos poco a poco, y aun tuvimos que detenernos casi a las puertas del pueblo, dando tiempo a que obscureciese enteramente.
Cuando nos pareció tiempo, dejamos los caballos en aquel sitio, a cargo de D. Alfonso, que se alegró mucho de no tener que hacer otro papel. Don Rafael, Ambrosio y yo nos fuimos en derechura a la puerta de Samuel Simón. El mismo salió a abrirla, y quedó extrañamente sorprendido de ver en su casa aquellas tres figuras; pero lo quedó mucho más luego que Lamela, que llevaba la palabra, le dijo en tono imperioso: «Señor Samuel, de parte del Santo Oficio, cuyo indigno comisario soy, os ordeno que en este mismo momento me entreguéis la llave de vuestro despacho. Quiero ver si hallo en él con que justificar las delaciones y acusaciones que se nos han presentado contra vos.»
El mercader, a quien habían turbado estas palabras, retrocedió dos pasos, y lejos de sospechar en nosotros alguna superchería, creyó de buena fe que algún enemigo oculto le había delatado al Santo Oficio, o también es muy posible que, no reconociéndose él mismo por muy buen católico, temiese haber dado motivo para alguna secreta información. Sea lo que fuere, nunca vi hombre más confuso. Obedeció sin resistencia y con todo el respeto que corresponde a un hombre que teme a la Inquisición. El mismo nos abrió su despacho, y al entrar le dijo Ambrosio: «Señor Samuel, a lo menos recibís con sumisión las órdenes del Santo Oficio; pero--añadió--retiraos a otro cuarto y dejadme practicar libremente mi empleo.» Samuel no fué menos obediente a esta segunda orden que lo había sido a la primera; retiróse a su tienda, y nosotros tres entramos en su despacho, donde sin pérdida de tiempo nos pusimos a buscar el dinero, que nos costó poco trabajo y menos tiempo encontrar, porque estaba en un cofre abierto, donde había más del que podíamos llevar. Consistía en gran número de talegos puestos unos sobre otros y todo en moneda de plata. Nosotros hubiéramos querido más que fuese en oro; pero no pudiendo ya ser esto, nos fué forzoso hacer de la necesidad virtud. Llenamos bien los bolsillos, las faltriqueras, el hueco de los calzones y, en fin, todo aquello donde lo podíamos encajar, de suerte que todos íbamos cargados con un peso exorbitante, sin que ninguno lo pudiese conocer, gracias a la destreza de Ambrosio y de don Rafael, que me hicieron ver con esto que no hay en el mundo cosa mejor que saber bien cada uno el arte que profesa.
Salimos del cuarto después de haber hecho nuestro negocio, y, por una razón que es fácil de adivinar, el señor comisario sacó su candado, que quiso echar por su misma mano a la puerta; plantóle el sello y luego dijo a Simón: «Maese Samuel, de parte del Tribunal os prohibo que lleguéis a este candado, ni tampoco a este sello, que debéis respetar, pues que es el sello del Santo Oficio. Mañana volveré a esta misma hora a quitarlo y a daros órdenes.» Hecho esto, mandó abrir la puerta de la calle, por la cual fuimos todos desfilando alegremente; y cuando hubimos andado como unos cincuenta pasos, comenzamos a caminar con tal ligereza que apenas tocábamos con el pie en tierra, sin embargo de la pesada carga que llevábamos. Salimos presto fuera de la villa, y, volviendo a montar en nuestros caballos, tomamos el camino de Segorbe, dando gracias por tan feliz suceso al dios Mercurio.
CAPITULO II
De la resolución que tomaron don Alfonso y Gil Blas después de esta aventura.
Anduvimos toda la noche, según nuestra loable costumbre, y al amanecer nos hallamos a la vista de una miserable aldea distante dos leguas de Segorbe. Como todos estábamos cansados, nos desviamos con gusto del camino real para llegar hasta unos sauces que descubrimos al pie de una colina a cosa de unos mil o mil doscientos pasos de la aldea, en la cual no nos pareció conveniente detenernos. Vimos que aquellos árboles hacían una apacible sombra y que les bañaba el pie un arroyuelo. Agradónos lo delicioso del sitio, y resolviendo pasar en él lo restante del día, nos apeamos, quitamos los frenos a los caballos para que pudiesen pacer, nos echamos sobre la verde hierba, y después de haber reposado un poco acabamos de desocupar las alforjas y la bota. Luego que hubimos almorzado opíparamente, nos pusimos a contar el dinero que habíamos robado a Samuel Simón, y hallamos que ascendía a tres mil ducados, con cuya cantidad y el caudal que ya teníamos podíamos alabarnos de poseer un mediano capital.
Viendo que se habían acabado nuestras provisiones y era menester pensar en hacer otras, Ambrosio y don Rafael, que ya se habían quitado los disfraces, dijeron que querían tomarse este trabajo, porque el suceso de Chelva les había avivado el gusto de las aventuras y tenían gana de ir a Segorbe a ver si se les presentaba alguna ocasión de emprender otra nueva hazaña. «Vosotros--dijo el hijo de Lucinda--no tenéis mas que esperarnos a la sombra de estos sauces, que pronto estaremos de vuelta.» «Señor don Rafael--respondí yo sonriéndome--, no sea que la ida de ustedes sea como la del humo; temo que si una vez se van tarde nos juntaremos.» «Esa sospecha--replicó Ambrosio--es muy ofensiva a nuestro honor y no merecíamos que nos hicieseis tan poca merced. Es verdad que en parte os disculpo de la desconfianza que tenéis de nosotros acordándoos de lo que hicimos en Valladolid y de creer que no haríamos más escrúpulo de abandonaros que a los compañeros que dejamos en aquella ciudad. Sin embargo, os engañáis enormemente. Aquellos camaradas a quienes vendimos eran de un perverso carácter y ya no podíamos aguantar más su compañía. Es menester hacer justicia a los de nuestra profesión, diciendo que no hay gremio alguno en la vida civil en que el interés dé menos motivo a la división; pero cuando no son conformes las inclinaciones, puede alterarse la unión, como en todos los demás gremios humanos. Por tanto, señor Gil Blas, suplico a usted y al señor don Alfonso que tengan más confianza en nosotros y que tranquilicen su espíritu tocante al deseo que don Rafael y yo tenemos de ir a Segorbe.» «Es muy fácil--dijo entonces el hijo de Lucinda--librarlos de todo motivo de inquietud en este punto: basta para eso dejarlos dueños del caudal, que es la mejor fianza que tendrán en sus manos de nuestra vuelta. Ya ve usted, señor Gil Blas, que esto se llama ir derechos al punto de la dificultad. Ambos quedaréis así resguardados, sin que Ambrosio ni yo tengamos sospechas de que os ausentéis con tan rica fianza. En vista de una prueba tan convincente de nuestra buena fe, ¿tendréis todavía dificultad en fiaros de nosotros?» «No por cierto--respondí yo--; y así, podéis ahora hacer todo lo que os pareciere.» Partieron inmediatamente con la bota y las alforjas, dejándome a la sombra de los sauces con don Alfonso, el cual me dijo luego que se fueron: «Señor Gil Blas, quiero abriros enteramente mi pecho. Me estoy continuamente acusando de la condescendencia que tuve en venir hasta aquí con esos bribones. No os puedo decir cuántos millares de veces me he arrepentido ya de ello. Ayer noche, mientras me quedé guardando los caballos, hice mil reflexiones que me despedazaban el corazón. Consideré que era muy ajeno de un joven que nació con honra vivir con unos hombres tan viciosos como Rafael y Lamela; que si por desgracia--como muy fácilmente puede suceder--llegase a ser tal algún día el resultado de una de estas maldades que cayésemos en manos de la justicia, sufriré la vergüenza de verme castigado con ellos como ladrón y quizá con una muerte afrentosa. No puedo apartar ni un solo instante de mi imaginación estas funestas ideas, y así, os confieso que estoy resuelto a separarme para siempre de su compañía, por no ser cómplice en los delitos que cometan. Tengo por cierto--añadió--que no desaprobaréis este pensamiento.» «Cierto es que no--le respondí--. Aunque usted me vió ayer hacer el papel de alguacil en la comedia de Samuel Simón, no por eso crea que semejantes piezas son de mi gusto. El Cielo me es testigo de que mientras estaba representando tan distinguido papel me dije a mí mismo: ¡A fe, amigo Gil Blas, que si la justicia viniera ahora a echarte la mano, sin duda merecerías bien el salario que te tocase! Así que, señor don Alfonso, no estoy más dispuesto que usted a continuar en tan mala compañía, y de muy buena gana le acompañaré, si es que me lo permite, a cualquier parte que vaya. Cuando vuelvan estos señores les suplicaremos que se haga el repartimiento del dinero, y mañana muy temprano, o esta misma noche, nos despediremos de ellos para siempre.»
Aprobó mi proposición el amante de la bella Serafina y me dijo: «Iremos a Valencia y nos embarcaremos para Italia, donde podremos entrar al servicio de la República de Venecia. ¿No vale más seguir la carrera de las armas que continuar la vida vil y criminal que traemos? En aquélla podemos traer buen porte con el dinero que nos haya tocado. No deja de remorderme la conciencia el servirme de un bien tan mal adquirido; pero además de que la necesidad me obliga a ello, protesto resarcir a Samuel Simón el daño luego que tenga la menor fortuna en la guerra.» Aseguré a don Alfonso que yo tenía la misma intención, y quedamos de acuerdo en que el día siguiente al amanecer nos separaríamos de nuestros camaradas. No dimos lugar a la tentación de aprovecharnos de su ausencia, esto es, huir al momento con el dinero: la confianza que habían hecho de nosotros dejándonos dueños de él ni aun nos permitió que nos pasase semejante ruindad por el pensamiento, aunque la burla que me hicieron en la posada de caballeros de Valladolid disculpase en cierto modo este robo.
A la caída de la tarde volvieron de Segorbe Ambrosio y don Rafael. La primera cosa que nos dijeron fué que habían hecho un viaje muy feliz y que dejaban echados los cimientos de una aventura que, según todas las señales, sería sin comparación de mucho más producto que la del día anterior. Comenzó a explicamos el plan el hijo de Lucinda, pero don Alfonso le atajó diciéndole cortésmente que él estaba resuelto a separarse de la compañía, y yo por mi parte les declaré hallarme en la misma resolución. Por más que hicieron para movernos a que prosiguiésemos acompañándolos en sus expediciones no les fué posible conseguirlo. La mañana siguiente nos despedimos de ellos, después de haber repartido por iguales partes el dinero, y los dos tomamos el camino de Valencia.
CAPITULO III
Cómo don Alfonso se halla en el colmo de su alegría y la aventura por la cual se vió de repente Gil Blas en un estado dichoso.
Caminamos felizmente hasta Buñol, donde, por desgracia, fué preciso detenernos. Sintióse malo don Alfonso. Dióle una calentura tan ardiente que le creí en el mayor riesgo. Quiso la fortuna que no hubiese médico en el lugar y salimos a poca costa de aquel susto, pues sólo nos costó el miedo. Al tercer día se halló el enfermo enteramente limpio de calentura, a lo que no contribuyó poco mi cuidadosa asistencia. Mostróse muy agradecido a lo que había hecho por él, y como era recíproca la inclinación del uno al otro, nos juramos una eterna amistad.
Proseguimos nuestro viaje, firmes siempre en la resolución de embarcamos para Italia a la primera ocasión que se ofreciera así que llegásemos a Valencia; pero el Cielo, que nos preparaba una suerte feliz, dispuso las cosas de otro modo. Vimos a la puerta de una hermosa quinta que había en el camino mucha gente aldeana de ambos sexos que bailaban formando corro. Acercámonos a ver la fiesta, y D. Alfonso, que estaba muy ajeno de hallar el objeto que se le presentó, se quedó sorprendido de ver entre los circunstantes al barón de Steinbach. Este, que también reconoció a D. Alfonso, corrió luego hacia él con los brazos abiertos, y todo arrebatado de gozo exclamó: «¡Ah querido don Alfonso! ¡Vos aquí! ¡Qué agradable encuentro! ¡Cuando por todas partes os andan buscando, una feliz casualidad os ha puesto delante de mis ojos!»
Apeóse al instante mi compañero y fué precipitado a dar mil abrazos al barón, cuya alegría me pareció excesiva. «¡Ven, hijo mío--le dijo el buen viejo--; presto sabrás quién eres y mejorarás mucho de fortuna!» Diciendo esto, le condujo a la habitación, adonde yo también fuí, habiéndome apeado y atado a un árbol los caballos. El primero a quien encontramos fué al dueño de la misma quinta, que mostraba ser de edad de cincuenta años y tenía bellísimo aspecto. «¡Señor--le dijo el barón de Steinbach presentando a don Alfonso--, aquí tenéis a vuestro hijo!» A estas palabras, don César de Leiva, que así se llamaba aquel caballero, echó los brazos al cuello a don Alfonso y le dijo llorando de gozo: «¡Reconoce, hijo mío, al padre que te dió el ser! Si te he dejado ignorar tanto tiempo quién eres, cree que ha sido a costa de hacerme a mí mismo una cruel violencia. Mil veces he suspirado de pena, pero no podía proceder de otra manera. Caséme con tu madre llevado sólo de amor, porque su nacimiento era muy inferior al mío; vivía yo bajo la autoridad de un padre de genio duro, que me redujo a tener secreto un matrimonio contraído sin su consentimiento. El barón de Steinbach era el único depositario de mi confianza, y de acuerdo conmigo se encargó de criarte. En fin, ya no vive mi padre y puedo manifestar al mundo que tú eres mi único heredero. No es esto lo más--añadió--: pienso casarte con una señora cuya nobleza es igual a la mía.» «¡Señor--le interrumpió D. Alfonso--, no me hagáis pagar sobrado cara la dicha que me anunciáis! ¿No puedo saber que tengo el honor de ser hijo vuestro sin que esta noticia venga acompañada de otra que necesariamente me ha de hacer desgraciado? ¡Ah señor, no queráis ser más cruel conmigo que lo fué vuestro padre con vos! Si éste no aprobó vuestros amores, a lo menos tampoco os obligó a recibir una esposa escogida por él.» «Hijo mío--respondió D. César--, ni yo pretendo tampoco tiranizar tus deseos; todo lo que exijo de tu sumisión es que tengas la condescendencia de ver a la que te tengo destinada, antes de resolverte a tomar otro partido. Aunque es hermosa y tu enlace con ella muy ventajoso para ti, no por eso te haré violencia para que la tomes por esposa. No está lejos: hállase actualmente en esta misma casa. Ven, y confesarás que no hay un objeto más amable.» Diciendo esto, condujo a don Alfonso a un magnífico cuarto, adonde los acompañamos el barón de Steinbach y yo.
Estaban en él el conde de Polán con sus dos hijas, Serafina y Julia, con don Fernando de Leiva, su yerno, el cual era sobrino de don César, y con otras muchas señoras y caballeros. Don Fernando, que, según se ha dicho, había sacado a Julia de su casa, acababa de casarse con ella, y con motivo de la boda habían concurrido a aquella celebridad los aldeanos de los contornos. Luego que se dejó ver don Alfonso y que su padre le presentó a toda la concurrencia, se levantó el conde de Polán y corrió exhalado a abrazarle, diciendo a gritos: «¡Sea bien venido mi libertador! Don Alfonso--prosiguió el conde--, reconoce lo que puede la virtud en las almas generosas. Si tú quitaste la vida a mi hijo, también salvaste la mía. Desde este mismo punto te hago el sacrificio de mi resentimiento y te declaro dueño de Serafina, cuyo honor libraste también. Este es el desempeño de la obligación en que me constituyó tu valor y tu generosidad.» El hijo de don César correspondió con las más vivas expresiones de agradecimiento al cumplido que le hacía el conde de Polán, no siendo fácil discernir cuál de los dos afectos disputaba la preferencia en su agitado corazón, si el gozo de haber descubierto su distinguido nacimiento o la dicha tan cercana de lograr por esposa a Serafina. Con efecto, pocos días después se celebró el matrimonio, con el mayor regocijo y aplauso de los contrayentes y de toda la parentela.
Como yo había sido uno de los que acudieron a libertar al conde de Polán, éste me conoció y me dijo que mi fortuna corría de su cuenta. Yo le di muchas gracias por su generosidad y no quise separarme de D. Alfonso, el cual me hizo mayordomo de su casa, honrándome con toda su confianza. Luego que se casó, no pudiendo olvidar el daño que se había hecho a Samuel Simón, me envió a llevar a este comerciante todo el dinero que le habíamos robado, esto es, a hacer una restitución, lo cual en un mayordomo se llama empezar el oficio por donde debía acabar.
LIBRO SÉPTIMO
CAPITULO PRIMERO
De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza Séfora.